Secretum

Monaldi · Capítulo 5 de 22 · parte 1/3

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Secretum

Tercera Jornada

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

 

9 DE JULIO DE 1700

 

Era un canto purísimo y leve, del que, puesto que ignoraba su procedencia, sólo sé

decir que no estaba en sitio alguno y me rodeaba por todas partes.

Hablaba de inocencia, de tímidas novicias de mejillas sonrosadas, de ermitas

remotas y soleadas. Era una tierna salmodia, que deleitaba los oídos, mientras

saboreaba mi nueva condición.

Finalmente comprendí: se trataba del canto de una hermandad en peregrinación a

Roma para el jubileo. Hombres y mujeres que componían una mezcla sublime de

voces dulces y robustas, argentinas y estentóreas, masculinas y femeninas; levantados

a la salida del sol, modulaban una canción de agradecimiento al Señor, mientras se

dirigían a visitar las cuatro basílicas para obtener el perdón de sus pecados.

El rectángulo de cielo azul del que había caído seguía en lo alto, cristalino e

inmóvil.

Estaba muerto y vivo al mismo tiempo. Tenía los ojos llenos del azul de aquel

rectángulo, pero no veía. El cielo goteaba de mis pupilas como lágrimas de ángeles.

Sólo la música, sólo aquel coro de devotos me retenía, como si pudiera mantenerme

con vida.

Las últimas impresiones de mis sentidos (la caída, las paredes del patio que me

devoran, el aire que presiona contra mi espalda) habían sido barridas por aquella

santa melodía.

 

Otras voces indistintas se entrelazaron y se propagaron en un oculto contrapunto.

Entonces, al cobrar conciencia de estar rodeado de otros seres, rompí la débil

cáscara de mi sopor.

Como un nuevo Lucifer caído del Paraíso, advertía que un humo siniestro y

caliente me rodeaba los miembros y me hundía en el viscoso vientre de los Infiernos.

—Saquémoslo de allí —dijo una de las voces.

Traté de mover un brazo o una pierna, si aún los tenía. Conseguí levantar un pie.

Pero un suceso tan esperanzador se mezcló con una sensación inesperada.

—¡Qué peste! —dijo una voz.

—Levantémoslo entre los dos.

—¡Le debe la vida a la mierda, ja, ja!

No estaba muerto ni me había estrellado contra el duro suelo del patio, y tampoco me había hundido en los Infiernos; me estaban sacando de un carro de caliente y

humeante estiércol.

Como a continuación me explicó Sfasciamonti mientras me quitaba de la espalda

algunas boñigas, había terminado mi carrera sobre una colosal montaña de bosta

fresca que un campesino había dejado ahí durante la noche con la intención de

venderla a la mañana siguiente, como abono, al superintendente de la villa Peretti.

Así pues, por puro milagro no me había partido el cuello. Pero, una vez en el

asqueroso cúmulo de excrementos, me había desvanecido y quedado como muerto.

Quienes se habían reunido alrededor de mí estaban preocupados; alguno se había

hecho la señal de la cruz. Sin embargo, justo cuando pasaba la cofradía de los

peregrinos, yo había movido la cabeza y agitado los párpados.

—Es el designio del Señor —comentó un vejete—. La plegaria de la cofradía lo

ha resucitado.

Arriba Sfasciamonti, distraído por la caída y alarmado por mi suerte, había dejado

escapar a nuestro hombre, que, para no enfrentarse a la amenazadora mole del

esbirro, había saltado intrépidamente a un tejado próximo y continuado su huida por

las terrazas circundantes. La corpulencia de mi compañero, por cuya causa podía

desfondar alguna claraboya, lo indujo a renunciar a darle caza. Cuando bajó, me sacó

del carro de estiércol con la ayuda de un hortelano, que había llegado al lugar para

colocar su mercancía en el cercano mercado de campo di Fiore, que ya se disponía a

abrir.

 

—Es un maldito enredo —dijo Sfasciamonti, mientras me conducía a la tienda de un

ropavejero de las inmediaciones para que me hiciese con ropa limpia—. Esto es lo

que llevaba el Llaverista. ¡Y no es un catalejo, pardiez!

Extrajo de un trapo grisáceo el artilugio que le había visto blandir victoriosamente

media hora antes, cuando apareció en la terraza, en los indelebles instantes en que un

cuchillo me oprimía las entrañas.

El instrumento, sometido a dura prueba por las vicisitudes de la noche, no era

ahora más que un montón de chatarra retorcida, en la que apenas se distinguía la

forma de un microscopio. Sólo quedaban la base, un cilindro vertical y un perno de

unión. Dentro del trapo había además fragmentos de vidrio (que verosímilmente

habían pertenecido a las lentes), tres o cuatro tornillos, una ruedecilla dentada y una

tira de metal medio abollada.

—Seguramente ha ocurrido lo siguiente —dijo Sfasciamonti entrando en la tienda

del ropavejero—. Lo robaron hace poco. Hoy me informaré de si algún esbirro sabe

algo. El propio Llaverista dio el golpe, o puede que comprara el botín a otro ladrón.

Cuando llamamos a su puerta, tergiversó nuestra explicación confundiendo el catalejo

con este trabuscopio.

—Microscopio —corregí.

—Bueno, lo que sea. Entonces salió de casa y fue a la piazza Navona. Buscaba a

algún cerretano —afirmó el esbirro. Tras hacer una seña al comerciante, me condujo

al patio interior para que me refrescara en una fuente.

—¿Por qué?

—Ya has oído al Maltés. El Llaverista trabaja para el Tudesco, y el Tudesco,

como te he dicho, con los cerretanos —respondió indicando con la cabeza hacia la

terraza que daba a campo di Fiori—. El trabuscopio estaba destinado al Tudesco. De

noche, en la piazza Navona duermen muchos mendigos auténticos, pero también

muchos cerretanos. El Llaverista fue a ver a uno de éstos.

—¡El que ha estado a punto de matarme! —exclamé recordando el alarido de

Sfasciamonti cuando supo que no se trataba del Llaverista.

—En efecto. Se encontraron detrás de la fuente, pero el cerretano nos oyó y echó

a correr. Lo seguimos creyendo que era el Llaverista, a quien conozco bien y que

tiene un aspecto muy distinto: es alto, rubio y con la nariz rota. No es tuerto, como

me parece que era el mostrenco al que hemos perseguido.

Había arriesgado la vida por nada, pues, pensé mientras me quitaba las ropas

sucias y me lavaba someramente. Dónde estaría el catalejo de Atto, no digamos sus

papeles. Aunque el abono fuera fresco y blando, pues estaba mezclado con paja, aún

tenía los huesos doloridos por la caída.

Una duda me carcomía. El Maltés ignoraba qué era un catalejo, y probablemente

también un microscopio, objeto aún más inusitado. Tampoco el Llaverista sabía qué

eran y cómo se llamaban los dos aparatos, hasta el punto de confundir uno con otro.

—¿Cómo sabíais que se trataba de un microscopio? —pregunté al esbirro

señalando el hatillo donde guardaba los restos del artilugio.

—Qué pregunta. Está escrito.

Abrió el hatillo y me enseñó la base de madera, donde figuraba una plaquita

metálica dentro de un gracioso marco.

 

MACROSCOPIUM HOC

 

JOHANNES VANDEHARIUS

 

FECIT

 

AMSTELODAMII MDCLXXXIII

 

—«Microscopio que hizo en Amsterdam, en mil seiscientos ochenta y tres,

Giovanni Vandeario» —traduje.

Sfasciamonti tenía razón, estaba escrito. Y, aunque toscamente, había sido capaz

de comprender esas palabras en latín.

—Alguien tendría que explicarme cómo se dispara con un objeto como este

dichoso trabuscopio, que tiene los cañones llenos de vidrio —farfulló para sí, incapaz

de resignarse a la idea de que el instrumento no fuera también un arma.

Volvió a entrar en la tienda del ropavejero, de la que salió poco después con un

paño, una camisa y un par de pantalones viejos pero limpios para mí.

Mientras me secaba con el paño y me vestía, aún desconcertado por la

irrefrenable sucesión de los acontecimientos, así como por las pruebas físicas que

había tenido que soportar, me acordé de contar a mi compañero cómo había intentado

sacar de quicio al cerretano advirtiéndole que el Tudesco le daría muerte, y la extraña

respuesta que había oído como por milagro cuando caía desde la terraza. El esbirro

puso los ojos en blanco.

—«El Tudesco te matará…» ¡Has perdido el seso!

—¿Por qué? Sólo pretendía salvar mi vida.

—Sí, maldición, pero le has dicho a un cómplice del Tudesco que su jefe lo va a

eliminar, en fin… ¡El Tudesco es peligroso! Menos mal que, como dices, lo hiciste

por salvar tu vida.

—Por eso precisamente me gustaría saber qué me respondió el cerretano. Quizá

me amenazara con venir a buscarme.

—¿Qué te dijo exactamente?

—No lo entendí, era una frase sin sentido.

—¿Lo ves? Era un cerretano. Te habló en jacarandana.

—¿En qué?

—En jacarandana.

—¿Qué es? ¿Su jerga?

—Oh, mucho más que eso. Es una verdadera lengua. Sólo la conocen los

cerretanos, es invención suya. Les permite hablar delante de los extraños sin que les

entiendan, pero la usan también los ladrones y los pordioseros de todo tipo.

—Entiendo. Sé que los malhechores, para advertir que llega la policía, dicen

«Viene la Virgen» o «Llueve».

—Sí, pero ésas son cosas que sabe todo el mundo, como que «dátil» quiere decir

azote, que «pines» son dineros o que «delito de cordel» significa tormento. Pero hay

otras más difíciles. ¿Qué te dice la frase «El jorobado no tiene espiga del primero de

mayo»?

—Absolutamente nada.

—Claro, porque ignoras que en su jerga «jorobado» significa yo; «espiga»,

miedo, y «primero de mayo», Dios.

—O sea, «Yo no temo a Dios» —dije asombrado por la oscuridad de aquella breve proposición, que parecía tan adecuada a un cerretano.

—No es más que un ejemplo. Yo lo conozco gracias a que los esbirros acabamos

aprendiendo algo. Pero siempre es poco. El cerretano te dijo una palabra

incomprensible, ¿verdad?

—Si no recuerdo mal, algo así como tresmientitis, tresmientetis o tresmientrestes.

—Debe de ser otra clase de jacarandana. No me suena de nada, nunca la había

oído. Los muy miserables emplean a veces palabras corrientes, que embarullan,

jerigonzan, retuercen, con un método secreto que muy pocos conocen —afirmó, al

tiempo que entrelazaba, atormentaba y doblaba unos dedos con otros para explicarse

mejor—, y no se entiende ni jota.

—Entonces, ¿cómo diantres vamos a saber qué me dijo el cerretano? No tenemos

forma de continuar las pesquisas para encontrar los papeles del abate Melani —dije

sin disimular mi decepción.

—Es menester tener paciencia. Además, no es como dices. Ahora al menos

sabemos que alguien recoge estos extraños instrumentos con los que se ve grande y

pequeño, trabuscopios, catalejos et cetera, y que también es un apasionado de las

reliquias. Podemos buscar al Llaverista, pero ya habrá cambiado de paradero. Es un

tipo peligroso, así que más vale alejarse de él. El rastro que tenemos que seguir es el

de los cerretanos.

—¡No me parece menos peligroso!

—Es verdad, pero nos llevará directamente al Tudesco.

—¿Creéis que él robó los papeles del abate Melani?

—Creo en los hechos. Es la única pista que tenemos.

—¿Tenéis idea de cómo continuar?

—Desde luego, pero habrá que esperar a mañana por la noche. Hay cosas que no

se pueden hacer de día.

 

Llegamos al sitio donde habíamos dejado los caballos. Nos separamos; también esta

vez, Sfasciamonti debía hacer unos recados para su madre. Como me hallaba aún

bajo los efectos de la desagradable aventura, el esbirro estimó más seguro que

regresara a la villa Spada a pie; él se ocuparía de devolver ambas cabalgaduras.

Todavía maloliente y debilitado, pero al menos presentable, me encaminé hacia la

puerta San Pancrazio. A aquella hora temprana la ciudad ya estaba repleta de

peregrinos, vendedores ambulantes, mozos, criadas, sablistas, holgazanes y

comerciantes. En todas las callejuelas sonaban cantos de lavanderas, gritos de niños,

ladridos de perros vagabundos, además de las imprecaciones de los cocheros cuando

algún tambaleante carrito de quesos cortaba el camino a su carruaje. En los mercados

de barrio, gran teatro en que la ciudad de Pedro renueva cada día sus ritos, el festivo

caos de la mañana se convertía en espectáculo: el hábito negro y revoloteante de un protonotario apostólico hacía de telón al verde de los cogollos de lechuga, el manto

negruzco de un clérigo trataba de desplazar del centro de la escena al naranja de las

zanahorias frescas, los ojos perplejos de los lenguados escrutaban desde los puestos

de pescado la eterna comedia humana.

Estaba en los alrededores de la via Giulia, inmerso en esa mezcolanza de gente,

mercancías y vehículos, cuando topé con una aglomeración aún más nutrida. Procuré

abrirme paso, con la intención de salir de ahí. Pronto, sin embargo, tuve que

detenerme y acabé estirando el cuello para ver de qué se trataba. En el centro del

corro había un tipejo de aviesa catadura, con el pelo recogido en una larga coleta y el

torso desnudo. Sobre el pecho tenía una gran marca azulada en forma de áspid. Mas

era en el cuello donde se le agitaba, viscosa y desleal, una auténtica serpiente. El

público observaba sus evoluciones fascinado y asustado. El joven empezó a farfullar

una especie de nana; la culebra se retorcía rítmicamente siguiendo la entonación y el

compás de la cantinela, lo que suscitaba la admiración y el estupor de los

espectadores. De vez en cuando el histrión se interrumpía y pronunciaba en voz baja

algún arcano vocablo, que tenía el poder de detener las contorsiones del reptil; éste se

paraba repentinamente, tenso y rígido, y sólo volvía a la vida cuando se reanudaba la

cantinela. De pronto el joven aferró la cabeza del animal y metió un dedo en su boca,

que se cerró velozmente; lo mantuvo dentro unos instantes y luego lo retiró. A

continuación distribuyó vasitos llenos de un ungüento rojizo que, según explicó, era

tierra de serpiente, un antídoto perfectísimo con que derrotar al veneno en caso de

mordedura y que no causa el menor sufrimiento. La gente echaba muchos óbolos en

el sombrero de paja que el sujeto tenía a sus pies.

Miré con expresión interrogativa a mi vecino, un muchacho que llevaba una gran

hogaza de pan.

—Es un sampaulista —dijo.

—¿Un sampaulista?

—Un día, san Pablo concedió la gracia a una familia prometiéndole que todos sus

miembros y descendientes nunca tendrían que temer al veneno de las serpientes. Para

distinguirse de los demás, los descendientes de esa familia nacen con una marca de

serpiente en el cuerpo y se llaman sampaulistas.

Detrás de nosotros, un vejete se entrometió.

—¡Patrañas! —exclamó—. Cogen las serpientes en invierno, cuando tienen poca

fuerza y casi nada de veneno. Las purgan y las tienen en ayunas; así se vuelven

exangües y obedientes.

Las palabras del vejete se oyeron claramente en el grupo que rodeaba al

sampaulista; algunas cabezas se volvieron.

—Conozco sus trucos —continuó el anciano—. Él mismo se ha hecho la marca

en forma de serpiente que tiene en el pecho pinchándose en varios puntos con una aguja delgadísima y luego frotándose en la piel un mejunje de hollín y jugo de

hierbas.

Otras cabezas, ajenas al espectáculo, se volvieron hacia el vejete. En ese preciso

instante se oyó exclamar:

—¡Mi faltriquera! ¡No la tengo! ¡Me la han cortado!

Una mujer pequeña, que hasta aquel momento había observado como embelesada

al sampaulista, despotricaba con desesperación. Alguien le había cortado el

cordoncillo que llevaba en bandolera y robado la faltriquera de cuero con todo el

dinero para la jornada. Los presentes se transformaron en un magma incontrolable,

donde todos se retorcían para cerciorarse de que no les faltaba nada (faltriquera,

collar o broche).

—Lo sabía —dijo el vejete con una risa sarcástica—. El amigo del sampaulista se

ha salido con la suya.

Me volví hacia el que hasta entonces había captado nuestra atención.

Aprovechando la confusión general, el sampaulista (si de verdad merecía ese

nombre) había desaparecido.

—En compañía de su cómplice, claro está —añadió el anciano.

 

Al reanudar mi camino, el humor se me ensombreció. Yo tampoco me había

percatado de que la atracción de la serpiente no era más que una manera de engatusar

a víctimas ignorantes, a las que un cómplice del sampaulista tenía la misión de hurtar

su dinero. Aquellos dos eran unos auténticos virtuosos del robo, pensé; en cuanto la

cosa se había puesto fea, se habían desvanecido como nieve bajo el sol. ¿Y si eran

cerretanos? Sfasciamonti había dicho que todo cerretano se disfraza de mendigo y

que mendigar es el oficio más lucrativo del mundo. ¿Quería decir que todo mendigo

es casi con seguridad un cerretano? Si era así, la perspectiva resultaba horripilante:

sin saberlo, durante años había dado limosna a un ejército de criminales que tenían a

la ciudad en un puño.

Abandoné tales consideraciones, que me parecían todavía demasiado fantasiosas,

y volví a pensar en mi caída y en la muerte atroz a que me había expuesto. ¿Qué me

había salvado la vida? ¿La plegaria de los peregrinos en procesión o el carro de

abono? Sin duda, el estiércol había sido el artífice más inmediato de mi salvación.

¿Era, pues, deudor del azar? Sin embargo, había abierto los ojos justo cuando pasaba

la procesión de los peregrinos, ante cuyos cantos me había milagrosamente

despertado. El pavor a la caída habría podido matarme, pero no lo hizo. ¿Se había

irradiado, pues, sobre mí la gracia en virtud de los inocentes votos de amor y caridad

de aquel cortejo de fieles venidos de lejos?

Pero ¿cuán eficaces eran esos votos? En la intención de los fieles, a no dudar eran

inocentes y rebosaban de ardor, razoné. Ahora bien, me dije mientras pasaba bajo una sórdida y cara pensión para peregrinos, que según sabía pertenecía a un cardenal, tras

esas plegarias había algo más, quizá no tan inocente y puro: la organización misma

del jubileo.

Yo sabía perfectamente (como todo el mundo) que en el año del Señor de 1300 el

papa Bonifacio VIII había inaugurado la solemne festividad del año santo con las

mejores intenciones. Inspirándose en la noble costumbre de los Pontífices de los

tiempos antiguos, que concedían cada cien años a los creyentes el perdón pleno y

universal de los pecados, siempre que visitaran la basílica de San Pedro en el

Vaticano, el papa Bonifacio VIII instituyó oficialmente el año jubilar propiamente

dicho, añadiendo sólo una obligación más a las ya existentes, esto es, la peregrinación

a la basílica de San Pablo, que los fieles debían hacer en unos días determinados.

La novedad se difundió a la velocidad del rayo por toda la cristiandad y atravesó

el corazón de los fieles de todas partes como si la hubiesen anunciado los propios

ángeles del Paraíso con sus trompetas. El éxito fue colosal. En aquel año de 1300, a la

Ciudad Santa llegaron infinidad de romeros o peregrinos desde los pastizales de los

Apeninos, tras cruzar valles y gargantas, simas y barrancos, cumbres y altiplanicies,

ciudades y pueblos, ríos, mares y costas remotas, trayendo consigo, así para las

necesidades del viaje como para las de su estancia en Roma, una bolsa bien provista

de dinero; cosa que los Papas, y con ellos todos los romanos, juzgaban importante y

muy conveniente.

Para realizar el gran viaje, los romeros habían sacrificado a menudo sus bienes

más preciosos: los campesinos abandonaban los campos, los comerciantes

descuidaban sus negocios, los pastores vendían los rebaños y los pescadores, las

barcas. Pero no para pagarse el viaje (porque lo hacían a pie, como todo buen

peregrino de fe viva y pura), sino para conseguir en la urbe un camastro que costaba,

eso sí, un ojo de la cara. Ni se mentaba la posibilidad de dormir a la intemperie, pues,

cuando el desventurado peregrino no era víctima de carteristas y asesinos, los

guardias pontificios se encargaban de disuadirlo. Además, ¿por qué dormir en la

calle, cuando los mismos Papas habían aprestado estupendos alojamientos para

hospedarlos? Empero, aunque las cofradías y los hospicios hacían cuanto podían, las

camas escaseaban siempre. En el jubileo de 1650 se contaba que hasta la cuñada del

Papa, la poderosísima y denostada doña Olimpia, había comprado pensiones y fondas

para beneficiarse con la llegada de los romeros. Pero eran todos los romanos, en

verdad, los que disfrutaban de los efectos del santo acontecimiento. Conscientes de su

responsabilidad como anfitriones, se habían convertido de la noche a la mañana en

posaderos, porque sabían perfectamente que los albergues y los hospicios religiosos

no podían acoger el flujo de recién llegados. Cuando los pobres viajeros, extenuados

por las fatigas de la travesía, llegaban a la puerta de los habitantes de la Ciudad Santa

(como cuenta Buccio di Ranallo), se les recibía con sonrisas angelicales, atenciones e ilimitada misericordia. No obstante, cuando entraban en las habitaciones, la música

cambiaba y los ángeles se transformaban en perros feroces: trataban a los huéspedes

con rudeza, hacinaban a diez en una habitación (cuando no cabían más de tres o

cuatro), les daban sábanas sucias y almohadas hediondas, una comida asquerosa y

cara. Nadie podía dejar de albergar la sospecha de que el súbito aumento de los

precios de los alimentos era consecuencia de hábiles fraudes que retenían los víveres

lejos de la ciudad. Se atribuía la mala calidad de la comida a carnes y quesos

putrefactos, que según algunos (pero esto también era sólo una sospecha) se

mezclaban astutamente con los frescos.

Lo cierto es que los romeros creían que dormir al raso, sobre el duro suelo, era un

mérito que hacer valer en el momento del perdón de los pecados y se acurrucaban

humildemente por las calles de Roma. Pero en plena noche los despertaban con

rudeza los esbirros, que primero los apaleaban con saña por haber violado el decoro

de la ciudad y las disposiciones de orden público, y luego decían: «¿Sois peregrinos?

Pero ¿cómo se os ocurre dormir como mendigos? Hay una posada a dos pasos de

aquí.» Así los desdichados se veían obligados a alquilar a precios desorbitados un

cuarto en las pensiones de los parientes del Pontífice o de otros prelados.

Ocurrían episodios aún más vergonzosos. En efecto, había peregrinos a los que,

nada más llegar extenuados a las puertas de Roma, secuestraban a fuerza de golpes,

para llevarlos a trabajar forzados a sus campos, bandas de negreros que no los

liberaban, humillados y atontados por las fatigas, sino varios meses después.

Pero la fe, indiferente a estos pasajeros inconvenientes, desde hacía siglos seguía

atrayendo a la Ciudad Santa a los gloriosos ejércitos de creyentes, y con ellos grandes

sumas de dinero. Entre los ejemplos más antiguos, sabía que en el jubileo de 1350

había habido un millón doscientos mil peregrinos en Cuaresma y en Pascua, y

ochocientos mil en Pentecostés; en 1450, la cámara apostólica había recaudado cien

mil florines (festejados con la conversión de nada menos que cuarenta judíos y un

rabino). Y en 1650, apenas cincuenta años antes del jubileo que ahora se celebraba,

habían afluido setecientos mil peregrinos. La fiesta y el botín eran grandes para

todos; para los remendones que ponían suelas nuevas a los zapatos de los romeros,

para los posaderos que les daban de comer, para los vendedores de agua que

apagaban su sed y para todos los comerciantes que tenían algo que ofrecer: rosarios,

imágenes sagradas, escabeles, hierbas medicinales, vino, libros de plegarias, pan,

ropas, sombreros, reliquias auténticas de santos, plumas y papel, gacetas, guías de

Roma.

Según la voluntad de Bonifacio VIII, entre un jubileo y otro debían transcurrir

cien años. Este intervalo secular era la señal para todos los pecadores de que del

perdón y de la paciencia del Altísimo no puede ni debe abusarse.

Ahora bien, ante el éxito de la iniciativa y sus repercusiones económicas, el solemne plazo de cien años lo acortó enseguida a la mitad, es decir, a medio siglo, el

papa Clemente VI, que convocó la festividad siguiente para 1350 (aunque no acudió

a ella, pues a la sazón se encontraba en Aviñón, entonces sede del papado, mientras

Roma estaba ensangrentada por las luchas entre familias nobles, agotada por la peste

y convulsionada por los tumultos del facineroso plebeyo Cola di Rienzo).

El sucesor de Bonifacio IX redujo el intervalo a cuarenta años y convocó un

nuevo jubileo en 1390, y luego otro apenas diez años después, en 1400. Martín V

celebró otro en 1423, y Nicolás V hasta dos consecutivos, en 1450 y 1451.

Con mayor orden procedieron los Papas posteriores, que llevaron a veinticinco

los años de intervalo entre dos jubileos: Sixto IV en 1475, Alejandro VI en 1500 y

Clemente VII en 1525. Sin embargo, inmediatamente después Pablo III y Julio III

celebraron tres en un lapso de cuatro años.

El ritmo se aceleró aún más. Pío IV celebró durante su pontificado nada menos

que cuatro jubileos (dos de ellos en el mismo año); Clemente VIII, tres, y Pablo V

seis casi sin pausa: 1605, 1608, 1609, 1610, 1617 y 1619. Pero esto no es nada en

comparación con Urbano VIII, que en veinte años sumó nada menos que doce.

Dado el enorme éxito, los siguientes Papas no quisieron cambiar de rumbo:

Inocencio X convocó cinco jubileos en diez años, Alejandro VII otros cinco en nueve

años y Clemente IX logró acumular cuatro en dos años.

Por su parte, entre los Pontífices más recientes, si bien es verdad que Alejandro

VIII e Inocencio XI se habían limitado a convocar, respectivamente, uno y dos años

santos, Clemente X había acumulado tres seguidos (en 1670, 1672 y 1675) y el nuevo

Santo Padre, Inocencio XII, no había podido menos que celebrar cuatro en ocho años.

No siempre, todo hay que decirlo, las celebraciones extraordinarias atraían a Roma a

grandes multitudes de peregrinos. Además, la festividad, que en sus inicios seguía el

severo ciclo secular, progresivamente se vinculó a causas más contingentes, para gran

asombro de la posteridad y a veces de los propios contemporáneos.

A lo largo del tiempo ciertos jubileos extraordinarios se concibieron sólo para

algunas naciones o grupos (Perú, Armenia, India, los maronitas del Líbano, los

cristianos del Imperio etíope) que no suscitaban siempre en la comunidad de los

fieles, en especial italianos y europeos, sentimientos de fraternidad inmediata,

universal y entusiasta.

El Concilio de Trento, la lucha contra las herejías, el rescate de los prisioneros en

manos de los musulmanes, la paz entre Francia y España o (con mucha frecuencia) la

elección de un nuevo Papa habían constituido otras ocasiones (algunos las llamaban

maliciosamente pretextos) que no siempre tenían un carácter de absoluta urgencia y

gravedad.

Impresionaba que nada menos que nueve veces se hubiera convocado el año santo

a favor de las necesidades de la Iglesia, es decir, de sus arcas, y que precisamente con tal motivo Urbano VIII (acusado de haber disipado el dinero de la cámara apostólica)

había celebrado uno tras otro nada menos que cuatro (en 1628, 1629, 1631 y 1634).

Si bien se habían concedido a los fieles muchos jubileos, con justa razón, contra

el peligro musulmán, siempre vivo en Oriente, resultaban menos comprensibles los

apremios que en 1560 habían inducido al papa Pío IV a atribuir a las incursiones de

un pirata llamado Dragut la apertura del año santo extraordinario.

Sea como fuere, en cuatro siglos exactos, desde el primer jubileo de 1300 hasta el

inaugurado por Su Santidad el papa Inocencio XII en 1700, según los planes

originales del papa Bonifacio VIII habrían debido celebrarse cinco jubileos. El total,

en cambio, había llegado a treinta y nueve.

 

Entonces, sumido en la angustia y la duda, ya al final de mis reflexiones, me pregunté

si tamaña ligereza no acabaría debilitando o anulando incluso ante el Altísimo las

plegarias de los creyentes. Mi duda se veía reforzada por la idea de que el jubileo

atraía a gente deshonesta y fomentaba muchos tristes acontecimientos (robos, estafas,

atracos) como el que acababa de presenciar.

Pero ya era hora de que el sueño me permitiese suspender esos interrogantes.

Había llegado a casa. Me prometí que más tarde pediría aclaraciones a don Tibaldutio

Lucidi, el capellán de la villa Spada.

Tal como había previsto, Cloridia no estaba. Sin duda se había quedado en la villa

Spada para velar el embarazo de la princesa de Forano. Menos mal, pues habría

preferido morir a que me sorprendiese en aquel estado pestilente. Lo primero que

hice fue llenar la tinaja para el baño, y me sumergí por completo tratando de eliminar

el hedor que llevaba encima. Mientras me echaba en la cabeza un cubo tras otro de

agua, temblaba más por el recuerdo de los peligros corridos que por la gélida y

desagradable ablución. Cuando terminé de secarme, ya se había hecho de día. El astro

diurno, que resplandecía hermoso e implacable, despertaba los sentidos e invitaba a

los mortales a la acción.

Indiferente a aquel radiante reclamo, me arrastré hasta la cama, agotado, y ya casi

en duermevela recé a la Virgen para agradecerle que me hubiera salvado la vida.

Aún tenía las manos unidas cuando vi el billete.

La letra, algo temblorosa pero decidida, no dejaba lugar a dudas sobre su autor:

 

He estado toda la noche en vela. Espero tu informe.

 

Dediqué un último y airado pensamiento al abate Melani. Por su culpa había

estado a punto de estirar la pata, y para nada. ¿Quería noticias mías? Las tendría a su

debido tiempo, no antes.

Dormí más de dos horas, lo que obviamente no me permitió reponer las fuerzas, pero

sí al menos caminar, pensar y hablar.

Estaba casi dispuesto a no moverme de casa hasta que alguien viniera a llamarme,

desafiando tanto la cólera de don Paschatio como la del abate Melani, cuando de

pronto, como un azote en la espalda desnuda, un recuerdo me sacó de mi sopor: ¡era

el gran día, el de la boda del sobrino del cardenal Spada!

Cuando llegué a la villa, el aire estaba preñado de jubiloso frenesí. Los peones,

los mozos, los lacayos y los pinches no eran los únicos que rondaban atareados por

las alamedas, los jardines y el casino. Había además un montón variopinto y jocoso

de artistas, que alegrarían las horas posteriores al banquete nupcial: los músicos de la

orquesta. Pedí enseguida noticias de Cloridia. Todos los criados a quienes interrogué

me respondieron que seguía en los aposentos de la princesa de Forano, de donde no

había salido en toda la noche. Bien, pensé, si estaba tan ocupada no había tenido

tiempo de preocuparse por mí. Enfilé entonces el camino del bosquete y proseguí

hacia la capilla, en cuyo atrio se celebrarían aquella tarde los augustos esponsales

entre Clemente Spada, sobrino de Su Eminencia el cardenal Fabrizio, y Maria

Pulcheria, sobrina del cardenal Bernardino Rocci.

Los fámulos de la villa Spada se morían de curiosidad por ver a la novia. Nada se

sabía de ella, salvo que no era una gran belleza. Sin duda, la decoración podía servir

de marco a las bodas de Venus. El atrio y el murete que rodeaba la pequeña iglesia

estaban exquisitamente ornados con triunfos de flores frescas, dispuestos en macetas

de terracota y cornucopias de mimbre y entremezclados con guirnaldas de flores

recién cortadas y cestos guarnecidos con limones, manzanas, tomates del Nuevo

Mundo (que la naturaleza ha hecho hermosos, pero desagradables al gusto), espigas

de trigo y frutas variadas generosamente esparcidas. Cómodos sillones en las

primeras filas y sillas de madera dorada y tallada en las siguientes estaban

armoniosamente dispuestos en semicírculo, de suerte que a ningún invitado le

estorbara la vista el vecino de la fila anterior.

En un rincón, apoyados contra el muro y cubiertos delicadamente por una tela

adamascada, estaban ya preparados los haces de bastones guarnecidos con cintas de

colores atadas y con coronas de flores en la punta que nosotros, los sirvientes,

emperifollados para la ocasión, deberíamos agitar con festiva exultación al final de la

ceremonia. Sobre la pequeña arena con sillas y sillones había además maravillosas

bóvedas abiertas de madera y cartón piedra, compuestas por parejas de columnas

cuadrangulares con graciosos capiteles, entre los cuales se asomaban alegres arcos

redondos revestidos de flores, hiedra y caprichosos manojos de hierbas silvestres.

También el resto del mobiliario nupcial (paramentos de terciopelo sanguíneo,

paños de seda dorada, cortinas con las armas familiares de ambos novios) había sido ultimado y sabiamente dispuesto. Dos criadas estaban terminando de acomodar los

cojines de mullida felpa sobre las sillas, y la voz paternal de don Tibaldutio, que daba

las últimas instrucciones a los monaguillos, resonaba en la capilla. Recuperé el

ánimo; al menos el rito nupcial iba a empezar a su debido tiempo.

Sentí la necesidad de arrodillarme ante el altar y rezar una nueva plegaria de

agradecimiento por haber salvado la vida. En el interior de la capilla había una

estatua de la Virgen del Carmen, la misma a la que el abate Melani había confiado

durante todos esos años mis tres perlitas a modo de exvoto. Esa circunstancia

intensificó mi deseo de dirigirme también yo a aquella epifanía de la Santísima

Virgen y Madre y de confiarle el destino de todos nosotros para los días venideros.

Entré, busqué un rinconcito apartado y me hinqué de hinojos.

No había pasado mucho tiempo cuando don Tibaldutio, al salir de la sacristía, me

vio. Se puso a reordenar y dar los últimos toques a los paramentos sin quitarme ojo.

Yo sabía por qué lo hacía. Don Tibaldutio era un carmelita simpático y rubicundo,

que vivía en un cuartito, detrás de la sacristía, dedicado a casa parroquial. Así, aislado

del resto de la villa, muchas veces se sentía solo y aprovechaba mi presencia (cuando

iba a la capilla a rezar o me encontraba en sus inmediaciones ocupado con algún

trabajo en los jardines o en las pajareras) para cruzar cuatro frases. Su cargo de

capellán de los Spada, en la villa de la familia del secretario de Estado, no era

irrelevante, y más de un cura habría implorado por obtenerlo. Él, empero, en lugar de

aprovecharse de su posición para recibir súplicas y presentarlas a su amo, hacía de

pastor de almas y nada más. Y su grey, más que los Spada (siempre ocupados en sus

negocios), era la humilde servidumbre de la villa, que permanecía en el casino todo el

año y era prácticamente la misma desde hacía muchas Pascuas.

Pues bien, para don Tibaldutio representaba sin duda un gran honor celebrar los

esponsales del sobrino y heredero del cardenal Fabrizio, pero no es menos cierto que

habría prescindido de hacerlo con el mayor gusto.

Cuando me levanté tras terminar mi recogimiento a los pies de la Virgen del

Carmen, don Tibaldutio vino a mi encuentro con su habitual sonrisa abierta y

reconfortante. Me puso paternalmente una mano sobre la cabeza, como hacía

siempre, y me preguntó por mi Cloridia.

—Haces bien en confiarte a Nuestra Señora. ¿Tienes las oraciones especiales del

jubileo? Puedo prestarte un opúsculo. Si quieres, voy a buscarlo enseguida; acabo de

terminar mis obligaciones para el fausto acontecimiento de esta tarde y me queda un

rato libre.

Decidí coger al vuelo la ocasión para acallar las dudas que me habían surgido

acerca de la validez de la indulgencia jubilar.

—Don Tibaldutio —dije—, precisamente sobre eso pensaba pedirle aclaraciones

y consejo…

Le referí brevemente las aflicciones en que me había encontrado algunas horas

antes. Sin embargo, empleé expresiones más prudentes y menos directas que las

utilizadas en mis reflexiones solitarias; si le hubiera resumido con franqueza cuánto

me repugnaba la ligereza con que se realizaban los años santos, habría dicho

ciertamente la pura verdad, pero quizá habría escandalizado a aquel hombre de iglesia

probo y morigerado. Así pues, me valí de expresiones y giros que rodeaban y apenas

rozaban el meollo de mis dudas, sin pronunciar nunca palabras como «codicia»,

«corrupción» o «simonía».

—Entiendo —me interrumpió don Tibaldutio. Luego, alzando sabiamente la

mano y bajando los párpados con una seráfica sonrisa, me invitó a sentarme con él en

un banquito lateral de la capilla—. Como muchos otros, te preguntas qué diferencia

hay entre las indulgencias plenarias y la santa indulgencia jubilar, y si ésta no es más

que un pretexto, como parece a los ojos profanos.

—Veréis, don Tibaldutio, no es exactamente eso lo que quería decir…

—Las indulgencias plenarias, hijo —continuó como si no me hubiera oído—, se

adquieren en cualquier parte, mientras que la jubilar sólo se consigue en Roma y en

año santo. Cuando hay un jubileo, no se dan indulgencias plenarias en ningún lugar

del mundo, pues, de lo contrario, nadie vendría a peregrinar a Roma en los años

santos. Además, las indulgencias plenarias exigen que se rece ante los siete altares,

mientras que con la jubilar basta hacerlo ante el altar mayor. Por último, la sede

apostólica incluye en la indulgencia del jubileo muchos favores, que nunca se

conceden en las plenarias.

Habría querido interrumpir al capellán, pero su razonamiento plácido y firme,

junto con su mirada, que nunca dirigía a mí, sino siempre hacia abajo, a sus manos

entrelazadas en actitud de plegaria, me hacía muy difícil intervenir.

—En verdad, don Tibaldutio, más bien me preguntaba sobre… digamos, sobre los

efectos del jubileo —conseguí decir—, dado que…

Tampoco esta vez el santo varón me dejó terminar.

—El efecto del jubileo es muy claro. Las personas sensatas, bautizadas y unidas a

la Iglesia por el vínculo de la comunión eclesiástica son las únicas que pueden tomar

parte en el jubileo, y las que obtienen la indulgencia del año santo reciben

plenissimam omnium peccatorum quorum indulgentiam, remissionem, et veniam; es

decir, el perdón pleno, la indulgencia y la remisión de todos sus pecados.

Se puso entonces de pie y, tras dar unos pasos, se detuvo ante el confesionario.

—Pero, cuidado: la indulgencia sólo libra del castigo, no de la culpa —me

advirtió tamborileando sobre la portezuela del confesionario—. El pecado sólo puede

eliminarse si se nos otorga la gracia, que únicamente nos llega por las formas

sacramentales, es decir, por la confesión sacramental o al menos por la confesión in

Voto, el acto de contrición y la promesa de confesarse en Pascua.

—Perdonad, me he expresado mal —dije molesto para poner fin a aquella

parrafada, cuando ya desesperaba de obtener alguna aclaración útil—. Es que yo

dudaba de la eficacia en el caso de que…

—La eficacia, la eficacia… Eso sólo depende de nosotros, los creyentes —repuso

con firmeza—. Para ganar la indulgencia, basta cumplir adecuadamente las obras

indicadas, que, como bien sabes, son la limosna y la visita con oraciones a las cuatro

basílicas en el mismo día, así como la visita con oraciones de treinta iglesias para los

romanos de quince para los forasteros, que sufren la incomodidad del viaje ¡Pero

cuidado con querer embaucar a Jesús! Nuestro Señor Inocencio XII ha establecido

que para este jubileo el día eclesiástico se cuente de vísperas a vísperas. En ese lapso

de tiempo, pues, han de hacerse las visitas a las basílicas previstas el mismo día; en

caso de necesidad, también pueden cumplimentarse de la medianoche a la

medianoche siguiente, como se acostumbraba antes, pero nunca de mediodía a

mediodía, como, ¡ay!, hacen muchos romanos porque les resulta más cómodo. No se

puede llegar a la iglesia demasiado temprano ni demasiado tarde: ¡no vale hacer la

adoración ante la puerta cerrada de la parroquia y, con esta excusa, ahorrarse las

limosnas al sacerdote!

Permaneció escrutándome, mientras yo, con la mirada clavada en el suelo, sólo

esperaba el momento de despedirme para regresar desazonado al trabajo, con las

mismas dudas con que había llegado a la capilla.

—Porque, hijo mío —añadió inesperadamente en un susurro, abandonando de

repente el tono didáctico—, si bien la cámara apostólica se enriquece durante los años

santos con desmesura, no creas que los pobres párrocos reciben un solo escudo.

Alcé la mirada hacia don Tibaldutio y mis pupilas, al cruzarse con las suyas,

preguntaron al fin lo que la lengua no conseguía decir lisa y llanamente: ¿cuánto

valían, a los ojos del Altísimo, las súplicas de los creyentes elevadas al cielo merced a

los jubileos convocados, ¡ay!, con oscuros fines de lucro?

—Bien —contestó satisfecho a la muda pregunta.

Comprendí. Todas sus respuestas habían sido como mis preguntas: habían

carecido de la virtud de la limpidez. Con una señal, me invitó a que lo siguiera a la

sacristía.

—Dios es misericordioso, hijo —empezó a decir mientras avanzábamos—. No es

ciertamente ese ser severo y vengador que aparece en el Antiguo Testamento y con el

que se han quedado los judíos. Juzga este precepto: si no se está en pecado mortal,

sino sólo venial, la confesión ni siquiera es necesaria para conseguir la indulgencia

jubilar; basta el acto de contrición en el propio corazón, o sea, la llamada confesión in

Voto, de la que te hablaba hace poco. Eso no es todo. En pecado mortal, bastan las

obras indicadas para conseguir la indulgencia jubilar, siempre que la última se haga

en estado de gracia, esto es, después de haberse arrepentido y confesado. ¿Todo esto tendría algún sentido si el Señor no fuera misericordia infinita?

Claro, reflexioné, como en la parábola evangélica de los labradores de la viña: los

recién llegados obtuvieron todo el jornal, como si hubieran trabajado todo el día.

¿Acaso eso no significaba que Dios recompensaba lo poco que dábamos con mucho y

nuestra nada con todo?

—Las obras de visita a las iglesias son moralmente buenas. Incluso quien las hace

en pecado mortal se encamina hacia la reconciliación con Dios. Y eso es lo

importante —continuó el capellán—. Te doy un ejemplo. Si alguien incurre en un

pecado venial cuando está consiguiendo la indulgencia jubilar, no obtendrá ésta por

dicho pecado, pero sí por todos los cometidos antes. Si alguien, mientras visita las

iglesias, se impacienta por los pisotones de la multitud o dice groserías al vecino que

le ha dado un empujón y luego, arrepentido, continúa con sus rezos, conservará el

valor de su oración o de la visita a la iglesia. Lo mismo vale para aquel que, rezando

en la iglesia, no expulsa rápidamente un mal pensamiento sobre una mujer que lo

mira; si después se arrepiente, rechaza la imagen de la mujer y ya no se distrae, su

oración será buena y válida a todos los efectos.

Ya habíamos llegado a la sacristía, donde don Tibaldutio tuvo la gentileza de

pedirme que me sentase antes de cerrar bien la puerta. Supuse que iba a revelarme

una gran y secreta verdad.

—El Dios de los cristianos ha sacrificado a su único hijo por nuestra redención —

dijo finalmente con franqueza—. La bienaventurada Virgen y Madre donó a santo

Domingo la corona del rosario para que rezara por la salvación de nuestra alma.

Asimismo, confeccionó con sus santísimas manos el escapulario del Carmelo, al que

yo mismo me he consagrado y gracias al cual podemos estar seguros de que Nuestra

Señora Regina Mundi y Coronada de Estrellas vendrá a buscarnos al Purgatorio el

primer sábado después de nuestra muerte. ¿Crees que los mortales merecemos esto?

No, muchacho, son la gracia y la misericordia infinita de Dios las que lo quieren, no

desde luego el fruto de nuestros méritos por rezar algún avemaría o llevar un trocito

de tela de más, gestos que de por sí no valen nada, y aún menos la vida eterna. El

Señor conoce nuestra insignificancia y pereza; por eso nos ofrece el Paraíso sobre una

bandeja de oro, a cambio de una moneda de vil cobre. En Su amor infinito por

nosotros, sus hijos. Le basta nuestro pequeño acto de fe y buena voluntad; nosotros

damos un pequeño paso tambaleante hacia Él, y he aquí que el Padre Misericordioso

corre a nuestro encuentro y nos levanta entre Sus brazos.

Esperé a que don Tibaldutio continuara con su razonamiento y llegara a las

revelaciones que yo deseaba. Pero había terminado. Abrió la puerta de la sacristía y

me acompañó de nuevo ante la estatua de la Virgen del Carmen, donde me había

hablado al principio. Tras impartirme una tácita bendición sobre la frente, me dejó

allí y se alejó sereno y sin decir palabra.

En ese instante vi con claridad el alcance de las enseñanzas del capellán. Yo

mismo debía extraer la conclusión: si la misericordia divina concedía la indulgencia

jubilar incluso a quien estaba en pecado mortal, con mayor motivo, pues, debía

prestar oídos a los peregrinos inocentes, aunque fueran arrastrados hacia la Ciudad

Santa por el afán de lucro ajeno.

Como esperaba, don Tibaldutio me había revelado una gran verdad, pero no

secreta. Una verdad tan humilde y sencilla que podía perturbar a algunos augustos

oídos. Era más sabio susurrarla detrás de puertas bien cerradas.

 

Salí de la capilla, sereno y reconciliado. Estaba a punto de proseguir hacia el teatro,

cuando oí un eco de pasos marciales y apresurados que se encaminaban en mi

dirección.

—Por aquí, maestro, venid.

Don Paschatio, jadeante, mostraba el camino a un individuo alto y delgado,

vestido de negro, con un mechón grisáceo que le engalanaba la frente, ojos

centelleantes y rostro grave y sombrío. Detrás de ellos iba un músico (lo reconocí por

su atuendo, parecido al de todos los otros componentes de la orquesta), que llevaba

dos estuches de violín y, debajo del brazo, una enorme carpeta que debía de estar

llena de hojas con partituras y composiciones varias.

Los seguí durante un momento hasta que llegamos al teatro, donde ya se habían

colocado los músicos. Entonces tuve una sorpresa mayúscula: no era una orquesta,

sino una marea humana. Calculé que había más de cien. Estaban absortos en afinar

los instrumentos, pero se callaron de repente cuando don Paschatio y los dos

individuos para mí desconocidos aparecieron en el amplio anfiteatro. El hombre

vestido de negro suscitaba un sentimiento de devota reverencia, y quizá incluso de

sumisión.

Observé con placer que también la tarima para los intérpretes y los bancos para el

público, de buena madera pulida y lustrada, se habían acabado a tiempo. Ahora sólo

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