Roy Grace 2 - Muerte prevista

Peter James · Capítulo 79 de 88

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Roy Grace 2 - Muerte prevista

Capítulo 79

Siguió tosiendo, le ardían los pulmones. Intentaba recordar las clases de química en el colegio, una asignatura que se le daba fatal. En el laboratorio de química había botellas de ácido. El sulfúrico y el clorhídrico fueron los que recordó de inmediato. ¿Aquella sustancia, fuera lo que fuese, disolvería la cadena atada al tobillo?

Pero ¿cómo podía sacarla del bidón en la oscuridad? Si el bidón caía y la sustancia se derramaba, podía extenderse por el suelo y llegar a donde estaba Kellie. O asfixiarlos.

Luego, sintió que se le paraba el corazón. Vio el rayo de luz por el rabillo del ojo. El rectángulo en la distancia. Alguien entraba.

Capítulo 79

Abajo, en el nivel 4 del aparcamiento de Bartholomew Square, un grupo de agentes de policía rodeaba el Volkswagen Golf negro. Fuera, dos policías bloqueaban la entrada. No había nadie más en todo el edificio.

–No quiero que el propietario sepa que lo hemos registrado -dijo Grace al joven agente de Tráfico arrodillado junto a la puerta del conductor, que tenía una anilla con un juego de palancas en una mano y lo que parecía un transmisor de radio en la otra.

–No se preocupe. Podré cerrarlo de nuevo. No se enterará.

Joe Tindall, que llevaba un traje protector blanco, estaba junto a Grace, mascando chicle. Parecía estar de peor humor que habitualmente.

–¿No te basta con fastidiarme el fin de semana, Roy? – dijo el agente del SOCO-. ¿Quieres asegurarte de joderme también la semana desde el principio, eh?

Se oyó un fuerte clic y la puerta del Golf se abrió. Al instante, se disparó una bocina, un bip-bip-bip-bip-bip ensordecedor que resonó por toda la planta.

El agente de Tráfico abrió el capó del coche y miró dentro. Al cabo de unos segundos, el pitido paró. El policía cerró el capó.

–Muy bien -dijo a Tindall y a Grace-. Todo suyo.

Grace, que también llevaba un traje protector blanco y guantes, dejó que Tindall entrara primero y él se quedó observando. Echó un vistazo rápido a su reloj, que le mostró que habían pasado veinticinco minutos desde que habían cerrado el aparcamiento.

En el exterior reinaba el caos más absoluto: vehículos policiales, ambulancias, coches de bomberos, docenas de compradores, gente de negocios, visitantes que se habían quedado colgados. Y la siguiente consecuencia fue que la mayoría de las calles del centro de Brighton se colapsaron.

A Grace iban a lloverle las críticas si no sacaba algo de esto.

Observó a Tindall buscar huellas primero en los lugares más probables: el retrovisor, la palanca de cambios, el claxon, los tiradores interior y exterior de la puerta. Cuando acabó con esto, Tindall cogió un cabello del reposacabezas del conductor con unas pinzas y lo guardó en una bolsa de plástico. Luego, también con las pinzas, sacó una de las varias colillas que había en el cenicero y la metió en otra bolsa.

Cinco minutos después, salió del coche, un poquito más alegre que cuando había llegado.

–He conseguido buenas huellas, Roy. Volveré ahora mismo y haré que los chicos las introduzcan en el NAFIS.

El NAFIS era el sistema nacional automatizado de información sobre huellas dactilares.

–Los resultados estarán esperándote.

–Te lo agradezco.

–En realidad, me importa una mierda que me lo agradezcas o no -dijo el agente del SOCO, mirando con dureza al comisario.

A veces, a Grace le resultaba difícil distinguir cuándo Joe Tindall hablaba en serio y cuándo bromeaba; el hombre tenía un sentido del humor peculiar. Ahora no sabría decir.

–¡Bien! – dijo Grace, intentando seguirle la corriente-. Admiro tu profesionalidad imparcial.

–¡A la mierda la imparcialidad! – dijo Tindall-. Lo hago porque me pagan. Me da igual que me agradezcan las cosas. – Se quitó la indumentaria protectora, la metió en una bolsa y se dirigió hacia la escalera de salida.

Grace y el agente de Tráfico se miraron.

–¡Puede ser un cabrón cascarrabias!

–Pero lleva unas gafas guapas… -dijo el agente.

Grace registró el interior del coche, miró en la guantera, en la que sólo había el manual del usuario, y en cada uno de los compartimentos de las puertas, que estaban vacíos. Tocó debajo de los asientos delanteros, levantó