Samarcanda
Capítulo XXI
él podría establecerse firmemente en el trono. Estamos en 1094, el pretendiente sólo tiene trece años y la proposición le seduce. ¡Apoderarse en persona de la ciudad, cuando sus emires la asedian sin éxito desde hace más de un año! Apenas lo duda. La noche siguiente se desliza fuera de su campamento a espaldas de sus parientes y se presenta con los emisarios de Terken ante la puerta de Kaliab, que como por encanto se abre ante él. Ahí está, caminando con paso decidido, rodeado de una escolta exageradamente alegre para su gusto, lo que cree que es debido al éxito sin fallos de su hazaña. Cuando los hombres se ríen demasiado alto, él les ordena que se tranquilicen y ellos le responden reverentemente antes de soltar la carcajada.
Pero ¡ay! cuando se da cuenta de que su alegría es sospechosa, es demasiado tarde. Lo inmovilizan, lo atan de pies y manos, le tapan la boca y los ojos y lo conducen, en medio de un cortejo de burlas, hasta la puerta del harén. Despiertan al jefe de los eunucos, que corre a advertir a Terken de su llegada. Es ella la que tiene que decidir la suerte del rival de su hijo, si hay que estrangularle o contentarse con dejarle ciego. Apenas el eunuco se ha internado por el largo pasillo mal iluminado cuando, súbitamente, resuenan gritos, llamadas, sollozos que vienen del interior. Intrigados e inquietos, los oficiales que no han podido resistir la tentación de entrar en la zona prohibida se tropiezan con una anciana y habladora sirvienta: acaban de descubrir a Terken Jatún muerta en su lecho, con el instrumento del crimen a su lado, el grande y mullido almohadón que la ha asfixiado. Un eunuco de vigorosos brazos ha desaparecido; la sirvienta recuerda que había sido introducido en el harén unos años antes por recomendación de Nizam el-Molk.
XXI
Insólito dilema para los partidarios de Terken: su sultana está muerta, pero su principal adversario está a su merced; su capital está sitiada, pero aquel mismo que los asedia es su prisionero. ¿Qué hacer con él? Es Yahán quien ha ocupado el lugar de Terken como guardiana del niño-sultán y ante ella llevan el debate para que lo resuelva. Hasta ese momento se había mostrado llena de recursos, pero la muerte de su señora ha sacudido la tierra bajo sus pies. ¿A quién dirigirse? ¿A quién consultar si no es a Omar?
Cuando éste llega la encuentra sentada en el diván de Terken, al pie de la cortina descorrida, con la cabeza baja y los cabellos sueltos descuidadamente sobre sus hombros. El sultán está a su lado, inmóvil, sentado en su almohadón, totalmente vestido de seda y con un turbante sobre su cabecita. Tiene la cara roja y llena de granos, los ojos medio cerrados y parece aburrido.
Omar se acerca a Yahán, le toma la mano con ternura y pasa lentamente su palma por su rostro. Susurra.
–Me acabo de enterar de lo de Terken Jatún. Has hecho bien en llamarme a tu lado.
Pero cuando le está acariciando los cabellos, Yahán lo rechaza.
–Si te he hecho venir no es para que me consueles, sino para consultarte sobre un asunto grave.
Omar retrocede un paso, cruza los brazos y escucha.
–A Barkyaruk lo atrajeron a una celada y está prisionero en este palacio.
Los hombres están divididos con respecto a su suerte. Algunos exigen que se le mate, especialmente aquellos que le prepararon esa trampa; quieren estar seguros de que jamás tendrán que responder de sus actos ante él. Otros prefieren entenderse con él, instalarle en el trono y granjearse sus favores esperando que olvide su contratiempo. Y aún hay otros que proponen retenerlo como rehén para negociar con los sitiadores. ¿Qué camino nos aconsejas seguir?
–¿Y me has arrancado de mis libros para preguntarme esto?
Yahán se levanta indignada.
–¿El problema no te parece lo suficientemente importante? Mi vida depende de ello. El destino de miles de personas, el de esta ciudad, el del Imperio, pueden depender de esta decisión. ¡Y tú, Omar Jayyám, no quieres que se te moleste por tan poca cosa!
–¡Pues no, no quiero que se me moleste por tan poca cosa!
Hace un movimiento hacia la puerta; cuando va a abrirla, vuelve hacia Yahán.
–Siempre se me consulta cuando ya se ha cometido el delito. ¿Qué quieres que les diga ahora a tus amigos? Si les aconsejo que liberen al adolescente, ¿cómo garantizarles que mañana no querrá cortarles el cuello?
Si les aconsejo que lo retengan como rehén o que lo maten, me convierto en
su cómplice. Déjame lejos de esas disputas, Yahán, y tú permanece también lejos de ellas.
La mira fijamente con compasión.
–Un retoño de sultán turco sustituye a otro retoño, un visir aparta a otro visir. Por Dios, Yahán ¿cómo puedes pasar los más hermosos años de tu vida en esta jaula de fieras? Déjales que se degüellen, que se maten y que mueran. ¿Será por eso el sol menos brillante y el vino menos suave?
–Baja la voz, Omar, estás asustando al niño, y en las habitaciones contiguas los oídos escuchan.
Omar se obstina:
–¿No me has llamado para preguntarme mi opinión? Pues bien, voy a dártela sin rodeos: sal de esta sala, abandona este palacio, no mires hacia atrás, no digas adiós, ni siquiera recojas tus cosas y ven, dame la mano, volvamos a nuestra casa. Tú compondrás tus poemas, yo observaré mis estrellas. Cada noche vendrás a acurrucarte desnuda contra mí, el vino almizclado nos hará cantar, el mundo dejará de existir para nosotros, lo atravesaremos sin verlo, sin oírlo; su lodo y su sangre no se pegarán a nuestras suelas.
Yahán tiene los ojos arrasados en lágrimas.
–Si pudiera volver a esa edad de la inocencia, ¿crees que lo dudaría?
Pero es demasiado tarde, he ido demasiado lejos. Si mañana los fieles de Nizam el-Molk se apoderaran de Ispahán, no me perdonarían; estoy en su lista de proscritos.
–Yo fui el mejor amigo de Nizam; te protegeré, no vendrán a mi casa para arrebatarme a mi mujer.
–Abre los ojos, Omar, no conoces a esos hombres, sólo piensan en vengarse. Ayer te reprochaban el haber salvado la vida a Hassan Sabbah; mañana te reprocharán el haber escondido a Yahán y te matarán al mismo tiempo que a mí.
–Pues bien, sea. Permaneceremos juntos en nuestra casa y si mi destino es morir contigo me resignaré.
Yahán se yergue.
–¡Yo no me resigno! Estoy en este palacio rodeada de tropas que me son fieles, en una ciudad que desde ahora me pertenece; lucharé hasta el final y si muero será como una sultana.