Que el cielo la juzgue

Ben Ames Williams · Capítulo 15 de 16

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Que el cielo la juzgue

Capítulo XV

1

Ruth sabía mejor que nadie lo difícil que había sido para Harland confesar la historia de la muerte de Danny, no ya al Jurado, sino al juez, a los periodistas que aguardaban con la pluma ávida y pronta, al público que llenaba la Sala y, a través de ellos, al mundo entero. Aquella noche, aunque físicamente separados, sus pensamientos y sus sueños volaron hacia él. Por eso, cuando al día siguiente sonó la hora de presentarse en el Palacio de Justicia, anheló disponer aunque fuese de un breve instante para hablar a solas con Dick. Al verle se dio cuenta por su aspecto que estaba más tranquilo y sereno, lo cual le hizo sentir un gran consuelo. Murmuró unas palabras llenas de ternura y amor, y luego se sentó a su lado. No tenía necesidad ni de estrechar su mano para sentir el lazo de unión que entre ellos existía. Antes de que el juez se sentara, Ruth le dijo a Harland mirando hacia el lugar que Quinton ocupaba:

—Ese muchacho que siempre ha acompañado a míster Quinton no ha venido hoy.

—¿Te refieres a míster Cushing? —preguntó Harland recordando la profecía de Pettingill—. ¡Bah! Puede que haya ido a pescar —añadió sonriendo.

Cuando el juez y los miembros del Jurado hubieron tomado asiento, míster Pettingill, con harta sorpresa de Ruth, se levantó para elevar a definitivas sus conclusiones. Ruth le escuchó con cierto desánimo. En su opinión, tenía que hacerse algo más, presentar más testigos, defender más la causa. Pero no sabía, naturalmente, discernir el qué. Poco familiarizada con los procedimientos judiciales, no sabía siquiera lo que a continuación iba a ocurrir. Después de una breve consulta con el Fiscal General, Quinton se levantó para exponer también sus conclusiones. Siguieron los informes de rigor.

Pettingill habló despacio y serenamente. A juzgar por su actitud tranquila se hubiera dicho que estaba de acuerdo con el Jurado, seguro de su decisión. Ruth se sintió conquistada por su personalidad, e igual les ocurrió a cuantos la rodeaban.

—Nos ocupamos hoy en un caso verdaderamente excepcional —comenzó Pettingill—. Tenemos una mujer que muere y cuya muerte tanto por el médico que la asistió en sus últimos momentos como por su esposo, por su hermana y por Leick, es achacada a causa natural. Si su esposo no hubiese vuelto a casarse, a nadie se le hubiera ocurrido investigar el caso. Por lo tanto, y como antes he dicho, éste es un asunto extraño.

»Ellen Berent Harland era también una mujer extraña. Nuestra principal tarea es demostrar cuál era su verdadera personalidad.

Tras lo cual analizó en voz alta diversas frases del juicio, repitiendo algunas declaraciones de distintos testigos que incluso Ruth había olvidado, haciendo una minuciosa biografía de Ellen desde su más temprana edad, iluminando con destreza los hechos, refiriéndose a datos familiares, a sucesos normales de la vida cotidiana de sus oyentes para lograr una perfecta claridad. Escuchándole, Ruth, maravillada, se dijo que Pettingill, que no conoció a Ellen, había llegado a entenderla mucho mejor que ella. Aclaró detalles y conceptos que Ruth no comprendía, y le hizo recordar cosas que había olvidado y que le habían parecido inexplicables. Varias palabras de mistress Berent, que en otro tiempo se le antojaron absurdas, divertidas o producto de su mal genio, cobraban, oyendo a Pettingill, un nuevo significado. Cuando éste describió la devoción apasionada que Ellen sintió hacia su padre, Ruth creyó oír la voz de mistress Berent diciendo ante la mesa de Glen Robie a la hora de cenar: «Me asombra que no quiera dormir con él». Al oírle hablar de la persecución de que Ellen hizo víctima a Harland, recordó otra escena y otras palabras de la anciana. Cuando Ellen quiso pasear a la luz de la luna y le dijo a Harland que la acompañara, mistress Berent había dicho: «Recuerda la anécdota de la mosca y la araña».

Una docena de frases satíricas acudieron a su memoria.

«Creí que míster Harland tenía más sentido común», había dicho cuando vio el triunfo de su hija.

«Se lo comerá vivo», aseguró cuando Harland dijo que deseaba casarse con Ellen.

«Ruth, Ellen tiene algo que ver con eso. Siempre había odiado al pobre Danny», había dicho al enterarse de la muerte del muchacho.

Y por fin, cuando supo la caída de Ellen y la pérdida del niño, había afirmado: «Nunca ha habido un caso de sonambulismo en nuestra familia».

Al escuchar a Pettingill creía Ruth oír a mistress Berent, o al menos, verla asentir a todas sus manifestaciones.

Valiéndose de los testimonios que todos oyeron durante el juicio, Pettingill trazó con suprema habilidad un retrato de Ellen, tan parecido y exacto que Ruth no pudo evitar un estremecimiento. Pensaba en el pasado, viendo realidades que antes no había querido ver.

De pronto dejó de soñar. Pettingill comenzaba a hablar de ella. Comparaba su vida a la de Ellen.

—Tenemos, caballeros, a dos mujeres, en este caso Tillen y Ruth. Las conocen ahora tan bien como yo. Piensen en ellas mientras intento reconstruir lo sucedido. Ambas pueden haber realizado muchas de esas cosas. Es nuestra obligación, o, mejor dicho, la obligación de ustedes, decidir cuál de las dos las ha cometido.

»Veamos ahora el testimonio del fiscal. Dice la acusación que Ruth, que poseía medio millón de dólares ambicionaba la fortuna de Ellen, y también que ambicionaba al esposo de Ellen. Sigue diciendo la acusación que, para asegurarse ese dinero y ese hombre, Ruth tomó una cantidad de arsénico del taller de su padre, escondió el azúcar en terrones y mezcló el veneno al azúcar en polvo que llevó para Ellen durante una excursión a la playa; que escondió luego en su habitación el arsénico sobrante, y que dio a su hermana el azúcar envenenado, viendo cómo se lo tomaba y viéndola también morir. Dice la acusación que el arsénico permaneció escondido en el mismo lugar de su dormitorio, sin que Ruth se cuidase de hacerlo desaparecer; que Ruth lo dejó allí por espacio de dos años, y que ni siquiera intentó quitarlo de aquel lugar después de haberse casado con míster Harland.

»Eso es, resumiendo, lo que según la acusación ha hecho Ruth. Ahora bien, la han oído ustedes declarar, han podido juzgar su carácter, han aprendido a conocerla. No pueden, por lo tanto, creerla autora de esos crímenes. Es incapaz de matar a nadie ni por todo el oro del mundo. Nunca ha realizado un acto reprobable. Tampoco es lo que pudiéramos llamar una “maniática sexual” dispuesta a matar a su hermana para poder casarse con el marido de ésta. Y muchísimo menos es lo bastante tonta para, en caso de haber cometido el crimen, guardar el arsénico sobrante en su habitación durante tanto tiempo. Caballeros, repito que Ruth no es capaz de eso. No es de esa clase de mujeres.

»Y ahora hablemos de Ellen. La defensa dirá lo que cree que ésta hizo. Ellen sí era extraña y absorbente, sobre todo con los hombres a quienes amó. Por ejemplo, su padre. Le quiso tanto que consiguió alejarle de todos, hasta de su esposa. Muerto su padre, Ellen puso todo ese cariño en Harland, e hizo cuanto estuvo en su mano para casarse con él. Cuando comprendió que era suyo, dijo gravemente: “Nunca te dejaré escapar”. Cuando se dio cuenta de que Danny era su rival, suprimió a Danny. No le asesinó directamente, pero desde luego, fue un crimen lo que cometió. Míster Harland presenció la escena. Vio cómo ella dejaba que Danny se ahogase, y aunque tomó la decisión de protegerla y encubrir su crimen, la odió con todas las fuerzas de su ser. Intentó seguir a su lado porque es leal y caballeroso y ella era, a pesar de todo, su esposa, pero no dejó de odiarla.

»En vano intentó Ellen reconquistarle. Fracasó siempre. Y cuando se enteró de que quería separarse de ella, tomó la determinación de suicidarse. No podía vivir sin él. Pero le había dicho que nunca le dejaría escapar, y cumplió al pie de la letra su promesa. Aun después de muerta, su sombra se cerniría sobre Harland, le aprisionaría. Para ello planeó el suicidio de manera que la culpa recayese en él y en Ruth.

»Estaba familiarizada con el arsénico desde hacía tiempo, y optó por él. El problema estribaba en la forma de usarlo. Tenía que tomarlo precisamente cuando Ruth preparase un plato especial para ella, y eso sólo era posible viviendo a su lado. De ahí su interés en marchar a Bar Harbor. Se preparó con tiempo. Lo tenía todo previsto. Sabía el odio que míster Quinton sentía por Harland, y le escribió una carta. En ella le decía dónde podía ser hallado el arsénico, y también dónde había decidido que la enterrasen. La realidad era muy distinta. Había pedido a míster Harland que su cadáver fuese incinerado, adivinando que esta circunstancia sería un agravante para él en lo futuro.

»La excursión a la playa el día de autos fue una excelente oportunidad. Sólo ella tomaba azúcar en el café. Dejó que Ruth preparase un sobre con azúcar, y ella preparó otro mezclado con arsénico. Pero como el veneno no podía ser mezclado al azúcar en terrones, se levantó aquella mañana muy temprano, bajó a la cocina y escondió los paquetes de esa clase de azúcar para obligar a Ruth a usarla en polvo. Ella misma recordó a Ruth que no olvidase el azúcar, y preparó un sobre igual, que guardó en el bolsillo de su chaqueta. Mientras comían, en la playa, tomó el sobre que le daba Ruth. Alegando que aún no había terminado de comer, guardó éste en el bolsillo, y más tarde sacó el otro sobre que previamente había preparado. Cuando hubo tomado su café, colocó el segundo sobre en el interior de la cesta. Tomó después disimuladamente el primero de Ruth, y lo enrolló en unas servilletas de papel, echándolo al fuego. Leick vio cómo ardía.

»Más tarde comenzó a sentirse mal. Tal vez por pura casualidad pronunció la palabra “veneno” antes de morir, o tal vez en el último instante tuvo miedo de la muerte. Personalmente creo que quería asegurar la investigación que podía seguir a su muerte, diciendo al doctor Seyffert que había sido envenenada. Pero no pudo terminar de hablar, porque seguidamente expiró.

»Ésta es la verdad. Era una mujer extraña, absurda, celosa, despiadada. Una mujer mala. Podía hacer todo eso. Estaba dispuesta a hacerlo. Y lo hizo —su voz era tajante, glacial—. Porque era capaz de eso y de mucho más.

»Pettingill siguió hablando. Su crudeza, sus frases descarnadas e implacables hicieron estremecer a Ruth. Cuando por fin terminó su informe, en la sala se oyó un suspiro general de alivio. Incluso los miembros del Jurado se movieron de sus asientos, fatigados de la prolongada inmovilidad. Ruth comprendió que el interés había sido absoluto durante todo aquel tiempo.

Pettingill volvió a su silla, y Quinton tomó entonces la palabra. Desde el primer momento comenzó por atacar a Harland en vez de atacar a Ruth, hasta el punto de que ella quiso protestar en voz alta. No obstante, miró a Harland, y le vio tan tranquilo que olvidó su propósito. Pronto comprendió que Quinton, sabiendo su derrota, convencido de que el Jurado la declararía inocente, quería hacer a Harland blanco de su rencor, y tanto odio, tanto veneno destilaban sus palabras, que en aquel momento casi sintió lástima de él.

Ni siquiera intentó probar la culpabilidad de Ruth. Es más, casi llegó a reconocer su inocencia. Sólo dos veces se refirió a la acusación de que la había hecho víctima.

—Míster Harland afirma que Ellen le amaba tanto que incluso mató a Danny y se suicidó luego por su amor. Pues bien, la acusación declara que Ruth bien pudo amarle lo bastante para matar a Ellen. Veamos, caballeros. Podemos escoger entre las dos teorías. Ambas habrá que basarlas en los exagerados encantos físicos de míster Harland. Su fatal belleza indujo a cometer crímenes y suicidios. No obstante, yo me pregunto el motivo. Pueden contemplarle. No le veo tan distinto de los demás hombres. Tiene, como todos, unas facciones normales: dos ojos, dos orejas, una nariz y una boca. ¿Cuál es ese misterioso encanto que le hace irresistible para las mujeres? —Luego gritó exaltado—: Acusa a su difunta esposa de haber asesinado a su hermano, y confiesa que es encubridor del crimen. Pues bien, yo le acuso no sólo de encubrir aquél, sino de hacer lo mismo con éste.

Con excepción de estas dos breves alusiones, su discurso estuvo dedicado a atacar a Harland. Fue a él a quien acusaba, no a Ruth. Su misma violencia le ridiculizaba. Oírle y observarle era como contemplar el vergonzoso exabrupto de alguien que hubiese perdido por completo el dominio de sí mismo. Ruth se alegró de que terminase de una vez.

Cuando Quinton acabó su informe, el juez miró el reloj. El discurso había sido tan violento como breve, de modo que quedaba aún media hora disponible. El juez habló a su vez. Su parlamento fue corto y a la vez desapasionado.

—Caballeros, deben recordar que no estamos aquí para juzgar la muerte de Danny Harland, pues esto se ha suscitado después y de modo alguno ha sido el motivo del juicio. No es míster Harland el acusado, sino Ruth Harland. Es la muerte de Ellen Harland lo que debemos tratar. No tienen que decidir si Ellen Harland se suicidó. Es mucho más sencilla su tarea. Sólo deben decir si Ruth Harland administró a su hermana una dosis de arsénico con la deliberada idea de asesinarla, en cuyo caso han de dictar sentencia de culpabilidad, o si dudan que Ruth Harland haya cometido el crimen, en cuyo caso han de declararla inocente.

Cuando terminó de hablar y la vista se dio por terminada, Pettingill le dijo a Ruth:

—Señora, creo que puedo ya felicitarla. El Jurado terminará de comer (no es cuestión de despreciar una comida de balde) y luego emitirá el veredicto. A las tres estará usted libre.

—No pienso en mí, sino en Dick.

—Ya oyó lo que dijo el juez… No es Harland el acusado. Quinton sabe perfectamente que está derrotado. Su discurso casi lo ha reconocido abiertamente. No hizo sino descargar la cólera que sentía.

Ruth miró a Harland, pero de nuevo mistress Hayward la tocó y hubo de seguirla. Terminada la comida, durante la cual, y como siempre, había permanecido el comisario Hatch silencioso como un pobre perro hambriento, mistress Hayward dijo alegremente:

—Bien, señora. Temo que el sheriff haya perdido una buena inquilina, y que yo me haya quedado sin empleo.

—¿Lo cree usted de veras?

—Sin duda alguna. Y si Russ Quinton no fuese lo estúpido que es, esta causa nunca se hubiese visto en esa sala. Basta con mirarla para comprender que es usted incapaz de matar a una mosca.

—Se lo agradezco mucho. Ha sido usted siempre muy amable conmigo.

—¿Por qué no? —repuso la otra riendo—. Sólo lamento que la vista de la causa no se prolongue. Mientras estoy aquí sigo cobrando —se volvió exasperada hacia el contrario—. ¡Por el amor de Dios, Joe —exclamó—, deja ya de engullir! Parece como si nunca hubiese hecho una comida decente.

El buen hombre sonrió con la boca llena, y mistress Hayward dijo dirigiéndose de nuevo a Ruth:

—Fue terrible para su esposo, ¿verdad? Vi claramente que le desagradaba desenmascararla. Los hombres son así. No les gusta confesar que han sido engañados. En todo caso, es un buen hombre.

—¡Oh, claro que lo es! Pienso dedicar mi vida entera a hacerle dichoso.

A las dos y veinte le comunicaron que el Jurado, después de deliberar, estaba dispuesto a emitir su fallo.

Al entrar de nuevo en la sala sintió Ruth que sus rodillas temblaban. Sin embargo, cuando llegó el momento de levantarse para escuchar el veredicto, lo hizo con serenidad, mirando al Jurado con la cabeza erguida.

Un momento después estaba en libertad.

Hasta entonces no se dio cuenta de los temores y del peligro sufrido. Se desplomó en una silla, y por un instante creyó que iba a desmayarse. Sus ojos se nublaron. Todo se estremeció alrededor. Muchas personas desconocidas se acercaron a ella para felicitarla y expresar su satisfacción por el fallo emitido. En cuanto a los fotógrafos, hacían verdaderos equilibrios para retratarla desde todos los ángulos. Para acrecentar su confusión, observó que míster Pettingill había desaparecido llevándose a Harland. Preguntó a Roger Pryde adonde habían ido, pero éste respondió con indiferencia:

—Tenían que hablar con míster Quinton. Hemos quedado en encontrarnos en el hotel.

—¿Qué sucede? —preguntó ella alarmada—. ¿Pasa algo?

—Nada, nada —dijo Pryde cogiéndola de un brazo—. Vamos al hotel. Allí les aguardaremos.

Ruth se sometió sin protestas, pero al llegar a la habitación de míster Pettingill exigió que se le dijera la verdad. Roger le dijo cuanto sabía y lo que adivinaba.

—Quinton rogó a míster Pettingill que llevase a Harland a su despacho. Sospecho que le acusan de encubridor en el asunto de Danny. Están arreglando su fianza.

Ruth se llevó una mano a la boca para ahogar un sollozo. Después comenzó a hacer preguntas, pero Roger nada pudo añadir. Aguardaron, y durante el rato que duró la espera logró Ruth recobrar su serenidad habitual. De ese modo, cuando Harland entró al fin en compañía de Pettingill, corrió a su encuentro y le abrazó.

 

2

Habían convenido que Harland se presentaría al día siguiente ante el juez Andrus para declararse culpable, sin ofrecer resistencia ni defenderse, según les explicó Pettingill.

Ruth quiso protestar de tan abierta rendición, pero el abogado siguió opinando que era la mejor solución.

—Estoy segura de que te pondrán en libertad, Dick —dijo confiada.

Harland miró a Pettingill, que repuso:

—Haré lo posible por lograrlo, señora. El juez Andrus es justo, pero también recto. El asunto está demasiado claro. Desde cualquier punto de vista es indudable que míster Harland es culpable de lo que le acusan. De ponerle en libertad, como deseamos, otros podrían cometer la misma falta con la esperanza de ser puestos también en libertad —movió la cabeza significativamente—. No, señora. Temo que míster Harland tenga que ir a la cárcel —dijo al fin.

Pensando en mistress Hayward, Ruth preguntó:

—¿Aquí?

—En Thomaston.

—¿Por mucho tiempo?

—No lo creo —Ruth respiró más tranquila. Pettingill añadió—: Tal vez uno o dos años, quizá un poco más.

Ruth palideció intensamente y le miró. En sus ojos se reflejaba el terror y la desesperación. Sintió que sus rodillas se doblaban otra vez. Hubiese caído al suelo de no haberla sujetado Harland.

Permaneció entre sus brazos hasta que se sintió un poco más fuerte. Los otros habían abandonado la estancia.

Estaban solos ella y Harland. Y como no tenían que separarse hasta el día siguiente, dispondrían de unas maravillosas horas de dicha.

Ruth apoyó la cabeza en el pecho de su esposo y se puso a llorar.

—No quiero aumentar tus preocupaciones, Dick, pero no puedo remediarlo. Tengo que llorar.

Él la consoló, y al cabo de un rato, Ruth pudo sonreír.

—Thomaston es una ciudad encantadora —acabó por decir—. Buscaré una linda casita, y así podré verte a diario.

—No creo que te autoricen.

—Bueno, pues te veré tan a menudo como me lo permitan. Harland hizo con la cabeza un ademán negativo y dijo:

—Nada de eso. No quiero que lo hagas. No quiero que vayas a verme a la prisión. Leick puede llevarme tus cartas. El verte, sólo haría más difícil mi problema.

—No quiero separarme de ti.

—Tampoco yo lo quiero. No nos separaremos en cuanto haya pasado todo esto. Y, entretanto, también estaremos juntos con nuestros pensamientos. He reflexionado mucho de ayer a hoy —continuó—, y sé lo que vamos a hacer. ¿Recuerdas aquel lugar junto al río, allí donde, bromeando, planeamos construir nuestro hogar?

—Claro que lo recuerdo —dijo ella abrazándole—. Fue en él donde comencé a amarte.

—Quiero que vuelvas allí. Llévate a Leick. Mi pensamiento estará con vosotros. Nunca me alejaré de ti. Y cuando pueda, correré a tu lado. Quiero hallarte allí, esperándome en el hogar que habrás preparado para mí.

Ruth se negó. No quería marchar tan lejos de él. La discusión duró largo rato. Al fin, Ruth se dio por vencida. Juntos trazaron sus planes. Discutieron el terreno que comprarían, dónde podría edificarse la casa, el estilo de ésta, y, en fin, qué árboles debían plantar cuando la tierra fuese abonada. También discutieron la forma de aprovechar la fuerza de aquella cascada que habían admirado juntos. Ruth dijo que tal vez el paisaje, arrasado por el terrible incendio, sería deprimente y triste, pero él respondió:

—Depende de cómo se mire, porque en el bosque no todo es belleza. Recuerda que al avanzar por él vimos troncos abatidos, raíces muertas. Cierto que antes era verde, pero en el fondo todo estaba podrido, gastado. Todo era viejo. El incendio, al asolar el suelo, cubrió de ceniza las heridas, purificó todo lo muerto y dejó el terreno dispuesto para un hermoso renacer. Es como tu vida, Ruth, y la mía —añadió pensativamente—. También nosotros, como aquella tierra, hemos sido arrollados por la fuerza devastadora de un incendio. Había muchas cosas en mi vida que necesitaban la purificación del fuego. Todas han desaparecido ya. Esta mañana me arrodillé y recé, Ruth. Creo que es la primera vez que lo he hecho. Luego me encontré mejor — la besó en los labios y añadió sonriendo—: Lo que me espera acabará de purificarme. Quedaré limpio como el bosque, listo para una nueva siembra, dispuesto a dar fruto sano y abundante —la besó en los ojos y prosiguió—: Tú no necesitas purificarte, amor mío. Lamento que hayas tenido que compartir mis penas…

—Quisiera compartirlo todo contigo, Dick —murmuró ella. Y ambos guardaron silencio, como si en él encontrasen una suprema compenetración.