Reunion

Natasha Brown · Capítulo 4 de 10

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Reunion

REUNIÃfiN

REUNIÓN

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Es un cuento. Con sus desafíos. Su trabajo duro. Su ponerse las pilas, arremangarse, esforzarse al máximo. Subir.

Superarse, ir más allá, etcétera. Seguro que os suena. No es mi vida, pero lo tengo proyectado a mi espalda a una escala de dos metros de alto, y ahora se lo estoy contando a esas caras blandas, maleables, inclinadas hacia adelante sobre hombros uniformados. Recito mis viejas frases como si fuesen secretos nuevos. Clic a la siguiente diapositiva. Rostros gigantescos, diversos y sonrientes vestidos de traje gris señalan gráficos, estrechan manos y saludan detrás de mí. El proyector suelta un zumbido y las sonrisas se transforman en el logo apabullante del banco. Hora de terminar. Echo un vistazo a las hileras de colegialas. Les doy las gracias por escuchar, antes del turno de preguntas.

Una quiere saber si vivo en una mansión.

Ha sido todo un éxito, me dice la coordinadora del programa, y la directora asiente con un bob encrespado de cabello gris.

Separa los labios tirantes y deja entrever unos dientes amarillos de café.

Damos la vuelta y bajamos por una escalerita trasera, y a mí ese aire caliente, ese olor a verdura hervida de colegio, me da náuseas. La directora me da las gracias por venir, dice que ha sido muy inspirador para las chicas.

Chillidos, risas y un parloteo cantarín y estrepitoso resuenan por todas partes mientras las alumnas cruzan la puerta de la sala de actos y se desparraman por los pasillos de cemento. Sencillamente inspirador, dice.

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Cuando vuelvo a la oficina. Lou todavía no ha llegado. Rara vez asoma antes de las once. Como si cada mañana una flamante mediocridad se escurriese del mar, dejase su rastro de baba por la arena y las rocas cubiertas de algas, y luego le brotasen unos miembros inquietos que crecen y mutan y se convierten en brazos y piernas a medida que se adentra en tierra hasta que, al final, plenamente formado, ¡ Lou! entra en el vestíbulo caminando con sus pies planos enfundados en lustrosos zapatos. Brillando, taconeando, esperando el ascensor que lo llevará a nuestra planta. Cabeceando al ritmo de los auriculares Beats que lleva puestos. A él nunca lo enredan para estas cosas. Soy yo la que da las charlas —en institutos y universidades, en mesas redondas, en ferias de empleo— cada pocas semanas. Va con el puesto; la diversidad se tiene que ver. ¿A cuántas mujeres y chicas habré mentido?

¿Cuántas habrán visto mi cara sonriente recomendar tal o cual empresa, o este sector, o aquella universidad, o esta vida? Este tipo de preguntas no son constructivas. Tengo que recuperar las horas perdidas de la mañana.

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Durante gran parte de mi niñez, viví al lado de un cementerio. Por las ventanas que daban a la calle, contemplaba los cortejos fúnebres que serpenteaban por el camino: caballos negros seguidos por coches fúnebres también negros seguidos por coches normales de distintos colores. A veces, un hombre desfilaba en cabeza, con bastón y sombrero de copa. Y luego la gente: salían de los coches fúnebres y de los vehículos y se reunían, con guirnaldas, con sombreros. Con ataúdes, también, supongo. No recuerdo verlo. Se reunían junto a los montículos de tierra recién removida y aguardaban, con las coronas apiladas ordenadamente a su lado, o con flores en las manos. O abrazándose unos a otros. Pequeñas criaturas lejanas, aferrándose entre sí en busca de consuelo. Yo los contemplaba desde arriba.

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El año pasado, compré el ático de un edificio georgiano remodelado en una zona con buena proyección. Los otros dos pisos los tenían alquilados parejas nerviosas y tirando a jóvenes. Cada noche arreciaba entre ellas una tensa discusión en torno al volumen de la música.

Los de la planta baja se llamaban, por inverosímil que pareciera. Adam y Evie. Cuando nos conocimos en el rellano, Evie se presentó primero, como la novia de Adam. Se apartó de la frente unos mechones finos de pelo rubio y me contó que trabajaba en el sector editorial. Cuando la música estaba muy alta, llamaba a la puerta del piso de arriba y les suplicaba que.

por favor, la bajasen. Solo un pelín. Su exquisita exasperación era como una talla de vidrio cuyas esquirlas atravesaban mi propio suelo.

La otra pareja era arisca y solitaria. Apenas decían palabra, aunque yo los oía berreando entusiasmados temazos de los noventa. Eran los dos guapos; pelo moreno, rasgos marcados y pies pequeños. Todos los jueves por la mañana, había dos pares de botas de fútbol, diminutas y embarradas, secándose a la puerta de su casa.

Los ritmos familiares de nuestras vidas apiladas se habían convertido en una especie de intimidad.

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Cuando estoy en el trabajo, suspiro pensando en el piso como deben de suspirar los padres cuando ven las caras sonrientes de sus hijos enmarcadas entre los papeles y tazas esparcidos por su mesa. A mi amiga Rach —

menuda, consentida, enérgica— su casa, en un barrio residencial del oeste de Londres, le parece poco. Dice que quiere ¡una casa más grande, un novio mejor, más dinero! Quiere todas esas cosas sin complejos ni sutilezas, y yo temo y admiro al mismo tiempo su avidez. A mí ya no me queda. Me he hundido demasiado hondo, una opresión se ha ido enroscando a mis miembros y me ha arrastrado más abajo. Pero contengo la respiración.

¿Qué me queda, si no?

Generaciones de sacrificios; trabajo duro y una vida aún más dura.

Cuánto sufrimiento, cuántas renuncias, cuántas, por esta oportunidad. Por mi vida. Y lo he intentado, he intentado estar a la altura. Pero después de años de esfuerzo, de nadar contra corriente. estoy lista para aflojar los brazos. Para dejar de batir las piernas. Para aspirar el agua a los pulmones.

Estoy agotada. Igual es hora de ponerle fin a este cuento.

Ah, por ahí viene Lou.

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