Que el cielo la juzgue
Capítulo III
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
1
La dominante pasión que Ellen había sentido por su padre se inició siendo una niña. Solían pasar el verano en Bar Harbor, y tan pronto como pudo andar, el profesor comenzó a llevarla a la playa para pescar almejas cuando bajaba la marea. Juntos levantaban las algas para ver cómo los cangrejos buscaban cobijo entre las rocas, y cuando el reflujo dejaba al descubierto un mundo completamente nuevo, ambos buscaban caracolillos y estrellas de mar.
Esto ocurría antes de que Ellen cumpliese cuatro años. A esa edad había ya comenzado a creer que su padre le pertenecía íntegramente. Esto divertía al profesor, pero enojaba a mistress Berent. Cuando ésta se refería a su esposo diciendo «papá», Ellen gritaba indignada: «¡No es tu papá, sino el mío!», lo cual regocijaba tanto al profesor que cogía en brazos a la pequeña y la abrazaba fuertemente.
Cuando Ellen cumplió cuatro años, Ruth fue a vivir con ellos. Era sobrina del profesor, hija de su hermano. Al quedar huérfana, los Berent la acogieron en su hogar y la adoptaron legalmente. Hasta la llegada de Ruth, Ellen había dominado despóticamente en la casa. Desde el primer momento tuvo celos del interés que mostraba el profesor por su sobrina. Cuando Ruth tuvo edad suficiente para acompañarlos a la playa, Ellen llegó a rebelarse y hasta gritar: «¡No quiero que vaya! ¡Eres mi papá, no el suyo! ¡Qué se marche!». Al principio rió el profesor aquellos arranques de celos. Si, a pesar de todo, Ruth los acompañaba, Ellen se las ingeniaba para mortificarla, tirándole de las trenzas, haciéndola caer en los charcos y llorando por el menor motivo. La actitud de Ellen acabó resultando molesta para todos, de modo que determinaron dejar a Ruth en casa con mistress Berent, mientras Ellen continuaba en días estivales sus correrías junto al profesor.
Conforme Ellen fue creciendo se acostumbró a acompañarle en sus largos paseos en bote. Pronto aprendió a manejar perfectamente una lancha, a ayudar a retirar los artefactos colocados para atrapar los cangrejos y a nadar en agua helada. Por entonces, empezó el profesor a coleccionar animales, afición que más tarde había de convertirse en obsesión. Comenzó por interesarse por las aves marinas, pues en los islotes cercanos a las rocosas costas de Maine abunda la caza de esa especie. Algunas veces, él y Ellen marchaban de excursión en bote, llevando consigo una tienda de campaña, ropas y provisiones. Su ausencia duraba dos o tres días. Ellen cuidaba del pequeño campamento mientras él vagabundeaba por la playa o recorría el terreno en busca de los anhelados ejemplares. Más tarde, cuando Ellen fue una mujercita, la llevaba a Newfoundland para pescar salmones, o a los bosques para cazar ciervos. Las horas que pasaban juntos eran una bendición para Ellen.
Pero la situación cambió cuando el profesor marchó con Glen Robie a Tejas, donde pasaba la mayor parte del verano. Cuando Ellen cumplió veinte años, Robie invitó al profesor Berent a su rancho, y la muchacha decidió acompañar a su padre. La salvaje belleza y el extraordinario colorido del inmenso desierto brillando al sol, las montañas cuyas cumbres nevadas rozaban el cielo azul, las praderas, las cañadas cubiertas de flores y las vertientes pobladas de verdes bosques parecieron embriagar al profesor y a su hija. Aquel verano pasaron dos meses en el rancho; al año siguiente diez semanas más.
En el transcurso de esta segunda estancia, y como si adivinase que nunca más podría volver allí el profesor aplazó su partida repentinamente, a fin de contemplar una y otra vez el paisaje que había aprendido a amar. El día antes de su marcha cabalgaron hasta muy lejos, y al caer la tarde llegaron a un lugar apartado que a ambos les había parecido siempre incomparable. Era una llanura que se elevaba en las cumbres, cercada de bosques que impedían ver las demás montañas. Dejaron que los caballos avanzasen lentamente a su antojo. En el cielo no había una sola nube.
—Es como si atravesáramos el camino del cielo —dijo Ellen con voz emocionada.
—Es ciertamente maravilloso —respondió el profesor.
—Quiero que cuando muera traigas aquí mis cenizas y las esparzas por el suelo —dijo Ellen—. ¿Lo harás, papá?
—No debes pensar en la muerte, hija. Vivirás más que yo.
Y sonrió, pero su sonrisa no fue alegre. Era lo suficientemente inteligente para comprender por determinados síntomas que su fin se acercaba.
—Cambiaremos una promesa, papá —dijo ella con serena gravedad—. Si mueres antes que yo, traeré a este lugar tus cenizas. Y si muero yo antes, tú harás lo mismo con las mías.
Durante unos momentos, el profesor guardó silencio. Al fin, respondió sonriendo:
—Cuando yo muera, será tu madre la que decidirá lo que se ha de hacer con mis despojos —y luego, tirando de las riendas añadió—: Démonos prisa. Hemos de correr si queremos llegar antes de que se haga de noche.
De un modo indirecto, esta escena influyó más tarde en Ellen para aceptar a Rusell Quinton como prometido. Lo mismo que en años anteriores, al otoño siguiente Ellen acompañó a su padre a los bosques de Maine para una cacería de ciervos. Se alojaban en un lugar maravilloso, donde Quinton poseía una pequeña casa rústica. Durante los últimos días de estancia en aquel apartado rincón, el propio Quinton, que se presentó allí sin avisar, los acompañaba. Tendría por entonces unos treinta y cinco años. Era abogado, graduado en la Universidad de Maine y en la Facultad de derecho de Harvard; poseía ambiciones políticas, pero como su carácter era apasionado y violento, tenía demasiados enemigos para triunfar. Siete u ocho años atrás había conocido al profesor Berent en el río Mersey, en Nueva Escocia. El deporte de la pesca y su empeño en considerar algunos ríos de Maine como propicios para la pesca del salmón, los acercó. Trabaron cierta amistad, que Quinton, desde que conoció a Ellen, cultivó asiduamente. Se mostraba con Berent inusitadamente amable, obsequiándole con algún que otro salmón, con una cesta llena de truchas, con un venado o con un par de patos. También le ofreció su pabellón de caza, situado en medio del bosque. Al profesor le era imposible rechazar estos obsequios, a causa de la extremada delicadeza con que le eran ofrecidos. Para corresponder de algún modo le recibía en su casa como a un amigo.
Ellen tendría por entonces unos catorce años. Quinton la acostumbró a que le llamara «tío Russ» y hasta a besarle al encontrarse o al despedirse. Al principio lo aceptó como a un buen amigo de su padre, pero más tarde, cuando la niña se convirtió en mujer, se dio cuenta de que su presencia le producía a Quinton una extraña excitación. Debido a su continua camaradería con el profesor, Ellen era bastante precoz, y adivinó en seguida que Quinton la amaba. Aquel otoño, cuando se presentó inesperadamente en la casa del bosque, comprendió que lo que quería era declararse. Sintiendo excitada su curiosidad de mujer, hizo todo lo posible para animarle.
El momento no fue tan hermoso como ella había soñado. Quinton comenzó por afirmar que tenía que decirle algo que la sorprendería y que tal vez la asustaría. Pero no consiguió ni sorprenderla ni asustarla. Por el contrario, la muchacha le rogó que continuase. Él obedeció vacilando. Al terminar, como si quisiera continuar el juego, Ellen afirmó que mientras su padre viviese no se casaría con nadie.
—Me necesita, y él está antes que nadie.
De nada sirvieron las protestas de Quinton, el cual aseguró que el profesor rebatiría sus argumentos.
—No se trata de lo que quiera mi padre —afirmó Ellen decidida—, sino de lo que quiero yo.
Él continuó implorando, y al fin, enloquecido por su coquetería, la tomó entre sus brazos y la besó. Al verlo tembloroso de pasión, Ellen sintió el orgullo de su dominio, y, cuando él la soltó excusándose torpemente, dijo con dulzura:
—No estoy enfadada, Russ. Sé que los hombres hacen eso con las muchachas. Pero amo demasiado a mi padre para casarme mientras él me necesite.
En un acceso de furor —Ellen conocía su mal genio, que había visto revelarse con los guías—, Quinton gritó:
—¿Quieres decir que tendré que esperar a que muera tu padre?
Pero el silencio lleno de reproches de Ellen le hizo añadir casi inmediatamente:
—Perdóname. Siento haber dicho esto.
—Sé que lo sientes —repuso ella sonriendo—. Cuando te enfureces dices muchas tonterías, como los niños pequeños.
—Me vuelvo loco —dijo él con voz ronca.
—Tal vez por eso me gustes —continuó ella intencionadamente—. Sí, Russ, me gustas más que los demás hombres.
Pero cuando se dio cuenta de la dicha que al oírla se reflejaba en el rostro de Quinton, la joven, temerosa de la emoción que había provocado, corrió al interior de la casa, junto a su padre, seguida por Quinton.
Esto sucedió el último día de su estancia en aquel lugar. Se sentaron junto a la chimenea, y Quinton hizo muchas preguntas acerca de Nuevo México. Ellen y el profesor contestaron a todas, pero fue ella la que habló de la hermosa pradera de las cumbres, tan cercana al cielo.
—Papá y yo nos hemos enamorado de aquel lugar —dijo—. Los dos deseamos que, al morir, sean llevadas allí nuestras cenizas.
Tan acostumbrada estaba a aceptar como hechos reales sus deseos, que no recordó que al profesor Berent no le había entusiasmado mucho la idea. Sin embargo, éste no se atrevió a contradecirla. Se limitó a desviar la conversación, que tal vez encontrase incluso desagradable, y dijo en tono indiferente:
—Está en un lugar que llaman «El parque de los caballos», porque aún hay en él potros salvajes.
Y a continuación explicó a Quinton cómo los antiguos colonizadores españoles habían llevado al Sudoeste los primeros caballos, trescientos o cuatrocientos años antes, poblando de esos animales la extensa y vasta región.
La conversación siguió por otros derroteros. Ellen la recordaría meses más tarde, usándola en beneficio de sus propios deseos.
Al llegar la primavera, su padre murió inesperadamente mientras dormía. Ellen lo había mirado como algo tan suyo durante tanto tiempo que ni la muerte logró borrar aquel agudo sentimiento de posesión.
Mistress Berent, después de los primeros momentos de dolor, declaró su intención de enterrar a su esposo en Monte Auburn, y Ellen, celosa por no haber sido ella quien decidiese tan importante asunto, gritó:
—¡Imposible, mamá!
—¡Por amor de Dios, hija! —exclamó mistress Berent sorprendida—. ¿Qué se opone a ello? Me gustaría saberlo.
Ellen contestó vacilando:
—No era ésa la voluntad de papá. Quería que incinerasen su cadáver y que yo me encargara de llevar sus cenizas a Nuevo México.
—¿A Nuevo México? —repitió atónita mistress Berent—. Es lo más extraordinario que he oído jamás. ¿Por qué no me lo dijo nunca?
—Hay muchas cosas que a ti no te decía —murmuró Ellen cruelmente.
Comprendiendo que esto era cierto, mistress Berent no se atrevió a discutir.
—Comprendo que quieras enterrarle en Monte Auburn como si fuera un ser vulgar —continuó Ellen—, lo mismo que hacen todas tus amigas con sus esposos cuando mueren. Pero papá es diferente. Odiaba la idea de que le encerrasen en una tumba estrecha.
—Pero, Ellen —repuso su madre llorando—, casi no puedo creerlo. Debió habérmelo dicho…
—No creerás que estoy mintiendo, ¿verdad?
—No sé qué pensar —repuso mistress Berent con súbito furor—. Eres muy capaz de mentir para conseguir tus propósitos.
Ellen siguió firme en su propósito, pero mistress Berent se mostró obstinada por primera vez. Ellen intentó conseguir el apoyo de Ruth. En otras ocasiones le había sido fácil conquistarla con unas frases de cariño. Pero también por primera vez, Ruth no se dejó convencer.
—Pero, querida Ruth, te digo que papá deseaba…
Ruth la miró afectuosamente sin dejar de sonreír. Luego, dijo:
—¿Estás segura? Te conozco bien, Ellen. Sé que puedes llegar a considerar como cierto lo que quisieras que hubiese sucedido.
La incredulidad de mistress Berent y de Ruth, junto a la íntima convicción de su propia mentira enfurecieron a Ellen. Era horrible que la llamasen embustera, pero aún era más horrible saber que la acusación era cierta. Súbitamente recordó la última noche pasada en la casita de Quinton. Estaba segura de que éste, al menos, la apoyaría, y le puso un telegrama.
Papá murió ayer. Te ruego vengas inmediatamente a mi lado.
Sabía que el mensaje excitaría a Quinton.
Éste se puso al momento en marcha. Ellen fue a esperarle a la estación en la mañana del segundo día después de la muerte del profesor; le contó cuanto sucedía y solicitó su ayuda.
—Mamá cree que miento —dijo—, pero tú oíste, perfectamente que papá dijo que deseaba que trasladásemos sus cenizas. Tendrán que creerte.
—Recuerdo que hablaste del asunto, pero…
—No, no fui yo quien lo dijo, sino él —insistió Ellen—. No creo que hayas podido olvidarlo. Todo eso sucedió la noche en que me pediste fuese tu mujer —al decir esto le cogió una mano—. ¿Has podido olvidar aquella noche?
Su voz era a la vez tan trágica y suplicante que Quinton no supo negarse. Le dijo que sí, que recordaba… Y como en aquellos momentos se hallaban en un taxi camino de su casa, Ellen se abrazó a él sollozando, con una mezcla de alivio y de triunfo. Él la estrechó fuertemente y murmuró:
—Ellen, amada mía, tu padre no te necesita ya, pero yo sí… ¡Ellen, te necesito, te necesito!
—Lo sé, Russ —repuso Ellen sin medir el alcance de sus palabras, porque el porvenir nada significaba para ella en aquellos momentos. Lo importante era que tenía un aliado—. Pero antes debo cumplir su última voluntad.
Cuando Rusell Quinton dijo haber oído hablar al profesor de la incineración, mistress Berent no tuvo más remedio que rendirse. Antes de volver a Maine, Quinton había logrado que Ellen le prometiese que se casaría con él en otoño. Sus besos de gratitud no la hicieron experimentar ni enojo ni placer. Quinton era para ella sólo un aliado contra su madre.
Se había propuesto marchar sola a Nuevo México, pero mistress Berent se negó. Con la tenaz obstinación que sólo los seres débiles pueden demostrar a veces, insistió en que ella y Ruth la acompañarían. Deseaba contemplar el lugar en donde iban a descansar las cenizas de su esposo.
En respuesta a una carta de Ellen, Robie escribió diciendo que estaría ausente del rancho por asuntos de negocios hasta fines de junio. Fijaba para el verano la fecha de su regreso, y aprovechaba la ocasión para invitarlas amablemente a quedarse en Nuevo México unos quince días. Esto significaba no poder veranear en Bar Harbor, y mistress Berent odiaba cuanto interrumpiese la rutina de su vida. Pero cuando Ellen repitió que prefería ir sola, su madre dijo violentamente:
—Eso es una tontería. Sé perfectamente cuál es mi deber. Y aunque nunca he ido más allá de Filadelfia, estoy dispuesta a sufrir cuantas incomodidades sean necesarias para llegar adonde sea —en su tono se adivinaba a la mujer acostumbrada a la ciudad y temerosa de los peligros del campo. Después añadió—: Supongo que míster Robie hará lo posible para hacernos grata nuestra estancia allí.
2
Durante las semanas de espera, mientras la primavera reinaba en Boston y hacía florecer a los tulipanes en el Jardín Público, Ellen se negó a compartir la rutina de la vida que mistress Berent y Ruth habían reemprendido. Opinaba que su comportamiento era inocuo, y que demostraba su falta de sentimiento y de corazón yendo al cine y al teatro. Ella pasaba el tiempo estudiando los papeles de su padre y cuantas cosas habían pertenecido al profesor. Éste había destinado para su uso la habitación más alta de la casa de Boston, instalando unas vitrinas contra la polilla para guardar sus colecciones y poniendo en el techo un claraboya. Ellen limpiaba los escalpelos y las tijeras de disección, arreglaba en los estantes los ovillos de hilo y los paquetes de algodón, ponía en orden los tarros de arsénico y de yeso y los ojos de cristal colocados en un recipiente, y marcaba algunas pieles. En cierta ocasión, el tarro de arsénico llamó su atención. Puso un poco de polvo blanco en la palma de la mano y lo contempló fijamente. Aquel veneno había sido durante muchos años sólo un producto que ella y su padre utilizaban en su trabajo. De pronto se le ocurrió que podía ser mortal. Sólo con que se tomase una cucharadita de aquellos polvos, su muerte sería instantánea. Imaginaba la escena. Su madre y Ruth entrarían en la habitación y la hallarían en el suelo sin vida. Oía sus exclamaciones y sus lamentos: «¡Pobrecilla! ¡Quería tanto a su padre!». Sus ojos se llenaron de lágrimas, y sintió una profunda piedad por sí misma. Pero volvió a poner el arsénico en el tarro y después lo cerró cuidadosamente.
Una semana antes de que emprendiesen el viaje al Oeste, Quinton fue a Boston para verla. Llegó un sábado y le propuso pasar el domingo entero a su lado.
—Tomaré un coche e iremos a la playa —dijo.
Ellen asintió con indiferencia.
A la hora indicada fue a recogerla. Su aspecto era animado y alegre. En cuanto a Ellen, distaba mucho de estar contenta, pero se sentó a su lado. Llegaron hasta la punta del cabo Ann. Cuando bajaron del coche, y antes de internarse entre las rocas, Quinton sacó de la parte trasera del coche una magnífica cesta que contenía vasos, tazas, platos, termos, tenedores, cuchillos y cucharas, un salero, un azucarero, una garapiñera y un par de cajas de aluminio llenas de bocadillos. Con satisfacción y orgullo mostró a Ellen todos aquellos tesoros.
—¡Oh, Russ! —exclamó ella escandalizada—, ¿por qué has hecho eso? ¿No crees que es una extravagancia?
—Comienzo a amueblar nuestro hogar.
—Es un comedor completo —dijo Ellen. Pero más tarde, mientras comían unos bocadillos sobre las rocas de la orilla, comprendió el orgullo infantil que demostraba Quinton por sus tesoros. Sintió una maliciosa curiosidad por ver lo que sucedía si algo se extraviaba, e intencionadamente, mientras endulzaba su café, dejó caer el azucarero, el cual rodó por la superficie de piedra y fue a parar a una profunda hendidura entre dos rocas. Al menos, una hora estuvo Quinton buscándolo, apartando las piedras pesadas, mojándose los pantalones y caminando descalzo por el agua. Todo fue en vano. Entretanto, Ellen tomaba el sol tumbada cómodamente, tapándose los ojos con una mano para resguardarlos del sol.
A pesar de que los besos que su prometido le dio al llegar la enojaron en vez de agradarle, le molestaba que él la abandonase por un vulgar azucarero. Cuando Quinton volvió a su lado dijo que tenían que marcharse, y cuando él protestó porque apenas habían tenido tiempo de estar juntos, alegó que debió haberlo pensado una hora antes.
—Pero no podía perder el azucarero. Tenía que intentar rescatarlo —dijo él. Y tan infantilmente desconsolado lo vio Ellen por su fracaso que no tuvo más remedio que perdonarle. Se quedaron un rato más, y Ellen se mostró tan dulce con él que Quinton se sintió enloquecer de gozo. Cuando volvió a Maine era un hombre feliz.
En el momento oportuno, Ellen partió para Nuevo México con su madre y con Ruth. Al salir de Chicago, mistress Berent y Ruth se sentaron en el coche salón. Ellen lo hizo en el departamento contiguo. Se retiró temprano. Entre los diversos obsequios que unos amigos le habían hecho al marchar figuraba un libro titulado Tiempo sin alas. Janet Mowbray le dijo al regalárselo que todo el mundo hablaba de él. Aquella misma noche, cuando el tren salió de Chicago, Ellen comenzó a leerlo. A la mañana siguiente lo llevaba también bajo el brazo.
Pero Ellen, que nunca había sido muy aficionada a la lectura, no tardó en dormirse en su asiento. El libro resbaló, rozó el pie de la muchacha y cayó al suelo. Ellen Se despertó sobresaltada. Había tenido un sueño feliz, en el cual su padre vivía de nuevo y ella era dichosa a su lado. El profesor revivió en aquel sueño, joven otra vez, con el cabello muy rubio y los ojos alegres, sin sombra de sufrimiento o de dolor. Al despertar, su mismo padre —o alguien que ante sus ojos adormilados se parecía enormemente al profesor tal como ella acababa de verlo en su sueño— recogió el libro del suelo y se lo dio. Al ver aquel rostro frente a ella, Ellen sintió una fuerte opresión en la garganta. Le dio maquinalmente las gracias, pero ya no pudo dejar de contemplarle con reconcentrada atención. Sus pensamientos, lo mismo que sus ojos, seguían fijos en el desconocido, hasta tal punto que éste hubo de levantar la vista para mirarla, evidentemente confuso. Un ligero rubor cubría sus mejillas. Ellen se dio cuenta de que había conseguido enojarle con su curiosidad. Murmuró unas torpes palabras de excusa y salió del vagón. Volvió junto a su madre y le preguntó con ansiedad no disimulada:
—¿Tuvo papá muchos parientes, mamá? ¿Hermanos, sobrinos o lo que sea?
—Naturalmente. El padre de Ruth era hermano suyo. También tenía otro en Filadelfia, el cual murió hace más de diez años. Pero, ¿a qué viene ahora esa pregunta?
—¿Tuvo hijos ese otro hermano?
—Supongo que no —respondió mistress Berent acremente—, porque era soltero. Pero, ¿qué te pasa, Ellen?
—Hay un hombre en el tren que se parece extraordinariamente a papá —repuso la joven con voz suave—. Creo, incluso, que es pariente suyo.
—No comprendo por qué. Cualquiera puede parecerse a tu padre. Era un hombre corriente, y su aspecto no tenía nada de extraordinario.
En los ojos de Ellen brilló la indignación. Como siempre, fue Ruth la que puso paz entre las dos, diciendo:
—Mamá, a mí siempre me pareció un hombre magnífico —luego—: Ellen, si se presenta la oportunidad, ¿querrás enseñarme al desconocido que tanto te ha impresionado?
—¿Para qué? Posiblemente no sabrías ver el parecido. Ninguna de vosotras veía a papá con los mismos ojos que yo.
A continuación se marchó a su departamento y cerró la puerta.
Sin embargo, siguió pensando en el desconocido. Esperaba verlo en el vagón restaurante a las horas de comer, pero no se presentó la ocasión. También fracasó cuando se dedicó a buscarle decididamente por los otros vagones. Cuando Ruth y su madre se hubieron acostado, ella recorrió el tren de un extremo a otro, pero sin conseguir nada. Comprendió que aquel hombre debía estar encerrado en su departamento, y experimentó el absurdo deseo de llamar a todas las puertas que encontraba al pasar. Le imaginaba solo y triste, y anhelaba poder compartir su soledad. Por fin no tuvo más remedio que declararse vencida. Volvió a su departamento y se acostó, pero no pudo conciliar el sueño. Sentía un horrible peso en su alma, como si estuviese enormemente sola, por el simple hecho de haber perdido para siempre a su desconocido del tren.
A la mañana siguiente, cuando llegaron al punto de destino, vieron a Glen Robie que las aguardaba en el andén. Tras las primeras frases de saludo, éste le preguntó a mistress Berent:
—¿Han visto a míster Harland en el tren?
—¿Harland? —dijo ella—. ¿Quién es Harland?
—Richard Harland, el autor de Tiempo sin alas. Viene en el mismo tren… ¡Oh, ahí está!
Sospechando la verdad, Ellen se volvió para mirar en la dirección que Robie señalaba, y vio a Lin que se acercaba con un hombre joven y apuesto. Sintió como si una mano de hierro apretase en aquel instante su corazón. Sus sentidos se aguzaron de una forma extraña. Y cuando a los pocos minutos se halló sentada en el coche junto a Harland, rozando sus hombros, se apretó las mejillas con las manos, segura de sentirlas ardiendo. Un escalofrío de deleite y a la vez de temor recorrió su cuerpo. Se alegró de que Robie no cesase de hablar, porque así no tenía ella que hacerlo. Temía que su voz la traicionase. Cuando por fin se decidió a decir algo para disimular su emoción, observó que Ruth, sentada al otro lado de Harland, la miraba con una expresión interrogante.
3
Los quince días que siguieron, tanto los pasados en el rancho como los que transcurrieron en el campamento entre las montañas, fueron maravillosos para Ellen. Los pasó en una agonía de deseos, en un estado de dicha y angustia casi incomprensibles. Una tormenta inesperada de emoción la sacudió, dejándola primero sorprendida y luego anonadada. Fue como un torrente cuyo ímpetu no pudo resistir.
Al principio, quiso huir de Harland y de los demás. Cada mañana montaba a caballo y desaparecía. Unas veces estaba ausente todo el día, y otras regresaba a la hora de comer. Pero aunque marchaba sola, Harland ocupaba siempre sus pensamientos. Cierto día se detuvo en un lugar elevadísimo, puso a su caballo en sitio seguro y se sentó sobre un peñasco, contemplando el paisaje que se extendía a sus pies. Permaneció allí durante muchas horas, gozando de la caricia del sol y mirando el infinito. Soñó despierta que Harland acudía a su encuentro deseoso de compartir su soledad, y que mantenía con él una conversación correcta y aparentemente impersonal, pero rica en ocultos significados. Se tumbó en el suelo, con los brazos apoyados sobre el pecho, los ojos cerrados y el ala del sombrero defendiendo su rostro de los rayos del sol. En cada rumor creía adivinar los pasos de Harland. Le imaginaba buscándola ansiosa, ardientemente…
Aquella atención constante y absorbente por cuanto un hombre pudiera decir o hacer; aquella eterna esperanza de que Harland la buscase; aquella emoción inquietante, rayana a veces en temor, no eran en ella acostumbradas. La misma devoción que experimentó por su padre la privó de sentir lo mismo que una muchacha de quince años ante un joven, lo que toda mujer siente ante la triunfante virilidad, aunque la hayan enseñado a dominar esos sentimientos porque no son «correctos». Cuando Ellen contaba doce años escasos había un estudiante que acudía a casa del profesor Berent para discutir con él ciertas teorías. Durante muchas semanas, aquel muchacho fue para Ellen el ser más extraordinario y atractivo del mundo. Soñaba con él dormida y despierta, y en su edad no podía disimular. Lo de Harland fue distinto. Su pasión fue menos franca, pero más profunda. En aquella otra ocasión, a los doce años, no estaba capacitada para experimentar las reacciones que ahora sentía —aceleración del pulso, un intenso rubor en el cuello y en las mejillas, una suave languidez— al oír la voz de Harland.
Confiando en una mutua trasmisión de pensamiento, se preguntó si Robie le habría dicho el motivo de su estancia allí. Deseaba que su evidente amor por la soledad despertase en él cierta curiosidad, que le impulsase a interrogarla. Solía imaginar las respuestas, las palabras que emplearía para hablar con él de su padre, y también la simpatía, la comprensión que al escucharla podía reflejarse en los ojos de él. Sin querer admitirlo, representaba ante sí misma una tragedia en la cual era ella la triste y dolorida heroína y Harland el espectador curioso y conmovido.
Pero los días pasaban y Harland no hacía nada por aproximarse a ella. Cuando una mañana, a la hora del desayuno, vio Ellen una oportunidad para ofrecerse a acompañarle a cazar pavos, no quiso desperdiciarla. Expuso la idea, escondiendo su ansiedad bajo una fingida indiferencia. Harland accedió. Y la misma sensación de alegría junto al temor incipiente de lo que podría suceder en aquellas horas que iban a pasar juntos, la hicieron declarar que era suficiente marchar después de comer. Durante toda la mañana se reprochó de aquella debilidad. Había acortado sus horas de dicha, ya que si se lo hubiera propuesto habrían podido estar juntos el día entero. Aguardó angustiada hasta el mediodía, temiendo que Harland pudiese cambiar de parecer.
Cuando llegó el momento de partir, el aspecto de Ellen era perfectamente normal. Marchó delante, segura de que los ojos de Harland, que la seguían a corta distancia, no se apartaban de ella. Montaba muy bien, y como lo sabía deseaba que él pudiera comprobarlo. Harland no dijo nada, pero ella sabía que continuaba mirándola fijamente.
Durante aquel silencioso paseo se aguzaron sus sentidos. Nunca le parecieron tan hermosos el cielo y las montañas, ni tan intenso el perfume de los pinos bañados por el sol, ni tan claro y armonioso el canto de los pájaros en el bosque. Hasta la contemplación de los fuertes músculos del caballo al subir una cuesta o bajar una pendiente la sumía en un éxtasis de dicha. En su interior bullía la vida ardientemente, y la joven se daba cuenta de ello. Era esa sensación la que ponía de relieve la figura de Harland a su lado. Al sentirse tan cerca tuvo miedo, un miedo que era a la vez añoranza.
Desmontaron en un lugar elegido por ella, y después de dejar los caballos en el bosque atravesaron el césped y se dirigieron a una ligera depresión del terreno. Ellen se echó en ella, indicando a Harland que lo hiciera a su lado. Con la barbilla apoyada en las manos, contempló silenciosamente el desfiladero, sintiendo que su corazón parecía querer salirse del pecho. Aun sin mirarle adivinaba la línea vigorosa de su perfil, los hombros que la posición hacía todavía más rectos… Le sentía tan cerca que con un simple movimiento hubiese podido rozar su pie.
Por fin, Harland comenzó a hablar. Dijo algo referente a una hormiga que se había introducido en su escote, y ella habló de su padre a continuación. Aunque su charla pudiera parecer vulgar e indiferente, ella se daba cuenta de que cada palabra encerraba un oculto significado, como si una fuerza misteriosa emanara de ellas y amenazase convertirse en torrente y romper todos los diques. Por fin volvió la cabeza para mirarle y sus ojos se encontraron. Harland admitió que conocía el motivo de su estancia allí, lo cual pareció acercarlos. Siguiendo un instintivo impulso de defensa, Ellen apartó los ojos y volvió a fijarlos en la lejanía. Harland habló entonces de su hermano. Como muchas personas sanas y fuertes, la joven sentía una innata repugnancia por la deformidad humana, y se estremecía al oírle relatar la enfermedad de Danny. Entonces se dio cuenta de lo poco que conocía a Harland. Sólo sabía de él su nombre, su profesión y que tenía un hermanito imposibilitado. Tal vez… Sí, era posible que estuviese casado. Este pensamiento la hizo temblar, e inmediatamente trató de averiguarlo. Cuando le oyó decir que era soltero contuvo incluso la respiración para que él no pudiera darse cuenta de su dicha. Después Harland se refirió al anillo. Por aquellos días había olvidado completamente a Quinton. Habló de éste con Harland, y añadió calmosamente:
—Pero nunca me casaré con él.
La verdad es que hasta entonces no había estado segura de esto, pero en aquellos momentos se dio cuenta de que no deseaba casarse con él.
Sus palabras fueron tan significativas que muchas cosas hubieran podido suceder después. Pero Harland vio en aquel momento los pavos, y apuntando a uno de ellos disparó y lo derribó. Al parecer sólo estaba herido, y fue necesario que corriese rápidamente para rematarlo. La rápida carrera y la altura a que se hallaban agotaron a Harland. Cuando Ellen le encontró en el suelo, exhausto, sintió tal deseo de estrecharlo entre sus brazos y acariciarlo, que tuvo que disimular mirando al animal muerto y hablar como si en realidad fuese muy importante que el tiro le hubiese destrozado la barba. Para ocultar la ternura que casi la delataba, se alejó de allí pretextando que iba en busca de los caballos. Cuando regresó había conseguido dominar su emoción. Halló a Harland alegre, triunfante y dispuesto a charlar. La joven le imitó, y así, en tan exultante estado de ánimo, recorrieron la distancia que los separaba del campamento. Aquella noche, Ellen decidió hacer lo posible por no perder cuanto había ganado durante la tarde.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, mistress Berent, que desde que había llegado estaba casi inválida a causa de la gran distancia que hubo de recorrer del rancho al campamento, declaró que se sentía con ánimos de montar de nuevo y trasladarse al lugar en que debían ser depositadas las cenizas de su esposo. Ellen casi se había olvidado de aquel asunto, pero lo aceptó complacida, como volvemos la última página de un libro cuando otro, lleno de promesas, nos espera.
Convinieron en que aquel día llevarían a cabo la tarea. Pero cuando supo que Harland, Lin y Tess habían resuelto marchar a la pradera de los potros salvajes, deseó ardientemente cambiar de plan y unirse a ellos. Tess era sin duda muy bonita, y temía que Harland lo notase. No pudo cambiar de plan, y pasó una mañana terrible, atormentada por los celos.
Aquella tarde, durante la excursión, mistress Berent no cesó de gruñir y lamentarse. El camino era abrupto, y aún no se hallaba a gusto sobre la silla. Las cenizas del profesor Berent se hallaban en un cofrecillo de bronce que Ellen había guardado siempre cuidadosamente. En el momento de partir, lo envolvió en su jersey y lo sujetó al borrén trasero del arzón. Cuando llegaron al punto de destino, dejó a Robie, a su madre y a Ruth en el centro de la pradera, y al trote de su caballo se dirigió al borde de ésta describiendo círculos. Llevaba el cofre bajo el brazo izquierdo, y con la mano derecha cogía un puñado de cenizas y lo esparcía sin dejar de cabalgar.
Súbitamente, el nervioso movimiento de las orejas del caballo distrajo su atención, y miró hacia los confines del cercano bosque. Vio a Harland, que se hallaba junto a Tess y Lin, y observó que se ocultaban inmediatamente. Al darse cuenta de que Harland, aunque escondido, compartía aquel momento supremo de su vida, sintió que crecía su emoción, e inconscientemente dramatizó más su papel… Cabalgó con más solemnidad, como un soldado en un desfile, con la cabeza alta, mirando fijamente hacia delante, esparciendo las cenizas con rítmico movimiento. Antes de terminar el recorrido por entero de la explanada, comprobó que el cofrecillo se hallaba vacío, pero no se inmutó. Necesitaba seguir representando la tragedia. Y como en la distancia nadie hubiera sido capaz de descubrir la superchería, continuó efectuando círculos y haciendo los mismos ademanes hasta alcanzar los linderos del bosque. Entonces vio la oportunidad de poner un remate perfecto a su representación, y desapareció en medio del bosque.
Cuando estaba a mitad del camino del campamento se le ocurrió otra idea; siguiendo un atajo para rehuir la compañía de los demás, se dirigió de nuevo a las cumbres. Si no volvía a la hora de la cena, Harland, después de los maravillosos momentos del día anterior, decidiría ir a buscarla. La explanada estaba desierta cuando Ellen volvió a ella. En la parte más alta enterró el cofrecillo vacío, en el que se veía grabado el nombre de su padre, y sobre él levantó con guijarros un extraño túmulo. Luego se sentó y contempló fijamente el camino, esperando ver aparecer a Harland.
Pero éste no acudió ni cuando se puso el sol ni cuando la luna brilló en el cielo iluminando el paisaje como si fuese de día. Sin embargo, segura primero de su triunfo, desesperada después de su fracaso, compadeciéndose y repitiendo que nadie, ni siquiera Harland, se preocupaba por su vuelta, siguió aguardando obstinadamente. El «jersey» era realmente un pobre abrigo, teniendo en cuenta la humedad de la noche. Encendió una hoguera y se acercó a ella. No tenía miedo. Incluso comenzaba a encontrar interesante la situación. Le gustaba su papel de hija desconsolada llorando su dolor en la cima de una montaña solitaria. Cuando vio que el caballo, atado a un roble, se impacientaba por la larga espera, le quitó la silla y le dejó en libertad. Extendió en el suelo la manta que había cubierto la silla y se echó sobre ella. Cuando la humedad se hizo más intensa se echó la manta sobre la espalda, sin importarle que el caballo se mostrara nervioso a causa del frío.
Así permaneció hasta el amanecer, ansiando ver aparecer a Harland y furiosa a la vez porque éste no llegaba. Si Harland hubiese mostrado interés por ella desde el primer instante, tal vez hubiese podido olvidarle. Pero como esto no había ocurrido, y como la negación de sus deseos era siempre un acicate para su voluntad, sus vagos sueños llegaron aquella noche a un punto culminante, hasta hacerla tomar una determinación. El hecho de que al regresar le encontrara en el camino pareció prometerle la victoria deseada. No obstante, para exasperarle, pasó la tarde con Tess y Lin y a la mañana siguiente fue con Lin, Charlie Yates y uno de los cowboys a inspeccionar ciertas faenas. Como tenía el alma llena de ternura, y no veía cómo expansionarse, se dedicó a Lin abiertamente. Durante todo el día se mostró con él cariñosa hasta la extravagancia. Después de comer dejaron a sus acompañantes y volvieron solos al campamento. Entre bromas, mostrándose siempre encantadora, le hizo el amor al pobre muchacho, que, trastornado, aceptó de buen grado todas las sonrisas, todas las miradas y todas las palabras de afecto que ella hubiese deseado ofrecer a Harland.
Aquella noche, terminada la cena, notó que Harland se alejaba voluntariamente de ella, y le propuso dar un paseo por la cañada a la luz de la luna. Cuando volvió a la habitación que compartía con Ruth y con su madre, ésta dijo:
—Ellen, ¿es que estás coqueteando con ese muchacho?
—Nada de eso, mamá —respondió ella tranquilamente. La palabra «coqueta» era muy pobre para describir el sentimiento apasionado que Harland le inspiraba.
—Pues lo parece —declaró mistress Berent moviendo la cabeza con aire de duda —. Te derrites a su lado como la manteca al calor. Estás comprometida con otro, y así se lo diré mañana mismo a míster Harland. Tendrás tu merecido.
Ellen sonrió fríamente y repuso:
—Será mejor que antes de advertirle te asegures de cuáles son sus intenciones — y salió de la habitación.
Al día siguiente mientras se marcaba el ganado, la invadió una especie de pánico al darse cuenta de que su estancia allí tocaba a su fin. ¡Le quedaba, en realidad, tan poco tiempo! Al recordar la amenaza de su madre, aquella misma noche, antes de cenar, se quitó el anillo de Quinton, e hizo lo posible porque Harland lo observara. Cuando éste se refirió al anillo desaparecido, Ellen le miró fijamente, tratando de que sus ojos reflejaran sus sentimientos. Quiso que se diera cuenta de que sería suya si él se lo pedía. Cuando vio que Harland bajaba la vista, confundido, comprendió que había logrado su propósito, que la había comprendido.
Después de cenar, Harland dio una excusa y desapareció. Ellen, segura de que cuando todos se hubiesen retirado Harland volvería junto a ella, continuó en la veranda durante mucho rato. Pero él no volvió, y por mucho que ella deseara ir a su lado no logró encontrar un pretexto que justificase su actitud. El deseo se hizo casi insoportable. Cuando entró en su habitación estaba jadeante, tenía los labios secos y el corazón destrozado.
A la mañana siguiente, y como su resolución era irrevocable, hizo un pequeño paquete con el anillo de Quinton, puso la dirección y antes de desayunarse lo depositó en la bolsa de la correspondencia. Estaba segura de que Harland volvería a ella, pero se equivocó. Al día siguiente debían regresar al rancho y al otro se separarían para seguir cada cual su camino. No había dormido en toda la noche, trazando cien planes distintos para atraer a Harland, convencida de que en las pocas horas que le quedaban debía conquistarle si no quería perderle para siempre.
Cuando se presentó en el comedor para el desayuno no vio a Harland. En tono indiferente preguntó por él, y Robie le dijo que había partido al amanecer para recorrer andando la cañada y pescar a lo largo del río. Un muchacho le esperaría al otro extremo con un caballo, para conducirle directamente al rancho. Ellen apretó furiosamente las manos bajo la mesa.
—Voy a buscarle —dijo como si hablase consigo misma. Pero al darse cuenta de que con sus palabras excitaba la curiosidad de los demás, añadió rápidamente—: Siempre he deseado hacer esa excursión. Mande un caballo también para mí, Robie.
Robie asintió cortésmente, pero cuando se levantaron de la mesa, mistress Berent llamó aparte a su hija y le dijo con acritud:
—No quiero que persigas a míster Harland. Vendrás con nosotros, Ellen. ¿No comprendes que te pones en ridículo?
—Le quiero, mamá —respondió Ellen—. Y voy a casarme con él.
—¡Casarte con él! ¡No digas tonterías! Estás prometida a míster Quinton.
—Lo estaba —dijo Ellen, mirando su mano. Y ante el gesto de sorpresa de su madre, añadió—: Ayer le devolví el anillo.
—Cometes un error —dijo su madre—. Míster Quinton no es hombre con quien puedas jugar a tu antojo. Bien sabe Dios que nunca he comprendido lo que viste en él para enamorarte, pero de una cosa sí estoy segura: de que no se conformará fácilmente con tu actitud.
Ellen recordó que Quinton estaba considerado como un enemigo peligroso, pero movió la cabeza y repuso:
—Nada me impedirá que me case con míster Harland. No lograrás impresionarme, pues supongo que es eso lo que intentas —y repitió—: Voy a casarme con míster Harland.
Aun sintiéndose vencida, mistress Berent se obstinó en luchar.
—Ellen —dijo retorciéndose las manos—, no hagas eso. Vente con nosotras: te lo ordeno.
Ellen la miró asombrada. Le asombraba que su madre se opusiese tan tenazmente a sus deseos.
—No lo entiendes, mamá —dijo—. Deseo estar a su lado —y dejando a su madre con la palabra en la boca, desapareció.
Uno de los muchachos del rancho la acompañó a caballo hasta donde era posible cabalgar. Luego, Ellen continuó a pie. Se había vestido como para regresar al rancho, abandonando el mono. Llevaba una falda pantalón, una camisa de seda escocesa y un pañuelo amarillo anudado al cuello. Como cuando pensó su plan los caballos habían partido ya con el equipaje, no pudo cambiarse. La marcha entre las piedras no fue fácil. Las botas de montar no resultaban demasiado apropiadas y resbalaba continuamente. A pesar de todo, siguió adelante sin detenerse un momento.
Por fin vio a Harland, que pescaba truchas en un pequeño estanque. Se deleitó contemplando su figura, admirando la cabeza firmemente erguida sobre rectos hombros; en una palabra, su tipo esbelto y ágil. Sólo cuando le vio satisfecho por haber apresado un buen ejemplar, decidió salir a su encuentro.
Su sombra se proyectó sobre la roca donde Harland se hallaba.
Ellen se movió, y su sombra se movió también.
Cuando él miró hacia arriba se encontró frente a ella.
4
Harland la miró asombrado. No podía decirse que su mirada fuese de bienvenida. Ellen lo comprendió, pero se propuso que se sintiera contento de su compañía. Corrió a su lado y gritó con admiración mirando la trucha:
—¡Qué maravilla!
—¿Por qué ha venido? —preguntó él con acritud.
La joven sintió un nudo en la garganta. Sus mejillas ardían, y su corazón parecía que iba a dejar de latir. No obstante, respondió alegremente:
—Pregunté dónde estaba usted, y Robie me lo dijo. Nunca había pescado en este recodo, y pensé que no le importaría que le acompañase.
Su tono fue indiferente y frío. Después se refirió de nuevo a la trucha, maravillándose de su tamaño y poniendo a contribución todo su encanto para que Harland se alegrase de verla allí. Una vez empaquetado el magnífico ejemplar, Harland lo guardó en uno de los amplios bolsillos de su traje y siguieron avanzando por el desfiladero.
Al ver que al fin aceptaba su compañía, Ellen sintió el orgullo del triunfo. Por el momento era bastante poder permanecer a su lado. Durante unas horas se entregó de lleno a la pesca, como si sólo por eso estuviese allí. Se divirtieron mucho, aunque no consiguieron pescar ningún ejemplar notable.
Alrededor de la una, Harland propuso detenerse para comer. Ella no había llevado provisiones. Harland aseguró que con los bocadillos que llevaba era suficiente para ambos, y abrió el paquete.
—¡Cielos! —exclamó Ellen riendo—. Yo sola me los comería todos. Estoy hambrienta. Será mejor que asemos unas truchas.
Mientras Harland encendió una hoguera, ella le pidió el cuchillo y, orgullosa de demostrar su habilidad, limpió unas truchas, las ensartó en unas ramas, les echó sal y las puso junto al fuego. Cuando la hoguera estuvo casi consumida, las colocó sobre las brasas hasta que estuvieron deliciosamente crujientes y tostadas.
Las comieron como si fueran mazorcas, mordiendo la carne rosada. Se habían sentado al sol, a la orilla del río. Ellen estaba muy alegre, segura ya de que él se sentía feliz a su lado. Estaba excitadísima, como si hubiese bebido demasiado vino. Tenerle a su lado era un placer no comparable a ninguno de los que había experimentado antes. Al terminar de comer, Harland le ofreció un cigarrillo y él encendió otro. Al contemplar sus fuertes manos sosteniendo el cigarro, tan cerca de sus labios, Ellen sintió como si su corazón fuese a estallar dentro del pecho. Sin dejar de mirarle, aspiró el humo con fuerza y lanzó una bocanada; Harland arrojó al río la cerilla apagada.
Después habló ella distraídamente, interrumpiendo el momentáneo silencio, para el cual sólo hubiese deseado un fin.
—Compadezco a esos pobres pececillos —dijo con ironía—. Las aguas del río forman continuas cascadas, y no les permiten que remonten la corriente. En la otra dirección, el curso de las aguas se pierde inesperadamente en el desierto. No les queda otra alternativa que la resignación. No pueden ir a ningún otro sitio. Supongo que cuando vienen unos pescadores como nosotros y se los llevan deben de sentirse agradecidos.
—Pues nadie lo diría, a juzgar por su comportamiento —dijo Harland—. Y ambos rieron sin motivo, sólo porque estaban juntos, porque eran jóvenes y porque el día era maravilloso. Harland hizo ademán de levantarse, y Ellen sintió como si el tiempo se le escapara de las manos. Temía el fin de un día tan perfecto. Pensó en simular un accidente que los obligase a permanecer allí toda la noche, y se dijo sonriendo: «Mamá es lo suficientemente anticuada para creer que el hecho es comprometedor y decidir que la obligación de un caballero es pedirme en matrimonio».
En aquel momento sonó el lejano estampido de un trueno. El cielo que brillaba sobre ellos era azul y sin nubes, pero Ellen adivinó que se avecinaba una tormenta. Si llovía mucho, el torrente crecería en pocos momentos, hasta el punto de impedir su avance por el desfiladero. Siguió charlando, haciendo gala de todo su ingenio, con el exclusivo propósito de demorar la marcha. Refiriéndose al triste sino de las pobres truchas que, presas en el río, no podían conocer otros mundos, exclamó:
—¡Son tan estrechos sus horizontes!
—¿Acaso no son estrechos todos los horizontes? —dijo él, divertido por su compasión—. ¿Es nuestra situación mucho mejor que la de las truchas? ¿Le parece nuestro mundo más bello que ese poético y delicioso lugar?
—No obstante, creo que debe de haber muchas truchas descontentas —continuó Ellen burlonamente—. Por ejemplo, el macho tendrá ganas de correr mundo, y los maridos jóvenes de salir por ahí aunque se enojen sus esposas. Puedo imaginarme su conversación: «La vida es muy amable para ti, John, que te pasas el día recorriendo el río. Pero, ¿y yo? ¿Te parece justo que tenga que quedarme en casa, trabajando de la mañana a la noche?».
Harland sonrió. Luego, como si fuese realmente el marido a quien le hubiese hecho el reproche, respondió rápidamente:
—¡Tonterías, querida! Te he dado un bonito hogar, y tienes agua fresca y abundante, peñascos donde guarecerte y muchas moscas en los días de verano. ¿Qué más puede pedir una señora trucha que se respete a sí misma?
—Me gustaría viajar —dijo ella, encantada de hacerle tomar parte en su pequeña comedia y esperando que, distraído, no oyese los truenos cada vez más cercanos—. Nunca creí que por casarme tuviera forzosamente que quedarme aquí, rozando las mismas piedras toda la vida.
—Bueno, bueno, vente conmigo —propuso él—. Si ello ha de hacerte feliz… — tosió un poco, como para darse importancia, y añadió—: Se trata de un viaje de negocios. El viejo Bill Cortapescuezos ha inventado un nuevo sistema para cazar langostas, y quiero comprobar si es tan espléndido como asegura.
Ellen, fiel a su papel, hizo un delicioso mohín de contrariedad.
—¿Cómo quieres que viaje con esta figura tan ridícula que tengo por tu culpa? Las amigas se ríen de mí. No es muy divertido tener cincuenta mil hijos cada otoño. Deberías probar suerte alguna vez.
—Soy el padre… —adujo él—. Y siempre me ha parecido agradable tener tantos hijos —y después, simulando una repentina ternura, Harland añadió—: Ya sabes, querida, que te evitaría gustosamente tanta molestia si estuviese en mi mano.
Ellen comenzaba a hallar difícil su papel. Apenas pudo contener un suspiro de emoción. El absurdo juego los obligaba a hablar en tono tan íntimo que las palabras sonaban en su interior con la musical resonancia de alegres campanas. Alzó la cabeza, decidida a continuar.