Querido nadie
Después de aquello, Helen y yo procurábamos…
Mayo
Después de aquello, Helen y yo procurábamos estar juntos todo el tiempo. Creo que las semanas siguientes fueron las mejores que hemos pasado juntos. Era como si fuéramos una sola persona. Vivíamos el presente, el futuro y el pasado eran el espacio exterior.
—¿Qué vamos a hacer? —me preguntaba Helen de vez en cuando, o le preguntaba yo, y la respuesta era siempre que no sabíamos: el espacio era todavía demasiado grande para entrar en él.
—En cualquier caso, estaremos juntos.
No me dejaban ir a su casa ni telefonearle. Yo quería estar con ella el mayor tiempo posible. Por eso, cuando una tarde me encontré a su hermano Robbie al volver a casa, le soborné para que le llevara un recado. Parecía recelar. Sin duda, Alice Garton le había aleccionado bien.
—Te daré unos bombones —le ofrecí, y cuando empezaba a ablandarse, añadí—: Es una misión secreta, Robbie, y tú eres la única persona que puede hacerlo.
Yo quería encontrarme con ella en la estación de ferrocarril el 15 de mayo a las ocho en punto. Cuando la vi ahí, apenas podía creerlo. Estaba de pie junto a la librería, leyendo una novela de Thomas Hardy.
—¿Estás nervioso? —me preguntó al llegar nuestro tren.
—Mucho —dije.
—Todo saldrá bien.
El tren estaba abarrotado. Nos alegramos al llegar a Manchester y apearnos para cambiar de tren.
—¿Cómo lo llevas? —pregunté.
—Muy bien —sonrió.
Estábamos en el andén, cogidos de la mano y mirando hacia delante, sumido cada uno en sus pensamientos.
Subimos al tren e hicimos cogidos de la mano todo el trayecto hasta Carlisle. A ella no se le notaba nada todavía. Nadie habría pensado que había cambiado algo, pero nosotros lo sabíamos. Era un secreto compartido que nos impulsaba a apretarnos la mano de vez en cuando, sin mirarnos. Había algo muy íntimo y muy especial en ese gesto de cogemos las manos sin mirarnos y sabiendo con seguridad lo que sentía el otro. Cuando vi a Helen por primera vez, me gustó porque parecía afable y sosegada; parecía tener ese equilibrio típico de las que personas que no se enfadan fácilmente. No me gustan las chicas que se enfadan. Pero poco después supe que lo que más me gustaba de ella era su sonrisa. En realidad es una persona muy seria, como su padre, y cuando estás hablando con ella te estudia en silencio como si intentase leerte el pensamiento; te desconcierta un poco. Uno se pone a gastarle bromas tontas para intentar distraerla de alguna forma. Y de repente sonríe y se transforma. Cuando sonríe es sencillamente fenomenal. Había pasado semanas sin sonreír, con los ojos reflejando tensión y miedo, y con aspecto de enferma. Fue horrible. Yo sabía que la culpa era mía y que yo era quien le había robado aquella fabulosa sonrisa. Y ahora ella estaba bien y volvía a ser feliz, y cuando le apretaba la mano yo sabía que estaba sonriendo, aunque ella mirase por la ventanilla y yo estuviera leyendo un libro. Y saberlo era agradable y me aturdía un poco. Yo no podía soltar su mano, quería su contacto continuamente.
No me contaba cómo le iba en casa. A mí, por supuesto, me habían prohibido volver por allí. Creo que su madre deseaba verme muerto.
Su madre y su padre vinieron a ver a papá inmediatamente después del asunto de la clínica. Yo no estaba en casa. ¡Por suerte! Estaba arbitrando un partido de fútbol bajo la lluvia, y cuando volví se habían ido. Parece que no se quedaron mucho tiempo. Alice Garton había preparado lo que iba a decir y lo soltó de carrerilla. Estaba muy enfadada, según me dijo mi padre. El señor Garton se limitó a aclararse la garganta y a limpiarse las gafas con la corbata. Mi padre se sentó a escuchar. Cuando llegué a casa, seguía sentado. La televisión, encendida sin sonido, hacía guiños locos desde un rincón del cuarto. Papá la miraba inmóvil, en aquel silencio pesado y frío, como envuelto en un abrigo de invierno del que todavía colgasen algunos copos de nieve. Era evidente que los Garton habían estado allí. Yo iba a subir directamente a mi habitación, pero mi padre levantó un poco la mano, y me senté en el borde de la butaca del gato.
—Me hubiera gustado que me lo contases —dijo—. Esa mujer ha venido aquí hablando más de la cuenta. Dice que vas a casarte con Helen. Yo no sé qué demonios pasa, ¿o sí?
—Yo quería decírtelo —no conseguía aclararme la garganta.
—Lo que pasa con los chicos —dijo papá— es que pueden lavarse las manos si quieren. O creen que pueden.
La pantalla del televisor centelleaba como un animal encerrado y deseoso de escapar. Yo carraspeé.
—Yo no quiero.
—Entonces, ¿has pensado hacer algo? ¿Vas a decirme que queréis casaros a los dieciocho años?
Boda y un apartamento en alguna parte. Una hipoteca hasta la edad madura, hasta que yo fuera más viejo que mi padre. La idea me asustaba hasta desquiciarme. Pensé en la reencarnación. Una segunda oportunidad para hacerlo bien.
—¿Qué quieres, entonces? ¿Qué va a ser de tu graduación? ¿Y de Newcastle?
Cerré los ojos. Deseaba que se callase.
—No pensarás llevarla contigo, lejos de su familia y de sus amigos. ¿Qué va a hacer la pobre chica encerrada con un bebé en un cuarto de estudiante en medio de Newcastle?
Otra vez tenía un nudo en la garganta.
—Al parecer es una chica muy lista.
—Sí —murmuré—, es muy inteligente.
—¿Y esperas que también ella desaproveche sus posibilidades? ¿Qué demonios estás pensando?
Veía todo borroso. Las luces de la televisión eran chillonas y deslumbrantes.
—Su madre dice que o te casas con la chica o no volverás a verla. No puedo culparla. Piensa que lo hecho, hecho está.
Alargué la mano para acariciar al gato, en busca de su calor, y él me cogió un dedo entre los dientes, con mucho cuidado y ternura. Mientras yo no sacara la mano, él no me mordería. Saqué el dedo y me levanté. Papá se levantó también. Apagó el televisor y subió conmigo. Papá tenía una leve cojera a raíz de un accidente de trabajo. Cuando yo era pequeño, algunos de mis amigos tenían miedo de entrar en casa. Ahora se acercó a mí, y yo iba a apartarme porque estaba asustado; me puso el brazo encima del hombro, como si no pudiera evitarlo.
—No creas que no lo siento por ti —dijo.
Yo volví a acordarme de mi madre.
15 de mayo
Querido Nadie:
Debía de estar loca para hacer todo ese recorrido con Chris. Lo hice porque era una forma de pasar algo de tiempo con él. Le dije a mamá que era una excursión del instituto, aunque hacía siglos que no iba a clase. Es horrible mentirle a tu propia madre odio hacerlo, pero ella no es de esas madres a las que se les puede contar la verdad: no quiere oírla. No quiere oír hablar de ti, pequeño Nadie. Tú no existes. Nosotras no hablamos de ti.
Y como no hablamos de ti, no hablamos de nada. He perdido a mi madre. En casa pasamos una al lado de la otra como extrañas. Yo como en mi habitación porque no encuentro nada que decir, porque no puedo soportar la atmósfera de abajo, porque soy una proscrita en mi propia familia. Papá me trata como si fuera de cristal, me pregunta si estoy bien, me coloca cojines a la espalda cuando me siento. Pero no se apoya en el piano cuando toco, ni lleva el compás con su mano izquierda, ni me toma el pelo con Chris, ni pone sus viejos discos de jazz y baila en la cocina feliz y despreocupado.
Es por mi culpa.
Así que cuando Chris me pidió que fuera con él a Carlisle para ver a su madre, acepté. En cierto modo, pensé que podría acercarme a mi propia madre.
Cuando encontramos la calle, Chris era un manojo de nervios. Creo que habría preferido darse la vuelta y regresar a casa en el próximo tren.
—Cualquiera diría que van a sacarte una muela —le dije. Pero sabía muy bien cómo se sentía. Pequeño Nadie, no seas nunca un extraño para mí.
La madre de Chris fuma, así que le di una calificación baja desde el principio. Lo noté en su aliento y en su ropa cuando vino a abrir la puerta. De hecho apestaba. Es realmente bonita, pero apesta. En cierto modo, eso me dio valor para hablar con ella, porque pensé que no podría tratar de imponernos lo que debíamos hacer. Nadie que se atiborre de nicotina y les ensucie el aire a los demás tiene derecho a decir a otros lo que deben hacer con sus vidas; al menos eso creo yo. Así que me sentí más confiada en cuanto la olí. Nadie va a respirar esa porquería encima de ti. No lo permitiré.
Parece mucho más joven que el padre de Chris. No llevaba maquillaje, ni iba bien vestida, ni nada de eso, pero resultaba bonita de verdad, con el pelo cortado como un chico y sus enormes ojos negros. En realidad, Chris tiene sus ojos. Además, parecía feliz, supongo que porque escala, respira aire puro y hace mucho ejercicio. Lástima que fume. Si no fuera por eso, creo que me habría gustado. Chris parecía verdaderamente emocionado de estar con ella; no paraba de sonreír y pasarse las manos por la cabeza. El pelo se le erizaba, y me daban ganas de alisárselo. Me pregunté si también su madre desearía hacerlo.
Su nueva pareja estaba allí también. Tiene la misma pinta que todos los escaladores que he visto en Stanage Edge, incluso la barba canosa. Los he visto pasar, con las cuerdas colgadas del hombro y todo tipo de garfios, ganchos y chismes.
Aquel día hacía mucho calor y él llevaba pantalón corto. Tiene las piernas muy peludas. Apostaría a que es igual de peludo por todas partes. Debajo de la rodilla tiene un pequeño haz de varices, como un diminuto racimo de uvas. Lo noté cuando se sentó. Al ver que lo miraba, puso la mano encima.
Yo estaba demasiado tensa para quedarme sentada y di una vuelta por la casa. Ella seguía llamando Christopher a Chris y diciéndole lo alto que era, como si él no lo supiera, y le preguntaba por Guy y por el instituto; hasta se acordaba del gato. Noté que no mencionaba a su padre. Yo me preguntaba qué habría sucedido. Era más fácil imaginarlos separados que juntos, pero han tenido que estar enamorados alguna vez. Es extraño pensar que la gente pueda enamorarse y «desenamorarse», que el amor pueda convertirse en odio y que las personas que te amaban sean las que más daño pueden hacerte. Lo sé porque me lo han dicho y porque lo he leído en las novelas, pero no lo entiendo. No entiendo, por ejemplo, que mi madre y mi padre sean una pareja. Él solamente es feliz leyendo o tocando el piano. No puedo imaginarlos besándose, cogiéndose las manos o cuchicheando uno con otro. Supongo que lo habrán hecho alguna vez. Pero, entonces, tampoco entiendo qué es el amor. No entiendo que pueda apoderarse de ti, inundarte como una inmensa ola, dejarte sin aliento, anegarte. Yo podría haberme encontrado con cualquiera de los chicos de Yorkshire, y cualquiera de ellos podría haberme gustado, pero fue Chris quien se apoderó de mí. ¡Cómo es posible que no haya un momento del día en que no esté pensando en él, cuando antes me parecía que tenía tantas cosas en que pensar! A veces pienso que no soy carne y sangre y huesos, sino un montón de espejos diminutos, cada uno de los cuales me refleja a nú por un lado y a Chris por el otro, y todos ellos giran y giran como el polvo en la luz del sol, y yo ando por ahí sin que nadie note que soy diferente…
Mientras ella hablaba con Chris, yo tenía la impresión de estar escuchándola agazapada en su cabeza; me sentía tensa e incómoda y, al mismo tiempo, feliz por él. Di una vuelta mirando las fotografías. Las tenía todas colocadas en las paredes. Me dio una porque la cogí para preguntarle de dónde era. Reproducía una larga cadena de montañas que descendía hasta un lago. Dijo que era Catbells, más arriba de Derwent Water, en el distrito de Los Lagos. Había una atmósfera de maravillosa calma y era casi una imagen doble, porque el lago reflejaba las montañas al revés y el cielo convertido en agua. Fue amable al dármela. Quiero ir a ver ese paisaje, pero tendré que esperar a que tú puedas venir también. Es una tontería, ¿no? Porque ahora puedes ir conmigo a todas partes. Algún día te llevaré en un bote de remos hasta el centro del lago, y verás las cumbres arriba y las rocas a tu alrededor.
—Son para ti, pequeño Nadie —te diré—. Voy a darte el mundo entero.
No puedo pensar siquiera qué va a suceder ahora. Pero esa fotografía es como un puente, como algo que me lleva al otro lado de una negra sima.
Durante el viaje, Chris había dicho que no hacía todo aquel camino sólo para decirle a su madre lo buena que estaba la sopa de lentejas y adónde iba en vacaciones. Aseguró que quería hablarle de las cosas más importantes de su vida y, al oírlo, tú y yo nos acurrucamos y nos sentimos protegidos durante un rato. A veces me da risa que Chris diga esas cosas y me impacienta que sea tan romántico. A veces, también, me da vergüenza que la gente vea la forma en que me mira. Pero estoy contenta.
Y había sopa de lentejas. No pude mirar a Chris cuando su madre la trajo. Pero estaba buena. Luego, ella preguntó si alguno de los dos habíamos hecho ya planes para las vacaciones, sólo para tener un tema de conversación, y Chris sonrió y dudó un momento. Entonces yo fui derecha al asunto.
—Yo creo que no iré a ningún sitio —dije—. Voy a tener un niño en otoño.
Deseé haber esperado hasta terminar las lentejas.
—Oh, ya veo —dijo mirándonos a uno y a otro como si tratara de pillarnos.
A algunas personas se les notan los sentimientos en la cara, pero el rostro de ella no permitía colegir qué estaba pensando. Su amigo acababa de meterse en la boca una cucharada de lentejas y se atragantó. Nos quedamos todos en silencio, con el caldo de las lentejas goteando de las cucharas, mientras él trataba de impedir que la sopa se le saliera de la boca. La cara se le estaba poniendo roja, tenía los ojos llenos de lágrimas, y deglutía poco a poco las lentejas con la boca cerrada; la nuez le daba saltos por encima y por debajo de los pelos del cuello.
—Por Dios, vete a beber agua, Don —le regañó ella, y Don se levantó de un salto y corrió a la cocina con la mano en la boca y la sopa por la barbilla. En cuanto estuvo fuera de nuestra vista tosió muy fuerte; en realidad parecía un ladrido. Después ya no volvió a la mesa. Probablemente estaba avergonzado porque había hecho el ridículo, después de exhibir sus piernas peludas.
Yo salí una vez con un tipo antes de conocer a Chris. Era mayor que yo y me impresionó porque era analista de sistemas. Me llevó a cenar a un restaurante. Yo pensé que íbamos a tomar café y no me atreví a decirle que ya había tomado el té. Él pidió salmón fresco para los dos. Yo no lo había probado nunca y no sabía cómo eran las espinas. En el salmón de lata sólo hay unos trocitos crujientes. Así que me llevé un trozo a la boca y me encontré con que estaba lleno de espinas, y yo no podía morder, ni masticar, ni tragar. No sabía qué hacer, y aquel tipo no dejaba de mirarme y de hablar de programas infórmáticos, así que tampoco podía escupir el bocado. Me lloraban los ojos igual que al peludo marido de la madre de Chris. Por fin me levanté, fui al servicio y me libré de las espinas. Estuve allí mucho tiempo, dándome ánimos para volver y enfrentarme al resto de las espinas. Al salir me equivoqué de puerta y me encontré, no en el restaurante, sino fuera, en la calle. Cogí un autobús y me fui a casa. Supongo que hice mal y espero no tropezarme con ese hombre nunca más. Quizá debería haber propuesto pagar parte de la cena, pero él era muy aburrido y ni siquiera me había preguntado si quería salmón.
Ese recuerdo me hizo sonreír, y me puse a comer las lentejas antes de que se enfriaran. La madre de Chris se inclinó hacia mí y me preguntó qué edad tenía y si estaba segura de la decisión que había tomado; de pronto sentí ganas de llorar y exploté:
—¡El bebé también es de Chris!
Ella se echó a reír, con una risa fría y cortante, y sacó un cigarrillo. No puedo soportar a la gente que fuma durante las comidas. No te dejan saborear lo que comes. Pregunté si podía comer más lentejas, que estaban muy buenas, y salí al jardín con mi plato y me senté en un banco. Al cabo de un rato, me había calmado y el calor del sol me dio sueño. La oía hablar con Chris, y sus voces iban y venían en oleadas, porque yo estaba casi dormida. Entonces Chris dijo que no pensaba abandonar sus estudios.
Yo entré en la cocina y me puse a lavar el plato ruidosamente, dejé caer las cucharas al suelo y busqué algo más que comer. Estaba hambrienta. ¡A quien se le ocurre dejar que alguien venga desde tan lejos y no prepararle una comida decente! Y no se trataba de una persona cualquiera. ¡Era su propio hijo, Dios bendito! Yo tenía ganas de llorar por Chris, estaba decepcionada por él. Miré en el frigorífico, vi cuatro platos de ensalada de queso y saqué uno. Chris y su madre seguían hablando cuando terminé de comerlo. Así que cogí otros dos platos y se los puse en la mesa. Chris estaría muerto de hambre. Me comporté como una camarera, discreta y muda, y Chris me miró, puso una mano sobre la mía y la estrechó.
—Estaré en el jardín —dije.
Pesqué un yogur para mí y salí otra vez. Poco después, ella me siguió. Chris estaba fregando los platos en la cocina. Pareció sorprenderse un poco al verme comiendo yogur, y sospeché que podían no estar destinados para el postre. De todas maneras, lo terminé. El yogur no cuesta tanto.
Ella se sentó en la hierba y me miró. De vez en cuando fruncía los labios para echar el humo. Golpeaba el cigarrillo con los dedos para que la ceniza cayera en el césped. Parecía sosegada y a gusto consigo misma, pero yo tenía la sensación de que estaba nerviosa y un poco desorientada. Sin duda había supuesto una prueba para ella ver a Chris después de tantos años. A pesar de su aspecto tranquilo y relajado, yo habría apostado que por dentro estaba angustiada. Pensé que en cuanto nos marcháramos se iría a la cama con dolor de cabeza. Me pregunté si fumaría tanto habitualmente. Tosí y ella apartó la mano para que el humo ascendiese a su espalda.
—Christopher me ha dicho que tú también estás en sexto curso, Helen — dijo.
Tenía una voz agradable. Más afectada que la de Chris o la de su padre. Como diría mi madre, parecía haberse casado por debajo de su categoría. ¿No es una tontería? ¿Cómo puede alguien ser inferior porque pronuncie las palabras de forma diferente o porque provenga de otra zona de la ciudad? ¿Qué más da que uno toque la flauta, haga vestidos, cultive tomates o construya armarios? Pensé en el padre de Chris, encorvado sobre su torno de alfarero, pensativo y satisfecho cuando acaricia con sus grandes manos esos cacharros que fabrica. Yo, sin dudarlo, lo preferiría al patas peludas.
Le expliqué que no iba al instituto de Chris, porque allí no tenían música en sexto.
—¿Música? —dijo levantando las cejas. Yo había fisgoneado su colección de compactos. Conoce de verdad a Mozart—. Eso es bonito. ¿Qué más estás haciendo?
Le conté que cultura general, que es obligatoria, y matemáticas, latín y danza; ella volvió a levantar las cejas y yo me callé.
Es culpa tuya, pequeño Nadie. No pienso bailar más. He guardado mis mallas en un cajón: es mejor no volverlas a ver.
—Música, latín, matemáticas y danza —murmuró como si fuera un verso de un poema—. Te gustan las normas, entonces.
Pensé que era una buena observación. Me agrada la gente que piensa por su cuenta.
—¿Y el mes que viene empiezas tus exámenes?
Entonces pensé que no me había entendido, que se había olvidado de ti. Desde ahora hasta que llegues no va a ocurrir nada. Es un vacío, un túnel. Cuando pienso en ello, me hundo en mi misma, me vuelvo del revés y me encuentro contigo en el túnel oscuro.
—Espero que decidas bien, Helen —dijo. Su sonrisa era tan cálida y alentadora que me gustó otra vez—. Te lo debes a ti misma, y a tu madre y a tu padre.
Se inclinó hacia mí y me dio unas palmaditas en la barriga; fue una cosa tan inesperada y tan familiar, tan espontánea, que yo me eché a reír sorprendida, y ella rió también.
—Y te debes a esa cosita.
¿Lo has sentido, Nadie? ¿Lo has oído? Era tu abuela quien hablaba. Seguro que no le gusta la idea de ser abuela. Es curioso que las abuelas de los cuentos tengan bigote y el pelo blanco y lleven audífonos, y la tuya sea esbelta y bonita, y además una conocida alpinista.
Al volver a casa en el tren, Chris y yo íbamos muy callados. Él me rodeó con su brazo y yo me acurruqué con la cabeza recostada en su hombro. Chris debía de creer que yo estaba dormida. Pero no era cierto. Estaba haciendo planes para el día siguiente. Tenía que llamar a Ruthlyn para que viniera a casa a repasar matemáticas conmigo. La música y el latín los llevo bien. La cultura general no se puede repasar. Y danza. Bueno, la danza depende de cómo me encuentre. Pero me siento muy bien. Hablaré con el doctor Phillips, y veremos qué dice. No es demasiado tarde. En el colegio de música ya he hecho todo lo que podía. A lo mejor voy por allí un día. Me parece sentir dentro de mí una especie de burbujeo excitante. No es demasiado tarde. Lo digo una y otra vez, al compás del tren. Hay tiempo aún, hay tiempo aún, hay tiempo aun.
Lo haremos juntos, pequeño Nadie.
Fue una experiencia muy extraña encontrarme otra vez con mi madre, verla como una mujer, no como un fantasma o un ogro ni como un maravilloso ser encantado. Estaba más guapa de lo que yo esperaba. No sé por qué, eso me sorprendió, quizá porque mi padre es un hombre de aspecto corriente. También ella estaba muy nerviosa. Había electricidad en el aire. Creo que Helen era la única que estaba tranquila cuando llegamos, y se puso a dar vueltas como un león en la jaula, fisgando los libros de mi madre y la colección de compactos y cogiendo las fotografías de las paredes. La comida fue realmente penosa. Ya es bastante malo comer delante de extraños, pero cuando ese extraño es tu propia madre, es una especie de tortura. La comida te permite hacer algo con las manos, y eso tranquiliza, pero en cambio te tapa la boca.
Yo aseguraría que Don no tenía ninguna gana de estar con nosotros. Para él debió de ser peor todavía. Pensé que era una delicadeza por su parte quedarse al margen y dejar que mi madre llevase la conversación, sin entrometerse ni hacer preguntas, limitándose a aguantarla, supongo. Entonces Helen les disparó un bombazo, y el pobre hombre no pudo soportarlo. Le sirvió de excusa para desaparecer de la casa, y debió de ser un alivio para él. Para mí lo fue, desde luego. Y después, también Helen se vio desbordada por la situación y salió al jardín. Mi madre y yo nos quedamos solos. En realidad fue entonces cuando empezamos a hablar.
—Te admiro por haber venido —dijo—. Has sido valiente. Eres más valiente que yo.
—Hace mucho tiempo que quería verte —dije—. Desde antes… Bueno, ya sabes, desde antes que Helen…
—Te recordaba como un niño pequeño, apasionado por los trenes de juguete y por Batman, de voz chillona y cara pecosa, y me encuentro con un joven enamorado que pronto va a ser padre.
Hasta sin comer lentejas me costaba trabajo tragar.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó.
—No sé —dije.
—¿Qué quieres hacer?
—Todo —seguía intentando tragar—. Quiero hacer mi licenciatura en Newcastle —me miré las manos—, y quiero estar con Helen. Pero no sé lo que Helen quiere. Tampoco ella lo sabe.
—Christopher —dijo—, cuando dejé a tu padre hice una cosa horrible.
—Ya lo sé.
—Pero antes había hecho otra todavía peor: casarme con él.
Me escocían los ojos y no podía mirarla.
—¿Puedo hablarte de eso?
—Si quieres.
Yo no sabía si quería saberlo o no. ¿Era a eso a lo que había ido? No tenía ni idea.
—Cuando conocí a Alan era seguramente más joven que Helen. Mi padre había muerto cuando yo tenía doce años. Mi madre no supo enfrentarse a la situación. Hay personas que reaccionan ante esas cosas con una fuerza que ni siquiera conocían; otras se sienten totalmente desarmadas. A mí me llevaron con mi abuela, y ella prefería a mi hermana. Pero entonces a todos les gustaba más Jill. Salí de la escuela a los dieciséis años, aunque todos pensaban que debía seguir estudiando. Pero estaba harta, sabes. Lo que necesitaba era ser yo misma, probar de qué era capaz, no sé si me entiendes. A veces hacemos mal las cosas por razones justas. Y conocí a tu padre en el trabajo. Él trabajaba en la fábrica y yo estaba en la oficina. En la pausa de la comida, solía sentarse a mi lado en el patio y charlábamos. Creo que me recordaba un poco a mi padre, y porque me traía ese recuerdo, yo pensé que le amaba. Tenía diez años más que yo y era muy callado y comprensivo. Me creía maravillosa, me adoraba. Hizo que me sintiera otra vez especial, querida. Y tenía una casa. Me pidió que me casara con él. Para mí era una salida; además, creía que le amaba. Y quizá era así, pero no era el verdadero amor.
Helen trajinaba en la cocina, tirando cucharas y cacharros. Pensé en mi padre, amable, bondadoso y reflexivo, y sentí ganas de llorar. Mi madre y yo seguimos mucho tiempo sentados, sin hablar, y Helen entró de puntillas, tratando de ser discreta, con dos platos de ensalada. Fue como si hubiera descorrido las cortinas para que entrara la luz del sol. Me sentí relajado. Quise que lo supiera y puse mi mano sobre la suya.
—Estaré en el jardín —me dijo.
La casa se quedó otra vez en silencio.
—Y después conociste a Don.
—Conocí a Don. Fue un par de años después de nacer Guy. Yo empecé a frecuentar clubes y cosas de ésas, sólo por salir un poco. Tu padre os quería mucho, hubiera dado cualquier cosa por vosotros. Lo único que quería hacer por las tardes era quedarse en casa a vuestro lado, leeros cuentos, jugar, hacer construcciones. Yo necesitaba salir, y a él no le importaba. Me apunté a un club de escalada y en él empezó todo. Me enamoré, me enamoré de verdad. Tenía veintiséis años y dos hijos, y por primera vez en mi vida estaba enamorada. Era tarde. Demasiado tarde. No podía soportarlo, no sabía qué hacer con mi vida. Pensé morirme, Christopher, de verdad. No me disculpo ni me perdono, pero sólo podía hacer una cosa para continuar viva: irme con Don. Y después de darle vueltas durante cerca de cuatro años decidí hacerlo.
Apartó su plato, buscó cigarrillos y después los apartó también.
—Empecé otra vez a fumar esta maldita cosa cuando me escribiste la primera carta.
—No querías verme.
—No podía soportar verte, al menos mientras fuiste pequeño. Me sentía mal por haber dejado a Alan. Estaba enamorada de Don. Había conseguido lo que quería y estábamos juntos. Pero para lograrlo había tenido que dejar a mis dos hijos. Sufría por vosotros. Todos los días, durante muchos años, estuve a punto de volver; hubiera sido decir adiós para siempre a mi verdadero yo. Lo que más deseaba era vivir con Don y teneros a vosotros conmigo. Pero yo quería a Alan, no como debe querer una esposa, sino como una hija, como una amiga. No podía quitarle también a sus hijos. ¿Cómo iba a hacerle eso? Decidí no volver nunca a tener contacto con vosotros dos. Supongo que me estaba castigando a mí misma. Ahora sé que fue una decisión equivocada.
Horas más tarde, ya en el tren, sus palabras seguían dándome vueltas en la cabeza, como ratoncillos que corrieran por una red de túneles para pasar de la luz del día a la oscuridad y volver a la luz una y otra vez. Helen parecía dormir acurrucada en mi hombro. Yo estaba contento. Prefería no tener que hablar.