Reunion
Conversaciones
Ayer, mientras esperaba en la luminosa recepción de la oncóloga privada cuya consulta en Harley Street había visitado ya tres veces, experimenté una desconexión. No imaginaria, no: fue tangible, un fenómeno físico. Algo se había soltado dentro. Una escisión del yo y la experiencia.
Me gustaba bastante ir allí. Las recepcionistas —jóvenes, bonitas, intercambiables— eran amables, siempre. Y me recibían como si aquello fuese un spa. Las flores ese día eran unos lirios enormes, con los pétalos abiertos y los tallos gruesos. Los estambres, con una incisión quirúrgica, soltaban borrones de polen rojo sobre los pétalos blancos. Imposible no pensar en O’Keefe. Había otra persona esperando. Con la pausada certeza de que el tiempo bloqueado en Outlook discurría según lo previsto. Desde una otomana de capitoné junto a la ventana, me puse a contemplar la calle más abajo.
Siempre que hablábamos por teléfono mi madre se pasaba el rato contándome quién se había muerto. Trayéndome a la memoria a este y aquel. Ay. claro que la conocía: ¿no recordaba que solía venir de visita con su sobrina (una niña adorable, éramos amigas)? Sí, sí. esa. Pues se murió la semana pasada. ¿Verdad? Qué horror. No sabía muy bien por qué me molestaba tanto esa rutina comunicativa. No era cotilleo, no había ninguna malicia. De hecho, esos informes frecuentes parecían impelidos por una pérdida silenciosa. Eran la prueba exhaustiva de que nosotros, cualquiera que fuese el vínculo que nos reunía en esa primera persona del plural, no íbamos a sobrevivir. Concluí que mi objeción era principalmente formal, esa estructura de premisaremate que empleaba: recordarme que conocía a una persona, invocar recuerdos de ella, de una vida, y luego revelarme su muerte. Aquello me provocaba un vuelco como de montaña rusa en el plexo solar. Con un deje de entumecimiento culpable, examiné la absurda estética lujosa de las prestaciones que me ofrecía el seguro médico de la empresa.
Las revisiones, las pruebas preventivas, los rápidos controles que sustentaban la vida. Yo sabía que nosotros, los hijos que quedaríamos aquí,
tendríamos lazos más débiles. No nos unía ningún otro país, ninguna cultura común más que la británica (y esa solo la podíamos reivindicar apostillada, cuando no encerrada entre paréntesis, por los orígenes de esos cuyas muertes nuestras madres nos detallaban al teléfono). Era supervivencia en el sentido estricto en el que sobrevive un patrón cultural. Una persistencia generacional, carente de significado y de memoria.
Le dije a mi novio que no pasaba nada. Estaba bien. No hacía falta que me acompañase. Pero él insistió en que al menos quedásemos para tomar algo después del trabajo. Una salida para levantar los ánimos. Vale. Hacía una noche bastante agradable. con una temperatura impropia de septiembre.
Tomamos cerveza en el césped del viejo pub que hay cerca de la estación de Blackfriars. Y todo, le dije, estaba bien. Falsa alarma. Las palabras falsas podían parecer ciertas. Se convenció fácilmente, acostumbrado como estaba a los finales felices y las soluciones indoloras. Nada de que preocuparse, entrechocamos los cuellos de nuestros botellines.
—Sé que he estado distante —dijo—, no he sido yo mismo.
Me miré las piernas, de un marrón brillante al sol de la tarde. Pasamos de las biopsias, las consultas y las expresiones de alivio a hablar de su trabajo; de cosas gordas, importantes, en las que estaba involucrado tangencialmente en Whitehall.
—No creo que haya sido buena compañía los últimos tiempos —dijo.
El fin de semana anterior había dormido con la cabeza pegada a mi pecho, aovillado como un feto. Por la mañana, el lunes, me abrazó tan fuerte que me quedé en la cama un rato más acariciándole el pelo. Hasta la hora de irme a trabajar.
—A veces, yo…
Se interrumpió y empezó a rascar la etiqueta del botellín de cerveza.
Parecía húmeda y blanda por la condensación, y él iba arrancando trocitos de uno en uno, los hacía una bola entre el índice y el pulgar y lanzaba aquellos grumos pegajosos a la hierba. Cuando empezamos a salir, blandía su nombre ante el maître con un ímpetu arrollador. Me preguntaba si ese concepto de sí mismo se habría desprendido, o si su yo no era más que un esmoquin que se ponía y después se quitaba. Con la cabeza echada hacia atrás, dio unos tragos de la botella. La nuez le subió y bajó al beber, y yo
imaginé la cerveza fresca corriéndole por la garganta. bajándole por la curva del pecho y derramándose en su estómago.
Nos conocimos en la universidad, le gustaba decir. Aunque yo apenas traté con él entonces. Ya estaba en tercero cuando me matriculé. Ni siquiera recuerdo que hablásemos nunca, pese a que lo conocía de cara y de nombre por el movimiento estudiantil. No, no reparó en mí hasta años después, en eventos donde se cruzaban esporádicamente nuestros círculos sociales solapados. Mi capital social había aumentado —de un modo infinitesimal, incalibrable— desde los tiempos de la universidad. El dinero, incluso esa cantidad relativamente modesta que yo había amasado, me transformó. Mi estilo, mis maneras, mi jerga algo afectada de la City: todo eso le intrigaba.
Vio la persona que yo estaba construyendo. Y supo detectar la oportunidad.
Había leído sobre la transformación de Warren Wilhelm Jr. en Bill de Blasio.
Como quien no quiere la cosa, se hizo el encontradizo conmigo en una barbacoa organizada en la azotea de una nave industrial remodelada de Stepney. Derrochó encanto a lo Hugh Grant mientras nos bebíamos unos Pimm’s tibios y afrutados servidos en tarros de cristal. El Canary Wharf espejeaba y suspiraba, hermoso, detrás de él. Parecía excesivo, por aquel entonces, como una caricatura de sí mismo. A lo largo de los meses y años siguientes, comencé a apreciar la naturaleza elástica de su personalidad. Lo observaba chinchando y dándoles empujoncitos a sus amigos. Debatiendo grandes ideas con palabras aún más grandes y un formidable sentido del humor grupal. Se metían los unos con los otros sin piedad, y luego soltaban una carcajada: doblados de la risa, dándose palmadas en las rodillas, en un despliegue casi paródico de alegría Después, en el asiento trasero de un taxi, saludaba al conductor por su nombre y lo guiaba con destreza de la simple cháchara a las confidencias. Iba intercalando preguntas consideradas y jamás interrumpía. Era cortés, sí, pero no acartonado. Suavizaba su acento. Se despedía con un «Buenas noches, amigo» sincero, rematado por un firme apretón con ambas manos, antes de bajar del coche.
—Se está bien aquí —dijo, al fin, casi sonriendo.
Y era verdad. El mañana parecía quedar más lejos. Aunque el fin de semana que iban a pasar con sus padres seguía cerniéndose sobre todas las cosas: el aniversario de boda, en la casa de campo de la familia. Lo que
debería resultar, si no relajado, al menos apetecible, se iba materializando a toda prisa en cruda realidad. Asentí, y él se volvió a mirar a los coches que hacían cola en el cruce.
—He estado… O sea, mi ex… —Hizo una pausa, y luego empezó de nuevo—: Me ha escrito mi ex. Tiene un cachorrito.
¿Un cachorrito?, repetí yo, dando vueltas a las sílabas. Su ex también estaría en la celebración, ya lo sabía. Era una amiga de la infancia, casi un miembro de la familia, en palabras de su madre. Se habían criado juntos, retozando por la campiña inglesa a lo Colin y Mary Lennox. Al mirarlo, en cuclillas sobre el césped, con las mejillas y los ojos llorosos contraídos en un intento de estoicismo, sentí curiosidad, quise saber.
—Déjalo —dijo—. No tendría que haber mencionado el cachorrito.
Nos habíamos terminado el segundo botellín. El parloteo de fondo se había transformado en un runrún de blablablás con apenas alguna disonancia ocasional. Le pedí que me enseñara el cachorrito, si tenía alguna foto. Él dejó la botella en el suelo y se me quedó mirando un momento.
—Olvida lo del cachorrito —dijo.
Cogimos la District Line de vuelta a Putney. El sol menguante se consumía lentamente tras los tejados de chimeneas mientras recorríamos las calles tranquilas que iban de la estación a su casa. Leyendo antes de acostarnos, me fue echando sonrisas de refilón por encima del Kindle.
Luego, cuando ya dormía, estuve mirando cómo se le hinchaba y se le hundía el pecho. Escuchando sus ocasionales ronquidos sibilantes. Se sacudió las sábanas de encima y se tumbó de espaldas en una pose de querubín: el pie izquierdo junto a la rodilla derecha, el brazo derecho rodeando la cabeza, los dedos desplegados suavemente sobre la almohada.
La polla rosada pegada al muslo. La gravedad le alisaba la frente y las mejillas, y pude ver la cara mohína, de niño, de su permiso de conducir.
¿Prefería esto a dormir sola?
Las vidas de mis vecinos estaban enmarañadas con las de sus parejas.
Se habían desgajado de sus padres para adherirse uno a otro, compartiendo facturas, comida, alquiler. No creía que pudieran separarse fácilmente.
Nosotros no teníamos esas obligaciones. Pero, aun así, íbamos a museos, al teatro, dábamos fiestas, viajábamos, cocinábamos, los dos juntos. Decíamos
nosotros. Parecía un aspecto necesario de la vida, como el trabajo. O el ejercicio.
—Es una cuestión de principios —me había dicho Rach ese día—. A la mierda el sexismo, ¡sácale partido!
Rach insistía en que el lío que tenía con uno de los jefes del departamento global de la empresa era, en efecto, prerrogativa suya: una forma de apropiarse y subvertir el relato del acoso laboral. Empezaban a ir en serio. A pasar de la praxis formal a algo que parecía una emoción prosaica y genuina. Vivir juntos. Era al mismo tiempo más sencillo y más complejo que mi propia relación.
Nos sentamos en nuestra mesa de costumbre en la cafetería del altillo, sobre el vestíbulo. Las uñas de Rach, pintadas de un impecable rosa melocotón, como siempre, tamborilearon en el latte con leche de almendras.
Habíamos pasado de compañeras de trabajo a amigas en el último año, al tiempo que su padre se recuperaba de un cáncer y su madre moría de otro.
Era una feminista de las de Vayamos adelante, nacida en los Home Counties, fan de Kate Middleton y dienta asidua de Jaeger, que organizaba recogidas de fondos por el bienestar de los animales los fines de semana y compraba pendientes hechos a mano en Etsy. Una vez me llamó bañada en lágrimas desde una boutique de Hermès. Es todo precioso, sollozaba entrecortadamente mientras le metían los pañuelos de cuello en la bolsa.
—El victimismo es opcional —dijo. Mitad opinión, mitad mantra.
Defendía la mejora constante: evolución, aprendizaje, crecimiento, romper todos los techos a cualquier precio. Según ella, cada día caía una nueva víctima. ¿No se acababan de cargar a mi director ejecutivo por ir follándose a esa becada del departamento legal? Negó con la cabeza ante una muestra tan insensata y absurda de hibris. Así se desarrollaban invariablemente nuestras conversaciones.
Sin embargo, Rach comprendía —disfrutaba, incluso— el carácter despiadado del lugar. De modo que. en las pausas del café, en las copas, en los brunches. esas conversaciones prosiguieron. Éramos íntimas, éramos amigas. Lo afirmábamos con una sinceridad posposmoderna: mejores amigas. Hacíamos listas, revisábamos nuestros planes quinquenales y ejercitábamos los estómagos revestidos de teflón que eran necesarios para
ejecutarlos. Había ahí un aspecto fundamental de mí misma: directo, sin explicaciones. La horrible maquinaria que rechina debajo de todo logro.
Solo con Rach admitía yo esa faceta.
quién crees tú que ascenderán? Para sustituirlo.
Se recostó en la silla para meditar su propia pregunta. Luego me lanzó algunos nombres, sopesando con una risita las posibilidades de Lou.
—O igual tiran por una mujer—dijo, desplegando una mano y luego la otra, palmas arriba—. Una mujer perjudicada, una mujer recompensada: ¡a mí me parece justo!
Se echó a reír, frotándose las manos. A pesar del cinismo, sabía que aquello la carcomía. Unas semanas atrás, en el gimnasio. antes del trabajo, la había visto corriendo en la cinta a mi lado, muy rápido. Demasiado.
Resollaba, machacaba la cinta con los pies enfundados en New Balance, los codos en ángulo se le balanceaban desbocados, a la carrera. Y de pronto ya no. Dio un salto brusco y aterrizó en los salientes de plástico a ambos lados de la cinta disparada, y el torso se le desplomó sobre el panel de control.
Más tarde, nos reencontramos como siempre a la puerta de los vestuarios.
Ya recompuesta, con el pelo, todavía húmedo, de un rubio más oscuro.
Subimos la escalera del altillo para tomar nuestra dosis de cafeína: nuestros cuerpos todavía revolucionados por la actividad.
¿Qué empujaba a Rach a querer hacer carrera en esta profesión? Yo sabía qué me empujaba a mí. Los bancos: comprendía lo que eran.
Máquinas implacables y eficientes de hacer dinero, con la movilidad social como efecto secundario. En serio, ¿qué otro sector me habría ofrecido las mismas oportunidades? A diferencia de mi novio, yo no tenía ni los contactos ni el dinero necesarios para aventurarme en política. El sector financiero era el único camino de ascenso viable. Había cambiado mi vida por un pedacito de comodidad de clase media. Por un futuro. Mis padres y mis abuelos no habían tenido estas oportunidades: sentía que no me podía permitir desperdiciar las mías. Aun así, no me parecía correcto propagar esas mismas creencias entre una nueva generación de niñas. Era una forma de camuflar la falta de progreso: daba a sus aspiraciones una forma sumisa y uniforme, y las convertía a ellas mismas en trabajadoras agradecidas y diligentes que comprendían su papel en la sociedad. Que conocían los límites de todo ascenso.
Yo habría preferido contar otra cosa. Otra mejor. Pero, desde luego, sin la legitimidad de un cargo ostentoso en una empresa de primera fila no tendría ninguna plataforma desde la que decir nada. Todo el valor que puedan tener mis palabras en este país se deriva de mi relación con sus instituciones: las universidades, los bancos, el gobierno. Lo único que puedo hacer es repetir sus palabras y esperar que transmitan alguna clase de verdad. Tal vez sea un argumento muy pobre para justificar mi complicidad, la forma en que contribuía a convencer a esas chicas de que, también ellas, debían aguantar. El silencio, sin duda, era la opción menos dañina.
Rach había cambiado de tema.
—Este fin de semana es un gran paso —me dijo.
Un paso importante, emocionante. Un paso que resumió en emojis de anillos de diamantes. Yo no estaba segura de estar preparada ni para ese paso ni para ningún otro. Sabía que eran los pasos que debía desear, los pasos correctos a los que aspirar. Pero estaba harta de aspirar, de aguantar.
De ascender.
Sus padres me toleraban. Como harían unos buenos padres socialmente progresistas. Se mostraban pacientes con su hijo en materia de relaciones.
Imaginaban, yo imaginaba, que esto era una fase. ¿Por qué alargarla con refuerzo negativo? Así que la aceptaron. La acogieron, y me acogieron a mí, con los brazos abiertos. De hecho, insistían, me dijo mi novio más de una vez, insistían en que acompañara a la familia en su celebración de aniversario.
Ya nos habíamos visto otras veces, claro. Pero nada como lo de este fin de semana. Habíamos quedado siempre en Londres, los cuatro, en la mesa de algún restaurante. Con un horizonte temporal de dos o tres horas juntos.
La charla ligera, entretenida. La verdad es que sabían cómo entretener.
Cómo hablar, cómo preguntar, cómo conversar. Conseguían que pareciera una ocasión especial. Sobre todo el padre, que manejaba las palabras con destreza y precisión, como si fuesen un instrumento físico. Un escalpelo, tal vez, o una pluma.
Meses atrás, sentados en tomo a una mesa a media luz, en un restaurante sin ventanas junto a una galería de arte, el padre hablaba por entre los labios rojos de vino (escogido tras un debate vigoroso, exhaustivo, y
aparentemente muy bien recibido, con el sommelier). Alzó la pluma y me arrastró a su mundo. En la página de esa noche, yo formaba parte de él, tenía mi lugar. Sin embargo, era una intimidad distante. Sincera, pero sin permanencia o consecuencias más allá de esa interacción particular. Me hacía variaciones de las mismas preguntas cada vez. Con el mismo interés complaciente que brindaba al personal del restaurante.
La ambivalencia de la madre era más convencional. Una vez me presentó con el enrevesado epíteto «la más reciente amiga de nuestro hijo pequeño», seguido de una sonrisa de complicidad a la conocida que había preguntado por mí. Sentí que podía verlo con sus ojos: el amor a su hijo, sí.
Pero también la familia de la que provenía y la familia con la que se había emparentado al casarse. Futuros, niños y pureza: no en un sentido racial, ni de mal gusto, no. Por supuesto que no. Era una pureza de linaje, de historia: unas convenciones y sensibilidades culturales compartidas. La preservación de un modo de vida, de una clase, de las necesarias altas esferas de la sociedad. El estancamiento madurativo de su hijo (y ¿qué era esa relación, si no un disparate infantiloide?) no debía arruinar el buen nombre de la familia.
No me sorprendió descubrir que los títulos y el patrimonio heredado venían todos del lado del padre. Bajo la hostilidad de la madre había una inseguridad con la que yo casi me identificaba.
Por la mañana, contemplé a su hijo, sentado al borde de la cama y presionando un blíster para sacar una píldora endulzada. Se quedó mirando aquella mota blanca en la palma de la mano y, al final —con una determinación superflua. teatralizada— echó la cabeza atrás y se llevó la mano a la boca hasta que la hubo tragado entera. «Citalopram, 5 mg. Una dosis diaria o según prescripción médica.» Se inclinó de nuevo adelante, arrebolado, soltó el blíster sobre la cama. Dio un trago de agua del vaso de su mesilla de noche. Luego me miró, expectante, como si se acabase de terminar todo el brócoli del plato. Yo estaba al otro lado de la habitación.
recogiéndome el pelo con horquillas. La escena era perfecta. Las franjas de sol se colaban por las ventanas de guillotina. Su cuarto era luminoso y diáfano, y él estaba sentado en un borde del marco, con una maleta rechoncha a los pies. Solté una risita y él me respondió con una sonrisa,
indeciso. Me acerqué, le sostuve la barbilla en el hueco de la mano izquierda y le peiné atrás el suave nacimiento del pelo con la derecha. Era hora de irse.
Metió la maleta en el maletero de su coche. El sol frío de la mañana nos iluminaba implacable, y el ambiente olía a húmedo. Pero a él se lo veía henchido, reanimado. El aire libre le había infundido la promesa de un trayecto en coche por el campo: su familia, su casa, todo aguardándole.
Antes de marcharme, me cogió de la cintura y agachó la cabeza para darme un beso.
—¿Seguro que no puedo raptarte? —dijo, con ojos sonrientes.
Una parte de mí quería meterse en ese coche con él y largarse. Para ahorrarme el día triste y tenso que tenía por delante. El calendario lleno de reuniones imbéciles, precipicios de cristal, mentiras a las niñas. Pero ser irreflexiva, actuar por impulso, vivir como él… No. Aunque había empezado a identificar sus confines, seguía atada a la vida que llevaba. No me podía parar. Con gesto delicado, suave, le aparté los brazos. A los costados.
Nos veríamos por la noche.
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