Samarcanda
Capítulo XXIV
de un trago y luego la copa llena que se lleva con él al jardín para dar un paseo. Se da una vuelta, se divierte soplando el rocío depositado en las flores y luego se va a coger moras blancas y jugosas que se pone sobre la lengua y revienta contra su paladar con cada trago de vino.
De suerte que cuando se decide a entrar de nuevo en la casa ha transcurrido más de una hora. Es el momento de que Vartan se levante. No lo llama, entra directamente en su habitación y se lo encuentra tendido en el suelo con la garganta negra de sangre y la boca y los ojos abiertos y petrificados como en una última y ahogada llamada.
Y sobre su mesa, entre la lámpara y la escribanía, el puñal del crimen clavado en una hoja abarquillada cuyos bordes Omar separa para leer: «Tu manuscrito te ha precedido en el camino de Alamut.»
XXIV
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Omar Jayyám llora a su discípulo como había llorado a otros amigos, con la misma dignidad, la misma resignación, la misma púdica aflicción.
«Habíamos bebido el mismo vino, pero ellos se embriagaron dos o tres rondas antes que yo.» Sin embargo, ¿por qué negarlo? Fue la pérdida de su manuscrito lo que más le afectó durante largo tiempo. Ciertamente, hubiera podido reconstituirlo; habría recordado hasta el menor acento.
Aparentemente no quiso hacerlo; en todo caso no queda ni el menor rastro de esa transcripción. Parece como si Jayyám hubiera aprendido una sabia lección del robo de su manuscrito: nunca más trataría de influir en el futuro, ni en el suyo ni en el de sus poemas.
Pronto abandona Merv. No por Alamut -¡ni una sola vez se le ocurre ir allí!– sino por su ciudad natal. «Ya es hora, se dijo, de que ponga fin a mi vagabundeo. Nisapur fue mi primera escala en la vida, ¿no está en el orden de las cosas que sea también la última?» Será ahí donde viva de ahora en adelante, rodeado de algunos parientes, una hermana más joven que él, un cuñado solícito, sobrinos y sobre todo una sobrina que tendrá lo mejor de su ternura otoñal. Rodeado también de sus libros. Ya no escribe, pero relee incansablemente las obras de sus maestros.
Un día que está sentado en su habitación, como de costumbre, con el
«Libro de la Curación» de Avicena sobre sus rodillas abierto por el capítulo titulado «El Uno y el Múltiple», Omar siente que le envuelve un dolor sordo. Coloca entre las hojas, para marcar la página, el mondadientes de oro que tiene en la mano, cierra el libro y llama a los suyos para dictarles su testamento. Luego pronuncia una oración que se termina con estas palabras:
«Dios mío, Tú sabes que he tratado de percibirte todo lo que he podido.
¡Perdóname si mi conocimiento de Ti ha sido mi único camino hacia Ti!»
Ya no abrió más los ojos. Era el 4 de diciembre de 1131 y Omar Jayyám tenía ochenta y cuatro años. Había nacido el 18 de junio de 1048 al amanecer. Que se conozca con semejante precisión la fecha de nacimiento de un personaje de esa época remota es totalmente excepcional. Pero Jayyám, en esa materia, manifestaba las preocupaciones de un astrólogo.
Probablemente había interrogado a su madre para conocer su ascendente, Géminis, y para determinar el emplazamiento del Sol, de Mercurio y de Júpiter a la hora de su venida al mundo. De este modelo había trazado su carta astral, que se había ocupado de comunicar al cronista Beihaki.
Otro de sus contemporáneos, el escritor Nizami Aruzi, cuenta: «Conocí a Omar Jayyám veinte años antes de su muerte, en la ciudad de Ba1j. Se alojaba en casa de un notable en la calle de los Mercaderes de Esclavos y, dado su renombre, le seguía como su sombra para recoger cada una de sus palabras. Fue así como le oí decir: Mi tumba estará en un lugar donde cada primavera el viento del norte esparza flores. En ese momento sus palabras me parecieron absurdas. Sin embargo, yo sabía que un hombre como él no podía hablar injustifícadamente.»
El testimonio prosigue: «Pasé por Nisapur cuatro años después de la muerte de Jayyám. Como sentía hacia él la veneración que se debe a un maestro de la ciencia, acudí en peregrinación a su última morada. Un guía me condujo al cementerio. Torciendo a la izquierda después de la entrada, vi la tumba adosada a la tapia del jardín. Las ramas de los perales y melocotoneros se extendían sobre la sepultura y esparcían sus flores de tal manera que estaba oculta bajo una alfombra de pétalos.»
Gota de agua que cae y se pierde en el mar,
mota de polvo que se mezcla con la tierra,
¿Qué significa nuestro paso por este mundo?
Un vil insecto aparece y luego desaparece.
Omar Jayyám está equivocado, ya que su existencia, lejos de ser tan pasajera como él dice, no ha hecho sino comenzar. Al menos la de sus cuartetas. Ahora bien, ¿no sería para ellas para las que el poeta deseaba la inmortalidad que no osaba esperar para sí mismo?
Aquellos que en Alamut tenían el aterrador privilegio de acudir ante Hassan Sabbah no dejaban de advertir, en un nicho excavado en la pared y protegido por una fuerte reja, la silueta de un libro. Nadie sabía lo que era ni se atrevía a interrogar al Predicador supremo; se suponía que tenía sus razones para no depositarlo en la gran biblioteca donde sin embargo se encontraban obras que encerraban las más inefables verdades.
Cuando Hassan murió, con cerca de ochenta años, el lugarteniente que él había designado para sucederle no se atrevió a instalarse en el antro del maestro y aún menos a abrir la misteriosa reja. Mucho tiempo después de la desaparición del fundador, los habitantes de Alamut se quedaban aterrados sólo con ver las paredes que lo habían albergado y evitaban aventurarse por ese barrio, desde entonces deshabitado por miedo a encontrarse con su sombra. La vida de la Orden estaba aún sometida a las reglas que Hassan
había dictado; la más severa ascesis era el sino permanente de los miembros de la comunidad. Ningún descarrío, ningún placer; y frente al mundo exterior, más violencia, más asesinatos que nunca, aunque sólo fuera para demostrar que la muerte del jefe no había debilitado en nada la resolución de sus adeptos.
¿Aceptaban éstos de buen grado esa severidad? Cada vez menos. Se oían algunas críticas, no tanto entre los ancianos que se habían instalado en Alamut en vida de Hassan; éstos vivían aún con el recuerdo de las persecuciones que tuvieron que sufrir en sus regiones de origen y temían que la menor relajación les hiciera más vulnerables. Sin embargo, esos hombres cada día eran menos numerosos; la fortaleza estaba ya habitada por sus hijos y nietos. Es cierto que a todos, desde la cuna, se les había prodigado el más riguroso adoctrinamiento que los obligaba a aprender y respetar las penosas directrices de Hassan como si fueran la palabra revelada. Pero la mayoría de ellos eran cada vez más refractarios; la vida recobraba sus derechos.
Algunos se atrevieron un día a preguntar por qué se les forzaba a pasar toda su juventud en esa especie de convento-cuartel donde se prohibía cualquier alegría. La represión se abatió sobre ellos con tanta dureza que desde entonces se abstuvieron de emitir la menor opinión discrepante. En público, se entiende, porque en el secreto de las casas comenzaron a organizarse reuniones. Los jóvenes conjurados estaban alentados por todas esas mujeres que habían visto partir a un hijo, un hermano o un marido para una misión secreta de la que no volvieron jamás.
Un hombre se convirtió en el portavoz de esa sorda, ahogada, reprimida aspiración; ningún otro habría podido permitírselo: era el nieto de aquel que Hassan había designado para sucederle; él mismo estaba llamado a convertirse, a la muerte de su padre, en el cuarto Gran Maestro de la Orden.
Tenía una apreciable ventaja sobre sus predecesores: nacido poco después de la muerte del fundador, no había tenido que vivir bajo el terror de este último. Observaba su casa con curiosidad, por supuesto con cierto recelo, pero sin esa morbosa fascinación que paralizaba a todos los demás.
Incluso una vez, a la edad de diecisiete años, había entrado en la estancia prohibida, la había recorrido, se había acercado al estanque mágico, había metido la mano en su agua helada y luego se había detenido ante el nicho donde estaba encerrado el manuscrito. Poco había faltado para
que lo abriera, pero se habla arrepentido y, después de retroceder un paso, había abandonado la habitación andando hacia atrás. No quería ir más lejos en esa primera visita.
Cuando el heredero recorría pensativo las callejuelas de Alamut, la gente se arremolinaba a su paso, aunque sin acercársele mucho, pronunciando curiosas fórmulas de bendición. Se llamaba Hassan, como Sabbah, pero a su alrededor se susurraba ya otro nombre: «¡El Redentor!
¡El que se espera desde siempre!» Sólo existía un temor: que la vieja guardia de los Asesinos, que conocía sus sentimientos y que ya le había oído vituperar con imprudencia el rigor existente, hiciera lo imposible por impedirle acceder al poder. De hecho, su padre intentaba imponerle silencio, acusándole de ser un ateo y de traicionar las enseñanzas del Fundador. Se dice incluso que condenó a muerte a doscientos cincuenta partidarios suyos y expulsó a otros doscientos cincuenta obligándoles a cargar a la espalda, hasta el pie de la montaña, los cadáveres de sus amigos ejecutados. Pero por un resto de sentimiento paternal, el Gran Maestro no se atrevió a seguir la tradición infanticida de Hassan Sabbah.
Y cuando el padre murió, en 1162, el hijo rebelde le sucedió sin la menor dificultad. Por primera vez, desde hacía mucho tiempo, estalló una verdadera alegría en las grises callejuelas de Alamut.
Pero ¿se trata realmente del Redentor esperado?, se interrogaban los adeptos. ¿Es de veras aquel que debe poner fin a nuestros sufrimientos? Él callaba. Seguía caminando con aire absorto por las calles de Alamut o permanecía durante largas horas en la biblioteca, bajo la mirada protectora del copista que estaba a cargo de ella, un hombre originario de Kirman.
Un día se le vio avanzar con paso decidido hacia la antigua residencia de Hassan Sabbah, empujar la puerta con un gesto brusco, ir hasta el nicho y tirar de la reja con las dos manos y con tanta fuerza que la arrancó del muro, esparciéndose por el suelo largos chorrillos de arena y guijarros. Sacó el manuscrito de Jayyám y lo desempolvó con unas cuantas palmadas bruscas antes de llevárselo bajo el brazo.
Dicen que entonces se encerró en su casa a leer, releer y meditar. Y esto hasta el séptimo día, que dio la orden de convocar a toda la gente de Alamut, hombres, mujeres y niños, para una reunión en el meydán, la única plaza donde cabían.
Era el 8 de agosto de 1164, el sol de Alamut pegaba con fuerza en las cabezas y los rostros, pero nadie pensaba en protegerse. Al oeste se levantaba un estrado de madera, adornado en cada esquina con cuatro inmensos estandartes: uno rojo, uno verde, uno amarillo y uno blanco, y hacia él se dirigían las miradas.
Y de pronto apareció. Totalmente vestido de un blanco resplandeciente, y tras él su mujer, joven y menuda, con el rostro descubierto, los ojos fijos en el suelo y las mejillas rojas de vergüenza. Esa visión pareció disipar las últimas dudas de la multitud y se oyeron atrevidos murmullos: «¡Es Él, es el Redentor!»
Con paso digno, subió los pocos peldaños de la tribuna y dirigió a sus fieles un amplio gesto de saludo destinado a hacer callar los cuchicheos, antes de pronunciar uno de los discursos más asombrosos que jamás haya resonado en nuestro planeta:
–¡A todos los habitantes del mundo, genios, hombres y ángeles! – dijo-, El imán del Tiempo os ofrece su bendición y os perdona todos vuestros pecados, pasados y futuros. Os anuncia que la Ley sagrada es abolida, porque ha sonado la hora de la Resurrección. Dios os había impuesto la ley para que merecierais el paraíso. Lo habéis merecido. Desde hoy, el paraíso os pertenece. Por lo tanto, estáis liberados del yugo de la Ley. ¡Todo lo que estaba prohibido, está permitido, y todo lo que era obligatorio está prohibido! Las cinco oraciones cotidianas están prohibidas -continuó el Redentor-. Puesto que ya estamos en el paraíso, en permanente unión con el Creador, no necesitamos dirigirnos a Él a determinadas horas; aquellos que se, obstinaron en efectuar las cinco oraciones, manifestarían con ello su poca fe en la Resurrección. Rezar se ha convertido en un acto de incredulidad.
Por el contrario, el vino, considerado por el Corán como la bebida del paraíso, fue autorizado desde ese momento; no beberlo era la señal manifiesta de una falta de fe.
«Una vez proclamado esto», relata un historiador persa de la época, «la asamblea se puso a tocar el arpa y la flauta y a beber ostensiblemente vino en los mismos escalones de la tribuna.»
Reacción desproporcionada, a la medida de los excesos practicados por Hassan Sabbah en nombre de la ley coránica. Pronto se ocuparían los sucesores del Redentor de atenuar su ardor mesiánico, pero Alamut no
volvería a ser jamás esa cantera de mártires deseada por el Predicador supremo. Desde entonces, la vida allí sería agradable y se interrumpiría la larga serie de asesinatos que habían aterrorizado las ciudades del Islam. Los ismaelíes, secta radical donde las haya, se transformarían en una comunidad de una tolerancia ejemplar.
De hecho, después de haber anunciado la buena nueva a los habitantes de Alamut y sus alrededores, el Redentor envió emisarios a las otras comunidades ismaelíes de Asia y de Egipto provistos de documentos firmados con su propia mano. Rogaba a todos que desde ese momento celebraran el día de la Redención, cuya fecha proporcionaba según tres calendarios diferentes: el de la hégira del Profeta, el de Alejandro el Griego y el del «hombre más eminente de los dos mundos, Omar Jayyám de Nísapur».
En Alamut, el Redentor ordenó que el Manuscrito de Samarcanda fuera venerado como un gran libro de sabiduría. Se encargó a unos artistas que lo adornaran: pintura, grabados, cofre de oro cincelado con incrustaciones de pedrerías… Nadie tenía derecho a copiarlo, pero estaba siempre colocado en una mesa baja de madera de cedro en la pequeña sala interior donde trabajaba el bibliotecario. Ahí, bajo su altanera vigilancia, algunos privilegiados iban a consultarlo.
Hasta entonces sólo se conocían algunas cuartetas compuestas por Jayyám en los tiempos de su imprudente juventud; de ahí en adelante se aprendieron, citaron y repitieron muchas otras, algunas con graves alteraciones. Se asistió, incluso, desde esa época, a un fenómeno de los más singulares: cada vez que un poeta componía una cuarteta que podía ocasionarle disgustos, se la atribuía a Omar; cientos de falsificaciones vinieron así a mezclarse con las ruba'iyyat de Jayyám, de tal manera que resultó imposible, a falta del manuscrito, discernir las auténticas.
¿Fue un ruego del Redentor lo que impulsó a los bibliotecarios de Alamut a reanudar, de padres a hijos, la crónica del manuscrito en el punto en que Vartan lo había dejado? En todo caso, es por esa única fuente por la que sabemos la influencia póstuma de Jayyám en la metamorfosis experimentada por los Asesinos. La relación de los acontecimientos, concisa pero insustituible, se prosiguió así casi un siglo antes de conocer una nueva y brutal interrupción. En el momento de las invasiones de los mogoles.
La primera oleada, conducida por Gengis Kan, fue, sin ninguna duda el azote más devastador que jamás haya asolado Oriente. Prestigiosas ciudades fueron arrasadas y su población exterminada, como Pekín, Bujara o Samarcanda, cuyos habitantes fueron tratados como, ganado, las mujeres jóvenes distribuidas entre los oficiales de la horda victoriosa, los artesanos convertidos en esclavos y los demás aniquilados, con la única excepción de una minoría que, reagrupada en torno al gran monarca del momento, no tardó en proclamar su vasallaje a Gengis Kan.
A pesar de este apocalipsis, Samarcanda se revela casi como una privilegiada, puesto que un día renacería de sus escombros para convertirse en la capital de un Imperio mundial, el de Tamerlán. Por el contrario muchas otras ciudades no se reharían nunca más, principalmente las tres grandes metrópolis de Jorasan donde durante largo tiempo se concentró toda la actividad intelectual de esa parte del mundo: Merv, Balj y Nisapur, a las que hay que añadir Rayy, cuna de la medicina oriental y de la que se olvidaría hasta el nombre; habría que esperar varios siglos para ver renacer, en un lugar cercano, la ciudad de Teherán.
Fue la segunda oleada la que arrasaría Alamut. Fue un poco menos sanguinaria, pero más extendida. ¡Cómo no comprender el terror de los contemporáneos, cuando se sabe que las tropas de los mogoles pudieron entonces, con algunos meses de intervalo, devastar Bagdad, Damasco, Cracovia en Polonia y la provincia china de Szechwan!
La fortaleza de los Asesinos escogió, pues, rendirse ¡ella que había resistido a tantos invasores durante ciento sesenta y seis años! El príncipe Hulagu, nieto de Gengis Kan, fue él mismo a admirar ese prodigio de construcción militar; la leyenda dice que encontró provisiones conservadas intactas desde la época de Hassan Sabbah.
Después de haber inspeccionado los lugares con sus lugartenientes, ordenó a los soldados destruir todo, no dejar piedra sobre piedra, sin exceptuar la biblioteca. Sin embargo, antes de prenderle fuego, autorizó a un historiador de treinta años, un tal Yuvayní, que la visitara. Éste estaba escribiendo, a petición de Hulagu, una «Historía del conquistador del mundo» que sigue siendo, aún hoy, nuestra más valiosa fuente para conocer las invasiones de los mogoles. Pudo, pues, entrar Hulagu en ese lugar misterioso donde decenas de miles de manuscritos estaban alineados, apilados o enrollados; fuera le esperaba un oficial mogol y un soldado con
una carretilla. Lo que ésta pudiera contener se salvaría, el resto sería pasto de las llamas. No era cuestión de leer los textos, ni siguiera de catalogar los títulos.
Sunní ferviente, Yuvayní se dijo que su primer deber era salvar del fuego la Palabra de Dios. Por lo tanto, se puso a recoger apresuradamente los ejemplares del Corán reconocibles por su gruesa encuadernación y agrupados en un mismo lugar. Había por lo menos veinte; los transportó en tres viajes hasta la carretilla, que casi se llenó. Y ahora ¿qué elegir? Al dirigirse hacia una de las paredes sobre la cual los volúmenes parecían mejor ordenados que en otras partes, descubrió las innumerables obras escritas por Hassan Sabbah durante sus treinta años de reclusión voluntaria.
Decidió salvar sólo una, una autobiografía de la que citaría algunos fragmentos en su propia obra. Igualmente, encontró una crónica de Alamut, reciente y aparentemente bien documentada, que relataba detalladamente la historia del Redentor. Se apresuró a llevársela, ya que ese episodio era totalmente ignorado fuera de las comunidades ismaelíes.
¿Conocía el historiador la existencia del Manuscrito de Samarcanda?
No parece que fuera así. ¿Lo habría buscado si hubiera oído hablar de él y al hojearlo lo habría salvado? Lo ignoramos. Lo que se cuenta es que se detuvo ante un conjunto de obras dedicadas a las ciencias ocultas y que se enfrascó en su lectura, olvidándose de la hora. El oficial mogol que fue a recordársela con algunas palabras tenía el cuerpo cubierto con una fuerte armadura con ribetes rojos y la cabeza protegida con un casco que se prolongaba hacia la nuca como si fuera una cabellera suelta. En la mano llevaba una tea. Para demostrar fehacientemente que tenía prisa, acercó el fuego a un montón de rollos polvorientos. El historiador no insistió, cogió con las manos y bajo las axilas todo lo que podía llevarse, sin intentar hacer la menor selección, y cuando el manuscrito titulado Secretos eternos de los astros y de los números se le escapó de las manos, no se inclinó para recogerlo.
Fue así como la biblioteca de los Asesinos ardió durante siete días y siete noches y como innumerables obras de las que no existe copia se perdieron. Se dice que contenían los secretos mejor guardados del Universo.
Durante largo tiempo se pensó que el Manuscrito de Samarcanda se había consumido, él también, en la hoguera de Alamut.