Querido nadie

Berlie Doherty · Capítulo 3 de 12

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Querido nadie

Si no hubiera sido por lo que…

Febrero

Si no hubiera sido por lo que había sucedido entre Helen y yo, creo que no me habría atrevido a hacer esas preguntas sobre mi madre. Tenía la sensación de estar asomándome a la puerta de otra habitación dentro de mi vida. Ahora quería saber qué clase de persona era mi madre; aunque me doliera, quería saberlo. Una vez, hacía ya tiempo, ella y mi padre se habían amado, cuando él era un hombre joven y ella una muchacha. Yo sabía que él había nacido en la misma casa donde vivimos y que aquí había cuidado de sus padres hasta que ellos murieron. ¿Qué le habría parecido a mi madre iniciar aquí una nueva vida? Ella era más joven que él, también lo sabía. Quizá la casa estaría para ella llena de fantasmas. Muebles viejos, alfombras descoloridas, fotografías pardas; el sillón del abuelo; el juego de té de la abuela; el juego de cubiertos de madera pulida; el reloj de péndulo. Yo no conocí a mis abuelos, pero su presencia se nota aquí, sin duda. Cuando intentaba imaginar aquí a mi madre, era como si encendiese una vela en un cuarto oscuro y por primera vez notase ciertas cosas que ahora adquirían un aspecto diferente. En la casa no había huellas de mi madre. Ninguna.

Tardé varios días en escribir una carta para ella. Helen me ayudó. Luego empezamos de nuevo y la volvimos a escribir varias veces.

—¿Estás seguro de que es acertado lo que haces? —me preguntó Helen —. Sabes que no va a volver. Seguro que no, después de tanto tiempo.

Pero yo no quería que volviera. Quería verla otra vez, eso era todo. Me parece que sólo quería creer en ella, no sé como explicarlo. En mis recuerdos, mi madre era alguien que me leía cuentos por la noche y me llevaba de la mano al cruzar la calle. Ahora esa imagen no encajaba en ningún sitio, era como si ya no fuese real.

Llevé la carta en el bolsillo unos cuantos días y, por fin, Helen la echó al buzón de correos. Después de un par de semanas, dejé de esperar respuesta. A fin de cuentas, yo no era nada para mi madre. Era una mota de polvo, y me habían echado de un soplo. Cuando llegó su carta, pasado casi un mes, sólo pensé en enseñársela a Helen. Íbamos a salir juntos aquella tarde, para ver los pantanos en la oscuridad y tomar algo después. Mi carta era un secreto bien guardado en un bolsillo, en espera de ser compartido.

Fue la noche del eclipse total de luna anunciado para las 6,52. Todo resultó decepcionante. El cielo estaba completamente cubierto, lloviznaba y Helen estaba de mal humor.

Habíamos cogido un autobús hasta Fox House, para ver el eclipse lejos de las luces anaranjadas de la ciudad. Recorrimos a pie el camino de los pantanos, por debajo de Stanage Edge. En la oscuridad, las ovejas hacían crujir los helechos empapados.

—No sé en qué dirección hay que mirar —se lamentó Helen.

—Prueba a mirar hacia arriba. A unos doscientos cincuenta mil kilómetros.

La rodeé con un brazo, pero se apartó de mí, tensa. No acostumbra a estar de mal humor.

—Tengo frío y estoy harta, y por esto me he perdido el té.

—Se suponía que tendría el aspecto de un globo de sangre —dije—. Hubiera merecido la pena verlo, ¿no?

—Quizá —dijo ella, y empezó a desandar el camino, tan accidentado y pedregoso que la hacía perder el equilibrio. La oía refunfuñar por lo bajo.

La alcancé, cogí su mano y la albergué en mi bolsillo como un guante.

¿Te imaginas qué será contemplar el amanecer desde aquí? ¿Por qué no lo hacemos una noche?

Al pensarlo me invadió una oleada de calor. Helen se escapó con la cabeza baja, y yo me planté delante de ella para obligarla a pararse muy cerca de mí.

—Podríamos traer una tienda, Helen, y podríamos ver la puesta del y la salida de la luna y las estrellas. Y al día siguiente veríamos el amanecer… Imagínate ver cómo el cielo se tiñe de rosa y dorado…

—Y después llegaríamos a clase muertos de sueño y yo le contaría a mi madre que habíamos perdido el último autobús.

—Podríamos venir en junio. Dormir al aire libre, en los brezos; ni siquiera necesitaríamos la tienda; sólo estaríamos nosotros…

—Y unas cuantas ovejas mordisqueándonos.

—Podríamos venir el día más largo. Hay una cueva debajo de la cresta. Se puede dormir dentro.

—Mientras tanto, vámonos a casa a comer unas judías —Helen me empujó para poder pasar—. Estoy hambrienta, Chris. En este momento me encuentro mal, tengo mucho hambre.

Ya en el autobús, le enseñé la carta. Había estado esperando el momento adecuado para compartirlo con ella, pero ya había renunciado. Me quedé mirándola, con la esperanza de que mostrara algo del entusiasmo que yo había sentido al encontrar la carta en el suelo del vestíbulo aquella mañana. Supe de quién era antes de leer el remite. Creo que hasta reconocí su letra, que es de esas que parecen artísticas a cierta distancia y de cerca no son más que garabatos. Llegó en el momento en que iba a salir para el instituto y la metí rápidamente en el bolsillo, antes de que la viera mi padre. Pasara lo que pasara, yo no quería hacerle daño. La leí en el instituto, entre clase y clase, y como era de esperar, mi compañero Tom me vio leerla y me la quitó. A veces es muy infantil.

—Chris ha recibido una carta de amor —dijo agitando la carta en el aire.

—Piérdete —le dije.

Intentaba provocarme para que me peleara con él. Pero tendría que haberse dado cuenta de que aquello no era para mí una cuestión de broma. En aquel momento le odié de verdad, no me reí.

—Dámela, Wilson.

—De todas maneras, no puedo leerla.

La dejó caer en el suelo, para que yo la recogiera. Al hacerlo, se arrugó un poco. A decir verdad, yo tampoco podía leerla. Durante todo el día no dejé de echarle miradas furtivas. Realmente, la letra era horrible, y yo tenía que adivinar la mayor parte de las palabras. Intenté recordar cómo era mi madre y no pude. Recordaba un abrigo azul con botones pequeños de terciopelo y su olor a aire frío cuando volvía a casa por la noche.

—¿Quieres ver esto? —pregunté a Helen en el autobús.

Se la pasé con gesto de indiferencia, como si me diera igual que quisiera o no, y esperé para ver cómo cambiaba su expresión. Ella miró la carta y me la devolvió.

—¿Es médico o algo así? No entiendo ni una palabra.

—Dice Querido Christopher.

—¡Christopher! Eso es demasiado formal.

Cuando seguí leyendo me temblaba un poco la voz. Me aclaré la garganta y tomé aliento:

Gracias por tu carta, fue una gran sorpresa, me parece que

dice eso. Siento no haberte contestado inmediatamente, pero acabo de regresar de los Alpes. No sé si sabes que soy fotógrafo profesional. Estoy haciendo un trabajo para ilustrar un libro de montañismo. Además, escalo, con Don.

Dejé la carta un momento. Me había quedado sin aliento. Respiré profundamente y continué:

Este trabajo es maravilloso y creo que me tendrá ocupada

varios meses. Sí, ven a verme. Sería bonito. Con mis mejores deseos, Joan.

—¡Joan!

—¿Qué iba a poner, con todo mi amor, Mamá?

Miré la carta otra vez. Había esperado ansiosamente compartirla con Helen. Había pasado todo el día imaginando el momento de enseñársela.

—¿Qué te parece? —pregunté.

—No me gusta.

Helen me cogió la carta otra vez. Estaba de mal humor.

—Ni siquiera la conoces.

—Para empezar, no me gusta que te llame Christopher. ¿Qué tiene de malo Chris? Christopher es demasiado formal, como si no te hubiera visto en toda su vida. Y al final firma Joan.

—Yo pensaba que era genial. Una manera de decir: ahora nuestra relación es diferente, seamos amigos.

—¡Estupendo! —exclamó Helen—. Yo desaparecí durante ocho años, mientras eras un mocoso molesto y, ahora que eres adulto, vamos a ser amigos.

Miré por la ventanilla. Noté que enrojecía y el calor me llegaba al cuello.

—¿Hay algo más que no te guste de ella, ya que has empezado?

—No me gusta que hable todo el rato de que es fotógrafo y alpinista y de que tiene encargos y todo eso.

—No habla todo el rato de eso.

—Suena presuntuoso. No pregunta nada de ti. Qué notas tienes. Cómo está tu padre. Cómo está Guy. Si tenéis todavía el gato. Lo único que le interesa es ella misma.

Cogí otra vez la carta y la doblé lentamente. Me quedé con ella en las manos, mirando mi reflejo en al cristal y la oscuridad más allá.

—Mi querida señora desdeñosa —murmuré.

—Se cree en la obligación de decirte que no tiene tiempo para verte.

—Está bien, está bien.

—Tú me has preguntado. Sólo te lo he dicho porque me has preguntado.

—Ojalá no te la hubiera enseñado hoy.

Helen me tocó la mano.

—No creo que debas intentar verla, Chris. Te haría sufrir. Lo he pensado desde el principio.

—Es asunto mío, ¿no?

El autobús giró de repente hacia las luces de la ciudad. Yo me levanté.

—Iré contigo.

—No es preciso que vengas.

—Pero voy a ir.

Caminamos en silencio cogidos de la mano. Yo estaba enfadado y preocupado, como si nos halláramos al borde de una pelea. Me hubiera gustado saber qué pasaba por su cabeza. A veces no lograba entenderla. Quizá por eso me apasionaba, pero normalmente no era así. Era como si su entusiasmo habitual la hubiese abandonado. El mes anterior habíamos tenido nuestra primera pelea y tampoco aquello había sido como lo de ahora. La primera pelea fue culpa mía, lo admito. Empezó cuando nos tropezamos con su mejor amiga, Ruthlyn, y al pasar junto a nosotros dijo en voz alta:

—¡Portaos bien esta vez!

—¿A qué se refiere? —pregunté yo.

Ruthlyn es de esas chicas a las que les gusta poner en aprietos a la gente.

—¿Tú qué crees? —bromeó Helen.

—¡No se lo habrás contado!

—Pues claro que sí.

No podía creerlo, la verdad. Me sentí traicionado.

—Pero no todo, ¿verdad?

—Es mi mejor amiga —me dijo Helen, como si eso fuera una explicación.

—¿Qué tiene que ver eso con nosotros?

—Apuesto a que tú se lo has contado a tus amigos. Todos los chicos presumís de lo que hacéis con vuestras amiguitas.

Yo había alardeado a menudo de que casi lo había hecho. Y había llegado a dar la impresión de haber hecho más de lo que en realidad había hecho. Pero no habría podido contar nada sobre aquella tarde especial. Me imaginaba a Tom vociferando en el instituto. Me imaginaba las palabras que habría usado para hablar de nosotros, rebajándonos, degradándolo. No habría podido contarlo. Era demasiado importante para compartirlo.

—Pues te equivocas. Deberías conocerme mejor —dije—. Pero nunca pensé que tú fueras por ahí contándoselo a todos.

—No he dicho que se lo haya contado a todos. He dicho que se lo he contado a mi mejor amiga.

Yo estuve sacándole punta a todo como un perro que busca restos de carne en un hueso, zarandeándolo y royéndolo hasta dejarlo seco e insípido.

—Supongo que también se lo habrás contado a tu madre —dije yo.

—Hablábamos apartados, con las manos en los bolsillos y sin mirarnos uno a otro. Lo único que a mí me importaba era tenerla junto a mí, y no sabía cómo.

—La verdad es que no. No es de esa clase de madres. ¡Ojalá lo fuera! Ya sabes lo difícil que es, Chris. Ruthlyn le cuenta todo a su madre.

—Entonces, también ella lo sabrá ya.

—No, claro que no. ¡Qué necesidad tiene su madre se saber cosas tuyas y mías! Chris…

Helen se paró y me puso la mano en el brazo. Fue como una chispa eléctrica.

—Por favor, no te enfades conmigo.

—Haré lo que me apetezca.

Ahora que había pasado el peligro, empezaba a disfrutar un poco con mi rabieta. No estaba todavía dispuesto a ceder.

—Sabes muy bien que no eres mi dueño por lo que hicimos juntos —dijo Helen, tan suavemente que apenas podía oírla—. Después todo, no tienes ningún derecho sobre mí.

Y esa suavidad fue como una mano helada, me dio la impresión de que ella era mucho más vieja y sabía mucho más que yo. Advertí que, si quería librarme de ella, me dejaría marchar con facilidad. Y ahora parecía que se estaba repitiendo todo, como si estuviéramos pisando un hielo agrietado que amenazase con hacemos caer a cada uno por un lado.

—¿Qué te pasa estos días? —pregunté.

—Nada.

—Parece que yo te altero, por alguna razón.

—No me altera nadie. Pero vete a casa o adónde quieras, Chris. Déjame sola.

Yo me encogí de hombros y caminé con la cabeza alta, silbando como si no me importase.

—No se trata de ti, Chris. Me he levantado con el pie izquierdo. No debería haber salido. Sólo he venido porque habíamos quedado.

Yo quería animarla y que ella me animase a mí. Me hubiera gustado poder empezar la tarde otra vez. La miré y ella miró a otro lado. Las luces le daban un color bronceado y sus ojos brillaban. Habíamos llegado a su calle, de grandes casas levantadas en medio de jardines privados, donde todas las ventanas estaban iluminadas y las cortinas echadas. Pensé en todas las familias, con su particular modo de vida, en todas las casas del mundo, en gentes que se aman y se hacen sufrir unas a otras, en gente que corre cortinas a su alrededor.

Al llegar a su casa, abrió la puerta y yo entré tras ella. La casa olía a pintura. Helen se quitó los zapatos y yo me acordé de limpiar los míos en el felpudo. Nunca lo hago en nuestra casa.

Ted Garton, su padre, estaba solo en la cocina, cantando. Cuando entramos bajó el tono hasta un tímido tarareo, como si estuviese ensayando una nueva melodía.

—¿Cómo va la guitarra, Chris? —siempre decía eso. La verdad es que nunca sabía de qué hablar conmigo. Menos mal que toco la guitarra.

—No va mal. Pero iría mejor si fuese eléctrica.

—¿Cuándo vas a unirte a mi orquesta?

—No sé tocar jazz, es muy difícil.

Yo miraba a Helen, que se había quedado junto a la ventana subiéndose el pelo y dejándolo caer otra vez sobre los hombros. La veía reflejada en el cristal. «Está a mil kilómetros de distancia», pensé. «¿Dónde estás, Nell?».

El señor Garton gruñó y se sentó; nos miró a los dos sonriendo, dispuesto a entablar conversación. No dijimos nada. Helen seguía de pie junto a la ventana, ocupada en subirse el pelo una y otra vez, y yo no podía apartar los ojos de ella. Pensaba que si seguía mirándola fijamente haría que se volviera y me mirara. Me sentía desamparado. Ted Garton se aclaró la garganta unas cuantas veces y por fin pareció comprender que estorbaba. Poco después empezó a tararear de nuevo, se fue al cuarto de atrás y se puso a tocar el piano. Al poco rato estaría tan absorto en su música que no habría oído a su mujer si hubiese entrado a quejarse, y los miembros de su orquesta habrían tenido que esperar a que cualquier otro les abriera la puerta, porque él nunca oía el timbre.

—Habla conmigo, Helen —dije.

Me acerqué a ella y di la vuelta a su alrededor, levantándole la barbilla para verle la cara. Cerró los ojos y apretó la boca en una línea dura y firme. Intenté besarla para ablandar esa dureza, pero ella se limitó a bajar la cabeza otra vez. Entonces entró su madre. Antes de apartarme de ella pude verle los ojos y advertí que estaba asustada.

La madre de Helen tenía manchas de pintura en el pelo y en la nariz, en las gafas y en las manos. Llevaba puesta una camisa vieja de su marido. Se dejó caer en una silla de la cocina y se quitó los zapatos. Tenía un agujero en la media y, para esconderlo, dobló el dedo gordo del pie.

—Estoy agotada —dijo—. Pon la tetera, Helen.

—La pondré yo —dije.

Helen continuó mirando a la oscuridad de la calle. Tuve que estrecharme al pasar junto a ella para ilegar a la pila.

—Si piensas que hay cena para ti en el horno, te equivocas —dijo la señora Garton—. Esta noche se arregla cada uno como puede. He estado ocupada.

—Yo no quiero nada —dijo Helen.

—Puedo prepararte unas judías, si quieres —me ofrecí yo.

Se encogió de hombros.

—No tengo hambre:

Se sentó frente a su madre y se puso a deshilachar las puntas de un mantelillo, hasta que su madre se inclinó por encima de la mesa y se lo quitó.

Yo les puse dos tazas de café y volví al armario a coger otra para mí. Helen apartó la suya.

—¿Qué haces? —preguntó su madre.

—No quiero; no me gusta el café —dijo Helen.

—¡Pero qué dices! —exclamé sorprendido—. ¡Si lo bebes por litros!

—Para empezar, yo no lo he pedido.

—Entonces llévaselo a tu padre —dijo la señora Garton—. Quizá le despierte de su trance antes de que llegue su banda.

Helen suspiró e hizo lo que le mandaban. La señora Garton me miró por encima del borde de su taza. Yo me sentí a disgusto. Era como si estuviese explorando mi mente. Siempre me sentía mal cuando me quedaba a solas con ella.

—¿Ha habido enfado?

—No, que yo sepa.

—Pues parece que lo ha habido, lo sepas o no —dijo—. Yo me enfadaba muchas veces con Ted, y él nunca se daba cuenta —bostezó y continuó—: ¡Hombres!, seres insensibles, eso es lo que sois.

Se volvió en redondo para mirar a Helen, que entraba.

—Creo que no estás bien —dijo—. Tienes los ojos llorosos, puede que estés cogiendo la gripe.

—Puede ser —confirmó Helen—. Me voy a ir pronto a la cama.

—Haces bien —dijo la señora Garton, satisfecha—. Parece que tocan a marcharse, jovencito —añadió dirigiéndose a mí.

Me removí en la silla, molesto.

—En cuanto me terminé el café.

Se habían confabulado las dos contra mí.

Fue a la pila, se echó un chorro de lavavajillas en las mallos y se frotó con un estropajo verde.

—Ya has oído a la niña —dijo dándonos la espalda, que se encorvaba vigorosa sobre la pila—: está cansada. Es por el trabajo del instituto. No se puede llevar vida social y sacar buenas notas. No deberías haberle hecho salir en un día como éste, con tanta lluvia. Habría podido ver el eclipse de luna en las noticias. Por Dios, Chris, le quitas demasiado tiempo. Ya tiene bastante quehacer con el instituto.

Yo miré ansiosamente a Helen, pero ella no me ofreció ayuda. Parecía haber vuelto a su silenciosa ensoñación. Las grietas del hielo se habían hecho más profundas, y ella se alejaba de mí flotando muy deprisa sobre las oscuras aguas.

—Es cierto —dije por fin. De repente, todo parecía ir mal. Hasta las manos me resultaban demasiado grandes para los bolsillos—. Bueno, me voy.

Helen me siguió hasta el vestíbulo. La puerta de la cocina estaba abierta, y vi a la señora Garton con la silla ligeramente inclinada hacia atrás, como si tratara de oírnos por encima de la música del piano. Yo me hallaba desolado, como si estuviese viendo a Helen por última vez.

—Sal un minuto —dije.

Cerramos un poco la puerta. Helen levantó los brazos para rodearme el cuello y apoyó la cabeza contra mi pecho. Mi corazón saltaba como un pájaro.

—¿Qué es lo que pasa? —murmuré.

—Nada. Nada, de verdad.

—Has estado muy rara. Ha sido horrible. He llegado a pensar que querías dejarme.

Respiró profundamente. Le acaricié el pelo, un poco reconfortado al sentir su calor tan cerca de mí.

—Si fueras a dejarme, me lo dirías, ¿no? Si hubiera otro, no me lo ocultarías, ¿verdad?

Tenía los labios secos por el nerviosismo.

—No hay ningún otro. No seas tonto, Chris —hablaba tan bajo que apenas podía oírla.

—Entonces, ¿qué es?

Se paró un coche en la calle, y dos hombres se apearon y cerraron las puertas con estrépito. Los dos llevaban cajas de instrumentos.

—No puedo decírtelo —susurró.

—Bien, bien. Eso sí que es un abrazo —dijo uno de ellos, un barbudo grandullón de unos cincuenta años. Al pasar junto a nosotros tuvo que aplastar su tripa de bebedor de cerveza.

—El amor es un sueño de juventud. Esto me hace recuperarla un poco.

Helen volvía a ser dulce y suave entre mis brazos.

—¡No les des la lata! Seguid tranquilos —dijo el otro saludándonos con la mano.

—No importa —murmuré deseando verlos lejos.

—Puede que esté cogiendo la gripe, como dice mi madre —Helen se apartó de mí—. Mañana no iré a clase.

—Pasaré por aquí —dije.

Otro miembro de la orquesta llegó rugiendo con su moto.

—No —dijo Helen—. Nos veremos el miércoles después de clase.

—Faltan años. No puedo esperar tanto —repliqué. Estaba loco, loco por ella.

Quería decirle enseguida cosas que nadie más debía oír, pero su madre se acercó al vestíbulo, con la camisa vieja sobre los hombros. Se apoyó contra la puerta con los brazos cruzados y observó al hombre del ciclomotor. Él colocó el vehículo en su sitio y sacó de la cartera unos palillos de tambor.

—¿Cómo te las arreglas para transportar tu tambor en eso? —preguntó ella.

—Hoy lo he dejado en el coche. Esta noche voy a golpear cacerolas — contestó él—. De todos modos, a los vecinos les va a gustar.

Alice se echó a reír y abrió la puerta para dejarle pasar. Dio un golpecito a Helen en el hombro.

—Pensé que iba usted a acostarse temprano, señorita.

—Hasta el miércoles entonces —dije yo.

Helen me apretó la mano y entró en casa detrás de su madre y del pequeño músico del tambor. Yo me quedé una eternidad mirando la puerta cerrada y las cortinas que se corrían en la habitación donde los hombres empezaban a ensayar y la luz que se encendía arriba, en el cuarto donde Helen dormía. «No me ha mirado ni una sola vez», pensé. «He estado con ella cuatro horas completas y no me ha mirado a la cara una sola vez. ¿Qué pasa, Nell?».

Cuando llegué a casa mi padre estaba en el sótano. Subió limpiándose las manos en el mono de trabajo. Llevaba una jarra que acababa de hacer.

—¿No te parece un bonito diseño, Chris? —preguntó.

Apenas la miré.

—Maravilloso —dije.

Mi padre pareció disgustado.

—No es tan malo. ¿Te preocupa algo?

—No, nada.

Metí las manos, en los bolsillos y encontré la carta de mi madre, ahora fría y desagradable al tacto como un puñado de cubitos de hielo medio deshechos.

—Tengo que hacer una redacción para mañana.

Corrí escaleras arriba y me senté en la cama a releer la carta. Helen tenía razón. Mi madre había tardado cuatro semanas en contestar y ni siquiera preguntaba cómo era yo. Durante ocho años, su único contacto, conmigo habían sido los regalos de cumpleaños y de Navidad, pagados con dinero de la cuenta de mi padre. Y ahora se creía en la obligación de contarme que se hallaba muy ocupada, que su vida estaba llena de éxitos y satisfacciones y que tenía muchas cosas en común con aquel tipo elegante, como si a mí me importase. Ojalá no le hubiera escrito. Era obvio que no me necesitaba. Había sido una locura pensar en ir a verla. ¿Qué demonios nos hubiéramos dicho uno a otro?

«Hola, mamá. Quiero decir, hola Joan, soy Christopher». Lo ensayé en voz alta, con un tono ligero y amable. Probé con un tono profundo, como Tom. Y también hice un falsete para hablar por mi madre:

«Vaya, como has crecido. Mira, Christopher, éstos son mis nuevos crampones. Y éste es el zoom». «Son magníficos, Joan». «Y éste es Don». «Hola Don, ¿cómo estás? ¡Tienes mucho pelo! ¡Y cuántos libros, Don!».

Arrugué la carta y la tiré a la papelera. Bueno, si ella no me necesitaba a mí, yo tampoco a ella.

Seguí intentando hablar con Helen, pero nunca estaba cerca del teléfono. Su madre siempre decía: «Está trabajando, Chris», como si quisiera que me sintiera culpable de estorbarla. Aunque era verdad que trabajaba mucho. Sus padres siempre habían procurado que fuera así. Yo creo que tenían planes ambiciosos para ella, y también ella los tenía. Me pregunté qué esperaría mi madre de mí. Y supuse que ni siquiera se lo plantearía.

Los días siguientes fueron tormentosos, los peores que yo recuerdo. Cuando estábamos viendo la televisión, la alfombra se elevaba como si cabalgase sobre las olas del mar y el gato observaba la gatera con la cola levantada y el lomo arqueado, dispuesto a saltar. Por la noche, tuvimos que llevar el colchón de Guy a mi cuarto, porque la ventana de su dormitorio se desquició, a pesar de que la habíamos pegado con cinta adhesiva. Me encantó tener a Guy en mi habitación otra vez. Nos sentamos en mi cama y nos quedamos hablando hasta las tantas. Guy estaba excitado por las tormentas.

—¿Sabes cuál es la causa de todo esto? —dijo—. El efecto invernadero. ¡Podemos conquistar el espacio e inventar chips y ahora estamos cambiando el clima! Estamos demostrando lo poderosos que somos.

—No digas tonterías, mocoso —le contesté—. Tú no sabes nada. Lo que estamos probando es lo impotentes que somos. Nuestro planeta va camino de la autodestrucción y no somos capaces de detener el proceso. Todo está regido por el destino. Todo ha sido planeado.

—¿Como un programa de ordenador?

Nos echamos a dormir. El viento gemía alrededor de las casas como un animal en acecho. Durante la noche, la parte superior de nuestra chimenea se desprendió y cayó encima del tejado y después a la calle. Me desperté sudando. Me di cuenta de que había estado soñando con Helen; en el momento del golpe, ella había salido rodando de mi lado, se había roto en pedazos y yo había corrido para recogerlos. Lo único que tenía para envolverlos era un abrigo azul con botones de terciopelo.

La llamé antes de salir para el instituto. El sueño aún me perseguía como las imágenes de una película.

—¿Te encuentras bien?

Hubo un largo silencio al otro extremo.

—¿Estás bien? —pregunté asustado.

—No sé.

—¿Qué quieres decir? ¿Qué pasa?

—Ven a buscarme al instituto. Hoy voy a tener que ir. Mi madre está muy enfadada conmigo.

Colgó el teléfono rápidamente y yo salí corriendo, ya tarde. Trituré con los tacones los trozos del tubo de la chimenea. Los tiré a la cuneta a puntapiés y eché a correr, con el viento azotándome la cabeza. Helen quería verme otra vez. Eso era lo que importaba.

 

Su instituto estaba a unos tres kilómetros del mío y todo el camino era cuesta arriba. Me di prisa. Llegué a la verja sin aliento. Me apoyé en la pared jadeando, hasta que recuperé la respiración normal. No había señales de Helen. Apenas se veía a nadie por los alrededores. Pensé que me estaría esperando dentro, al abrigo del viento. Me daba reparo entrar en un instituto que no era el mío. Yo había jugado allí partidos de fútbol, cuando era más joven y, poco después de empezar a salir con Helen, había ido para verla actuar. En realidad fue entonces, mientras la miraba, cuando me di cuenta de que era diferente de todas las chicas que conocía. Yo pensaba que, al verla bailar en el escenario, delante de todo el mundo, me sentiría cortado, pero no fue así. No podía apartar los ojos de ella. Sólo la miraba a ella, como si fuera la única en el escenario. Era como si bailara sólo para mí. Y creo que era verdad. Me acuerdo del momento exacto en que lo pensé. Yo estaba sentado entre el público y no dejé de sonreír en toda la noche. Pero eso no era algo de lo que presumir delante de Tom y los demás. Después del acto, ella se acercó a mí, y entonces decidí decírselo.

—Tengo que decirte algo —empecé muy decidido.

Ella se había puesto a dar vueltas, se apartaba de mí y volvía otra vez.

—Y yo tengo que decirte algo a ti —me contestó—. La tutora de sexto quiere que me examine de danza. ¡Hasta ahora nadie lo ha hecho en nuestro instituto!

Seguía dando vueltas, excitada como un niño pequeño, y yo me contagié y empecé a bailar igual que ella, como si sólo tuviera piernas y unos codos que empujaban por todas partes. Me reía y ella se reía conmigo.

—¿Qué querías decirme? —me gritó.

—Lo he olvidado. No sería importante.

Recuerdo que me aparté el pelo de los ojos y le sonreí, con ganas de broma. Me callaría. Tenía la sensación de que habría muchas ocasiones para decirlo. Además, de momento, no sabía si podría pronunciar las palabras sin sonrojarme.

—¿Cuántas palabras eran, Chris? —me preguntó tranquilamente Helen.

—Dos —dije yo.

Y ella se rió de mí y dijo:

—Yo también dos, Chris.

 

Tampoco estaba dentro, en el pabellón de sexto curso. Allí estaba su amiga Ruthlyn, apoyada bajo el retrato del último director y silbando desenfadadamente. Cuando me vio, me saludó con la mano y se acercó a mí sin prisa, sonriente, moviendo la cartera como el péndulo de un reloj.

—¿Qué ha pasado? —pregunté.

—¿A qué te refieres? ¿Por qué ha tenido que pasar algo? —preguntó Ruthlyn sonriendo más aún.

—Podría apostarlo por la cara que pones. ¿Dónde está Helen?

—Ah, Helen. Se ha ido a casa.

—Se suponía que había quedado conmigo.

—Esta tarde estaba un poco rara, y la señorita Clancy la ha mandado a casa.

—¿A qué te refieres cuando dices que estaba rara? —pregunté con el mismo tono desenfadado de Ruthlyn.

Ella sonreía y le brillaban los ojos, como si estar rara durante las clases de la tarde fuera lo mejor que podía sucederle a Helen.

—Como un poco… una especie de… ya sabes… —dijo moviendo mucho las manos y fingiendo que se tambaleaba.

—Borracha, quieres decir.

Ruthlyn rió con ganas y se metió la cartera debajo del brazo.

—Sólo rara. Sólo un poco rara —dijo. Dale un poco de tiempo.

—Entonces le telefonearé.

Ella sacudió la cabeza.

—Ha dicho que esperes a que te telefonee ella.

Me hubiera gustado sentarme.

—Ruthlyn, ¿qué está pasando?

—Mira —contestó—, yo le diré a Helen que venga a mi casa una tarde, y tú vienes también y hablas con ella.

—¿Esta tarde?

—Dale tiempo hasta el fin de semana. De verdad, Chris. Helen sólo necesita un poco de descanso. Después estará bien.

Yo sabía que me compadecía, y eso no me gustaba. Por alguna razón, mi respiración era jadeante. Hasta el último fin de semana, Helen y yo nos habíamos visto a diario durante meses.

—Supongo que a ti te permiten verla. Quiero decir que tú no has contraído la lepra, o la peste, o cualquier otro mal por el que se me cierre a mí su casa.

—Pasaré esta noche por allí —dijo Ruthlyn—. Nos vemos, Chris.

Habíamos llegado a la esquina de la calle donde vivía.

Uno de sus hermanos pequeños acudió corriendo y ella le cogió en brazos con una sonrisa.

—¡Eh, Chris! —gritó cuando me iba—. ¡Cógelo! —y me lanzó un paquete pequeño.

Lo abrí apenas doblé la esquina. Era un libro de sonetos de amor de una poeta victoriana llamada Elizabeth Barrett Browning. Dentro había una frase escrita a mano: «Feliz día de San Valentín. Helen».

 

Yo había estado con frecuencia en casa de Ruthlyn, de ordinario en fiestas familiares. Siempre habían sido fiestas animadas, con música ruidosa y buena comida jamaicana. La madre de Ruthlyn era una mujer gigantesca y amable llamada Coral. Tenía una voz dulzona como la melaza. Ruthlyn y todos los pequeños hablaban con claro acento de Sheffield, pero el de Coral era puro jamaicano. Debe de ser una madre formidable; es tan tierna y tan amable. Nunca deja de hablar, o de cantar si está de buen humor.

—¡Aquí está la araña! —dijo al abrirme la puerta aquel sábado—. ¿Cuándo vas a poner unpoco de carne encima de tus huesos? ¿Cuándo vas a rellenarte y a ser un hombre musculoso?

Yo miré ansiosamente a mi alrededor:

—¿Está aquí Helen?

La casa estaba llena de niños risueños, todos con la cara vuelta hacia mí.

—Oh, está con Ruthlyn.\Estarán contándose secretos. —Como siempre.

Subí las escaleras de tres en tres, deseoso de ver otra vez a Helen. Tras dudar un momento delante de la puerta, llamé y entré.

Las dos amigas dejaron de hablar a la vez. Era obvio que Helen había llorado. Estaba pálida y tensa. Me quedé en el umbral de la puerta, desconcertado.

—¿Estás mejor? —pregunté.

Ruthlyn se levantó.

—Voy a hacer café.

—Odio el café —dijo Helen—. Huele a mondas de patatas.

Ruthlyn cerró la puerta al salir. Yo me acerqué inmediatamente a Helen y me senté en el brazo de su butaca. Ella no quería mirarme y yo no sabía qué decirle. Estaba recostada, con los ojos cerrados y la boca un poco entreabierta. Parecía enferma y cansada. Le cogí la mano y ella la dejó en la mía, desmayada y fría.

—¿Qué te pasa? —dije—. ¿Es gripe?

Ella negó con la cabeza. Las lágrimas fluían lentamente de sus párpados cerrados, sin que intentara detenerlas. Yo las veía aparecer de una en una, cansadas y lentas, como lánguidos regueros que nunca se detienen. Helen seguía en silencio. Mi corazón empezaba a tamborilear con golpes lentos y deprimentes. Estaba tan atemorizado que los miembros me pesaban. Volví a recordar mi sueño. Recordé la grieta en el hielo entre nosotros, abierta para apartarnos. Cogí la otra mano de Helen y sujeté las dos entre las mías, como intentando reanimarla.

—Helen, ¿qué pasa?

Y entonces ella contestó con una voz hueca, asustada, cansada, que difícilmente hubiera reconocido como la suya y que no olvidaré en mi vida.

27 de febrero

Querido Nadie:

En el cuarto de baño de casa hay un grifo que no cierra bien. Necesita una nueva válvula, eso es todo, según dice mamá. Unas veces no se oye y otras tiene a uno despierto toda la noche con su monótono e insistente tap, tap tap.

Así me siento yo contigo.

Es como oír el latido de mi propio corazón y no ser capaz de pararlo.

Como pisadas en la oscuridad.

No sé siquiera si estás ahí.

Pero la idea de que puedas estar es como un tap, tap, tap, que no desaparece de día ni de noche, de día y de noche ahora, monótono, lento e insistente como el latido de un pulso que no se detiene, como un reloj que nunca apaga su tictac.

Embarazada, ¿y si estoy embarazada? Tictac, tictac, tic…

Por la noche estoy tan asustada que apenas puedo respirar.

No puedo decírselo a nadie. No puedo decírselo a Ruthlyn. No puedo decírselo a mi madre.

Tú eres sólo una sombra. Eres solamente un susurro.

Eres un grifo que gotea noche y día.

Pero por fin, por fin, se lo he dicho a Chris. Quizá eso haga que te vayas.

Déjame sola.

No te quiero.

Vete. Por favor, por favor, vete.

 

Esta es la primera de las cartas que Helen escribió a «Querido Nadie». Leerlas fue como abrir la puerta a una pesadilla.