Que te vaya como mereces

Gonzalo Lema · Capítulo 6 de 7 · parte 1/3

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Que te vaya como mereces

Blanco no pudo dormir. Se levantó de…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Blanco no pudo dormir. Se levantó de la cama, se montó en sus abarcas de indio y se fue a la ducha con una toalla desflecada colgada del cuello. La ciudad se acomodaba para dormir, aunque todavía reventaba uno que otro petardo loco, y a ratos se escuchaba el bramido de algún vehículo estúpido a toda carrera en la avenida.

Salió a la calle vestido como para una conquista, pero en la puerta no supo ir a derecha ni izquierda. Cruzó la avenida y se dirigió hacia el puente de Cala-Cala. En el camino se encontró con una chifa que le provocó risa y burla. Un poquito de arroz. Un poquito de fideo. Un poquito de cerdo. De carne de vaca. Y de pollo. Pero uno no se llenaba nunca. Era sospechoso, además, que a las mujeres les gustara tanto. Y unos pasos más allá había una hamburguesería abierta. Doble carne, doble queso, lechuga y tomate, y un pan que parecía hostia, más siete papas fritas. Costaba como un pique macho en el Américas. Por algo les gustaba a los niños.

Siguió caminando pensando en eso. La comida de las mujeres y la de los niños. A las mujeres les gustaba picotear sabores. Alzaban la cabeza, se apretaban los labios, sacaban la punta de la lengua y quedaban satisfechas. En cambio los niños calculaban. Les gustaban los colores de las comidas y su porción chiquitísima, y se animaban porque casi de inmediato volvían al juego. Él, en cambio, vivía la comida como una gran experiencia múltiple. Olores, textura, sabores, sensaciones, deglución. No exageraba si afirmaba que el placer continuaba en el inodoro, un rato largo, y mucho mejor si con un afortunado suplemento cultural con artículos extranjeros.

Después se tenía una churrasquería tras otra despachando buenos y perforantes olores, pero había que ser gaucho, de esos que contaba el sabio D’Orbigny. Carne gruesa y sangrante, inevitable dejar saldos enormes para las aves carroñeras. Como los perros de la calle. (Blanco peló las encías por su ocurrencia).

Casi en la esquina escuchó el canto de una mujer. Se detuvo. Era una voz gruesa y ronca, pero con polenta para toda la noche. El canto se filtraba por unas ventanas del segundo piso tapiadas con cartón. Un bolero repleto de verdades. Se veía sombras de gente y alguna alegría. Caminó otro poco buscando la puerta de ingreso. Se encontró de sopetón con un gorila rubio y de ojos verdes, sentado de lado sobre una moto inmensa. Blanco lo miró en detalle intentando averiguar si era el portero. Tenía una gorra de aviador de su papá, una ceja de sien a sien, la nariz tan aplastada que era muy posible que se la chupara por las noches, y un bigote grueso y caído de las puntas como cualquier sucio sauce llorón del río.

—Solo muéstrame que tienes dinero, hermano.

—Créeme que sí.

—Muéstramelo. Estamos cansados de hacer farrear a vagos. Luego el dueño nos descuenta del sueldo. Hazlo por consideración a mis hijos.

Blanco metió la mano a su bolsillo delantero y mostró un fajo simple de billetes. Lo volvió a guardar contento y quiso abrir la estrecha puerta de la verja, pero se le vino abajo con parte de la pared de ladrillos.

—Déjala, hermano. Un accidente lo tiene cualquiera. Además, estaba solo puesta desde hace unas horas.

Subió diez peldaños sin codo y se detuvo ante la puerta. La abrió en el momento en que alguna gente aplaudía. Era un ambiente oscuro, de luces indirectas y pobres. Una pantalla gigante brillaba en la pared del fondo, y el micrófono iba a las mesas de la mano de una señorita flaca y huesuda sin ninguna gracia.

Blanco se acomodó en el taburete del bar. Pidió una cerveza. Alguien comenzó a cantar muy feo, con el mismo timbre de los patos negros en las lagunas. La letra de la canción le ganaba en velocidad por una línea, pero a él parecía importarle poco. O nada. Terminó de cantar cuando la pantalla estaba granulada desde hacía un buen rato.

Blanco pidió otra cerveza y se preguntó si en esa pocilga habría baño o agujero. Una mujer cantaba una canción moderna y lo hacía muy bien. La gente la aplaudió en media interpretación. Ella se puso de pie y continuó su canto, pero actuando, y se volvió cursi, como esas niñas declamadoras. Al final del tema nadie la aplaudió. «Gracias», dijo ella, de todas formas. Puso cara de contenta a sus amigos.

Blanco pidió su tercera cerveza. «¿Hay baño en el boliche?». Había, pero estaba ocupado. La luz roja. El hombre se la apuntó. Se podía entrar con la luz verde. El hombre mostraba satisfecho su instalación. Así nadie tocaba la puerta interrumpiendo al usuario. Parecía otro país. Suiza, quizá.

Un hombre mayor cantó una canción que decía: «Cachito Cachito, Cachito mío, pedazo de cielo que Dios me dio», y la gente se rio con todas sus ganas. El señor continuó hasta terminar. La gente lo aplaudió con gran entusiasmo.

Blanco pidió su cuarta cerveza. El del bar le dijo que sí, que con todo gusto, pero que fuera pagando lo que debía. Eran las reglas del local. Uno se descuidaba un rato y ya no encontraba al borracho. Había que cubrir la deuda. Así que poniendo y todos contentos.

La lucecita del baño desapareció detrás de una inmensa sombra por un buen momento. Blanco se desorientó. La buscó aguzando la vista y nada por donde debía estar. No desconfió de sus ojos operados y probados. Ya tenía años con las lentes substituyendo los cristalinos debido a una catarata precoz. Solo que la luz no había. Iba a preguntarle al hombre orgulloso si era posible que se arruinara su ingeniosa conexión de cables, pero la luz se destacó con brillo cuando la sombra se asentó.

El micrófono se dirigió precisamente a esa mesa.

Blanco ingresó al baño pero oyendo todo.

La voz se aclaró la garganta y resquebrajó el cielo falso. La gente se le calló con gran expectativa. Y entonces empezó a cantar desde el fondo mismo de la tierra. Otra vez un bolero señalando la verdad. A los segundos, Blanco, de vuelta en su taburete, lagrimeaba como un hombre sentimental.

La mujer cantaba y maldecía, lloraba y suplicaba, y se golpeaba con un puño el pecho, se jalaba de los cabellos y miraba a Dios en la oscuridad. La gente hacía lo mismo completamente hipnotizada por su canto de otro mundo. Un bolero detrás de otro, sin pausa, hasta que Blanco completó una caja de veinticuatro cervezas individuales.

El hombre del bar dormía sobre el mostrador. La voz continuaba con su interpretación y Blanco no tenía más lágrimas. Afuera llovía a cántaros.

De pronto todo terminó. El gorila rubio encendió la luz y revisó toda la desolación del ambiente. Silbó asombrado. De los ceniceros humeantes y hediondos se elevaba poéticamente la ceniza. Las botellas volcadas dejaban caer prostáticamente sus últimas gotas al piso, y varias sillas yacían de lado sobre la madera cochambrosa.

—Nos vamos yendo, hermano. Que no se nos vuelva un vicio.

Blanco continuaba en el estupor. La inmensa mujer de pie lo miraba como si él fuera el fantasma.

—Santiago Blanco —dijo ella secándose los ojos fatigados por la pena de sus canciones.

—Margot Talavera —dijo él con súbitas ganas de besarla desde los pies hasta la cabeza.

Bajaron las gradas con precaución. Cruzaron la puerta rota que yacía en la acera y caminaron por la calle oscura, paralela a la avenida, bajo una lluvia persistente. A los pocos pasos encontraron un escarabajo sin techo y convertido en una bañera.

Margot Talavera abrió gentil la puerta del copiloto. El agua sucia de la lluvia comenzó a chorrear. Hizo lo mismo con la otra puerta. Después se arremangó y sacó el agua del asiento posterior con todo el brazo.

La mujer se sentó detrás del volante y el vehículo se ladeó. Blanco se sentó luego y el vehículo se equilibró pero se aplastó contra el asfalto negro y pedregoso.

Arrancaron echando chispas por el escape.

—Avenida América y Cala-Cala —dijo él, con autoridad.

 

Las patas del catre reventaron en astillas. De todas formas uno siguió trepado en el otro. Habían dejado el escarabajo sobre la acera, justo al lado del kiosco, y Santiago Blanco vivió una punzada aguda entre las costillas. («¡Perdóname, mi amor! ¡Pero juro que lo necesito!»). La lluvia de varias horas embistió con particular crudeza mientras cruzaban la avenida y no los dejó oírse nada cuando se refugiaron bajo el techo de calamina del cuarto. Por eso es que prefirieron sacarse la ropa sin más palabras y tenderse en la cama de una plaza sin mayor protocolo.

Se amaron todo lo que quedaba de la noche y continuaron amándose cuando salía el sol, hasta que el canario del sexto les tocó la puerta. Quería abrazar a Blanco por el nuevo año e invitarlo a conversar. La paz estaba al alcance de cualquier ser humano. Bastaba con dar un pequeño paso, ínfimo, se diría, y acceder a la felicidad de la hormiga. O de la vaca. Pero Blanco ni le abrió la puerta. Se limitó a agradecerle desde el catre roto. Lo pensaría y se lo haría saber. Es que él era cristiano y gozaba cargando una cruz. Igual cosa les sucedía a los jorobados. Y volvió a su faena interminable de amar a la fiscal Margot Talavera.

Se despidieron de hambre. Ella se vistió de pie colgándose una blusa de seda, ajustándose una braga de tela firme y un pantalón de buena caída. Se montó sobre sus zapatos de suela de corcho y se abrigó con un coqueto y brilloso saco de enchapes. Blanco escuchó su taconeo pesado rumbo a la puerta del garaje y luego el agudo silbido de insecto del fatigado motor del escarabajo. Y por fin durmió la noche que se había pasado de largo.

No quiso levantarse al mediodía porque no imaginó ningún local con las puertas abiertas. Se quedó en cama unas horas más escuchando la radio. Habían detenido a un alcalde borracho estrellado contra un árbol. Habían detenido a una pandilla juvenil. Cambió de sintonía para escuchar música del ayer.

Abrió la puerta de su cuarto y sacó la mesita con su carga cultural. El cajón con ropa. Pensó que el televisor fue afortunado porque usualmente se quedaba debajo del catre, salvo en esta oportunidad que quedó en la mesita. Y sacó el catre y lo apoyó de pie en la pared. Barrió las astillas de las patas y se rascó la cabeza. Luego devolvió todo lo sano a su lugar.

Paseó por la acera del barrio buscando algo de comer, pero no halló ningún boliche abierto. Caminó por la avenida desierta de gente aunque llena de perros y tampoco. Llegó hasta el mismo puente del Topáter y se encontró con un puesto de api y buñuelos en la calle. Se acercó a la señora de la venta y la besó como a su tía.

—Deme uno mixto y seis buñuelos, más otros seis para llevar, mamita.

La doña removió el api guindo y el api blanco. Preparó un jarrón con oreja grande y un cucharón. Blanco acompañó sus movimientos. Refregó un plato panero con su mandil y lo cargó de buñuelos talqueados de azúcar molida. Se lo puso en el mesón. Cargó el cucharón y lo suspendió hasta sus cejas y descargó al jarrón desde esa altura, como un arcoíris de esperanza.

Alguna gente entraba y salía de la iglesia. Se quedaba en la puerta. A otra le iba mejor sentarse en unos asientos de madera detrás de unos pinos. Pese a la hora, la ciudad seguía durmiendo. A ratos pasaba un vehículo. A ratos se le acercaba un perro y se le quedaba mirando con el hocico abierto y la lengua babeante.

—Tomá un buñuelo. Hasta hace poco yo era un hambriento como vos.

El cielo estaba encapotado y seguramente llovería en la noche. El río estaba cargado de agua pero modestamente. Sin turbión. Nadie se detenía a observarlo. Para las nuevas generaciones, el río Rocha no era ni siquiera un nombre. Se lo podía entubar y rellenar su lecho. El cochabambino no tenía raíces telúricas. Se podía aplanar la colina San Sebastián. O descabezar el Tunari. Hacer desaparecer el molle. O la laguna Alalay. No le importaba. A su alcalde le fascinaba el cemento rígido. Los pasos a desnivel. Los anillos de velocidad. El automóvil. Y a la gente también. La bicicleta era peligrosa y el peatón un suicida. Las aceras estaban rotas o no existían. Y el colectivo público era una lata hedionda por dentro y humeante por fuera a cargo de un criminal cualquiera. Había que comprarse un vehículo o encerrarse con llave en el cuarto.

Se alzó de hombros.

Blanco continuó masticando los buñuelos. Los sintió chiclosos, pero se aguantó. La doña empezó a cocinarlos a las cuatro de la mañana y luego se quedó hasta agotar la mercadería. No era fácil. Competía con el fricasé de chancho y con la ranga. A las cinco de la tarde, los buñuelos estaban tan duros como una piedra, y se volvían ligosos al recalentarse.

La doña empezó a empaquetar sus utensilios. Extendió su manta en la acera, dobló una de las esquinas y depositó una olla grande, una chica, un sartén dentro de una bolsa, el cucharón, el fruslero, el anafre, platillos, tazas, jarrones, un frasco con azúcar molida, uno vacío de miel de abeja, y se sentó en la acera a esperar al gordo comelón.

—Doce pesos.

Blanco se puso de pie. La doña le pidió que la ayudara a cargarse. En un segundo envolvió todo dentro de la bolsa. Un bulto considerable. Luego agarró dos puntas de la manta e hizo girar el bulto por sobre su cabeza y se lo acomodó en la espalda. Ya estaba.

 

—Pasarime la mesa y el taburete.

Blanco la vio trepar el puente. No se le veía el sombrero, tampoco el cuerpo, ni los brazos, pero sí las piernas gruesas enfundadas en medias de lana hasta la rodilla. Algo de la pollera. El bulto ocultaba todo. A ratos se veían las patas de la mesa y el taburete. Era una hormiga grande, humana, y seguramente alimentaba a sus hijos, a su marido. Se volvió un punto sobre el lomo del puente y luego una imagen en el recuerdo. Una lágrima.

Blanco decidió cambiar de ruta para retornar al edificio. Una cojera leve se le presentó súbitamente en la pierna derecha. (El rostro de Angelina le llenó de lágrimas los ojos). Cambió pronto a la mano izquierda el bultito de los buñuelos. Se rio.

—Qué cojudo.

 

El 2 de enero amaneció lloviendo menudo y tupido. Unas agujas un tanto oblicuas capaces de hacer doler el rostro. A Blanco no le importó. Había despertado cuando el sueño se le agotó y se puso de pie en el acto. A veces le sucedía eso. Se enfundó en su chamarra amarilla, se montó en sus abarcas y se puso en marcha con gran entusiasmo.

Trepó bufando hasta la azotea del octavo piso. Llegó acezando. Casi no se veía la acera del frente. El sauce llorón era la sombra negra y jironada de un espectro. El kiosco era un bulto grande sobre la acera. El bullicio del mercado de las cholitas en sábado no se explicaba con los ojos, sino con la memoria. El velo del agua y la neblina lo ocultaban todo. El silencio total reinaba en las alturas.

De pronto, ese cielo de agua y neblina gris se encendió de fulgor. El sol iba a dar batalla. Las nubes se evaporaron, la lluvia quedó suspendida, y un arcoíris de varios colores cruzó parte del cielo y se enterró en los cerros del sur.

Blanco se sonrió contento. Los pajaritos del sauce llorón trinaron la noticia. Las colinas comenzaron a dibujarse nítidas. La cordillera se pintó de azul. El juvenil rostro de Angelina surgió con la mejor de sus sonrisas.

Blanco se estremeció de inmediato. Estiró una mano hacia el cielo y quiso que Angelina la tomara. Pero no, solo continuó sonriéndole con suma ternura. «¡Llévame!», le imploró. «¡No vuelvas a dejarme solo!». Angelina lo miró con amor. ¿Cómo podría llevarlo? Él era cuerpo y ella era alma. El cielo era para las almas. Solo podía verlo y sonreírle. Ni siquiera hablarle.

Gritó desesperado:

—¡No me dejes solo, Angelinaaa!

Los ojos de la muchacha se llenaron de lágrimas. Ella estaba muerta, Santiago. Los muertos no volvían a la tierra. Se quedaban en el cielo. Ella no debió saltar al vacío sino quedarse junto a tu cama en el hospital. Dejar que el tiempo aclarara los sentimientos de ambos. Pero saltó porque te oyó decir que no la querías. Qué cruel. Que tan solo era una niña. Y que los dos (y era muy cierto) eran apenas un juguete del abuelo manipulador, capaz de cualquier cosa por conservar las manos del Ché. Por ejemplo: de entregar a su nieta a un humilde investigador de la policía. Pero ella lo amaba aunque no supiera expresarlo bien. Por eso se lo abrazó apenas lo vio. No porque estuviera loca. O porque no tuviera el uso de la razón. Te amaba, Santiago. Y sin ti, mi vida no tenía sentido.

—¡No, no me dejes otra vez, Angelina!

Santiago Blanco estiró la mano, desesperado, hacia el próximo cielo. Su cuerpo se balanceó en la baranda. Un vértigo poderoso lo llevó a mirar la calle y se desequilibró. Un extraño impulso, surgido de sus entrañas, lo animó a saltar al vacío.

Pero una mano lo aferró del hombro.

—¡Cálmese, por Dios! ¿Qué le sucede?

 

Todavía lloraba recostado en el sofá grande de Liliana Wenninger. Él la había visto. Le sucedía algunas veces, y siempre en mañanas de lluvia. Angelina asomaba su rostro entre las nubes y le sonreía. Lagrimeaba. Pero no estiraba la mano. Quizá no podía, realmente. Y Blanco quería morir de inmediato para estar a su lado. Enloquecía de desesperación.

Liliana Wenninger le aplicaba fomentos de manzanilla en la frente. Se había sentado a su lado y sopaba la toalla en un bañador, la exprimía y la dejaba reposar en la frente del hombre.

Blanco le contaba sus penas. Le miraba con deseo los pies descalzos.

—¿Fue el amor de tu vida?

—Con el tiempo, sí.

Porque Blanco conoció a Angelina cuando ella era una muchacha de colegio y él ya tenía años en la policía. Pero Angelina se lo abrazó y lo olió en el ingreso a la casa de su abuelo. Le dijo que lo quería sin saber nada de él, ni siquiera su nombre. Y se lo raptó cuando salía de la misma casa, y se abrazaron, y se besaron, en un cuarto de alquiler. Pero luego, a las pocas horas, unos hombres lo molieron a patadas y lo dejaron mal muerto en el hospital. Casi un vegetal.

—¿Qué querían?

—Las manos del Ché.

Destrozaron su cuarto de la calle Calama y se llevaron la caja. Pero era una trampa del abuelo. La verdadera caja era otra. A Blanco se le pagó para que se hiciera pegar una paliza. Eso fue, en buenas cuentas.

—¿De ahí tu cojera?

Sí. La cojera aparecía como Angelina, alguna vez. Y se iba siempre. Y cuando se le presentaba, en una pierna o en otra, él se quedaba pensando en la muchacha. Porque esa última mañana, convaleciente en el hospital, él le dijo con poca voz que todavía era una niña, que debía crecer. Y ella saltó al vacío por la ventana.

—Me dejó viudo sin casarme.

Liliana Wenninger le aplicaba los fomentos y le peinaba las canas de las sienes. Sus uñas, violentamente rojas y largas, se hundían en su cabello y le raspaban el cuero. Parecía estar mimándolo.

—Yo soy triplemente viuda.

Blanco se le quedó mirando sin palabras. La bella mujer lo afirmaba levemente con la cabeza. «Tres veces viuda», repitió. Su mirada de miel se apagó. Sus labios húmedos se marchitaron. Una lágrima quedó atrapada en sus largas pestañas con rímel.

—¿Y se te aparecen como mi Angelina?

—Sí, pero en mis pesadillas.

La caldera comenzó a pitar en la cocina. La mujer caminó mostrando lo que ocultó con el bolso el día de su arribo. Blanco se sintió reanimado y muy curioso. Se puso de pie (las abarcas bajo el sofá) y fue a tomar un café con quien ya le había salvado la vida.

—El primero murió a los meses de casados. Yo tenía veinte años. Era ingeniero y se murió saliendo de la explosión de la mina, de un fulminante ataque al corazón.

Blanco se llenó el jarrón de café y le pareció un poquitín amargo. Se aumentó azúcar de inmediato. La mujer le contaba parte de su vida dejando que él la mirara a placer. Se limpiaba las lágrimas y se jalaba las patitas de gallo que se insinuaban en sus ojos. Fruncía la boca para tragar un posible llanto y Blanco imaginaba que le estampaba un beso impregnado de amor y deseo. Movía las manos de dedos largos y tejía una telaraña que atrapaba a su interlocutor. Lo fascinaba con su belleza.

—El segundo se me murió hace cinco años. Era cirujano. También de un ataque al corazón. Teníamos un año de casados.

Metió sus dedos entre los cabellos del cerquillo y los peinó para atrás y para un costado, descubriendo su frente. Se distrajo jugando lentamente con la cucharilla. ¿Pensaba en el tercero? ¿Buscaba las palabras? Suspiró y enfrentó el tema.

—El tercero se me murió hace un año y medio. Era banquero. Estaba en reunión de directorio, reclinó la nuca en su silla y se acabó. También le reventó el corazón. Teníamos menos de un año de casados.

Blanco apuró su café para leer la borra. Miró con cuidado, buscó una señal o signo cualquiera, pero solo le pareció una basura. La señora Lobo embaucaba a todos con sus fantasías.

Ahora lo miraba la mujer. Blanco siguió con la mirada en el fondo de la taza.

—¿Comentarios?

Quizá se le escapó:

—La Viuda Negra.

 

Santiago Blanco había besado a Liliana Wenninger en la boca. Fue un beso largo. Además, la había agarrado de la cintura. Luego la puerta se cerró tras él con el inconfundible golpe del arrepentimiento.

Bajó las gradas al segundo piso temblando de emoción. Y al primero sin dar crédito a lo que sucedió. Él había dicho aquella estupidez pero no pareció importarle a la mujer. Tal vez ya se lo habían dicho más de una vez y no se sorprendió. Rodeó la mesa para disculparse agarrándole la mano, pero ella se puso de pie y quedó respirando su aliento. En sus ojos parecía contenerse la furia.

Entonces la besó.

El corazón le brincaba en el pecho de la pura emoción. Caminó hacia la acera y se quedó mirando el ajetreo del sábado. Deseaba distraerse. Los vehículos se amontonaban en la cuadra, se estacionaban en doble o triple hilera y los colectivos ya no podían pasar. Los bocinazos protestaban de inmediato. Los insultos afloraban. Un policía de tránsito se las tomaba con calma mientras la casera de la acera, cubierta por una sombrilla inmensa, le servía un vaso de durazno hervido con pepa.

Dos carteristas descansaban la espalda en el grueso tronco del sauce llorón. Un perro amarillo estaba recostado a sus pies. Un señor caminaba la acera con dos bolsas pesadas en las manos y dos paquetes entre sus brazos y el cuerpo. Detrás de él, su mujer se carcajeaba hablando por el celular. A ratos se detenía para reír mejor. A sus costillas.

Había muchísima más gente. Una rubia de cabello corto y buen busto le sonrió al pasar. Blanco se extrañó. La miró confundirse entre la multitud y la espió atento. Ella hablaba por el celular y movía las manos. Hablaba con las caseras sin dejar el celular y siempre moviendo las manos. Se sentó en un puesto sobre la acera que ofrecía ceviche y siguió hablando con medio mundo y comiendo mientras movía las manos inquietas. Era incansable.

Blanco se sonrió.

Un taxi paró en doble fila y bocineó. El conductor lo llamaba con la mano. Tenía una olla envuelta en un secador que le mandaba el coronel. Sí, y la carrera también estaba pagada. Era chancho, le decía eso porque todo el viaje tuvo que olerlo. Y tenía chuño blanco, papa, arroz y una salsa rara, quizás alemana. Agridulce. Blanco frunció el ceño. El taxista no pareció inmutarse. Había alzado la tapa de la olla solo un poquito, lo suficiente para comprobar con el dedo que no era una bomba.

—Tú harías lo mismo, gordinflón.

—Yo siempre he sido decente, compañero.

—No te hagas. Yo te conozco desde que eras policía. Un abusivo. Te hacías pagar la comida con nosotros.

—¿Quiénes eran ustedes?

—Los delincuentes comunes. Ustedes nos alojaban en las celdas del patio.

—Hubiera querido sentarte en el escritorio del comandante, créeme.

El taxista arrancó. Blanco caminó hacia su cuarto con la olla tibia en sus manos. La depositó sobre un suplemento para no manchar la mesa y se sentó en la silla. También encendió el televisor. En esa posición le salían el canal nacional y los tres departamentales. A cuál peor. Puras noticias malas y pésimas. Las deportivas.

 

Margarita llegó corriendo a la parada del colectivo con media hora al menos de retraso. Una emergencia. Una inyección a un diabético. Un pobre hombre que vivía solo. Que se estaba muriendo solo. Llegó agitada, con el corazón en la boca y una mano sobre el sombrero para evitar que la pelusa de su cabello se enredara por la brisa.

—Además me dormí. Ni recordaba que debíamos vernos. Y de pronto me acordé… ¡Qué susto! ¿Te pasó alguna vez?

Salieron de la ciudad bordeando la laguna Alalay y cruzando por una avenida entre dos cerros dinamitados. El caserío continuó como siete o más kilómetros y luego afloraron los cerros con algo de vegetación debido a las lluvias. Margarita decía que no tenía costumbre de salir al campo. Una vez su madre la había llevado a Quillacollo, a la iglesia, pero no le gustó chocar con tanta gente. Así que viajaba en avión a La Paz, o a Santa Cruz, viendo solo cielo. También viajaba a Miami, claro, aunque últimamente iba más a Buenos Aires porque le fascinaba el tango. Pero al campo nunca. No se le había ocurrido. ¿Qué había en el campo, Santi? Además, le daban miedo los bichos.

—Los pollos se pasean vivos.

El colectivo avanzó humeando por la carretera. Sobre la loma de un cerro pelado se tenía como cien casitas del programa social, todas vacías, y un lote de turriles oxidados. ¿Qué era eso? ¿Un pueblito? Margarita miraba todo con suma atención. Un negociado típico. Y más allá, colgada de unos cerros hermosos, una casota blanca con unos niños rubitos y varias vacas gordas y petulantes. («Son los dueños de un periódico»). Después nada. El colectivo seguía su marcha metiendo bulla desagradable con su radio rota.

—No conozco nada, Santiago. ¿A dónde va esta carretera?

Blanco suspendió las cejas. Esta carretera va a Tarata donde nació el general Barrientos. Y Melgarejo. Y se metieron por sus callecitas de polvo y barro mirando los balcones de la Colonia. Precioso todo, pero a punto de caerse. Se sentaron en la plaza para escuchar trinar a tanto pajarito feliz. Y visitaron el mercado para comer choricitos embutidos en tripa de conejo cuy. Con trigo pelado. Con queso de chancho.

—¡Qué lindo todo! ¿Y de verdad la gente vive aquí? ¿Y toda su vida? Yo creo que solo vienen los fines de semana. Yo no podría pasarme la vida en tanta quietud pese a su belleza.

—Viven aquí. Y son felices. La gente se entierra sonriendo y hartada.

En otro colectivo salieron hacia Cliza. A Margarita le encantó ver a tanto campesino vestido de domingo. El sombrero, la camisa y el saco, los pantalones y los zapatos. ¿A dónde iban? A la misa. Al abogado. Quizás al médico. Al mercado. Las tiendas del pueblo ofrecían sus productos sobre la acera. Los vehículos se estacionaban entre los burros y las mulas.

—Queremos pichones, mamitay. Con su caldo y una papa. Con llajua.

La doña elevaba el fuego, hacía hervir otra vez el caldo. Mientras, en una sola visita, limpiaba la mesa con un trapo húmedo, dejaba el pan, la sal, los cubiertos y las servilletas de papel sábana. Volvía a su lugar sin dudar de nada. Servía dos platos hondos, humeantes, y los depositaba en la mesa.

—Aquí empezó la toma de tierras antes de la reforma agraria. Con los campesinos cliceños. De Ucureña. De Ana Rancho. De vacas, en Arani. El país les debe ese hecho.

—¡Oh!

Margarita miraba sorprendida a Santiago. ¿De cómo sabía tanto? Le tenía que avisar qué leía. Ella había estudiado en un colegio de la ciudad y se sentía ajena a todo. Una extranjera. Ni siquiera tuvo la curiosidad para preguntar. Qué vergüenza. También estudió en la universidad, pero siempre se hablaba de otra cosa.

—Soy punateño. Es charla obligada de indios y cholos. Nos sentimos orgullosos de haber participado de la revolución del 52.

Subieron a otro colectivo para llegar a Punata. Blanco reconocía su ciudad pero desconocía cada cuadra. Las calles tenían asfalto rígido, aceras, comercio y tráfico vehicular importante donde antes se tuvo huertas, casas y calles terrosas. También había un coliseo nuevo y una iglesia tan grande e imponente como una catedral. Blanco frunció el ceño, porque en su niñez ese espacio le servía para cazar pajaritos. Y casi no habló ni una palabra de nada mientras comían humintas de olla en un patio de piedra con la puerta abierta. A los minutos, una mujer bellísima salió del fondo del restaurante de la acera del frente, seguida por un niño y un pato negro, muy afanosos los dos. Ella se les rio un momento y les hizo mimos rascándoles la cabeza (el pato incluso estiró su largo cuello). Se quedó en la puerta mirando hacia ambos lados de la calle y tonadeando una melodía. A Margarita le encantó la escena. Por un momento estuvo con el tenedor al aire contemplándola. A Blanco, en cambio, esa mujer le dolió severamente en todo el cuerpo. Dejó de comer y frunció el ceño.

La mujer le indicó algo a su niño y todavía se quedó un ratito más. El cabello negro, grueso y ondulado, aún le goteaba sobre el vestido. Ella se lo exprimía doblando el tronco a un costado. De pronto, reparó en la pareja de citadinos comiendo huminta en el patio arbolado del frente y se les quedó observando. Cruzó su mirada con Blanco y parpadeó unos segundos, quizá sorprendida. De inmediato giró el cuerpo y regresó al interior de su local un tanto apurada, llevando al niño de la mano contra su voluntad y seguida del pato que, en su negrura, tenía cola blanca. Y desapareció.

Blanco apuró el trámite del pago del consumo para salir del local. En la esquina se subieron al colectivo rumbo a Arani. Margarita observó que la vegetación disminuía, que soplaba una brisa persistente y que el camino se perdía trepando los cerros desnudos hacia otro cielo.

—Es el camino a Mizque y Aiquile. Muy cerca queda Vacas. También su laguna.

Margarita quedó fascinada con el templo de Arani. Dejó sentado a su acompañante en una banca y ella recorrió los pasillos con verdadera calma. Blanco la vio palpar los muros de piedra y abrazarse a las columnas. La vio de rodillas ante San Idelfonso y persignarse frente al altar. También la vio salir del templo y retornar con un par de cirios que dejó encendidos sobre una charola de fierro. Se arrodilló por varios minutos y volvió a su lado.

Susurró: «Muchas gracias por este inolvidable paseo».

 

El lunes despertó apurado por los silbidos de un dulce ulincho. Pensó que el pajarito se había confundido de puerta, o de árbol, porque luego de unos segundos se calló. Él se reacomodó en el catre y pensó dormir hasta las seis y media y nada más. Sus amigos necesitaban de él.

Lloviznaba y hacía algo de frío. Blanco subió las gradas bufando sin pensar en el sueño de los vecinos. El viento de la víspera había depositado una bolsa de nylon en un rincón. La cordillera lucía con nieve en la cresta y Blanco se repitió lo que había escuchado siempre a los mayores cuando era un crío: «Buena cosecha». Las colinas de San Pedro se veían veladas por el agua, y la de San Sebastián, al sur de la ciudad, parecía estar gozando de los primeros rayos de sol.

Era una llovizna que limpiaría el cielo de smog. El polvo amarillento de las ladrilleras se asentaría. También las partículas de las heces, debido a que la ciudad, siempre al sur, era una alcantarilla abierta. Y el polvo de los camiones. La llovizna persistente asentaría todo eso y la gente podría ver su horizonte de cerros a plenitud. Era un valle interesante.

En la acera del frente, bajo la fronda del sauce llorón, un olvidado de la sociedad, cargado de dos bultos y acompañado de un perro, meaba con gran dedicación contra el tronco. ¿Y qué meaba? Si seguro que no tenía ni agua para beber. El hombre comenzó a dar de brinquitos, se acomodó todo en su lugar y siguió su camino hacia el mercado de las cholitas.

Blanco frunció el entrecejo. La mendicidad le encogía la piel del alma y le recordaba su propia, aunque breve, experiencia. No se comía, tampoco se bebía, y para colmo uno debía ocultarse detrás de los árboles. La gente lo miraba peor que al perro. Como a una sarna. Se volcaban las caras. Se cerraban las ventanas. Se echaban llave las puertas. El mendigo se quedaba aislado de la realidad social. Daba ganas de matarse.

Se quedó mirando el kiosco. Pese a la distancia de ocho pisos, creyó advertir un ligero temblor en su estructura. Parpadeó un par de veces para sacarse el agua de las pestañas. El kiosco volvió a temblar. A veces sucedía que despertaba y veía todo borroso y granulado como la pantalla de tv fuera de horario de programación. Sus lentes internos necesitaban lubricarse por un momento. Había que cerrar los ojos con paciencia. Luego, abriéndolos, se veía la realidad del entorno tal cual era. A colores.

—Gladis.

La mujer de buen ver, rellena de carnes donde hacía falta, trabajaba afanosa quitando las barras de fierros y los candados del entorno, todas las ventanas de madera, y dejaba al descubierto el interior menudo del kiosco. Blanco observaba el detalle. Ella entraba y salía. Estaba vestida con polera, vaqueros y zapatillas, y no parecía importarle la llovizna. En un viaje cargó los tres taburetes encadenados y los dejó frente al mostrador. En otro cargó dos garrafas vacías de gas y las dejó sobre la acera a la espera del camión de la empresa. De inmediato salió con un balde azul lleno de agua y jabón y se puso a refregar la cubierta.

Blanco comenzó a silbar como los ulinchos.

Al quinto intento, Gladis lo divisó y sonriente le batió la mano por un largo rato.

El hombre infló los pulmones de felicidad. Muy distinto era el amor a los antojos. Viendo a Gladis se evaporaba su sentimiento de orfandad. Se sentía completo y en paz. Un hombre enamorado.

Bajó las gradas silbando. No le importó despertar al canario. Y rezó lo que pudo en el quinto a la memoria del albañil, que poco a poco se iba convirtiendo en su santo preferido. Y pasó por el cuarto. Pero en el tercero se abrió la puerta y una mano de uñas rojas y violentas lo atrapó del cuello.

La bella mujer lo besó y cerró la puerta a sus espaldas.

Blanco emergió del torbellino de piel y sangre con poca conciencia. El mundo giraba en su cabeza a una extraordinaria velocidad. El perfume de la mujer se le había quedado impregnado profundamente en la nariz, en las manos y en la ropa. Y sus «¡ay!» le resonaban en la cabeza acelerando el ritmo de su corazón.

 

Por eso bajó hasta el garaje y se metió en la ducha. Algunas mujeres salían de uno con agua y jabón. Se lavó el cabello frotándoselo con rabia y risa. Se refregó la piel con trapo enjabonado. Se lijó los codos y talones con la piedra del río y se quedó bajo el chorro hasta recuperar su yo esencial.

Se vistió de domingo y recién se animó a cruzar la avenida.

—Por fin vienes. ¿Te has concubinado con alguien? Con quién. Yo te he silbado a las seis, para meterme en tu cama.

—Te he extrañado meses hasta que me he dormido. Un día más y tal vez me encontrabas muerto de amartelo.

Quedaron abrazados dentro del kiosco. Gladis le susurró en la oreja que lo había extrañado. Muchas noches se había soñado con él haciendo su travesura. «Me tienes que poner al día». Se volvieron a abrazar. Le contó de su hijo, pero pronto se le quedó hablando de su nieto.

—Se llama Tiago, no sé por qué. Varios niñitos se llaman Tiago ahora.

Hace monerías todo el día. Me lo he comido a besos. Tengo sus fotos. Qué pena tener que dejarlo.

(«¿Tiago? ¿Qué costaba ponerle Santiago? Cincuenta centavos»).

—¿Dónde están? ¿En Sanandita? ¿En Palos Blancos?

No, ya no estaban en esos lugares. Ahora estaban en Villamontes por razones prácticas. Su hijo trabajaba en campamento y su nuera y su nieto se quedaban en esa ciudad donde había de todo. Ya eran chaqueños. La gente era muy linda. Daba ganas de trasladarse allí. A ella le estaba tentando esa idea. Inclusive se veía más circulante.

—Mi nuera quiere que abramos una sillpanchería.

Gladis se le quedó mirando a los ojos, pero Blanco solo parpadeó. A él, el calor le provocaba granitos menudos, unos sobre otros, con la punta llena de agua. Lo escaldaba de la entrepierna y tenía que caminar como los jinetes. Además le provocaba sed y no de agua. Se agarraba a manotazos la cara y los brazos por los zancudos. Difícil asunto para un valluno de tierra adentro.

Pero en realidad contestó otra cosa: «Me podría pelear a machetazos con los matacos y los chiriguanos. Te quedarías viuda el primer viernes de soltero».

Gladis se trepó a un taburete para enjabonar la cubierta. El balde a su lado, en otro taburete. Blanco continuó hablando sobre los riesgos sabidos del Chaco, pero ella ni siquiera pareció escucharlo. Entonces él se sentó en el tercer taburete y le contempló las piernas enfundadas en los vaqueros. El traste. Y se fue quedando callado porque le ganaron las imágenes de veinte o más años atrás, cuando Gladis se llamaba simplemente Soledad.

Su locura. Su camotera.

Blanco era gordo pero no tanto. Su oficio de investigador lo sujetaba al límite. Ya casi era un cuarentón pero hervía de deseos carnales. Por eso se filtraba al clandestino al lado de su casa, en la calle Calama. Bailaba con una, con la otra, pero Soledad se le escabullía. Las chicas lo visitaban para la siesta, pero ella no. Le decían cosas sabrosas desde el balcón y le pedían que las invitara a comer sillpanchos. Pero Soledad no.

Gladis comenzó a hablarle mientras lavaba el techo.

—Te vas a quedar bien solo. Ya tienes cincuenta y seis años. No tienes hijos, no quieres ser abuelo de mi nieto… Yo he vuelto por ti, a recogerte. Y tú te me burlas. Todo el viaje he hecho en vano. Ni siquiera me dices «lo voy a pensar». Yo te estoy hablando muy en serio. Te estoy ofreciendo que hagamos un hogar.

Blanco asintió con la cabeza. Un hogar en Villamontes. Gladis con el crío en las mañanas y con los sillpanchos en las tardes y noches. Él estaría con la cerveza fría todo el día. ¿O también le habrían pensado un oficio? A veces uno era sorprendido. Quizá parchador de llantas. Quizás un pequeño negocio de baterías y repuestos aprovechando el contrabando argentino. O tal vez, en el mismo local, pero al mediodía, freidor de sábalos.

Gladis continuó hablando sin verlo pero haciéndole gotear agua con jabón. Él se reubicó. La mujer frotaba el techo y trituraba su cintura. Pensó que no estaba mal. Todo lo contrario: estaba muy bien.

Pero igual se alejó unos pasos del lugar y se trepó a un colectivo.

 

El policía estaba atareado pero se satisfizo poniéndolo al tanto de su delicado trabajo.

—Veinticinco fríos para veinte mesones. Deberíamos suprimir toda la mierda del Año Nuevo y seguir de largo con el viejo. Nos ahorraríamos los muertos. ¿Sabe qué he hecho? Entre y mírelo.

Le encendió la luz y lo invitó a pasar. Blanco caminó hacia el primer mesón y se sonrió de inmediato con la indiecita feliz entre los brazos de un gordo. El hombre parecía dándole calor. En la calle no le hubiera regalado ni una moneda. Es más, se hubiera cruzado a la acera del frente pensando que ya era tiempo que un camión recogiera a los pordioseros para echarlos a los cerros. Pero en el segundo mesón había trenzado de brazos y piernas a dos hombres. Parecían luchando. O bailando. O amándose como podrían hacerlo dos hombres de un gimnasio. Uno era un tanto alto, bien flaco, pero fibrudo, que coronaba su labio superior con un finísimo bigotillo negro tipo paja, capaz de esconderse bajo la uña de su meñique. El otro era un retacón casi calvo, con unas manazas ideales para estrangular toros mientras miraba tv. Juntos se complementaban como pareja. En el tercer mesón estaban dos mujeres. La de pollera tenía la cara tajeada desde la oreja hasta la comisura derecha de la boca. Tenía las trenzas anudadas al cuello, lo que la obligaba a mantener la base del cráneo contra su espalda. Su pareja era una mujer de vestido, con un diente de oro, los ojos achinados en blanco, y tenía aferrado un monedero en la mano derecha, oculta de los ojos de cualquier polizonte, y las uñas llenas de carne humana.

No quiso ver más.

Salió del ambiente sorpresivamente indispuesto del estómago.

—Nadie viene a reclamarlos. Dirán: «que se haga cargo el Estado». Los que van a hacerse cargo son los carroñeros de medicina. Y los van a cortar y dejar en el puro hueso pelado.

—¿Viene hoy la fiscal?

—Viene si no ha farreado ayer. Le gusta la buena vida. ¿Por qué cree, si no, que está siempre de mal humor? Seguramente le duele el hígado. ¿Se imagina de qué tamaño es ese hígado? Alcanzaría para sacar de la anemia a media África.

Blanco abandonó la morgue y cruzó al parque de enfrente. Se sentó mirando la puerta por donde la fiscal debía llegar. El tráfico vehicular era de alta concentración. Los colectivos iban uno detrás de otro. Bramando y bocineando. Y había tanta gente como para llenar una tribuna del estadio. Los jóvenes corrían hacia las aulas de medicina. Los viejos también pero al hospital. Los comerciantes tenían la espalda contra la verja y ocupaban más de media acera. Ofrecían carpetas, lapiceros, papeles, chicles y dulces, pan, peines, ligas, botones y clips. Todos chillaban. Hasta un perro con la pata atropellada.

La fiscal apareció en su asiento. Blanco se sorprendió.

Dijo ella: «El factor sorpresa es importante no solo en el fútbol».

Blanco se sonrió curioseando de soslayo a retaguardia.

Margot Talavera miraba sus papeles un rato antes apretujados contra su pecho.

—Vengo de dictar clases. Empiezo a las siete menos cuarto y los largo a las ocho porque me da hambre. Le invito unos rellenos de papa al frente.

Cruzaron la avenida sin que importara el tráfico. La fiscal caminaba a buen paso por delante y Blanco trotaba detrás. Un ciclista frenó asustado de lo que veía venir y se desparramó en el piso.

—Usted es Blanco y yo soy la fiscal.

Se habían sentado en un kiosco dentro de la facultad de medicina. La fiscal, aún unos pasos antes de llegar, ordenó con los dedos a la encargada. La señora, que atendía cinco mesas bulliciosas de catedráticos y alumnos, y que sostenía dos charolas de metal, desapareció al interior de su negocio a buena velocidad.

—Tienen detenido a mi amigo en Chicaloma.

—Mi alumno tampoco apareció. Quizá ya esté destinado a la frontera.

—Y mi amigo Abrelatas está intimidado.

La señora depositó dos olorosos platillos con rellenos de papa. Cada platillo con un relleno alargado de queso y otro redondo con carne.

—Ahora les traigo la llajua. ¿Algo de tomar?

—Agua. Las gaseosas engordan. No por el gas, precisamente, porque eso se elimina al caminar. Sino por el azúcar. No sé qué opina el caballero.

Blanco quedó nuevamente sorprendido.

La señora desapareció entre las otras mesas.

—No se olvide que estamos trabajando algo mucho menor que incluso una tesis. Lo suyo es un pálpito. Así que tampoco me pida que lo acompañe en el dolor. Yo no lo conozco tanto como para valorar sus pálpitos. ¿Cuál fue el último que tuvo? ¿Lo confirmó?

—No lo recuerdo. Que Bolivia iba a ser goleada por la Argentina. Y fue goleada. Pero ahora solo me palpita la barriga.

La fiscal mordió la punta del alargado como una gatita y lo masticó y trituró con los dientes. Cuando parecía a punto de derramar el bocado, se lo recogió del vacío con la lengua. Volvió a morder otro pedacito menudo y puso a trabajar sus dientes de felino menor.

Blanco la observaba sin disimulo.

—Si su amigo negro no se comunica, que viaje su amigo delincuente.

Blanco comió primero el alargado porque el queso le provocaba sed. Luego el redondo para quedarse con el sabor de la carne y su poco de caldo en el paladar. Se limpió la boca con una simple servilleta de papel. Pensó que en el mercado las vendedoras eran menos roñosas.

—Puedo buscar a su alumno en la policía si usted me da el nombre. Es probable que quede alguien de mis tiempos y me ayude a encontrarlo.

La fiscal dejó de mascar para mirarlo fijamente. Lo estaba pensando. Retomó su masco de liliputiense y pareció tomar una determinación. Alzó una mano para que Blanco la esperara comer.

—¿Y cómo se lo preguntaría? ¿Y por qué él le respondería?

—Y a usted, ¿por qué sí lo haría?

—No sea tonto, hombre. Por la calificación, está claro.

Blanco frunció el ceño. La mujer subestimaba su inteligencia. Dejó que terminara de mascar su pedacito para contestarle: «Yo le ofrecería su calificación, si usted está de acuerdo».

 

Desanduvo el camino que días atrás había hecho con Abrelatas. Volvió a detenerse en el puesto con sombrilla de refrescos de durazno hervido con pepa. El perro lo miró con un ojo mientras dormía con el otro. La casera le sirvió un vaso que rebalsaba y luego le aumentó un poco más.

Bebió mirándose a los ojos con una abeja.

Siguió su camino en medio de estudiantes tatuados y bulliciosos, y se tuvo que aguantar más de un empujón producto de sus juegos tontos. Más cerca a la plaza principal, los abogados intentaron jalarlo a sus cubículos y hasta alguno hubo que se le paró al frente.

—Hago minutas de transferencia por cinco lucas. Divorcios por cien.

Blanco continuó su camino. Llegó a la puerta de la policía cruzando la plaza. Sorteando activistas de izquierda que vociferaban que el gobierno ya se había vendido al capitalismo. Acaba de firmar la exploración dentro de los parques naturales. Ha ido a ponerse de rodillas ante los empresarios gringos. Se ha vuelto amigo del presidente francés. Ya no juega al fútbol, sino a beisbol. Es una burla, compañeros. Debemos reaccionar.

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