Roy Grace 2 - Muerte prevista

Peter James · Capítulo 80 de 88

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Roy Grace 2 - Muerte prevista

Capítulo 80

el asiento trasero y miró debajo. Nada. No había absolutamente ningún objeto personal en el coche; parecía más un coche alquilado que particular.

Luego, miró en el maletero. Estaba impoluto, contenía sólo una caja de herramientas, la rueda de recambio y un triángulo de preseñalización de peligro que imaginó que venían con el coche. Al final, se arrastró debajo del Golf; no había barro, ni nada fuera de lo normal.

Volvió a ponerse en pie, le dijo al agente de Tráfico que podía cerrar el vehículo y conectar de nuevo la alarma y se fue a su coche, impaciente por regresar a Sussex House. Confiaba desesperadamente que el antipático pero genial Joe Tindall obtuviera algún resultado con esas huellas.

Y que el equipo de vigilancia no perdiera el Volkswagen.

Paralizar Brighton no iba a mejorar en absoluto la opinión que Alison Vosper tenía de él; no favorecería sus posibilidades de evitar el traslado a Newcastle, con Cassian Pewe o sin Cassian Pewe.

Entonces, de repente, pensó en Cleo. Eran las doce y veinte. No le había devuelto la llamada.

Capítulo 80

Tom se lanzó al suelo y palpó frenéticamente la dura superficie de piedra con las manos, intentando encontrar las cuerdas. Una luz atravesó la oscuridad; se posó brevemente en Kellie, luego en su cara, luego saltó a la pared, iluminando una hilera de bidones de sustancias químicas.

Incluido el que no tenía tapa.

«Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda.»

Se tumbó de lado, muy quieto, aguantando la respiración, las manos rígidamente a los costados, las piernas muy juntas. Estaba sudando a mares.

Oyó el sonido de unos pasos que se le acercaban. El corazón le iba a mil por hora, la sangre que le recorría las venas rugía en sus oídos. La bilis amarga del terror le subía por la garganta.

Aquél era el momento. Iban a descubrirle. Dios santo, ¿quizás había cometido otra estupidez? Primero la estupidez de haber salido de casa, de haber dejado que entraran en el coche. Y, ahora, la estupidez, la estupidez increíble, de haber intentado escapar.

Kellie tenía razón, con lo que había dicho antes. Al llamarle fracasado.

Cerró los ojos un instante, rezando, esforzándose por no vomitar. ¿Así iba a acabar su vida? ¿Todos sus sueños? ¿No volvería a ver a los niños?