Secretum
Primera Jornada
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
7 DE JULIO DE 1700
El sol resplandecía con fuerza en el cielo de Roma en aquel mediodía de julio del año
1700, cuando Dios Nuestro Señor me concedía la merced de trabajar mucho (pero por
un discreto jornal) en los jardines de la villa Spada.
Al levantar la vista del suelo y mirar hacia el horizonte, más allá de las remotas
verjas de acceso abiertas para la ocasión, fui quizá yo el primero en distinguir,
después de los pajes que vigilaban la entrada de honor, la nube de polvo blanco que
levantaba en la calle la cabeza de la larga y lenta serpiente que formaban los carruajes
de los invitados.
Picados también por la curiosidad, los otros servidores de la villa habían
abandonado sus ajetreadas faenas, que reanudaron muy pronto y todavía con mayor
ardor: en la parte trasera del casino de la villa se desesperaban los mayordomos, que
desde hacía días impartían a gritos órdenes a los criados; se atolondraban y
tropezaban unos otros los lacayos que amontonaban las últimas viandas en la bodega,
y los aldeanos que descargaban cajas de fruta y verdura se apresuraban a subir a los
carros estacionados en la puerta para los abastecedores, llamando a sus mujeres, que
se demoraban buscando entre las criadas la mano merecedora de recibir
religiosamente las majestuosas guirnaldas de flores, aterciopeladas y rosadas como
sus mejillas.
Entretanto llegaban pálidas bordadoras para entregar telas adamascadas,
cortinajes y ebúrneos manteles recamados, cuya sola vista cegaba bajo aquel sol
abrasador; los carpinteros terminaban de clavar y limar estrados, sillas y butacas,
alborotando el aire en singular contrapunto con el sonido desordenado de los
instrumentos de los músicos, que probaban la acústica de los teatros naturales; los
arquitectos, con los ojos entornados, verificaban el trazado de una alameda y el efecto
final de sus aparatos escénicos, arrodillados y sujetándose la peluca, que les hacía
sudar la gota gorda.
Toda esa agitación tenía un motivo. Dos días después, el cardenal Fabrizio Spada
iba a festejar las nupcias de su sobrino Clemente, de veintiún años y heredero de una
copiosa fortuna, con Maria Pulcheria Rocci, también sobrina de un eminente
miembro del Sagrado Colegio Cardenalicio.
Para celebrar dignamente el acontecimiento, durante varios días el cardenal Spada
agasajaría con entretenimientos a un sinfín de prelados, nobles y caballeros en la villa
solariega, rodeada por magníficos jardines y ubicada en el Janículo, al lado de la fuente del Acqua Paola, desde donde se contempla el panorama más hermoso y
amplio de los tejados de la ciudad.
A causa del bochorno estival se había preferido la villa al no menos grandioso y
célebre palacio solariego de la ciudad, sito en la piazza Capo di Ferro, donde los
invitados no podían disfrutar de las delicias del campo.
Lo cierto es que la recepción comenzaba oficialmente ese mismo día, hacia las
doce de la mañana, cuando, como estaba anunciado, en el horizonte se perfilaron los
carruajes de los invitados más puntuales. Se esperaba la llegada de gran número de
nobles linajes y de eclesiásticos de todas partes: de los representantes diplomáticos de
las potencias, de los miembros del Sagrado Colegio, de los vástagos e integrantes de
más edad de las grandes familias. Los primeros entretenimientos oficiales estaban
previstos a partir del día de la boda, cuando todo estaría listo para maravillar con
efectos escénicos naturales y efímeros, con verdura del lugar mezclada con flores
exóticas y otras confeccionadas de cartón piedra, tan perfectas que era casi imposible
reconocerlas bajo mil apariencias, y todo más rico que el oro de Salomón, más
huidizo que el azogue de Idria.
El vocerío de los preparativos se sobreponía al ruido de los carruajes, pero la nube
de polvo estaba cada vez más próxima, tanto que a la altura de la curva que
desemboca en las verjas de la villa Spada ya se divisaban los primeros destellos de
sus magníficos ornamentos.
Nos habían dicho que primero llegarían los invitados de fuera de Roma, para que
se repusiesen de las fatigas del viaje y disfrutasen durante un par de noches de la paz
que reinaba en la villa. Podrían así acudir a la celebración frescos, reposados y
reconfortados. Lo cual seguramente contribuiría al buen humor general y al pleno
éxito del acontecimiento.
Los invitados romanos, en cambio, podrían elegir entre alojarse en lo villa Spada
o, si estaban muy atareados con las obligaciones propias de sus cargos y negocios, ir
a diario a las doce en su carruaje y volver a su residencia por la noche.
Después de la boda estaban previstas, en efecto, otras jornadas y veladas, con
diversiones de lo más espectaculares y variadas: partidas de caza, música, teatro,
diversos juegos de sociedad y hasta una academia. Y para concluir, fuegos
artificiales. En total, desde el día de la boda iba a haber una semana entera de
festejos, hasta el jueves 15 de julio, cuando, antes de despedirse, los huéspedes
gozarían del especial favor de ser escoltados hasta la ciudad para visitar el fastuoso y
soberbio palacio Spada, en la piazza Capo di Ferro, donde un siglo antes los tíos
abuelos del cardenal Fabrizio, los difuntos cardenal Bernardino y su hermano
Virgilio, habían reunido una riquísima colección de cuadros, libros, antigüedades,
objetos preciosos, frescos, trampantojos y las más variopintas ingeniosidades
arquitectónicas, que yo nunca había visto lirio, pero por lo que me habían contado, dejaban estupefacto a todo el mundo.
Además de los carruajes que se avistaban en el horizonte, se oía ahora el lejano
chirriar de las ruedas por el empedrado. Aguzando la vista reparé en que sólo llegaba
un coche; claro, me dije, los señores se cuidaban siempre de guardar distancia entre
sus respectivos séquitos, de modo que cada uno de ellos fuese recibido como era
debido y se evitasen los riesgos de cualquier desaire involuntario, que no rara vez
acababan, ay, en discordias, viejas enemistades y, si Dios no mediaba para evitarlo,
hasta en sangrientos duelos.
Esta vez, para evitarlo se confiaba en la prudencia del maestro de ceremonias y
del gentilhombre de la casa, el intachable don Paschatio Melchiorri; ambos tenían el
cometido de recibir a los invitados, dado que, como era bien sabido, el cardenal
Fabrizio estaba sumamente ocupado con su cargo de secretario de Estado.
Mientras trataba de distinguir el escudo del carruaje que se acercaba y ya
vislumbraba la lejana polvareda que levantaban los que venían detrás, volví a aprobar
para mí el tino de la elección de la villa Spada romo teatro del acontecimiento: en los
jardines del Janículo, tras la puesta del sol, el fresco estaba garantizado. Yo lo sabía
muy bien, pues desde hacía un tiempo frecuentaba la villa. Mi modesta granja estaba
relativamente cerca, pasada la puerta San Pancrazio. Mi esposa Cloridia y yo
teníamos la suerte de vender hierbas frescas y buena fruta de nuestro pequeño huerto
a los fámulos de la villa Spada. Y de vez en o cuando me llamaban para algún
trabajillo, especialmente cuando había que trepar a lugares difíciles, como tejados y
claraboyas, para lo que resultaba muy útil merced a mi reducida estatura. También me
requerían si escaseaba el personal, como en esta ocasión para la fiesta en la villa, a la
que también se había trasladado a todos los criados del palacio Spada, circunstancia
que el cardenal había aprovechado para llevar a cabo obras de mejora, como decorar
con pinturas al fresco una alcoba para los esposos.
Así pues, desde hacía dos meses estaba a las órdenes del maestro florista,
trabajando afanosamente en roturar, plantar, podar y cultivar. Había mucho que hacer.
Los dueños de la villa Spada deslumbrarían a todo el mundo. En la parte exterior de
la verja que rodeaba la finca habían puesto miradores ornados de flores que, en
fértiles espirales, se enroscaban como blandas y olorosas serpientes alrededor de
columnas, pilares y capiteles, afinándose poco a poco hasta confundirse con las
pequeñas filigranas de las arcadas. La alameda de entrada, antes flanqueada por
sencillas hileras de vides, estaba ahora bordeada por dos alas de maravillosos arriates
floridos. En los muros, todos pintados de verde, se representaban falsas ventanas; los
prados mullidos, cortados a la perfección siguiendo las pautas del maestro florista,
imploraban ser tocados con el pie desnudo.
El casino de la villa, es decir, el edificio destinado a morada, recibía con la
sombra grata y la fragancia embriagadora de un gran cenador de glicinas, coronado por cúpulas de arquitectura efímera soberbiamente cubiertas de verdura.
Al lado del casino surgía, completamente reformado, el jardín de estilo italiano.
Era un jardín secreto, esto es, cerrado. Las paredes que lo ocultaban a la vista tenían
pinturas de paisajes y motivos mitológicos; por doquier había divinidades,
amorcillos, sátiros. Dentro, en la frescura de la penumbra, quien quisiese retirarse en
paz y recogimiento, lejos de miradas indiscretas, podía contemplar sin ser molestado
olmos y álamos de Capocotta, guindos y ciruelos, vides de uva moscatel, generosas
parras, árboles de Bolonia y de Nápoles, castaños, tallos silvestres, membrillos,
plátanos, granados y moreras, además de fuentes, pequeños juegos de agua, juegos de
perspectiva, terrazas y mil atracciones más.
A continuación, el huerto de los simples, también recién plantado de arriba abajo,
con hierbas frescas y curativas para preparar infusiones, cataplasmas, emplastos y
muchas cosas más del arte médica. Las plantas oficinales estaban cercadas por setos
de salvia y romero podados en diligentes figuras geométricas, cuyo olor penetraba el
aire y confundía los sentidos del visitante. Detrás del edificio un sendero llevaba,
bordeando un umbroso bosquete, a la capilla privada de los Spada, donde se
celebraría la boda. Desde ahí, siguiendo la cuesta que de la colina descendía a la
ciudad, partían como un tridente tres veredas, una de las cuales conducía a un teatro
al aire libre (expresamente construido para la fiesta y casi terminado), otra a un
cobertizo (acondicionarlo como vivienda de guardianes, comediantes, fontaneros y
otros empleados y otra a la salida de atrás.
En la parte delantera de la villa, en medio del agreste marco del viñedo, había una
larga alameda (paralela a la de la entrada, pero situada más en el interior) que
conducía a la rotonda de la fuente con el ninfeo, y seguía hasta un pequeño prado
bien cuidado en el que se habían instalado para las meriendas al aire libre bancos y
mesas copiosamente ornados de tallas y taraceas, a la sombra de suntuosos toldos de
tela de lino rayas.
El visitante que veía aquello por primera vez se detenía admirado, hasta que
comprendía que todo ese aparato no era sino un marco y una invitación a la vista más
espectacular de la viña entera; sus estupefactas pupilas se veían entonces surcadas por
una fulminante sucesión de bastiones romanos y murallas almenadas, que, surgiendo
de repente de la profundidad de sus milenarios, invisibles y soñolientos cimientos, se
extendían por la derecha hacia el horizonte. Ante aquella visión inesperada y
fantástica los párpados se agitaban veloces, el corazón latía con fuerza. Entre todas
aquellas delicias, rebosantes de fragancias y encantos todo parecía nacido para el
placer y todo era poesía.
La villa Spada se erigía como el gran teatro de aquellas celebraciones y ya no
parecía el pequeño, aunque delicioso, casino estival, que casi desmerecía frente a la
riqueza y magnificencia del mucho más suntuoso palacio Spada de la piazza Capo di Ferro. Podía ahora parangonarse sin rubor con los celebérrimos casinos de delicias de
dos siglos atrás cuando Giuliano da Sangallo y Baldassarre Peruzzi ennoblecían
Roma con su arte, el primero construyendo la villa Chigi, el segundo contratado por
el cardenal Alidosi para edificar su casino en Magliana, mientras Giulio Romano
empezaba la villa del datario Turini en el Janículo y Bramante hacía el Belvedere del
Vaticano y Rafael, la villa Madama, esas dos joyas arquitectónicas.
En realidad, desde tiempo inmemorial era costumbre en la Ciudad Eterna que los
grandes señores se edificasen ricas residencias en las cercanías del campo, donde
olvidar, aunque sólo fuesen a ellas pocas veces al año, las ocupaciones y los afanes
cotidianos. Amén de las espléndidas mansiones que construían los romanos (cantadas
por muchos eximios poetas, de Horacio a Catulo), yo sabía perfectamente, por
lecturas o conversaciones con algunos libreros eruditos (pero aún más con viejos
campesinos, que conocen mejor que nadie viñedos y huertos), que sobre todo en los
últimos doscientos años los grandes príncipes de Roma habían adoptado la moda de
edificar villas de delicias en los alrededores de la ciudad. Dentro de las murallas
Aurelianas, o en sus proximidades, poco a poco las explanadas yermas y los terrenos
húmedos fueron reemplazados por el viñedo y su casino, es decir, el jardín y la villa.
Si las primeras villas tenían almenas y torreones (como los que todavía pueden
verse en la empero indefensa Vigna Capponi), brillante herencia de las turbulencias
del Medievo, cuando las casas de los señores eran también sus fortificaciones, al cabo
de pocos años el estilo se serenó y elevó, y ya todo noble ansiaba poseer una
residencia con vistas a viñedos, huertos, bosques o pinares que dulcemente crease la
ilusión de poseer todo cuanto la mirada abarcaba sin moverse del sillón, y de ejercer
dominio.
En la Ciudad Santa, mientras progresaban los preparativos en el verde recinto de la
villa, reinaba a la sazón una atmósfera alegre. Aquel año del Señor de 1700 era año
de jubileo. Por ello, de todas partes convergían peregrinos sin cuento, llegados para
implorar el perdón de sus pecados y el beneficio de la indulgencia. Tan pronto como
desde la vía Romea alcanzaban la cima de las colinas circundantes y avistaban la
cúpula de San Pedro, los fieles (llamados por tal motivo «romeros») entonaban un
himno a la más excelente de las ciudades, teñida de la sangre púrpura de los mártires,
inmaculada por los blancos lirios de las vírgenes de Cristo. Las posadas, las
hospederías, los colegios y hasta las viviendas privadas, sujetas a la obligación de la
hospitalidad, estaban atiborrados de peregrinos; los callejones y las plazas bullían de
noche y de día de devotos, que inundaban el aire con sus letanías. Las noches las
alumbraban las antorchas de las procesiones de las cofradías, que sin pausa animaban
las calles de los barrios del centro. En medio de tanto fervor, ya ni el crudo
espectáculo de los flagelantes suscitaba horror: el restallido del látigo, con el que los ascetas se martirizaban la espalda sudada y descarnada, hacía de contrapunto a los
cánticos de alabanza que las novicias entonaban en la frescura de los claustros. No
bien llegados a la ciudad del vicario de Cristo, los peregrinos, aunque extenuados por
el largo viaje, iban al punto a San Pedro y sólo después de rezar largo rato ante la
tumba del apóstol se permitían unas horas de descanso. Al día siguiente, antes de salir
de sus alojamientos, se ponían de rodillas, elevaban el corazón al cielo, hacían la
señal de la cruz, meditaban sobre los misterios de la vida de Cristo y de la Santísima
Virgen María, desgranaban el rosario y comenzaban el recorrido de las cuatro
basílicas jubilares, y luego la oración de las cuarenta horas o el ascenso de la Escalera
Santa, con lo que obtendrían el perdón total y completo de los pecados.
En pocas palabras, en aquel jubileo, que, como cada veinticinco años desde la
época de Bonifacio VIII, atraía a la ciudad a decenas de miles de romeros, todo
transcurría con aparente normalidad. Sin embargo, no había que dejarse engañar por
las apariencias. Una profunda aflicción recorría silenciosa a las masas de fieles y de
romanos: Su Santidad estaba gravemente enfermo.
Dos años antes, el papa Inocencio XII, llamado en el siglo Antonio Pignatelli,
había sufrido una grave forma de podagra, que había empeorado poco a poco hasta
impedirle ejercer con normalidad su cargo. En enero del año jubilar había
experimentado una leve mejoría y en febrero había podido celebrar consistorio. Sin
embargo, debido a su avanzada edad y a sus achaques, no había estado en
condiciones de abrir la Puerta Santa.
A medida que avanzaba el año santo, mayor era el número de fieles que acudían a
Roma. Y el Papa lamentaba no poder cumplir los actos devoción, en los que hubieron
de sustituirle obispos y cardenales. En San Pedro, donde cada día se presentaban
miles de fieles, se encargaba de escuchar las confesiones el cardenal penitenciario.
En la última semana de febrero el Pontífice volvió a empeorar. En abril encontró
fuerzas para bendecir a la multitud de devotos desde el balcón del palacio pontificio
en Monte Cavallo. En mayo visitó incluso las cuatro basílicas y hacia finales de mes
recibió al gran duque de Toscaza. A mediados de junio parecía casi recuperado; visitó
numerosas iglesias así como la fuente de San Pedro en Montorio, justo a dos pasos de
la villa Spada.
No obstante, todos sabían que la salud de Su Beatitud era más frágil que un copo
de nieve al final de la primavera, y el calor de los meses estivales no prometía nada
bueno. Las personas próximas al Pontífice contaban en voz baja que sufría frecuentes
crisis de astenia, que pasaba noches atroces, que tenía cólicos subitáneos y muy
crueles. A fin de cuentas, se repetían entre ellos los cardenales, el Santo Padre tenía
ochenta y cinco años.
El Jubileo del año 1700, felizmente inaugurado por nuestro señor Inocencio XII,
corría pues el riesgo de ser clausurado por otro Papa: su sucesor. Un hecho extraordinario, se pensaba en Roma, mas no por ello imposible. Algunos ya
vaticinaban un cónclave para noviembre; otros, incluso para agosto. El bochorno del
verano, juraban los más pesimistas, socavaría las últimas defensas del Pontífice.
El humor de la curia (y el de todos los romanos) se debatía entre la serena
atmósfera del jubileo y las malas noticias sobre la salud del Papa. Yo mismo tenía un
interés personal en el asunto. Mientras viviese el Santo Padre, tendría el honor de
servir, aunque sólo fuese esporádicamente, al hombre más temido y reverenciado de
toda Roma: el eminentísimo cardenal Fabrizio Spada, a quien Su Santidad había
elegido como su secretario de Estado.
Por supuesto, no podía afirmar que conociese bien al ilustrísimo y muy benévolo
cardenal Spada. Ahora bien, por otros sabía que era muy probo y honesto, juicioso y
de agudo entendimiento. No por casualidad Su Santidad lo había querido a su lado.
Así, suponía que la fiesta que estaba a punto de empezar no podía ser una simple
reunión de almas nobles, sino un cenáculo de cardenales, embajadores, obispos,
príncipes y otras personas de relieve. Y todos enarcarían las cejas con estupefacción
ante la exhibición de músicos y comediantes, de entretenimientos poéticos, de
alocuciones oratorias y de opíparos banquetes en las verdes escenografías y en los
teatros de cartón piedra de los jardines de la villa Spada, todo lo cual no se veía en
Roma desde los tiempos de los Barberini.
Mientras tanto, ya había identificado el escudo del primer carruaje: pertenecía a la
familia Rospigliosi. Sin embargo, debajo tenía una vistosa borla de sus colores, lo
que indicaba que en el coche viajaba, bajo la protección de los Rospigliosi, un
personaje muy estimado por aquel gran linaje, no un miembro de la familia.
El carruaje estaba a punto de llegar a la verja de honor, pero a mí ya no me
despertaba curiosidad la entrada de los vehículos en la villa, ver cómo se abrían las
portezuelas y todo el ritual del recibimiento a los señores. Al principio, en mi primera
temporada en la villa, sí me ocultaba en los rincones a fin de observar a los lacayos
que ponían los escabeles para que se apeasen los invitados, las criadas con las cestas
de frutas —el primer homenaje del dueño de la casa—, los discursos del maestro de
ceremonias, que siempre se quedaban a medias por el cansancio de los recién
llegados, y así sucesivamente.
Me alejé para no molestar con mi oscura presencia la llegada de aquellas señorías
y volví a mis faenas.
Mientras roturaba jardines, cortaba arbustos, arreglaba setos y arrancaba
hierbajos, de vez en cuando levantaba la vista para regocijarme contemplando la
ciudad de las siete colinas, dejándome arrullar por las alegres notas de los ensayos de
orquesta que me traía la suave brisa estival. Con la palma de una mano en la frente
para protegerme del resplandor solar, divisaba a la izquierda la grandiosa cúpula de San Pedro; a la derecha, la más modesta pero no menos espléndida de Sant'Andrea
della Valle; en el centro, la imponente altura de Sant'Ivo alla Sapienza, justo al lado
de la sumisa cúpula pagana del Panteón, y por último, al fondo, poderoso y tranquilo,
el palacio pontificio del Quirinal en Monte Cavallo.
Al terminar una de esas breves pausas y agacharme para seguir mi faena con la
podadera en unos arbolillos, vi que una sombra se alargaba al lado de la mía.
La observé largo rato; no se movió. Mi mano, en cambio, que empuñaba la
podadera, se movió sola. La punta de la hoja dibujó el contorno de la sombra que
tenía detrás en la tierra de la alameda. El ropón, la peluca y la caperuza de abate…
Fue entonces cuando la sombra, como queriendo condescender a la inspección de mi
mano, se volvió lentamente hacia el sol, que descubrió su perfil; en el suelo pude así
trazar una nariz aguileña, un mentón impertinente, unos labios burlones. La mano,
que ahora acariciaba esos rasgos más que calcarlos, me temblaba. Ya no tenía dudas.
Atto Melani. Incapaz de apartar la mirada de la silueta que había delineado en la
tierra, una maraña de pensamientos me ofuscaba la vista y los sentidos. El señor Atto
Melani… para mí, don Atto. Atto, nada menos que Atto.
La sombra esperaba benigna.
¿Cuántos años habían pasado? Dieciséis; no, diecisiete, calculé tratando de
acopiar fuerzas para volverme. Y, desdeñando las leyes del tiempo, mil pensamientos
y recuerdos hicieron en esos pocos segundos su parábola. Casi diecisiete años sin
tener la menor noticia del abate Melani. Y ahora reaparecía, su sombra estaba allí,
detrás de mí, y tapaba la mía, me repetía mecánicamente mientras por fin me
levantaba y me volvía muy despacio.
Finalmente mis ojos se enfrentaron al sol.
Atto, un poco más bajo y curvado de como lo había dejado, se apoyaba en un
bastón. Con su caperuza de abate y su ropón violeta, lo mismo que llevaba cuando
nos conocimos, parecía un hombre de otro siglo, indiferente a la moda. Ante mi
mirada fija y atónita sus palabras fueron de lo más lacónicas y descorazonadoras.
—Me retiro a descansar; acabo de llegar. Nos veremos más tarde. Te mandaré
llamar.
Como un fantasma, desapareció camino del casino, bajo el resplandor del sol.
Me quedé de piedra. No sé cuánto tiempo permanecí así, inmóvil en medio del
jardín. Tal como le ocurriera a Galatea en su blanco y frío mármol, el soplo vital
calentó mi pecho poco a poco. En mi corazón estalló entonces el desbordante torrente
de afecto y dolor que desde hacía años sentía cada vez que recordaba al abate Melani.
Las cartas que le había enviado a París habían caído en un pozo de negro silencio. Durante todos esos años había acudido inútilmente a la estafeta de correos de Francia
en busca de una respuesta. Al final, por calmar mi inquietud, me resigné a recibir un
mensaje tristemente definitivo, que mil veces me imaginé: «Tengo el penoso deber de
comunicarle la muerte del señor abate Atto Melani…»
Pero nunca tuve noticias suyas. Las recibía sólo ahora, con esa inesperada
aparición que me había dejado sin aliento. No podía creerlo: llegado a la villa Spada,
donde lo habían recibido con todos los honores por su condición de huésped, lo
primero que había hecho era buscarme a mí, un campesino inclinado sobre su azada.
La amistad y la lealtad del abate Melani habían podido más que la distancia y los
años.
Terminé deprisa y corriendo parte del trabajo que me quedaba y monté en mi
mula para encaminarme hacia casa. ¡No veía la hora de contárselo todo a Cloridia!
Durante el trayecto me repetía enternecido que no tenía motivos para
asombrarme, pues era muy propio de él reaparecer de esa forma impetuosa e
inesperada. Me emocionaba y acongojaba sobremanera revivir como en un sueño el
torbellino de enseñanzas y pasiones del intelecto que el abate Melani me había
revelado en la época en que lo seguí en sus peligrosas andanzas…
Poco a poco, sin embargo, junto a la emoción y la gratitud surgió un interrogante.
¿Cómo había conseguido Atto encontrarme en la villa Spada? Hubiese sido lógico
que me buscase en la via dell'Orso, en el palacete donde antes se hallaba la Posada
del Donzello, en la que yo había servido y nos habíamos conocido. Pero Atto, a todas
luces invitado por el cardenal para las próximas nupcias de su sobrino, a su llegada
había venido directamente a verme, con toda la apariencia de saber muy bien dónde
podía encontrarme.
¿Por quién lo había sabido? No podía ser por nadie de la villa Spada, pues nadie
estaba al corriente de nuestro antiguo trato, por no mentar que mi persona nunca era
objeto de atención. Por lo demás, no teníamos ningún conocido común; lo único que
nos unía era la remota aventura que habíamos vivido hacía diecisiete años en el
Donzello. De aquellos avatares extraordinarios yo había redactado primero un sucinto
diario, que luego convertí en unas pormenorizadas memorias, de cuyo resultado me
sentía muy orgulloso. Hablaba de ellas a Atto en la última misiva que le había
enviado unos meses antes, postrer intento de tener noticias suyas.
Mientras atravesaba los campos al trote, di rienda suelta a los recuerdos y por
unos instantes, en una especie de ensoñación, vi aquellos sucesos lejanos y
sorprendentes: la peste, los envenenamientos, las persecuciones por los subterráneos,
la batalla de Viena, las conspiraciones de los soberanos de Europa…
Con cuánta brillantez, me dije, había logrado relatarlo todo en mis memorias,
tanto es así que, cuando las terminé, mi mayor deleite era leerlas en las noches de
insomnio. Y no me molestaba revivir todas las infamias cometidas por Atto, sus culpas, sus miserias y blasfemias. Me bastaba llegar al final de mi manuscrito para
sentirme sereno y hasta contento: el amor de mi Cloridia, que todavía hoy, Deo
gratias, sigue conmigo; la pureza de la labor en los campos y, por último, la mención
a la villa Spada, para la que trabajo como un campesino desconocido, cuyas
vicisitudes admirables nadie podía siquiera imaginar. Claro, la villa Spada…
Como asaltado por mil escorpiones, aguijé a mi mula para llegar cuanto antes a
casa.
Por desgracia, había comprendido.
Cloridia no estaba. Jadeando, corrí a los baúles donde guardaba todos mis libros.
Los vacié con ímpetu, hurgué en el fondo: las memorias habían desaparecido.
—Ladrón, bandido, truhán —gruñí en voz baja—. Y yo soy un cretino, un idiota, un
cernícalo.
¡Mencionar mis memorias en la carta dirigida a Atto había sido un grave error!
Aquellas páginas contenían demasiados secretos, demasiadas pruebas de las
infidelidades y las traiciones de que Atto Melani era capaz. Tan pronto como tuvo
conocimiento de su existencia —ay, sólo ahora me daba cuenta—, había mandado a
uno de los sicarios que tenía en Roma para que las hurtase. Para alguien así, entrar en
mi desprotegida casita debió de ser corno un juego de niños.
Despotricaba contra Atto, contra mí mismo y contra el enviado a robar mis
hermosas memorias. Con todo, ¿acaso podía esperar otra cosa del abate Melani? Sólo
necesitaba hacer un repaso de sus turbios manejos,
Cantante castrado y espía de los franceses… esto ya lo decía todo sobre su
catadura. Su carrera de cantor había terminado hacía mucho. Sin embargo, de joven
había sido un célebre soprano y, con la excusa de los conciertos, durante años había
hecho de espía en las cortes de media Europa.
El subterfugio, la mentira y el engaño eran su pan cotidiano; la emboscada, la
conjura y el asesinato, sus aliados. Era capaz de empuñar una pipa y hacerla pasar por
una pistola; de ocultar la verdad sin llegar a mentir; de conmoverse (y conmoverte)
por puro cálculo. Además, conocía y practicaba las artes de la persecución y el hurto.
Por otra parte, su intelecto era de lo más agudo y sagaz. Tal como lo recordaba, su
conocimiento de los asuntos de Estado llegaba a los secretos más recónditos de las
coronas y las familias reales. Además, su ingenio vivo y mordaz desentrañaba el alma
humana como un cuchillo el blando tocino. Se granjeaba la simpatía de los demás con
su mirada chispeante y la estima con su gran elocuencia.
Todas sus mejores virtudes, empero, estaban al servicio de los fines más sórdidos.
Si te iluminaba con una revelación, no era más que para obtener tu cooperación. Si
decía que estaba cumpliendo una misión, lo único que en realidad perseguía era
lograr algún sucio fin personal. Y si prometía su amistad, pensaba yo asqueado, sólo lo hacía para conseguir los favores que más le convenían.
Prueba de ello era su indiferencia hacia los viejos amigos. Me había dejado sin
noticias suyas durante diecisiete años. Y ahora, como si tal cosa, me llamaba
urgentemente a su servicio…
«No, don Atto, ya no soy el muchacho de hace diecisiete años», me hubiese
gustado decirle mirándolo directamente a la cara. Le demostraría que era un hombre
con experiencia en la vida, que ya no era tímido con los señores, sino sólo deferente,
capaz de afrontar cualquier situación y de decidir lo que más me interesaba. Y,
aunque a causa de mi baja estatura todos seguían llamándome «chico», era y me
sentía una persona distinta del mozo que Atto había conocido hacía tantos años.
No, no podía aceptar el proceder del abate Melani. Y, massime, no podía tolerar el
hurto de mis memorias.
Me tumbé en la cama para descansar y desembarazarme de estas y otras
cogitaciones, atormentando sin tregua las sábanas. Sólo entonces me acordé que
Cloridia me había avisado que no iba a volver a casa; como toda buena comadrona,
matrona, obstetriké o partera (en lo que se había convertido después de practicar
largamente en los últimos años), se quedaba en la casa de las parturientas los días
previos al alumbramiento. Con ella iban nuestras dos adoradas hijas, de diez y seis
años, ya creciditas pese a su edad, pues acompañaban siempre a su madre (a la que
veneraban) no sólo como alumnas, para ser bien instruidas en tan importante servicio,
sino además para ayudarla siempre que hiciese falta alcanzándole aceites y grasas
calientes, hazalejas, tijeras e hilo para cortar el cordón umbilical, o cuando extraía
diestramente las secundinas, es decir la placenta, y en otros menesteres semejantes.
Les dediqué algún pensamiento: dotadas de una cordura en público solo pareja a
su vivacidad entre las paredes domésticas, ambas niñas seguían a su madre como una
sombra. Su ausencia hacía que la casa me pareciera ahora aún más vacía y triste, y
me recordaba mi melancólica infancia de expósito.
Así, la soledad me hizo meditar con pesadumbre. El insomnio me envolvió en su
frío abrazo y conocí cuán amargo es el lecho conyugal sin el consuelo del amor.
Pasada una hora (me había saltado la comida por falta de apetito), decidí regresar a la
villa Spada para reanudar mis faenas. El reposo, aunque exiguo, había surtido el
efecto deseado: el abate Melani y su regreso inesperado (por el que aún no sabía si
alegrarme) ocupaban ahora menos mi mente. Me dije, eso sí, que Atto había llegado
como un molesto trítono a turbar el apacible contrapunto de mi vida. Lo mejor que
podía hacer era no pensar en él.
Me había dicho que mandaría llamarme; hasta entonces, pues, podía dedicarme a
otras cosas. Tenía mucho que hacer y me apresté a uno de los trabajos que más me
distraían: la limpieza de la pajarera. El fámulo que solía ocuparse de esa tarea tenía que guardar cama casi siempre por una grave herida en el pie que no terminaba de
cicatrizar. Así pues, no era la primera vez que cumplía esa función. Fui por la comida
y enseguida me dirigí a la pajarera.
No extrañe al lector que en la villa Spada hubiese una atracción tan exótica, ya
que todas las de esa clase gozaban de gran predicamento desde hacía mucho en las
villas romanas. El cardenal de Médicis tenía en su villa del monte Pincio osos, leones
y avestruces; en las villas Borghese y Pamphili, ciervos y gamos vivían en libertad.
En la época del Papa León X, en los jardines del Vaticano paseaba incluso un
elefante, llamado Hannón. Además de los animales, para maravillar y entretener a los
huéspedes no faltaban lúdicos entretenimientos como el mallo o palamallo (se jugaba
en la villa Pamphili); el juego de trucos, llamado también billar, que se jugaba en la
villa de los Caballeros de Malta o en la villa Costaguti, en un terreno que parecía
limpiado con jabón o en un tablero cubierto con un paño; o bien las bochas, como en
la villa Mattei, para vencer el humor melancólico de las tardes de verano.
La pajarera se encontraba en un rincón apartado de la villa, entre la capilla y el
huerto, oculta a la vista por una hilera de árboles y un seto alto y tupido. Se había
construido de tal modo que estuviese soleada en invierno y umbrosa en verano, para
no exponer a los pájaros a molestas intemperies. Tenía la forma de un pequeño
castillo de planta cuadrada, con cuatro torres en las esquinas y un cuerpo central, todo
cubierto con cúpulas de red metálica, sobre las que además había hermosos pináculos
con banderolas de hierro. El interior tenía frescos con vistas celestes y paisajes
lejanos, para dar a los volátiles la impresión de mayor espacio. Había plantas de
acebo y laurel, siempre verdes, tiestos con maleza para hacer nidos y cuatro grandes
bebederos. Los huéspedes (algunos grupos de los cuales estaban en jaulas separadas)
eran numerosos y muy agradables tanto a la vista como al oído: ruiseñores, avefrías,
estarnas, perdices griegas, francolines, faisanes, escribanos hortelanos, verderones,
mirlos, calandrias, pinzones, tórtolas, paros carboneros y otros más.
Entré con precaución en la pajarera y enseguida causé un gran revuelo de alas.
Me habían dicho que debía alimentar y cuidar a los pájaros siempre la misma
persona, al objeto de ganarse su confianza. Mi presencia en lugar de su amo habitual
había hecho cundir entre ellos la inquietud. Avancé cautelosamente, mientras unas
avefrías me seguían nerviosas y un grupo de pajarillos volaba alrededor de mí en
actitud hostil. Tuve un escalofrío cuando un mirlo se posó audazmente en mi hombro
y batió con fuerza las alas al lado de mi cuello, y por puro milagro no me estrellé
contra un francolín que se abalanzaba sobre mí revoloteando con insolencia.
—¡Si no paráis ahora mismo me marcho y os quedáis sin comida! —los amenacé.
Sin embargo, por toda respuesta obtuve una salva más fuerte y estridente de
graznidos, ululaciones y aleteos, y nuevas y peligrosas incursiones aéreas a un palmo
de mi cabeza.
Me guarecí en una esquina, atemorizado, hasta que la tormenta se calmó. El
gobierno de los pájaros y de las pajareras, me dije, no era un oficio hecho para mí.
Cuando por fin se aquietaron todos, incluidos los más impertinentes, empecé a
limpiar y renovar los bebederos y los comederos, que luego rellené con agua fresca,
achicoria, remolacha, álsine, lechuga, semillas de llantén, grano, taño, mijo y semillas
de cáñamo. A continuación abastecí la pajarera de hierba de espárragos, excelente
para construir nidos. Mientras esparcía trozos de pan seco, un joven y hambriento
francolín me saltó al brazo tratando de dejar a sus compañeros sin el botín de
apetitosa miga.
Una vez que hube terminado de limpiar las perchas y barrer las deyecciones del
suelo, me dirigí a la salida, feliz de dejar atrás el hedor y el caos de la pajarera. Estaba
cerrando la puerta cuando de pronto se me hizo un nudo en la garganta.