Que te vaya como mereces
Gonzalo Lema
Que te vaya como mereces
ePub r1.0
Titivillus 17-02-2018
Título original: Que te vaya como mereces
Gonzalo Lema, 2017
Editor digital: Titivillus
ePub base r1.2
A Eldy Margarita
A mi amigo Fernando Mayorga
«¿Y por qué no vendemos este país tan feo y compramos uno bonito junto al mar?». Negro sonso. Negro ignorante. Las cosas que decía como si nada. ¿Ya le tenía tanta confianza para hablarle así? ¿A su jefe? Santiago Blanco se sonrió nostálgico, porque de inmediato lo recordó hablando mal de los indios: «Mírelos, jefe. No son humanos, sino animalitos». Eso decía. Con su índice los apuntaba acusadoramente. («¡Bajá esa mano, che!»). Él todavía conservaba alguna imagen de la carrocería de aquel viejo camión pese a los tantísimos años transcurridos. Todos montados sobre las duras y puntiagudas cargas de papa y otros tubérculos. Los quechuas y los aymaras envueltos en sus mantas. Inescrutables. Sin oponer resistencia al zarandeo ni al polvo inclemente del camino pedregoso trepando la áspera montaña. Y sin mirar a nadie. Sin quejarse. Sin reír. Sin hablar entre ellos, tampoco. ¿Y él, qué esperaba? ¿Que hicieran reverencias al usurpador? ¿Al colonialista? Al diablo. Vaya, carajo. Negro pelotudo. Además, ellos mismos apenas eran unos cholos. Y, para colmo, policías cholos. Ninguna gran cosa. «Mejor te callas, Negro. Y mejor si piensas en algo bueno».
¿Y de cómo diablos se acordó del Negro? Santiago Blanco movió los pies en el piso, como los tordos, y se acodó mejor en la baranda del puente para observar en detalle, con calma y con placer, el gruesísimo turbión del río Rocha querido. Una lluvia bíblica había caído al amanecer cubriendo la ciudad, las bellísimas colinas de San Pedro y de San Sebastián y las lejanas montañas que en días sin lluvia se mostraban azules. La lluvia llegó del sur, metiendo bulla como una banda de guerra en tiempos de golpes de Estado. Y Blanco se sobresaltó al colmo en su catre de una plaza. Primero pensó eso: los militares volvían al poder, pero luego creyó que vibraba la Tierra y rápidamente decidió estarse de pie bajo la viga de la puerta. De pronto se ensordeció con el golpe del agua contra la calamina de su pequeño cuarto y recién comprendió que por fin llovía sobre la ciudad. Se avergonzó de tanto temor. Se cubrió el cuerpo gordo con una chaqueta impermeable, se montó en sus abarcas de indio y trepó las gradas sin flojera, aunque bufando, hasta la misma azotea en el octavo piso. La lluvia lo era maravillosamente todo.
Desde esa altura observó un poco de cielo y un poco de ciudad, y, sin ningún motivo racional, pensó en quien fuera su ayudante en los remotos y duros tiempos de la policía nacional: el negro Lindomar Preciado Angola. Se sonrió. «¡Qué simpático tu nombre, Negro! Seguramente te bautizaron en el Comité Pro-Mar». Su cabello menudo, trenzado en una maraña como virutilla para lavar vajilla fina. Sus cachetes inflados, vibrantes, propio del trompetista (pero él era tamborilero del montón en la banda de música de la policía). Sus ojos grandes, globos amarillos expectantes, que se llenaban de lágrimas cuando recordaba el paraíso de su Chicaloma en los Yungas de La Paz. Un jovencito apuesto, era verdad. Cholero a morir. Como nadie nunca visto.
—Mis padres quisieron aprovechar mi apellido, jefe. Además mi gente vivía frente al mar en el África. Es nostalgia pura. Encima soy nacido el 23 de marzo. Muchas casualidades, lo sé. Pero no se burle. Se lo ruego.
—Lo han aprovechado bien, Negro. Aguantame una bromita, pues.
Blanco calculó que la intensidad de la tormenta duraría apenas unos diez minutos, pero se sorprendió porque continuaba igual en los veinte. Por eso paseó por la azotea observando los cuatro puntos cardinales. Inclusive achinó los ojos y se montó una mano de visera sobre sus cejas para escrutar el horizonte redondo, pero no pudo traspasar ni cincuenta metros del tupido velo gris del agua gruesa. Inquieto, como siempre, apoyó todo el abdomen sobre la baranda fría, en la U de Edificio Uribe, y miró, muy expectante, el menudo kiosco rojo herméticamente cerrado de su novia Gladis, allá abajo, en plena esquina y en la acera del frente, y le imaginó unas cuantas goteras directas al mostrador y al viejísimo anafre. Llenó los pulmones de oxígeno líquido y bajó todas las gradas con suma calma, atento a las rodillas que ya le temblarían en el piso cinco o cuatro, pensando que esa intensa lluvia que caía ameritaba observar la llegada del turbión, y su carga de basura, desde el mismísimo puente del Topáter.
Caminó 22 cuadras sin flojera. Al llegar, la lluvia había cesado y la luz del sol oculto encendía de fulgor sucio las nubes preñadas de agua.
Suspiró con tanta poesía.
Un tumulto de gente festejaba la crecida del río.
Blanco, que miraba contento cómo nacía la niebla densa de las tripas mismas de los arbustos espinosos de las riberas, tenía el oído derecho alerta al pajaril comentario de los vecinos.
Se quejaba el vejete con sombrero de duende:
—Ahora solo cuando llueve tiene agua. Luego, no. Por eso deberían entubarlo y mandarlo a la mierda. ¿Qué otra cosa más se puede decir? La vida se ha echado a perder hasta este punto.
El nieto lo escuchaba sin mayor atención. Las palabras del abuelo le pasaban por sobre la cabeza pero se llenaban de chispas en la gente de unos metros más allá que se atormentaba con lo mismo. El niño pateaba piedritas y se divertía viéndolas hundirse en el lomo del agua correntosa. Cada vez se colgaba más de la baranda. Ya se iba a caer de cabeza sin que nadie lo advirtiera.
Ni siquiera Santiago Blanco.
El viejo insistió:
—Ahora es una cloaca, puras aguas negras. Miren la basura que arrastra. ¿Quién diablos se podría bañar en estas condiciones? ¿O pescar?
Parecía enojado. Se puso a pasear entre sus atentos oyentes.
Se quejó otra señora, menuda y harto pichonesca, con una vieja bolsa de mercado y un sudoroso monedero de plástico entre las manos:
—Con esta agua se riega todas las verduras. Las autoridades no cuidan nuestra salud. No hay ni a quién quejarse ni decirle nada. Todo el sur riega, ya mismamente. Los niños se nos enferman. Y los viejos. Después hay que darles agua con sal.
Una señora emperifollada y con cabello lila exclamó:
—¡Tan lindo que se ve así, cargado a tope! Los campesinos de Sacaba se quedan con el agua. ¿Qué va a importarles el paisaje urbano? Les tiene sin cuidado que nuestro río se muestre con las puras piedras peladas. El resto del año saltan los sapos en los charcos. Los renacuajos. Es gente muy ignorante, la nuestra. Descondolida.
El vapor se acumulaba entre los matorrales. Formaba nubes gordas y se desprendía sin dolor de los espinos rumbo a las alturas. El agua colorada, surcada de varias venas gruesas, arrastraba palos, hierbas, zapatos, latas, excrementos y sapos muertos en su lomo brioso. Los curiosos observaban todo. Se reían divertidos. Señalaban con el dedo un perro muerto.
También prestaban atención a los parlanchines y tomaban partido por las opiniones sentenciosas.
Alguien dijo algo.
Una risotada general festejó el comentario. El viejo se sorprendió.
Habló un hombre amanerado. Tenía la ceja izquierda suspendida por puro petulante:
—Es río de temporada, mi señor. Mi señora. No seamos ignorantes.
—Atrevido. Sepa usted que soy profesora de escuela.
Otra vez la risotada de los oyentes.
—Hay más gente y menos lluvia. En Cochabamba solo llueve cuando muere un obispo.
El niño colgó medio cuerpo en el vacío observando una enorme hoja de calamina flotando río abajo. Sobre la calamina viajaba una bota militar. De pie.
Un joven, montado en una bicicleta destartalada, opinó algo.
Santiago Blanco, acodado siempre sobre el barandado, alzó las cejas de la pura sorpresa. El joven mostraba su satisfacción por su propia opinión y exponía una sonrisa quieta, fotogénica, mostrando las palmas abiertas al cielo próximo en un típico gesto gallista de los ochenta.
Algunos curiosos asintieron. La neblina ocultó ambas riberas y luego se desprendió compacta en dirección al puente como un bicho espacial. Un animal del futuro. Bueno a ratos. Malo casi siempre. Momentos después, no se veían los rostros. Se volvieron manchas negras. Almas en el purgatorio. Faltaban los quejidos lastimeros.
Otras voces se expresaron. Blanco se distrajo. Una mano de espectro (huesos vistos, carne leprosina colgando), se dibujó muy al fondo oscuro de la neblina sobre la plataforma del puente, se batió gentil en ese aire denso y tenebroso. Él se quedó con la duda. Pero la mano se le aproximó con calma y reclamando con autoridad la suya.
Le pareció que debía defenderse.
—Hola, jefe.
Una voz de celda. El cutis de iguana. Las patillas de los libertadores. El pelo ensortijado como trabajado por una permanente. La oscura caverna de la boca con tres dientes aislados. Dos arriba, uno abajo. Una sonrisa de terror, amenazante. Pero también amable.
—Abrelatas.
—Un abrazo, jefe. De cuánto tiempo me lo vengo a ver. Es un milagro del Señor. Usted ya no va por el Américas ni siquiera el viernes de soltero. ¿A tanto llega su indiferencia?
El tufo a dientes podridos. A encías inflamadas. Una cara de espanto. Los mismos ojos, irritados, casi sin pestañas y con pústulas escondidas en el interior de los párpados. Un individuo medio vivo, medio muerto. Capaz de asustar a cualquiera.
Abrelatas lo abrazó con sentido afecto. Blanco se sorprendió. Pensó en un posible contagio de algo y quiso retirar el cuerpo, pero el hombre lo tenía sujeto del hombro derecho y de la presilla del pantalón sin cinturón. Y lo mantuvo con absoluta firmeza. Entonces pensó en su billetera. (Y hasta se acordó del billete de cincuenta recibido de una pastillera de la calle en la víspera). Pero también se acordó de que la había dejado sobre la mesita de los suplementos culturales en su cuarto. Por eso se dejó apretar un momentito aunque sin corresponder. Se quedó sin aire.
—Me han robado a mi hijo.
Abrelatas se puso a llorar sobre el hombro del exinvestigador de la policía.
Las voces en derredor se acaloraron. El viejo amenazó con un sopapo bien puesto, pero el de la bicicleta esgrimía la vieja guardia inglesa. Otros se carcajeaban. El niño observaba todo. La neblina terminó suspendiéndose hacia el cielo. El petulante se aisló del problema. Se fue caminando hacia la iglesia a la misa de gallo. Seguramente era un exalumno de algún colegio de viejos curas franquistas.
—De la morgue. Me lo han robado de un día al otro.
La gente se dispersó carcajeando e insultando. El viejo se había dado el gusto de intentarlo, pero el joven lo esquivó rápidamente con un quiebre de cintura pese a la bicicleta apoyada contra su cadera. Amagaron un par de veces más y luego cada quien se fue por su camino.
El puente se vio, en pocos segundos, vacío de gente pero atestado de colectivos humeantes y motorizados enojados. El río tronaba arrastrando un lote de piedras. Sin embargo, se podía hablar con confianza.
Blanco se acodó en la baranda del puente mirando las aguas ligeras.
Después miró al hombre de reojo.
—¿Se te ha muerto tu hijo, Abrelatas? ¿Y te lo han robado?
—Me lo han matado, jefe. Estaba recién en sus primeras experiencias como independiente. Era autista. Me lo han asfixiado con una cuerda y una bolsa de basura. Y me lo han robado de la morgue mientras yo buscaba la lana para el cajón.
El Abrelatas se limpió una lágrima furtiva del enfermo ojo derecho.
—¿De quién sospechas? ¿Conoces a los de su especialidad?
El Abrelatas suspiró. Su nuevo oficio lo había ablandado del todo. Se le llenaban los ojos de lágrimas. Se le quebraba la voz y buscaba consuelo. No parecía un exdelincuente común. Un hombre con trajín en las celdas de la policía y el patio de tanta cárcel. A Blanco le fastidió su sentimentalismo cursi. Parecía un hombre cualquiera. Un blandengue. Un hombre que tuvo abuelos, papás, hermanos y una familia numerosa los domingos en el paseo El Prado.
Insistió:
—¿O habrá sido un policía?
Volvió a mirar al aparecido. El tráfico del puente se iba raleando y el río parecía haber disminuido de caudal. Pero el Abrelatas tenía la misma cara plana de un principio. Sin reacción. Puro desánimo y ojeras violetas y salpicadas de granitos con pus. Un premuerto.
—Es lo mismo, jefe. Ambos oficios son primos hermanos. Quizás un hampón me lo ha matado y un policía me lo ha robado. O al revés. Qué se yo. Pero me quiero morir.
«Hay que llenar el buche», había dicho Santiago Blanco con otra voz cuando la lluvia volvió a caer y descubrió un billete arrugado en el bolsillo del impermeable. Una súbita carraspera. La gente del puente se dispersó un poco antes, cansada de ver pasar tantísima agua y del debate sin futuro del viejo contra los dos hombres. A Blanco dejó de interesarle lo que se decían cuando el Abrelatas apareció y le contó de su desgracia. Le habían matado al hijo y robado el cadáver de la morgue. Apenas tuvo tiempo de mirar para otro lado cuando el exrufián se limpió una lágrima de dolor y rabia. Como una nena.
Cruzaron el puente sin molestarse de la lluvia y caminaron sin prisa por la avenida que unía a una plazuela con otra y otra más. No saludaron a nadie en el trayecto porque nadie los miró. Blanco tenía forrado el cuerpo gordo con una chaqueta impermeable amarilla, un pantalón de vestir negro y sus abarcas. La gente podía confundirlo con un dirigente transportista en uno de sus tantos días libres o con un comerciante próspero algo relajado en vísperas de Navidad. Y el Abrelatas vestía una camisa blanca con el cuello sucio, percudidas las áreas de ambas axilas y completamente arrugada. Un pantalón negro grueso y sin botones en los bolsillos traseros, y calcetines y zapatos negros. Parecía lo que era: un mozo de bar sospechoso.
Recién habló en la recta final al mercado.
—La mesa estaba vacía, sin cadáver. Yo volví con el dinero completo pero no encontré ni al portero. Carajo, me entró rabia. El encargado del día se alzaba de hombros. Él no sabía nada. Le habían entregado veinte, y él tenía veinte. Así me dijo. No le importó mi problema, jefe.
En el Mercado Central, donde Blanco comió desde la fugaz juventud universitaria (y el Abrelatas cartereó en la niñez), se sentaron en el mesón largo de aromas trenzados y urticantes de la olla de sopa de maní con carne gorda, papa hervida y papa frita, con arroz y fideo macarrón, pero atraídos más bien por la espesa lawa de choclo con nostálgico aroma del Valle Alto invadida de sendos pedazos de carne y papa, teñida de ají colorado. Antes, a su paso, las voces de las vendedoras los aturdieron con sus ofertas: ají de panza con arroz y papa blanca, mondongo, chorizos con lechuga y tomate, rellenos de papa, de mote, de locoto, de queso, y les dieron de probar de su mano, como a pajaritos. Al escuchar su decisión, les mostraron la espalda y no los miraron más. Les volcaban la cara a cada rato.
La doña los atendió a gritos debido a la multitud y al fragor del fuego de las hornallas. Tenía un trapo amarrado a la cabeza y dos trenzas gruesas hasta la ancha cintura. Una blusa celeste de escote cuadrado. Tres polleras y un mandil que le colgaba del cuello. Estaba bien parada sobre una tarima de cajones de tomates y tenía más de medio cuerpo por encima de sus ollas de cuartel. Parecía dirigiendo una cruenta batalla durante la independencia. En Aroma, junto a Esteban Arze.
Blanco se sonrió.
—Mi recomendación es la lawa, por el frío de la lluvia, caseritos. No sé ustedes. Después, también tengo lomo montado con dos huevos, lomo de vaca con su harta chorrellana, lomo Ferrufino con su pan del día y milanesa napolitana con queso chapaco. De ustedes depende.
Los miró apurada.
Blanco comenzó a salivar.
El Abrelatas no dudó:
—Hacerime probar la lawa. Yo no como tanto a las siete de la mañana, sino al mediodía. Media sopita, casera. Poca carne.
—No hay «media» sopita. Plato entero te voy a dar, o nada.
—A mí dame un buen plato de lawa y luego un lomo con chorrellana y dos huevos. Y una cervecita negra con dos vasos.
El Abrelatas retomó su cuento de inmediato.
—Le estaba yendo bien a mi hijo, jefe. Ya lo respetaban. Del Paraguay le llegaban los Mercedez y los Bemeves, y él los acomodaba en gente de la sociedad. Lo que él afanaba aquí, lo vendía en Montero. Mucha lana todo el tiempo.
—¿Estuvo en chirola?
—Un tiempito. Ya tenía sus contactos en la poli. De seguro ha sido la competencia. Se lo han sacado de en medio, Blanquito. Con algún cogotero contratado. Por ahí tenemos que buscar.
Blanco suspendió las cejas. Apenas la lawa humeante se asentó en el mesón, volcó el rostro para darse un baño de vapor irritante y penetrador y no escuchó más nada. Con la mano izquierda alcanzó el pocillo de la llajua maldita y se lo vació íntegramente en su plato hondo. También comenzó a pellizcar grueso del pan de batalla hasta hacerlo desaparecer del panero. El sudor de su cuello se le escurría frío hasta el ombligo.
El Abrelatas, cuchara en mano, volvió a lagrimear:
—Éramos él y yo, Blanquito. Mira qué sola mi alma me ha quedado ahora. Y encima no tengo su cadáver para enterrar. ¿Dónde le voy a rezar? ¿Dónde le voy a poner sus flores? Ay, mierda. Qué vida más desgraciada tengo.
Caminaron por una calle estrecha rumbo a la vieja morgue. Ya había dejado de llover y la ciudad lucía embarrada. Los abogados, parados todos en las puertas de sus oficinas sobre las aceras, intentaron más de una vez jalarlos para adentro. También se cruzaron con universitarios bulliciosos con tatuajes desde el cuello. Y con negocios parlantados a todo volumen. Y con oscuros y menudos antros de piratas fotocopiadoras hirvientes. Se les hizo difícil caminar juntos. Blanco se le adelantó sin ceder la acera a nadie. Tenía el ceño fruncido.
Unas cuadras después, Blanco detuvo la marcha e invitó a un refresco de durazno hervido con pepa. La doña tenía una sombrilla de playa en un pedazo de acera sin cemento, una mesita con una jarra llena hasta el cuello de duraznos hervidos y gustosas abejas revoloteando en su cielo y una olla de aluminio con más refresco. A sus pies, un balde anaranjado con vasos hundidos en un poco de agua. Un poco fuera de la sombra había un perro mañazo, amarillo, que intentaba dormir pero abría los ojos, atento siempre a tanta delincuencia callejera propia de esos días navideños. Tenía un ojo puesto en el Abrelatas.
Dos cuadras más al norte llegaron al vetusto edificio de la morgue.
—¿A qué muerto buscan?
—A mi hijo. Tiene una costura larga en la cara.
Blanco se sorprendió suspendiendo las cejas.
—Solo hay ocho. Seis mujeres de pollera, un niño y un quemado como chicharrón. A los demás ya se los han recogido. Su hijo no vive aquí.
El policía les dio la espalda y se dedicó a atender a unas señoras con velos negros cubriéndoles las caras. Eran cinco, menudas y sufrientes, y la más joven de ellas jalaba un crío. Blanco alcanzó a escuchar que buscaban a una mujer de pollera, la de la mesa número dos, pero que esperarían un momento a que llegara el hombre con el cajón. Una de ellas tenía distinta opinión. Debían ir rezando, pues. Se pusieron a debatir delante del policía aburrido.
Blanco inquirió:
—¿Estás seguro de haber reconocido a tu hijo? ¿Lo has mirado bien? A veces sucede que uno se confunde por la impresión.
El Abrelatas se desesperó:
—¡Claro que sí! ¡Lo he mirado a los ojos! ¡Le he hablado! ¡Hasta he llorado en su pecho!
Las mujeres ingresaron a la sala en procesión, cuidando de no hacer bulla, pero comenzaron sus chillidos apenas rodearon el cadáver. El niño se agarró asustado de la falda de su madre, pero pronto se distrajo observando a Blanco desde la distancia, y no le quitó ojo. Después se metió un dedo a la nariz para escarbar a gusto. Judiciales, La Paz
El policía les preguntó:
—¿Usted está reclamando un muerto? Aquí no se pierde nada; menos un muerto. ¿Quién va a querer un muerto? Díganme. ¿Acaso se lo puede vender? ¿Usted qué haría con un muerto? A ver, hablen.
—¡Yo he visto a mi hijo aquí! ¡Y después ya no estaba!
—Se habrá ido al cielo, entonces, yo no sé. Volando como un angelito. ¿No me va a decir que tenía alitas?
—¡A este lo corto!
El Abrelatas buscó entre sus bolsillos y blandió pronto una navaja.
Blanco interpuso su voluminoso cuerpo entre ambos.
—¡Epa, epa! Nos vamos a tranquilizar. ¿Quién es la autoridad aquí? ¿A quién debemos presentar una denuncia?
El policía frunció el ceño. Tenía una mano garruda montada sobre la culata de su revólver en el cinto. Su cuerpo menudo se había tensionado un tanto, y no dejó de mirar al hombre armado ni un solo instante.
Respiró profundamente.
—Esperen allí, en ese depósito de los periódicos viejos para tapar a los muertos. Cualquier rato ha de llegar la fiscal. Léanse algo, si saben. Yo los he de comunicar.
Blanco asintió. Condujo a su amigo del cuello y lo sentó al lado suyo en una banca. Alzó un periódico amarillento de medio año de antigüedad y se dedicó a leerlo.
Afuera comenzó a llover nuevamente. Era un día afortunado.