Que te vaya como mereces

Gonzalo Lema · Capítulo 2 de 7

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Que te vaya como mereces

La misma prensa paceña investigó el caso.…

La misma prensa paceña investigó el caso. La pareja Castelli Luján vivía en el piso 20, de la torre C, del edificio Santa María. El teniente de policía Omar Castelli pateaba las puertas de borracho y vociferaba como dueño del mundo. Pegaba a su mujer y, alguna vez, a sus hijos. Al perro lo pateaba siempre en las costillas, estuviera borracho o sobrio. No saludaba a nadie en el ascensor ni miraba a los ojos. Parecía un animal salvaje herido, a punto de agredir a cualquiera. No hizo amistad con nadie. Desaparecía un mes, o más, y se anunciaba con gritos prepotentes desde la acera cuando reaparecía.

Esa noche del crimen, Analí Luján de Castelli también gritó y lo oyeron los vecinos.

—¡Lo he visto todo! ¡Asesinos! ¡Sé lo que hicieron!

Él intentó callarla y se inició una persecución violenta en el pequeño departamento. Los niños quedaron en su dormitorio con la puerta cerrada y llorando. Un florero de vidrio se estrelló contra la pared. También un plato de adorno de la Asociación de Periodistas de La Paz a la periodista Analí Luján de Castelli por su trabajo meritorio. Luego solo fueron los gritos de Analí hasta que de pronto se hizo el silencio.

El teniente Omar Castelli salió del departamento cerrando la puerta con doble giro de la llave. Impaciente, no esperó el ascensor y bajó rápido las gradas. Y desapareció. El vecino del frente lo vio por el ojo de su puerta y le contó nervioso a su mujer.

Los niños comenzaron su llanto a los pocos minutos. También dieron golpes desesperados a la puerta. El vecino del frente, angustiado por todo lo que escuchaba, se atrevió a aproximarse y preguntar qué pasaba.

—Mi papá ha matado a mi mamá —dijo el niño. Su hermana lloraba a su lado.

El portero consiguió que un cerrajero abriera la puerta. Los dos niños lloraban sentados en el sofá de la sala, frente a la pantalla granulada de un televisor conectado a un vídeo con la casetera abierta y vacía. Las sillas del comedor estaban volteadas, la mesa fuera de eje y la mujer yacía sobre el tapiz y sobre la madera del piso. Tenía el cabello estallado, los ojos abiertos mirando el cielo raso, el cuerpo quebrado en la cintura, las manos a ambos costados de la cabeza y un puñal de monte clavado en el corazón.

El vecino fue quien primero entró y consoló a los niños.

A la media hora llegó el fiscal y la policía. Todos apuntaron datos en sus libretas de bolsillo y el fiscal ordenó que se sellara la puerta. Los dos niños quedaron con la familia del frente hasta que sus tías y abuela llegaron a recogerlos. Luego intentaron enterrar el caso con una investigación de lo más lenta y desprolija. También amenazaron a algunos periodistas.

Ante la demora, la misma prensa paceña comenzó la investigación. El teniente de policía Omar Castelli se dio a la fuga, y sus camaradas, con una gama infinita de ardides, confundieron a la opinión pública y saltaron más de una vez a otros casos. Castelli se refugió en los cuarteles de La Paz y Cochabamba. En el cuartel de La Paz se lo vio tomando sol en el patio, el torso descubierto, muy cerca del mediodía, con una gorrita de beisbolista. En el cuartel de Cochabamba se lo vio comiendo salteñas. Algunas personas indicaban que también se lo vio en los prostíbulos. La policía no lo vio en ningún lado.