Reunion

Natasha Brown · Capítulo 6 de 10

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Reunion

REUNIÃfiN ESTRATÛGICA

REUNIÓN ESTRATÉGICA

En la reunión, revisamos las cifras más recientes, las tendencias generales, los factores clave de esas tendencias o. tal vez. los pasos a seguir para determinar los factores clave de esas tendencias. Yo estoy sentada con el tobillo izquierdo apoyado en el derecho, las rodillas juntas, los hombros atrás, los brazos sobre la mesa, las manos relajadas. Preparada. Cuando hablo, voy al grano, con ritmo mesurado y tono sereno. Con los datos en la mano. Con diapositivas.

A primera hora de la tarde hacemos un descanso. Los hombres se ponen de pie. se estiran, se pasean por la sala. El aire está cargado de sudor, de charlas y sándwiches. Un hombre señala la cafetera espresso, dice que no sabe cómo funciona: qué botón pulsar, dónde meter la cápsula. ¿Cuándo vuelve la recepcionista? Los demás coinciden, ellos tampoco lo saben. Me preguntan a mí, tal vez yo sí lo sepa.

Bueno.

Les preparo los cafés. Con espuma de leche por encima, si prefieren.

Los hombres, aliviados, dicen oh, gracias.

Gracias.

Al terminar, espero a Merrick en el despacho. Está separado del resto de la oficina por paneles de cristal. Este lugar es todo cristal. El cristal separa y divide sin transparencia. Aun así, Lou consigue ver. Ve como la asistente me para de camino a mi mesa. Ve por encima de los monitores como cruzo la sala y me meto en el antiguo despacho del antiguo director ejecutivo. Y

me ve ahora, estirando el cuello con entrometimiento descarado. Coloco mis cosas —libreta, bolígrafo, carpeta— sobre la mesa y me siento.

Que mire.

Pero ahí está. Miedo. Cada día es una oportunidad de cagarla. Cada decisión, cada reunión, cada informe. El éxito no existe, solo la elusión provisional del fracaso. Miedo. Del zumbido y la musiquita de la alarma

hasta que consigo volver a dormirme. Miedo. Un peso frío en el estómago que trepa enroscado al esófago y me agarra por la garganta. Miedo.

Tumbada en el sofá o en la cama o tirada boca arriba en el suelo. Miedo.

Repaso el día entero, lo interrogo en busca de errores o deslices o… lo que sea. Miedo, miedo, miedo, miedo. Cualquier cosa podría ser la cosa que lo manda todo a la mierda. Lo sé. Esa verdad resuena en mi pecho, el golpeteo de una línea de bajo. Miedo, miedo, me ahoga. Miedo.

No recuerdo no sentir esto.

—Ah, ya estás ahí. Perfecto.

La cara de Merrick se ve enorme, irradia una cordialidad y una falsedad efusivamente estadounidenses. La pantalla de videoconferencia se reenfoca, y luego amplía el cuadro y muestra a una mujer sentada a su lado.

—Perfecto —vuelve a decir Merrick.

La mujer no sonríe.

Sé quién es. Mis colegas la llaman esa mujer. Dicen que saben cómo consiguió ese trabajo esa mujer. Y cosas peores, también. Es uno de sus temas recurrentes y favoritos. Esta mujer de éxito. Esta mujer acuciada, asediada. Pateada y ridiculizada. El caso es que ahora apoya a otras mujeres. Da charlas regularmente en el circuito de eventos femeninos.

Tiene catorce protegidas, al parecer. Y aquí está, con Merrick. La espalda recostada, los brazos cruzados, mirándome impasible desde arriba.

Bueno, joder. ¿No soy una mujer, acaso?

Merrick todavía no ha empezado. No se está quieto, y no deja de decir oh ehm sí vale. Coloca las palmas planas sobre la mesa y dice vale, y luego echa la espalda atrás y se recoloca las gafas. Ehm, sí. Mira a la mujer y luego a mí.

—Acabamos de cerrar un episodio desagradable —dice al fin—. Nos gustaría dejar todo eso atrás y seguir adelante. Tomar un rumbo nuevo.

Hace un tímido amago de sonrisa.

La mujer lo resume en pocas palabras: ahora quieren diversidad.

Merrick asiente con una seriedad ridicula.

—Sí —dice—. ¡Eso es! Exacto.

Tamborilea sobre la mesa. Y por eso está hablando conmigo ahora, dice.

Lou ya está a bordo.

Y continúan:

Liderazgo conjunto, dice Merrick.

Una gran oportunidad, dice la mujer.

Soy muy afortunada, coinciden ambos.

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La sala, esas hileras apretujadas de hombres con traje, funciona con traqueteante autonomía. Incluso después de semanas sin que llegue ninguna dirección estratégica desde este cubículo de cristal. Los hombres ríen, respiran, hablan de dos en dos o de tres en tres, reunidos en torno a una pantalla. O de pie, sacando pecho, señalando. De vez en cuando se oye a alguna mujer. Varios se encorvan, amorrados a las bandejas de plástico de una cena temprana o un almuerzo tardío. Desprenden un tufo particular.

Tantos hombres hablando, sudando, eructando, tosiendo y existiendo, apiñados manga con manga. Caras secas, curtidas: mejillas fofas, colgonas; frentes relucientes de grasa. Pescuezos desparramándose de cuellos todavía sin abotonar. Todos los tonos de rosa, beige, canela. Dedos aporreando los teclados y puños rollizos sujetando receptores de teléfono. O con el manos libres, hablando y haciéndole gestos a un fino auricular mientras lanzan y atrapan en el aire una pelota o un bolígrafo.

¿Es este… el punto culminante de mi carrera?

¿De mi vida?

Lou se levanta, saluda. Se acerca, sonriente.

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