Sab
Capítulo II
Diré que su frente brilla
más que nieve en valle oscuro:
diré su bondad sencilla,
y el carmín de su mejilla
como su inocencia puro.
GALLEGO
—¡Qué hermosa noche! Acércate, Teresa, ¿no te encanta respirar una brisa tan
refrigerante?
—Para ti debe ser más hermosa la noche y las brisas más puras: para ti que eres
feliz. Desde esta ventana ves a tu buen padre adornar por sí mismo con ramas y flores
las ventanas de esta casa: este día en que tanto has llorado debe ser para ti de placer y
regocijo. Hija adorada, ama querida, esposa futura del amante de tu elección, ¿qué
puede afligirte, Carlota? Tú ves en esta noche tan bella la precursora de un día más
bello aún: del día en que verás aquí a tu Enrique. ¿Cómo lloras pues?… Hermosa,
rica, querida… no eres tú la que debes llorar.
—Es cierto que soy dichosa, amiga mía, pero ¿cómo pudiera volver a ver sin
profunda melancolía estos sitios que encierran para mí tantos recuerdos? La última
vez que habitamos en este ingenio gozaba yo la compañía de la más tierna de las
madres. También era madre tuya, Teresa, pues como tal te amaba: ¡aquella alma era
toda ternura!… cuatro años han corrido después de que habitó con nosotras esta casa.
Aquí lucieron para ella los últimos días de felicidad y de vida. Pocos transcurrieron
desde que dejamos esta hacienda y volvimos a la ciudad, cuando la atacó la mortal
dolencia que la condujo prematuramente al sepulcro. ¿Cómo fuera posible que al
volver a estos sitios, que no había visto desde entonces, no sintiese el influjo de
memorias tan caras?
—Tienes razón, Carlota, ambas debemos llorar eternamente una pérdida que nos
privó, a ti de la mejor de las madres, a mí, pobre huérfana desvalida, de mi única
protectora.
Un largo intervalo de silencio sucedió a este corto diálogo, y nos aprovecharemos
de él para dar a conocer a nuestros lectores las dos señoritas cuya conversación
acabamos de referir con escrupulosa exactitud, y el local en que se verificara la
mencionada conversación.
Era una pequeña sala baja y cuadrada, que se comunicaba por una puerta de
madera pintada de verde oscuro, con la sala principal de la casa. Tenía además una
ventana rasgada casi desde el nivel del suelo, que se elevaba hasta la altura de un
hombre, con antepecho de madera formando una media luna hacia fuera, y compuertas también de madera, pero que a la sazón estaban abiertas para que
refrescase la estancia la brisa apacible de la noche.
Los muebles que adornaban esta habitación eran muy sencillos pero elegantes, y
veíanse hacia el fondo, uno junto a otro, dos catres de lienzo de los que se usan
comúnmente en todos los pueblos de la isla de Cuba durante los meses más calurosos.
Una especie de lecho flotante, conocido con el nombre de hamaca, pendía
oblicuamente de una esquina a la otra de la estancia, convidando con sus blandas
undulaciones al adormecimiento que produce el calor excesivo.
Ninguna luz artificial se veía en la habitación alumbrada únicamente por la
claridad de la luna que penetraba por la ventana. Junto a ésta y frente una de otra
estaban las dos señoritas sentadas en dos anchas poltronas, conocidas con el nombre
de butacas. Nuestros lectores hubieran conocido desde luego a la tierna Carlota en las
dulces lágrimas que tributaba todavía a la memoria de su madre muerta hacía cuatro
años. Su hermosa y pura frente descansaba en una de sus manos, apoyando el brazo
en el antepecho de la ventana; y sus cabellos castaños divididos en dos mitades
iguales, caían formando multitud de rizos en torno de un rostro de diez y siete años.
Examinado escrupulosamente a la luz del día aquel rostro, acaso no hubiera
presentado un modelo de perfección; pero el conjunto de sus delicadas facciones, y la
mirada llena de alma de dos grandes y hermosos ojos pardos, daban a su fisonomía,
alumbrada por la luna, un no sé qué de angélico y penetrante imposible de describir.
Aumentaba lo ideal de aquella linda figura un vestido blanquísimo que señalaba los
contornos de su talle esbelto y gracioso, y no obstante hallarse sentada, echábase de
ver que era de elevada estatura y admirables proporciones.
La figura que se notaba frente a ella presentaba un cierto contraste. Joven todavía,
pero privada de las gracias de la juventud, Teresa tenía una de aquellas fisonomías
insignificantes que nada dicen al corazón. Sus facciones nada ofrecían de repugnante,
pero tampoco nada de atractivo. Nadie la llamaría fea después de examinarla; nadie
empero la creería hermosa al verla por primera vez, y aquel rostro sin expresión,
parecía tan impropio para inspirar el odio como el amor. Sus ojos de un verde oscuro
bajo dos cejas rectas y compactas, tenían un mirar frío y seco que carecía igualmente
del encanto de la tristeza y de la gracia de la alegría. Bien riese Teresa, bien llorase,
aquellos ojos eran siempre los mismos. Su risa y llanto parecían un efecto del arte en
una máquina, y ninguna de sus facciones participaba de aquella conmoción. Sin
embargo, tal vez cuando una gran pasión o un fuerte sacudimiento hacía salir de su
letargo a aquella alma apática, entonces era pasmosa la expresión repentina de los
ojos de Teresa. Rápida era su mirada, fugitiva su expresión pero viva, enérgica,
elocuente: y cuando volvían aquellos ojos a su habitual nulidad, admirábase el que
los veía de que fuesen capaces de un lenguaje tan terrible.
Hija natural de un pariente lejano de la esposa de D. Carlos, perdió a su madre al
nacer, y había vivido con su padre, hombre libertino que la abandonó enteramente al
orgullo y la dureza de una madrastra que la aborrecía. Así fue desde su nacimiento oprimida con el peso de la desventura, y cuando por muerte de su padre fue recogida
por la señora de B… y su esposo, ni el cariño que halló en esta feliz pareja, ni la
tierna amistad que la dispensó Carlota fueron ya suficientes a despojar a su carácter
de la rigidez y austeridad que en la desgracia había adquirido. Su altivez natural
constantemente herida por su nacimiento, y escasa fortuna que la constituía en una
eterna dependencia, habían agriado insensiblemente su alma, y a fuerza de ejercitar
su sensibilidad parecía haberla agotado. Ocho años hacía, en la época en que
comienza nuestra historia, que se hallaba Teresa bajo la protección del señor de B…,
único pariente en quien había encontrado afecto y compasión, y aunque fuese este
tiempo el que pudiera señalar por el más dichoso de su vida, no había estado exento
para ella de grandes mortificaciones. El destino parecía haberla colocado junto a
Carlota para hacerla conocer por medio de un triste cotejo, toda la inferioridad y
desgracia de su posición. Al lado de una joven bella, rica, feliz, que gozaba el cariño
de unos padres idólatras, que era el orgullo de toda una familia, y que se veía sin
cesar rodeada de obsequios y alabanzas, Teresa humillada, y devorando en silencio su
mortificación, había aprendido a disimular, haciéndose cada vez más fría y reservada.
Al verla siempre seria e impasible se podía creer que su alma imprimía sobre su
rostro aquella helada tranquilidad, que a veces se asemeja a la estupidez, y sin
embargo aquella alma no era incapaz de grandes pasiones, mejor diré, era formada
para sentirlas. Pero, ¿cuáles son los ojos bastante perspicaces para leer en una alma,
cubierta con la dura corteza que forman las largas desventuras? En un rostro frío y
severo muchas veces descubrimos la señal de la insensibilidad, y casi nunca
adivinamos que es la máscara que cubre al infortunio.
Carlota amaba a Teresa como a una hermana, y acostumbrada ya a la sequedad y
reserva de su carácter, no se ofendió nunca de no ver correspondida dignamente su
afectuosa amistad. Viva, ingenua e impresionable apenas podía comprender aquel
carácter triste y profundo de Teresa, su energía en el sufrimiento y su constancia en la
apatía. Carlota, aunque dotada de maravilloso talento, había concluido por creer,
como todos, que su amiga era uno de aquellos seres buenos y pacíficos, fríos y
apáticos, incapaces de crímenes como de grandes virtudes, y a los cuales no debe
pedírseles más de aquello que dan, porque es escaso el tesoro de su corazón.
Inmóvil Teresa enfrente de su amiga estremeciose de repente con un movimiento
convulsivo.
—Oigo —dijo— el galope de un caballo: sin duda es tu Enrique.
Levantó su linda cabeza Carlota de B… y un leve matiz de rosa se extendió por
sus mejillas.
—En efecto —dijo—, oigo galopar; pero Enrique no debe llegar hasta mañana:
mañana fue el día señalado para su vuelta de Guanaja. Sin embargo, puede haber
querido anticiparlo… ¡Ah, sí, él es!… ya oigo su voz que saluda a papá. Teresa,
tienes razón —añadió echando su brazo izquierdo al cuello de su prima mientras
enjugaba con la otra la última lágrima que se deslizaba por su mejilla—; tienes razón en decirlo… ¡soy muy dichosa!
Teresa, que se había puesto en pie y miraba atentamente por la ventana, volvió a
sentarse con lentitud: su rostro recobró su helada y casi estúpida inmovilidad, y
pronunció entre dientes:
—¡Sí, eres muy dichosa!
No lloraba ya Carlota: los penetrantes recuerdos de una madre querida se
desvanecieron a la presencia de un amante adorado. Junto a Enrique nada ve más que
a él. El universo entero es para ella aquel reducido espacio donde mira a su amante:
porque ama Carlota con todas las ilusiones de un primer amor, con la confianza y
abandono de la primera juventud y con la vehemencia de un corazón formado bajo el
cielo de los Trópicos.
Tres meses habían corrido desde que se trató su casamiento con Enrique Otway, y
en ellos diariamente habían sido pronunciados los juramentos de un eterno cariño:
juramentos que eran para su corazón tierno y virginal tan santos e inviolables como si
hubiesen sido consagrados por las más augustas ceremonias. Ninguna duda, ningún
asomo de desconfianza había emponzoñado un afecto tan puro, porque cuando
amamos por primera vez hacemos un Dios del objeto que nos cautiva. La
imaginación le prodiga ideales perfecciones, el corazón se entrega sin temor y no
sospechamos ni remotamente que el ídolo que adoramos puede convertirse en el ser
real y positivo que la experiencia y el desengaño nos presenta, con harta prontitud,
desnudo del brillante ropaje de nuestras ilusiones.
Aún no había llegado para la sensible Isleña esta época dolorosa de una primera
desilusión: aún veía a su amante por el encantado prisma de la inocencia y del amor,
y todo en él era bello, grande y sublime.
¿Merecía Enrique Otway una pasión tan hermosa? ¿Participaba de aquel divino
entusiasmo que hace soñar un cielo en la tierra? ¿Comprendía su alma a aquella alma
apasionada de la que era señor?… Lo ignoramos: los acontecimientos nos lo dirán en
breve y fijarán en este punto la opinión de nuestros lectores. No queriendo
anticiparles nada nos limitaremos por ahora a darles algún conocimiento de las
personas que figuran en esta historia, y de los acontecimientos que precedieron a la
época en que comenzamos a referirla.