Que el cielo la juzgue
Capítulo VIII
1
Cuando Ellen le explicaba a Harland su aversión a tener un hijo, afirmaba siempre que esta aversión era pasajera. Su excusa era siempre la misma: que deseaba serlo todo para él durante algún tiempo. No obstante, la realidad era muy distinta. Temía la incomodidad de aquellos largos meses, los dolores del momento crítico, los años de esclavitud y sacrificio que para cuidar un niño tendría que soportar.
Sólo el pánico experimentado tras la muerte de Danny la obligó a aferrarse a la idea de la maternidad como a una tabla de salvación. Estaba segura de que sólo así podría conservar a Harland. Y no se equivocó. Fueran cuales fueran sus pensamientos, lo cierto es que Harland se mostró solícito y atento durante aquellos meses. Al llegar a Boston la instó para que consultase a un médico, pero Ellen, que no estaba segura de hallarse embarazada, se negó, alegando que no había tanta prisa. Cuando al fin sus esperanzas se convirtieron en realidad, tardó aún unas semanas en visitar al médico. Ignorando completamente el misterio de la maternidad, tenía miedo de que el doctor, con un simple reconocimiento, descubriera la mentira que le había dicho a Harland. Sólo pasados unos meses consintió en acudir al médico. Y aun así, a uno que únicamente conocía de oídas. Harland había mencionado el nombre de Saunders, un médico de la antigua escuela que había asistido a sus padres. Ellen le conocía, pero daba la casualidad de que era el médico de la familia de su madre, e incluso había atendido a la propia Ellen. No se atrevió a acudir a él, porque recordaba que en una ocasión la había acusado de embustera, pues solía fingirse enferma para salirse con la suya, y el doctor Saunders la había descubierto más de una vez.
Nada de eso explicó a Harland. Se limitó a decir:
—No. El doctor Saunders no es tocólogo.
—Pero puede recomendarte a uno —repuso Harland.
—¡Bah! Sé a quién dirigirme —le aseguró.
Y acudió al doctor Patrón.
Era éste un hombre de aspecto imponente, de cejas pobladas e hirsutas y de ojos soñolientos. Vio desde el primer instante que Ellen estaba muy nerviosa, y comenzó contándole una historia intrascendente, riendo con una risita ahogada. Ellen sonrió amablemente, y la conversación fue sencilla y normal hasta que el médico la vio más tranquila. Cuando Ellen le explicó el motivo de su visita, se limitó a hacer una serie de preguntas concisas, aceptando las respuestas sin comentario alguno. Al despedirse tuvo unas frases amables.
—Diga a su esposo que soy lector asiduo de sus obras y que me gustaría mucho conocerle.
Pero a Ellen no le sedujo la perspectiva.
¿Qué le diría a Richard aquel hombre?
Desde aquel día crecieron sus temores. El doctor, basándose en las fechas que ella le había dado, aseguró que el niño nacería en mayo; pero Ellen sabía que esto era imposible. Nacería después. Y en tal caso, ¿no descubriría Richard la verdad? ¿Hasta qué punto puede en esos asuntos fijarse una fecha segura? ¿Podían nacer hijos demasiado pronto, demasiado tarde? ¿Por qué no consultar el asunto con el doctor Patrón? No se atrevió a hacerlo por miedo a levantar sospechas. A escondidas, temerosa de ser descubierta y de que pudiera adivinar sus propósitos, buscó en la biblioteca algún libro que tratase de aquel tema. Pero no pudo hallar una definición clara y exacta. A medida que iban transcurriendo los meses, la criatura que tenía que nacer comenzó a obsesionarla como la máscara del peligro surgida de alguna vieja tragedia griega. El doctor Patrón le aconsejó que fuera a verle regularmente, pero Ellen, temerosa de que llegase a sospechar la verdad, no le visitó hasta que sintió que la criatura se movía. Las preguntas del médico se le antojaron demasiado insistentes. Por si fuera poco, aquel latido humano que sentía en su interior resumió para ella todos los peligros. Sintió verdadero pánico. Como lo que más temía era que Harland descubriese la verdad, también de él tuvo miedo. Cuando comprobó que su cuerpo se deformaba, comenzó a separarse paulatinamente de Harland. Después de almorzar le convencía para que saliese a distraerse. Si él le proponía visitar a mistress Berent y a Ruth, Ellen se negaba rotundamente. Harland iba solo, y ella no se enojaba. Al contrario, se alegraba de que la dejase sola con cualquier pretexto.
Transcurrió el invierno y llegó la primavera. Ellen pasaba sola muchas horas; mejor dicho, con la única compañía de aquel ser que se agitaba en sus entrañas, preparando impecablemente la última batalla. La asaltaban temores horribles. Y era precisamente la criatura que crecía en su cuerpo el compendio de todo su terror.
2
La salud de mistress Berent, se resintió mucho aquel invierno. A mediados de marzo, y aprovechando un día en que se sentía algo mejor, fue a ver a Ellen. Llegó jadeante, sólo por subir los pocos escalones que separaban de la calle la puerta del principal.
Al ver su fatiga, Ellen protestó:
—Deberías estar en la cama, mamá, en vez de andar de visita.
—Hace seis semanas que no te veo —repuso mistress Berent—. La gente empieza a preguntarme el motivo de tu actitud. Como no ibas a mi casa, he tenido que venir a la tuya.
—No voy a ningún sitio —aseguró Ellen—. No tengo ganas de ver a nadie.
Guardó silencio, esperando que se marchasen después de su exabrupto. Pero mistress Berent se sentó sin que nadie la invitase.
—¿Por qué? —preguntó con acritud—. ¿Es que le tienes miedo a la gente? ¿Es que tienes algo de que avergonzarte?
Antes de que Ellen pudiese contestar, Ruth intervino sonriendo:
—¡Oh, mamá! No creo que hayas venido a discutir. Ellen —añadió volviéndose hacia ésta—, hacía un día magnífico, el primero realmente primaveral, y pensé que a mamá le convendría respirar un poco de aire puro.
—El aire no es precisamente puro en esta vieja casa —respondió Ellen—, aunque estén abiertas todas las ventanas.
Comenzó a pasear por la habitación. Creía que sólo estaban allí para espiar; pero no se atrevía a demostrar sus sospechas temiendo excitar la curiosidad de su madre. Se dominó, esforzándose por fingir una repentina amabilidad.
—De todos modos, me alegro mucho de veros.
—¿Por qué no vamos a dar un paseo? —preguntó Ruth—. Tenemos el coche a la puerta.
—No quiero salir —respondió Ellen rápidamente moviendo la cabeza. Luego se volvió a mistress Berent y añadió—: Si mal no recuerdo, mamá, te he oído decir que en tu tiempo las damas que se respetaban no salían de día a la calle cuando estaban encinta.
—¡Pero, hija, si no se te nota nada! —exclamó mistress Berent mirándola detenidamente—. Es muy extraño, teniendo en cuenta que sólo te faltan dos meses.
Ellen sintió como si su corazón dejara de latir. En realidad, las palabras de su madre eran una acusación. No obstante, se esforzó en responder con tono indiferente:
—El doctor Patron dice que es cuestión de constitución.
Mistress Berent se aclaró la garganta. Ruth dijo en tono amable:
—Te encuentro más bonita que nunca, Ellen.
—¡No seas estúpida! Tengo todavía un espejo.
—Creo que la mujer que va a tener un hijo tiene siempre una belleza especial.
—Hablas como pudiera hacerlo Richard —dijo Ellen riendo secamente—. Tuve que consentir en lo del hijo para conservar su amor.
Mistress Berent movió la cabeza.
—Richard es un buen muchacho, Ellen. Has sido muy afortunada casándote con él.
—Recuerda todo lo que hiciste por evitarlo.
—Por su bien, no por el tuyo —repuso la anciana con acritud—. Estoy convencida de que no le mereces.
—¡Mamá, por Dios! —exclamó Ruth. Luego añadió con una sonrisa—: Has sido siempre tan gruñona… Pero ya sabes que no logras asustarnos.
—Richard es un hombre bueno y sencillo —insistió mistress Berent como hablando consigo misma—, confiado y crédulo —Ellen la miró con aprensión. Pero la anciana, se limitó a añadir—: Procura que siga siempre así, Ellen. No te burles de las cosas que él ama.
—Soy capaz de todo por él, mamá —aseguró Ellen—. Lo sabes de sobra — mistress Berent lanzó una mirada escrutadora que a Ellen le fue imposible soportar. Se volvió rápidamente hacia Ruth—: No creo que a mamá le convenga fatigarse — dijo con la esperanza de alejarlas.
Pero mistress Berent exclamó:
—¡Tonterías! —luego preguntó—: ¿Dónde está Richard? Me gustaría verle.
—Supongo que en el club —respondió Ellen—. A esta hora no está nunca en casa.
—Ya lo sé —dijo Ruth—. Algunas veces va a vernos. A mamá le convienen sus visitas. La verdad es que para nosotros son muy agradables.
Ellen guardó silencio. Pero mistress Berent dijo:
—También a él le conviene visitarnos. Le haces muy desgraciado con tu absurdo comportamiento, Ellen. Le he dado algunos consejos, pero Richard se niega a escucharme.
Ellen enrojeció profundamente y dijo con voz dura:
—Ya me imagino a los tres criticándome entre sorbo y sorbo de té, como tres viejas chismosas.
—Te equivocas, Ellen —terció Ruth, conciliadora—. Dick está asustado ante el problema de la paternidad. Imagina siempre lo peor. Comprenderás que no puede hablar de esas cosas contigo.
—¿Por qué no? —preguntó mirándola fríamente—. ¿Por qué ha de hablar contigo de cosas que no puede decirme a mí? ¿Con quién se ha casado? ¿Contigo, con mamá o conmigo? —su cólera se había desatado y las arrollaba como un alud—. Claro que ya sé lo que pasa. Tú también le quieres. Has estado siempre enamorada de él.
Mistress Berent se levantó indignada.
—¡Mereces una paliza! —exclamó violentamente—. Eres insoportable… Eres…
Ruth se esforzó en calmarla y le dijo a Ellen gravemente:
—No te equivocas, Ellen. Quiero a Dick. Pero no como imaginas. Le quiero como le quiere mamá, como las dos te queremos a ti.
Ellen se mordió los labios.
—Lo siento —dijo—. La verdad es que estoy nerviosa y que no sé siquiera lo que digo.
Mistress Berent se arregló el abrigo de pieles y se dirigió a la puerta.
—Vamos, Ruth —dijo todavía encolerizada—. Adiós, Ellen.
—Aguarda, mamá. Tomaremos un poco de té.
—Muchas gracias. Prefiero tomarlo en casa.
Ellen miró a Ruth con aire suplicante.
—Dile que se quede —imploró. Aunque poco antes deseaba que se marchasen, en aquellos momentos sintió un repentino temor a quedarse sola—. Lo siento, Ruth — añadió—: No supe lo que decía. Convence a mamá para que se quede. Richard vendrá en seguida.
Ruth intercedió y mistress Berent se quedó. Tomaron el té y charlaron de cosas intrascendentes durante un buen rato. Pero Ellen no apartaba la vista de Ruth. No podía olvidar la expresión que había visto en sus ojos un momento antes. Cuando Harland entró, la siguió observando. Vio que sus labios temblaban ligeramente y que se clavaba las uñas en las palmas de las manos. En realidad, cuando dijo que siempre había estado enamorada de él lo hizo sin fijarse en lo que decía, sólo por herirla y mortificarla. ¿Y si fuese cierto? ¿Y si Ruth hubiera estado enamorada de Richard? ¿Si lo estuviese todavía?
Cuando al fin se despidieron, Harland las acompañó hasta el coche. Ellen observó desde la puerta cómo ayudaba a mistress Berent a subir al coche y cómo besaba su arrugada mejilla. Después vio cómo apretaba cariñosamente la mano de Ruth, y le oyó decir:
—Adiós. Nos ha alegrado mucho la visita. Hasta pronto.
El coche desapareció, y Richard volvió de nuevo junto a Ellen.
—¡Qué buena es Ruth!, ¿verdad? —dijo ésta observándole atentamente.
—Las dos son encantadoras —respondió él mirando el coche que se alejaba.
—Siempre he de discutir con mamá, pero no creo que nadie pueda discutir con Ruth.
—¡Bah! Tu madre gruñe mucho, pero no hace nada.
—No sé cómo Ruth puede soportarla y ser siempre tan buena con ella. Es maravillosa —insistió mirándole con los ojos semicerrados—. No sé qué será de ella cuando mamá muera.
—¡Oh! Ruth será siempre la misma. Muy amable y muy dichosa… —dijo Harland pensativamente—. Es su carácter, su personalidad.
Ellen al oírle sintió un súbito terror, un miedo terrible de no poder ya agradarle y hacerle dichoso. Se echó a reír y dijo cogiéndole una mano:
—Ven, amor mío. Esta noche estoy de muy buen humor. Vamos a celebrarlo.
Le obligó a seguirle hasta su habitación y a vestirse de etiqueta para la cena.
—Hazlo por mí —insistió—. Sigue la broma.
Ella se puso también su traje más elegante, y cogiéndose a su brazo bajó al comedor, insistiendo en que tomase un cóctel. Se mostró encantadora durante la cena y después de ella. Jugaron a los cientos, pero como Harland ganaba siempre, ella no quiso seguir jugando. Conectó la radio, buscó música ligera y le obligó a bailar. Por fin, su animación acabó por contagiar a Harland. Ellen le sintió más suyo, más enamorado. No le había visto así desde la muerte de Danny.
Se retiraron a descansar después de medianoche, y cuando Ellen estuvo en el lecho, Richard se acercó para besarla y darle las buenas noches.
—¿Lo pasaste bien, Richard?
—Muy bien, querida.
—Dime, Richard, ¿te gusto?
—Te quiero —repuso él dulcemente.
—Ya sé, ya sé que me quieres —dijo ella casi con indiferencia—. Pero eso no me basta. También deseo gustarte.
Harland se inclinó para besarla de nuevo.
—No debes preocuparte por eso —dijo sinceramente—. Buenas noches, Ellen — añadió desde la puerta—. Que duermas bien.
Pero Ellen tardó mucho en conciliar el sueño, recordando que él no había respondido a su pregunta y experimentaba un repentino terror por sentirse espantosamente sola.
3
Desde entonces, Ellen tuvo un nuevo motivo de preocupación. Richard había querido a Danny, y éste había muerto. Pero, ¿y si Richard buscaba consuelo en Ruth, que siempre había estado enamorada de él y que le llamaba Dick, como solía hacer el propio Danny?
Acarició esta idea como el disciplinante acaricia el látigo, y se empeñó en evitar la compañía de Harland y en obligarle a aceptar la de Ruth. Hacía muchas semanas que se desayunaban en la cama, y empezó también a hacerse servir la comida en su habitación, negándose a sentarse a la mesa con Harland. Al ver su actitud, él la creyó enferma y quiso llamar al doctor Patrón. Pero Ellen, que había observado que durante el último reconocimiento que el médico le había hecho parecía sorprendido y la miraba con aire interrogante, no quiso enfrentarse con él, optando por comer de nuevo junto a Harland. Pero siguió empeñada en que saliese cada tarde, procurando por todos los medios que saliese también por la noche.
—Vete a ver a Ruth —decía algunas veces, observándole, celosa—. Su compañía es muy agradable. La mía, en estas circunstancias, resulta insoportable incluso para ti.
Al ver su insistencia, Harland salía después de cenar. Ella le imaginaba siempre con Ruth, y a veces no se equivocaba, ya que al volver le daba recuerdos de su madre o algún mensaje de ésta o de Ruth.
Una noche de abril, cuando le preguntó a Harland dónde había estado, éste respondió que había ido aquella tarde a ver al doctor Patrón.
—¿Para qué? —inquirió ella con terror.
—Estoy preocupado por ti —repuso él evasivamente—. No tienes buen aspecto.
Puso las manos bajo la mesa, para que él no pudiese verlas, y apretó violentamente los puños. Luego dijo tratando de sonreír:
—¿No sabes que no debes decirle eso nunca a una mujer? Por el simple hecho de habértelo oído me siento ya mucho peor, Richard.
El miedo la ahogaba.
—El caso es que llamó la enfermera del doctor Patrón para preguntar por qué no habías ido últimamente. Debías ir a reconocerte cada mes. ¿Por qué no lo has hecho?
—¡Tonterías! —exclamó ella intentando quitar importancia a la cuestión—. Es como una vieja comadre. Me receta cualquier potingue y unas pildoritas siempre que voy. No te preocupes, querido. Tengo más interés que tú en que nuestro hijo nazca sano y fuerte.
—Es en ti en quien pienso, no en el niño.
—¡Embustero! —dijo ella sonriendo—. Sabes muy bien que eso no es cierto.
—Sí, lo es, Ellen —insistió él—. El niño no es todavía para mí un ser real. En cambio, tú sí lo eres. Y te veo cada día más fatigada y decaída.
—Me encuentro perfectamente —afirmó ella de nuevo a pesar de que sus nervios estaban en tensión y sentía deseos de gritar.
—El doctor cree que el ejercicio te haría bien. Podríamos salir a pasear cuando haga buen tiempo.
—El tiempo no es ahora muy bueno. O hace un frío horroroso o están las calles mojadas —y se echó a reír como si quisiese así cobrar confianza. Súbitamente odió la solicitud de su esposo; le odió incluso a él—. La próxima vez que tengamos un hijo —añadió con ironía— procuraré que nazca en otoño.
—¡Magnífico! —exclamó él—. Pero no se trata del próximo, sino de éste. Debes cuidarte, Ellen.
—Tengo sueño —dijo ella fingiendo un bostezo—. Tal vez tengas razón. Empezaré a cuidarme acostándome ahora mismo.
Harland la acompañó hasta su habitación. Desde que empezó el año se había ella empeñado en dormir en habitaciones distintas. Cuando estuvieron a la puerta se volvió para besarle y dijo:
—Buenas noches, Richard.
—Deja que te ayude a desnudarte.
—¡Por el amor de Dios, Richard, vete ya! —gritó exasperada—. ¡Sé hacerlo sola perfectamente!
—Es que estoy muy preocupado por ti.
—¡Déjame sola! —gritó histéricamente—. ¡Por lo que más quieras, déjame!
Harland la miró; parecía dolorido y asombrado. Ellen entró en su habitación y cerró la puerta violentamente, apoyándose en ella cómo si temiese que él intentase entrar. Desde fuera le llegó la voz de Richard, que murmuraba humildemente:
—Buenas noches, Ellen.
—Buenas noches.
—Entraré antes de acostarme para ver si estás bien tapada.
Ellen se mordió los labios nerviosamente, pero pudo dominar su voz al contestar:
—Está bien. Procura no despertarme.
Oyó sus pasos que se alejaban por el corredor, y se acercó silenciosamente al tocador para contemplarse en el espejo. Richard había dicho la verdad. Sus mejillas habían perdido la exquisita redondez que en otro tiempo la caracterizaba. Su cabellera carecía de brillo, y tenía los ojos hundidos. Los sufrimientos de los meses pasados habían marcado arrugas en su rostro, y sobre todo, en las comisuras de sus labios. Y aunque sabía que era falso, culpó de todo aquello al inocente ser que llevaba en sus entrañas. Era él quien la trastornaba, quien le quitaba fuerza, quien alteraba sus nervios y quien atormentaba sus sueños. Le odió, y estuvo a punto de odiar también a Richard.
Al darse cuenta de esto, hundió la cabeza entre los brazos y lloró amargamente durante un buen rato. Sentía lástima de sí misma al ver que la vida se burlaba de ella. Si había querido tener un hijo había sido sólo por conservar el amor de Richard, y cuando por culpa de ese hijo, su belleza que Richard había amado tanto, desaparecía, él dejaba de quererla. La abandonaba. No podía sentir interés por un cuerpo deforme. Siguió llorando. Estaba sola, completamente sola en un mundo perverso y amargo. Súbitamente odió a Richard, a su madre, a Ruth… Incluso se odió a sí misma.
La criatura se agitó en sus entrañas. La amenazó con los puños cerrados y gritó con los dientes apretados:
—¡Te odio! ¡Te odio a ti también, pequeño monstruo! ¡Te odio! ¡Quisiera que murieses!
Después, como si sus propias palabras hubiesen sido una revelación, quedó inmóvil contemplando el espejo. Su cabeza era un caos.
El niño había servido a sus propósitos, evitando la catástrofe después de la muerte de Danny. Ahora, aquella misma criatura, que le ayudó a conservarlo, era quien le apartaba de él. Estaba segura de que si recobraba su belleza, si llegaba a ser la misma de antes, podría recuperarle.
Contempló atentamente su cuerpo deformado, recordando su deseo y preguntándose cómo podría convertirlo en realidad.