Secretum
Segunda Jornada
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
8 DE JULIO DE 1700
Al cabo de unos minutos Buvat y yo vimos desaparecer el coche de Atto por las
callejuelas. Traté de poner orden en mis ideas. ¿Maria, la condestablesa Colonna
(pues tal debía de ser la identidad de la misteriosa dama con quien Atto mantenía
desde hacía tiempo contactos secretos), estaba pues en Roma? El abate había pedido
que la carta se entregase en el monasterio de Santa María, en el Campo de Marte.
Ahora bien, ¿no había escrito la propia Maria en su misiva que se había detenido en
las afueras de Roma y que no llegaría antes del día siguiente?
El cielo, de una claridad implacable, dejó pronto el campo despejado al flagelo
creciente de la canícula. Nuestra marcha era lenta, pero no por el calor, sino por el
paso vacilante y distraído de Buvat. Mirando hacia arriba como alelado, se detenía
cada dos por tres para observar fascinado una cúpula, un campanario o un simple
muro de ladrillos.
Por fin decidí romper el silencio:
—¿Sabéis en manos de quién debemos dejar la carta?
—No en las de la princesa, desde luego. Hemos de entregarla a una monjita que le
es muy devota. Verás, de joven la princesa pasó una temporada aquí, porque la
abadesa era su tía.
—¿Sabéis si la princesa conoce al abate Melani?
—¿Que si lo conoce? —dijo entre risas Buvat, como si la pregunta fuese digna de
ironía.
Permanecí un instante en silencio.
—¿Queréis decir que lo conoce bien? —pregunté luego.
—¿Sabes quién es la princesa Colonna?
—Bueno, si no recuerdo mal, creo que… era la esposa del condestable Colonna…
que murió hará diez años.
—La princesa Colonna era —me corrigió Buvat—, antes que eso, la sobrina del
cardenal Mazzarino, gran estadista y político muy sutil, gloria de Francia y de Italia.
—Sí, en efecto —farfullé, azorado por no haber sido capaz de recordar lo que
sabía perfectamente años atrás—. Y ahora —añadí tratando de apurar el mal trago—
vamos a entregarle secretamente esta carta de parte del abate Melani.
—Claro —dijo Buvat—, Maria Mancini está en Roma de incógnito.
—¿Maria Mancini?
—Es su nombre de bautizo. En realidad detesta incluso oírlo mentar, pues no es de ilustre cuna. El abate debe de estar muy nervioso. La princesa y él no se ven desde
hace mucho tiempo. ¡Mucho tiempo, caray, mucho tiempo!
—¿Mucho tiempo? ¿Cuánto?
—Treinta años.
Ya sabía quién era la misteriosa Maria por la que Atto suspiraba de forma tan
desgarradora. Se había casado años atrás con el príncipe Lorenzo Onofrio Colonna y,
por su conducta demasiado libre, se había granjeado una reputación de mujer
testaruda y veleidosa, que aún persistía. Todo eso sólo lo sabía de oídas, pues cuando
se afianzó su fama yo era apenas un zagal.
¿Por qué Atto no me había dicho a quién estaba destinada la carta que nos había
confiado? ¿Cuál era la naturaleza de su relación? Las misivas que había leído
furtivamente me habían dejado in albis en este punto, no así en el de la sucesión de
España, tema que evidentemente interesaba sobremanera a los dos. Pero tuve que
dejar para más tarde tan apremiantes interrogantes porque habíamos llegado a nuestro
destino.
Nos hallábamos ante el convento de las monjas de Santa María, en el Campo de
Marte. Tras llamar a la puerta, Buvat explicó a la monja que salió a recibirnos que
tenía que entregar personalmente una carta a sor Caterina y se la enseñó. Cumpliendo
las órdenes de Atto, yo me aparté. Pasados unos minutos de espera, otra religiosa se
asomó al portal.
—Sor Maria no ha llegado —dijo apresuradamente antes de arrebatar la carta a
Buvat con un raudo movimiento de manos y de cerrar enseguida el pesado batiente de
madera.
Buvat y yo nos cruzamos una mirada de perplejidad.
Estaba resuelto el misterio: los contactos que mantenían el abate Melani y la
condestablesa eran tan secretos que las cartas siempre se dejaban en el convento,
estuviese allí Maria o no (esta vez, además, primero iba a ir a la villa Spada). Se
confiaban, pues, a la férrea discreción de las monjas.
Seguidamente fuimos al palacio Rospigliosi en Monte Cavallo, donde Buvat entró
para buscar los zapatos que había olvidado el día anterior. Durante los breves minutos
que lo esperé en la calle, admiré el imponente y descomunal edificio que se alzaba
sobre la colina del Quirinal y que estaba repleto, según había leído, de beldades,
magníficos jardines, espléndidas terrazas curvadas y maravillosos recintos de
delicias.
En el camino de regreso, el secretario de Melani seguía deteniéndose a
contemplar el paisaje y me forzaba a cambiar constantemente de rumbo. Además, cada vez que volvía a una calle por la que ya habíamos pasado, lo hacía en la
dirección inversa, aunque siempre con paso seguro.
—Pero ¿no había que ir por aquí? —preguntaba sorprendido, sin reparar en su
distracción ni en el esfuerzo que yo hacía para llevarlo por el camino correcto.
Me acordé entonces de que Atto, al presentarme a su secretario, me había
mencionado otro de sus defectos. Quizá había llegado el momento de aprovecharlo.
Decidí que no sería difícil llevar a Buvat por la dirección equivocada, dado que había
algo en su naturaleza que lo impulsaba hacia allí.
Atravesamos un callejón en el que mercaban algunos de los muchos miserables
llegados a la urbe para el jubileo. En cosa de segundos nos abordaron gentes que de
ordinario menudean por las calles, siempre distintas y siempre iguales: vendedores de
polvos para eliminar la ventosidad intestinal, alumbre de heces que hace eterna la
llama de las mechas, aceite de tejo verbasco contra las resfriaduras, pasta de cal viva
para matar a las ratas, espejuelos que permiten ver en la oscuridad. También había
individuos portentosos que, impávidos, empuñaban tarántulas, cocodrilos, lagartos de
India y basiliscos; otros que bailaban sobre una cuerda dando saltos mortales o que
caminaban rapidísimo con las manos, levantaban pesos con los sombreros, se lavaban
la cara con plomo fundido, se hacían cortar la nariz con un cuchillo o se sacaban de la
boca una cuerda de diez brazos de largo.
De repente aparecieron en el callejón unos caballeros honestamente vestidos,
acompañados por mujeres muy elegantes, que anunciaron su deseo de interpretar una
comedia.
Al punto rodeó a los actores un gentío de niños, mujeres, curiosos, zascandiles,
haraganes, transeúntes que lanzaban pullas y viejos que murmuraban malévolos, pero
no despegaban la vista de la escena. Los comediantes sacaron de no se sabe dónde
unas tablas y en un santiamén montaron un estrado. Subió la mujer más guapa del
grupo y se puso a cantar, acompañada a la guitarra por uno de los actores. Entonaron
primero una mezcla de canciones y ritmos populares que enardecieron al numeroso
público que presenciaba aquel espectáculo gratuito. Terminado el preludio musical, y
mientras la gente esperaba que empezase la comedia, subió al escenario el más viejo
del grupo. Éste sacó de su bolsillo un frasquito lleno de un polvo oscuro, un
portentoso medicamento, según él, que ponderó como algo grandioso e incomparable.
Una parte del público comenzó a protestar, ante la evidencia de que los comediantes
eran en realidad charlatanes y de que el que ahora hablaba era el archicharlatán. Sin
embargo, la mayoría siguió con atención las explicaciones: el polvo no era otra cosa
que la quintaesencia mágica, capaz de hacer rico inmediatamente a su poseedor. Si se
unía con aceite bueno, se convertía en un ungüento milagroso contra la sarna; si se
mezclaba con estiércol de gato, era perfecto para preparar emplastos y cataplasmas.
Mientras el archicharlatán vendía las primeras botellitas de polvo, compradas con entusiasmo por campesinos de paso que habían asistido embargados a la exposición,
nos alejamos de la muchedumbre maloliente que obstruía casi todo el callejón y
salimos a la calle.
Cuando llegamos ante una taberna, dejé caer mi propuesta como quien no quiere
la cosa.
—Estoy seguro de que, en vez del merecido descanso, no os desagradaría
refrescar el espíritu de otra forma —dije aminorando el paso.
—Eh… sí, creo —repuso titubeante, mirando un campanario. Luego, al ver el
cartel de la taberna, pero sobre todo al oír el ruido de vasos y el vocerío procedentes
del interior, cambió de tono—. ¡No, maldición, por supuesto que no!
Mientras mojaba en un buen vaso de vino tinto la rosquilla que había pedido para
desayunar, Buvat decidió satisfacer mi curiosidad y abrirme una rendija sobre la vida
de la condestablesa.
—Diez años antes de su muerte, los últimos de su poder en Francia, el cardenal
Mazzarino hizo ir a París a un montón de parientes que vivían en Roma: dos
hermanas y siete jóvenes sobrinas. Estas últimas eran todas casaderas.
Las hijas de la primera hermana del cardenal, Anna Maria y Laura Martinozzi,
contrajeron nupcias con el príncipe de Conti y con el duque de Módena,
respectivamente. Imposible lograr mejores enlaces. Ahora bien, al cardenal le
quedaban por casar las sobrinas más complicadas: las hijas de su otra hermana, las
cinco hermanas Mancini: Ortensia, Marianna, Laura, Olimpia y Maria.
Eran caprichosas y astutas, maliciosas y bonitas, y su llegada había
desencadenado en la corte sentimientos parejos y especulares: el odio de las mujeres
y el amor de los hombres. Algunos las llamaban, con desprecio, «las Mazzarinetas».
Pero las Mazzarinetas sabían escanciar en el cáliz de la seducción néctares
opuestos entre sí: inocencia y malicia, pureza y desvergüenza, juventud y
experiencia, prudencia y astucia. Quien bebía de él era gobernado por las jóvenes con
la ciencia exacta e implacable de las pasiones.
Aun así (o, mejor dicho, justamente por sus miras ambiciosas), Su Eminencia
consiguió con el tiempo encontrarles buenos partidos. Muy pronto Laura se prometió
con el duque de Mercoeur. Marianna se desposó con el duque de Bouillon. A Ortensia
le tocó el marqués de La Meilleraye, y a Olimpia, el conde de Soissons. Lo increíble
había tenido lugar. Ahora eran condesas, duquesas, estaban casadas con príncipes de
la sangre, con grandes maestros de la artillería, con descendientes de Richelieu, de
Enrique IV, y además eran riquísimas. Sus madres, las hermanas de Mazzarino,
pertenecían, por supuesto, a la aristocracia romana, pero a la pobretona.
—Sin duda, la familia Mancini es de antigua cuna —precisó el secretario—. Se
remonta a antes del año mil, pero nunca ha tenido las riquezas de las mejores aristocracias. En este sentido, sus apellidos son elocuentes: Martinozzi, Mancini… —
canturreó remarcando los ozzi y los ini—. Es fácil darse cuenta de que no son
nombres conspicuos.
A pesar del temperamento de las muchachas, los matrimonios de las Mazzarinetas
se habían concertado y celebrado, en última instancia, sin excesivas complicaciones.
Solamente una sobrina había causado a Mazzarino infinidad de problemas: Maria.
A su llegada a París contaba catorce años, y el joven Luis, uno más. Se instaló en
el palacio de su tío, casi aturdida por el lujo y el boato que habían inflamado la rabia
del pueblo contra el cardenal durante los años de la Fronda. Al principio la reina
madre, Ana de Austria, la trató con benevolencia, igual que a todas las otras sobrinas
de Mazzarino, como si fuesen de su misma sangre.
—Pues bien, un día la madre de las Mancini cayó gravemente enferma y empezó
a recibir regularmente visitas de Su Majestad. Ahí, el rey encontraba siempre a
Maria. Ni que decir tiene que todo era muy comedido: lamento mucho el mal estado
de vuestra señora madre, et cetera, et cetera. Oh, majestad, pese al triste momento,
me siento honrada por vuestras palabras, y así sucesivamente —dijo Buvat
remedando primero la afectación regia y luego el azoramiento femenino.
La madre de Maria finalmente murió, y el día del funeral hubo quien notó que la
joven departía con el soberano con una confianza y una libertad mucho mayores que
las que usaba antes de la desaparición de la difunta.
La misma noche de las exequias, en la corte se representó un ballet de título
profético: L'amour malade. Luis, como solían hacer los jóvenes, participaba en las
danzas. En el gran salón del Louvre, en presencia de toda la corte, el regio piruetear
de Luis abrió la primera de las diez entrées, cada una de las cuales representaba un
remedio para la curación del dios doliente.
No pocos cortesanos advirtieron que los jarretes de Luis estaban más muelles de
lo usual, que respiraba más hondo, que sus saltos eran más largos, que miraba con
más atención y expresividad, como si una fuerza invisible lo sostuviese y le susurrase
la receta secreta que cura el amor y lo hace triunfar.
Ni uno solo de los nobles de su edad que frecuentaban la corte lograban tratarlo
con verdadera amistad. Era demasiado afectado, demasiado serio cuando sonreía, y
demasiado risueño cuando mandaba.
Cuando conversaban con él, las jóvenes se sentían tan atenazadas por la
ofuscación y el respeto que se guarecían bajo el manto opresivo de las formalidades y
las reverencias.
La única que no temía a Luis era Maria. Mientras todas las demás temblaban de
miedo (y de ganas de ser elegidas) ante el rey, la joven italiana jugaba la partida del
amor con la serena malicia que habría empleado con cualquier otro joven apuesto.
En público el rey era gélido y distante con todo el mundo, pero con Maria, a veces sin darse cuenta, se turbaba y cambiaba su máscara de indiferencia por la del
deseo. Se moría de ganas de brindarle su plena y total confianza, y le tenía prohibido
que guardase con él las formas. En presencia de Maria llegaba incluso a tartamudear,
a enrojecer, a perderse en cómicos aturullamientos.
—Hay quien ha visto a Su Majestad —juró Buvat— morder la almohada antes de
conciliar el sueño, atormentado por el recuerdo de pequeñas pero insoportables
meteduras de pata. Por ejemplo, una insinuante ocurrencia de Maria que le había
hecho mucha gracia, pero a la que sólo supo responder con un torpe tartajeo. Así,
además de su regia compostura, había perdido la oportunidad de decirle «te amo».
Una vez más, los hechos se imponen a causa de una enfermedad. A finales de
1658, en Calais, tras una serie de viajes y de inspecciones sumamente agotadoras, y
quizá también por el aire insano que le enturbia los humores, Luis enferma
gravemente. Padece fiebre violenta y persistente, todo París teme por la vida del
soberano durante un par de semanas. Merced a las artes de un médico de provincia,
Luis por fin se recupera. A su vuelta a París, no tardan en referirle el chisme que más
se oye en la corte: en toda la ciudad, los ojos que más lágrimas han derramado, la
boca que más ha invocado su nombre y las manos que más han rezado pertenecen a
Maria.
De esa suerte, en lugar de una declaración abierta (cosa imposible con un
soberano), Maria ha enviado a Luis un mensaje involuntario pero mucho más
poderoso. La corte entera es la que, con sus murmuraciones, dice al rey: ella te ama, y
tú lo sabes.
En los meses siguientes la corte se instala en Fontainebleau, donde Mazzarino,
que sigue llevando las riendas del gobierno, mantiene ocupado al joven soberano con
nuevos entretenimientos cada día; excursiones en carruaje, comedias, conciertos,
paseos en barca se suceden sin tregua. Y siempre, ya en carruaje, en la tierra desnuda
o en la hierba, las huellas de Luis se entrelazan con las de Maria. Se buscan
constantemente y se encuentran a cada segundo.
—Permitidme una pregunta —interrumpí—. ¿Cómo es que conocéis tan bien
todos estos particulares? Eso ocurrió hace más de cuarenta años.
—El abate Melani conoce esta historia mejor que nadie —se limitó a responder.
—Vaya. De modo que también a vos, como a mí, os ha contado todo lo de aquella
época —dije exagerando adrede—. Os ha hablado de los trabajos confidenciales que
realizaba para el cardenal Mazzarino, de Fouquet…
Había mencionado a propósito dos secretos bien guardados del pasado de Melani:
su amistad (que él mismo me había revelado diecisiete años atrás) con el
superintendente Fouquet, ministro de Finanzas de Francia, perseguido por el Rey
Cristianísimo, y el hecho (que había conocido por otros) de que Atto había sido un
agente secreto al servicio de Mazzarino.
Creí percibir un destello de sorpresa en la mirada de Buvat. Tal pensaba que el
abate Melani me había hecho las mayores confidencias y que, por consiguiente, yo
era digno de confianza.
—Entonces también te habrá contado —añadió bajando la voz— que estuvo muy
enamorado de Maria sin que, naturalmente, nada llegase a haber entre ellos y que,
cuando la razón de Estado obligó al rey a casarse con la infanta de España, Maria
dejó París y vino a Roma pare contraer matrimonio con el condestable Colonna. Y
que en Roma Maria y el abate siguieron viéndose, pues él llegó aquí poco después. Y
continúan escribiéndose; el abate no la ha olvidado.
Me llevé el vaso de vino a los labios y bebí un largo trago procurando taparme lo
más posible la cara para que no se notase mi sorpresa. Ya que había conseguido que
Buvat creyese que conocía bien las interioridades de la vida de Atto y que por tanto
podía hablar libremente conmigo, no podía dejar que descubriese que lo escuchaba
todo de su boca por primera vez.
Así pues, Atto había estado enamorado de Maria, y justo cuando a ésta la
galanteaba el joven rey de Francia. Ahora se explicaban sus suspiros en el instante en
que le entregaron la carta de la condestablesa en la villa Spada, me dije.
Tras pedir otra rosquilla me acordé de una conversación de diecisiete años antes,
cuando conocí a Atto; una conversación entre los huéspedes de la posada donde
trabajaba. Recordé que entonces se decía que Atto había sido el confidente de una
sobrina de Mazzarino, de la que el rey estaba locamente enamorado, tanto que quería
casarse con ella. Ahora sabía quién era aquella sobrina de Mazzarino.
De pronto nos interrumpió una escena lamentablemente habitual en las tabernas.
Cuatro mendigos habían entrado para pedir limosna, lo que provocó la cólera del
dueño y el mudo enfado de los parroquianos.
Uno de los intrusos empezó a insultar a un par de jóvenes que estaban sentados a
nuestro lado, y enseguida estalló una trifulca, tan violenta que tuvimos que
apartarnos. Eran unos diez individuos —mendigos, clientes de la taberna, dueño y
mozo— los que se enfrentaban. En la pelea cayeron sobre nuestra mesa y por puro
milagro no volcaron la jarra de vino.
Por suerte, una vez que los mendigos se marcharon, todo volvió a la normalidad y
pudimos volver a sentarnos. Oí al dueño despotricar un buen rato contra los
pordioseros que invaden las calles de Roma en tiempos de jubileo.
—Pues sí, yo también sabía que el abate Melani estaba muy enamorado de Maria
Mancini —mentí con la esperanza de sonsacar algo más a Buvat.
—Tan enamorado que, al marcharse ella, cada día iba a visitar a su hermana
Ortensia —explicó Buvat sirviendo vino en los vasos—. Hasta que encolerizó a su
marido, el duque de La Meilleraye, un sujeto mojigato y violento, que lo mandó
apalear y lo hizo expulsar de Francia.
—Ah, sí, el duque de La Meilleraye —repetí mientras bebía, recordando aún lo
que había oído contar a los huéspedes del Donzello.
—El abate, que, según parece, no podía vivir sin alguna de las Mazzarinetas,
aprovechó entonces para irse a Roma y ver a Maria, con la bendición del rey, que le
había dado una buena suma de dinero. Pero creo que ya es hora de que nos vayamos
—dijo Buvat tras comprobar que habíamos apurado toda la jarra de vino—. Han
pasado varias horas; el señor abate se estará preguntando dónde estoy —añadió, y
pidió la cuenta al dueño.
Tras alquilar dos jamelgos, cabalgamos hasta la villa Spada sin decir palabra. Yo me
caía de sueño, mientras Buvat se quejaba de mareos, que atribuía a la temprana hora
en que el abate lo había levantado. A mí me sorprendía sentirme tan rendido; quizá
los acontecimientos del día anterior habían sido demasiado para mí. Ya no era el
fresco muchachito de antaño. Apenas tuve fuerzas para despedirme de Buvat con una
pequeña reverencia, tras lo cual monté en mi mula y me dejé llevar hasta mi casita.
Sabía que no encontraría a Cloridia. Aquel dichoso parto se hacía esperar. Tumbado
de espaldas en la cama y, cuando ya me vencía el sueño, me reconfortó la idea de que
nos veríamos esa noche en la villa Spada: se esperaba la llegada de la princesa de
Forano, invitada a la fiesta, y, como se hallaba en avanzado estado de gestación, se
había requerido por mayor seguridad la presencia de Cloridia. Y así me quedé
dormido.
Me despertaron de una manera inesperada y desagradable, por no decir más. Fuerzas
hostiles y poderosas me zarandeaban, acompañadas de una voz tronante, perentoria e
insistente. Vano hubiese sido todo intento de regresar al inmaterial universo de los
sueños y de oponerse a los indeseables apremios mundanos.
—¡Despertad, despertad, os lo ruego!
Abrí los ojos, que enseguida hirió dolorosamente la luz solar. Tenía una jaqueca
insoportable, la más fuerte que había sufrido jamás. Un mensajero de la villa Spada,
que reconocí a duras penas por el dolor de cabeza y lo que me costaba mantener los
ojos abiertos, me sacudía un hombro.
—¿Qué hacéis aquí… y cómo habéis podido entrar? —pregunté débilmente.
—He venido a entregaros una nota de parte del abate Melani y he encontrado la
puerta abierta. ¿Os sentís bien?
—Más o menos… ¿La puerta estaba abierta?
—Mi intención era llamar, creedme —afirmó el mensajero con la deferencia que
creía me debía como destinatario de una nota de un huésped tan importante como el
abate Melani—, pero me he permitido entrar para asegurarme de que no os había pasado nada. Diría que os han robado.
Miré alrededor. La habitación donde había dormido parecía uno auténtica leonera.
Ropas, mantas, muebles, zapatos, rejilla, orinal nocturno, los instrumentos para el
parto de Cloridia y hasta el crucifijo que normalmente colgaba encima del tálamo
conyugal estaban diseminados por todas partes, de la cama al suelo. Había un vaso
hecho añicos junto a la puerta.
—¿No notasteis nada al llegar?
—No, yo… Creo que todo estaba en orden…
—Entonces ha pasado mientras dormíais. Eso sí, debíais de tener un sueño muy
profundo. ¿Queréis que os ayude a poner las cosas en su sitio?
—No; no os molestéis. ¿Dónde está la nota?
Tan pronto como el mensajero se hubo marchado, intenté sobreponerme a la
consternación poniendo un poco de orden, mas no conseguí sino aumentar mi
desconcierto y desasosiego. También en las otras habitaciones —en la cocina, en la
despensa y hasta en la bodega— lo habían revuelto todo salvajemente. Alguien había
entrado en casa mientras dormía y escudriñado en todos los rincones en busca de algo
valioso. Peor para ellos, me dije; los únicos objetos de valor estaban enterrados
debajo de un árbol cuya ubicación sólo conocíamos mi esposa y yo. De hecho,
después de una media hora larga, comprobé que no faltaba nada importante. Me senté
en la cama, todavía atormentado por la jaqueca y la debilidad.
Habían entrado en mi casa en pleno día, me repetí. ¿Había notado algo a mi
llegada? A decir verdad, lo único que recordaba era que me moría de sueño. De
pronto, aún medio obnubilado, caí en la cuenta de que no había leído la nota que me
había mandado Atto. La abrí y me quedé boquiabierto:
Buvat narcotizado y robado.
Ven a verme de inmediato.
—No cabe duda, a los dos os han drogado —dijo el abate Melani recorriendo
nerviosamente de arriba abajo su aposento en la villa Spada.
Buvat estaba sentado en un rincón, ojeroso, tan alelado que incluso parecía
incapaz de bostezar.
—Es imposible que no hayas oído a los ladrones mientras te ponían toda la casa
patas arriba —continuó Atto dirigiéndose a mí—, y que Buvat no haya notado que lo
levantaban del colchón, lo tendían en el suelo, hurgaban entre sus mantas y lo
despojaban de todo, dinero incluido, dejándolo medio desnudo. No, todo eso es
imposible sin la ayudo de un poderoso somnífero.
Buvat asintió tímidamente, sin ocultar el sentimiento de culpa y la vergüenza por lo que le había pasado. De modo que también él, al volver de nuestra misión en la
ciudad, se había quedado dormido como un tronco. El abate tenía razón: nos habían
drogado.
—Pero ¿cómo lo han hecho? —bramó Melani.
Crucé con Buvat una mirada inexpresiva y cansada; no teníamos la más remota
idea.
—¿Nadie ha intentado entrar en vuestros aposentos? —pregunté a Atto
—No. Tal vez porque yo, en vez de ir por las tabernas —recalcó con gesto
elocuente—, he estado despierto trabajando.
—Pero ¿no habéis oído nada?
—Nada de nada, y eso es lo más raro. Había, claro está, atrancado la puerta que
comunica mi habitación con la de Buvat. De todos modos, quien lo haya hecho tiene
que ser un auténtico mago.
—Es posible que Sfasciamonti no hubiese regresado aún —dije—, pero los otros
esbirros de la villa tienen que haber visto…
—Los esbirros, los esbirros… [1] —canturreó el abate nerviosamente—. Ésos sólo
saben beber y disipar en los burdeles. Seguro que dejaron entrar a cualquier fulana
que, después de brindarse a los guardias, ayudó a los ladrones. Ya se sabe cómo son
estas cosas.
—Todo es muy extraño —observé—. Pasa esto pocas horas después de la funesta
agresión al encuadernador. ¿Habrá alguna relación entre los dos hechos?
—¡Dios santo, ojalá no! —susurró Buvat, que no tenía el menor deseo de ser el
causante, aunque sólo fuese indirecto, de una muerte.
—Es indudable que buscaban algo que podía tener alguno de vosotros dos —
afirmó Atto—. Lo demuestra el hecho de que éstas son las únicas estancias del casino
que les han interesado. He interrogado discretamente a la servidumbre, pero ningún
criado sabía nada; nadir los ha molestado.
—Hay que avisar enseguida a don Paschatio Melchiorri —exclamé.
—De eso nada —me detuvo Atto—. Al menos hasta que tengamos las ideas más
claras sobre este asunto.
—Pero ¡alguien ha entrado en el casino! ¡Todos podríamos correr peligro! Y es
mi deber informar a mi amo, el cardenal Spada…
—Claro, así alarmarías a todo el mundo, los invitados se quejarían del servicio de
orden de la villa y se marcharían. Y adiós a los festejos nupciales. ¿Es eso lo que
quieres?
El abate estaba tan acostumbrado a tener mala conciencia que le daba lo mismo
ser la víctima en los casos oscuros, como el presente; de todos modos, temía tener
algo que ocultar y siempre optaba por el secreto. Hube, con todo, de reconocer que
sus objeciones estaban bastante fundadas; no me atrevía siquiera a imaginar que pudiese malograr los himeneos del cardenal Fabrizio. Así pues, me resigné a
complacer al abate.
—¿Qué debían de buscar? —pregunté cambiando de tema.
—Si no lo sabéis vosotros, yo menos. Es obvio que el objetivo de los ladrones
guarda también relación conmigo, porque soy el único que os conoce a los dos. Pero
ahora…
—¿Sí?
—Tengo que reflexionar, y mucho. Mientras, vayamos por orden. Hay que
despejar otras incógnitas cuya solución tal vez nos lleve a aclarar el resto. Tú, chico,
vas a venir conmigo.
—¿Adónde?
—A bordo, como te había prometido.
Después de pasar rápidamente por las cocinas para recoger algo que echarnos al
coleto, dejamos la villa Spada con la mayor discreción. Evitamos la alameda de
entrada atajando por el viñedo y ganamos la verja sin que nadie nos viese.
Mientras avanzábamos por aquel sendero irregular y nos embarrábamos los
zapatos, Atto debió de sentir en la nuca el aliento caliente de mi curiosidad.
—Bien, se trata sencillamente de lo siguiente —dijo sin más preámbulos—. Tu
amo debe subir a bordo de algo en compañía de Spinola di San Cesareo y de un tal A.
—Lo recuerdo perfectamente.
—En contra de lo que puedas pensar, lo primero que hay que averiguar no es
dónde van a reunirse, sino quiénes participan en el encuentro.
—Es decir, quién es A.
—Exactamente. Sólo si se conocen la condición y las prerrogativas de los que
participan en una reunión secreta, puede descubrirse el sitio donde tendrá lugar. Si es
entre un príncipe y dos simples burgueses, se celebrará en las heredades del príncipe,
que lógicamente no puede incomodarse por dos inferiores; si es entre dos ladrones y
un hombre honrado, a buen seguro se llevará a cabo en un sitio elegido por los
ladrones, que están acostumbrados a los conciliábulos secretos, y así sucesivamente.
—Ya entiendo —dije con una punta de impaciencia, mientras a duras penas nos
abríamos camino por el lodazal.
—Pues bien, tenemos dos cardenales. Uno informa al otro y le dice que él en
persona avisará al tercero. Se trata seguramente de uno de sus pares, pues de lo
contrario tu amo se habría expresado en otros términos en la nota, en éstos, por
ejemplo: «Nos vemos mañana a bordo; también estará A.», para subrayar que el
tercer personaje no es de su rango. Pero la nota reza: «Yo aviso a A.», ¿no es así?
—Así es —confirmé, al tiempo que salíamos a hurtadillas de la verja de la villa.
—Es como decir: esta vez le aviso yo, tú no te preocupes. En pocas palabras, ese mensaje me hace pensar que entre los tres hay, o podría haber, relaciones frecuentes,
familiares, habituales.
—Conforme. ¿Luego?
—Luego, tenemos un tercer cardenal.
—¿Estáis seguro?
—En absoluto, pero es el único indicio que tenemos. Ahora mira esto.
Por suerte, nos hallábamos lo bastante lejos de la villa para que no pudiesen
vernos sus ocupantes. Con un gesto muy rápido extrajo de su bolsillo una hoja medio
ajada, doblada por la mitad. La desplegó.
Acciaioli
Albani
Altieri
Archinto
Astalli
Barbarigo
Barberini
Bichi
Boncompagni
Borgia
Cantelmi
Carpegna
Cenci
Colloredo
Cornaro
Costaguti
…
—Pues bien, ahora te pregunto: ¿cuántos apellidos de cardenales empiezan por la
letra A?
—Don Atto, ¿qué me estáis mostrando? —pregunté, inquieto por aquel extraño
documento. ¿Pretendía Melani mezclarme en algún asunto de espionaje?
—Lee y punto. Son los cardenales que elegirán al próximo Pontífice. ¿Cuáles
empiezan por la A?
—Acciaioli, Albani, Altieri, Archinto y Astalli —leí en las primeras líneas.
Acto seguido dobló la hoja y la guardó en el mismo bolsillo del que la había
sacado, mientras reanudábamos la marcha.
Ya casi habíamos llegado a la puerta San Pancrazio, por la que se sale de la ciudad a la via Aurelia, que lleva al este. Atto echó un rápido vistazo en derredor,
pues no quería levantar sospechas. El documento que llevaba podía acarrearle una
acusación de espionaje, lo que tendría terribles consecuencias.
—Vamos a ver —dijo con una sonrisa, como si estuviésemos hablando de
cualquier vanidad.
Comprendí que estaba relajando los músculos de la cara para el inminente
encuentro con los guardias de la puerta San Pancrazio. Yo aún no sabía adónde
íbamos, pero era evidente que Atto había elegido un camino que pasaba
necesariamente por esa puerta.
—Astalli es legado pontificio en Ferrara —prosiguió—. Ahora no está en Roma,
y aquí sólo tiene un motivo para venir: el cónclave. Archinto está en Milán,
demasiado lejos para acudir a la fiesta de tu amo. Acciaioli, el primero de la lista, no
es, hasta donde yo sé, buen amigo de los Spada.
—Sólo quedan, pues, Altieri y Albani.
—Así es. Altieri encaja perfectamente en nuestras suposiciones, ya que, al igual
que Spada, forma parte del grupo de los cardenales nombrados por el papa Clemente
X, de feliz memoria. Sin embargo, Albani encaja aún mejor por una cuestión de
equilibrios políticos.
—¿Qué queréis decir?
—Es muy sencillo: si tres cardenales se reúnen en secreto es porque representan a
tres facciones distintas. Pues bien, Spinola, a entender de muchos, respalda al
Imperio. Spada, en cambio, dada su condición de secretario de Estado de un Papa
napolitano, sería afín a España. Por su parte, Albani pasa por ser amigo de Francia.
En resumidas cuentas, tenemos un pequeño sínodo de preparación para el cónclave.
Por eso tu amo está tan nervioso estos días: su bronca al gentilhombre de la casa, su
aire alterado y afligido.
—Sé por una lechera que el cardenal Spada visita mucho a embajadores y
cardenales por algo que tiene que ver con un breve papal —dije, sorprendido de
poseer informaciones interesantes, a las que sin embargo aún no había sabido sacar
provecho.
—¡Estupendo! ¿Me equivoco, o Albani es secretario para los breves? —concluyó
Atto satisfecho.
Atto estaba en lo cierto; yo mismo se lo había oído decir a dos damas durante la
cena de la víspera.
En ese momento dejamos de hablar. Habíamos llegado ante los guardias que
custodiaban la puerta San Pancrazio. Yo vivía justo a extramuros y la cruzaba a diario
en un sentido o en otro, de modo que los guardias me conocían de sobra. Ir en
compañía de un caballero constituía una ventaja añadida, de forma que nos dejaron
pasar sin el menor problema.
—Aún no me habéis dicho adónde vamos —observé, aunque empezaba a
formarme una idea en los meandros de mi fantasía.
—Verás, nuestros tres cardenales quizá celebren su conciliábulo a bordo de una
embarcación. ¿En el Tíber, por ejemplo?
—No parece muy verosímil.
—Yo creo que sí, en la medida en que su intención es ocultarse de miradas
indiscretas. No obstante, disponen de un lugar mucho más cómodo y seco, y además
a dos pasos de la villa Spada. Ya casi hemos llegado. A lo mejor has oído hablar de
él: se llama el Navío.
Tras todas las deducciones de Atto, era el nombre que yo esperaba.
—Lo conozco perfectamente —repuse—. Paso por ahí todos los días de camino
hacia la villa Spada, pero, de no ser por vos, jamás se me habría ocurrido pensar que
podría ser el lugar de encuentro de tres cardenales —admití—. Ahora entiendo que la
expresión «a bordo» no era más que un juego de palabras…
Atto apretó el paso, acogiendo con una sonrisa muda mi diplomática declaración
de inferioridad.
—El lugar —continuó— es francamente singular. Como quizá sepas, está
estrechamente vinculado a Francia, circunstancia que hace todavía más interesante el
encuentro entre Spinola y tu amo Spada: un cardenal de la facción española y un
cardenal amigo del Imperio se citan clandestinamente en terreno francés…
—En suma, es una reunión para elegir al próximo Papa. Si además resulta que el
tercero es Albani, pro francés, Francia vendría a ser la anfitriona.
—Ahora sólo echaremos una ojeada —dijo—. Seguramente el encuentro ha
tenido lugar al amanecer, hora de las maquinaciones ocultas, de modo que ya habrá
terminado todo. De todos modos, podremos recabar datos interesantes. Además…
—¿Además?
—Una coincidencia enormemente extraña. En el Navío se guarda algo muy
singular. Objetos que… bueno, es una vieja historia que te contaré tarde o temprano.
Justo cuando Atto pronunciaba estas últimas palabras, llegamos a nuestro destino.
Tuve, pues, que dejar para más tarde todas las aclaraciones.
El sitio al que nos aprestábamos a entrar, que distaba muy poco de mi morada rural y
que iba a desempeñar un papel muy importante en los hechos que aquí contaré, era
conocido por todo el mundo, pero contadísimas personas lo habían visitado.
Se llamaba villa Benedetta, por un tal Benedetti, de quien solamente sabía que
décadas atrás había hecho construir aquel edificio con fasto y pompa. Por su peculiar
forma, similar a un velero, los lugareños le daban también el nombre de villa del Navío o, más sencillamente, el Navío.
Ya he dicho que todo el mundo lo conocía, y no sólo en la zona. La villa, en
efecto, gozaba de una fama por demás inusual. A la muerte de su constructor, unos
diez años antes, había heredado el palacio y su jardín un pariente del cardenal
Mazzarino, que sin embargo jamás había ido a la villa, con lo que se convirtió en un
lugar olvidado. Pero no abandonado: cuando anochecía, se vislumbraban luces; de
día, sombras de personas; desde la calle se oían acordes musicales, ruido de pasos,
risas bajas. El murmullo suave de una fuente sonaba sin pausa, y en la grava del
patio, los pasos presurosos de algún lacayo.