Querido nadie
Sección 10
Agosto
8 de agosto
Querido Nadie:
Hace demasiado calor. Me he convertido en un buque que se tambalea, en un galeón enorme que oscila con velas hinchadas. ¿Cómo es posible que engorde más sin explotar? Una vez vi en una película que un hombre se atiborraba de comida hasta explotar delante de todo el mundo en un restaurante. Me reí muchísimo.
Y tú no me ayudas. Te pasas el tiempo dándome patadas y codazos. Supongo que te encontrarás un poco agobiado ahí dentro. A veces pienso que eres tan grande como una de esas ballenas que suben pesadamente a la superficie del mar y arquean su formidable lomo. He escuchado un disco de ballenas que cantan. Pueden oírse unas a otras a sesenta kilómetros de distancia. ¿Cantas tú también ahí dentro?
Antes creía que los océanos eran lugares silenciosos. Pero, con tantas ballenas cantarínas, tienen que ser más ruidosos que las autopistas.
He estado asediada por médicos, comadronas y personal sanitario. Han comprobado mi peso y tu tamaño, el latido de tu corazón y mi presión arterial. Se ocupan de mí y temo que también de ti. Sueño que estoy echada en una cama de hospital y que alguien pasa delante de mí con un cochecito. Tú estás dentro y tratan de separarte de mí. Yo quiero sentarme, pero me pesan demasiado los brazos y las piernas. Quiero gritar, pero tengo la boca tapada. Mi madre, sentada junto a la cama, sonríe.
Me han dicho que haga unos ejercicios de respiración y relajación, pero en cuanto los empiezo me pongo a temblar. Nadie, ¿cómo será tu nacimiento? Por mucha gente que haya conmigo ese día, yo sola tendré que soportar el dolor. Y aunque nadie me oiga, grito interiormente con todas mis fuerzas y sigo aparentando que estoy tranquila y no me preocupo. En casa, cuando me siento con Robbie delante del televisor, estoy gritando, por tranquila que parezca. Ruthlyn me ha acompañado hoy a la clase de relajación. Odio esa clase. Me veo diferente, años más joven que las demás, sin compañero. Ruthlyn ve siempre el lado divertido de las cosas. Nos hemos reído en el autobús, camino de la clínica. La gente nos miraba como si estuviéramos invadiendo su intimidad por el simple hecho de reírnos. Después se miraban unos a otros y sonreían al fijarse en mí, o mejor dicho, en ti. Me sentía como una cría de doce años. ¡Una mujer ha llegado a darme palmaditas en la tripa al salir del autobús! ¡Qué cara! ¿Qué le parecería si le dieran palmaditas a ella?
—Estás preciosa, cariño —me ha dicho, y me ha acariciado la barriga como si fuera una bruja buena haciéndome un conjuro. Yo no me veo preciosa; además me duele siempre la espalda: pesas mucho.
En la clínica prenatal he tenido que echarme de espaldas en el suelo, inspirar y espirar lenta y regularmente, volverme a un lado y a otro, mover las piernas a un lado y a otro, con suavidad. Yo era entonces plenamente consciente de ti. Algunas mujeres estaban allí con sus maridos, que les sujetaban los tobillos mientras simulaban los dolores de parto. Ruthlyn ha hecho lo que ha podido, poniendo cara de persona seria y eficiente. Pero cada vez que me miraba a los ojos, se le escapaba la risa. Reír no hace daño, y ninguna de nosotras lo tomaba muy en serio. No parecía real. Nos mirábamos unas a otras como niñas tímidas en una nueva escuela. Yo me sentía violenta y, al mismo tiempo, apoyada por ellas. Después hemos hablado de cuando lleguen nuestros bebés y, de pronto, me ha parecido todo mucho más real. ¡Sólo faltan unas semanas! ¡Es cierto! ¡Va a suceder de verdad!
Estoy impaciente por verte.
Al salir, me sentía relajada. Me hubiera ido derecha a la cama. Para variar, tú estabas dormido. En el autobús, Ruthlyn y yo nos hemos sentado detrás de una madre joven. Llevaba en brazos a un niño que no dejaba de mirarnos por encima del respaldo del asiento. Nosotras nos reíamos y agachábamos la cabeza para hacerle sonreír. Pero estaba muy serio, como un viejo profesor enano que nos mirara severamente. ¿En qué estaría pensando? ¿Piensan los bebés? ¿Tienes tú pensamientos? ¿O son los pensamientos consecuencia de la experiencia?
Después, de repente, el niño se ha cansado de nosotras, o del viaje, o de la vida, o de lo que sea, y ha empezado a berrear. Ha entrecerrado los ojos, ha inflado los carrillos como globos rojos, ha abierto la boca y se ha puesto a chillar, gritar y berrear. La pobre madre lo ha intentado todo: besarle, chistarle, ponerle de pie, mecerle y meterle en la boca el dedo doblado. Al final estaba más colorada que el niño, y en el autobús todo el mundo parecía violento, acalorado o enfadado. Estoy segura de que se ha bajado antes de su parada. Se ha levantado de pronto, cargada con su bulto chiflón y sus dos bolsas de compra. Le iba a ser imposible salir con el cochecito plegado entre todos los demás equipajes, y me he levantado para ayudarla. Ella me ha dedicado una mirada de lástima, comprensiva y desesperada. Tampoco llevaba anillo. ¿Vivirá sola con su niño? ¿Y llorará el bebé de esa manera toda la noche? Parece que sigo oyéndole. ¿Lo oías tú también, pequeño Nadie?
Cuando he vuelto a sentarme, Ruthlyn me ha sonreído.
—Pobre mocoso —ha susurrado—. El tuyo no será así, Helen.
Pero en aquel momento, Ruthlyn y yo estábamos en mundos distintos.
Cuando se supieron los resultados de los exámenes, el viaje a Francia parecía algo remoto. Fui en bici a casa de Tom y los dos juntos nos dirigimos al instituto. Nos habrían mandado las notas por correo, pero no sé si hubiera sido capaz de abrir el sobre. En la puerta de la secretaría chocamos las manos, como lo habíamos hecho el día del primer examen. La señora Price me sonrió y señaló la mesa donde estaban extendidas las papeletas. Al principio no encontraba mi nombre, después no lograba ver la nota entre tanta palabrería. Inglés. ¡Sobresaliente! Pegué un grito, y la señora Price se echó a reír. Mi corazón volvió a latir: no me había dado cuenta de que se me había parado. Aprobado en francés. El corazón se me paró otra vez cuando leí «muy insuficiente» en cultura general. ¡Muy insuficiente! Tenía que haber un error. Empecé a contar puntos y comprobé que me faltaba una nota. No la encontraba. Ni siquiera me acordaba de qué materia se trataba. Tuve que sentarme un rato. Para la Universidad necesitaba tres notables, y no los tenía. Entonces comprendí lo mucho que significaba para mí graduarme en inglés. Antes había evitado pensar en ello, no estaba en condiciones de concentrarme en nada. Probablemente me había venido bien estar fuera. Y quizá Bryn me había ayudado también, en cierto modo. Y ahora veía perdida mi gran ocasión. El destino otra vez. Siempre manejando mi vida.
La señora Price levantó los ojos de su máquina de escribir.
—¿Está todo bien? —preguntó.
—Pues no —dije—. Creo que se me ha traspapelado algo. Ella se levantó y miró entre los papeles.
—Me hacen falta tres notables. Y tengo un sobresaliente, un aprobado y un muy insuficiente, y una nota que no encuentro —me aclaré la garganta—. Sociología, eso es.
—Tienes un notable —me dijo ella.
Tiene algo de bigote en el labio superior, pero es agradable. Debe de ser bueno tener una madre como la señora Price. Huele a polvos de talco.
—Ve a hablar con el señor Harrington —me dijo—. Él te lo resolverá.
Tom tuvo que darse cuenta de que algo iba mal, pero bajó la cabeza y pasó a mi lado como si no me conociera. Delante de la puerta de Hippy Harrington dudé. Un tío tan extrovertido puede ser un latazo. Quise sonreír, y tenía los labios como pegados. Cuando entré estaba silbando y, al verme, se levantó de un salto, derrochando energía. Extendió el brazo por encima de la mesa y, como un perro bonachón con la cola, desparramó el montón de papeles.
—¡Chris, muchacho! —gritó—. ¡Sobresaliente en inglés! ¡Sabía que lo conseguirías!
Estaba tan contento que logró que yo despegara los labios y sonriera. La verdad es que empezaba a pensar que lo había hecho sólo por él, como recompensa por su entusiasmo y por su amor a la literatura. Ningún otro profesor parecía tan entusiasmado con sus asignaturas.
—El lenguaje es poder —solía decir—. La literatura es amor. Y la poesía es el alimento del alma.
Siempre recordaré eso, aunque en realidad no sé lo que quiere decir. Una vez que estábamos en clase haciendo un comentario de poesía, nos leyó un poema de Yeats y, al abrir el libro, le temblaron las manos. Nos lo leyó con tal veneración que fue como si nos entregara algo especial, una parte de sí mismo. Bueno, quizá saqué esa nota por él. Ahora, todo parece muy lejano: tanto leer, subrayar con lápiz y dar vueltas por casa aprendiendo citas. Sólo por complacer al bueno de Hippy.
—Ya estás casi en marcha para Newcastle, ¿eh, Chris?
Le conté lo de las notas y me dijo que pensaba que eran suficientes, que telefonearía y vería lo que podía hacer.
—Pienso que serán suficientes, pienso que serán suficientes, ya verás — dijo moviendo la cabeza con gesto de asentimiento.
Yo me quedé parado sin saber qué hacer ni qué decir. Algo así como adiós y gracias por todo. Por Yeats, claro. Me agaché para recoger los papeles desparramados y él se agachó al mismo tiempo. Por debajo de la mesa me preguntó:
—¿Adónde va a ir tu novia, Chris? Piensa estudiar música, ¿verdad? ¿En Mánchester?
Y yo dije:
—Va a tener un hijo, señor. Lo hemos dejado.
Se dejó caer hacia atrás y se quedó en cuclillas, mirándome por encima del borde de la mesa; yo me levanté despacio. Me sentía más violento y desdichado que nunca en toda mi vida.
—Pobre criatura —dijo. Debió de referirse a Helen o al niño, pero me miró de una manera que el corazón me dio un vuelco. Igual que si supiese exactamente cómo me sentía.
No había nada que decir. Coloqué los papeles en la mesa y me fui a casa.
Aquella tarde llamé a Ruthlyn. Su madre me dijo que estaba muy alterada para ponerse al teléfono.
—Le han dado notable en todo —me contó—. Como ella dice, brilla como un diamante, pero no es lo bastante buena.
—Pobre Ruthlyn —dije—. Entonces, ¿no podrá hacer medicina?
Coral jadeaba un poco. Me parecía ver su cara amable y preocupada.
—Está llorando tanto, que no me lo ha dicho. Yo le digo que no importa, que me puede ayudar con los críos. Pero llora y llora y llora.
—¿Sabe usted cómo ha salido Helen?
—Está arriba con Ruthlyn. Ha tenido sobresaliente en todo.
Yo sonreí al teléfono.
—Dígale que me alegro —contesté—. Y le diga a Ruthlyn que no se preocupe, que puede repetirlo. Dígale a Helen que yo he sacado un sobresaliente, un notable y un aprobado.
Oí cómo arrancaba un papel y murmuraba entre dientes:
—Sobresaliente, notable y aprobado. ¿Por qué no se lo dices tú mismo? Está aquí ahora.
—Sí, por favor.
Me dio un vuelco el corazón y el estómago me pinchaba.
—Helen —dije. La imaginé echando la cabeza atrás, apartándose el pelo de la cara con ese gesto tan suyo, para dejarlo caer otra vez. Durante semanas no había sido capaz de recordar su rostro con claridad—. ¿Helen?
Por un momento oí su voz susurrando algo a Coral.
—¡Ahora está demasiado nerviosa para hablar! —la voz melosa de Coral hablaba otra vez en el teléfono, ahora compasiva—. ¿Qué voy a hacer con estas dos chicas, Chris? Dímelo tú y lo haré.
Pero no contesté. Colgué el auricular despacio, con cuidado, como si estuviera hecho de cáscara de huevo, como si cualquier ruido fuese a destrozar para siempre el breve, tenue y frágil sonido que había percibido antes de que Coral hablase de nuevo: la voz de Helen después de todas aquellas semanas. «No puedo». Recordándolo subí a mi habitación y me senté a mirar el atardecer, los árboles mecidos por el viento y la llovizna que se rizaba al caer como una fina red. El gato empujó la puerta y se acercó sigilosamente a mí, saltó a mis rodillas sin hacer ruido y se quedó quieto y silencioso, mientras en mi mente la voz de Helen se formaba y se desvanecía una y otra vez, como las gotas de agua en la punta de un carámbano.
Unos días después llamó mi madre. Fue extraño oír su voz, que me trajo de pronto a la realidad. Recordé su salón, con los libros, las fotografías colocadas en las paredes.
—Voy a tener unos días libres —dijo. Podría asegurar que estaba fumando—. ¿Te gustaría venir y hacer una pequeña escalada conmigo?
Yo había olvidado todo lo de las escaladas. Me parecía que había sido otro, hacía ya muchos años, quien había hecho aquellos intentos desesperados en la escurridiza pared. Ni siquiera me acordaba de lo que había querido demostrar al hacerlos.
—Estoy tratando de arreglar lo de mi plaza en la Universidad —dije—. ¿Podría ir el mes que viene?
Mi padre estaba en la cocina moviendo platos con cuidado para no estorbarme, quizá escuchando a medias. No sabía qué diría si mi madre quería hablar con él.
—Puedes venir cuando quieras. Trae a Helen, claro. ¿Cómo está?
—Está bien —dije. Papá volvió la cabeza al oírme.
—¿Y qué planes tenéis?
Tenía la boca reseca.
—Es todo un poco complicado por el momento.
—Bueno. Ya me lo contarás cuando vengas. Que sea pronto. Esperamos veros a los dos otra vez.
—Está bien, mamá. Joan. Gracias.
Los teléfonos son unos chismes extraños. Nos convierten en tontos y mentirosos. ¿Cómo vas a decirle la verdad a la gente si no la miras a la cara? Me sentía fatal. ¿Cómo pude contarle a mi profesor de literatura inglesa que Helen y yo lo habíamos dejado y no se lo contaba a mi madre? ¿Cómo podía estar a pocos pasos de mi padre y hablar con mi madre al mismo tiempo, como si uno de los dos no existiera? Algo estaba pasando. Algo se estaba apoderando de mí, y tenía que arrancarlo como fuera.
Fui a la cocina y me quedé mirando a mi padre. Estaba haciendo tortillas; cascaba cada huevo por separado en una taza, lo olía para ver si estaba fresco y lo sacaba de la cáscara. Las claras se extendían bamboleantes, rodeaban a las yemas y las hacían caer, como alpinistas soltando cuerda. Observé un momento cómo se reventaba y desparramaba el jugo amarillo. No sé lo que me empujó a decirle aquello; creo que tuvo que ver con la forma en la que levantaba el tenedor mirando la yema reventada sin ponerse a batirla y sin hacer nada. Estaba ausente por completo. No sé en qué pensaba, pero no era en las tortillas.
—Papá, ¿te importaría que mamá me llamara por teléfono?
—No especialmente.
Seguía dándome la espalda y manteniendo la misma postura, sin meter siquiera el tenedor en el cuenco, como si le pagaran por no moverse.
—Pero tú estás de acuerdo, ¿verdad?
—Casi —dijo—. No del todo.
Fue como abrir una puerta y volverla a cerrar de golpe después de vislumbrar al otro lado una habitación secreta. Los padres resaltan a veces tan desconocidos.
La siguiente llamada telefónica fue de Hippy, para decirme que no había problemas con mi plaza en Newcastle.
—Estupendo —dije.
—Disfrútalo —dijo él—. Y sácale partido. Sácale partido a tu vida, Chris.
Parecía como si uno mismo nunca decidiese acerca de las cosas. De todas formas, suceden en su momento.
A la mañana siguiente, yo estaba en la cama con algo de resaca cuando Guy asomó la cabeza por la puerta para decirme que alguien preguntaba por mí.
—Dile al tío que sea que me he muerto —gruñí.
—No es tío, es tía.
Guy desapareció y yo salté de la cama. Me arrastré a cuatro patas hasta la ventana, porque no estaba presentable, pero no había señales de ella. Y Guy llamaría a esto una broma. Me eché otra vez en la cama al borde del colapso, cuando oí la voz de mi padre y la risa de una chica. Revolví la ropa en busca de calcetines limpios, di una patada al gato, que dormía en mis vaqueros y mi camiseta, y casi me caí por las escaleras. Mi padre me miraba desde el vestíbulo con una expresión burlona que yo no podía entender; se echó hacia atrás y vi con quién estaba hablando. Era Bryn. Tenía un aspecto fantástico.
Me senté en las escaleras para ponerme los calcetines y ordenar mis ideas.
—¡Hola, vago! —me saludó ella—. ¿Qué horas son éstas?
—¿Qué haces aquí? —pregunté.
—Creo que viene a verte —dijo papá. Entró en la cocina; parecía que había alguien más allí, pero no estaba seguro.
—Iba a Leeds en busca de alojamiento para el curso que viene, y cuando el tren ha parado en Sheffield he decidido venir a verte.
—No lo creo —dije. Fui a levantarme y me senté otra vez. Había visto a papá hablar con alguien en la cocina y me di cuenta de que Jill, con una taza de café en la mano, estaba mirando a Bryn. Guy estaba dando la lata con un gorro, entre Bryn y la cocina. Y yo seguía sentado en la escalera, con un calcetín puesto y otro en la mano, mirándola entre los barrotes de la barandilla.
Bryn dejó de sonreír.
—¿No te apetecía verme?
—Claro que sí.
Jill se inclinó hacia delante y cerró con suavidad la puerta de la cocina; Guy me miró como si le hubieran pillado escuchando y corrió escaleras arriba saltando por encima de mí.
Bajé al lado de Bryn. Parecía muy pequeña y estaba muy tostada por el sol.
—Hola —dije. No se me ocurrió nada más.
—Me vendría bien una taza de café —dijo, repentinamente tímida.
No me atrevía a entrar en la cocina, con mi padre y Jill observándome: tendría que presentarla, explicar dónde nos habíamos conocido y todo eso.
—Podríamos tomarlo en casa de Tom.
—Bueno.
«Ojalá esté en casa», pensé. No se me ocurría a qué otro sitio podía llevarla. Corrí escaleras arriba a buscar mis zapatos. Tenía los nervios de punta. No encontraba el peine, y me hubiera venido bien un afeitado, pero cuanto antes saliéramos de casa, mejor. Volví a bajar las escaleras corriendo, y tuve que subir otra vez por mi llave. Estaba como si fuese a coger un tren. Al salir vi su pequeña mochila en el vestíbulo y le dije que la cogiera. Parecía decepcionada y yo me sentía muy incómodo.
Al llegar al final de la calle, empezó a llover.
—Será mejor que volvamos a casa —dije. Estaba empapado, no llevaba nada encima de la camiseta.
—Ni hablar —dijo con voz alta y tensa—. Tengo que estar en Leeds esta tarde.
—Es una lástima —dije.
—Y me gustaría ver a Tom.
—A él también le gustará, creo.
Eramos tan correctos como dos extraños que se encuentran en el tren. No podía evitarlo. Me resultaba difícil creer que un mes antes nos habíamos reído juntos en los campings franceses y lo habíamos pasado tan bien como si nos conociéramos desde hacía años. Volvían a mi cabeza los recuerdos de la orilla del río, los chirridos de los grillos y el zumbido de los insectos. ¿Cómo había sido posible? Quizá por el sol o por el vino francés.
—¿Qué tal las notas? —me preguntó.
—Me salvé por los pelos —dije yo—. He bajado un par de puntos.
—Igual que yo —sonrio—. Todas las notas del instituto han sido terribles. Vamos a pedir una revisión.
—Pero tú has aprobado.
—He aprobado. Eso es lo principal.
La lluvia me escurría por el cuello, y el pelo húmedo me caía en los ojos. Estaba un poco preocupado por el dibujo de la camiseta. Lo había hecho yo mismo y no la había lavado aún. Sólo faltaba que empezase a desteñir: me sentiría como un idiota. Pero ése era el menor de mis problemas.
—¿Qué te pasa?
—Nada. Sólo es la sorpresa. No te esperaba.
—Vale —dijo—. Así que no te gustan las sorpresas.
Seguimos en silencio. Yo pensaba que la casa de Tom estaba cerca de la mía, pero aquel día parecía haberse alejado un par de kilómetros. Por suerte lo encontramos en casa, y se portó muy bien.
—No puedo creerlo —dijo riendo—. ¡Tú en Sheffield, Bryn!
Sacó sus fotos de Francia y las extendió en la alfombra, y Bryn sacó las suyas de la mochila. Poco después estábamos ya riendo y recordando a la gente que habíamos conocido en Francia.
Recordábamos cosas y hablábamos todos a la vez. Puro nerviosismo. Yo estaba medio histérico.
Tom sugirió que acompañásemos a Bryn a la estación y comiésemos algo en el camino. Había salido el sol otra vez. Todavía estábamos de un humor loco; y el destino hizo el resto. No creo que hubiese sucedido sin aquella parada en casa de Tom. Yo me agaché para atarme los zapatos y, por alguna necia razón, Tom levantó a Bryn en el aire y la sentó encima de mis hombros. Ella chillaba y me agarraba del pelo con las dos manos; yo me levanté muy despacio con la espalda recta para no tirarla. Todos gritábamos y nos reíamos. Yo no veía nada porque ella me había puesto las manos en los ojos, pero empecé a andar hacia delante, con los brazos extendidos para guardar el equilibrio, como en un número de circo. Entonces Tom dejó de reír y me puso la mano en el brazo.
Aparté de mis ojos las manos de Bryn, sujetándolas a los lados con los dedos enlazados para que ella pudiera agarrarse bien. Y entonces vi lo que había visto Tom. Dos chicas se habían parado al final de la calle y se estaban despidiendo. Fue como ver una puerta abrirse y volverse a cerrar, pero esta vez no había habitación secreta al otro lado. Una de las chicas era negra. La otra era pequeña y bonita. Me costó reconocerla, había cambiado mucho.
Querido Nadie:
¡Le odio! ¡Le odio! ¡Le odio!