Querido nadie

Berlie Doherty · Capítulo 9 de 12

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Querido nadie

Sección 11

Septiembre

15 de septiembre

Querido Nadie:

Me parece mentira que sólo falten dos semanas. Dentro de mí, muy dentro, persiste ese rechazo, ese miedo. Al mismo tiempo noto una especie de sosiego. Tengo prisa por conocerte. Desearía que aparecieses por arte de magia, como el grosellero que ha salido en el jardín. Me da miedo el dolor, Nadie, no puedo evitarlo. Espero que nos gustemos mutuamente; quiero decir, gustarnos de verdad. Me pregunto qué pensaría mi madre cuando me vio por primera vez.

Mi padre ha comprado una cuna para ti. Fue algo extraordinario verle forcejeando para sacarla del coche, comprobar lo que era, mirar a mi madre para ver su expresión y no encontrar ninguna. Todavía quiere que te dé en adopción. Se limitó a apretar los labios y le siguió escaleras arriba; yo oí el jaleo que armaban moviendo mi cama para hacerle sitio. Y subí las escaleras detrás de ellos.

—Entonces, ¿me voy a quedar aquí? —dije.

—Claro que se va a quedar aquí —dijo mi padre, dirigiéndose a mamá.

—¿Adónde irías si no? —preguntó ella—. Este arreglo no será para siempre, recuérdalo. Y no la dejes armada —le dijo a él—, al menos hasta que nazca.

Se fue a su habitación y cerró la puerta. Yo quise seguirla, pero papá me dijo que no con la cabeza.

—Ella hace las cosas a su manera, Helen —dijo. Después de todo, parece que la conoce bien.

Yo me dejé caer en la cama. Los laterales de la cuna estaban apoyados contra la pared. Era de color amarillo pálido, con conejitos en azul y rosa saltando entre los barrotes.

—¿Cómo voy a quedarme aquí si no me queréis?

Papá se aclaró la garganta y se puso en cuclillas delante de mí, con sus largos y huesudos dedos apoyados en los muslos.

—Pues claro que te queremos. Quítate eso de la cabeza. Eres nuestra hija, no lo olvides nunca. No entraba en nuestros planes tener un niño en casa…

—Tampoco en los míos.

—Sabes que no queremos perderte.

Yo moví la cabeza y él levantó una mano y me tocó la mejilla: un gesto tímido, poco frecuente.

—Te quedarás aquí todo el tiempo que quieras. Te lo prometo. Y tú, Helen, prométeme que no dejarás la música. Algún día volverás a bailar. Prométemelo.

Yo se lo prometí, aunque por dentro gritaba tan alto como para ensordecernos a todos. Quizá eras tú, que hacías tus ruidos de ballena muy dentro de mí. Me quedé sentada hasta mucho después de que mi padre saliera de la habitación para ir a su dormitorio. Conté los conejitos que hacían su interminable y alegre ronda saltarina por los laterales de la cuna. Oía a mi padre y a mi madre, consolándose uno a otro de alguna manera. ¿La ama él todavía?

Después salí para ver a los abuelos. Durante el camino pensé que no recordaba la última vez que fui allí con mi madre ni si la abuela había venido alguna vez a nuestra casa. Me pregunté si esa herida cicatrizará algún día, si a las personas les llega un tiempo en que es más fácil olvidar que sufrir. Pero lo que sabía bien era que yo no podría vivir ahora con la abuela. ¿Cómo iba a poder soportar sus silencios? Algún día intentaré penetrar en su mente y hablar con ella; después de todo, tenemos mucho en común. Quiero preguntarle por mi verdadero abuelo, el bailarín del club nocturno. Lo reservaré para el momento oportuno. No sé por qué nos resulta tan difícil a los jóvenes hablar con los viejos sobre las cosas que verdaderamente importan. Pero con la abuela es difícil hablar de cualquier cosa.

Cuando entré en su habitación se le iluminaron los ojos. Fue sólo un breve chispazo, que se borró después, para volver a caer en su apatía. Yo lo sé, abuela, conozco tu secreto. Me acerqué a ella y la abracé. Olía bien, con un agradable aroma a jabón.

—Tengo un regalo para ti —me dijo.

Era una toquilla para ti. El abuelo me dijo que había tenido que bajar todas las cajas del desván y que ella había pasado horas registrando el pasado para encontrarla. Tiene que haber sido de mi madre cuando era bebé. Quizá era suya, de la niña del cajón. La extendió para que yo la tocara. Después, en vez de dármela, se quedó con ella encima de las rodillas y la miró.

—Es bonita, abuela —dije. Otra vez se estaba escapando. Toqué su mano, seca y apergaminada.

—A lo mejor quiere lavarla antes de dártela —dijo el abuelo—. Es muy antigua.

Entonces, ella le miró como si le viese salir de una nave espacial.

—¿Cómo voy a dársela antes de que nazca el niño? —le preguntó—. ¡Puede estar muerto!

¡Oh, no, pequeño Nadie! ¡Vive! Tienes que estar bien. Tienes que ser perfecto para mí.

No, ¿cómo íbamos a poder vivir en casa de la abuela? Quiero que puedas gritar a pleno pulmón cuando te dé la gana, sin que molestes a nadie. Quiero que los dos podamos gritar a pleno pulmón.

21 de septiembre

Querida Helen:

Sé que eres una mujercita independiente y que sabes bien lo

que quieres. Te admiro por ello. Deseo que los planes que hagas para el futuro te resulten bien. Suceda lo que suceda, sobrevivirás: tienes cualidades para conseguirlo. Tú y tu hijo necesitaréis dinero, y me gustaría contribuir, hasta que Chris pueda hacerlo por sí mismo, aunque no quiero que ni él ni su padre lo sepan. Será una suma que ingresaré mensualmente en una cuenta para tu hijo, y espero que la aceptes. También espero que algún día me permitas conocer a mi nieto.

Joan

Tiene una letra horrible. Es como desenredar una maraña de lana negra. No puedo aceptarlo, pero me ha conmovido tanto como si alguien me arropase con una manta por la noche.

Sólo puedo concentrarme en ti, que golpeas y empujas dentro de mí todas estas semanas, mientras creces y engordas. Ahora te estás colocando para salir, la matrona me lo contó ayer. Pronto vas a enfrentarte a un viaje largo, oscuro y espantoso. No tengas miedo. Lo conseguiremos juntos.

 

Fue a mediados de septiembre, antes de ir a comprar los libros de la lista que me habían mandado de Newcastle. Lo pasé bien mirando en las librerías de viejo para estudiantes, comprando ejemplares manoseados, encuadernados en piel, de Milton, Shelley y otros poetas, simples nombres para mí, que habían pasado ya de mano en mano. Las páginas estaban subrayadas y tenían notas a lápiz en escrituras diferentes. De pronto me excitó la idea de unirme a la larga lista de estudiantes de otras épocas. Imaginé a los monjes encerrados en sus celdas, inclinados sobre sus manuscritos, y el crujido de las plumas en el pergamino. Compré un pequeño volumen en cuero rojo de un poema antiguo titulado Beowulf. Estaba escrito en anglosajón. No entendía ni una palabra.

Lo más sorprendente del mundo fue entrar aquella tarde en mi casa y ver allí a mi madre. No sabía qué decirle. Abrí la puerta y ya estaba a punto de subir la escalera cuando oí su voz en la cocina. Noté frío en el estómago, quizá por la impresión. Corrí escaleras arriba e intenté ordenar mis ideas antes de verla. La oía reír abajo, en la cocina. No podía entenderlo; no entendía por qué estaba en nuestra casa y no entendía por qué yo estaba tan turbado. No se me ocurría qué decirle. «Puede ser», supuse, «que esté pensando en volver a vivir con nosotros». ¿Quería yo eso? No, ahora no. Me sentí triste, frustrado y enfadado. Me dolía, pero era demasiado tarde. Cuando era un niño de diez años quería desesperadamente que mi madre volviese a casa. Si me hubiesen preguntado por qué, habría contestado que porque ella siempre tenía limpia a tiempo mi ropa de deporte, porque me llevaba en coche cuando llovía y no me gritaba por sangrar por la nariz. Quizá habría dicho que así papá no se pasaría las horas, noche tras noche, sentado con la cabeza entre las manos. Que Guy no lloraría antes de dormir. Ahora era demasiado tarde. Nada volvería a ser igual.

No me entendía a mí mismo. Escribía cartas a mi madre y hablaba con ella por teléfono. E iba a verla en su casa cuando me apetecía. Pero no quería verla pelando cebollas en nuestra cocina, sentándose con los pies en alto en nuestro sofá para ver la tele, o saliendo en bata del cuarto de papá.

Me lavé, me puse un chándal limpio y bajé. Se oían voces, risas apagadas y cháchara, y todo quedó en silencio al entrar yo. Como si lo hubiera acallado al abrir la puerta. Estaba mi madre, con un aspecto fabuloso. También aquel colega suyo. Allí estaba papá, contando alguna historia de Guy y su telescopio. Yo miré a todos. También estaba Jill, al lado de papá. Se me había olvidado que era hermana de mi madre. Y Guy estaba subido a una silla, pendiente del gato.

—Hola —dije. Me sentí como un tonto, como un chico de seis años que se mete en una fiesta de adultos.

Don me ofreció una copa de una bebida espumosa que debía de ser champán. Algo horrible. Todos me miraban y bebí un sorbo.

—Y brindamos por… —dije. Cualquier cosa para llenar 41 aquel silencio.

—Nuestro divorcio —dijo mi madre.

—No comprendo —contesté.

—Pues claro que comprendes —dijo Guy, más serio que un búho, con los ojos brillantes y pálido como un muerto.

Pero no lo comprendía. No comprendía que aquellas palabras hicieran sonreír a todos, mirarme y esperar que yo les sonriera también, como si fuera el aguafiestas de la reunión, el tonto del barrio que nunca entiende un chiste. Yo no quería entrar en el juego: no conocía las reglas.

—Tu padre y yo vamos a divorciarnos —dijo mi madre.

—Vaya, es estupendo —dije secamente—. Yo pensaba que lo habíais hecho hace años.

—Por nuestro matrimonio. Brinda por eso, Christopher —Don me tendió la mano.

Pensé contestar que no me gustaba lo bastante para casarme con él, pero no tenía ganas de bromear. Además, nadie lo hubiera entendido.

—Yo creía que ya estabais casados —dije ignorando su mano—. ¿O sólo estabais entrenándoos?

—Don y yo hemos pensado largo y tendido acerca del matrimonio y lo que supone —dijo mi madre—. Y sabemos que estamos preparados para dar ese paso.

Miré a papá.

—Y yo creo que se complementan bien —dijo. Entonces entendí: se estaba librando de su recuerdo, la dejaba ir.

Levanté la copa y la apuré de un trago. Tuve que tragarme un erupto. Me sentía borracho, pero no como los demás: no se me escapaban risitas tontas ni repartía abrazos y todo eso. Les di la mano a todos, incluso a Guy, y me escapé al patio de atrás y estrellé la copa contra la pared.

Fue precioso ver aquel proyectil hacerse añicos; ver cómo las estrellas de cristal atrapaban la luz y se elevaban antes de caer.

 

Es extraño que podamos dejar durante años que otras personas sean responsables de nuestra forma de pensar, de lo que aprendemos, de cómo hablamos, y de pronto nos demos cuenta de que nos hemos salido de toda esa red protectora y somos libres.

Durante los días siguientes tuve ocasión de conocer a mi madre y a Don bastante bien. Se quedaron en un hotel de Derbyshire y yo fui unas cuantas veces en bicicleta y salí a pasear con ellos. Me sorprendió que él me gustara.

—Vamos, Christopher, llévanos a tus lugares favoritos —decía.

Disfruté haciéndolo. No los llevé al lugar donde quise subir aquella vez con Helen, ni a ninguno de nuestros rincones particulares. Si volvía a ellos, lo haría solo. Pero los llevé al alto de Burbage y nos sentamos en una gran roca, bajo el puente, de forma que podíamos ver el valle abajo, a la derecha, con sus colores cambiantes y los lomos borrosos de las ovejas a la luz de septiembre.

—Ahí pasé mi niñez, mamá —dije. No me importó que sonara rebuscado.

Estoy contento de haber pasado aquellos días con ella. Me gustaba mucho y quería llamarla mamá, no Joan. Los nombres son tan misteriosos.

Pero cuando me preguntó por mis planes de futuro, me callé como un muerto. Habían decidido mi futuro por mí.

—No he hablado con Helen desde finales de junio —dije.

—Lo suponía —contestó mi madre—. Pero ¿podrás olvidar todo eso?

—¡Cómo demonios voy a poder!

Quizá no vaya a Newcastle, le dije. Quizá me pierda en los caminos, con mi mochila, y vagabundee por el mundo. ¿Cuánto tendría que alejarme de Helen para no pensar en ella? Si la luz tarda menos de un segundo en dar la vuelta al planeta, ¿me vería ella desde el otro lado? ¿Cuánto tarda el sonido? Si yo estoy en Ayers Rock y susurro «Nell», ¿me oirá ella en sus sueños? Si no hubiera nada en el camino, ni motores, ni máquinas, ni risas, ni gritos, ni llantos, podría oirme. Europa, Africa, India, Japón, Australia. Si yo recorriese en bicicleta un país tras otro, gritando su nombre sin cesar, ¿me consolaría?

—El tiempo lo curará —dijo mi madre.

 

Algunos días después de que Don y mi madre volvieran al Norte, recibí una carta de Bryn. Era divertida, con dibujos, chistes y algunos poemas. Escribía mucho, varias hojas, y terminaba pidiéndome que fuese a verla alguna vez, cuando ella estuviese en Leeds. «Te echo de menos», decía. Me dolió leerlo. Ahora sabía con certeza lo que ya suponía cuando estábamos en Francia y lo que ella me dio a entender cuando vino a verme aquel día. Recuerdo cómo me sentí después de ver a Ruthlyn y a Helen en la calle. Yo me paré en seco para que bajara de mis hombros. Después me metí las manos en los bolsillos y me dirigí a casa con la cabeza como un bombo. Ella y Tom me siguieron, uno a cada lado; Bryn tenía que correr para seguir nuestro paso, lo recuerdo, y yo intenté quitármela de encima como quien se quita una avispa molesta. Pero no era culpa suya. Me volví a decírselo, y ella se quedó mirándome con su cara sonriente y sorprendida. Por alguna razón que no entiendo, me incliné y la besé. Fue un beso de amigo y quería decir: «Lo siento, tú no tienes la culpa». Después fuimos a comprar patatas fritas y la acompañamos a la estación. Y por la manera de sonreírme al decirme adiós, podría asegurar que no solo no se sentía culpable, sino que por su parte éramos mucho más que amigos. Pero yo no le había escrito, ni sabía nada de ella. Pensaba que ya había pasado todo.

Le escribí una carta para decirle que me gustaba mucho, pero que creía que no debíamos volver a vernos. Sabía que le dolería, y no me sentí mejor por escribirle. Pero tenía que hacerlo y lo hice.

30 de septiembre

Querido Nadie:

Me siento rara esta noche. Es horrible. Me cuesta trabajo andar. Tú te has movido hacia abajo. Te has colocado, dice la matrona. Estás preparado y listo para la acción. Ojalá lo estuviera yo. Me siento más bien como si fuera a pasar dormida mucho, mucho tiempo. Dentro de unos días estarás aquí, si eres puntual.

Estoy como una bola. Ni me conozco estos días. Una vez, hace tiempo, había una chica, llamada Helen, que sabía bailar. Sabía incluso doblarse por la mitad. ¿Qué mitad? Después se convirtió en una oruga gorda, después en una crisálida, y entró en coma. Y una amable madrina llamada matrona fue a verla y dijo: «Cenicienta, irás a un hospital y saldrás de tu capullo». Pero lo más sorprendente es que no emergerá una mariposa, con sus alas temblorosas. Emergeremos tú y yo. Y lo más triste es que no habrá un apuesto príncipe. No habrá ningún príncipe.

Querría que todo hubiese pasado.

¡Dios mío, estoy tan harta!

 

El día anterior al fijado para ir a Newcastle me compré unos vaqueros nuevos. Los encontré extraños porque no tenían agujeros en las rodillas. Mi madre me había dado dinero para que me comprara un edredón, ¡qué ocurrencia! A mí no me preocupaba no tener edredón. Mientras miraba escaparates, vi algo de color azul pálido que me recordó el vestido que llevaba Helen el último día que estuvimos bailando. Me vino a la memoria un poema del poeta irlandés Yeats, uno de los que Hippy Harrington nos leía. Lo sé de memoria. Tiene razón Hippy: la poesía debe aprenderse de memoria; así la haces, en cierto modo, tuya.

Si yo tuviera telas bordadas de cielo,

Tejidas con oro, con plata y con luz,

Transparentes telas de un azul sereno.

De noche, de luces y de amaneceres,

A tus pies pondría todos mis tesoros.

Pero en mi pobreza, poseo tan sólo

Los sueños que ahora a tus pies extiendo,

Pisa suavemente, que pisas mis sueños.

Compré una postal y lo escribí. No necesitaba firmar. Después pasé por su calle, y las palabras del poema me golpeaban la cabeza como música. Sólo pensaba poder verla y decirle sencillamente adiós. No era cosa de llamar por teléfono otra vez y sufrir la humillación de que me colgaran sin dejarme hablar. Habían construido alrededor de Helen un muro protector, demasiado alto para saltar por encima y demasiado grueso para derribarlo. Era porque la querían y querían protegerla. Ahora lo entendía; pero era una curiosa forma de querer. Pasé por delante de la casa, mirando y sin mirar. Estaba tan pulcra como siempre. Tiene dinero esta familia. Es curioso, hasta ahora nunca había pensado en eso.

Odiaba aquel silencio. Era como un vendaje que me tapara la boca y los oídos.

Sin darme cuenta me encontré en la biblioteca donde trabaja el padre de Helen. Sonrió al verme y vino de puntillas, con las manos en la espalda.

—¿Qué tal vas con la guitarra?

Sabía que iba a preguntármelo.

—Bien —dije. Miré a la calle por la ventana. Después me volví hacia él, antes de que se fuera—. ¿Cómo está Helen, señor Garton?

Pareció un poco confuso. El señor Garton es amable, una de esas personas a las que no les gusta herir los sentimientos de nadie. Se devanaba los sesos para salir de aquel tema tabú que lo había pillado desprevenido.

—Está enorme —dijo—. Como una bola.

Yo tragué saliva.

—Me voy pasado mañana, señor Garton. ¿Quiere usted… quiere usted darle esto? —le alargué la tarjeta.

Fue como si hubiera sacado del bolsillo un caracol vivo, se lo hubiera puesto en la mano y él no supiera si pisarlo o guardarlo en el bolsillo, apartarlo de su vista o admirarlo por su rareza. De todas maneras, se la dejé. No le di la mano, como debería haber hecho y como a él le habría gustado, probablemente. Se hubiera sentido mejor. Pero me parece que ya es bastante mayor para saber manejar caracoles.

30 de septiembre

Ayer limpié mi habitación y la preparé para ti. Saqué todos, mis libros y los animales de cristal y de porcelana que he coleccionado desde mi infancia, las máscaras de cerámica y los abanicos de las paredes, los lavé y les quité el polvo. También lavé todos mis pañuelos de gasa. Y quité las cortinas, las lavé y las puse en la cuerda para que se secaran. Mamá me ayudó a colgarlas. Y cuando volvió a la cocina, yo me quedé mirándolas. Eran como alas de pájaros agitándose en busca de libertad, y yo me sentía lo mismo: levantaba el vuelo con ellas. Entré en la cocina, y me senté a comer con mamá; estábamos las dos junto a la ventana y mirábamos aquellas enormes alas, sin decir nada. Pero no nos hallábamos distanciadas, mamá y yo, sabes. No estábamos cerradas una a la otra.

30 de septiembre

Hace unos minutos he sentido una fuerte contracción que ha partido de la base de mi columna vertebral, ha subido hacia arriba, se ha extendido por todo mi cuerpo y me ha paralizado. Ha sido como si se adueñara de mí, y cuando creía que iba a reventar, se ha apagado otra vez.

No estoy asustada. Sé muy bien lo que es.

Significa que ya llegas.

He hecho mi cama y he llevado a la puerta mi maleta preparada.

No voy a decírselo a mamá hasta que tenga otra contracción. Según la matrona, puede durar horas o incluso días. Quiero que tú y yo estemos preparados. Quiero que estemos tranquilos.

Vamos a respirar lentamente los dos. Me parece como si oyera latir tu corazón, muy dentro de mis venas.

Vuelve a venir. Cada vez más arriba. Una enorme ola blanca que sube, y yo me quedo debajo. No permitiré que me ahogue. No lo permitiré.

Sé que estás llegando.

Sin darme cuenta he gritado: «Mamá, mamá». Ella ha venido corriendo a mi cuarto, y yo he tratado de abrazarla. He sentido que algo fluía de mí. Ella me ha sujetado con los brazos hasta que ha llegado la siguiente contracción. La hemos aguantado juntas. Era como estar naciendo. He gritado y ella me ha apretado fuerte y ha sufrido conmigo.

Ahora ha bajado a llamar una ambulancia. No puedo dejar de temblar.

Papá estaba tocando el piano. Es su forma de afrontar cualquier situación. ¿Lo has oído? Es una canción de bienvenida. Pero de pronto he oído que mamá le gritaba, y él ha dejado de tocar. Ha subido a mi cuarto y se ha quedado a la puerta. Yo estaba apoyada en la cama, esperando que llegara la matrona o la ambulancia o quien tenga que llegar primero. Al ver a papa he vuelto a temblar. Él se ha acercado a mí y ha sacado algo del bolsillo.

—Creo que debo darte esto ahora —ha dicho—. Es de Chris.

Cuando ha bajado nuevamente a su piano, lo he leído. He ido a la ventana y me he quedado allí de pie, mirando la luz de una farola. Era como oír la voz de Chris, que, un poco vacilante, leía aquellas palabras para mí. Al oír un ruido me he vuelto y he visto a Robbie en la puerta; parecía serio y tímido, un poco asustado.

Ha entrado silenciosamente como si me estuviera muriendo.

—He venido a ver si puedo ayudarte en algo —ha dicho. Si no me hubiese dolido tanto, habría sonreído. Pero de pronto me he advertido que podía ayudarme.

—Robbie —he dicho—, ¿quieres llevarle a Chris una cosa de mi parte?

Mientras él ha bajado a sacar del cobertizo la bici, mi Mercury, yo he preparado el paquete. Querido Nadie, ésta es la última carta que te escribo.