Samarcanda
Capítulo XVIII
–Esta fortaleza me fue entregada en nombre del sultán -responde el otro-. ¡Pagué para conseguirla!
–¿Cuánto?
–¡Tres mil dinares de oro!
Hassan Sabbah toma un papel y escribe: «Sírvanse pagar la suma de tres mil dinares de oro a Mahdi el Alauí como pago de la fortaleza de Alamut.
Dios nos basta. Es el mejor de los Protectores.» El gobernador estaba inquieto y no creía que la firma de un hombre vestido con un sayal pudiera avalar semejante suma, pero nada más llegar a la ciudad del Darngan pudo cobrar su oro sin ninguna demora.
XVIII
Cuando la noticia de la conquista de Alamut llega a Ispahán, apenas suscita alborotos. La ciudad se interesa mucho más por el conflicto que en ese momento estalla con violencia entre Nizam y el palacio. Terken Jatún no perdona al visir la operación que ha dirigido contra el feudo de su familia e insiste ante Malikxah para que se deshaga sin demora de su demasiado poderoso visir. Nada es más normal, dice, que el sultán, a la muerte de su padre, tuviera un tutor, ya que sólo tenía diecisiete años; hoy tiene treinta y cinco, es todo un hombre y no puede dejar indefinidamente la dirección de los asuntos en las manos de su ata. ¡Ya es hora de que se sepa quién es el verdadero señor del Imperio! El problema de Samarcanda, ¿no ha servido para probar que Nizam intentaba imponer su voluntad, que engañaba a su señor y le trataba como a un menor ante el mundo entero?
Si Malikxah duda aún de dar ese paso, un incidente va a empujarle a ello. Nizam ha nombrado gobernador de la ciudad de Merv a su propio nieto. Adolescente pretencioso, demasiado confiado en la omnipotencia de su abuelo, se ha permitido insultar en público a un anciano emir turco. Este, lloroso, va a quejarse a Malikxah que, fuera de sí, ordena inmediatamente que se escriba a Nizam una carta redactada en los siguientes términos: «Si eres mi adjunto, debes obedecerme y prohibir a tus parientes que ataquen a mis hombres; si te consideras mi igual, mi asociado en el poder, tomaré las decisiones pertinentes.»
Nizam da su respuesta al mensaje entregado por una delegación de altos dignatarios del Imperio: «Decid al sultán, si es que hasta ahora lo ignoraba, que desde luego soy su asociado y que sin mi persona no hubiera podido
jamás forjar su poderío. ¿Ha olvidado que fui yo quien, a la muerte de su padre, se hizo cargo de sus asuntos, que fui yo quien alejó a los otros pretendientes y metió en cintura a todos los rebeldes? ¿Que gracias a mí se le obedece y respeta hasta los confines de la tierra? ¡Sí, id a decirle que la suerte de su gorro está unida a la de mi tintero!»
Los emisarios están estupefactos. ¿Cómo un hombre tan prudente como Nizam el-Molk puede dirigir al sultán unas palabras que van a causar su propia desgracia y, sin duda, su muerte? ¡Su arrogancia raya en la locura!
Sólo un hombre, ese día, sabe con precisión lo que explica semejante determinación, y es Jayyám. Desde hacía semanas Nizam se le quejaba de atroces dolores que le mantenían despierto por la noche y por el día le impedían concentrarse en su trabajo. Después de examinarlo minuciosamente, de palparlo e interrogarlo, Omar le diagnosticó un tumor flemonoso que no le permitiría vivir mucho tiempo.
Fue una noche muy penosa aquella en que Jayyám tuvo que declarar a su amigo la verdad sobre su estado.
–¿Cuánto tiempo me queda de vida?
–Algunos meses.
–¿Seguiré sufriendo?
–Podría prescribirte opio para aliviar el sufrimiento, pero estarías continuamente aturdido y ya no podrías trabajar.
–¿No podría escribir?
–Ni mantener una larga conversación.
–Entonces prefiero sufrir.
Entre una réplica y otra se sucedían largos momentos de silencio. Y de sufrimiento dignamente contenido.
–¿Tienes miedo al más allá, Jayyám?
–¿Por qué tener miedo? Después de la muerte está la nada o la misericordia.
–¿Y el mal que he podido hacer?
–Por grandes que hayan sido tus culpas, el perdón de Dios es aún mayor.
Nizam se había mostrado algo más tranquilo.
–También he hecho el bien. Construí mezquitas y escuelas y combatí la herejía.
Como Jayyám no lo contradecía, había proseguido:
–¿Se acordarán de mí dentro de cien años, de mil años?
–¿Cómo saberlo?
Nizam, después de mirarlo de hito en hito con desconfianza, había continuado:
–¿No fuiste tú quién dijo un día: «La vida es como un incendio. Llamas que el que pasa olvida. Cenizas que el viento dispersa. Un hombre ha vivido»? ¿Crees que será ése el destino de Nizam el-Molk?
Jadeaba. Omar seguía callado.
–Tu amigo Hassan Sabbah recorre el país clamando que no soy más que un vil servidor de los turcos. ¿Crees que será eso lo que digan de mí el día de mañana? ¿Que se me considerará la vergüenza de los arios? ¿Olvidarán que fui el único que hizo frente a los sultanes durante treinta anos y que les impuso su voluntad? ¿Qué otra cosa podía hacer yo después de la victoria de sus ejércitos? Pero no dices nada.
Hablaba con aire ausente.
–Setenta y cuatro años, setenta y cuatro años que vuelven a pasar ante mis ojos. Tantas decepciones, tantos pesares, tantas cosas que hubiera querido vivir de otro modo.
Sus ojos estaban medio cerrados, sus labios se habían crispado.
–¡Ay de ti, Jayyám! Por tu culpa Hassan Sabbah puede perpetrar hoy todas sus villanías.
Omar deseaba responderle: «¡Cuántas cosas tenéis en común tú y Hassam! Si una causa os seduce, edificar un imperio o preparar el reino del imán, no dudáis en matar para hacerla triunfar. Para mí, toda causa que mate deja de seducirme. A mis ojos se afea, se degrada y se envilece, por muy hermosa que haya podido ser. Ninguna causa es justa cuando se alía con la muerte.» Tuvo deseos de gritarlo pero se había dominado y se había callado; había decidido dejar que su amigo se deslizara en paz hacia su destino.
A pesar de esa noche amarga, Nizam había terminado por resignarse, se había acostumbrado a la idea de dejar de existir. Pero de la noche a la mañana había abandonado los asuntos del Estado y había decidido dedicar todo el tiempo que le quedaba a la terminación de un libro, Siyaset-Nameh, el Tratado de Gobierno, una obra notable, equivalente para el Oriente musulmán a lo que sería para Occidente cuatro siglos más tarde, El Príncipe de Maquiavelo. Con una enorme diferencia: El Príncipe es la obra de un
desencantado de la política, defraudado de cualquier poder; el Siyaset-Nameh es el fruto de la insustituible experiencia de un constructor de imperios.
Así que, en el mismo momento en que Hassan Sabbah acaba de conquistar ese inexpugnable santuario con el que ha soñado tanto tiempo, el hombre fuerte del Imperio sólo piensa ya en su lugar en la Historia. Prefiere las palabras verdaderas a las palabras que agradan y está dispuesto a desafiar al sultán hasta el final. Se diría incluso que desea una muerte espectacular, una muerte a su medida.
La obtendrá.
Cuando Malikxah recibe a la delegación que ha visitado a Nizam, no alcanza a creer lo que le cuentan.
–¿Ha dicho realmente que era mi asociado, mi igual?
Al confirmárselo abrumados los emisarios, el sultán da rienda suelta a su furor. Habla de empalar a su tutor, de despedazarlo vivo, de crucificarlo sobre las almenas de la ciudadela. Luego corre a anunciar a Terken Jatún que al fin ha decidido destituir a Nizam el-Molk de todas sus funciones y que desea su muerte. Queda por saber de qué manera se hará la ejecución sin que provoque una reacción en el seno de los numerosos regimientos que le son aún fieles. Pero Terken y Yahán ya han pensado en ello: puesto que Hassan desea igualmente la muerte de Nizam ¿por qué no facilitarle la tarea a la vez que se deja a Malikxah fuera de toda sospecha?
Se envía, pues, a Alamut un cuerpo de ejército bajo el mando de un fiel del sultán. En apariencia el objetivo es sitiar la fortaleza de los ismaelíes; en realidad se trata de una tapadera para negociar sin despertar sospechas. El desarrollo de los acontecimientos se ultima hasta en los menores detalles: el sultán atraerá a Nizam a Nihavend, una ciudad situada a igual distancia de Ispahán que de Alamut. Allí los asesinos se harán cargo de él.
Los textos de la época relatan que Hassan Sabbah reunió a sus hombres y les dirigió las siguientes palabras: «¿Quién de vosotros librará al país del malhechor Nizam el-Molk?», que un hombre llamado Arrani se puso la mano en el pecho en señal de aceptación, que el señor de Alamut le encargó esa misión y añadió: «La muerte de ese demonio es el comienzo de la felicidad.»
Durante ese tiempo, Nizam está encerrado en su casa. Aquellos que frecuentaban su divan lo han abandonado al enterarse de su desgracia, sólo
Jayyám y los oficiales de la guardia nizamiyya lo visitan. Pasa la mayor parte del tiempo escribiendo. Escribe con frenesí y a veces le pide a Jayyám que se lo relea.
Éste, al recorrer el texto, esboza aquí y allá una sonrisa divertida, una mueca. Como tantos otros grandes hombres, Nizam, en el ocaso de su vida, no puede por menos de disparar flechas, de arreglar cuentas. Con Terken Jatún, por ejemplo. El capítulo 43 se titula «Mujeres que viven detrás de las colgaduras». «En una época remota», escribe Nizam, «la esposa de un rey adquirió sobre él un gran ascendiente que sólo causó discordia y confusión.
No diré más sobre ello porque todos podemos observar hechos semejantes en otras épocas.» Y añade: «Para que una empresa tenga éxito, hay que hacer lo contrario de lo que digan las mujeres.»
Los seis capítulos siguientes están dedicados a los ismaelíes, y terminan así: «He hablado de esta secta para que se esté sobre aviso… se recordarán mis palabras cuando esos impíos hayan precipitado a la nada a las personas que el sultán estima, así como a los notables del Estado, cuando los tambores resuenen por todas partes y se descubran sus intenciones. En medio del tumulto que se producirá, que sepa el príncipe que todo lo que he dicho es verdad. ¡Quiera el Altísimo preservar a nuestro señor y al Imperio del maleficio!»
Él día en que un mensajero vino a verle y a invitarle de parte del sultán a reunirse con él para viajar a Bagdad, el visir no duda un instante de lo que le espera y llama a Jayyám para despedirse de él.
–En tu estado -le dice este último- no deberías recorrer semejantes distancias.
–En mi estado, nada importa ya, y no es el viaje lo que me va a matar.
Omar no sabe qué decir. Nizam lo abraza y se despide de él amistosamente antes de ir a inclinarse ante aquel que lo ha condenado.
Suprema elegancia, suprema inconsciencia, suprema perversidad; el sultán y el visir juegan uno y otro con la muerte.
Cuando están en camino hacia el lugar del suplicio, Malikxah interroga a su «padre»:
–¿Cuánto tiempo crees que vivirás aún?
Nizam responde, sin la sombra de una duda:
–Mucho tiempo, muchísimo tiempo.
El sultán está desconcertado: