Primer amor
Fuera del tiempo se escribe la historia
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
—Ver jugar a los críos al balón, en mi calle, con porterías hechas con piedras, con una pelota desinflada, parándose cuando pasa un coche o un carro, peleándose y gritando como si estuvieran jugando un partido de fútbol en un campo de verdad.
—El rocío en la jara y en el tomillo de buena mañana en la dehesa, que no puedo dejar de tocarlo y llevarlo a la nariz. Estoy oliéndome las manos hasta que se va.
—Correr por las alamedas. Me gusta el fútbol, pero me gusta más correr solo por las alamedas. Conste que no me gusta correr. Únicamente me gusta correr solo y correr por las alamedas.
—Hacer ramos de flores silvestres y ponerlos por la casa. En Japón eso es un arte.
—Esperar a que aparezcas en la esquina de la calle Madrid cuando vamos al instituto. No tengo prisa por que aparezcas, solo quiero esperar.
Solo quiero esperar por ti. Podría esperar muchas horas sin echarte de menos, a lo mejor eternamente.
—Quedarme mirando por dónde te has ido. Aunque no estés, yo te sigo viendo. Estás yéndote por ese mismo sitio todavía un buen rato cuando ya has desaparecido. ¿Y sabes qué pienso? Que eso tiene que ver con la teoría de la relatividad, que el tiempo y el espacio también están en mis ojos.
—Y el juego era contar por qué nos gustaban cosas que no comprendíamos —dijo Andrés.
—No. El juego era contar cosas que no comprenderíamos nunca —
contestó Brígida.
Se había escandalizado de sí mismo, aunque asqueado habría sido más preciso. De pronto, había empezado a tocarse pensando en Brígida. Y
enseguida, el pene estaba duro y Brígida, desnuda, llamándole con una voz extraña, las piernas abiertas, tendida, agitada.
Se levantó de la cama y fue a la cocina, confiando en que su madre no se despertara y lo encontrara con aquel bulto en los calzoncillos. No encendió la luz. Las baldosas del suelo parecían una pista de témpanos. Una cenefa de escarcha bordeaba los cristales de la ventana por la que se veía la calle nocturna y vacía. Había luz en un desván algunas casas más allá.
Se había despertado en mitad de la noche con presión en la boca del estómago y dificultades para respirar. Por experiencia sabía que era angustia. Venía cuando quería, no necesitaba motivos. O por lo menos él no los conocía.
Para relajarse, para poder pensar en otra cosa que no fuese la angustia misma, empezó a tocarse. Había aprendido que la excitación era un recurso, aunque la descarga solía ser ambivalente. En ocasiones aumentaba la angustia y en ocasiones sobrevenía un sueño súbito. Lo raro de esa noche es
que Brígida apareciera en la fantasía. No era su lugar. Era el lugar de Cándida, por ejemplo, o de la mujer a la que llamaban Cabiria, que decían que trabajaba de puta en Salamanca, o de las mujeres maduras que iban al colmado, o de algunas gitanas descaradas que le provocaban.
Con Brígida nunca se le habría ocurrido hacer las cosas que hacía con las otras en la alcoba de su mente. Además, luego sentía asco. Asco de él, de sus cuerpos, de los cuerpos en general.
Brígida no era de ese mundo. No pertenecía a las pasiones físicas, a pesar de la profunda emoción de los besos, que confirmaban la entrega y la ternura. Amaba a Brígida, o eso creía, sin cuerpo y sin las exigencias del cuerpo.
Pensaba en ello mientras la dureza comenzaba a amortiguarse y permitía algún pensamiento fluido en medio del frío.
Por otra parte, ¿no sería al contrario? ¿No habría sublimado a Brígida de pura excitación y por pura represión? Estaba seguro de que no, pero esa seguridad era inquietante. A lo mejor la había elevado a las alturas para que su deseo, bajo y carnal, pudiera ser admisible durante el tiempo en que no podía tenerla. Creó una diosa de una simple mujer a la que no podía poseer.
Eso solía pasar, lo había visto en otros, ¿por qué iba él a ser diferente?
La luz del desván lejano se apagó. La luna llena bañaba los tejados. Vio a un gato andando por la cumbrera, recortado contra la noche fosforescente.
Decidió volver a la cama. Curiosamente la angustia se fue aplacando desde que se horrorizó imaginando su deseo físico de Brígida, rondando todavía.
Cuando se metió en la cama estaba anunciado lo que iba a pasar. Brígida seguía donde la dejó, aquella Brígida que se le había aparecido y que no tenía nada que ver con la Brígida de la que él se había enamorado. La de ahora descargaba sobre él una brutalidad inesperada. Eso le gustaba, pero no había manera de encajar la una en la otra.
Cuando terminó, esperó a que llegaran el asco y la vergüenza, pero no vinieron. Solo sintió pena de que Brígida y él ya no estuvieran juntos como hacía unos instantes, aunque fuera esta Brígida, así que lo único que deseaba era recuperar las ganas y que se repitiera.
Ya había dicho que esperar por ella era de las cosas que más le gustaban en el mundo.
La pandilla de amigos había comprado castañas asadas y se las comían en la plaza del Alcázar, en un banco de los jardines que lindaban con la muralla. Era la hora del recreo en el instituto. Andrés se había obsesionado esa mañana con la idea de convencer a Brígida de solicitar ponerse juntos en clase. Sabía lo que iba a responderle todo el mundo, pero eso no aliviaba la obsesión.
Por la entrada opuesta a la plaza apareció otro grupo similar de individuos, que observó a los de las castañas y se detuvo en plan asamblea.
—Ahí están Jaime y los jaimitos —dijo Solórzano—. A estos los está azuzando el otorrino, capaz. Hay que hablar con él, Andrés, sin más retraso, aunque sea una liendre.
—Oye… —protestó Brígida a cuenta del pariente.
—Tienes razón —contestó distraídamente Andrés, que seguía a lo suyo.
—Ese local estaba abandonado, nosotros lo limpiamos y lo pintamos, metimos muebles, el ajedrez y el ping-pong, y tenemos hecha toda la programación del año para los chavales. Ahora ellos entran cuando les da la real gana y se ponen a jugar, a gritar y en resumen a joder la marrana —
había continuado Solórzano—. El concejal sabe además que ese local está asignado a la OJE. El instituto y los deportes ahí no tienen vela.
—Pero el local pertenece al Ayuntamiento, es normal que se comparta —
dijo Chantal.
—No hay problema en compartir, pero esa banda quiere fastidiar. Lo demás no les interesa —opinó Chapi.
—Puedo hablar con mi tío, si queréis. Como Concejal de la Juventud, tiene que valorar lo que hacemos. Nos escuchará —dijo Brígida mirando a un milano que perseguía a unos estorninos en el aire azul.
—Los políticos…, la política es un vicio privado. Lo contrario de un servicio público. Mandeville no tenía ni puta idea —soltó Solórzano, al que últimamente sobrevolaban nubes negras.
—Qué culto y qué bien habla este hombre, por Dios. Quién coño será Mandeville —dijo Chantal.
—Vale, le diremos al otorrino que queremos verle —concluyó Andrés, dirigiéndose ambiguamente a Solórzano y a Brígida—. Yo solo no, porque a mí no me traga.
El grupo de arriba empezó a bajar la cuesta. El cabecilla, el tal Jaime, era uno de los del equipo de baloncesto, no precisamente de los buenos, ni el más listo. Era alto, pero de complexión algo asténica, moreno zaíno, y aunque Andrés siempre lo estaba comparando con un pajarraco, aún no había dado con el nombre del pajarraco. En cualquier caso, estaba convencido de poder desplumarlo de un bufido. También era hijo del director de la Caja Rural y se paseaba por el pueblo con la arrogancia de toda aquella progenie de la pata del Cid.
Se quedaron a unos metros del banco que ocupaban Andrés y los suyos, y el avechucho se adelantó para decir:
—El Hogar Juvenil es de todos, te guste o no te guste —se dirigía a Andrés con la mirada y con una mano desafiante—. Vamos a ir cuando queramos, porque tenemos derecho, como ha dicho don Manolito. Cuando queramos. Tú móntate lo que quieras, pero ese sitio también es nuestro.
Andrés se levantó. Hubo un pequeño revuelo, tanto en sus filas como en las adversarias. Aja a primera vista no era imponente, ni disponía de un currículum violento, pero se lo conocía por tener atascada la marcha atrás.
Eso conducía a veces a lo irremediable.
De modo que si se había levantado del banco no sería en vano. Aunque él arrastraba otras sensaciones. La escena le resultaba bastante ridícula, fuera de lugar y más que nada fuera de sus cavilaciones actuales, centradas en vanas ensoñaciones. El desafío le daba pereza y si acababa en gresca, más pereza todavía.
Dio un paso hacia Jaime como era estúpidamente preceptivo, y antes de tener los dos pies en el suelo, el zaíno le lanzó un directo que le acertó más o menos en el mentón. Apenas le produjo dolor, era el puño de un crío, pero Aja, de pronto, sintió miedo.
¿Miedo de qué? Quizá ese miedo pudiera ser una buena respuesta al juego de Brígida sobre lo incomprensible, porque el otro muchacho, aunque él no se defendiera, solo conseguiría hacerle daño si le ponían en la mano una llave inglesa o una bomba de mano.
Pero el miedo era real. Tenía miedo de Jaime. Él, que no podía temerle en absoluto, salvo atentando contra todas las leyes de la apariencia, la experiencia y la naturaleza.
Y así, con más desesperación que valor, pues había que cumplir, se abalanzó sobre Jaime, que cayó al suelo como una escoba con un gesto de
espanto y quizá también con algo de sorpresa al comprobar que la cara pegada a la suya no era tan fiera como la esperaba.
Por supuesto, antes de pasar a mayor lid, ya les estaban separando unos y otros, pues unos y otros pensaban que el desigual combate solo acarrearía desgracias.
Al cabo de un rato, cuando faltaban unos minutos para regresar al instituto, Aja miraba a la alameda lejana del molino con la certeza de haberse convertido en un cobarde, mientras se preguntaba si aquello tendría que ver con Brígida. ¿Era falso que el amor nos volvía audaces?
Esperó a que Brígida se acercara, pero la muchacha se había quedado con los otros, debatiendo sobre las consecuencias de lo ocurrido, previendo males mayores. La realidad es que el mentón ni siquiera le dolía y había motivos para creer que los amigos no habían calificado aquello de puñetazo. Puede que incluso Andrés se lo hubiera imaginado. De puro pavor.
Andrés supuso que Brígida y él tendrían mucho de qué hablar, pero que ella prefería dejarlo para los encuentros privados. Ahora sería delatarse.
¿Se estaba hartando del incógnito y por esa razón se le había ocurrido lo de sentarse juntos en clase?
Le habría gustado que ella viniera adonde estaba él. Al fin y al cabo, había tenido una pelea. Y el miedo no se le había ido.
¿Ella era incapaz de sentir su miedo?
Llevaban más de dos semanas viéndose en secreto y, dada la imperturbabilidad de los amigos, una de dos: o bien estaban al cabo de la calle y hacían el don Tancredo, o bien ellos dos habían convertido el disimulo en una de las bellas artes. La situación era rara, desde luego.
Desde el punto de vista de Andrés, Brígida se las apañaba demasiado bien. En público, observándola, hasta él mismo dudaba de los amaneceres camino de la estación, de las tardes en el molino y por supuesto de los besos. Para él, en cambio, controlarse era desesperarse. ¿Era posible que nadie viera su desesperación?
¿Y su cobardía, su flamante y palpable cobardía? Nunca imaginó que enamorarse produjera tal olla podrida de sentimientos. ¿No era el amor solo amor y ya? ¿Qué hacían allí la soledad repentina, el miedo a los golpes, la
desesperación, la incertidumbre cuando no estaba con ella, los abrazos tiernos y la picha furiosa por las noches?
De modo que entonces el amor no era un sentimiento, sino muchos, y que tampoco era un éxtasis, sino una pelea callejera de emociones y pensamientos que habían jurado pasarse por la piedra.
Al menos, cuando aún no se había declarado a Brígida, su conciencia y su corazón eran uno, su sufrimiento era uno, su derrota era una. Y ahora…
No, el amor no era bueno. Ni malo. Era otra cosa. Una cosa que no se podía decir, porque no tenía nombre y únicamente si estabas allí te enterabas de la cosa que era. La cosa que te llevaba inesperadamente y a hostias de un lado a otro, como a él de la falta de miedo a la cobardía, de la seguridad en sí mismo a la seguridad de que no había en él nada seguro.
Una gran diferencia con su padre, firme como un roble, desafiante, pendenciero. Aunque Andrés nunca había visto pelearse a su padre. Se contaban historias, su padre contaba historias, y en todas era como si el valor en realidad no importara mucho, porque venía de fábrica. El valor se daba por supuesto, si eras hombre, claro. Esas historias eran relatos de estilo deportivo, nunca demasiada sangre, nunca consecuencias. Eran hazañas como subir una pared de hielo o correr en carnaval con los toros pegados al culo. No se contaba lo que en la pelea da miedo, el daño, quizá un daño permanente, las denuncias en la policía, la posibilidad de la cárcel, la fiereza ciega y el odio, el resentimiento y la enemistad de por vida.
No, nunca lo había visto pelearse, ni siquiera en el club de boxeo, en el que solo subía al ring para enseñar movimientos, fintas, golpes. Lo hacía muy bien. Era lo que se conocía por un estilista. Así al parecer lo definían en los periódicos de la ciudad de mar de la que venían, donde había sido campeón, aunque un día admitió que solo subcampeón.
Nunca le había visto pelearse, pero sí le había visto pegar. En casa. Eso era distinto, eso…
Al día siguiente del encuentro con los jaimitos, Brígida quiso ir a verle en el partido de fútbol que se jugaba el sábado. Hasta entonces, ella no había mencionado, ni siquiera de pasada, lo que ocurrió en la plazoleta del Alcázar. A él le había quedado cierta sensación de vulnerabilidad que había evolucionado hacia un sentimiento de inferioridad, que los amigos detectarían fácilmente. Claro que se habrían dado cuenta. Andrés Aja era un cagón. Y puede que estuvieran esperando la ocasión para acusarle
públicamente o puede que, en honor a la amistad, estuvieran buscándole una categoría nueva en sus cabezas y en su corazón. Tenían que reacomodarlo, como a un enfermo crónico en una habitación de la casa donde no estuviera siempre en medio.
Puede que con aquel asunto extraño del fútbol —ella nunca había ido a verlo, ni le interesaba el deporte en lo más mínimo— Brígida quisiera hacer algunas comprobaciones antes de ponerlo en un sitio del pensamiento donde no estuviera tan en medio. Al fin y al cabo, ¿la cobardía no era lo contrario del amor?
Alea jacta… Llegado el sábado Andrés saltó al campo con su equipo de camisetas moradas y escudo triangular con columna de Trajano bordada en oro, para enfrentarse a los maristas de Salamanca, de impoluto blanco y el pecho impreso con la leyenda «Ad Jesum per Mariam». Una vaga aprensión fue inoculada en su mente y lo acompañó en el corto tiempo en que permaneció sobre aquel rectángulo de tierra dura y jacintos de hielo, presidido por una tribuna con medio centenar de personas que se protegían del cierzo y en la que él distinguía, acerada y resplandeciente como una guadaña, la cara de Brígida.
A los ocho minutos de juego, un balón llegó llovido sobre el círculo central. Mucho antes de saltar a cabecear la pelota, ya vio elevarse el codo de un adversario y en el mismo momento adivinó el retroceso. Debió de haberse protegido, pero no lo hizo. Por el contrario, y demasiado tarde, también él fue a por el balón, de modo que el codo regresó a la posición de partida, ocupada en ese momento por la cara de Andrés.
Mientras estuvo tendido en el suelo no sintió dolor, aunque sí el sabor de la sangre que no estaba seguro de si salía de la nariz o de la boca. Luego, estaba tumbado en un banco del vestuario. El médico del instituto le susurraba en voz tan baja que apenas podía oírlo. Le dolía toda la cara, como si le apretase una mano de hierro al rojo.
¿El suicidio era el último y único acto de valentía de los cobardes?
—Pareces el Zorro, con esa especie de antifaz —dijo Brígida con sorna, días después del KO en el campo de fútbol—. Menuda leche.
—Lo que me faltaba para ser del todo guapo —dijo Andrés.
—¿No te crees guapo?
—Pues no, ya ves. Tú eres guapa.
—¿Cuánto de guapa? En serio. Quiero saber cómo me ves.
—No eres de este mundo —dijo Andrés, como si lo hubiera pensado muchas veces.
—¿Soy un ángel, estoy muerta? ¿Eso qué significa?
—También a mí me gustaría saberlo… Lo que sé es que no eres un producto de la tierra, no sé si me explico.
—Te explicas: no soy un gorrino ni una fanega de trigo.
Últimamente, habían dejado de ir a la misa de la catedral. Tampoco iban tan a menudo a la cantina de Branco. De vez en cuando visitaban un antro en el arrabal del Puente que abría a las cinco de la mañana, aunque la clientela habitual eran quinquis con sus trapicheos, agricultores de paso para el huerto y camioneros que pasaban por la carretera de Portugal.
A Andrés, desde el primer día, le pareció un lugar distinto, a causa de la mezcla humana y de las secretas actividades de algunos parroquianos. Allí se aliviaba un poco la sensación de vigilancia y las precauciones que ya formaban parte de sus costumbres de enamorados. Enamorados… Andrés no le había oído aún a Brígida que lo amaba. Quizá se lo dijo en algún momento y él no prestó la debida atención. Pero que eso hubiera sucedido no se lo creía ni él.
A Brígida el antro del Puente no le producía ni frío ni calor. Andrés intuía que la muchacha había sido educada en cierta indiferencia hacia lo que no era su mundo, aunque también en no ponerlo en cuestión, como si se tratara de vida salvaje, con la que había que contar dentro de las categorías de la naturaleza.
Por otro lado, sus conversaciones prescindían del entorno, de modo que los espacios terminaban dando igual.
—No estoy segura de que me estés diciendo cosas bonitas —decía Brígida respondiendo a las últimas palabras de Andrés.
—Ahora yo quiero saber cómo te ves tú —propuso Andrés.
—Para empezar y para terminar soy de este mundo —contestó Brígida.
—Estás equivocada…
—Soy terrestre y egoísta, lo contrario de un ser celestial o lo que sea que ves en mí. ¿Sabes?, es un poco horrible sentirse tan diferente a como te ve otro, es como si le estuvieras engañando adrede.
—A lo mejor es que conmigo estás cambiando. Antes eras un ser ruin y podrido, y ahora eres una criatura luminosa y bondadosa —bromeó Andrés.
—Soy envidiosa —dijo Brígida, sin seguir la broma—. Envidio a mi hermano, tan popular, tan seguro de sí mismo. Le he deseado accidentes de moto. A veces tengo ataques de gula y mataría por una bamba de crema.
Mataría a cualquiera, a mi madre o a mi padre. Me horroriza pensar que pueda convertirme en pobre, y no montar a caballo, no tener la ropa que quiero, no vivir en una casa cómoda, tener que pensar en dinero… ¿Qué opinas de tu criatura angelical?
—Lo de angelical nunca lo dije. Lo que opino es que a la criatura que vive en mi corazón yo la conozco mejor que tú. Y viceversa, supongo. Que cada uno se quede con su criatura.
—¿No te da miedo que yo sea como digo yo?
—La verdad, me da más miedo que seas como pienso yo.
—Me toca a mí. Quiero saber cómo te ves a ti mismo —dijo Brígida.
Andrés observaba a dos hojalateros contar calderilla sobre la mesa con el dedo meñique, como si fueran lentejas. Se preguntó si a esa gente le importaba lo que veía de sí misma y si ese juego de mirarse y analizarse no les resultaría simplemente un capricho de chicos bien.
—No sé qué contestarte. A veces me veo alto y a veces bajo. A veces guapo y a veces feo. A veces creo que soy una persona alegre y a veces me siento morir. A veces creo que estoy de paso para otra vida mejor y a veces que estoy condenado a esta.
—¿Y esta cómo es?
—Una vida de la que se quiere escapar, pero nadie hace nada nunca.
—Pero ¿por qué quieres escapar tú? Tenéis un negocio, vas al instituto y el año que viene a la universidad, estás aquí conmigo, la gente te hace caso… ¿qué más crees que va a darte la vida? ¿Y si la felicidad y todo lo que esperas estuviera ya aquí, solo que no quieres verlo?
—La vida no puede ser tan perezosa y tan desesperanzada, ¿no crees? A lo mejor estamos todos muertos y este es un pueblo de almas en pena.
—Vale, tranquilo. Es tu forma de verlo. Ahora, ¿quieres saber cómo te veo yo?
—Bueno, si quieres… —dijo Andrés, un poco alarmado.
—Pues creo que eres de los más guapos del instituto, y no es solo opinión mía. Además, siempre andas con ganas de hacer cosas, y tienes carisma, y
no eres nada chulo. Y hablas como un poeta y piensas de una manera distinta a la gente que conozco. Eres un bicho muy extraordinario. Y lo mejor es que eso se ve a la legua, como yo lo vi sin conocerte. Es verdad que tienes dos alitas negras, pero son pequeñas y casi siempre están recogidas.
—¿Yo soy ese?
—¿De quién, si no, estaba hablando?
—De tu Andrés particular, de tu criatura.
—Ya has dicho que cada uno tiene la suya. Mejor dicho, tiene dos: la que se ha hecho de sí mismo y la que viene del otro. Y no coinciden, qué cosa.
—Pero, entonces, ¿quiénes somos?
—Tú me quieres, eso eres.
—¿Y tú también eres eso?
—Ya conoces la respuesta. Pero si quieres escucharla, tendrás que esperar a que llegue.
—Era de temer —dijo don Severino con voz resignada—. Tenías la vida un poco patas arriba, así que te enamoraste. En tiempos de confusión, el amor. Pero no hay que oponerle resistencia. Quién sabe adónde va, cuál es su misión…
—No puedo pensar en otra cosa —farfulló Andrés.
—¿Es tu primer amor?
—Nunca había sentido lo de ahora.
—Préstale mucha atención, porque el primero es para toda la vida.
Algunos dicen que también es el último. Ten cuidado, muchacho.
—Estoy enamorado y tengo miedo. ¿Eso es normal? —preguntó Andrés.
Don Severino irguió su corpachón de la butaca de la mesa camilla y se dirigió al balcón. Allí su cráneo afeitado y sus ojos tártaros proyectaron un reflejo difuso en la tarde que oscurecía.
—De la pasión y de la felicidad la gente suele tener miedo. No sé, quizá porque se acaba, por lo que vendrá a continuación, por la falta de costumbre… Hay muchas formas de cobardía. Pero tú vive tu amor, pelea por tu amor cada instante que dure. No importa lo que pase después. Eso habrá sido tu vida. ¿Te acuerdas lo que decían los espartanos sobre el regreso de la guerra?
—O con el escudo o sobre el escudo.
—¿Y en griego?
—En griego no me acuerdo, don Seve. ¿Usted se ha enamorado alguna vez?
El cura regresó del balcón llevándose el pañuelo a los ojos, en los cambios de luz solía lagrimear. Volvió a su butaca. Andrés, que creía conocer a don Severino, se encontró con un gesto que no supo interpretar.
Era compasión y era dureza, como si la vida se concentrara para tomar impulso.
—El amor es un regalo del tiempo, que se detiene para los que aman, deja de importar, de contar las horas o los días, ya no corre hacia la muerte.
Sí, es un regalo del tiempo —murmuró don Severino, ensimismado.
—No me ha contestado a la pregunta, don Seve.
—¿Qué pregunta?
—Don Seve…
El cura sonrió divertido, pero el agua de los ojos perdió brillo.
—Estuve enamorado. O eso me pareció entonces. En fin, no era nada tan romántico como tú supones. Después me hice sacerdote. Puse un poco de caos en mi vida y luego escogí un redil. ¿Sabes lo que dicen del caos?
—Que en el caos es imposible equivocarse, lo cita usted a menudo.
El cura ahora rio abiertamente. Su risa tenía de fondo una especie de carraspeo.
—El otro día contaron en el claustro que estás perdiendo fuelle. Como saben que te tengo prohijado acabaron por mirarme a mí. Pero yo no tenía nada que contar. ¿Estás perdiendo fuelle? Sería un poco paradójico, aunque también previsible —comentó el cura en un tono anecdótico.
—No estoy estudiando mucho, si se refiere a eso.
—¿Es porque no puedes pensar en otra cosa que en la cosa? Yo lo entendería. ¿Lo entiendes tú?
—Aparte, es que las asignaturas me resultan áridas y que me cuesta concentrarme o encontrar las ganas. Bioquímica, Anatomía, Física…
—¿No querías ser médico? Eso es lo que te espera.
—Yo pensaba más bien en curar, en ayudar, no en aprenderme el cuerpo humano como si fuera mecánica de automóviles.
—¿Qué te creías que era un médico? ¿Un discípulo académico de Jesucristo entrenándose para hacer milagros y escribiendo recetas con frases
lapidarias? Deberías volver a pensarte adónde quieres ir.
—Ya lo he decidido. Haré un último esfuerzo y lo conseguiré.
—Tú eres de letras. Eres el individuo más de letras que he visto en mi vida. En Derecho triunfarías, tienes memoria y persuasión. No vayas adonde no te han llamado, porque allí no hay nada para ti.
—Quiero ser médico, don Seve, curar.
—Curar…
—Curar, sí.
El canónigo le observó con atención, pero era evidente que un pensamiento cruzaba por su cabeza. Siempre que sucedía eso, un pliegue ligero cruzaba su ceño.
Aquel hombre era la imagen misma de la fortaleza y la solidez, que Andrés no podía dejar de admirar. Había cumplido sesenta y cuatro años y se mantenía como un roble a base de caminatas diarias y de comidas frugales. Había combatido en la Guerra Civil, en el norte, aunque nadie estaba seguro de en qué bando, pero de lo que todos estaban seguros, y las historias corrían como la pólvora, es de que su trabajo de soldado lo había hecho a conciencia. Por entonces aún no había tomado los hábitos. Lo apodaban Atila, quizá por su mirada tártara y asesina, pero eso pudo haber sido un invento posterior, de la época en que llegó al instituto.
—Así que Brígida Montero, quién lo hubiera dicho —observó don Severino tomando otro desvío en la conversación—. ¿Ya sabes quién es?
Andrés no contestó. La pregunta había llegado al fondo de sus inquietudes y dilemas, y lo revolvió.
—Al amor se va con los ojos cerrados, para poder soñarlo. Te enamoras del sueño. Y llega la hora de despertar. A veces, hay sorpresas. Contesta:
¿sabes quién es Brígida Montero?
—Sí, claro. Y usted también —dijo de forma evasiva.
—Yo no sé nada, y lo que pueda saber no importa. Lo que vale es lo que sabes tú.
Andrés fue recorriendo con un dedo los senderitos del mantel de encaje que cubría la mesa camilla. Le parecía que el canónigo quería hacerle caer en una trampa y que debía evitarla.
—No sé quién es, ni siquiera sé si entiendo bien la pregunta. ¿Es posible que cuanto más la conozca más desconocida me parezca?
—Como en los sueños…, cuanto más te hundes en ellos, más enigmáticos resultan.
—¿Estoy soñándola?
—Claro…, todo está bien. ¿Y no has considerado que pertenece a una de las familias más influyentes del pueblo, que no vive ni vivirá como vives tú, que no quiere cambiar, ni escapar, que está a bien con el mundo y que aspira a que todo siga igual per saecula saeculorum?
—Ella se dedica a los chavales tanto como el que más. Siempre está disponible y se compromete. Hace lo que hacemos todos sin remilgos. Ella no es solo su familia o su mundo, en eso está usted equivocado. Ninguno de nosotros es igual a su mundo. ¿Es usted igual a los otros curas del pueblo?
¿Soy yo igual a la gente de La Estrella?
—No lo has considerado, entonces. ¿Esa es la respuesta? —se limitó a decir don Severino.
Quedaron mirándose en silencio, aguantando la mirada. Era un tic entre ellos, una especie de desafío. Se conocieron así. Andrés aún no había cumplido diez años y su madre lo envió a las clases gratuitas de las tardes en el instituto, las permanencias. También había de guitarra y de inglés, que eran las que el niño había elegido, pero esas costaban dinero. La madre tuvo que llevarlo a rastras. Dejó a Andrés en la puerta, pero el chaval fue a sentarse en los soportales herrerianos. En el aula cercana, había diez o doce niños de los cursos de primero de bachillerato en plena bulla y esperando al profesor de lengua española. Don Severino iba a entrar en clase cuando lo vio. Se acercó y le lanzó esa mirada firme y tranquila, el niño le respondió con otra que era una queja rotunda. Al final, el cura le hizo un gesto con la cabeza y el crío lo siguió dócilmente sin que hubieran mediado palabra.
—Claro que sé quién es, es imposible no saberlo. Pero en mi corazón eso no tiene nada que ver con ella. ¿Sabe una cosa? Ella no está fuera, ni anda por las calles del pueblo, no vive con la familia que tiene una clínica y una dehesa. La que está aquí dentro, nadie la conoce.
Aja se inclinó y se cubrió la cara con las manos.
—Verá, no es eso, no…, lo que pasa es que ella soy yo, la estoy haciendo yo. No está fuera, está dentro. Brígida no anda por ahí. ¡Ella soy yo, don Seve! ¡Don Seve, es que ella soy yo!
—Desde la cabina de la plaza del Infantado puedo verte si hablamos por teléfono. Hay un teléfono donde estudias, ¿verdad? Y desde allí se ve la plaza, ¿no? —Andrés parecía emocionado.
—¿Quieres que hablemos por teléfono y que yo te mire por la ventana?
—preguntó Brígida, sorprendida.
—Y yo lo haré desde la cabina. Será una cita distinta.
—Estamos juntos de madrugada, en el instituto y casi todas las tardes.
¿Tan malo es estar separados un rato?
—Creo que sí —contestó él gravemente.
—¿De verdad? —Brígida lo miraba con atención—. ¿Piensas que vas a perderme si no estamos conectados o como sea?
—Sí.
—No puedes hablar en serio —dijo ella, poniendo cara de alarma.
—Me da por pensar que te has ido sin decirme nada. Que tu familia se muda a otro país. Que te mandan interna y nadie me dice adónde. Y que no puedo verte. Entonces me vuelvo loco y sé que estás muy cerca, aquí al lado, lo que pasa es que no puedo encontrarte.
—Dios mío. No puedes vivir con tanto miedo. Y lo del teléfono no hará más que empeorar tus pesadillas.
Oscurecía en los jardines del Alcázar. Estaban a punto de cerrar.
Permanecían de pie, en la terraza alta, el sol sobre el teso de la Mujer Caída, una detonación de sangre sobre la vega.
—Sé que no estás estudiando —dijo ella—. Quedan tres meses y pico para que se decida tu vida. Pero tu cabeza está en otro sitio.
—Ahora estoy decidiendo mi vida —dijo Andrés, cogiéndola las manos y atrayéndola.
La besó. En la punta de su lengua había un caramelo con sabor remoto a hierbabuena.
Al separarse, un sentimiento de Brígida se coló entre los suyos. Sintió la turbación de ella, como si no hubiera esperado la profundidad de la caricia.
Nada más dejarla en la esquina de la calle Madrid, Andrés fue corriendo a la cabina telefónica de la plaza del Infantado, con la intención de poner en práctica la idea. Descubrió que no tenía fichas.
Corrió hacia La Estrella. No corrió, voló. La madre estaba apoyada en la barra con Gelote y dos vejetes de la calle de los Judíos abrevaban en los
peseteros de tinto. Cogió dos fichas de la caja. Buscó más, pero no encontró.
Su madre y Gelote no abrieron la boca, se limitaron a contemplar el ajetreo.
De nuevo, a la carrera. Metió la primera ficha. Oyó la señal cuatro veces y entonces alguien descolgó: el padre de Brígida.
No se le había ocurrido el inconveniente. No se le había ocurrido y nunca se le ocurriría que entre Brígida y él pudiera interponerse alguien, el padre de ella, la madre de él, los amigos, las calificaciones del instituto, las habladurías. Si eso comenzaba a pasar no le quedaría más remedio que hacer que lo lamentaran, por ejemplo, empezando a matarlos uno por uno.
Ni se le había ocurrido ni se le ocurriría nunca. Brígida y él vivían en un mundo paralelo en el que no había obstáculos. ¿Qué hacía toda esa gente poniéndose en medio?
Colgó.
Cuando llegaron los carnavales, llevaban cinco semanas saliendo. ¿Eran novios desde hacía mucho o desde hace un rato? Si Andrés miraba hacia atrás parecía que el principio se hundía en la noche de los tiempos, cuando Andrés era otro al que ya no podía recordar. Y, sin embargo, tenía la sensación de que el periodo había durado un suspiro. Un tiempo se hundía en la oscuridad y otro tiempo volaba.
Mientras aguardaban a que don Fermín, el párroco, y Merino, el sastre cojo, acabaran la consumición para echar el cierre, su madre le habló:
—Tienes que ayudarme en carnavales. Hazlo como quieras, pero no puedo quedarme sola en el colmado con el jaleo que habrá. Y no son días que deban malbaratarse.
Todos los años durante esas fechas no solo ayudaba, sino que pasaba jornadas enteras sirviendo vino blanco por las mañanas y coñac por la noche, hasta las tantas. ¿Por qué le importunaba, entonces? ¿Es que él no se tenía aprendido que en el colmado carnavales significaba trabajo a destajo?
Sí, tenía otros planes, pero no eran asunto de ella, planes por los que el colmado, su madre y el arrabal podían arder tranquilamente en las llamas del infierno.
Los carnavales de ese año tenían un tema por encima de los toros, las chirigotas y los tristes disfraces agropecuarios: el del noviazgo de Andrés Aja y Brígida Montero, que habían decidido amarse. Les casaría el pueblo en masa, el pueblo en fiestas, el pueblo enloquecido, porque ya no podría pensarse a Brígida sin Andrés ni a Andrés sin Brígida, nunca más. Todos les verían como novios, sería su presentación en sociedad.
—¿Qué has pensado? —preguntó a su madre con resentimiento, como si ella hubiera tenido una ocurrencia que con total desconsideración lo había incluido.
Su madre levantó la vista del cuaderno de caligrafía en el que llevaba las cuentas y le lanzó una de sus miradas rápidas y frías, que Andrés aún no había conseguido despreciar del todo. Entre los dos había un río helado, que era a la vez camino hacia el otro y trampa mortal. Cada uno en su orilla esperaba a que el otro se aventurase en el hielo.
—Este año necesito estar con mis amigos —terminó por decir, aunque rechinando—. No todo el tiempo, claro.
—¿Y cuál es el tiempo, pues?
—Quiero correr los toros de la mañana y poder ir al baile de la noche.
—Me abandonas aquí sola con los trompas a primera hora y de madrugada. Lo más pindio.
—Gelote puede ayudar. El año pasado lo hizo.
—¿Y con qué piensas pagarle? ¿Con tu beca de la universidad?
—Este año necesito salir —dijo Andrés, tajante.
—Necesitas… —murmuró la madre—. Qué suerte necesitar y poder pedir. Que haya alguien para dártelo. Exigirlo si hace falta, porque hay alguien que lo tiene. ¿Y cuando no hay nadie? ¿Cuando no hay nadie qué pasa? Dime qué pasa, raqueruco. ¿Quieres chirigota en carnaval? Vale, toda la que quieras. Pero antes contesta la pregunta.
—No necesito pedirlo, porque puedo cogerlo. Puedo cogerlo cuando me dé la gana —dijo con violencia—. Lo cojo y ya está. Estoy harto de pedir.
¡Harto! ¡Quiero coger! ¿Y sabes una cosa? Solo es de uno lo que uno coge sin pedir. Si pide, lo que le dan sigue siendo de otro. Una mierda. ¡Mío!
¡Mío porque lo he cogido sin pedirlo!
Don Fermín y Merino se los quedaron mirando. La madre y el hijo parecieron darse cuenta al mismo tiempo.
—Mañana arranca el carnaval. Cinco noches y cinco albas. Tú decides.
El colmado estará abierto conmigo sola o acompañada. Apáñatelas con tu conciencia, a mí no me metas —dijo la madre cerrando el cuaderno despacio, y dirigiendo una mueca sonriente a los dos parroquianos que intervenían como espectadores.
Cuando Andrés estaba despidiéndolos en la puerta, el sastre dijo, arrastrando un poco las palabras:
—Solo es tuyo lo que nadie te puede quitar.
—La verdad habla por tu boca —refrendó el cura.
No estaba seguro de querer decírselo a Brígida, porque dudaba de tener el valor necesario cuando llegase la hora de la verdad. Quería correr los toros en el encierro de la mañana del domingo, que Brígida lo viera y temblase por él. Que ella temiera por su vida le parecía un avance en su compromiso y una forma de intimidad. Los toros eran peligrosos, no cabía duda, más aún en los últimos ciento cincuenta metros cuesta abajo hacia la plaza Mayor, convertida en coso taurino.
Se decía a sí mismo que esta vez no era miedo, sino prevención. Si sufría algún accidente, en forma de lesión más o menos grave, los carnavales, los ansiados carnavales de Brígida y de Andrés habrían terminado de una forma estúpida antes de empezar. Los toros eran liberados por los picadores cerca de los Polvorines, enderezados por las agujas de madera hacia la puerta de Oriente y luego, calle Madrid abajo, hacia el coso de la plaza donde entre la multitud destacaría pálida y bella, en muda plegaria por el amado, la figura de Brígida, la mujer que le debía un poco de sufrimiento.
Los riesgos eran objetivos. El tapón adrede de los mozos en la puerta de Oriente que emparedaba a los que subían desde los revellines de los fosos entre los morlacos y el muro humano; el tramo cuesta abajo, donde las bestias doblaban la velocidad; tropezones entre corredores; toros emplazados…