Samarcanda
Libro segundo
Hassan permanece mudo y es Omar el que interviene de nuevo. No puede permitir que maten o dejen ciego a un hombre que él mismo ha recomendado.
–Señor, suplica, no inflijas semejante castigo a un hombre joven que sólo podría consolarse de su desgracia con la lectura y la escritura.
Entonces Malikxah dice:
–Por ti, jawayé Omar, el más sabio, el más puro de los hombres, acepto cambiar una vez más mi decisión. Por lo tanto, condeno a Hassan Sabbah al destierro. Se exiliará en una lejana región hasta el fin de su vida. Jamás podrá pisar de nuevo la tierra del Imperio.
Pero el hombre de Qom volverá para ejecutar una venganza ejemplar.
Libro segundo
EL PARAISO DE LOS ASESINOS
El paraíso y el infierno están en ti.
Omar Jayyám
XV
Han pasado siete años, siete años tan fastos para Jayyám como para el Imperio, los últimos años de paz.
Una mesa preparada bajo un emparrado, una garrafa de cuello largo para el mejor vino blanco de Shiraz, con el punto justo de almizcle, y a su alrededor un festín que se manifiesta en cien pequeñas escudillas; éste es el ritual de un atardecer de junio en la terraza de Omar. Empezar por lo más ligero, recomienda éste, primero el vino, las frutas, luego los platos compuestos, arroz con agracejos y membrillos rellenos.
Un viento sutil llega de los montes Amarillos a través de los huertos en flor. Yahán coge un laúd, puntea una cuerda, luego otra. La música, al derramarse lentamente, acompaña al viento. Omar levanta su copa y aspira su olor profundamente. Yahán le observa. Escoge de la mesa la azufaifa más hermosa, la más roja, la que tiene la piel más lisa y se la ofrece a su hombre, lo que en el lenguaje de las frutas significa «un beso, enseguida».
Omar se inclina hacia ella, sus labios se rozan, se huyen, vuelven a rozarse, se separan y se unen. Sus dedos se entrelazan, llega una sirvienta, se separan sin prisa y cogen cada uno su copa. Yahán sonríe y murmura:
–Si tuviera siete vidas, pasaría una viniendo cada noche a esta terraza para tenderme lánguidamente sobre este diván, bebería este vino y hundiría
los dedos en esta escudilla; la felicidad se embosca en la monotonía.
Omar contesta:
–Una vida, o tres o siete, todas las pasaría como estoy pasando ésta, tendido en esta terraza con mi mano en tus cabellos.
Juntos y diferentes. Amantes desde hace nueve años, casados desde hace cuatro, sus sueños no viven siempre bajo el mismo techo. Yahán devora el tiempo, Omar lo bebe a sorbos. Ella quiere dominar el mundo; la sultana le presta oídos, y a ésta le presta oídos el sultán. Durante el día intriga en el harén real, sorprende los mensajes que van y vienen, los rumores de alcoba, las promesas de joyas, el tufo a veneno. Se excita, se agita, se exalta. Por la noche se abandona a la felicidad de ser amada. Para Omar la vida es diferente, es el placer de la ciencia, ciencia del placer. Se levanta tarde, bebe en ayunas la tradicional «copa de la mañana» y luego se instala en su mesa de trabajo, escribe, calcula, traza líneas y figuras, escribe de nuevo, transcribe algún poema en su libro secreto.
Por la noche acude a su observatorio, construido sobre un montículo cercano a su casa. Sólo tiene que atravesar un jardín para encontrarse en medio de los instrumentos que ama y que acaricia, que engrasa y lustra con sus propias manos. Con frecuencia lo acompaña algún astrónomo de paso.
Los tres primeros años de su estancia los dedicó al observatorio de Ispahán, supervisó su construcción y la fabricación del material y, sobre todo, elaboró el nuevo calendario, inaugurado con pompa el primer día de Favardín del 458, 21 de marzo de 1079. ¿Qué persa podría olvidar que ese año, en virtud de los cálculos de Jayyám, la sacrosanta fiesta del Nawruz fue desplazada, que el nuevo año que debía caer en mitad del signo de Piscis se retrasó hasta el primer sol de Aries, que fue después de esta reforma cuando los meses persas se confundieron con los signos de los astros, convirtiéndose así Favardín en el mes de Aries y Esfand en el de Piscis? En junio de 1081 los habitantes de Ispahán y de todo el Imperio viven, pues, el tercer año de la nueva era. Esta lleva oficialmente el nombre del sultán, pero en la calle e incluso en algunos documentos se menciona solamente «tal año de la era de Omar Jayyám». ¿Qué hombre ha conocido en vida semejante honor? Esto nos demuestra hasta qué punto Jayyám, en ese momento de treinta y tres años de edad, es un personaje famoso y respetado, sin duda incluso temido, por aquellos que ignoran su profunda aversión por la violencia y la dominación.
¿Qué le une, a pesar de todo, a Yahán? Un detalle, pero un gigantesco detalle: ni uno ni otro quieren tener hijos. Yahán ha decidido, de una vez por todas, no entorpecer su vida con la prole. Jayyám ha hecho suya la máxima de Abul-Ala, un poeta sitio a quien venera: «Yo sufro por culpa de aquel que me engendró, nadie sufrirá por mi culpa.»
No nos equivoquemos con respecto a esta actitud. Jayyám no tiene nada de misántropo. ¿No fue él quien escribió: «Cuando el dolor te abrume, cuando llegues a desear que una noche eterna caiga sobre el mundo, piensa en el verdor que resplandece después de la lluvia, piensa en el despertar de un niño»? Si se niega a procrear es porque la existencia le parece demasiado pesada de soportar. «Feliz aquel que jamás vino al mundo», no cesa de clamar.
Ya lo vemos; las razones que uno y otro tienen para negarse a dar la vida no son idénticas. Ella actúa por exceso de ambición, él por exceso de generosidad. Pero encontrarse, hombre y mujer, estrechamente unidos por una actitud que condenan todos los hombres y mujeres de Persia, dejar que murmuren que uno u otro es estéril sin ni siquiera dignarse responder, es algo que en este tiempo teje una fuerte complicidad.
Una complicidad que tiene sus límites, sin embargo. Yahán recibe de Omar la valiosa opinión de un hombre sin codicia, pero rara vez se preocupa de informarle de sus actividades. Sabe que las desaprobaría. ¿Para qué suscitar interminables disputas? Verdad es que Jayyám no está nunca muy lejos de la corte. Aunque evita incrustarse en ella, aunque huye de todas las intrigas y las desprecia, principalmente aquellas que enfrentan desde siempre a los médicos y a los astrólogos del palacio, no deja de tener unas obligaciones de las que le es imposible librarse: asistir a veces al banquete de los viernes, examinar a algún emir enfermo y, sobre todo, proporcionar a Malikxah su taqwim, su horóscopo mensual, ya que se supone que el sultán, como cada hijo de vecino, tiene que consultarlo para saber cada día lo que debe o no debe hacer. «El 5 un astro te acecha, no saldrás del palacio. El 7 ni sangría ni pócima de ninguna clase. El 10 te enrollarás el turbante al revés. El 13 no te acercarás a ninguna de tus mujeres…». Jamás se le ocurriría al sultán transgredir esas directrices.
Tampoco a Nizam, que recibe su taqwim de la mano de Omar antes del final del mes, lo lee ávidamente y lo cumple al pie de la letra. Poco a poco, otros personajes han ido adquiriendo ese privilegio: el chambelán, el gran cadí de
Ispahán, los tesoreros, algunos emires del ejército, algunos ricos mercaderes, lo que termina por representar para Omar un trabajo considerable que le ocupa las diez últimas noches de cada mes. ¡La gente es tan aficionada a las predicciones! Los más afortunados consultan a Omar, los demás se buscan un astrólogo menos prestigioso, a no ser que por cada decisión que deban tomar se dirijan a un hombre de religión que, ante ellos y cerrando los ojos, abra al azar el Corán, ponga el dedo sobre un versículo y se lo lea, con el fin de que ellos mismos descubran en él la respuesta a su problema. Algunas mujeres pobres, apremiadas a tomar una decisión, van de prisa y corriendo a la plaza pública y la primera frase que oyen la interpretan como una directriz de la Providencia.
–Terken Jatún me ha preguntado hoy si estaba preparado su taqwím para el mes de Tir -dice esa tarde Yahán.
Omar dirige su mirada hacia la lejanía:
–Se lo voy a preparar por la noche. El cielo está límpido, ninguna estrella se esconde, ya es hora de que vaya al observatorio.
Se disponía a levantarse sin prisa, cuando una sirvienta viene a anunciar:
–Un derviche está a la puerta y pide hospitalidad para esta noche.
–Hazle entrar -dice Omar-. Ofrécele la pequeña habitación bajo la escalera y dile que se una a nosotros para la cena.
Yahán se tapa el rostro con el fin de prepararse para la entrada del extranjero, pero la sirvienta vuelve sola.
–Prefiere permanecer en su cuarto rezando; me ha dado este mensaje.
Omar lo lee, palidece y se levanta como un autómata. Yahán se inquieta:
–¿Quién es ese hombre?
–Ahora vuelvo.
Rompiendo el mensaje en mil pedazos, se dirige a grandes zancadas hacia la pequeña habitación cuya puerta cierra tras él. Un instante de espera, de incredulidad. Un abrazo seguido de un reproche:
–¿Qué estás haciendo en Ispahán? Todos los agentes de Nizam el-Molk te buscan.
–Vengo a convertirte.
Omar lo mira de hito en hito. Quiere asegurarse de que el otro está aún en su sano juicio, pero Hassan se ríe con esa misma risa sigilosa que Jayyám conoció en el caravasar de Qaxan.
–Tranquilízate, tú eres la última persona a la que pensaría convertir, pero necesito un refugio. ¿Qué mejor protector que Omar Jayyám, comensal del sultán, amigo del gran visir?
–Sienten más odio hacia ti que amistad por mí. Eres bienvenido bajo mi techo, pero no creas ni un instante que mis relaciones te salvarían si se sospechara tu presencia.
–Mañana estaré lejos.
Omar se muestra desconfiado:
–¿Has vuelto para vengarte?
Pero el otro reacciona como si acabaran de agraviar su dignidad.
–No intento vengar a mi miserable persona. Deseo destruir el poderío turco.
Omar observa a su amigo, que ha cambiado su turbante negro por otro blanco pero impregnado de arena; sus ropas son de lana grosera y raída.
–¡Me pareces tan seguro de ti mismo! Yo no veo ante mí más que un hombre proscrito, acorralado, que se esconde de casa en casa, con ese fardo y ese turbante por todo equipo, ¡y pretendes competir con un Imperio que se extiende por todo el Oriente desde Damasco a Herat!
–Tú hablas de lo que es, yo hablo de lo que será. Pronto se yerguerá frente al Imperio de los selyuquíes la Nueva Predicación, minuciosamente organizada, poderosa y temible, que hará temblar al sultán y a los visires.
No hace tanto tiempo, cuando tú y yo nacimos, Ispahán pertenecía a una dinastía persa y chií que imponía su ley al califa de Bagdad. Hoy, los persas no son más que los servidores de los turcos y tu amigo Nizam es el más vil servidor de esos intrusos. ¿Cómo puedes afirmar que lo que ayer era verdad es impensable para mañana?
–Los tiempos han cambiado, Hassan. Los turcos poseen la fuerza y los persas han sido vencidos. Unos, como Nizam, buscan un compromiso con los vencedores; otros, como yo, se refugian en los libros.
–Y hay otros, además, que luchan. Hoy no son más que un puñado, mañana serán miles; un ejército numeroso, decidido, invencible. Yo soy el apóstol de la Nueva Predicación, recorreré el país sin descanso, usaré tanto la persuasión como la fuerza y con la ayuda del Altísimo derribaré el poder corrompido. Te lo digo a ti, Omar, que me salvaste un día la vida: el mundo asistirá pronto a unos acontecimientos cuyo sentido poca gente
comprenderá. Tú comprenderás, sabrás lo que está pasando, sabrás quién sacude esta tierra y cómo va a terminar esa vorágine.
–No quiero poner en duda tus convicciones ni tu entusiasmo, pero recuerdo haberte visto, en la corte de Malikxah, disputar a Nizam el-Molk los favores del sultán turco.
–Desengáñate, no soy el innoble personaje que sugieres.
–Yo no sugiero nada, únicamente señalo algunas disonancias.
–Sólo se deben a tu desconocimiento de mi pasado. No puedo reprocharte que juzgues por las apariencias de las cosas, pero me mirarás de otro modo cuando te haya contado mi verdadera historia. Vengo de una familia chii tradicional. Siempre me enseñaron que los ismaelíes no eran más que herejes. Hasta el momento en que conocí a un misionero que después de discutir durante mucho tiempo conmigo hizo vacilar mi fe.
Cuando, por miedo a rendirme, decidí no volver a dirigirle la palabra, caí enfermo, tan gravemente que creí que había llegado mi última hora. Vi en ello un signo, un signo del Altísimo, e hice la promesa, si sobrevivía, de convertirme a la fe de los ismaelíes. Me restablecí de la noche a la mañana.
En mi familia nadie podía creer en una curación tan súbita. Por supuesto, cumplí mi palabra, presté juramento y al cabo de dos años se me confió una misión: acudir junto a Nizam el-Molk, insinuarme en su divan con el fin de proteger a nuestros hermanos ismaelíes en dificultades. Me marché, pues, de Rayy hacia Ispahán y en el camino me detuve en un caravasar de Qaxan.
Una vez solo en mi pequeña habitación, me estaba preguntando de qué forma podría introducirme en el círculo del visir, cuando se abrió la puerta.
¿Quién entró? Jayyám, el gran Jayyám que el cielo me había enviado a ese lugar para facilitar mi misión.
Omar está estupefacto.
–¡Y pensar que Nizam el-Molk me preguntó si eras ismaelí y yo le respondí que no lo creía!
–No mentiste, tú no lo sabías. Ahora lo sabes.
Se interrumpe.
–¿No me habías ofrecido algo de comer?
Omar abre la puerta, llama a la sirvienta y le pide que traiga algunos platos. Y luego reanuda su interrogatorio:
–¿Y hace siete años que estás vagando así, vestido de sufí?
–He vagado mucho. Cuando abandoné Ispahán fui perseguido por los agentes de Nizam, que querían matarme. Pude despistarlos en Qom donde unos amigos me ocultaron. Y luego reanudé el camino hasta Rayy, donde conocí a un ismaelí que me recomendó que fuera a Egipto, que acudiera a la escuela de los misioneros que él mismo había frecuentado. Di un rodeo por Azerbeiyán antes de volver a bajar a Damasco. Tenía intención de tomar la ruta del interior hacia El Cairo. Los turcos y los magrebíes luchaban alrededor de Jerusalén y tuve que volver sobre mis pasos y tomar la ruta de la costa por Beirut, Saida, Tiro y Acra, donde encontré sitio en un barco. A mi llegada a Alejandría, fui recibido como un emir de alto rango; un comité de acogida me esperaba presidido por Abu-Daud, jefe supremo de los misioneros.
La sirvienta acaba de entrar y deposita sobre la alfombra algunas escudillas. Hassan empieza una oración que interrumpe cuando ella se marcha.
–En El Cairo pasé dos años. En la escuela de misioneros éramos varias decenas, pero sólo un puñado de entre nosotros estaba destinado a actuar fuera del territorio fatimí.
Evita dar demasiados detalles. Sin embargo, se sabe por diversas fuentes que las clases se impartían en dos lugares diferentes: los ulemas explicaban los principios de la fe en la medersa de Al-Azhar y los medios para propagarlos se enseñaban en el recinto del palacio califal. Era el propio jefe de los misioneros, alto personaje de la corte fatimí, quien explicaba a los estudiantes los métodos de persuasión, el arte de desarrollar un argumento, de hablar a la razón tanto como al corazón. Y era igualmente él quien les hacía memorizar el código secreto que debían en sus comunicaciones. Al final de cada sesión, los estudiantes iban uno a uno a arrodillarse ante el jefe de los misioneros, que les pasaba por encima de la cabeza un documento que llevaba la firma del imán. Después de esto, tenía lugar otra sesión, más corta, destinada a las mujeres.
–En Egipto recibí toda la enseñanza que necesitaba.
–¿No me dijiste un día que a los diecisiete años ya lo sabías todo? – se burla Jayyám.
–Hasta los diecisiete años acumulé conocimientos, luego aprendí a creer. En El Cairo aprendí a convertir.
–¿Y qué les dices a aquellos que intentas convertir?
–Les digo que la fe no es nada sin un maestro para enseñarla. Cuando proclamamos: «No hay más dios que Dios», añadimos inmediatamente «Y
Mahoma es su Mensajero». ¿Por qué? Porque no tendría ningún sentido afirmar que hay un solo Dios si no citamos la fuente, es decir, el nombre de aquel que nos ha enseñado esa verdad. Pero ese hombre, ese Mensajero, ese Profeta, ha muerto hace tiempo. ¿Cómo podemos saber que existió y que habló como nos lo han contado? Yo que, como tú, he leído a Plat6n y a Aristóteles, necesito pruebas.
–¿Qué pruebas? ¿Hay realmente pruebas en esas materias?
–Para vosotros los sunníes no hay, efectivamente, ninguna prueba.
Pensáis que Mahoma murió sin designar un heredero, que dejó abandonados a los musulmanes y que entonces se dejaron gobernar por el más fuerte o el más astuto. Eso es absurdo. Nosotros pensamos que el Mensajero de Dios nombró un sucesor, un depositario de sus secretos: el imán Alí, su yerno, su primo, casi su hermano. A su vez, Alí designó un sucesor. Así se ha perpetuado el linaje de los imanes legítimos y por medio de ellos se ha transmitido la prueba del mensaje de Mahoma y de la existencia del Dios único.
–Por todo lo que dices no veo en qué difieres de los otros chiíes.
–Entre mi fe y la de mis padres la diferencia es grande. Ellos me enseñaron que debíamos sufrir con paciencia el poder de nuestros enemigos esperando el regreso del imán oculto, que establecerá sobre la tierra el reino de la justicia y recompensará a los verdaderos creyentes. Mi propia convicción es que hay que actuar desde ahora mismo, preparar por todos los medios el advenimiento de nuestro imán en esta región. Yo soy el Precursor, aquel que allana la tierra con el fin de que esté preparada para recibir al imán del Tiempo. ¿Ignoras que el Profeta habló de mí?
–¿De ti, Hassan hijo de Alí Sabbah, nativo de Qom?
–¿Acaso no dijo: «Un hombre vendrá de Qom; exigirá a las gentes que sigan el camino recto y los hombres se reunirán en torno suyo como puntas de lanzas, el viento de las tempestades no los dispersará, no se cansarán de luchar, no flaquearán y en Dios se apoyarán?»
–No conozco esa cita. Sin embargo, he leído los libros de las tradiciones certificadas.
–Tú has leído los libros que tú quieres; los chiíes tienen otros libros.
–¿Y se trata de ti?