Que te vaya como mereces

Gonzalo Lema · Capítulo 4 de 7

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Que te vaya como mereces

Santiago Blanco dejó de leer porque una…

Santiago Blanco dejó de leer porque una sombra muy gruesa le quitó toda la luz de la puerta. Se quedó esperando con el periódico abierto de par en par entre las manos, mirando sin dar crédito a lo que sus ojos le indicaban. Una mujer muy gorda, vestida con un trapo simple que le colgaba desde el cuello anillesco hasta los tobillos deformes y calzada de chinelas atrapadas entre el dedo gordísimo y el otro, había quedado trancada en el marco de la puerta con grave riesgo de la precaria estructura del depósito. La mujer no pareció molestarse con el impedimento fortuito. Estrujó mejor los papeles entre las manos sobre el pecho enorme y dio un decisivo paso adelante. Un ruido de ladrillos quebrados coronó su esfuerzo.

La mujer miró a los hombres como tratando de explicar su esmirriada presencia. El Abrelatas se comprimió en su silla, pero su mano izquierda se hizo pronto de la navaja dentro del bolsillo. Blanco la miró expectante.

La mujer chasqueó la lengua buscando saliva. Bamboleó su cabezota mientras terminaba de entender lo que el policía le había dicho. Parecía un animal de otro tiempo histórico.

Su voz grave volvió a estremecer las paredes.

—¿Quién va a denunciar? ¿Y qué?

El policía metió su cabeza en el depósito para observar el susto obvio de los dos hombres. El Abrelatas no se animó a hablar. Blanco se puso de pie y extendió una mano traspirada en extremo.

—Soy Blanco. Santiago Blanco.

La mujer lo observó un momento. Tenía media cabeza por encima de la del hombre y más de veinte kilos a su favor. Su mirada era un taladro en funcionamiento que intimidaba a cualquiera. Blanco esperó lo peor.

—Está bien. Yo soy Margot Talavera, la fiscal de la policía. ¿A quién diablos se le ha perdido qué?

Dijo y le estrechó la mano más bien débilmente. Como un trapo algo mojado.

Blanco quedó contento con la suave piel de la fiscal. Casi se sonrió. No era lo que había imaginado en un principio. Una piel gruesa. Un cuero de surubí. Más bien la halló delgadísima. Apenas protegida por una crema alemana. Pensó en la ternura manifiesta de los grandes animales del mar.

Sonriente, apuntó hacia atrás.

—Se han robado el cadáver del hijo de mi gran amigo. Anteayer lo vio y ayer ya no estaba. El portero lo niega.

Margot Talavera lo escuchó moviendo su cabezota. Luego pellizcó el montón de papeles en busca de alguno. Lo jaló para ponerlo encima del resto y se puso a revisar nombre por nombre mientras masticaba un lapicero por la punta. Parecía un trabajo sincero.

—Esta es la lista, y no falta ninguno. ¿Cómo se llamaba su hijo?

—Pedro Quiñones. Veinticinco años.

Dijo el Abrelatas con dignidad seca.

La mujer volvió a chequear. Avanzó cada nombre con calma y hasta se remontó a listas de días pasados. O era el chamuscado o no era nadie. Ni siquiera para hablar de ningún NN. Leyó de nuevo sus papeles y comenzó a bambolear su cabeza negativamente.

—Solo queda el quemado. No tenemos constancia de otro cadáver en nuestros archivos. Si quiere se lo lleva para no llorar al vacío y listo. Si no, a esperar. La policía tarda pero llega.

Blanco se extrañó de la sugerencia. Frunció enojado el ceño.

El Abrelatas aferró su navaja en el bolsillo.

La gorda se alzó de hombros. Giró el cuerpo en redondo y cruzó con muy buena velocidad la puerta rompiendo otra vez la pared.

 

Una mañana lluviosa era suficiente para inundar la ciudad. Justo en la esquina de la morgue coincidían la pendiente este y norte, y el resultado era una laguna donde solo faltaban los patos y un cazador. Había otras más y quizá peores. Una rumbo al cementerio, que Blanco solía visitar cuando la nostalgia lo llevaba al recuerdo de su tía Julieta. Y otra cerca al mercado ferial de San Antonio. La prensa informaba con imágenes vivas, a colores, y el alcalde se defendía a ciegas, echando mano a astucias muy propias de los políticos. El recolector de agua ya estaba en diseño final. La gente echa la basura a los desagües. Ha llovido como nunca. O la contundente: todo esto debió haber sido hecho por la gestión anterior.

La situación mejoraba caminando hacia el norte. Las avenidas lucían sin agua acumulada. Los desagües pluviales funcionaban y desembocaban en el río. Los vehículos no salpicaban a la gente de las aceras. La ciudad se mostraba simpática, con aire modesto de vieja pero con alguna pretensión. Parecía una ciudad planificada por arquitectos para gente de la tercera y última edad.

El letrero Edificio Uribe se leía desde dos cuadras, pero había que buscarlo entre los edificios previos. Y su torre de ocho pisos concluidos no desentonaba con la vecindad de otras torres. Desde la esquina, o desde bajo el estrecho alero del kiosco de Gladis, se divisaba también el pintoresco y surtido mercado de las cholitas que se llenaba de gente solo los sábados. En la acera del frente, el viejo y poderoso sauce llorón cobijaba a los peatones miserables fatigados por la vida. Y a los numerosos perros vagabundos.

Santiago Blanco dejó de pensar en el drama de su amigo y cruzó toda la avenida esquivando los vehículos detenidos por el rojo. Una vagoneta fina se desplazó unos centímetros amenazándole el paso. Blanco se detuvo. El vehículo también. Él retomó su marcha y la vagoneta avanzó otro poco. Un palmo, como mucho. No cedió a la tentación de mirar al conductor. Dio un paso decidido y cruzó hacia la acera del frente. Escuchó unas risotadas y alguna palabrota del hombre y su acompañante. Seguramente era gente del 11 de enero. Los bates para golpear indios y cholos todavía estarían debajo de su asiento.

Pudo ingresar hacia su cuarto por la puerta de garaje, pero prefirió el ingreso de los copropietarios y coquetear muy audaz con la bella señorita farmacéutica Margarita. La vio a través de los ventanales atendiendo a un señor con bastón, muy parecido a Daniel Salamanca, y también advirtió a una señora gorda, con un perro faldero, esperando impaciente su turno. Por eso se limitó a lucir su sonrisa y batir la mano, y continuar su camino por el pasillo. Ella lo saludó amablemente con la cabeza.

Blanco suspiró profundamente prendado de amor.

En su cuarto se tendió en la cama destendida mirando el techo sucio. Pensó que su aposento se parecía a un calabozo, porque su cama encajaba exacta a lo ancho y apenas sobraba lugar para la mesita y la silla, el ropero plegable y un cajón de cartón. Pensó que de todas formas era mucho mejor que vivir bajo el puente.

No quiso amargarse recordando esos días. Se vistió el pantalón corto, alzó la toalla áspera y se dirigió a la ducha pasando por la lavandería de dos fosas. Mientras se bañaba silbó una y otra vez la cueca del Wilstermann.

De vuelta a su cuarto sintonizó la radio en el informativo. Pronto se puso a barrer el piso, a desempolvar los tres muebles, la ventanita, la puerta y el foco. La radio informaba de las inundaciones en el trópico, de la sequía en las provincias del cono sur y de otro caso más de feminicidio. Un policía violento y borracho. De inmediato la radio permitió la opinión de cuatro de los oyentes. Una de ellos sugirió que a esos asesinos se los castrara. Que sus bolas se las dieran a los perros, con perdón del radioescucha. A ver si así aprendían. Malnacidos todos. Otro dijo que se debía poner candado a la policía y arrojar la llave al río.

Volvió la música.

El hare krishna del sexto, sentado en el botagua de la ventana, lucía como un canario. Tenía la cabeza rapada y un mechón olvidado en la nuca. Un camisón anaranjado y sandalias. Sus pies blanquísimos brillaban con el tibio sol. Algo le dijo desde la altura que Blanco no entendió. Tampoco le importó. Seguramente lo estaba bendiciendo con toda su bondad.

No volvió a mirarlo.

La radio informaba sobre el juicio a los terroristas en Santa Cruz. El juicio llevaba tantos años que los procesados se burlaban del juez. Algunos inclusive lo desafiaban. Escuchó una grabación y el encausado le decía al juez que su casa era un arsenal para la guerra separatista. Bien haría, juez, en ordenar que la demuelan y desentierren los cañones. Otros procesados se reían. Y también encontrarían el cadáver del teniente Omar Castelli. Ya no lo busquen más, amigo. Está muerto. Está enterrado en mi casa. La risa de los encausados se mezcló con los silbidos.

Ambas eran la gran noticia en un país sin grandes noticias.

Blanco cambió de dial y escuchó música del ayer.

Cerca al mediodía subió hasta la azotea en el octavo y vigiló que el mundo estuviera en su lugar, que nadie le robara nada. En su ascenso lento y cuidadoso de las sorpresas del pobre corazón escuchó a la señora Lobo, en el quinto, dirigirse a los espíritus reclamándoles más virtud para leer el futuro de la gente. Él también se detuvo a persignarse y rezar por el muerto que descansaba en una de sus columnas. Luego continuó hasta el octavo y buscó aire con desesperación.

La lluvia ya estaba en las colinas. Miró su amado Longines y calculó en diez minutos su arribada a la zona norte. Le hubiera gustado fumar, pero no solía comprar cigarros. Metió su mano en los bolsillos y volvió a silbar la cueca de sus amores.

A los quince minutos comprendió que la lluvia ni siquiera se movió de las colinas del sur. El velo de agua estaba quieto sobre esas porciones de tierra y piedra donde vivían los más pobres de la ciudad. Seguramente ellos aprovechaban para reunir agua en turriles y baldes. De bañarse. En bañar a los perros. Pero luego tendrían problemas porque sus techos eran apenas un remiendo de latas, cartones, calaminas y tela. El agua ya estaría dentro y no habría forma de sacarla. El piso de tierra sería barro. Quizás un charco. Si lo apuraban: una ciénaga pestilente. Su corazón udepista se comprimió del todo.

Con esa amargura bajó las gradas. La puerta del octavo se entreabrió y una viejita animosa, doblada como un crochero, lo saludó con cariño. «A Nuestro Señor le gustaría tenerlo este atardecer. En verano se lo ve risueño, como fatigado por el calor». Blanco le agradeció la invitación. Por supuesto que él haría todo lo posible por visitarla. Y en el séptimo también se abrió la puerta y tres cabezas de muchachitas lo observaron. Se le rieron. Una de ellas lo invitó a pasar estirando la mano. El exinvestigador suspendió las cejas y se sonrió. «No tengo aguinaldo», les dijo. «Pero a fin de mes tendré mi sueldo». Hizo una reverencia leve y continuó su descenso. Para el sexto se quitó las abarcas y bajó en puntas de pie. En el quinto se persignó y rezó nuevamente por el albañil enterrado en la columna. La señora Lobo estaría hablando con su espíritu.

En el cuarto tocó el timbre.

Un hombre de ojos celestes abrió la puerta. Tenía el cabello grisáceo y el bigote amarillento. Las arrugas surcaban su rostro, más una febrilidad se diría eléctrica. Estaba vestido de cura franciscano, con la sotana café y una pita a manera de cinturón. Descalzo. Tenía un crucifijo de plastoformo apoyado en la pared del fondo.

El hombre tardó una eternidad en reconocerlo.

—¡Ah! ¡Es usted! ¿Qué se le ofrece?

—Usted me invitó a presenciar su ensayo.

—¡Ah! ¿Sí?

—Me dijo que necesitaba un espectador.

—¡Ah! Ha debido ser durante mi depresión. Ahora estoy trabajando en soledad, aunque me miro en el espejo de mi ropero. Es de cuerpo entero y me atrapa de manera conveniente, pero tiene defectos porque es industria nacional. La imagen se acanala o bifurca. Se tergiversa. ¿Podría visitarme en otro momento? Yo le aviso.

—Por supuesto. Mi deseo es colaborar con la producción nacional.

Blanco giró el cuerpo hacia las gradas. El dramaturgo lo llamó con algo de desesperación. Lo dejó parado en la puerta mientras rebuscaba en su cocina. Volvió agarrando una bolsa negra con retazos de comida pasada.

—Siempre pienso en usted.

Le entregó la bolsa como si se tratara de la llave de la ciudad. Luego le cerró la puerta en las narices con notoria torpeza.

En el tercero y segundo no vivía nadie todavía. En el primero estaba el londri y la farmacia de Margarita. Miró a través de los ventanales. Ella se afanaba escribiendo algo sobre un papel menudo. Parecía apretando piojos.

Blanco suspiró.

Llegó a la acera y mostró la bolsa a los fatigados de la vida. Eran dos y cinco perros. Estaban guarecidos a la sombra del sauce llorón. Cruzaron la avenida sin dar importancia a los vehículos y llegaron acezantes ante el portero gordo.

—Acaba de regalarme esta bolsa el del cuarto. Huele bien.

Los hombres se lo agradecieron. Los perros batieron la cola.

Blanco hurgó en sus bolsillos y encontró una moneda de dos pesos. Se la dio. Daba para un vaso de durazno hervido con pepa, con su yapa. Se podía compartir. La vendedora se hallaba a la sombra de un sauce llorón en la otra esquina. A unos cincuenta pasos. Frente al mercado de las cholitas.

 

Lo despertaron los tacos cubanos del coronel Uribe. Blanco abrió un ojo al contacto del primer taco con el cemento del garaje. Luego empezó la seguidilla completa, como una manada de ovejas sobre piedras. Él aplanó la almohada, cruzó las manos en la nuca, estiró las piernas y movió feliz los gordos dedos de los pies.

Se dispuso a esperarlo.

El coronel llegó a la puerta, le dio un golpe con los nudillos y sin más la abrió. Era su prepotente costumbre.

—¡Qué buena vida! ¡Descansando a las tres de la tarde!

—Así es la vida de los pobres pero decentes.

El coronel Uribe sintió el golpe. Se alisó el bigote entrecano y dudó temblando de ira de su siguiente paso. Era su edificio, carajo, pero el gordo malcriado, que era su portero y tenía en ese cuartucho su vivienda, parecía el dueño. A veces, hasta lo confundía.

—Si usted tiene pruebas, acuse. No dé vueltas como mosca de váter.

—Lo mismo le digo.

El coronel se irritó. Su portero era un atrevido, pero así lo conoció en la policía, cuando era un investigador asimilado. Malcriado. Contestón. A todos los jefes les hubiera gustado darle una buena pateadura. Quizá se dio el gusto alguno. Él no. Pero aún tenía la esperanza tibia.

Ingresó al cuarto y se sentó en la mesita aplastando un costado de los viejos suplementos culturales apilados. Poco le importó. El mismo Blanco utilizaba ese papel en el inodoro, le quedaba claro. «Es una crítica concreta a la crítica», le había dicho en esa oportunidad. Chino puro. Por eso siguió sentado en esa posición, y más bien jaló la silla para asentar las botas muy bien lustradas.

—Cualquier rato nos cae la alcaldía.

—¿Cuál es el problema? ¿Falta permiso para el letrero?

—El letrero todavía no les importa. Es por falta de aprobación de los planos.

Blanco asintió. El edificio se construyó a buen ritmo hasta el quinto piso y se detuvo en la obra fina como un año y medio. Se cruzó el problema del albañil desaparecido. Pero luego se lo elevó hasta el octavo, rápido y sin mayor demora. Quizá sin aprobar los planos de los últimos pisos. Las grandes reformas.

—Presente los planos aprobados hasta el quinto, también el cálculo de resistencia, y solicite la aprobación de los últimos tres. No creo que sea una multa alta. Es mejor estar a derecho.

El coronel se carcajeó desde las tripas. Se salpicó de saliva el bigote. Apenas pudo contener su cuerpo, como si fuera un tren viejo.

—¿Qué «planos aprobados»? No tenemos ni un solo papel del edificio, Blanquito. Ni siquiera tenemos planos. Todo lo ha hecho ese ingeniero con cara de niño bonito. Ese cojudo que ni controlaba la obra y solo cobraba.

Blanco asintió. Era un profesional que manejaba camionetas viejas, compradas en remate y que visitaba la obra solo los sábados apuradísimo. Le gustaba jugar a los carajazos con los albañiles hecho al piola. No sabía decir si era mezcla o agua sucia. Pero sabía cobrar bien. Además construía sin papeles. Puras ventajas.

El Coronel Uribe continuó:

—Todo es ilegal, pero ni modo que me lo echen abajo. Quieren coima. Quieren eso. Ahora estamos en el tira y afloja. Quieren atemorizarnos. ¿Novedades por aquí?

Blanco, que se sabía observado, negó con la cabeza. Él echaba llave de noche a las dos puertas de ingreso y giraba en rondas cada cierto tiempo, si despertaba. Hacía falta un perro, pero no lo sugería porque tendría que hacerle la lawa. Llevarlo por sus vacunas. A que fornique. Prefería ladrar él mismo.

—He alquilado el piso 3 a una rubia macanuda. Una chapaca. Creo que mañana se traslada. Quiero que la ayudes a subir sus muebles. Máxima cortesía de tu parte, Blanco. Nada de cojudeces.

Se puso de pie rasgando la primera página del suplemento sobre las diversas formas de escribir un cuento según varios escritores jovencitos. Un tema manido. Uno de esos escritores lucía cara de mascachicle sin ninguna vergüenza. A Blanco no le importó que el periódico se rasgara, porque ese tema parecía ser el único para los periodistas. ¿Cómo escribe? ¿Y cuál es el proceso de su escritura? ¿Y sufre mucho al escribir? El mascachicle sabía la respuesta de memoria. Desde sus 15 años que triunfaba.

—Este cuerpito se va. Felices fiestas, Blanquito. No te emborraches y no abandones tu trabajo. Próspero año nuevo.

El coronel golpeó los tacos en posición de firmes. Se cuadró. Cerró la puerta con algo de violencia.

Santiago Blanco se tiró un pedo.

 

El cielo se había tranquilizado cerca a las cuatro de la tarde. La lluvia cesó. Blanco cambió su chaqueta impermeable por una chompa de lana con colores en el pecho. Se montó en sus abarcas y caminó sonriente por toda la cuadra hasta el mercado. Saludó a las doñas de las frutas y le respondieron a pesar de sus afanes guardando sus productos. Desembocó en el patio de las verduras y no saludó a nadie, porque nadie lo miró. Continuó su camino hasta el comedor despoblado y preguntó si alguien tenía un plato de comida para un muerto de hambre.

Algunas doñas se rieron aunque sin muchas ganas.

—Solo me queda k’awi, casero, pero ya no el puchero. Con su caldo y algunas papas algo te lo puedo hacer. Con llajua. Te va a gustar.

Blanco la escuchó atento. Imaginó el plato, la carne firme, del pecho, con la grasa dura, retostada y salada. Se le abrió el apetito ferozmente. (No supo por qué, pero inmediatamente pensó en un cuerpo de mujer). Se sentó muy impaciente esperando sorpresas de la picarísima casera, pero pronto se entretuvo comiendo como gato un áspero pan de batalla súbitamente seco como un pedazo de tocuyo.

Y observando el ambiente epilogal.

El mercado se iba despoblando de vendedoras. Los compradores ya se habían ido hasta la una de la tarde. Luego caían a cuentagotas. Todos los productos se encajonaban. Algunos se guardaban en bolsas con números en enormes refrigeradores. Se echaban llave las rejas de los sitios y se barría y trapeaba el piso de mosaico. Los perros se levantaban cansinamente de un lado e iban expulsados hacia otro. De allí también los levantaban a gritos y amenazas de palos.

Por ningún lado se advertía la acechanza de un carterista.

¿Y acaso la vida era algo más? La gente vivía a su manera sin mayor conciencia histórica. Era feliz. La gente y sus circunstancias muy sencillas, que se consumían cada simple día. El trabajo, la casa y la fiesta. ¿Dónde les fatigaba el país? En ningún lado, porque el país era demasiada abstracción, un complicado ejercicio de especulación intelectual, algo que nunca se veía por ninguna parte. La vida era ese bulto que cargaban en la espalda rumbo a su casa en alguna ladera. Sus niños agarrados a sus polleras. Sus perros por detrás. Su quechua.

No valía la pena pensar más. Se podía vivir bien apostando todo a lo sencillo. Había que extirpar de cuajo el ego, la ambición, la notoriedad o la fama. Se debía apostar a la humildad, al afecto, a la generosidad. Librarse de tanta carga inútil.

Blanco respiró santidad profundamente, con los ojos cerrados, hasta que comprendió que se trataba del aroma del k’awi. Abrió los ojos y halló a su casera de pie observándolo con preocupación sincera.

—Me pasa antes de comer. Desarrollo un éxtasis espiritual por puro hambriento.

Ella asintió. Era una mujer flaca, pequeña, que se movía tan rápido y ágil como un conejo. Tan pronto aparecía en el pasillo, junto a sus mesas, o detrás del mostrador atendiendo sus ollas, o sorprendía comprando recado en el patio central. Tenía un secador amarrado en la cabeza, una bata gris y motas negras (que a Blanco le recordaba a su tía Julieta), y unas chinelas de goma. No sentía frío ni calor. No se quejaba de nada. Blanco la veía desde el mismo día que aceptó ser portero del edificio.

—Un poco más de pan, doñita.

La señora fue y volvió en un segundo.

—Comé tranquilo. Nadie te está apurando.

Y desapareció entre sus cosas.

Blanco se llenó la boca con media papa, algo de arroz flotante, algo de pan y una cuchara llena de caldo colorado por la llajua. Su cuerpo sintió un enorme regocijo desde los músculos del cuello. Cerró los ojos dispuesto a masticar más de veinte veces inclusive el caldo, de hacerse durar el goce, y dio la impresión de estar amando físicamente con fervor.

Su tía Julieta comía así. Cerraba los ojos con la boca llena y agarraba el trapo que la acompañaba toda la vida y le servía para todo. Además, si se trataba de un hueso con tuétano, como los nudos de cordero, iba a la piedra del batán y se ayudaba con el moroco, o con lo que podía, desalojaba todo el tuétano y lo rociaba de llajua. La comida como placer esencial de la vida. Un placer fundamentalísimo, diría Toño Rivera, su destacado compañero de Derecho. Fugaz compañero, porque Blanco solo estudió dos años. Pero un amigo digno para toda la vida.

De todas formas el plato duró diez minutos y lo dejó con sensación de hambre. Miró alrededor suyo y comprobó la soledad del mercado. Ya no quedaba nadie. Se puso de pie sin fatiga y canceló a la señora lo adeudado.

—Que le vaya bien, mamita.

Retornó al edificio pensando que aún era temprano para cumplir su compromiso con la señora del octavo. Margarita atendía a varios clientes y los enamoraba espontáneamente. El hare krishna del sexto había volado a su paraíso estratosférico y la vida parecía por fin en paz.

No quiso imaginar qué estaría haciendo el Abrelatas. Ni dónde.

 

Mientras subía con cautela las gradas iba pensando en lo chica que se le presentaba su sociedad: su novia Gladis, que vivía en el Chaco tarijeño más que en Cochabamba por el amor a su nieto. El coronel Uribe por una razón de orden laboral. El Abrelatas por las celdas, primero, y luego tantas comidas en el Américas, y un puñado de conocidos. Un microcosmos.

También el negro Lindomar, ausente hacía ya años en La Paz.

Extrañaba a Gladis, eso le quedaba claro. El kiosco rojo cerrado de la esquina le provocaba un retortijón en las tripas. Le gustaba desayunar con ella sentado en uno de los tres taburetes encadenados que libraba al público y mirarla trajinar su negocio de un metro veinte por cincuenta centímetros.

Gladis le había dicho la primera vez:

—Puedo darle fiado. Le acepto su reloj como prenda. Voy anotando esta linaza y un sándwich de huevo.

Blanco sintió sus ojos inundados de lágrimas. Él se había animado a caminar por la zona norte de la ciudad a la espera de un milagro. Vivía bajo el puente de Cala-Cala hacía ya varias semanas, y no tenía ni posibilidades remotas de laburo, ni nada donde hincarle el diente. Muy pronto se había quedado pobre, a los días de haber renunciado a la policía, y advirtió lo solo que era. No tenía a nadie en el mundo. Mendigó por trabajo en edificios, en el campo ferial, en lavaderos de vehículos y se rindió. Abandonó su cuarto en la calle Calama y se paró en la puerta sin saber dónde dirigir sus pasos. Se volvió mendigo en las plazuelas, en las iglesias y en los mercados. Pero no perdió la vergüenza deportiva.

—Le voy a pagar todo. No lo dude.

La voz le había salido firme. Sin resquebrajaduras. Tomó la linaza en una mano y el sándwich en la otra, pero no dejó de mirarla porque su rostro le decía cosas. ¿Qué le recordaba? ¿A quién? Y siguió mirándola atento en las mañanas que iba a desayunar y a abultar la cuenta. Era su rostro. Era su piel. Era algo que le evocaba otros tiempos.

Una de esas mañanas, un muerto sin un zapato colgaba tieso como un palo de la viga del quinto piso del edificio en construcción de la acera de enfrente. Su sombra se reflejaba en la enorme pared del edificio colindante y parecía señalar la hora exacta. La gente se arremolinó. Llegó la policía. (Blanco observaba tomando linaza). Se suscitaron discusiones. El coronel Uribe miró hacia el kiosco y reconoció al exinvestigador y empezó con los silbidos llamándolo. Necesitaba que alguien contrarrestara esos disparates de tesis que empezaron a formular los sabuesos. Uno a su favor. Porque en la institución campeaba el revanchismo. Y Blanco comprendió que se abría la milagrosa oportunidad de tener un cuarto. Aceptó la oferta y encubrió los detalles, el motivo y el crimen del albañil. Y se quedó de portero.

Burlona, Gladis le reclamó su dinero:

—Ahora me pagarás todo. Porque no soy un centro de beneficencia.

El Longines volvió a su muñeca. Y Gladis comenzó a frecuentarlo en su cuarto. Una noche despertó sobresaltado por la revelación extraordinaria que cambiaría su vida: «¡Soledad!». Se sentó en la cama traspirando. Ella lo miró. Parecía haber estado despierta desde siempre. Se sonrió: «¿Recién te me acuerdas? Yo te he reconocido desde que te vi de mendigo».

Su cuarto en la calle Calama. El prostíbulo clandestino al lado.

 

La viejita del octavo tardó como diez minutos en abrirle la puerta. Es que no la encontraba, y cuando la encontraba no recordaba si debía salir o qué. Mal negocio la vejez, hijo. Por suerte uno de los golpes de nudillos fue justo cuando ella se rascaba la cabeza cerca y reparó en que debía abrir. Se alegró con la noticia.

—¡Ah, es usted!

Blanco saludó como un caballero inglés. Hizo una leve genuflexión, las manos en la espalda y pasó al interior sin decir nada más que «señora». Se quedó mirando un ventanal abierto con un telescopio largo apuntando al atardecer jaspeado. Pensó que se trataba de un cielo bonito, pero nada más. Muy difícil que Dios paseara por ahí habiendo playa y mar en otros lados. Se sonrió.

Mientras, la viejita tenía ambas manos en el rostro marchito como las flores intentando recordar para qué había convocado al hombrecito. Miró las muchas paredes de su departamento buscando si alguna tenía humedad, y también pensó en la electricidad, o si se trataba simplemente de regalarle un panetón de navidad. O una rosca.

Decidió regalarle un panetón, de todas formas.

—Usted me ha convocado para observar a Dios.

Ah, la viejita sintió un alivio. Claro, ella sabía perfectamente que era para eso. Le dio un golpe cariñoso en el brazo. Ella sabía. Tampoco estaba en la edad de la baba. Qué se creía. Y caminó hacia el telescopio y le sacó la funda de la punta. Se puso a curiosear con soltura, moviendo algunos de los dispositivos, y luego lo desplazó lentamente de un extremo a otro del ancho horizonte montañoso como cresta de gallo.

—Ya lo vamos a ver, no se impaciente. Es un poco picarín, y se oculta y juega, pero yo lo pillo siempre.

Blanco se sentó en un sofá de la sala y sintió que su cuerpo se hundía sin remedio. Pronto se vio pataleando en el aire. Se asustó. Manoteó en los costados y se asió de un macetero de fierro torneado. Hizo fuerza y salió a flote bufando como una bestia. Se sentó en una silla dura del comedor con el ceño fruncido. Tenía la frente transpirada.

—Todavía no lo encuentro al pobre. Hay que ponerse en su lugar. Por todo lado se lo reclama y él va. Nunca deja de ir. Cómo estará de cansado.

Blanco asintió.

La señora estaba encorvada de tanto jugar con su telescopio. En esa posición se le iba la vida. A veces subían sus amigas, de a dos, parloteando sin cesar como los loros chocleros. Todas ellas tenían su propia experiencia y se la comentaban entre sí. Tomaban café con leche, con masitas que ellas mismas llevaban. Fruncían la boca para que no se les escapara nada y era posible contar las miguitas que se atrincheraban en sus arrugas profundas y múltiples.

—Búsquelo usted. Yo no lo encuentro. Le gusta el pico Tunari. Casi no viene al centro del cielo. Al sur muy poco. Mueva nomás el aparato. Yo voy a convidarle a una taza de té.

El pico Tunari estuvo a punto de punzarle un ojo a Blanco. Tenía la punta encorvada, como lista para soltarse, y un anillo de nubes grises. Más a su izquierda continuaba la cumbre aunque sin pico. Lo demás quedaba un tanto subsumido en el horizonte azul profundo. También vio un rayo. Más al sur vio los aviones parqueados en un descampado. Se aburrió.

—No tenemos suerte. Debe estar caminando por Etiopía.

La viejita se rio al escucharlo. Dios estaba en todas partes. Y le sirvió té en un dedal que Blanco no supo cómo agarrar. Era una tacita de juguete, con una oreja que parecía apenas un pellizco. Se la acabó de un golpe de cuello. Como los gallos.

—Vuelva mañana, hijo, pero con fe. La fe lo es todo. Él sabe dónde hay fe y acude. Ha debido verlo descreído. Por lo menos agnóstico.

—Yo creo que ni Él cree en Él.

La señora volvió a reírse. Con que así venía la mano. Ya lo invitaba a su curso de catequización en el templo del Hospicio. Los sábados después de almuerzo. El padre Chema convencía hasta a las piedras. Nadie se iría a arrepentir de escucharlo. Yo colaboro con el refresco de sobre. Y se puso de pie y le abrió la puerta sin dudar de nada.

—No diga a nadie que no lo vio.

Blanco asintió. Repitió la genuflexión inglesa y bajó contando las muchas gradas hasta la planta baja.

 

La gente despertó entusiasmada el 24 de diciembre. Algunos corrían con notorio rezago, cargando sus pinos por las aceras y calles. Vistos desde la azotea parecían laboriosas hormigas. Otros entraban corriendo al frial de media cuadra resignados a pagar un importante sobreprecio. El dueño sabía que él era el último recurso. Pero más entraban al mercado de las cholitas y salían con sus bolsas de recado chorreando de agua. Los carteristas ofrecían su fuerza de trabajo. Un boliviano hasta el vehículo. Luego su aguinaldo. A ratos uno de ellos escapaba con una billetera en la mano. Blanco lo veía en la puerta del edificio. El carterista contaba el dinero y arrojaba el resto a la entrada del garaje. No se podía hacer nada. Ni siquiera se escucharían los insultos por la importante altura.

Blanco decidió tomar las cosas con calma. Barrió la acera tentado de agarrar un carterista del cuello. Barrió el largo ingreso del garaje. Revisó en detalle cada uno de los pisos y se metió al inodoro con un suplemento viejo y quebradizo que casi no le sirvió de nada. Leyó un ensayo sobre la poesía quechua y la metáfora, pero entendió muy poco. Leyó un comentario sobre una novela escrito por un profesor de escuela fiscal y entendió todo y no le creyó nada. Puro elogio fácil, al alcance de la mano. Todo de mal gusto. Y fue hora de cortar esas páginas en cuadraditos y luego de jalar la cadena.

«Crítica a la crítica». Esa frase la había escuchado en un programa de los españoles. Le encantó, porque lo obligaba a pensar. El problema era que luego ya no creía del todo a nadie.

Al mediodía se metió al mercado en busca de una suculenta sopa. No fue difícil encontrarla. Su olor aromatizaba todo el ambiente y se percibía la presencia agazapada del perejil. Miró enamorado a las cinco doñas lindas detrás de sus ollas y fue en busca de su objetivo cerrando herméticamente los ojos. Con las manos por delante. Cieguito.

Las caseras se le carcajearon espontáneamente.

En el primer puesto olió los fritos de seso con arroz y papa blanca y se pasó ligero pensando que era un engaño. En el segundo puesto olió bien una densa nogada de cordero pero sin nuez, sino con maní remojado en la víspera, retostado y molido con esmero, y con el cordero tierno con su tufo a pasto silvestre y sal. En la tercera olla se asustó, porque la doña freía las costillas de vaca en una gran sartén, con ruido de gran incendio, después de haberlas hecho hervir en olla y sacarles toda la grasa. El fuego y las chispas vivas saltaban a enorme distancia. Pero en la cuarta olla encontró cuanto su ánimo inquieto buscaba: el ch’ake de trigo con pedazos de papa runa y de carne gorda. El colorante de ají en vaina. Llajua verde encima. El rocío de perejil llegaba luego, de la mano gorda y cálida de la cocinera.

Ya no revisó la quinta olla, pero pronto vio que se trataba del Falso Conejo. Ese plato le recordaba su convicción udepista y lo dejaba triste un buen rato. El doctor Siles se reacomodaba en su corazón.

Durmió una siesta apacible. El hare krishna velaba su sueño desde el botagua de su ventana en el sexto y desde el cielo no cayó una gota sobre su techo de calamina. Soñaba que corría feliz por los campos de Punata, y se decía que su tía Julieta lo estaba llamando a gritos. Él sabía que debía atender su orden, pero corría por un sendero de pasto, saltaba acequias con agua turbia y se internaba por los maizales con gran alegría. Una y otra vez. Hasta que abrió un ojo y vio al campesino Terceros muerto de bruces sobre un charco de agua barrosa, con una picota que le atravesaba el pecho y la espalda y mostraba en la punta, con soberbia, un corazón comido por los pajaritos del valle en flor. Despertó. El Longines daba la hora: las cinco de la tarde.

Se quitó la modorra en cerca de cuarenta minutos. Cuando se puso de pie, pensó que la vida no valía nada.

Sacó el pequeño televisor de debajo la cama y buscó buena imagen moviendo la antena. Los programas locales, y el nacional, hacían cobertura de las compras navideñas. La gente compraba todo lo que podía. Juguetes de plástico (visiblemente ordinarios), y fea ropa china, y zapatos, y alguno había que se llevaba un electrodoméstico o un adorno para su casa. Todos los periodistas de infantería parecían estar sobre la calle. Y de fondo, como si las imágenes no fueran un hartazgo, los villancicos de miel derretida.

Blanco salió a la calle a comprar una hamburguesa de la esquina. La señora freía la carne en una sartén con costras, con el mismo aceite negro y sospechoso de la noche anterior y calentaba unos segundos las papas fritas antes de vaciarlas a un pequeño y frágil sobre de papel sábana, y entregarla al hambriento. Cinco pesos.

La gente seguía corriendo. Pasaba por su lado con bolsas, sufría de no conseguir transporte. Se quitoneaba los taxis. Era un espectáculo ajeno a su poca comprensión. Desanimado, volvió a ponerse frente a su televisor en blanco y negro sin dejar de masticar su hamburguesa salada. Y sus papas verdes y duras.

El ministro de gobierno daba una conferencia con gran entusiasmo y denuedo. Tenía un pizarrón colgado de la pared. Le había superpuesto unos dibujos de montañas, de planicie, de chaco, de selva y ciudades para niños en edad escolar. Coloreados. Debajo de cada dibujo estaba el nombre del lugar. Cordillera Los Andes, Altiplano, Yacuiba, Chapare, Cochabamba. Él señalaba con su índice y hablaba. El teniente Omar Castelli estuvo aquí, y aquí, y aquí, y sintiéndose acorralado se fue aquí, aquí. Su dedo aplastaba cada dibujito, se manchaba de colores. Sonreía contento a la cámara, a toda Bolivia en vísperas de Navidad. Pero el servicio de inteligencia no le perdió pisada nunca. Sabíamos que era cuestión de tiempo. Que él cometería algún error. Sin embargo, jamás supusimos que tomaría la decisión de suicidarse. Eso no estaba en nuestras consideraciones. Y una noche se nos desapareció como mariposa nocturna y no supimos días de días nada sobre él. Nos dio vergüenza nuestra ineficiencia y nos quedamos mudos, señores periodistas, y hasta nos ocultamos de ustedes. ¿Qué podíamos decirles? ¿Que se nos fue el rastro? La opinión pública iba a mofarse de nosotros. Pero, lejos de alzar las manos, rastrillamos las áreas donde pensábamos que estaba. Semanas sin descansar, sin tomar en cuenta los feriados, pensando en nuestro deber. Pero hoy, más precisamente esta mañana, premiando nuestro esfuerzo, un dignísimo oficial de inteligencia llamó a mi despacho y me dijo: «Señor ministro: humo blanco». Se había encontrado al teniente Omar Castelli en Chicaloma, colgado de un árbol silvestre de mandarina, en la selva misma. Llevaba tiempo ahí y las hormigas se lo estaban comiendo enterito. Por eso les pido que, por favor, alejen a sus pequeños de la pantalla para mostrar imágenes muy brevemente. Mortificado por su crimen y cansado de tanta persecución, el teniente se ahorcó. Miren, ahí está, cubierto de hormigas y mariposas blancas. Y de gusanos, claro. Y revisando sus bolsillos, nos encontramos con una carta pidiendo sentido perdón a sus hijos. Nosotros se la vamos a entregar a sus tutores. Disculpen que no se pueda mostrar mejor las imágenes del cadáver, pero comprendan que estamos en vísperas de la Noche Buena.

El último pedazo de papa estaba crudo. Blanco lo escupió al sobre de papel sábana y se limpió la boca sin desprender los ojos de la pantalla. El ministro estaba a punto de llorar. Seguía hablando sin cesar y enredándose en las respuestas. La prensa paceña mordía fuerte. Blanco arrancó una hoja de suplemento y se limpió la grasa de las manos. También la encajó dentro la bolsa de papel. El informativo cambió de noticia.

Quedó descorazonado. El ministro mentía mirando de frente. Daba la noticia en el momento menos oportuno y consideraba que debía pasarse a otra cosa. La dinámica del crimen era arrolladora. No podían detenerse en los casos cerrados. Hasta luego y feliz Navidad.

—¡Qué gente de mierda!

Blanco se sorprendió escuchándose.

 

Navidad fue un día muerto para él. Las calles quedaron vacías, sin ni siquiera perros, como si todo ser viviente hubiera sido absorbido desde el más allá. Blanco sintió un escalofrío observando esa desolación. Nadie por las calles y las mismas casas parecían estar deshabitadas. En su recorrido a la azotea se sorprendió de que ningún inquilino hiciera un mínimo de ruido. El mismo edificio parecía despoblado. Por eso aprovechó para caminar por las calles con las manos en los bolsillos de su vaporoso pantalón negro. Y no encontró más que a una pareja de mormones viejos limpiando de caca de perro el parque entero. Tenían unos guantes transparentes, unas pinzas y unas bolsas de nylon donde acumulaban su cargamento. Parecían felices limpiando el mundo de mierda canina. Había que estarles agradecidos.

Pero el resto del día se puso insoportable con tanto silencio. Blanco se aferró a la radio pero lo espantaron los villancicos. Alzó un suplemento y lo leyó íntegramente pese a la convicción de desánimo que lo invadiría de inmediato. El mismo profesor que encontraba maravillas bolivianas en todo texto literario que leía, se hallaba enfrascado en un debate casi de puños con un arrogante doctor en letras que escribía en La Paz y afirmaba que no leía literatura boliviana, salvo un puñado de libros, lo que sacaba de quicio al profesor que hallaba oro donde solo había ripio. Por eso Blanco pensó en meter mano a la profundidad, a la base misma de la pila de suplementos y leer a los articulistas viejos, ya muertos, para no tener que matarlos otra vez. Tanta candidez. Y tanta soberbia. Y tanta cojudez.

Para colmo tampoco pudo dormir.

Pero el sábado se descubrió lleno de bríos para almorzar con hambre en el Américas. Despertó y barrió la acera y el ingreso del garaje mientras silbaba cualquier cosa. Le extrañó que la farmacia continuara cerrada. Vio al dramaturgo salir a la calle muy apurado, agarrándose con cierta gravedad la frente. No lo saludó. Cruzó la avenida como una exhalación y caminó un tanto chueco del esqueleto detrás de un hombre que se agarraba la frente con cierta gravedad y caminaba un tanto chueco del esqueleto. Se perdieron doblando la esquina. Unas semanas atrás lo vio salir imitando a un perro de la calle que caminaba con tres patas y tenía suspendida la pata derecha por una espina o un corte. Los dos se fueron al trote, con un pequeño brinco en cada salto, y se metieron al mercado de las cholitas. A los segundos se los vio salir expulsados, con las orejas para atrás y la cola entre las patas. El dramaturgo por delante.

Después de barrer se metió sudoroso a la ducha y se refregó fuerte el cuerpo gordo enjabonando el trapo que le había dejado Gladis. También se frotó los talones y codos con piedra del río hasta dejarlos rojos y brillantes, y se vistió con su mejor ropa: camisa, pantalón con cinturón y zapatos con calcetines. Se peinó todo para atrás descubriendo su frente estrecha. Echó doble llave a la puerta de su cuarto y apretó el candado grueso de la puerta del garaje. Se fue caminando por la sombra de los paraísos hacia el norte de la ciudad como un hombre seguro de sus decisiones.

El bar-restaurante Américas parecía un cementerio. Blanco cruzó el jardín de maleza alta y flores menudas, circunvaló la jardinera del gomero y subió las gradas a la terraza. Las más de treinta mesas se hallaban vacías, a excepción de una, muy al fondo y bajo la sombra de otro gomero, donde el Abrelatas dormitaba con la boca abierta y babeando en el viejo mantel.

Una radio mal sintonizada sonaba en la cocina. Del pasillo del baño de hombres salió otro mozo arreglándose la bragueta. Al ver a Blanco, giró el cuerpo en U y se lavó las manos en la lavandería. Luego se las frotó en el pantalón, súbitamente malhumorado.

—Cualquier mesa es buena. A su gusto.

Blanco no le contestó. Tampoco volvió a mirarlo. Se agachó hasta la misma oreja del Abrelatas y le cantó «arrorró mi niño». El amigo se rascó la oreja y continuó durmiendo. Tenía el cabello ensortijado despeinado y mojado, llenas las patillas de pequeños rulos, el cutis de iguana con gotitas de traspiración y la boca semiabierta. Un hilo de saliva pegajosa lo unía a la mesa.

El mozo del fondo insistió:

—Cualquier mesa es buena. A su gusto.

Era un hombre chato pero muy macizo, que se paraba con las piernas abiertas y las manos gruesas en la espalda, como un experto en artes marciales e ideas afines. Tenía la cara redonda y los ojos chinos, la nariz como pelota de ping-pong y la boca como la abertura de una alcancía chanchito. Era tan feo que podía asustar a los alacranes.

Blanco no entendió el soporte de su prepotencia.

Apoyó su dedo índice en la mesa del Abrelatas y se sintió ridículo e inexplicable como el ministro. También jaló una silla para sentarse. Luego batió sonoras palmas. «¡Marche dos cervezas heladas!». El Abrelatas brincó de la silla y apareció de pie, desconcertado. Todavía le tomó unos segundos entender lo que pasaba. Y a quién tenía al frente.

—Carajo, conservas tu prepotencia policial, jefe.

El otro mozo miraba la escena con malos ojos. Su bilis cargada podía estar dirigida a Blanco o al Abrelatas. Pero algo le fastidiaba lo suficiente y lo convertía en un potencial peligro.

Blanco ordenó:

—A ver si se cambia el mantel.

El Abrelatas jaló el mantel y dejó la mesa desnuda. Luego, presuroso y diligente, se fue por el fondo. El otro mozo lo siguió con la mirada hasta verlo desaparecer, y de inmediato centró su atención en el recién llegado.

Blanco volvió a batir palmas.

—¡A ver si alguien se comide y pone buena música!

El mozo lo perforó con la mirada, pero no cambió de postura. Algún pájaro trinó pidiendo lluvia en el frondoso gomero.

El Abrelatas apareció afanoso con las cervezas y los dos vasos altos. Se sentó apurado a servirse uno lleno, espumoso. «Me estaba quedando sin carburante». Y lo volcó en su garguero con un impulso vulgar.

Blanco vació su vaso en dos tiempos. En el intermedio reflexionó sin blanduras en la estupidez de la vida. En el sinsentido. Qué ganas de joder. A uno lo ponen aquí a sabiendas que va a sufrir. Es lo mismo que alegrarse por vestir la casaca nacional para que todos nos goleen. Qué martirio.

—Yo renunciaría —dijo, y solo él se entendió.

—Voy a decirle a doña Valica que nos prepare una sopa caliente para reaccionar. Un tonificador. Me tiembla todo el cuerpo, jefe. Por ayer. Nos hemos armado una buena, porque inclusive estaban las chicas de la esquina con su mamá grande. Y mucho comensal.

—Yo prefiero un picante triple de pollo, conejo y lengua. Es mi regalo de Navidad. De su hervido que te hagan una rica sopa. Gratis. No deberían cobrártela.

El Abrelatas pareció molestarse. Frunció el ceño mientras razonaba el asunto. También miró a su colega con mala cara. De su bolsillo salió una vieja navaja que aterrizó torpemente sobre la mesa.

—Esta mesa la atiendo yo, cosito. Puedes irte más al rincón a ver si ya está lloviendo.

—Que se traiga cigarros.

—Si quieres te vas, también. No creo que venga nadie. O que se jodan.

—Y un cenicero. Que antes ponga buena música.

El mozo se retiró. Se fue caminando a la sombra de otro árbol y miró hacia las gradas de ingreso. Desde allí los estudió con odio renovado.

—Un triple y una jak’a lawa, entonces, así ni siquiera masco el choclo. Tengo las encías para el gato.

El Abrelatas volvió a ponerse de pie para encargar el pedido.

Blanco batió palmas.

—¡Otras dos frías y buena música, joder macho!

El local se animó a las dos de la tarde. Unas diez mesas de familias. El mozo del fondo atendía a casi todas, y el Abrelatas a las más próximas a su propia mesa. Cuando trajo la jak’a lawa y el triple, ya no atendió a nadie y se dedicó a sorber con gran dedicación. Solo mascaba el pan sopado.

Blanco respiró su fuente un par de deliciosos minutos. El olor agrio del picante le reacomodó la esperanza en el milagro de la vida. La vista del arroz lo enterneció. La presencia centenaria del chuño lo interpeló y quedó sin palabras ante su origen natural: la soberbia papa. También reparó en el simple adorno de la salsa esmirriada de tomate con cebolla cortados en fino arte.

De inmediato batió palmas sobresaltando al Abrelatas.

—¡Un pocillo de salsa! Y dígale a doña Valica de mi parte, pero como cosa suya, que es una tacaña.

Punzó con el tenedor el velo transparente del conejo y lo aproximó a su boca con lentitud. Sorbió de la punta y fue desvistiendo el hueso. Alzó una pizca de arroz pensando que así no ocultaba el sabor principal. Con la cuidadosa punta del cuchillo se sirvió la llajua y cerró los ojos en plena y dulce erótica.

—No hay más tomate. Dice que debías haberte traído de tu mercado. En tus bolsillos de ratero.

Blanco asintió. Punzó el otro extremo y volvió a sorber. El conejo se deshizo de su ropaje de carne y quedó en el puro hueso, cabeza y patas. Hizo a un lado las patas, inclusive las sacó del plato y las derramó sobre la mesa. Alzó la cabeza con el dedo corazón y el índice y le sorbió los ojos. Y le abrió la pequeñísima boca de dientes puntiagudos, le destapó la base y sorbió sus sesos. Se limpió las manos para alzar el vaso de cerveza.

—¡Viva el conejo Siles Suazo!

—Ese ya está muerto, jefe. Ahora nos gobierna un indio de verdad.

Blanco batió las palmas.

—¡Marchen dos frías y aumenten el volumen! ¡Son los Visconti!

Cortó la lengua en tres pedazos. Enganchó uno con el tenedor, lo enrolló, lo cubrió de jugo picante con arvejas y se lo metió a la boca íntegro y desafiante. Por un costado embutió chuño y algo de arroz. Cerró los ojos y suspiró mientras masticaba con ritmo lento.

El Abrelatas terminó su sopa alzando el plato con las dos manos y se lo vació directo a la tráquea. Lo limpió con un pedazo de pan. Alzó su vaso y se le llenaron súbitamente los ojos de lágrimas.

—Por mi hijo, que hasta ahora no tiene cristiana sepultura.

—Por su cadáver trotamundos. Por su alma disuelta en este lindo aire valluno.

Las diez mesas de familia se fueron a media tarde. El otro mozo fue quien las acompañó hasta la misma puerta. El local se oscureció un tanto y envejeció. Se llenó de sombras en harapos. Y quedó en silencio.

Blanco volvió a llenar los vasos mientras el otro mozo impedía que una mujer indígena ingresara al local. Tenía un sombrero de cuero de oveja y un vestido hasta los tobillos tejido por ella misma. Abarcas. Y cargaba un crío en la espalda que reía divertido. La mujer insistía e intentaba burlar la guardia de brazos abiertos que el hombre ejercitaba con gran celo.

Blanco se interesó en el problema cuando advirtió que ella tenía una olla entre las manos. Pensó que doña Valica le regalaba comida. Sobras del almuerzo.

Por eso es que se puso de pie y alzó la voz:

—¡Déjala pasar, retacón! Es una boliviana como vos. Ya estamos en democracia. Inclusive están en el gobierno y aún no les llega nada. Siguen mendigando.

—Que espere afuera —contestó el hombre—. Da mal aspecto al bar.

—Así es, jefe. Nos tienen prohibido dejar pasar a los indigentes.

—Además, no creo que haya sobrado nada. Usted ha mascado hasta los huesos. No hay ni para los perros.

Blanco abandonó la mesa y se aproximó al hombre. Le propinó un golpe de puño en la frente y lo dejó sentado en el piso. Luego invitó a pasar a la mujer con una genuflexión inglesa.

El niño lo observó con admiración.

—¡Tú la acompañas a la cocina, Abrelatas!

—¡A su orden, jefe!

El hombre del piso lucía atontado. Se sacudía la cabeza y se sobaba la frente. Seguramente se le haría un chichón. Se puso de pie con dificultad y esgrimió su par de puños. Empezó a bailar de los pies pero con el cuerpo tieso. Hizo un amague doblando la cintura y saltó ágil hacia Blanco con un puñete por delante, pero Blanco lo derribó con otro puñetazo muy parecido al primero.

El hombre lo insultó:

—¡Cholo de mierda!

Blanco le eructó.

El hombre volvió a ponerse de pie, pero se alejó un poco del lugar y luego desapareció. Blanco retornó contento a su mesa y batió palmas para que alguien encendiera la luz y trajera más cerveza.

La indígena cruzó todo el local a la carrera, azuzada por el Abrelatas.

Blanco esperó que su amigo retornara a la mesa y lo recriminó con palabras fuertes y jalándole de la oreja.

—La has sacado como a perro. Eso no se hace.

—Doña Valica se ha enojado de verla. Ella puede llenarle la olla, pero no le gusta que entre al lugar. Además, el mozo se le ha quejado de ti.

—El que puede discrimina. Este es un país de mierda.

—No ha sido mi intención, jefe. Ni cuenta me he dado. Suélteme.

Blanco lo soltó. Habló llenando los vasos.

—Quisiera hablar con Lindomar Preciado. Pregúntale a doña Valica si puedo usar su teléfono con operadora. Le voy a pagar de inmediato. Dile que es un negro tan discriminador como es ella. Se va a alegrar mucho.

—¿A ese negro? Usted se ha puesto sentimental, jefe. Ahora vuelvo, pero.

El local se llenó de sombras siniestras. Un moscardón comenzó a dar vueltas a la bombilla de luz y luego a chocarla. Una brisa empapada de lluvia ingresó desde la calle arrastrando hojitas muertas. A lo lejos retumbó con furia divina el cielo. Ya era medianoche.

Blanco se puso de pie para comprobar si estaba mareado.

—Dice que sí, pero que me deje cancelada la conferencia.

Ingresaron a un cuarto pequeño para hacer uso del teléfono. Blanco discó el número de la operadora y le pidió comunicación con Chicaloma. La familia Preciado, señorita.

Se puso a silbar mientras esperaba.

 

Abrelatas se quedó dormido en la misma mesa del principio. Blanco lo dejó sin remordimientos. Salió del local intentando caminar lo más recto posible, pero se saltó una grada y bajó corriendo las restantes dos, y estuvo a punto de estrellarse contra la jardinera del enorme gomero del ingreso. Se rio a carcajadas. De inmediato encendió el cigarrillo arrugado que su amigo había abandonado sobre la mesa áspera y aspiró con un placer inigualable. Se dirigió decidido a la casa de la esquina, cruzando la calle con solvencia, y, sin más, se prendió del timbre. Los perros del vecindario comenzaron a ladrar alarmados.

Una ventana del segundo piso se abrió con ruido de maderas viejas e hinchadas por la lluvia. Una voz de anciana le habló desde la oscuridad, muy molesta.

—No hay atención en la semana navideña. Dónde se ha visto. Todas las chicas están en sus hogares.

Blanco apoyó mejor su espalda en el poste de eucalipto de los cables de luz. Se sintió seguro. Aún le quedaba cigarro entre los dedos.

—¿Y usted no se anima? Yo la espero para que se arregle un poquito.

—Estúpido.

La ventana se cerró con un golpe seco. Blanco suspendió las cejas.

Hinchó sus pulmones de aire fresco justo cuando arrancó la lluvia. Se alzó de hombros y comenzó a caminar por el centro de la calzada para así evitar que algún perro le mordiera desde el interior de una verja. Silbó de lo más contento caminando como treinta cuadras irregulares, confundiendo el agua limpia del cielo con su traspiración. Casi no pensó durante el trayecto, pero se rio de todo.

—¡Soy un infeliz!

Llegó a su edificio con un inmejorable estado de ánimo. Bufó hasta el séptimo y golpeó la puerta como una dama. Volvió a golpear. Una vez más. Luego se sentó en la grada y se largó a llorar en completo silencio.

 

El domingo fue más lento y tedioso que Navidad. Además, Blanco se quedó sin dinero.

El lunes caminó a la morgue desde las siete de la mañana. El mismo policía de la primera vez lo recibió en la puerta. Lo miró con desconfianza, achinando los ojos, y torció la boca para hablar con desdén.

—Esta no es la oficina de desaparecidos. Esa oficina está en Argentina o en Chile.

—Hemos estado escuchando informativos, se nota.

—Además, la gorda ya ha revisado todo. Inclusive al día siguiente, y ese muerto no figura en sus listas.

De todas formas, Blanco paseó por el recinto. Había veinte mesones. Quince cadáveres debido a la farra navideña. En un descuido del policía se recostó en uno de ellos y cruzó las manos sobre el pecho. Primero miró las vigas del techo alto y luego cerró los ojos, lo más muerto posible. Sintió un alivio profundo. La vida sería inaguantable sin la muerte. Pensó en la nada y le dolió la cabeza. Se puso de pie y revisó la cara de los muertos.

Estaba la cholita que murió sonriendo pícara. Y el ladrón que murió asustado por el perro. Estaba la viejita que murió en paz saliendo de misa. Y el ciclista arrollado por un tractor. Estaba la sirvienta de cualquier casa. Y el mendigo del templo del Hospicio muerto de frío. El niño abandonado. La chola violada y degollada. El maleante quemado de la semana pasada. Y el albañil caído del andamio. Un clefero de color azul. El alcohólico guindo y todavía hediondo. Un viejito verde. Un beniano amarillento que murió en la flota de un brevísimo ataque al corazón. Y un hombre de mediana edad, impecablemente vestido de novio, que se suicidó sin más en la víspera de su matrimonio.

Todos fríos.

Una mujer enorme y gorda se trancó en la puerta impidiendo del todo el ingreso del sol. La pared se estremeció de frío y temor absoluto. Cargaba sus papeles sueltos en las manos apretadas contra su descomunal pecho, su cartera colgada del cuello gruesísimo y anillesco, rebotando como globo en su voluminoso diafragma. Sus pies aplastaban un par de sandalias chinas de contrabando.

Frunció la cara, retuvo el aliento y consiguió cruzar la estrechez de la norma estándar para puertas, mirando siempre al intruso.

—Ha estado pasando lista a mis muertos.

Blanco tardó unos segundos en reaccionar del espectáculo.

—Sus muertos gozan de buena salud. Cuidado se le escape alguno.

La mujer lo miró con detenimiento. Blanco se sintió una pelusa.

—Tenga la certeza de que quien entra aquí, no sale más.

Su voz había rugido como un trueno.

—No lo dudo, pero alguna gente se los roba. Yo recuerdo un caso de mis épocas de investigador. Un señor me encomendó unas manos. Nada más. Imagínese.

—No imagino nada. Eran las manos del Ché. Recuerdo ese caso tonto.

Blanco quedó de una sola pieza. Se recuperó al cabo de segundos.

Dijo:

—El chamuscado no tiene dueño. Sigue ahí.

—Si usted quiere puede adoptarlo.

El policía metió la cabeza en el recinto y se sonrió muy contento.

Blanco carraspeó. Se rascó la cabeza tímidamente. También se rascó por dentro de los bolsillos. No era cuestión de sentirse intimidado por nadie y mucho menos por la autoridad.

Enrectó la espalda para intentar mirarla de frente.

—Yo le creo a mi amigo.

—Yo también.

 

La bella chapaca anunciada por el coronel Uribe arribó al edificio en la cabina misma de un inmenso camión de traslados. De inmediato, varios hombres de overol, brotados todos de la carrocería herméticamente cerrada, se pusieron a trabajar descargando el mobiliario en plena acera y trancando el paso a los muchos peatones de la mañana. Blanco observaba todo desde la azotea. Le parecían hormiguitas trabajadoras.

La beldad ingresó a la farmacia a preguntar lo que el portero ya sabía que debía hacer. Luego salió al garaje, miró al fondo y se dirigió resignada al cuartito con techo de calaminas rojas. Sus tacos resonaron tanto como los tacos cubanos del coronel. Golpeó la puerta muchas veces. Volvió por sus pasos taconeando incómoda y mirando al piso. A medio camino se estrelló con la barriga importante de quien buscaba.

—¡Oh, perdón!

Se miraron a los ojos. La mujer se sonrojó. Tenía la piel de durazno en lo mejor del verano. Blanco casi la olía. Y los ojos de la miel aguada en el río Guadalquivir. Y el cuello se deslizaba suavemente en el esternón y se perdía por colinas y valles detrás de un estúpido botón a punto de reventar.

Estaba vestida de camisa azul, vaquero azul y botas café. Tenía un bolso de tiro largo que le colgaba del hombro izquierdo, y un celular rosado en la mano derecha.

El portero atinó a presentarse:

—Soy Blanco. Santiago Blanco.

Ella se limitó a darle la mano sin apretar. Apenas un contacto leve y rápido como fue el visual. Luego pareció comprender mejor todo.

—¡Ah, usted es el portero!

Blanco asintió. La mano de la mujer ya se le había escurrido como un pez en el agua dejándole la sensación nítida del desaire.

No tuvo tiempo de recomponerse.

—Haga el favor de abrir la puerta del piso tres para meter mis muebles y colgar las cortinas. A mí me dijeron que usted estaría esperándome.

—¿En la acera?

La mujer se sorprendió al advertir cierta ironía en la pregunta, pero no volvió a mirarlo. «¿Por dónde debemos entrar?», preguntó mientras se dirigía al camión. Dio dos pasos y ocultó sus caderas empujando el bolso a la zona.

Blanco se quedó con las ganas.

—Por el pasillo. Que nadie raspe las paredes.

Dos horas seguidas duró el traslado de los muebles al tercer piso. El conductor parecía tener su experiencia. Primero la cama y se la arman, así la señora descansa cuando guste. Después la cocina, así la señora hierve la caldera y se prepara un té. Después la sala de estar, porque pueden llegarle visitas. El comedor es poca cosa. El escritorio ha de sobrarle porque no veo ni muebles, ni libros, ni mesa de trabajo. Quizá le sirva de depósito. Y su gente obedecía sin chistar. A la gran carrera.

La mujer se había quedado en su piso y hablaba por el celular con un marcado acento chapaco. Es muy bonito. Tiene buena vista, sí. Además hay una farmacia abajo. Es que solo la he visto al pasar. No, pero cualquier rato pregunto. Quiero dormir dos días. Mejor tres. No dejes de llamarme, porfa. «Te quiero», susurró epilogalmente.

Blanco, en ascenso, la escuchó desde el codo de la grada.

Cuando ya no hubo ni un mueble en la acera, el conductor apareció en la puerta del tres y tocó levemente la puerta. Es todo, señora. Firme este papel, por favor. Gracias, señora. No se preocupe, señora. Yo voy a invitar a su nombre, señora. En otra ocasión invitará usted. Y bajó las gradas tan rápido como las subió.

Blanco dejó pasar un momento para tocarle la puerta.

La mujer, que tenía un florero de vidrio entre las manos, lo miró muy extrañada. No abrió la boca y más bien frunció el ceño.

—Estas son sus llaves, linda. No hay horario de visitas. El edificio no se cierra. Funciona todo el día.

La dejó con la boca abierta, pensando en sus palabras. Bajó mirando atento las gradas para no resbalar en ninguna cáscara. Caminó por el pasillo como si el Wilstermann fuera el mejor equipo de fútbol del mundo, y cómo se alegró al ver a la señorita Margarita atendiendo a un cliente.

Ella le hizo señas para que ingresara y la esperara un momento.

En la farmacia había una fila de tres personas. Una señora muy flaca y abrigada para el invierno canadiense estaba frente al mostrador. Requería leche de magnesia porque tenía pesadez en el estómago. Blanco volvió a mirarla. Detrás de la señora estaba una anciana que descansaba en un pie y luego en el otro. Tenía el cabello lila, los cachetes rosados y la boca roja. A ratos suspiraba. Y estaba un señor de bigote que exigía ser reconocido, con el ceño fruncido. Estaba formalmente vestido y tenía el cuerpo recto, típico en quienes se han tragado un palo de escoba. Su apellido era tradicional y latifundista. Hubo un tiempo en que un monseñor almorzaba los domingos en su casa.

Margarita se dio modos para entregar a Blanco un papel y apuntarle, amable, el teléfono negro sobre su mostrador.

Blanco se puso colorado de vergüenza.

Discó y esperó que Lindomar se pusiera al habla.

 

La chilena dueña del clande del séptimo lo saludó al pasar. Blanco seguía en la farmacia porque Lindomar no se hallaba en su casa. Ya estaba sentado de espaldas al ventanal, pero torciendo lo que podía el cuello le era posible mirar a quienes entraban y salían del edificio. La chilena ingresó un tanto consentida. Tenía mirada de pájaro y tetas de una hembra marina. Se había puesto un vestido ligero y calzado sandalias con terraplén muy alto para combatir su pequeñez o casi enanismo. Blanco la observó de frente y de espaldas, y se sonrió satisfecho de la vista.

Volvió a llamar a Chicaloma y le dijeron lo mismo. Lindomar había sido citado por la policía a declarar. Pero que todo estaba bien. La mujer que le hablaba era su concubina y tenían cinco hijos. Todos negritos, claro. Y le sugirió que volviera a llamar por la tarde, después de la siesta, porque el Negro no iba a salir de casa. Nunca lo hacía. Sí, le diría. Y se despidieron.

Margarita lo miraba divertida (y ocupada) desde el mostrador.

—¿Se le está ocultando alguien?

Blanco volvió a enrojecer. La farmacéutica tenía el cabello finísimo, tan delgado como la telaraña, y lucía siempre chascosa. Era morocha, como las orientales, de cuerpo torneado y bondadoso, y le sonreía. Le coqueteaba naturalmente.

—Yo soy un investigador retirado.

—Las vocaciones no nos abandonan nunca.

—Lo mío fue por necesidad.

Ah. Margarita revisó sus papeles y caminó hasta el otro extremo del mostrador. Allí también revisó papeles y comenzó a preparar unas bolsas de medicamentos. Cuando concluía, las anudaba y anotaba el apellido de la familia. Una moto-taxi pasaría a buscarlas luego.

—¿Qué hubiera estudiado, entonces?

—Nada. Me hubiera quedado en Punata.

Porque allí vivía su tía Julieta y ella tenía una finca grande, herencia de su madre. Seguramente hubiera plantado maíz y tendría muchos hijos con María. Todo eso pensó en unos segundos, sin reparar que su tía vendió la finca y se quedó con la casa de adobe y nada más. Y que María amaba a un abogado arrogante y falso como billete de alasitas. Una mente criminal y manipuladora. Lo más cierto sería que tendría su chichería y que tendría su chola vital. Desde ahí vería pasar a los muertos. Un día pasaría su propio cadáver.

—Yo no conozco Punata, ni nada del Valle Bajo. Me gustaría visitar esos pueblos. Comer ahí.

A Blanco se le iluminó la mirada.

—Yo la llevo el domingo. Vamos a visitar los cuatro pueblos.

Margarita se quedó mirando sus cosas. Meditó. Lentamente levantó su mirada para contestar.

—Oh, gracias. Acepto, pero ojalá estemos de ánimo porque este jueves es Año Nuevo. Seguro que todos vamos a estar de fiesta. Quizá no llegue a recuperarme para el domingo.

Se rio traviesa.

Blanco asintió. Él se quedaría en su cama y escucharía los cohetes y bombas de la gente. Ni siquiera podría dormir. ¿Cuándo llegaría Gladis? Ni atisbos para fin de año. Que se quedara en Navidad estaba bien, porque su nietito. Pero Año Nuevo era para los viejos. La gente abría botellas de cidra y brindaba. Se farreaba. Se ponía a bailar. A las doce se abrazaba feliz de alguien. De todos.

—Usted me avisa el sábado. Tomamos un colectivo y nos vamos a las siete de la mañana. A las cinco de la tarde estaríamos de vuelta.

Margarita pareció ilusionarse. Visitar los pueblos coloniales antes de que se vuelvan polvo. Quizá se podría comer pichón, trigo pelado, quesito de chancho. Santiago sabría aconsejarle. Y visitar la casa de Melgarejo y la de Barrientos. Mirar la represa repleta de agua. Era un buen plan.

—Yo creo que nos animamos este domingo.

Blanco se alegró. A las siete en la parada de la avenida República. Y comentó que arrancarían en Cliza, pasarían por Tarata, por Punata y luego por Arani. De allí mismo se volverían hasta Cochabamba. Comerían todo y visitarían iglesias. Se sentarían en los bancos de las plazuelas para saludar a toda la gente. Respirarían aire puro.

No había nada más que hablar. Blanco volvería en la tarde para hacer uso del teléfono. Ella le hizo una seña de que sí. Por eso salió tan petulante como entró a la farmacia. Volvió a trepar al tercero y se sorprendió de que la puerta estuviera semiabierta.

La chapaca hablaba por el celular.

—¡Oiga, coronel, las cosas que usted me dice! Si es tan machito podría decírmelas de frente. No me haga reír. Bueno, está bien. Déjeme organizar mis cosas hoy, y mañana me llama. ¿Quién? ¿Y querrá? Lo he hallado un poco levantisco, chúcaro, como decimos por allá. Le ordeno, ajá. Adiós.

Blanco subió al cuarto por precaución. Luego decidió trepar hasta la azotea. Miró la ciudad con los ojos de siempre. Muy al sur, la costra quieta del smog. Polvo de ladrillo, tierra y heces fecales. Al centro, los edificios y los petardos, las bombas. Quizá las granadas de gas. Al norte, las avenidas y recuerdos de la campiña que duró hasta los sesenta. Pensó que así sería por el resto de la vida, porque la ciudad quedaba lejos del mar y el progreso. La Paz seguiría desarrollándose con la inventiva aymara. Y Santa Cruz con la plata del Estado. Los restantes departamentos continuarían su siesta.

Las palabras de la chapaca asentaron por fin en su cabezota. Lo había interpretado bien. Levantisco. Chúcaro. Seguramente esperaba que se le batiera la cola. Uribe se aparecería pronto para regañarlo, pero él estaría en su puesto de combate y le daría batalla frontal.

Volvió a bajar las gradas, aunque más lento que nunca, y se persignó en el quinto. Acercó el oído a la puerta oscura para escuchar el murmullo de ánimas de la señora Lobo, pero el departamento albergaba el silencio de un féretro.

Tocó la puerta.

Un momento después, la puerta se abrió.

—Señora Lobo. He venido a preguntarle si todo está bien.

La señora viejita lo miró a través del humo grisáceo de su cigarro. Le sonrió complacida por su preocupación. Le franqueó la puerta. Pase usted y tome asiento. Puedo invitarle a café en grano, más un cigarrillo, y le averiguo algo de su futuro. Suspendió las cejas a la espera de una respuesta. Blanco ingresó sonriente al departamento y pronto respiró incienso y humo de alas de murciélago del trópico. Se detuvo respetuoso en el pequeñísimo altar de ladrillos con dos velas encendidas, a los pies de la columna del albañil, y se persignó.

Se dio cuenta de que no sabía rezar completo.

—¿Todavía se comunica con el pobre?

La viejita contestó desde la cocina:

—Es un charlatán. Nos charlamos de lo lindo. Me cuenta las matufiadas del coronel. Y además es juguetón. Hace cloquear sus huesos cuando tengo visitas. Si viera cómo las asusta. La Amparito Alvear, viuda de Santisteban López, ya no quiere venir. Pobrecita. Dice que tiene pesadillas.

Blanco se sentó en la mesa del comedor y se quemó el paladar con el primer sorbo del café caliente. Pasó por alto el accidente y encendió feliz el cigarrillo. No debía desprender la ceniza, por lo que fumó como señora: la punta del cigarro dirigida hacia el techo.

—Uribe ha hecho mucha plata con el servicio de identificación, con la pichicata y los autos robados. Este pobre hombre lo descubrió y mire dónde descansa ahora. A veces llora, porque ha dejado mujer e hijos. ¡Si usted lo escuchara! Yo se lo rezo para que se resigne. Ya no hay nada que hacer.

Blanco hacía argollas de humo y sorbía el café caliente. El cigarrillo no dejaba de apuntar al cielo para conservar la columna de la ceniza. Todo lo que afirmaba la señora se lo había contado el albañil. Y era correcto. Él podía corroborar y hasta complementar. Había realizado una investigación exhaustiva en su momento.

—Hum, una buena mujer te extraña. Qué afortunado. Esa mujer llora cuando te recuerda. Está muy lejos. Tienes estabilidad laboral. Vives bien. Algo solo. Ahora deja caer la ceniza en este cenicero limpio. Hum, confirmo lo de la mujer. Pero por aquí veo unos sobresaltos, y algo de angustia… la buena noticia es que hay luz radiante al final del túnel.

Blanco se preocupó. Se acomodó mejor en la silla. Aplastó el saldo del cigarrillo antes de llegar al filtro. Tomó lo que quedaba del café.

La señora Lobo tenía unos ojitos dulces, quizá verdes. La piel de su cara estaba muy arrugada, fruncida, lo que la ayudaba a ganar en ternura. Parecía un durazno olvidado al fondo del cajón. Le gustaba caminar por el edificio, siempre abrigada, con sacón de lana, y enfundaba los pies en unos zapatones de franela.

—Uribe no sube a cobrarme la renta. Yo se la dejo con Margarita.

—Debe pensar que usted es una bruja.

—Seguro que sí, pero tú también piensas lo mismo y me visitas.

Blanco se puso de pie. Ya iba siendo hora del almuerzo, y la barriga le sonaría como motor viejo. Se despidió muy agradecido y bajó con calma y en silencio las gradas, con las abarcas en la mano.

Pero en el tercero lo esperaba la mujer chapaca apoyada en el marco de la puerta. Tenía un jarrón muy fino entre las manos (los dedos blancos y las uñas violentamente rojas) recién desempolvado. Al verlo enrectó todo el cuerpo para destacar su porte.

Blanco la saludó con la cabeza y siguió su camino.

—El coronel Uribe indica que usted me ayude a mover los muebles.

Blanco se detuvo cerca del codo de las gradas rumbo al segundo.

No la miró:

—Que me lo diga a la cara.

La mujer descompuso la belleza de su rostro con la furia. Estuvo a punto de soltar el jarrón. Atrevido. Insolente. Ella le haría saber al coronel de su respuesta. Y desapareció al interior de su departamento con un golpe de puerta.

 

Lindomar tampoco volvió a su casa por la tarde. Su concubina había ido a buscarlo a la policía y lo encontró detenido en la única celda, aunque con la reja abierta. Alguien de La Paz había dado la orden. No le quisieron decir quién. Ella se reía de la situación porque los policías eran amigos de su negro y le gritaban cosas al pasar. Pero luego le dijeron que quizá se lo llevarían a La Paz y ella se puso a llorar. Sus chiquilines seguían jugando a su alrededor porque no entendían nada.

Blanco llamó al Américas buscando al Abrelatas. Le contestó la voz de caverna del otro mozo. Blanco reaccionó de inmediato buscando a doña Valica. A los segundos le contestó ella.

—Llamo para agradecerle el servicio de la otra noche, doña Valica. Le dejé el importe con Quiñones.

—Sí, me lo ha dado. No hay de qué. Pero me debe de la curación en la frente del otro. Han tenido que hacerle un corte, dejar que salga el humor y ponerle puntos. Usted había sido de buena mano, pues.

—Se me pone pesada en las causas justas.

—Me ha costado convencerlo de que no lo denuncie a la policía.

—Debería dejarlo. Yo lo denunciaría por racismo y discriminación.

Doña Valica guardó silencio.

—Bueno, ahí que se quede todo —dijo.

Blanco asintió con la cabeza. Margarita atendía a un hombre gordo que sufría de acidez. Se frotaba la barriga y acariciaba lo que bien podía ser el lomo de una hernia de hiato bien desarrollada. Vació un sobre de polvo blanco en un vasito desechable, esperó unos segundos y se lo tomó. Seguro que le aliviaría el ardor, pero inmediatamente le comenzaría el hambre. Su vida era eso: dolor y hambre. Él comería unas salteñas, unas empanadas, un picante de cualquier cosa, y le volvería a doler.

Margarita lo escuchó muy atenta. Debía consultar al médico porque de seguro necesitaba un tratamiento. Le iba a vender unos sobres más. Y un tónico para plastificarle el estómago.

—Aguántese de comer y vaya corriendo al médico.

—Imposible. Lo único que no resisto es la tentación.

—Entonces coma blanco. Es delicioso comer sano.

Blanco sostuvo el auricular del teléfono con una mano. Con la otra llamó la atención de Margarita. Se golpeó el pecho indicando que él era un Blanco, ofreciéndose como comida para ella. Sano. Rebosante. A veces con leve cojera en una de las piernas. Nada importante. Se le pasaba con reposo e indiferencia.

Margarita lo amonestó por burlarse con un gesto de la cara.

—Hola, hola. Se ha chipado la comunicación.

—Doña Valica: ¿me permite hablar con Quiñones?

Después del gordo estaba el señor solterón que caminaba del brazo de su madre anciana. Tenía cerrados todos los botones de su camisa limpia, inclusive uno del cuello cabalgado sobre la gruesa manzana de Adán. Miró con ojos huidizos a Blanco y comenzó a traspirar de la frente amplia como temiendo lo peor. Su madre lo timoneaba con su mano huesuda, lunareja. Querían pastillas para la taquicardia. La anciana deseaba seguir viviendo lo más largo posible, por su hijito, para acompañarlo en esta vida cruel. Uno acompañaba al otro. Y viceversa. Se habían quedado solos, uno por culpa del otro.

—¿Sí?

—Escuchame, Abrelatas. Solo tengo intuiciones, pálpitos. Necesito la cédula de identidad de tu hijo.

—Oiga, jefe. Deje en paz a mi hijo. Ya está muerto, ¿entiende?

—Bruto. ¿Acaso no quieres encontrar su cadáver? El sábado estabas llorando como mujer.

—Lloro porque soy viejo. A usted también lo he visto lagrimear sin que se dé cuenta. No significa más que eso.

—Ah, caray. Ya te intimidaron. O sea que voy por buen camino.

Abrelatas colgó la comunicación. Blanco se quedó mirando la bocina y temblando de rabia. Giró el cuerpo para irse de la farmacia y no reparó en la presencia del coronel Uribe a su lado. Se pasó de largo.

—Oiga, poeta.

Uribe lo tomó del brazo y lo llevó al fondo del pasillo taconeando sin vergüenza. Sus pasos resonaron más debido a la cerámica. Se detuvieron en el sector oscuro, cerca a las gradas, porque no encendían ninguna bombilla durante el día.

En ese rincón le habló de muy cerca, casi punzándolo con las agujas de su bigote entrecano y cepillón.

—Oiga, so carajo, usted es un malagradecido. Yo me desvivo para que viva como un rey y usted es incapaz de hacerme un simple favor. ¿Acaso no le dije que fuera amable con la chapaca?

—La he querido mimar y no se ha dejado.

—Es mi pretendida, ¿me entiende? Me la he traído aquí para sacarle el jugo. ¿No ha visto que vale la pena? Además es de juerga. Inclusive canta. ¿Puede ayudarme? ¿Puede hacerme quedar bien con ella? Es todo lo que le pido.

—No es poco.

—Pero hágalo, carajo. O se me va a la calle.

—¿Del brazo del albañil? O con los papeles de su prontuario…

El coronel Uribe apretó los dientes para concentrar toda su furia en los ojos. También lo apretó aún más del brazo. Comenzó a temblar y se le escapó un hilo de baba por la comisura izquierda. De inmediato volcó los ojos y Blanco se quedó mirando dos globos sanguinolentos y venosos.

Al cabo de un momento se tranquilizó.

—Usted no actúa como un amigo.

—No soy su amigo.

—Entonces actúe como mi empleado.

—Tráteme como a su empleado.

—Está bien. Me rindo. Escúcheme: ¿podría usted, Blanco, colaborar con la mujer del tercero? Se lo pido por favor. Es muy importante para mí. Qué me dice.

—Solo si ella me trata con cariño.

—Lo tratará como a su niño.

—Además usted tendría que hacerme un favor.

 

El coronel Uribe se fue del edificio a media tarde. (Blanco observaba todo desde la azotea). Bajó las gradas del ingreso de peatones y se quedó en la acera alisándose el poco pelo que le quedaba. Desde la altura se divisaba con claridad su calvicie de hostia en la coronilla. Dubitó unos segundos. Se subió a su vagoneta y se marchó.

Todo resultaba obvio. Se había dado una ducha y tenía puesta la ropa con la que llegó a visitarlos. No solo eso: dio un pequeño brinco juvenil en la grada y se dirigió a su voluminosa vagoneta como un campeón. Arrancó rápido y torció en la esquina rumbo al norte. Ya no se le podía ver.

Blanco consideró que había llegado la hora de trabajar. Bajó como un gato sin despertar a la viejita del telescopio y sin alborotar el gallinero del séptimo, y ni respiró en el piso del canario hare krishna. En el quinto se persignó y oró por toda la humanidad, y en el cuarto se dio de bruces con el dramaturgo de los ojos celestes y abismales. Se miraron intentando decirse algo, pero no les fue posible. El dramaturgo corrió gradas abajo brincando como un salvaje asustado y pronto se le escuchó cerrar la puerta de la calle con un sonoro golpe violento. Luego cruzó audazmente la avenida dando de alaridos y brincos. Espantando a la gente. Desapareció por la esquina.

En el tercero tocó la puerta y sonrió desde antes de que le abrieran. La mujer se sorprendió de verlo así, como en fotografía. Ella le franqueó la entrada y le hizo una seña de que lo esperara. Podía sentarse en cualquiera de los sofás. O mirar desde los ventanales. En fin: lo que quisiera. Estaba en su casa.

La mujer se estaba secando el cabello y estaba cubierta de un salto de ducha. Tenía los bellos pies descalzos. Por eso Blanco entristeció cuando la vio desaparecer en algún cuarto. De inmediato caminó tras su densa huella aromática y se llenó los pulmones de felicidad. Jabón y piel. Sueños. Piel. Piel. Piel.

Se soltó en un sofá con los ojos cerrados. ¿Hace cuánto que no veía a Gladis? ¿Seis meses? ¿Siete, quizá? Mucha hambruna. Con menos tiempo que ese algún otro tomaba la decisión firme de volverse maricón. Tendría que solicitar socorro, a crédito, a la chilena. Y mejor si se desahogaba con ella, que parecía experta, y no con ninguna de las otras muchachitas que no colmarían su expectativa de servicio.

Todavía especulaba con los ojos cerrados cuando reingresó la bella y se le plantó delante. «Usted se está durmiendo». Blanco saltó del sofá y se puso en posición de firmes.

—Blanco. Santiago Blanco.

La saludó.

La mujer se sonrió pero captó la intención del hombre.

—Liliana Wenninger. Mucho gusto.

Se dieron un apretón de manos.

El sofá grande ocupaba todo el largo de la pared que separaba la sala de la cocina. Liliana Wenninger lo prefería así. Si se ubicaba el comedor en ese lugar, se desperdiciaba la pared y el sofá hubiera trancado el paso a los ventanales. Y los dos sillones se ubicaron frente al grande. Al centro la mesita de vidrio. Blanco posicionó los muebles sin ninguna ayuda. La mujer tenía las uñas postizas y continuaba descalza. Por eso se limitaba a apuntar con el dedo. Por aquí. Por allá. Probemos con este otro. Mejor cambiemos. Y el mueble más liviano pesaba como un muerto.

También reacomodaron la cama. Era inmensa y pesaba un poco más que un elefante después del almuerzo. Blanco comenzó a traspirar. Tenía los brazos temblando. Igual que las rodillas. Por último, se dejó caer entre las sábanas muy hecho al jugueteo. Liliana Wenninger lo puso de pie con dos o tres golpes de almohada.

Después se sentaron a tomar un café y fumar un cigarrillo.

Blanco emuló a la señora Lobo.

—Veo una futura felicidad. Hay un mal hombre que vigila tus pasos con celo profesional. Está al acecho. Y veo muertos. Y dinero. Ese hombre falso debe desaparecer de tu vida porque te hace daño. Mucho daño.

Liliana Wenninger se puso a llorar inconsolablemente. Escondió la cabeza entre los brazos y no asomó como cinco minutos mientras el cuerpo se le sacudía. Blanco se sorprendió. Su juego había llegado demasiado lejos al parecer.

 

Lindomar Preciado Angola no volvió a su casa el martes, tampoco el miércoles ni el jueves, último día del año. Su concubina iba a la policía por las mañanas y por las tardes, llevándole comida. Al negro le gustaba comer picante de gallina con plátano hervido. En eso era muy yungueño, claro, y muy chicalomense. Con arroz y yuca. Se sentaban a la sombra de un alero del patio y él comía con hambre. Su concubina lo miraba. Y conversaban. Los policías pasaban por su lado pero no los molestaban.

La concubina le dijo a Santiago Blanco que el lío empezó cuando su negro fotografió el cadáver del colgado. Por puro morboso, oiga. No tenía cara, porque las hormigas y los gusanos se lo habían llevado todo. Seguro que fue eso lo que le impresionó. Y el cuerpo era cualquier cosa. Un tullido raquítico. Pero los policías paceños nos cayeron en la noche exigiendo que les mostráramos la máquina fotográfica o el celular. Cómo se enojaron por eso. Uno de ellos golpeaba a mi negro en la cabeza, todo el tiempo, con una madera. La mujer quiso defenderlo pero otro la agarró de los cabellos, con lo difícil que era. Pero usted sabe, señor, lo terco que es mi negro. No abrió la boca ni les dijo que sí tomó las fotografías o que no. Creo que ni se quejó de dolor.

«Te vamos a matar», le decían. Alguno se aproximó a mis niños con mala cara, pero ni siquiera llegó a agarrarlos. Después se cansaron de tanto hacer lo mismo y se lo llevaron a la oscuridad. Yo solo escuché el ruido de un motor y se fueron en la noche. Sus focos parecían luciérnagas cuando ya trepaban por la colina. Al amanecer me lo devolvieron cojeando. Hinchado de la cara y con un dedo de la mano roto.

Pero el lunes lo llamaron para que fuera a declarar a la policía, y ya no salió. No habla mucho, pero me ha encargado decirle «misión cumplida» y que lo espere un poco. Él le tiene muchísimo aprecio a usted. Dice que es un orgullo haber sido su ayudante.

Un largo silencio se instaló en la comunicación.

—¿Me puede decir por qué?

Blanco se secó una lágrima y pensó en el Abrelatas. Margarita, que lo observaba entre clientes, le regaló un pañuelo de papel con perfume. Y le sonrió muy solidaria.

—Me estoy poniendo viejo. Lagrimeo de nada.

—Quizás es solo cuestión de gotas.

Margarita se le echó encima con un gotero de agua blanca y un poco de algodón. Blanco quedó temblando al verla tan cerca suyo. Unas hebras muy finas le cayeron al rostro, y sus ojos se juntaron hasta convertirse en uno, como los cíclopes. En ese mismo impulso le sintió el aliento. Luego se dejó secar las gotas con el algodón. Una caricia inolvidable.

Más tarde fue a la morgue en busca de la fiscal. La encontró sentada a la sombra de un paraíso en el parque, al otro lado de la acera. Cruzó con el temor de ser arrollado por el tráfico vehicular.

La fiscal comía un relleno de papa con queso. El aceite goteaba a sus papeles y los dejaba transparentes. La letra desaparecía. A ratos se limpiaba los dedos en los mismos papeles. Y miraba cómo fluía el tráfico vehicular ya sin remedio. Los vehículos se habían convertido en propietarios de toda la ciudad.

Blanco sintió que se le hacía agua la boca.

—Hemos donado al chamuscado a los muchachos de medicina. Ya no debe haber nada de él. Su amigo Quiñones no me ha buscado.

—Esta tarde voy a tener la ficha técnica de su hijo.

—Uno de los policías que recogió el cadáver es mi alumno de Derecho y me debe un examen. Estoy esperando que se me acerque. El portero de la noche se niega a hablar. Es mejor no insistir.

—Ya están sobre aviso.

—Le regalo esta estupidez para que se distraiga esta noche. El ministro es un payaso.

—Hay gente que le cree. En la plaza principal rezan por él.

 

El coronel Uribe lo llamó a bocinazos a las siete de la tarde. Todavía había luz natural y la ciudad lucía como una postal bien hecha. La colina de San Pedro era la más beneficiada. Los tenues rayos del sol morían sobre su ladera cubierta de una maleza reverdecida por las lluvias. La laguna Alalay se estremecía como una piel acariciada por mano inteligente. Los pajaritos trinaban mientras se acomodaban en el enorme sauce llorón de la acera del frente. Los perros vagabundos roncaban de hambre y sueño en su inmensa sombra.

Blanco, inmóvil en la azotea, suspiraba con tanta poesía.

Los bocinazos desde la acera sonaban impacientes. Uribe tenía varias tareas que cumplir para su fiesta de Año Nuevo. Debía recoger el cerdo con receta alemana y el postre de maracuyá, las tres botellas de champán y el cajón de vino espumante francés. Su mujer estaría comprando los pitos y la docena de sombreros cucuruchos para las fotos de medianoche. Sus hijos estarían buscando afanosos los calzones rojos, las uvas y las rogativas en el internet para esperar, con confianza, el nuevo año. Alguna maleta vacía ya estaría detrás de la puerta. Alguien la llevaría a dar una vuelta por el barrio.

—Se está volviendo lento, hombre. Aquí tiene la carpeta completa. No se olvide que yo no sé nada. Si lo he visto no me acuerdo. Y aquí está toda su paga de diciembre. Hágasela durar. Usted se dedica mucho al morfe.

Blanco asintió. Él escuchaba los consejos y agradecía. Batía la mano cuando la vagoneta partía como un enorme hipopótamo y torcía la esquina. Todavía agradecía cuando leía la ficha: Pedro Quiñones, n. 1990, 1,71 cm y 68 kilos, tez morena, cabello y ojos negros, cicatriz en pómulo izquierdo, tres muelas de oro, prontuariado por robo menor el año 2008, condenado a cuatro años en San Sebastián por asalto a mano armada sin consecuencias. Especialidad: autista. Miembro de banda internacional, sin comprobar. Foto de frente con un número en el pecho y foto de perfil. Gesto criminal. Bajo permanente investigación.

En el sobre estaba su dinero. Blanco lo contó en segundos, porque el haber básico no daba para más.

Se sentó en su cama para mirar televisión y por supuesto que toda la prensa hacía la cobertura de la víspera y llegaría al descorche típico y hasta una hora más. Se podían ver los programas del año pasado, y todos los años anteriores, y era lo mismo. La gente gritaba, brincaba y se ponía contenta. A medianoche discurseaba y lloraba. Se daba de besos y abrazos. Generaba buen ánimo para comenzar de nuevo. La esperanza renovada. Cosas así. La mismidad.

Sus ojos continuaron mirando las imágenes pero pronto se abstrajo en sus propios pensamientos e intuiciones. Una modorra comenzó a ganarle el cuerpo y luego un sopor. Las sombras densas del sueño descendieron a su cabeza poco alerta y comenzó a roncar con los brazos cruzados sobre el pecho. El cuello chueco.

Lo despertaron los petardos de medianoche. Y los ladridos de tanto perro asustado.

La fiesta estaba en su apogeo. Salió de su cuarto rumbo a la acera y se encontró con un grupo de jóvenes que caminaban apurados hacia el este. Casi todos tenían una botella en la mano, salvo las señoritas que caminaban con dificultad por los tacos altos, los vestidos cortos y estrechísimos. Sus piernas lucían como columnas sólidas de carne prieta. Blanco se asustó de su imaginación delirante.

Un hombre giró alrededor del kiosco lentamente. Quizá pensaba en echarse a dormir en su retaguardia. Sin embargo, lo más probable era que se pusiera a mear, como mínimo. No había un mingitorio en el área, y por supuesto que el mercado de las cholitas estaba cerrado. Blanco se sintió de lo más bien comprendiendo la situación.

Algunos vehículos corrían por la avenida bocineando. Querían que el mundo entero lo supiera. Su felicidad consistía en una botella descorchada, una minifalda a su lado y el vehículo de papá. Bocineaban y chillaban con mucho de convencimiento. Esa era la felicidad. Por fin la habían alcanzado.

No pasaba nada más. Seguramente comenzaría a llover temprano en la mañana. Algunos refucilos así lo indicaban. La ciudad estaría muerta y alguien recogería borrachos de las calles. Quizá la policía. Los muchachos de padres pudientes irían a tropezones a comer fricasé de chancho al local de moda. El rito completo. Y por fin se irían a dormir.

En horas, todo el mundo sabría que la vida seguiría igual.