Que el cielo la juzgue
Capítulo II
1
Aquellos seis años que tanto deseaba Harland olvidar comenzaron cierto día de julio, en un tren que con rumbo al Este había salido de Chicago. Harland se dirigía a Nuevo México, a un rancho propiedad de Glen Robie. Él y Glen se habían conocido el verano anterior a bordo del Fleurus, pequeña embarcación que solía transportar a los aficionados a la pesca del salmón desde Quebec a la isla de Anticosti. Robie y su hijo Lin iban hacia el río Júpiter; Harland y su hermano, el pequeño Danny, hacia el Becsie. Danny tenía doce años y Lin Robie uno más. A bordo del Fleurus trabaron los pequeños una gran amistad, acercando inconscientemente a Harland y a Robie.
Con sus cuarenta y pico, Robie era realmente una gran persona, uno de esos caracteres generosos y buenos que suele producir el Oeste. Comerciaba en petróleo. Comenzó su carrera sin dinero. La suerte le ayudó y gracias también a su energía indomable y a algunos buenos consejeros logró verse al cabo de unos años dueño de los mejores pozos de Tejas. Después, crear una organización completa para la distribución del petróleo fue cosa sencilla. Su vida era una cadena de éxitos, y su feliz carrera algo corriente en el país. Cuatro o cinco años antes de conocer a Harland había vendido su negocio por una suma tan crecida que convirtió la transacción en milagro de cuento de hadas. Después se apresuró a adquirir unos doscientos mil acres de terreno en las montañas de Nuevo México. Se especializó en la cría de ganado holandés y de caballos de polo. Y como en los arroyuelos cercanos abundaban las truchas, instaló un pabellón de pesca cerca del rancho. La afición común por tal deporte le acercó a Harland.
Harland había pescado salmones en Newfoundland y el Restigouche, y Robie apreciaba los consejos que el otro, con su experiencia, podía darle. Robie, a su vez, conocía este deporte en aguas familiares, e insistió en que Harland y Danny fuesen a visitarle al rancho el verano siguiente para ejercitarse en la pesca con caña.
Harland aceptó en principio pero tenía la íntima convicción de que el asunto no pasaría de allí. Las amistades, como los noviazgos de estío, son agradables mientras duran. Suelen cifrarse en ellas muchas esperanzas, pero todas mueren en cuanto llega la separación. Es fácil, además, invitar a alguien y olvidar después que se le ha invitado…
Harland y Danny gozaron de una magnífica semana en el Becsie. El resto del verano lo pasaron en el Cerro de la Luna. Cuando Harland era niño, su padre solía dejarle bajo la vigilancia de un leñador del bosque llamado Leick Torne, y con él exploraba Harland todos los rincones cercanos a la residencia estival de la familia. Durante una de estas frecuentes excursiones, al remontar uno de los riachuelos, llegaron a un lugar de exuberante vegetación, en el que un lago en forma de media luna se extendía al pie de una montaña. La belleza del lugar dejó a Harland maravillado, hasta el punto de que él y Leick se empeñaron en llevar hasta allí a su padre. En uno de sus característicos arranques de entusiasmo, éste compró aquellas tierras. Leick y Harland pasaron el verano siguiente en el lugar, construyendo una cabaña con troncos de árboles, una especie de pequeña presa en el lago, para mantener las aguas al mismo nivel, y un refugio donde guardar la canoa y el bote. Cuando murió su padre, Harland bautizó aquel rincón con el nombre de «Cerro de la Luna», porque nadie excepto Danny, Leick y él lo conocían en aquel tiempo.
Al volver de la isla de Anticosti permaneció con Danny en aquel lugar hasta septiembre. Los dos hermanos no tenían más familia en el mundo. Harland le llevaba a Danny diecisiete años. Su padre murió antes de que Harland entrase en la Universidad. Era abogado y tenía excelentes ingresos, pero no dejó muchos bienes de fortuna. Una casa en la calle Chestnut, en Boston, y una renta anual que apenas bastaba para sufragar los gastos de su vida y del pequeño Danny y para pagar la pensión del mayor en Harvard. Mistress Harland, que fue siempre de carácter tímido y quejumbroso, sintió que sus temores aumentaban al empeorar de modo tan sensible la situación económica. Harland vio ensombrecidos sus cuatro años de estancia en Cambridge por las quejas continuas de su madre ante los gastos que ocasionaba su educación. Se situó, pues, a la defensiva, y en cuanto salió de la Universidad buscó trabajo y lo encontró en el «Boston Transcript».
Cuando no era más que un estudiante, Harland se había enamorado apasionadamente de una muchacha llamada Enid Sothera. Pero como sus medios de vida no le permitían ni siquiera pensar en contraer matrimonio, la joven pareja se contentaba con soñar sin hacer demasiados planes para el futuro. Pasaban juntos cuantas horas podían, y estaban, al menos al principio, locamente enamorados. Pero una hoguera recién encendida necesita nuevo combustible para no extinguirse. Las ardientes caricias, precisamente por no poder llegar nunca a un punto culminante de emoción, perdieron parte de su encanto. Una semana antes de graduarse, Enid le comunicó que se casaba con otro. Pasado el primer choque sufrido por su vanidad, Harland sintió un gran alivio. Pero, lo mismo que hubiese hecho un marido engañado, buscó la soledad, temeroso de enfrentarse con la sonrisa e incluso la simpática compasión de sus amigos. Pasó muchas noches sin salir de su casa. Desde sus tiempos de Harvard se había distinguido en Literatura. Además, le gustaba escribir. Por matar el tiempo y llenar sus horas de ocio comenzó una novela. Como suele suceder con los novatos, la novela de Harland fue lo que podríamos llamar una autobiografía. La tituló Primer amor, y él era el personaje principal. En cuanto a la figura femenina —Enid, sin ningún género de dudas—, resultó tan ingrata que la ruptura entre ellos era un desenlace feliz.
El primer editor a quien mostró su libro se apresuró a aceptarlo. Harland tenía sin duda, una finísima ironía y una peligrosa facilidad para analizar la fragilidad y la locura humanas. Y como los críticos, saturados de libros vulgares, se muestran siempre magnánimos con la obra de un escritor novel que les parezca prometedora, su novela obtuvo bien pronto el entusiasmo de un leal aunque reducido sector de público.
El éxito logrado indujo a Harland a abandonar el «Transcript» para empezar una nueva obra. Antes de terminarla murió su madre. La verdad es que nunca se habían llevado muy bien, pero aquel fin tan rápido le hizo olvidar todas sus faltas y recordar intensamente sus buenas cualidades. Se sintió muy solo. Y como resultado de esta soledad, aunque Danny contaba entonces nada más que diez años, Harland se refugió en él buscando consuelo. Danny, que de un modo infantil y tímido había adorado siempre a su hermano mayor, recogió con avidez aquellas muestras de afecto. Y exceptuando las horas que Harland pasaba trabajando y el pequeño estudiando, estaban siempre juntos.
La segunda novela fue bastante mejor que la primera. Para junio, antes de marchar con Danny hacia Anticosti, había terminado la tercera. En octubre fue ésta publicada, y bien pronto creció la venta de manera considerable. Cientos de mujeres que gozaron con su lectura quisieron conocer personalmente al autor, y se empeñaron en invitarle a almuerzos, cenas y reuniones. Aceptando la general creencia de que quien escribe bien sabe hablar, fue solicitado su concurso para diversas conferencias en Boston y otros lugares. Todo esto le resultaba a Harland muy seductor y agradable. Así pasó el invierno. Y el ritmo de su vida le hizo frecuentar menos la compañía de Danny. Cuando en abril sufrió el muchacho un ataque de parálisis infantil, Harland no cesó de hacerse reproches, pensando que de haber seguido bajo sus cuidados el pequeño no habría contraído aquella enfermedad.
Al principio todos creyeron que Danny moriría, pero pasada la crisis siguió viviendo. Sólo sus piernas quedaron prácticamente inútiles. En cuanto estuvo en condiciones de viajar, Harland lo llevó a Georgia para someterle a un tratamiento especial. Hallándose en Warm Springs recibió una carta de Glen Robie hablándole de su rancho de Nuevo México y recordándole su invitación.
Harland pensó rehusar, pero Danny no se lo permitió.
—Será lo único que me consuele de no poder ir yo —dijo—. Además, volverás pronto con un montón de cosas que contarme, y será casi tan divertido como si yo también hubiese estado allí.
Con esa habilidad que tienen a veces los niños para hallar el argumento definitivo y adecuado, añadió algo que convenció a Harland:
—Mira Dick, estamos juntos tanto tiempo que temo que comencemos a aburrirnos. Nos hemos contado ya todo lo que sabíamos. En cambio, de esta manera cuando vuelvas, tendrás tantas cosas nuevas que explicarme que nunca terminaremos de hablar.
Harland acabó por aceptar, y no precisamente de mala gana. Al pensar en los largos paseos a caballo, en los días llenos de sol, en las aguas repletas de truchas, sintió en lo más profundo de su ser unas enormes ansias de marchar. Escribió a Robie diciéndole que aceptaba y explicándole por qué no podía Danny acompañarle. Emprendió el viaje, deteniéndose antes en Boston para recoger algunos enseres personales y su caña de pescar favorita. Al partir, Danny se despidió de él cariñosamente.
—Escribe un Diario, Dick —dijo el pequeño—. Anota en él cuanto vayas viendo. Piensa que luego te haré muchas preguntas. Lin dijo que hay pavos silvestres en el rancho. Mata uno, pesca muchas truchas y cuéntame tus experiencias cuando vuelvas. ¡Adiós! ¡Adiós! ¡Adiós!
Al alejarse, Harland llevaba todavía en sus oídos el eco de aquella vocecita clara e infantil.
2
El tren salió de Chicago a última hora de la tarde. A la mañana siguiente, después del desayuno, y con un libro bajo el brazo, Harland se dirigió al coche salón. Pero antes de sentarse a leer pensó escribirle una larga carta a Danny. El movimiento del tren hacía a veces su letra casi ilegible. Tomándolo a broma, intercaló algunos dibujos —un rostro absurdo, un animal de especie desconocida, una flor— y sonrió al pensar cómo se reiría Danny. Cuando terminó la carta buscó asiento frente a una muchacha que leía nada menos que su última novela. Sin duda, fue esta coincidencia lo que le decidió. Probablemente, medio millón de personas la habrían leído o la leerían en lo futuro. Pero ver a una desconocida enfrascada en la lectura de una de sus obras fue una experiencia que le agradó, particularmente cuando, como en aquel caso, la lectora tenía una extraña belleza. La joven era de corta estatura. Tenía el cabello oscuro, o tal vez debiera decirse negro; no era lacio, como suele ser el cabello negro, pero tampoco rizado. Era un pelo con tendencia a rizarse; es decir, como si pudiera rizarse si se lo permitiesen. Su piel era fina y suave, de un tono marfileño, aunque ligeramente sonrosada. Y sus labios, exentos de carmín —o, al menos, así lo creyó él —, eran frescos y estaban llenos de vida. Mirando aquellos labios pensó Harland en algunas mermeladas que al secarse suelen quedar adheridas fijamente. Eran unos labios deliciosos —pensó detenidamente en este objetivo, pues le encantaba escoger las palabras que había de emplear—, que inspiraban el ardiente deseo de gustarlos, como si fuesen uno de esos sabrosos bombones rellenos de exquisito licor. El lóbulo de las orejas, que surgía bajo el contorno suave del pelo —lo suficientemente largo para permitir a su dueña anudarlo en la nuca— era casi tan rojo como los mismos labios. Dejando correr libremente el pensamiento, Harland pensó que sería maravilloso poder morderlos. Su garganta era de un tono más pálido que sus mejillas, y su cuerpo sería más pálido aún, como una de esas delicadas figurillas de marfil, de pequeños senos, cintura flexible, caderas redondas y muslos esbeltos. Mirándola con fijeza, unas frases extrañas acudieron a su mente, como las nubes que cruzan a veces por el cielo de estío, palabras misteriosas del lejano Oriente. Pensó en los relatos maravillosos de Las mil y una noches, en heroínas de frente alabastrina, almendrados ojos y labios —¿era ése realmente el calificativo?— como la granada. No estaba muy seguro de lo que podía ser una granada, y probablemente el símil era erróneo, pero le complacía. Pensó también en el incienso, en la mirra, en el pachulí y en otras fragancias misteriosas que ni siquiera tienen nombre; en la endrina, en los bellos racimos de uvas moradas y en el jugo oscuro que surge al ser trituradas entre los dientes.
Una súbita sacudida del tren le volvió a la realidad y, en consecuencia…, a Kansas, el paisaje en el que los campos de trigo se extendían durante millas y millas. Se dijo, no sin cierta ironía, que aquél no era un modo correcto de pensar en una muchacha decente. No obstante, es probable que sea sólo eso lo que piensen muchos hombres al enfrentarse con una mujer bonita. De no ser así, la raza humana acabaría por extinguirse.
Sin embargo, si la desconocida hubiera acertado en aquellos momentos a levantar la vista, si hubiese tropezado con su mirada, se habría sentido avergonzada, sin duda. Por lo cual, Harland procuró concentrar su atención en las páginas del libro que llevaba consigo, la novela Victoria, de Conrad, tan conocida. La heroína de Conrad era una de esas mujeres pacíficamente hermosas y casi bovinas, que inspiran al hombre un sentimiento puramente paternal. La muchacha que tenía ante sí, a pesar de su actitud completamente correcta, no podía ser calificada de bovina. Incluso en su pasividad había algo parecido a una ardiente llama, como si las mismas puntas de sus dedos quemasen al tocarlas.
La miró para afirmarse en su criterio, y observó que se había quedado dormida. El libro descansaba sobre su falda, apenas sostenido por las manos inmóviles. Tenía la cabeza apoyada en el respaldo. Evidentemente, dormía como una niña.
Harland sonrió ante la inconsciente provocación.
Conque, después de todo, ¡también ella era bovina! Una mujer en la que ardiese la llama que él imaginó no se dormiría leyendo su libro. ¡Su libro! Si acaso la ofendió con sus anteriores pensamientos, la desconocida se vengaba entonces cumplidamente con su indiferencia. El libro cayó al suelo, y el ruido despertó a la joven. Harland se inclinó para recogerlo, observando de paso que las piernas de la muchacha eran maravillosas. Ésta aceptó el libro con un ademán de aprobación y un cortés «Gracias». Al hablar le miró fijamente, y Harland pudo ver que en sus ojos —aún velados por el sueño— se reflejaba una aguda sorpresa. Harland abrió el libro e intentó leer, pero siguió sintiendo que los ojos de la joven le observaban.
En fin, antes fue él quien la observó a ella… Si en verdad quería mirar, podía hacerlo libremente. Recordó los pensamientos que le asaltaron al mirarla, y se preguntó si los de ella al contemplarle serían análogos. Como muchos hombres, solía a veces mostrarse muy satisfecho al ver su imagen reflejada en el cristal de algún escaparate. En aquellos instantes, y mientras fingía leer, halló una secreta complacencia intentando vestir de forma halagadora los pensamientos que podían pasar por la mente de ella. Tal vez le hubiera reconocido, pues su fotografía había aparecido repetidamente en varias revistas, tras el éxito de Tiempo sin alas. Quizás estuviese haciendo acopio de valor para abordarle. Puede que llegase a pedirle un autógrafo en el libro. No sería la primera vez que le ocurría algo parecido.
Pero al cabo de un rato el detenido examen comenzó a molestarle. Cambió varias veces de postura, encendió un cigarrillo y lo fumó casi furiosamente. Sintió que perdía la paciencia. Por fin levantó los ojos del libro, los clavó en el rostro de ella y sostuvo firmemente su mirada, deseoso de confundirla.
No lo logró. La desconocida no apartó los ojos de él. Siguió examinándole, estudiándole con atención y hasta con cierta expresión de ansiedad y de súplica. Aquello fue demasiado para Harland, que se sintió incapaz de seguir soportando el duelo de miradas.
—¿Pasa algo? —preguntó al fin, enrojeciendo de furor. E inmediatamente se levantó, decidido a volver a su departamento. Pero se detuvo un instante para mirarla de nuevo.
La desconocida parecía despertar de un sueño.
—¡Oh, lo siento! —exclamó grave y quedamente—. Creo que, en efecto, le he mirado demasiado —y extendió una mano hacia él con un ademán de súplica. Harland pudo darse cuenta de que lucía un magnífico solitario en uno de sus dedos—. Le ruego que me excuse —añadió—. El caso es que…, se parece usted extraordinariamente a mi padre…
Y al decir esto sus ojos se le llenaron de lágrimas. Luego tosió un poco como para aclarar la garganta. Evidentemente, estaba confusa.
—No se preocupe —respondió Harland. Y se alejó rápidamente de allí, hacia su departamento.
Estaba temblando y su pulso latía con fuerza.
Pensó que nunca hasta entonces se había dado verdadera cuenta de que existía…
3
Desde el día en que Enid le participó su compromiso con otro, Harland no había sentido especial interés por ninguna mujer. No obstante, le fue de todo punto imposible olvidar a la muchacha que se quedó dormida mientras leía su libro. El hecho de que al encontrarle parecido a su padre se hubiese puesto a llorar le hizo pensar que éste habría muerto hacía poco. Por su aspecto parecía una mujer nerviosa, sensible y emocionable. Su tez, sus grandes ojos, su frente altiva y su voz vibrante hacían evocar el misterioso Oriente y el encanto mágico de una noche cálida en el desierto, bajo un manto de estrellas.
Sonrió de sus absurdos pensamientos y decidió olvidarla. Durante la noche permaneció en su departamento, leyendo, y al amanecer contemplaba distraído el paisaje, formado por vastas llanuras que se unían unas a otras de manera casi imperceptible. La línea del horizonte parecía estar a veces a quince o veinte millas de distancia, y otras como al alcance de la mano, a la altura misma de los ojos de Harland. En ocasiones, surgía en la línea indefinida la silueta de una granja o de un pajar, que en la distancia resaltaban como el palo mayor de un barco al pasar a lo lejos. Vio cómo unos negros nubarrones se aproximaban en dirección Noroeste, arrojando sobre los trigales una sombra azul como el mar. La lluvia azotó entonces las ventanillas del vagón, pero cesó casi inmediatamente. El sol bañó de nuevo los campos fructíferos. Harland pensó que bastaba con el producto de aquellos campos para satisfacer las necesidades de una hambrienta multitud de seres humanos.
Entretanto, la figura de la desconocida seguía turbando sus pensamientos. Harland lo atribuyó a que en un largo viaje, sea por barco o por tren, siempre parece agudizarse nuestra capacidad romántica, tal vez porque, al pensar que no volveremos a cruzarnos con nuestros compañeros de viaje, experimentamos un dulce sentimiento de irresponsabilidad.
Antes de llegar a su destino, Harland tuvo tiempo de desayunar en el tren. Cuando, ya en el andén, daba una propina al mozo, el pequeño Lin Robie se acercó a él corriendo y lanzando exclamaciones de bienvenida. El muchacho llevaba un mono, camisa de seda, botas de tacón alto y un amplio sombrero. Estaba delgado, pero bronceado y fuerte. Al pensar en Danny, que posiblemente nunca podría volver a correr así, Harland sintió que la pena le ahogaba. Pero Lin le distrajo, estrechando su mano y hablando de muchas cosas a la vez.
—¡Cuánto he sentido que Danny no venga, míster Harland! Pero me alegra mucho que haya venido usted. ¿Cómo está Danny? ¿Se pondrá pronto bueno?
—Quizá se ponga bueno…, algún día —repuso Harland—. Mas para ello ha de sostener una larga lucha.
—Me ha escrito —dijo Lin. Harland ignoraba este detalle—. En su carta me ruega que le atienda y que procure que se divierta mucho. El camino central que conduce al rancho está inundado. Por eso vinimos a esperarle papá y yo. Hemos traído el coche y el camión. Papá debe de estar buscando a los otros. ¿No ha trabado conocimiento con ellos durante el viaje? Mire, ahí están. Vamos. Charlie se cuidará del equipaje.
Harland vio en segundo término la figura de un muchacho joven, de rostro abierto y franco bajo el amplio sombrero. Tenía los hombros anchos y las caderas estrechas, como es corriente en las personas que se pasan la vida a caballo. Lin hizo la presentación.
—Charlie Yates, capataz del rancho. Charlie, éste es míster Harland.
Harland estrechó la mano de Charlie, y notó que el apretón de éste como suele ocurrir con los hombres cuya vida transcurre al aire libre, era dulce y suave, casi como el de una mujer. Conscientes de su fuerza, esos hombres tienen sumo cuidado en no abusar de ella. Lin gritó después ansiosamente:
—¡Vamos, vamos!
Harland le siguió. Poco después distinguió la figura de Glen, el cual, vestido normalmente, pero tocado con el amplio sombrero típico del país, se aproximaba andando entre tres mujeres. Una de ellas era de edad avanzada; tenía el blanco cabello peinado suavemente hacia atrás y anudado a la nuca en forma de moño, y su ojos eran oscuros y profundos. La segunda era joven, de rostro dulce y amable. La tercera era… la muchacha que Harland tanto se había esforzado en olvidar.
Robie se apresuró a estrechar fuertemente la mano de Harland. Su ademán fue de cordial bienvenida.
—Le presento a mistress Berent, a miss Ellen y a miss Ruth —dijo después.
Así pues, se llamaba Ellen. Harland vio que su compañera de viaje apretaba el brazo de su madre, como si quisiera llamar su atención sobre algo. Las dos mujeres cambiaron una rápida mirada.
—Me he permitido hablarles de usted. Creí que se habían conocido en el tren — dijo Robie.
—Ellen le vio, y hasta creo que le miró demasiado —declaró mistress Berent—. Insiste en que se parece al profesor Berent, a pesar de que yo lo encuentro absurdo. Sí, es realmente absurdo. Míster Harland no es más que un muchacho.
—Tampoco yo puedo apreciar el parecido —dijo Robie mirando a Harland detenidamente, hasta hacer que éste se sintiera como un chiquillo cuando los mayores discuten si se parece al padre o a la madre.
Tomaron asiento en el amplio coche. Mistress Berent se sentó junto a Robie. Harland se halló entre Ellen y Ruth, mientras Lin los contemplaba detenidamente desde el traspuntín. Pronto abandonaron la ciudad y se lanzaron en plena región solitaria. Robie conducía a gran velocidad, charlando sin volver la cabeza. Cuando llamaba la atención de Harland sobre algo determinado, éste se limitaba a responder: «Sí», o bien: «Sí, comprendo». Al fin, mistress Berent intervino para exclamar con irritación:
—¡Por el amor de Dios, fíjese por dónde nos lleva! Está muy distraído.
Robie se echó a reír, pero siguió sus indicaciones y guardó silencio. Después fue Ellen quien habló. Se volvió a Harland y le preguntó:
—¿De veras es usted Richard Harland, el autor de Tiempo sin alas?
—Supongo que sí —respondió Harland. Y deseó sinceramente que, como siempre que oía la consabida pregunta, no le acometiesen unas irreprimibles ganas de sonreír.
—¡Y pensar que me quedé dormida leyendo su libro, precisamente delante de usted! —murmuró Ellen riendo de buena gana—. No me extraña que se sintiese ofendido. Pero le aseguro que después permanecí despierta hasta media noche, sólo por terminarlo.
Harland no supo qué responder. El movimiento del coche los empujaba al uno hacia el otro. Lin siguió charlando sin cesar. Sólo Harland le respondía de cuando en cuando. Las dos hermanas guardaban silencio. Harland olvidó a Ruth. Mas ni por un sólo momento dejó de sentir el cuerpo de Ellen al otro lado, tan próximo a él.
4
El hogar de los Robie, planeado por un auténtico artista y construido sin reparar en gastos, era perfecto. Ni demasiado lujoso, ni demasiado sencillo, armonizaba espléndidamente con el paisaje.
Mistress Robie, sorprendentemente joven y bella, les dio la bienvenida cuando llegaron al rancho. Harland vio que adoraba a su esposo y que éste le correspondía. Era fácil comprender que estaban muy orgullosos el uno del otro. Mistress Robie era casi tan alta como su hija Tess, la cual le pareció a Harland que podía tener dieciocho años, a pesar de que la dueña de la casa no aparentaba mucho más de treinta. Tess también se mostró muy agradable desde el primer encuentro.
Lin le acompañó hasta la habitación que se le había destinado. Estaba situada en la parte extrema del edificio, frente a la piscina de baldosas azules en la que se reflejaba la inmaculada belleza de un cielo purísimo. Desde allí podía Harland contemplar libremente el panorama solitario de aquellas tierras, donde las luces cambiantes creaban una sinfonía de colores que era un regalo para los ojos.
Después de comer, Robie y Lin le acompañaron al establo —limpio como un laboratorio— donde se alojaban los caballos de polo. También dieron una vuelta por los verdes pastos donde deambulaba libremente el ganado. Como se alejaron hasta la cañada para visitar el pabellón de caza, Harland no pudo ver los demás invitados hasta que se reunieron para tomar unos cócteles bajo la pérgola situada junto a la piscina. Durante la cena, Robie explicó a Harland —los demás conocían la historia sobradamente— que el profesor Berent fue su mejor consejero en los días en que se dedicaba a la explotación de nuevos campos petrolíferos.
—Cuando los vendí y compré este rancho —añadió— él y Ellen nos visitaron dos veces, el año pasado y el anterior. El profesor tenía la manía de coleccionar pájaros. Solía desollarlos y enviar las pieles y a veces hasta los animales disecados al Museo. Ellen le ayudaba en la tarea —luego, añadió dirigiéndose a mistress Berent—: Lamento que no pudiese usted acompañarlos nunca.
—Ellen no me lo hubiese permitido —repuso mistress Berent con la aspereza que la caracterizaba—. Parecía creer que su padre le pertenecía exclusivamente. Le tenía monopolizado de tal forma que mucho me sorprende que no durmiese con él.
—Papá necesitaba a alguien que le ayudase, míster Harland —dijo Ellen—, y ni a mamá ni a Ruth les hubiese gustado aquel trabajo.
—¡Pues claro que no! —exclamó mistress Berent moviendo la cabeza con indignación—. Cortarle los párpados a una perdiz muerta no me parece un entretenimiento recomendable para pasar la tarde. La verdad, prefiero hacer punto.
Ellen continuó como si no la hubiese oído:
—A mamá le asustaba el arsénico, y Ruth no hubiese sabido cómo emplearlo, lo que, naturalmente, era un problema para papá.
Harland, que, como muchos autores, sabía un poco de todo, recordó que el arsénico en polvo se emplea para conservar las pieles sin curtir.
—Sí, confieso que me asustaba —afirmó violentamente mistress Berent—. No me gusta jugar con venenos… —después, en tono malicioso, añadió—: Ellen, en cambio, se divertía manipulando ese producto. Exactamente como si fuesen polvos de tocador. Creo que hasta debía de empolvarse con ellos la nariz.
Todos rieron, incluso Ellen. Después de la cena tomaron café en la pérgola, junto a la piscina. Bajo las estrellas, que parecían contemplarlos con curiosidad, charlaron en voz baja. Robie dijo al fin:
—Tomaremos el desayuno a las siete para poder salir temprano. Será una larga excursión a caballo, de modo que si alguien prefiere quedarse debe decirlo.
Mistress Berent preguntó, alzando la voz con indignación:
—¿Ha dicho que a caballo?
—No hay ninguna carretera hasta el campamento de pesca. El camino es difícil aun para los caballos.
Ellen exclamó en tono triunfante:
—Ya te dije, mamá, que era mejor que no vinieras. Debes quedarte aquí. No podrías resistir el ajetreo de tantas horas a caballo. Creo que habrías procedido con más prudencia quedándote en Bar Harbor.
—He llegado hasta aquí y pienso ir adonde sea necesario —dijo mistress Berent —. Será mejor que comprendas que esta vez mi decisión es firmísima. Hiciste lo posible por apartarme de la vida de tu padre, pero no conseguirás que me vaya sin ver sus restos. A caballo o a pie llegaré hasta allí. Aunque tuviese que recorrer el camino atada al lomo de uno de esos horribles animales.
Robie se echó a reír y dijo para tranquilizarla:
—Nada le sucederá. Irá tan cómoda como si estuviese sentada en una mecedora.
Al oírle, Harland no pudo menos de sonreír, sospechando que Robie exageraba. Cuando las damas se retiraron, los dos amigos se quedaron bebiendo unas copas. Harland se las ingenió para que Robie hablase de sus invitadas. Le oyó comentar los días que había pasado en Tejas junto al profesor Berent. Mas no era del padre de Ellen de quien Harland deseaba precisamente hablar. Por fin preguntó sin más rodeos:
—Y Ellen, ¿qué edad tiene?
Robie le miró vacilando antes de responder.
—Veintidós años —dijo al fin—. Y Ruth, veinte. Ésta si que es una espléndida chica.
Era como si las comparase mentalmente y Ellen saliese perdiendo en la comparación. Harland comprendió que Robie ocultaba algo. Luego, su anfitrión continuó hablando del profesor Berent.
—Cuando estuvo organizada la explotación de los pozos pasé muchos años sin saber nada de él. Después los vendí… —en su gesto y en su voz se adivinaba una oculta satisfacción—. La verdad es que me gusta el dinero. ¡Se puede hacer tantas cosas con él! Entregué al profesor Berent un millón de dólares, al fin y al cabo, gracias a su experiencia y a sus consejos logré hacer mi fortuna, y él los aceptó. Éramos demasiado buenos amigos para que los rechazase.
Harland ocultó su asombro con una sonrisa. Luego dijo:
—Ante semejante oferta, muchas personas, vacilarían entre el orgullo y la avaricia. En cuanto a mí, será mejor que no me ponga a prueba. No soy orgulloso.
Robie se echó a reír.
—No vacilaría en ofrecerle dicha cantidad si me encontrase unos cuantos pozos de petróleo, amigo mío —hizo una pausa y luego prosiguió—: Cuando tuve esta casa terminada le invité a pasar unos días a mi lado. Ellen le acompañaba —vaciló de nuevo—. Me ha parecido observar que la muchacha le interesa —verdaderamente, aunque Harland sólo había preguntado la edad de la joven, se adivinaba en su actitud que deseaba hacer una incalculable serie de preguntas—. Ellen es…, muy extraña. Pasaron dos meses en el rancho. Con un par de ayudantes y algunos caballos, andaban siempre de un lado para otro. Antes de que se marchasen pude darme cuenta de que tras la belleza física de Ellen existe la dureza de la roca. Sí… Comprendí que su padre no era nadie, que todo su carácter se estrellaba ante la férrea e indomable voluntad de la muchacha. No permitía que nadie le hiciese al profesor el más pequeño servicio. Los muchachos que les acompañaban arreglaban las monturas de los caballos, preparaban el lugar para acampar y realizaban otras tareas igualmente rutinarias. Pero ella y nadie más que ella preparaba el lecho de su padre, le hacía la comida y creo que hasta se la ponía en la boca como si fuese un niño. Sentía por él un afecto que anulaba la personalidad del profesor. No creo que pudiese llamar suya, con carácter de exclusividad, ni a su propia alma.
—Al parecer se trataba de un cariño que rayaba en la locura, ¿no es eso?
Robie asintió.
—He oído decir que en tiempos medievales existían «cariños hasta la muerte», es decir, dos seres que, unidos por el amor, llegaban en aras de él al sacrificio supremo de la muerte.
—Compadezco al hombre que se case con ella —repuso Harland sonriendo.
—He visto que lleva un anillo de compromiso —dijo Robie.
—Yo también. Supongo que debió de hallar tan enorme vacío al morir su padre que se aferró a un clavo ardiendo en que buscar consuelo… En este caso, «el clavo» es un novio. ¿Cuánto tiempo hace que murió el profesor?
—Falleció en primavera.
—Mistress Berent dijo hace un rato algo que no comprendí, algo así como que quería ver sus restos.
—Sí. Sus cenizas van a ser trasladadas a cierto elevado lugar de la montaña — explicó Robie—, a una meseta rodeada de bosques, a nueve o diez mil pies sobre el nivel del mar. El profesor Berent solía decir que desde allí casi podía tocarse el cielo. Ciertamente, eso parece posible sólo con extender las manos. Tanto le gustó el lugar que expresó el deseo de que sus restos fuesen trasladados allí cuando dejase de existir. Creo que sabía que su fin estaba próximo. Por eso ha venido la familia. A mí me parece que Ellen hubiese preferido venir sola, pero por una vez su madre ha logrado imponerse.
Harland no contestó. Estaba demasiado pensativo. La oscuridad, rota tan sólo por la vacilante luz de las estrellas, los rodeaba. Pensó que desde hacía diez mil años los hombres hacían siempre lo mismo: contar historias bajo la luz de las estrellas o junto a las llamas de un fuego acogedor, antes de buscar el descanso del sueño. Debió de ser precisamente en la oscuridad, entre el misterio de la noche, cuando se relató y se escuchó el primer cuento, como si esa oscuridad fuese un incentivo para la imaginación humana. Robie dio una última chupada a su cigarrillo, que brilló un momento con más intensidad, y luego lo arrojó al suelo.
—Bien —dijo Harland—, si hemos de madrugar…
5
Entre los desfiladeros había cierto lugar expresamente reservado a la pesca. Estaba rodeado de frondosas montañas de cuatrocientos o quinientos pies de altura. Unas cabañas se alzaban a su mismo pie. Los excursionistas llegaron a aquel rincón bien entrada la tarde. La marcha de los caballos no dejó de ser firme y segura a pesar de la difícil ruta que siguieron. Las sombras comenzaban a invadir las profundidades del desfiladero. Era como si avanzasen hacia un lago clarísimo cuyas aguas se tiñesen de negro ante sus propios ojos. Sólo el murmullo de los arroyuelos cercanos interrumpía el silencio.
Se detuvieron para descansar, pausa que aprovechó mistress Berent para decir airadamente que nunca más volvería a montar.
—Me siento como si hubiese recibido una paliza —dijo, pidiendo que la ayudasen a bajar y lanzando a la vez exclamaciones de dolor al sentir el contacto de otras manos sobre su cuerpo.
A la mañana siguiente, Harland y Robie pescaron a su antojo siguiendo la corriente del río en dos o tres millas de su curso. Allí las aguas caían sobre una cañada muy estrecha, formando cascadas de doce pies de altura y hondísimos estanques llenos de truchas. Robie explicó que la cañada tenía seis u ocho millas de extensión, hasta el lugar en que el río se perdía entre lejanas regiones desiertas.
—El camino no es fácil —admitió—, pero la pesca abunda. Algunas veces lo recorro a pie y hago que al otro extremo me aguarden con mi caballo ensillado.
—Me gustaría hacerlo a mí también.
—Será mejor dejarlo para otra ocasión. Es demasiado ir y volver en un solo día.
Así, pues, la aventura hubo de ser forzosamente aplazada.
Aunque pensaba intensamente en Ellen, Harland la veía muy poco. La joven solía cada mañana ir a caballo a dar un paseo, volviendo siempre con el tiempo justo para cambiarse de ropa y sentarse a la mesa. Al cuarto día, los quehaceres del rancho requirieron la presencia de Robie. Harland no quiso ir solo a pescar, y su amigo le dijo:
—¿Por qué no va a cazar pavos salvajes?
Durante sus largos paseos por los alrededores habían visto muchos.
—Danny me ha pedido que mate uno en su honor.
—No está mal la idea —dijo Robie—. Estamos en época de veda, pero uno menos no nos perjudicará gran cosa. Tome una escopeta y monte a caballo. Cuando vea una manada, colóquese frente a ella sin vacilar. A esos animales no les gusta volar. Es más, no lo hacen casi nunca si no pueden alzar el vuelo en una vertiente o un declive. Tendrá que buscar un lugar elevado si quiere cobrar alguna pieza. Estoy de acuerdo en que es una treta, pero le aseguro que esa clase de caza resulta divertida.
Era la hora del desayuno. Desde el otro extremo de la mesa se dejó oír la voz de Ellen.
—Si lo desea, míster Harland, puedo ayudarle a cazar un buen ejemplar. Ayer vi a media docena de esos animales comiendo saltamontes en cierto recodo. Y estoy casi segura de que volverán al mismo sitio.
—¡Espléndida idea! —exclamó Robie—. Ellen conoce por su nombre propio a todos los pavos del rancho, Harland. Ella le acompañará a cazar.
Harland guardó silencio. Temía que el tono de su voz le traicionase, que descubriera el ritmo acelerado de su pulso. Fue Ellen quien habló.
—Será suficiente con que salgamos después de comer. Suelen ir allí por las tardes.
—¡Magnífico! —exclamó Harland. Y después de una pausa continuó diciendo—: El caso es que mi hermanito Danny, que sufrió un ataque de parálisis infantil y está imposibilitado, me hizo prometerle que le explicaría minuciosamente mis aventuras en el rancho —para ocultar la emoción que le embargaba, se volvió hacia Robie y añadió—: Al parecer, Lin le aseguró que había por aquí potros salvajes…
—¡Pues claro que los hay! —gritó Lin con presteza—. Si lo desea, mañana le acompañaré a verlos. Hoy estoy comprometido con papá.
Para disimular la impaciencia que le consumía, Harland se retiró a su cuarto y empleó el tiempo en escribir a Danny una larga carta. Comenzó por describir a la linda muchacha que en el tren se había quedado dormida ante sus propias narices con su libro en las manos. Sabía que este detalle divertiría mucho al pequeño, y lo describió con minuciosidad. Pero al hablar de su llegada al rancho se guardó de decir que la bella viajera estaba también invitada al hogar de los Robie y que aquella misma tarde irían juntos a cazar pavos salvajes. Permaneció encerrado hasta que mistress Robie llamó para decirle que la comida estaba a punto. Después de comer y con los caballos ya dispuestos, Ellen se dio cuenta de que Harland partía sin escopeta. Ella fue quien le escogió una y unos cuantos cartuchos. Luego partieron al galope.
Ellen servía de guía. Dieron la vuelta por el desfiladero situado más al Norte, cruzando una empinada senda flanqueada de pinos. Cabalgando tras ella, Harland podía contemplar la curva suave de sus hombros, que la carrera agitaba dulcemente, y su fina cintura. Al trotar, Ellen no se movía; se mantenía firme en la silla, a la manera de los jinetes del Oeste. Para Harland, acostumbrado a la silla inglesa y al estribo corto, aquello parecía mucho más difícil, a pesar de que intentó imitar la gracia elegante de su compañera. Avanzaban en silencio, deteniéndose de cuando en cuando, si el camino se lo permitía, para mirar más allá del desfiladero, hacia el desierto que parecía a sus ojos como un mar lejano.
Cruzaron dos cerros y descendieron a un valle muy parecido a un parque, en donde serpenteaba un arroyuelo. Como el suelo era bastante llano y estaba cubierto por una alfombra de césped, podían cabalgar uno al lado del otro. Las gencianas y otras mil flores y capullos los rodeaban por doquier. Harland escogía mentalmente las palabras adecuadas con que expresar toda la belleza de lo que admiraba. En cuanto a Ellen, no parecía tener muchas ganas de hablar. No lo hizo hasta que hubieron recorrido media milla.
—Dejaremos aquí los caballos —dijo, y señaló el bosque que cubría la ladera de las montañas que circundaban el desfiladero. Después de dejar los caballos en lugar seguro y a salvo de la curiosidad ajena, siguieron caminando a pie—. Ahora sólo nos resta armarnos de paciencia y esperar. Acuden cada día a este recodo en busca de comida.
—No sé donde vamos a escondernos —respondió Harland. Porque no había en realidad muchos lugares donde ocultarse, aparte de algunas irregularidades del terreno. La hierba era de muy poca altura, y las matas de flores apenas alcanzarían unas pulgadas. No había matorrales.
—Nos sentaremos aquí. Bastará con que estemos callados para que no se den cuenta de nuestra presencia.
Le condujo hasta un extraño árbol enano cuya especie ignoraba Harland, y que crecía cerca del riachuelo. Algunas de sus ramas apenas se alzarían a cinco o seis pies del suelo. Pero en su base formaba una pequeña hondonada, junto a la cual se echó Ellen boca abajo, de manera que sin mover la cabeza podía contemplar el fondo del desfiladero. Harland vaciló. No sabía ciertamente dónde colocarse, hasta que oyó decir a su compañera:
—Échese a mi lado. Los veremos llegar a una distancia de media milla. Ayer estuve aquí, y pasaron muy cerca sin observar mi presencia.
Harland ocupó el sitio que Ellen le indicaba. Estaba tan cerca de la joven que hubiera podido abrazarla sin gran esfuerzo. El árbol solitario no daba mucha sombra, de modo que el sol acariciaba sus cuerpos. La pequeña hendidura en donde se ocultaban se le antojó a Harland llena de aromas deliciosos, lo mismo que una taza rebosante de crema.
El olor de la hierba que cubría el suelo se hizo más intenso al contacto del sol. Después de un rato de contemplar fijamente el desfiladero, Harland sintió un fuerte dolor en la nuca. Distrajo la mirada entre las plantas y las raíces, atraído por el espectáculo de los insectos que les rodeaban. Una pequeña sabandija verde trepó por el tallo de una planta, cruzó hasta el otro y luego descendió de nuevo hasta el suelo. Una cigarra se detuvo a corta distancia de ellos, los miró con sus ojos saltones y abobados y desapareció luego con un rápido batir de alas. Una hormiga alcanzó el brazo de Harland, no sin antes realizar un laborioso y complicado trayecto a través de la hierba. Se colocó en la muñeca, subió sólo un momento, pues no tardó en reaparecer sobre el brazo de la joven, la cual, con la barbilla entre las manos, contemplaba fijamente el desfiladero. Harland siguió con los ojos el viaje de ascensión de la hormiga; la vio subir por el brazo, llegar a la espalda e introducirse luego en el escote, pues Ellen llevaba la blusa abierta. Al sentirla sobre su suave piel, la muchacha la quitó de un manotazo.
—Hace rato que la contemplaba —dijo Harland pensativamente—. Me pregunté hasta dónde se hubiese atrevido a llegar. Comenzó por mi brazo, para pasar luego al de usted.
—Papá y yo solíamos muchas veces tumbarnos sobre el césped y contemplar los insectos en torno nuestro. Cuando queríamos cazar un pájaro que nos interesaba permanecíamos a la expectativa durante horas y horas. Confieso que nunca me aburrí.
—Comprendo… Debían de pasarlo muy bien los dos juntos. —Ellen asintió, y Harland siguió diciendo:
—¿Y siempre hacían lo mismo?
—Nada de eso —respondió Ellen, tan suavemente que a pesar de la corta distancia que los separaba sus palabras eran casi ininteligibles—. Casi desde que comencé a andar nos gustaba a los dos estar juntos y gozar de la vida al aire libre. En invierno llevábamos los esquíes y algunas provisiones. Dormíamos en la nieve. Otras veces íbamos a pescar. Estuve con él pescando salmones en New Brunswick, Newfoundland y hasta en el Gaspe.
Harland se extrañó de que, habiendo coincidido tanto en sus caminos, no se hubiese encontrado con ella anteriormente.
—Una vez, en el Okefenokee, en Georgia, hallamos un pájaro carpintero con el pico de color marfileño. También hablamos con un hombre que aseguraba haber visto palomas viajeras en ese lugar. Pero papá nunca dio demasiado crédito a sus palabras. Después, cuando abandonó del todo la enseñanza, viajábamos de continuo…
—No la he visto pescar desde que estamos aquí.
—No. Cuando vine con mi padre pescamos algunas truchas, pero, francamente, después de haber pescado salmones esto me parece poco interesante.
—También yo he pescado salmones —dijo Harland—. En el Codroy, en el Restigouche y en la isla de Anticosti, con Danny. En Anticosti conocí a Glen y a Lin Robie.
Ellen volvió la cabeza, apoyando las mejillas en sus brazos cruzados y mirándole con fijeza.
—Ya le dije en otra ocasión que me recordaba a mi padre —dijo—. Naturalmente, me refiero a mi padre cuando era joven, tal como yo le recuerdo de niña. También era rubio, esbelto y simpático.
Harland sintió que se ruborizaba. Ellen preguntó:
—¿Qué edad tiene usted?
—Treinta años.
—Al principio le creí más viejo. Se ha rejuvenecido desde que llegó. Tal vez estuviese fatigado. En el tren me pareció cansado.
Harland no respondió. Después de un momento de silencio, sintiéndola a su lado y experimentado el deseo de sentirla todavía más cerca, dijo:
—Robie me habló de su padre…, y del motivo de su venida.
Pero ella volvió la cabeza para mirar una vez más hacia el desfiladero.
—Tenemos que seguir inmóviles —dijo—. Esos animales son muy astutos.
Fue como un reto, como si con sus palabras quisiera demostrar que no le interesaba lo que él había dicho. Pero poco después, y con un tono de absoluta franqueza, prosiguió diciendo:
—Mamá no está muy acostumbrada a montar. No obstante, confío en que mañana esté dispuesta a ir a caballo. De este modo podremos trasladar los restos de papá al rincón que tanto amaba.
De nuevo Harland guardó silencio. El sol les daba de lleno, pero la brisa hacía el calor más soportable. El silencio los unió, y como quisiera evitar ese acercamiento la joven preguntó:
—¿Tiene usted padres?
—No. Los dos murieron. Sólo tengo a Danny —aun sin mirarla sintió que ella volvía la cabeza y que le contemplaba. Estaba seguro de que le observaba de nuevo —. Danny y yo formamos como un solo ser, a pesar de la gran diferencia de edad que hay entre nosotros. Danny sólo tiene trece años… Desde que sufrió el ataque de parálisis que le dejó imposibilitado paso casi todas mis horas a su lado. Hasta he descuidado mi trabajo… Ésta es nuestra primera separación.
—Entonces —preguntó ella con curiosidad—, la vida termina para usted…, en su trabajo y en Danny, ¿no es cierto?
Harland sonrió. Comprendía perfectamente el oculto significado de sus palabras. Por eso dijo:
—Supongo que pregunta por qué no me he casado, ¿verdad?
—Precisamente. ¿Por qué no se ha casado?
—Pues porque he tenido siempre demasiado trabajo. En cuanto a usted —añadió tras una pausa—, he visto que lleva un anillo de compromiso.
Ella miró su mano, en la que brillaba un gran diamante.
—Se llama Quinton —dijo con voz inexpresiva—. Es abogado y vive en Maine.
—¿Rusell Quinton? —dijo Harland sorprendido.
—Sí. ¿Le conoce?
—Le conozco —contestó él. Recordó a Quinton, algo gordo, algo calvo y entrado en años. Harland se preguntó qué sentimiento podía unir a dos seres tan dispares—. Le conocí en Upsalquitch, durante la temporada de pesca. Estaba allí de paso. Sólo se detuvo a comer.
No dijo que Quinton estaba aquel día de mal humor, y que su presencia había sido casi desagradable. Tampoco habló de los comentarios que hizo Leick sobre él, los cuales no resultaban demasiado halagüeños.
—Era amigo de mi padre —explicó Ellen—, el cual veía con buenos ojos nuestro noviazgo. Nos prometimos. Pero no pienso casarme con él.
Harland sintió que su corazón se desbocaba como un caballo al sentir el contacto de la espuela. Consciente de que los ojos de ella seguían observándole, perdió todo interés de lo que ocurría en el desfiladero. Algunas cabezas de ganado que seguramente pertenecían a Robie, habían salido de la sombra de los árboles y cruzaban los pastos bañados de sol. Pero Harland no les prestó la menor atención. Las palabras de Ellen le habían dejado atónito. Llevaba el anillo de Quinton…, pero no pensaba casarse con él. Harland se sintió absurdamente dichoso. Fue en aquel preciso momento cuando se dio cuenta de que los animales que se veían en el desfiladero eran de color más oscuro, casi negro. Sólo entonces comprendió su error, y murmuró:
—¡Pavos salvajes!
Ellen no se movió. Seguía mirándole fijamente.
—¿A qué distancia calcula que están?
—Por lo menos a un cuarto de milla. Son tan grandes que me parecieron cabezas de ganado.
La miró de reojo y vio que volvía lentamente la cabeza para mirar hacia donde él le había indicado.
—Sí, en efecto, son muy grandes. Hay por lo menos media docena.
Una de las enormes aves sacudió las alas y voló describiendo un semicírculo. Ellen dijo al verla:
—Están cazando cigarras. No cabe duda que bajarán por aquí. ¡Quédese quieto, completamente inmóvil!
Harland la obedeció. Permaneció inmóvil, contemplando el lento avance de los animales. De cuando en cuando dejaba ella escapar una exclamación en voz muy baja, y él respondía casi sin mover los labios, sintiendo el acelerado latir de su pulso, consciente de su proximidad, tembloroso por la forzada tensión de la espera. Los pavos eran ciertamente gigantescos. Tumbado en su puesto de observación y mirando cómo se acercaban por el desfiladero, Harland no podía verlos bien. Las aves parecían todavía mayores de lo que eran en realidad. Cuando se disponía a preparar la escopeta para disparar, Ellen murmuró:
—No. Espere. Deje que se aproximen un poco más. Yo le diré cuándo debe disparar.
Cuando hubieron transcurrido unos minutos continuó diciendo:
—Fíjese en el segundo de la derecha. ¡Apúntele! Es magnífico. No le pierda de vista.
Harland asintió con un murmullo. Sintió que el sudor resbalaba por la mano que tenía en el gatillo, y la bajó para secarla en el pantalón. Los pavos estarían entonces a unos cincuenta o sesenta metros. En aquel instante, Harland creyó que los animales le habían visto. Ciertamente, no debía ser muy difícil descubrir su escondrijo. Cambiando de dirección, volaron en torno al bosque, describiendo un círculo sobre sus cabezas. Harland quiso otra vez disparar, pero aguardó hasta oír decir a Ellen:
—Cuidado… ¡Ahora!
Harland apuntó, y por unos momentos permanecieron inmóviles. Después disparó…
El pavo elegido cayó al suelo. Los demás huyeron volando rápidamente. Pero la víctima tuvo aún ánimos suficientes para intentar incorporarse. Al observarlo, Harland disparó de nuevo. Antes de que se apoderase de él, el animal intentó levantarse otra vez, y Harland volvió a disparar. Cuando llegó a su lado, y antes de cogerle por el cuello, el pavo batió las alas y luego quedó inmóvil.
En aquel momento sintió Harland como si el corazón fuese a estallarle dentro del pecho. La vertiginosa carrera, el esfuerzo realizado, y la desacostumbrada atmósfera de la altura habían, sin duda, fatigado sus pulmones y su corazón. Cuando Ellen, que avanzaba lentamente, se acercó a él, le halló tendido en el suelo, jadeante, pero sin soltar el suave cuello de su víctima.
La joven se arrodilló a su lado, dándose cuenta de lo sucedido.
—Descanse —dijo—. Debí habérselo advertido. No está usted acostumbrado a este clima de altura. Estamos a nueve o diez mil pies sobre el nivel del mar —luego contempló el animal muerto y exclamó—: ¡Qué lástima! La bala le ha destrozado la barba. Hubiera sido digno de figurar en una buena colección.
Harland comprendió la ironía de la situación. A juzgar por su aspecto, también él sería digno de figurar entre los ejemplares de un coleccionista. Intentó incorporarse, pero la joven no se lo permitió:
—Espere un poco más —insistió—. Pronto estará bien.
Él no intentó protestar. Se contentó con permanecer tendido hasta que el corazón latió normalmente. Le bastaba con estar a su lado, admirando la pieza cobrada, cuyas alas extendidas ocupaban más espacio que la misma escopeta. Calcularon que debía de pesar unas veinticinco libras.
—Es mayor que el mejor ejemplar cazado por mi padre. Lamento que le hayamos destrozado la barba. Me hubiera gustado disecarlo y conservarlo junto a los que él mató.
—¿Todavía se dedica usted a eso?
—No, pero podría hacerlo. Tanto en Boston como en Bar Harbor conservo los talleres de trabajo de mi padre en perfecto estado, tal como él los dejó.
—¿Es que… piensa continuar la labor del profesor?
Sus ojos se encontraron.
—No sé siquiera lo que pienso hacer —murmuró ella. Con rápido movimiento se levantó del suelo—. Quédese aquí —dijo—. Voy a buscar los caballos.
—Soy yo quien debe ir por ellos.
—Tiene que descansar durante un rato.
Su solicitud resultaba a la vez halagadora y opresiva. Por un momento quiso Harland rebelarse. La joven parecía tan segura de sí misma, tan dominante… Pero Ellen ya se había alejado. No tardó en regresar montada a caballo y llevando de la brida al de Harland. Siguiendo sus indicaciones, éste envolvió cuidadosamente al animal muerto y lo ató junto a la silla, a la grupa del caballo. Luego emprendieron el regreso, contentos de estar juntos, charlando alegremente y riendo por cualquier cosa. Una especie de embriaguez se había apoderado de ellos súbitamente. Cualquier pensamiento, cualquier idea resultaban divertidos. En la cima de la última colina se detuvieron unos momentos para ver cómo el sol se hundía tras las altas cumbres del Noroeste. Cuando éste hubo desaparecido totalmente, ambos penetraron en las frías sombras del desfiladero lo mismo que bañistas que se aventuran de noche en el mar. Ellen comenzó a cantar una triste canción:
—Decidme, ¿falta mucho? ¿Ya llegamos?
preguntó la doncella moribunda
cuando se aproximaban a su hogar.
—Decidme, ¿se ven ya los grandes olmos
con sus siluetas verdes y orgullosas
rozando la azul cúpula del cielo?
Harland sonrió divertido.
—¿Dónde aprendió eso? —preguntó.
—Charlie Yates me la enseñó hace dos años, cuando estuvo aquí con papá.
—Es una pieza clásica —y unió su voz a la de la joven, la cual le corregía cuando él se equivocaba.
—No sabe pronunciar la palabra «olmos»… Tiene que poner más sentimiento, más dolor… Vamos, probemos otra vez.
Volvieron a empezar. Y el sonido de sus voces avisó a los demás de su llegada. Ante sus gritos de triunfo todos salieron para admirar la pieza cobrada.
6
Antes de dormirse aquella noche, Harland se hizo el propósito de pasar el día siguiente al lado de Ellen. Pero durante el desayuno Lin le recordó que debían ir a ver los potros salvajes, y Harland no encontró ningún pretexto para rehusar. Tess había decidido acompañarlos, y poco después de desayunarse marcharon los tres llevando consigo la comida. Los demás los vieron partir desde la veranda.
Desde el primer momento, Lin se encargó de dirigir la expedición. Harland apenas podía creer que el muchacho, tan hombrecito, tan seguro de sí mismo, fuese en realidad poco mayor que Danny. Con el mono, la camisa a cuadros, el amplio sombrero y las altas botas con que defenderse de la maleza que se oponía a veces en su camino, Tess parecía también un muchacho. Se divertían, como dos cachorrillos, organizando carreras entre sí, charlando y riendo, burlándose el vencedor del vencido, mientras aguardaban que su acompañante los alcanzase.
Ambos eran muy simpáticos, pero Harland deseaba ardientemente que fuese Ellen quien cabalgase a su lado, a través de las amplias praderas sembradas de flores y de los desfiladeros bañados de sol. Seguramente hubiera incluso olvidado el motivo de la excursión, pero Lin no se lo permitió. Siempre que salían de un bosquecillo, y antes de penetrar en otro, se detenían para efectuar un reconocimiento en los alrededores. En tres ocasiones mostró Lin a Harland las huellas de los animales cuya presencia habían decidido espiar. A mediodía, con la pericia de un guía perfecto, encendió una hoguera junto a un arroyuelo y preparó la comida. Harland sonrió al ver la gravedad del chiquillo. Pensó en Danny, en lo mucho que éste hubiese disfrutado con la excursión. Cuando hubieron terminado de comer, montaron de nuevo y siguieron adelante.
Hasta bien entrada la tarde no lograron ver lo que tanto buscaban. Al abandonar la espesura y entrar en una de las praderas que parecían multiplicarse por los contornos, Harland observó que Lin se detenía y que los llamaba rápidamente a su lado. Harland y Tess se acercaron al muchacho, y los tres contemplaron el paisaje. A unos doscientos metros de distancia, brillando al sol como estatuas de bronce, había nueve caballos. Con las crines sueltas, parecían mirarlos sorprendidos. Instantáneamente emprendieron veloz carrera. Sin duda, el semental quería alejar a sus yeguas. Lin corrió tras ellos lanzando exclamaciones, y Tess y Harland le siguieron a galope tendido. Pero los animales desaparecieron pronto tras unos peñascos. Sólo el macho se detuvo un momento para lanzar una mirada de desafío antes de seguir a su pequeño harén. Cuando los excursionistas llegaron a aquel lugar y contemplaron el declive que formaba la roca, creyeron imposible que un animal mayor que un zorro hubiese podido pasar por él. Pero los caballos habían desaparecido en la espesura.
—¿Han bajado por ahí? —preguntó Harland.
Lin se echó a reír.
—Pues claro —respondió—. Son ágiles como cabras monteses y quizá más salvajes. Se encontrarán ahora a una milla de distancia por lo menos.
Estaba orgulloso de su éxito. Para halagarle, Harland no cesó de hacerle preguntas, y así emprendieron el regreso al rancho.
Media hora después de haber visto a los caballos se encontraron bordeando un bosque, desde donde se divisaba un fértil valle de una milla aproximadamente de extensión. Lin detuvo su caballo junto a unos árboles, y Harland le imitó.
En el centro de la explanada se distinguían claramente tres siluetas. Harland reconoció al punto el sombrero grande y claro de Robie. Le acompañaban sin duda dos mujeres. Más allá, al extremo del valle, apareció una cuarta figura. Era una mujer, y avanzaba al galope, describiendo un amplio círculo junto a los otros tres. A pesar de la distancia, Harland adivinó que era Ellen.
Tess dijo evidentemente contrariada:
—No creí que viniesen precisamente hoy. Vámonos, Lin.
Lin cogió su caballo de las riendas y lo ocultó entre los árboles.
—No creo que en estos momentos deseen nuestra compañía —añadió Tess.
Harland se ocultó también, y los tres permanecieron allí varios minutos, contemplando la escena del valle. Ellen seguía galopando, describiendo círculos por la amplia ladera.
Cuando la joven pasó bajo el lugar que les servía de escondrijo, Harland vio que llevaba algo bajo el brazo izquierdo, apretándolo contra su pecho como lo haría una madre con su pequeñuelo. Con la mano derecha arrojaba algo al suelo, como si sembrase.
El ademán era monótono y seguro como el movimiento de un péndulo. Súbitamente, Harland comprendió el significado de los círculos que Ellen describía sobre el suelo verde y rocoso, como las sacerdotisas de un viejo y extraño rito. Creyó hallarse ante un festival pagano, y percibir un ritmo casi bárbaro en los cascos del animal que ella montaba. Pensó en las walkirias…
Harland sintió que la sangre hervía en sus venas al verla avanzar erguida, segura de sí misma, con la cabeza orgullosamente levantada, esparciendo las cenizas del hombre a quien con tanta devoción había amado, en lugar por él escogido, una pradera que casi rozaba el cielo.
Desde su escondite vieron los tres cómo Ellen, terminaba su tarea, partía al galope y desaparecía en los linderos del bosque. Harland escuchó a su espalda un sollozo, y al volverse vio a Tess, que le sonreía con los ojos llenos de lágrimas.
—Fue…, maravilloso, ¿verdad? —dijo sinceramente—. El profesor Berent era un gran hombre.
Harland asintió. Lin dijo:
—Debe de haber vuelto al campamento.
Hasta el muchacho, a pesar de sus pocos años, estaba impresionado por la sombría belleza de la escena que acababan de presenciar. Luego se volvió hacia los caballos.
—Vamos —dijo avanzando por entre los árboles—. Volveremos por otro camino para que no sepan que estábamos aquí.
Emprendieron la marcha a través de senderos rocosos, aprovechando los bosques llanos para galopar. Los caballos, sensibles a la menor presión de las riendas o a la más leve inclinación del jinete, se movían entre los árboles con gracia ágil y elegante, como si danzasen. Llegaron al campamento mucho antes que los demás. Después de dejar los caballos en la cuadra, Tess dijo:
—Sobre todo, que no se enteren de que los hemos visto, Lin.
—¿Por quién me tomas? —repuso el chiquillo, resentido ante la simple sospecha.
La muchacha puso una mano sobre su brazo para tranquilizarle y dijo:
—Ya sé que guardarás silencio. De todas formas, me alegro de haber estado allí.
Lin asintió. Luego, la muchacha se volvió hacia Harland.
—Fue precioso, ¿verdad, míster Harland?
—También yo me alegro de haber estado allí.
Mientras Harland estaba en su cuarto regresaron Robie, mistress Berent y Ruth. Harland oyó a mistress Berent quejarse del trayecto y del caballo, pero no pudo oír la voz de Ellen. Cuando se reunieron para la cena, la joven aún no había vuelto. Mistress Robie parecía preocupada.
—¿Estás seguro de que no le habrá pasado nada, Glen? —preguntó como si dudase.
—No te preocupes —dijo míster Robie—. Probablemente deseaba estar sola unos momentos. Sé que en las noches de luna le gusta pasear a caballo. Y conoce los alrededores tan bien como yo mismo.
—Posiblemente imagina que su padre la acompaña —dijo mistress Berent—. No sé de dónde saca ideas tan absurdas. De mí no, desde luego.
—Hay noches en que también yo quisiera salir a pasear —añadió Robie—. Me seduce la compañía de las estrellas. ¿Sabe si lleva consigo una manta o algo que le reserve del frío?
Ruth dijo tranquilamente:
—Me consta que cogió un jersey muy grueso. Estoy segura de que nada le sucederá.
—Es una pobre estúpida —dijo mistress Berent enojada—. Y yo también lo soy por empeñarme a mi edad en hacer una excursión a caballo por esas montañas. Ruth, temo haber cogido uno de mis clásicos resfriados.
Harland pensó que trataba a Ruth como a una señorita de compañía y no como a una hija.
—No te preocupes, mamá. Te cuidaremos —prometió la joven.
Al terminar la cena comenzó mistress Berent a estornudar, y no tardó en retirarse seguida por Ruth. Harland, emocionado aún por la escena que había contemplado junto a los muchachos, comenzó a sentirse preocupado por Ellen. Deseaba ardientemente estar a su lado en aquellos momentos de dolor y de soledad. Y permaneció sentado en la veranda con la vana esperanza de sentir el rumor de los cascos de un caballo al aproximarse. Mistress Robie se unió a él al cabo de un rato.
Harland confesó que había presenciado con los niños la emocionante escena.
—Le aseguro que estoy todavía impresionado —dijo.
—Lo mismo ha dicho Tess —repuso mistress Robie—. Glen los vio desde lejos, aunque nada dijo a sus compañeras. Ellas no saben que estaban ustedes allí.
El ansia misma de verla hacía que Harland se sintiera resentido por la tardanza de la joven.
—Ellen debería estar aquí —dijo al fin—. Tendría que saber que con su ausencia no hace más que preocuparla a usted. Ya es bastante enojoso que tenga usted que atendernos y hacer agradable nuestra estancia en este rincón.
—¡Bah! Eso no me molesta. Al contrario, me encanta que Glen y nuestros amigos estén contentos. En cuando a Ellen, es a veces una muchacha difícil. Tal vez la palabra egoísta no acierte a definirla. Cuando una cosa se le mete entre ceja y ceja, tiene que hacerla aunque para ello haya de sacrificar la voluntad de los demás. No es que quiera imponerse; simplemente escoge su camino sin tener en cuenta el que puedan preferir los otros —en su voz no se reflejaba el menor resentimiento. Se limitaba tan sólo a citar los hechos. Luego añadió—: Nunca he conocido a nadie tan seguro de sí mismo como Ellen.
Harland asintió.
—Lo sé —repuso—. Durante la cacería fue ella quien me dijo lo que debía hacer. Yo me limité a obedecer, sin que se me ocurriera ni por un momento entablar una discusión.
—Naturalmente. Lo mismo le sucedía a su padre —contestó mistress Robie tras una pausa—. El pobre no tenía la menor voluntad. Confieso que a veces sentía deseos de abofetearla. Apreciaba mucho al viejo profesor. Me alegra que quisiera hacer aquí su última morada.
Harland observó que alguien se aproximaba entre las sombras. Creyó que era Ellen, y decepcionado vio que se trataba de Ruth.
—Vi desde lejos unos cigarrillos encendidos —dijo la joven—. No debe esperar a Ellen, mistress Robie. Estoy segura de que se encuentra perfectamente.
—No teníamos sueño —dijo mistress Robie, y Harland preguntó ansiosamente:
—¿Dónde cree que estará?
—Tal vez se haya quedado allí para pasar la noche —repuso Ruth. En el silencio, su voz tenía inflexiones de cálida ternura—. Posiblemente se escondió hasta que desaparecimos, y luego volvió allá —y añadió con cierta ironía—: Ellen hace un drama de cualquier cosa.
Un relámpago iluminó el cielo, pero éste seguía sereno, y no se escuchaba el rugido del trueno.
—Creo que va a llover —dijo mistress Robie.
Glen se unió entonces a ellos.
—Ellen sabe perfectamente el camino que debe tomar cuando desee volver —dijo dirigiéndose a su esposa.
—Sí —afirmó Ruth—. No deben preocuparse.
Y desapareció después de darles las buenas noches. Harland observó que su andar era elegante y armonioso. Le sorprendió que en la oscuridad pareciese la muchacha mucho más bella que de día.
Al cabo de unos momentos, mistress Robie se retiró también. Volvía a relampaguear, Harland dijo:
—Se avecina una buena tormenta.
—A veces las tempestades son aquí terribles —repuso Robie—. He visto un torrente crecer tres pies en menos de una hora, incluso en este recodo, donde su curso es bastante ancho. Bien, buenas noches, amigo.
Harland se quedó solo, reprochándose por preocuparse por Ellen y preguntándose a qué hora volvería. Se retiró a dormir, pero se despertó antes de que amaneciese y volvió a pensar en ella. Se vistió y salió al exterior. Nadie se movía en el campamento. No obstante, algún muchacho debía estar levantado ya, en busca de los caballos. Harland se dirigió al corral. Una sola vaca estaba atada a un poste. Permaneció allí hasta que oyó el ruido de unos cascos aproximarse por el desfiladero. Los caballos se acercaban al galope. Tenían la cabeza erguida y las ancas húmedas de rocío. Penetraron nerviosos en el corral. La vaca se encogió en su rincón, dejándoles libre el camino. Charlie Yates, que los había entrado, se detuvo para liar un cigarrillo y cruzar unas palabras con Harland.
—Todavía no ha vuelto —dijo mirando la senda del desfiladero. Hizo una pausa y añadió—: Es una muchacha terrible. Siempre está dispuesta a hacer lo más peligroso. Debería pensar que mistress Robie está inquieta.
A pesar de que estas palabras fueron como un eco de sus propios pensamientos, Harland lamentó haber tenido que oírlas.
—¿Puede darme un caballo? Voy a salir a su encuentro.
—Me parece muy bien —dijo Charlie—. Le acompañaré si lo desea.
—No es necesario —respondió Harland—. No creo que le haya sucedido nada.
—Desde luego —dijo Charlie—. Ella siempre sabe lo que hace.
Harland comprendió que hasta Charlie debía de estar nervioso, ya que se atrevía a hablar así de una invitada.
Cuando el caballo estuvo ensillado, Harland montó en él y se alejó lentamente, como si quisiera disimular su nerviosismo. Pero cuando estuvo fuera de la vista de Charlie, se lanzó al trote y luego al galope. El sol doraba con sus primeros rayos las cercanas cumbres, pero en el desfiladero la brisa era todavía húmeda y fría. Avanzaba entre las sombras, mientras en el cielo se formaban algunas nubes de color de oro. Cuando al fin abandonó la senda central y comenzó a descender por la ladera, la luz del sol naciente, bajando como una cascada de las cumbres, comenzó a acariciarle. De pronto, en lo más alto de la loma, tropezó con Ellen frente a frente.
El sol brillaba en sus ojos y en su cuerpo. A Harland le pareció por un momento que su figura era incandescente. En sus mejillas adivinó las lágrimas, y en su pecho las huellas de un dolor contenido e intenso. Su imaginación de novelista ideó muchas frases. La comparó mentalmente a una llama brillante surgida de la hoguera, a un lingote de oro fundiéndose en un blanco crisol de hueso. El dolor y la larga noche, mezclados en un mismo mortero, habían destrozado su alma.
—¿Se encuentra bien? —preguntó él con voz ronca y emocionada.
Ellen asintió con una sonrisa radiante.
—Vamos —dijo ofreciéndole su mano, como si quisiera hacerle partícipe de algo maravilloso—. Estoy lista para regresar al mundo.
Cabalgaron en silencio hasta el campamento, y hasta que dejaron los caballos en lugar seguro —naturalmente, Charlie estaba allí para hacerse cargo de ellos— no habló ninguno de los dos. Por fin ella dijo gravemente:
—Gracias, míster Harland.
Luego se separaron. Pero Harland sentía una extraña excitación. Aún pudo escuchar las exclamaciones y los estornudos de mistress Berent cuando Ellen entró en la cabaña donde se alojaban.
7
Al día siguiente, después del desayuno, Harland aguardó con impaciencia la aparición de Ellen. Permaneció todo el día en el campamento, rechazando la invitación de Robie, que quería ir a pescar al riachuelo. Pero la joven no se dejó ver hasta la hora de la cena. Sin embargo, Harland no consiguió monopolizarla. Cuando se levantaron de la mesa, Ellen se unió a Tess y a Lin en un rincón de la veranda, donde charlaron y rieron por el menor motivo. Sentado con Glen y mistress Robie y a corta distancia del grupo juvenil, Harland ansiaba acercarse a ella. Pero no se atrevió a hacerlo sin que previamente le invitaran. Una luna suave ponía reflejos de plata en la cañada, a pesar de lo cual muchos recodos estaban invadidos de sombras. Acompañada de los dos muchachos, Ellen se levantó, y los tres desaparecieron en la oscuridad. La noche silenciosa devolvía el rumor de sus voces junto al sonido cantarino del riachuelo. Harland los oyó entonar esas absurdas canciones infantiles que han sido la delicia de los niños de todos los tiempos. Tan abstraído estaba que Robie sugirió que se uniese a los cantores. Creyendo que su amigo había leído lo que pasaba por su mente, Harland se ruborizó. Dijo que tenía sueño y que prefería irse a la cama, lo cual llevó a cabo inmediatamente.
Al día siguiente, mientras se desayunaban, Robie propuso dedicar el día a pescar. Harland aceptó, convencido de que Ellen los acompañaría, pero cuando Robie la invitó ella se negó.
—Lin dice que Charlie Yates y uno de los cowboys van a buscar la pista de unos potros —explicó—. He decidido acompañarlos.
El día fue para Harland triste y aburrido. Al volver al campamento vieron que Ellen aún no había regresado. Se sentaron en la veranda contemplando la puesta del sol. Por fin dijo Glen:
—Mire hacia allí.
En la cima de la montaña más cercana al campamento se divisaban con toda claridad las figuras de Ellen y de Lin, que súbitamente se lanzaron al galope por la ladera, despreciando el camino central y levantando a su paso una nube de guijarros. De cuando en cuando, los caballos resbalaban sobre sus patas traseras para frenar el descenso, haciendo caso omiso de cuantos pinos y álamos hallaban a su paso. Los gritos de ambos jinetes eran para los animales un nuevo acicate. Lin iba a la cabeza, pero conforme se acercaban al campamento, cuando precisamente atravesaban el riachuelo, tiró con demasiado ímpetu de las riendas y frenó involuntariamente a su cabalgadura. Ellen se adelantó y llegó triunfante a la meta.
Lin había perdido su sombrero, y en la mejilla de Ellen se veía un profundo arañazo; la sangre ponía sobre la piel morena y suave un rojo e impresionante destello. Lin, jadeante y riendo a carcajadas, le explicó a su padre cuanto había sucedido.
—Fue una espléndida carrera por la montaña, papá. Convinimos en no tener en cuenta los obstáculos. Debí ser el vencedor, ya que llevaba ventaja, pero en el último momento desvié la ruta. Creí que era Ellen la que se había equivocado.
—Ellen no se equivoca nunca —dijo Glen riendo—. Sabe perfectamente dónde se halla y a qué lugar se dirige.
—No volverá a tener ocasión de vencerme —declaró Lin.
Pero Ellen siguió riendo y aseguró que le vencería siempre que quisiese. Llevaba un mono, y estaba acalorada y sucia a causa del largo día a caballo. El arañazo que cruzaba su mejilla se le antojaba a Harland una llama viva y rojiza. Lo mismo que Lin, su rostro estaba bañado de sudor. No obstante, a la hora de la cena se presentó en el comedor pulcramente vestida. Llevaba un traje ligero y muy femenino. El contraste que ofrecía aquella delicada y hermosa mujer con el jinete sudoroso que había llegado al campamento una hora antes fue embriagador para Harland. Cuando a la mañana siguiente le propuso Robie una excursión a los pastos de la parte superior de la montaña, aceptó sin vacilar. Estaba decidido a acabar con aquel estado de cosas. Quería olvidar a Ellen de una vez.
Cabalgó junto a Robie casi todo el día inspeccionando los pastos y el ganado que por ellos deambulaban libremente. Robie y Charlie decidieron qué animales jóvenes estaban en condiciones de ser marcados, y fijaron la fecha del jueves para realizar dicha tarea. Al volver al campamento hallaron a Ellen sentada junto a Lin en la veranda. Robie preguntó:
—¿Dónde habéis estado hoy?
—En ninguna parte —contestó Ellen sonriendo—. No teníamos ganas de cansarnos, y decidimos permanecer aquí charlando todo el día.
Harland se preguntó si él sería capaz de pasarse un día entero junto a un muchacho de catorce años que no fuese Danny. Evidentemente, a Ellen le gustaban los niños. Es más, los comprendía. Lin la contemplaba con ojos relucientes. Aquella noche brillaba la luna más que de costumbre. El cielo era como un inmenso manto sin nubes cuajado de estrellas. Lin se retiró para acostarse, y Ellen, tras un momento de silencio, se levantó también.
—He estado sentada demasiado rato —murmuró—. ¿Quiere acompañarme a dar un paseo, míster Harland?
Mistress Berent, que por primera vez desde hacía unos días se había levantado para la cena, lanzó una exclamación irónica. Luego dijo con acritud:
—Recuerde la fábula de la mosca y la araña, míster Harland.
Todos los presentes se creyeron en la obligación de reír. Sólo Harland, enojado, permaneció serio. Pero cuando se encontró a solas con Ellen, su enojo se desvaneció. Siguieron el sendero del riachuelo, a través de la cañada, hasta llegar al puente. La luna era lo suficientemente clara para permitirles ver el más pequeño guijarro del camino. Anduvieron en silencio hasta que Harland, recordando a Danny, dijo al fin:
—Se lleva usted muy bien con Lin.
—Sí. Es muy simpático —repuso ella.
—También yo lo creo. Sin embargo, no sería capaz de pasar todo un día charlando con él.
—¡Oh! Es que usted es un hombre muy serio y prudente —dijo Ellen con ironía —. A veces creo que su cerebro debe llevar barba. O tal vez se empeñe en ser más solemne de lo que es en realidad. Con excepción del día en que fuimos juntos de caza, creo que no le he visto reír sinceramente y olvidar su gravedad.
—Sólo somos en la vida lo que aparentamos ser —dijo él, divertido—. Es cierto que no río muy a menudo, pero, ¿qué importa? La risa es patrimonio de los indolentes. Las personas demasiado ocupadas no tienen tiempo para reír.
—Pero usted está aquí de vacaciones. No tiene nada que hacer.
—El escritor no goza nunca de eso que usted llama vacaciones. Es como una esponja que se empapa de impresiones humanas hasta quedar saturada. Entonces se dirige a su mesa y las traslada al papel.
—Olvidé que era usted escritor —confesó Ellen—. Posiblemente por eso le gusta tanto hacer frases. Desde luego, habrá tenido que trabajar mucho para lograr el éxito en plena juventud —añadió riendo. Su gesto y su voz eran algo burlones—. Supongo que es usted de esa clase de personas que creen que han de ser esclavos de su posición social, que simulan una seriedad que no siempre es sincera. En el fondo, todo eso es pura timidez.
—Me pregunto por qué a los hombres nos parece un halago que nos llamen tímidos —dijo Harland, pensativo.
—Es sin duda porque a los hombres les gusta sentirse… un poco héroes —repuso ella sonriendo—, hacer frente a cualquier situación, por grave que sea.
Habían llegado al puente y, apoyados en la barandilla, contemplaron el agua clarísima que corría a sus pies.
—¡Fíjese! Hasta a la luz de la luna pueden verse las truchas.
La brisa nocturna era fresca, húmeda y fragante.
—También puede percibirse el olor de las flores —dijo él—. Los sentidos parecen aguzarse a esta hora.
—Es cierto —murmuró ella. Estaban tan cerca que sus hombros casi se rozaban. Harland percibió el extraño perfume que trascendía de ella. La rama de un árbol cercano proyectaba su sombra sobre el rostro de Ellen. La nariz, la boca y la barbilla de la joven quedaban ocultas en la oscuridad. Como en el día de su primer encuentro, Harland pensó al mirarla en las misteriosas bellezas de un harén, perfumadas y cubiertas de velos, mostrando sólo los ojos, como ocurría en aquel momento con Ellen. Harland sonrió, y dirigiéndose a la joven, le dijo que la sombra que ocultaba la mitad de su rostro era como un velo oriental.
—Yashmarks…. ¿No es así como se llaman? —añadió. Luego continuó—: Claro que, pensándolo mejor, también puede esa sombra compararse a los pañuelos con que en el pasado ocultaban los ladrones el rostro para asaltar los trenes.
—Creo que en el mundo, todos llevamos una máscara —dijo ella. Y comenzó a andar seguida por Harland. Caminaron un rato en silencio. Luego Ellen comenzó a hacerle preguntas acerca de Danny; dónde estaba, cuánto tiempo hacía que estaba enfermo, si mejoraba… Harland respondió a todas, como si al hablar de Danny se despertase su ternura, que se reflejó en sus palabras.
—Yo diría que le quiere demasiado —dijo Ellen de pronto. Sus palabras tuvieron la virtud de turbar a Harland, pues le pareció adivinar en ellas una especie de amenaza para Danny. Después, la joven añadió—: Me gustaría conocerle. Me llevo bien con los muchachos de su edad. Fíjese en Lin.
Aquel sentimiento de temor que había experimentado al oírla le hizo responder con cierta acritud:
—Estoy seguro de ello.
Ellen le miró, sorprendida por el tono de su voz, y apoyó una mano sobre su brazo, como si con aquel ademán quisiera tranquilizarle. Pero Harland guardó silencio hasta que llegaron al campamento.
8
Llegó el día señalado para marcar el ganado. Menos Ruth y mistress Berent, todos quisieron presenciar la operación. Los cowboys cabalgaban por entre los animales, buscando las reses seleccionadas de antemano y echándoles el lazo. Luego las conducían junto a la hoguera donde se calentaban los hierros. Alguna vaca seguía decididamente a su retoño, protestando indignada al ver cómo derribaban al becerro. Lin ayudaba a los muchachos en la faena, pero no era lo suficiente alto y fuerte para dominar a las reses. Sin embargo, lo intentó más de una vez y el resultado fue una lucha enconada en la que casi siempre llevaba las de perder. El becerro gruñía y Lin tan pronto se hallaba por los aires como en el suelo. Acabó molido, sucio y sangrando, pero dichoso. Harland le contemplaba divertido, sintiendo el impulso de desmontar y probar fortuna él también. Pero al pensar en el ridículo que podía hacer con su ineptitud logró dominarse. Naturalmente, creyó que nadie había adivinado sus deseos, pero se equivocó. En el camino de regreso, cuando descendían de las altas y soleadas cumbres hasta la cañada, Ellen se acercó a él y le dijo irónicamente:
—Estaba usted deseando bajar del caballo y derribar un becerro. Lo adiviné en sus ojos.
—En efecto —repuso él, sorprendido—. Pero tuve la fuerza de voluntad necesaria para dominar mis ímpetus.
—El año pasado derribé yo uno —dijo ella—. Es cuestión de maña, no de fuerza. De no haber tenido público hubiera usted podido correr el riesgo sin temor.
—Dentro de una semana me sentiré capaz de hacerlo, aunque sea ante un público numeroso.
—¡Dentro de una semana! —exclamó ella con voz tenue—. ¡Pero si sólo nos queda un día!
Harland la miró intensamente. Pero el sendero se estrechaba en aquel lugar. A la hora de la cena se halló sentado entre Tess y Ellen. Ésta se refirió de nuevo a su próxima partida.
—Parece imposible que haga dos semanas que estamos aquí —dijo—. Es como si hubiésemos permanecido siempre en este lugar.
—Han sido unos días maravillosos —repuso él.
Ellen asintió y bajó los ojos. Después dijo dulcemente:
—Nunca podré olvidarlos.
Y al decir esto hizo un ademán que llamó la atención de Harland. Al mirar detenidamente aquella mano experimentó un estremecimiento. Faltaba en ella la sortija de Quinton, del hombre a quien estaba prometida, pero con quien no se casaría nunca. Durante un rato permaneció con la mirada fija en la mano de Ellen.
—¿Qué sucede? —preguntó ésta al fin.
—¿Ha perdido el anillo?
—No —repuso la joven con decisión, sosteniendo la mirada de él—. Me lo he quitado para siempre hace apenas una hora.
El momento fue de una simplicidad absoluta. No obstante, a Harland le pareció cargado de electricidad. Cuando sus miradas se encontraron, leyó claramente su mensaje, y fue él quien bajó primero los ojos. Contempló fijamente su tenedor junto al plato y comenzó a darle vueltas distraídamente. En cuanto a Ellen, entabló tranquilamente conversación con Lin, sentado frente a ella, mientras Harland intentaba poner en orden sus propios pensamientos.
Se sentía como cogido en una trampa, atado con fuertes ligaduras. Sintió que una absurda cólera se apoderaba de él. Al terminar la cena se excusó diciendo que había de escribir unas cartas y buscó refugio en su habitación, sin querer confesarse a sí mismo que lo que hacía era simplemente huir.
Intentó escribir a Danny, y también trató de leer, pero fracasó en ambas cosas. Se acostó y tampoco pudo dormir. El mensaje de los ojos de Ellen al clavarse en los suyos momentos antes había sido demasiado claro.
Cierto que desde que comenzó a tener éxito con sus libros muchas mujeres le habían mirado cariñosamente. Pero nunca concedió a este hecho la menor importancia. Aquella vez… Se daba cuenta de que podía casarse con Ellen si lo deseaba. Pero hacía muchos años que se había hecho a la idea de no casarse nunca. Y aquella noche decidió no casarse con Ellen. «Estaríamos sumidos en un éxtasis de dicha o en un abismo de tragedia», pensó acertadamente. Y la perspectiva no le seducía demasiado. Era preferible una justa medianía. Quería que su vida fuese como un lugar pacífico y encantador, entre praderas cubiertas de césped y sembradas de olmos, donde pacieran los ciervos y cantase un arroyuelo a la sombra de pequeñas colinas y lejanas montañas, un lugar como había muchos hacia el Norte, siguiendo la corriente del río.
—Sí, un hombre necesita gozar de cierta paz. —Pensó, y al hacerlo no pudo evitar una sonrisa, que Ruth era precisamente el tipo ideal de esposa, sobre todo para un escritor. Fuerte, serena, agradable, y hasta con cierto sentido del humor que revelaba de cuando en cuando en sus ojos risueños. Pero, naturalmente, era absurdo pensar en casarse con Ruth, tan absurdo como pensar en casarse con otra mujer.
Ellen se casaría con él si se lo proponía, pero lo cierto era que no se lo había propuesto. Y no pensaba proponérselo. Suponiendo que en lo futuro se arrepintiese de su decisión, siempre podía consolarse escribiendo un libro sobre ella. El pensamiento le agradó. Comenzó a imaginar la novela, a calcular las emociones y los actos de que sería capaz una mujer como ella, y las reacciones que podría provocar en un hombre. Y del mismo modo que Ellen se durmió leyendo una obra de Harland, éste se durmió aquella noche creando en su imaginación una novela de la cual sería ella la protagonista. Fue su venganza.
9
A la mañana siguiente, al recordar la decisión tomada, Harland experimentó la agradable sensación de quien recobra la libertad perdida. Se reunieron en la veranda para desayunarse, sin que aparentemente nadie hiciese planes para el último día de estancia allí. Sin que decididamente huyese de Ellen, hizo lo posible por evitar su compañía y hasta por aparentar ignorarla. Ni por un momento estuvieron solos. Harland recordó su primitiva idea de recorrer el desfiladero pescando a lo largo del riachuelo, tal como le había dicho Robie a su llegada. Por lo noche, después de la cena, habló con su amigo de aquel plan. Robie lo halló perfecto, y prometió enviarle un caballo al final del desfiladero para recogerle.
—Necesitará también algunas provisiones. Aunque el recorrido es sólo de diez millas, empleará todo el día en hacerlo. Las primeras dos o tres millas de terreno las conoce sobradamente, pues hemos pescado juntos por allí. Luego la marcha se hace más difícil.
Seguro de escapar del influjo de Ellen, Harland experimentó una especie de maliciosa satisfacción. No habló a nadie de su plan, y decidió salir temprano, antes de que se levantasen los demás. Robie accedió a todo.
—Salga tan pronto como le parezca —dijo—. Haré que le preparen algo de comer. Y que Charlie le acompañe hasta la orilla del riachuelo para traer su caballo.
Así, pues, a la mañana siguiente, antes de que nadie se levantase, Harland emprendió la marcha. Robie le advirtió que tendría algunas veces que vadear el río, pero como las botas resultaban pesadas para una larga caminata a pie, Harland escogió unos zapatos ligeros de suela fuerte. No quiso llevar cesta alguna para el pescado. Se había puesto un traje especial de pescador, sin mangas y con muchos bolsillos. En uno de ellos guardó el paquete que contenía su almuerzo, y en otro un rollo de estopilla para envolver algún buen ejemplar de trucha que decidiese llevar consigo.
Cuando se despidió de Charlie y se halló completamente solo, suspiró satisfecho. La belleza del paisaje, las montañas inmensas, la cañada, los días al aire libre, las noches salpicadas de estrellas y bañadas de luna habían formado en derredor suyo un escenario adecuado para hacerle sucumbir. Una semana más en aquel lugar, y habría llegado a perder la cabeza. En adelante, todo sería distinto. Aunque volviese a ver a Ellen en el rancho, su encanto, su fascinación habrían sido vencidos. Se sintió seguro, a salvo ya. Y este sentimiento le llenó de dicha.
Se entregó de lleno a la pesca, las truchas se disputaban el anzuelo, pero eran todas muy pequeñas. Había tantas, y estaban tan hambrientas, que no tardó en sentirse cansado. Un breve remolino en el agua, al pie de una pequeña cascada, llamó repentinamente su atención. Entre las burbujas divisó una hermosísima trucha que sacaba la cabeza para atrapar a un pequeño insecto que rozaba el agua. Era un magnífico ejemplar, digno de ser conservado. Decidió luchar lo que fuese para conseguirlo. Echó el anzuelo en el lugar en que había aparecido, y sólo logró pescar otros de pequeño tamaño, que fue arrojando al suelo despectivamente. Después de haber tirado siete, logró pescar uno de tamaño respetable. Tendría aproximadamente un pie de largo, pero no era el que buscaba. Pescó a continuación cuatro truchas que pesarían poco más de una libra, hasta que por fin la que vio en un principio mostró de repente la cola. Echó el anzuelo y el pez picó.
Harland sujetó fuertemente la caña y se internó en el río. Tras dos falsos intentos sujetó al pez por las agallas y tiró de él. Con la trucha en una mano y la caña en la otra subió hasta la orilla. Una vez allí sacó del bolsillo la estopilla y envolvió cuidadosamente el magnífico ejemplar, no sin antes librarlo del anzuelo. Pesaría a buen seguro unas tres libras. Cuando se hallaba admirando la perfección del animal y sus colores que iban palideciendo, ensordecido a causa del rumor del agua que corría a sus pies, observó que una sombra se proyectaba en la misma orilla. Miró hacia lo alto, y a diez pies de distancia distinguió a Ellen, interponiéndose entre el sol y él.
Cuando se recobró de la sorpresa experimentó una súbita sensación de terror, como el animal salvaje que se ve de improviso cogido en una trampa.