Sab

Gertrudis Gómez de Avellaneda · Capítulo 8 de 19

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Sab

Capítulo VI

 

Y mirando enternecido

al generoso animal

le repite: «mientras viva

mi fiel amigo serás».

 

Romance anónimo

 

Habiendo descansado una gran parte del día y toda la noche, despertose Carlota al

amanecer del siguiente, y observando que aún todos dormían echose fuera del lecho

queriendo salir a respirar en el campo el aire puro de la madrugada. Su indisposición,

producida únicamente por la fatiga de una noche de insomnio, y las agitaciones que

experimentara en las primeras horas del otro día, había desaparecido enteramente

después de un sueño largo y tranquilo, y encontrábase contenta y dichosa cuando al

despertar, a la primera lumbre del sol, se dijo a sí misma: «Enrique vive y está libre

de todo riesgo: dentro de ocho días le veré junto a mí, apasionado y feliz: dentro de

algunos meses estaré unida a él con lazos indisolubles».

Vistiose ligeramente y salió sin hacer ruido para no despertar a Teresa. La

madrugada era fresca y hermosa y el campo no había parecido nunca a Carlota tan

pintoresco y florido.

Al salir de casa llevando en su pañuelo muchos granos de maíz rodeáronla

innumerables aves domésticas. Las palomas berberiscas sus favoritas, y las gallinas

americanas, pequeñas y pintadas, llegaban a coger el maíz a su falda y posaban

aleteando sobre sus hombros.

Más lejos el pavo real rizaba las cinéreas y azuladas plumas de su cuello,

presentando con orgullo a los primeros rayos del sol, su tornasolada y magnífica cola;

mientras el pacífico ganso se acercaba pausadamente a recibir su ración. La joven

sentíase en aquel momento feliz como un niño que encuentra sus juguetes al

levantarse del seno de su madre, saliendo de su sueño de inocencia.

El temor de una desgracia superior hace menos sensible a los pesares ligeros.

Carlota después de haber creído perder a su amante sentía mucho menos su ausencia.

Su alma fatigada de sentimientos vehementes reposaba con delicia sobre los objetos

que la rodeaban, y aquel día naciente, tan puro, asemejábase a los ojos de la doncella,

a los días apacibles de su primera edad.

No había en Puerto Príncipe en la época de nuestra historia, grande afición a los

jardines: apenas se conocían: acaso por ser todo el país un vasto y magnífico vergel

formado por la naturaleza y al que no osaba el arte competir. Sin embargo, Sab, que

sabía cuánto amaba las flores su joven señora, había cultivado vecino a la casa de

Bellavista un pequeño y gracioso jardín hacia el cual se dirigió la doncella, luego que dio de comer a sus aves favoritas.

No dominaba el gusto inglés ni el francés en aquel lindo jardinillo: Sab no había

consultado sino sus caprichos al formarle.

Era un recinto de poca extensión defendido del ardiente viento del sur por triples

hileras de altas cañas de hermoso verde oscuro, conocidas en el país con el nombre de

Pitos, que batidas ligeramente por la brisa formaban un murmullo dulce y

melancólico, como el de la ligera corriente de un arroyo. Era el jardín un cuadro

perfecto, y los otros tres frentes los formaban arcos de juncos cubiertos por vistosos

festones de cambutera y balsamina, cuyas flores carmíneas y doradas libaban

zumbando los colibrís[13] brillantes como esmeraldas y topacios. Sab había reunido

en aquel pequeño recinto todas las flores que más amaba Carlota. Allí lucía la

astronomía, de pomposos ramilletes morados, la azucena y la rosa, la clavellina[14] y

el jazmín, la modesta violeta y el orgulloso girasol enamorado del rey de los astros, la

variable malva-rosa[15] [16] , la aleluya con sus flores nacaradas, y la Pasionaria

ofreciendo en su cáliz maravilloso las sagradas insignias de la pasión del Redentor.

En medio del jardín había un pequeño estanque en el que Sab había reunido varios

pececitos de vistosos colores, rodeándole de un banco de verdura sombreado por la

anchas hojas de los plátanos.

Carlota recorría el jardín llenando de flores su blanco pañuelo de batista; de rato

en rato interrumpía esta ocupación para perseguir las mariposas pintadas que

revoloteaban sobre las flores. Luego sentábase fatigada a orillas del estanque, sus

bellos ojos tomaban gradualmente una expresión pensativa, y distraídamente

deshojaba las flores que con tanto placer había escogido, y las iba arrojando en el

estanque.

Una vez sacola de su distracción un leve rumor que le pareció producido por las

pisadas de alguno que se acercaba. Creyó que despertando Teresa y advirtiendo su

ausencia vendría buscándola, y la llamó repetidas veces. Nadie respondió y Carlota

volvió a caer insensiblemente en su distracción. No fue larga sin embargo; la había

visto hasta entonces, llegó atrevidamente a posarse en su falda, alejándose después

con provocativo vuelo. Carlota sacudió la cabeza como para lanzar de ella un

pensamiento importuno, siguió con la vista la mariposa y viola posar sobre un jazmín

cuya blancura superaba. Entonces se levantó la joven y se precipitó sobre ella, pero el

ligero insecto burló su diestro ataque, saliéndose por entre sus hermosos dedos: y

alejándose veloz y parándose a trechos, provocó largo tiempo a su perseguidora

cuyos deseos burlaba en el momento de creerlos realizados. Sintiéndose fatigada

redobla Carlota sus esfuerzos, acosa a su ligera enemiga, persíguela con tenacidad, y

arrojando sobre ella su pañuelo logra por fin cogerla. Su rostro se embellece con la

expresión del triunfo, y mira a la prisionera por una abertura del pañuelo con la

alegría de un niño: pero inconstante como él cesa de repente de complacerse en la

desgracia de su cautiva: abre el pañuelo y se regocija con verla volar libre, tanto

como un minuto antes se gozara en aprisionarla.

Al verla tan joven, tan pueril, tan hermosa, no sospecharían los hombres

irreflexivos que el corazón que palpitaba de placer en aquel pecho por la prisión y la

libertad de una mariposa, fuese capaz de pasiones tan vehementes como profundas.

¡Ah!, ignoran ellos que conviene a las almas superiores descender de tiempo en

tiempo de su elevada región: que necesitan pequeñeces aquellos espíritus inmensos a

quienes no satisface todo lo más grande que el mundo y la vida pueden presentarle. Si

se hacen frívolos y ligeros por intervalos, es porque sienten la necesidad de respetar

sus grandes facultades y temen ser devorados por ellas.

Así el torrente tiende mansamente sus aguas sobre las yerbas del prado, y acaricia

las flores que en su impetuosa creciente puede destruir y arrasar en un momento.

Carlota fue interrumpida en sus inocentes distracciones por el bullicio de los

esclavos que iban a sus trabajos. Llamoles a todos, preguntándoles sus nombres uno

por uno, e informándose con hechicera bondad de su situación particular, oficio y

estado. Encantados los negros respondían colmándola de bendiciones, y celebrando la

humanidad de D. Carlos y el celo y benignidad de su mayoral Sab. Carlota se

complacía escuchándoles, y repartió entre ellos todo el dinero que llevaba en sus

bolsillos con expresiones de compasión y afecto. Los esclavos se alejaron

bendiciéndola y ella les siguió algún tiempo con los ojos llenos de lágrimas.

—¡Pobres infelices! —exclamó—. Se juzgan afortunados, porque no se les

prodigan palos e injurias, y comen tranquilamente el pan de la esclavitud. Se juzgan

afortunados y son esclavos sus hijos antes de salir del vientre de sus madres, y los ven

vender luego como a bestias irracionales… ¡a sus hijos, carne y sangre suya! Cuando

yo sea la esposa de Enrique —añadió después de un momento de silencio—, ningún

infeliz respirará a mi lado el aire emponzoñado de la esclavitud. Daremos libertad a

todos nuestros negros. ¿Qué importa ser menos ricos? ¿Seremos por eso menos

dichosos? Una choza con Enrique es bastante para mí, y para él no habrá riqueza

preferible a mi gratitud y mi amor.

Al concluir estas palabras estremeciéronse los pitos, como si una mano robusta

los hubiese sacudido y Carlota asustada salió del jardín y se encaminó

precipitadamente hacia la casa.

Tocaba ya en el umbral de ella cuando oyó a su espalda una voz conocida que la

daba los buenos días: volviose y vio a Sab.

—Te suponía ya andando para la ciudad —le dijo ella.

—Me ha parecido —respondió el joven con alguna turbación— que debía

aguardar que se levantase su merced para preguntarla si tenía algo que ordenarme.

—Yo te lo agradezco, Sab, y voy ahora mismo a escribir a Enrique: vendré a darte

mi carta dentro de un instante.

Entrose Carlota en la casa en la que dormían profundamente su padre, sus

hermanitas y Teresa, y Sab la vio ocultarse a su vista exclamando con hondo y

melancólico acento:

—¡Por qué no puedes realizar tus sueños de inocencia y de entusiasmo, ángel del cielo!… ¿por qué el que te puso sobre esta tierra de miseria y crimen no dio a ese

hermoso extranjero el alma del mulato?

Inclinó su frente con profundo dolor y permaneció un rato abismado en triste

meditación. Luego se dirigió a la cuadra en que estaban su jaco negro y el hermoso

alazán de Enrique. Puso su mano sobre el lomo del primero mirándole con ojos

enternecidos:

—Leal y pacífico animal —le dijo—, tú soportas con mansedumbre el peso de

este cuerpo miserable. Ni las tempestades del cielo te asustan y te impulsan a

sacudirle contra las peñas. Tú respetas tu inútil carga mientras ese hermoso animal

sacude la suya, y arroja y pisotea al hombre feliz, cuya vida es querida, cuya muerte

sería llorada. ¡Pobre jaco mío! Si fueses capaz de comprensión como lo eres de afecto

conocerías cuánto bien me hubieras hecho estrellándome contra las peñas al bramido

de la tempestad. Mi muerte no costaría lágrimas… ningún vacío dejaría en la tierra el

pobre mulato, y correrías libre por los campos o llevarías una carga más noble.

El caballo levantaba la cabeza y le miraba como si quisiera comprenderle. Luego

le lamía las manos y parecía decirle con aquellas caricias: «Te amo mucho para poder

complacerte; de ninguna otra mano que la tuya recibo con gusto el sustento».

Sab recibía sus caricias con visible conmoción y comenzó a enjaezarlo diciéndole

con voz por instantes más triste:

—Tú eres el único ser en la tierra que quiera acariciar estas manos tostadas y

ásperas: tú el único que no se avergüenza de amarme: lo mismo que yo naciste

condenado a la servidumbre… pero ¡ay! Tu suerte es más dichosa que la mía, pobre

animal; menos cruel contigo el destino no te ha sido el funesto privilegio del

pensamiento. Nada te grita en tu interior que merecías más noble suerte, y sufres la

tuya con resignación.

La dulce voz de Carlota le arrancó de sus sombrías ideas. Recibió la carta que le

presentó la doncella, despidiose de ella respetuosamente y partió en su jaco llevando

del cabestro el alazán de Enrique.

Ya se había levantado toda la familia y Carlota se presentó para el desayuno.

Nunca había estado tan hermosa y amable: su alegría puso de buen humor a todos, y

la misma Teresa parecía menos fría y displicente que de costumbre. Así se pasó aquel

día en agradables conversaciones y cortos paseos, y así transcurrieron otros que duró

la ausencia de Enrique.

Carlota empleaba una gran parte de ellos gozando anticipadamente con el

pensamiento la satisfacción de hacer una divertida viajata con su amante. ¡Tal es el

amor! Anhela un ilimitado porvenir pero no desprecia ni el momento más corto.

Esperaba Carlota toda una vida de amor, y se embelesaba a la proximidad de algunos

días, como si fuesen los únicos en que debiera gozar la presencia de su amante.

Presentía el placer de viajar por un país pintoresco y magnífico con el objeto de

su elección, y a la verdad nada es más grato a un corazón que sabe amar que el viajar

de este modo. La naturaleza se embellece con la presencia del objeto que se ama y éste se embellece con la naturaleza. Hay no sé qué mágica armonía entre la voz

querida, el susurro de los árboles, la corriente de los arroyos y el murmullo de la

brisa. En la agitación del viaje todo pasa por delante de nuestra vista como los

paisajes de un panorama, pero el objeto amado está siempre allí, y en sus miradas y

en su sonrisa volvemos a hallar las emociones deliciosas que produjeran en nuestro

corazón los cuadros variados que van desapareciendo.

Aquel que quiera experimentar en toda su plenitud estas emociones

indescribibles, viaje por los campos de Cuba con la persona querida. Atraviese con

ella sus montes gigantescos, sus inmensas sabanas, sus pintorescas praderías: suba en

sus empinados cerros, cubiertos de rica e inmarchitable verdura: escuche en la

soledad de sus bosques el ruido de sus arroyos y el canto de sus sinsontes. Entonces

sentirá aquella vida poderosa, inmensa, que no conocieron jamás los que habitan bajo

el nebuloso cielo del norte: entonces habrá gozado en algunas horas toda una

existencia de emociones… pero que no intente encontrarlas después en el cielo y en

la tierra de otros países. No serán ya para él ni cielo ni tierra.