Secretum
Secretum
Monaldi & Sorti
Secretum
Atto Melani II
ePUB v1.0
14.6.13
Título original: Secretum
Monaldi & Sorti, 2004
Traducción: César Palma
ePub base v2.1
Todo en esta tierra es una mascarada,
pero Dios ha establecido que así
sea interpretada la comedia.
Elogio de la locura,
ERASMO DF ROTTERDAM
Constanza, 14 de febrero de 2041
A Su Exc.ª Mons.
Alessio Tanari
Secretario de la Congregación para las Causas de los Santos
Ciudad del Vaticano
Mi muy querido Alessio:
Ya ha pasado un año desde la última vez que os escribí. Nunca me habéis
respondido.
Hace unos meses me trasladaron repentinamente (lo que tal vez ya sabéis) a
Rumania. Soy uno de los contados sacerdotes que hay en Constanza, pequeña ciudad
a orillas del mar Negro.
El significado de la palabra «pobreza» es aquí tan cruel y contundente como el
que antes tenía en nuestros pagos. Casas lúgubres y derruidas, niños desarrapados que
juegan en las calles sucias, sin letreros, mujeres demacradas que desde las ventanas
de edificios horrendos miran con desconfianza todos los destartalados vestigios del
socialismo real, la monotonía y la miseria que reinan por doquier.
Ésta es la ciudad, ésta es la tierra a la que fui destinado hace unos meses. Aquí es
donde me han pedido que cumpla mi misión pastoral y no voy a faltar a mis
obligaciones. No van a impedírmelo ni la miseria de este país ni la tristeza que todo
lo invade.
Como sabéis, el rincón de tierra del que procedo es bien distinto. Hasta hace
pocos meses fui obispo de Como, la risueña ciudad lacustre que inspiró a Manzoni
prosas inmortales: la antigua perla de la opulenta Lombardía, preñada de nobles
memorias, en cuyo característico centro histórico residen hoy hombres de negocios,
empresarios de la moda, futbolistas, acaudalados industriales de la seda.
Pero este cambio brusco e inesperado no debía alterar mi misión. Me dijeron que
precisaban de mí en Constanza, que una vocación como la mía era la que mejor podía
responder a las necesidades espirituales de esta tierra, que el traslado de Italia (que se
me notificó con sólo dos semanas de antelación) no debía tomarlo como una
postergación, ni mucho menos como un castigo.
No bien se me expuso la novedad, manifesté bastantes dudas (y también una
enorme sorpresa), ya que nunca antes había desarrollado mi labor pastoral fuera de
Italia, salvo unos meses de formación en Francia, durante los ya remotos años de mi
juventud.
Aunque juzgaba que el grado de obispo era la mejor culminación posible de mi
carrera, y no obstante mi edad avanzada, habría aceptado de buen grado un nuevo
destino: en Francia, en España (país cuyo idioma no ignoro) o incluso en América
Latina.
Lo cual, de todos modos, hubiese sido completamente irregular, pues muy rara
vez se procede al traslado de un obispo a países lejanos de un día para otro, salvo que
tenga graves manchas en su carrera. Y ése, como desde luego sabéis, no es mi caso,
lo que no ha impedido —precisamente por la forma abrupta e inaudita del traslado—
que algún fiel de Como se haya sentido autorizado, no sin motivo, a sospechar.
Con todo, yo hubiera aceptado una decisión así como se acepta la voluntad de
Dios, sin reservas ni quejas. Sólo que decidieron enviarme aquí, a Rumania, un país
del que lo ignoro todo: su lengua, sus tradiciones, su historia y sus necesidades
actuales. Así pues, lo que ahora hago es castigar mi fatigado cuerpo jugando al balón
en el oratorio con los chicos del lugar, cuya veloz habla trato inútilmente de entender.
He de confesaros (perdonad la sinceridad) que vivo sumido en una tribulación
perenne, no por mi nuevo destino (que he aceptado con gratitud y serenidad, porque
ha sido la voluntad del Señor), sino por las misteriosas circunstancias que han
concurrido para enviarme aquí. Lo que ahora me apremia es aclarar dichas
circunstancias con vos.
En mi última misiva de hace un año abordaba un tema sobremanera delicado. Se
hallaba a la sazón muy avanzado el proceso para la canonización del beato Inocencio
XI Odescalchi, de cuyo pontificado entre los años 1676 y 1689 se guarda gloriosa
memoria, promotor y financiero de la batalla de los ejércitos cristianos contra los
turcos en Viena en 1683, que expulsó para siempre de Europa a los seguidores de
Mahoma. Siendo aquel Papa originario de Como, a mí me correspondió el honor de
instruir el proceso, por el que el Santo Padre sentía un enorme interés, ya que la
apabullante e histórica derrota del Islam se había producido al amanecer del 12 de
septiembre de 1683, esto es, cuando en Nueva York, habida cuenta de la diferencia
horaria, aún era el día 11… Pues bien, pasados cuarenta años del trágico ataque
islámico contra las Torres Gemelas de Nueva York del 11 de septiembre, a nuestro
bien amado Pontífice no se le escapó la coincidencia entre las dos fechas, por lo que
se fijó el propósito de proclamar santo a Inocencio XI —e1 Papa enemigo del Islam
— el día en que se celebrasen ambos aniversarios, como gesto de reafirmación de los
valores cristianos y del abismo que separa a Europa y a todo Occidente del Corán.
Cuando concluí el sumario os envié aquel inédito. ¿Os acordáis? Me refiero al
texto mecanografiado de dos viejos amigos míos, Rita y Francesco, cuyo rastro había
perdido hacía años. En el texto cuentan una larga serie de infamias del beato
Inocencio, dictadas por los intereses personales a los que habría servido durante todo
su pontificado. Por otra parte, si Inocencio XI fue sin duda instrumento del Señor
cuando incitó a los príncipes cristianos a armarse contra el turco, en otros momentos
causó gravísimas ofensas a la moral cristiana por su codicia de dinero, así como
daños irreparables a la religión católica en Europa.
Entonces os pedí, como recordaréis, que sometieseis el asunto a la opinión de Su Santidad, con el fin de que él pudiese decidir la conveniencia de dejar las cosas como
estaban o —como yo confiaba— conceder el imprimatur, ordenando la publicación
para que todo el mundo pudiese conocer la verdad.
Esperaba, os lo digo con el corazón en la mano, al menos un acuse de recibo.
Creía que, más allá de los graves hechos que me habían impulsado a escribiros, os
habría agradado tener noticias de quien, a fin de cuentas, fue vuestro docente en el
seminario. Sabía perfectamente que la respuesta a mis interrogantes tardaría mucho,
incluso muchísimo tiempo en llegar, dada la gravedad de las revelaciones que daba a
conocer a Su Santidad. No obstante, suponía que entretanto, como ocurre en casos
así, daríais señales de vida enviándome al menos una nota.
Y, sin embargo, nada. Pasaban los meses sin que me llegase ninguna
comunicación escrita ni telefónica, y eso que de la respuesta que esperaba dependía el
resultado del proceso. Supuse que Su Santidad precisaba reflexionar, evaluar, sopesar.
O que había encargado la opinión de expertos, de forma confidencial. Así pues, me
resigné pacientemente a la espera. Además, no podía hacer otra cosa, ya que,
obligado como estoy al secreto y a velar por la fama del beato, a nadie más que a vos
y al Santo Padre podía contar lo que había descubierto.
Hasta que un día, en una librería de Milán vi, entre otros mil, el libro de mis dos
amigos.
Salí de dudas en cuanto lo abrí. Sí, era aquel libro. ¿Cómo era posible? ¿Quién lo
había hecho imprimir? No tardé en responderme: nuestro Pontífice era el único que
podía haber ordenado su publicación. El Papa debía de haber otorgado el imprimatur
que yo esperaba, autorizando la impresión del escrito de Rita y Francesco.
Era patente que el proceso de canonización del papa Inocencio XI quedaba
interrumpido para siempre. Pero ¿por qué no se me había informado? ¿Por qué nadie,
y sobre todo vos, Alessio, me había dado una pista de lo que estaba pasando?
Pensaba escribiros de nuevo cuando un día, a primera hora de la mañana, recibí
una nota.
Me acuerdo de aquel día con absoluta claridad, como si fuese hoy. Justo cuando
me disponía a entrar en mi despacho, mi secretario me entregó un sobre. Lo abrí en la
penumbra del pasillo, distinguiendo con dificultad las llaves papales que tenía
impresas, y extraje una tarjeta.
Me convocaban a una entrevista. Me llamó la atención el apremio con que se me
requería —dos días después, y encima un domingo—, pero aún más la hora (las seis
de la mañana) y la identidad de la persona que quería hablar conmigo: monseñor
Jaime Rubellas, secretario de Estado del Vaticano.
El encuentro con el cardenal Rubellas fue de lo más cordial. Se interesó primero
por mi salud, por las necesidades de mi diócesis, por el estado de las vocaciones.
Luego me interrogó discretamente sobre la marcha del proceso de canonización de Inocencio XI. Asombrado, le pregunté si no estaba al corriente de la publicación del
libro. No respondió, pero me miró como si le hubiese lanzado un reto.
En ese instante me informó de cuánto me necesitaban en Constanza, de las nuevas
fronteras de la Iglesia de hoy, de la falta de sacerdotes en Rumania.
Fue tal la sencillez con que el secretario de Estado me explicó mi traslado que en
ese momento me olvidé de que seguía ignorando por qué me había convocado para
comunicármelo en persona y de una forma tan inusual, como a escondidas de ojos
indiscretos, y tampoco le pregunté cuánto iba a durar mi ausencia de Italia.
Al despedirnos, monseñor Rubellas me pidió inopinadamente que guardase en
secreto nuestra conversación y el tema que habíamos tratado.
Aquí, en Constanza, querido Alessio, cada noche me hago con insistencia las
preguntas que no llegué a formular aquella mañana en Roma, mientras en mi cuartito
practico pacientemente el rumano, curiosa lengua en la que los sustantivos se
anteponen a los artículos.
No bien llegué a la ciudad supe que Constanza, en el Imperio romano, al que
durante no poco tiempo estuvo sometida, se llamaba Tomi. Luego, repasando un
mapa de la región, descubrí que en las cercanías hay una localidad de nombre
singular: Ovidiu.
Empecé a temerme lo peor. Tras revisar rápidamente el manual de literatura latina
comprobé que mi memoria no me había traicionado. Cuando Constanza se llamaba
Tomi, el emperador César Augusto desterró aquí al célebre poeta Ovidio, con la
justificación oficial de que había escrito poemas licenciosos, cuando lo cierto es que
sospechaba que conocía demasiados secretos de la casa imperial. Durante dos lustros
Augusto rechazó los ruegos de Ovidio, hasta que éste murió, sin haber vuelto nunca a
Roma.
Ahora sé, querido Alessio, cómo habéis correspondido a la confianza que hace un
año deposité en vos. Mi destierro aquí, en Tomi, el lugar del exilio por «culpas
literarias», me lo ha revelado. La publicación del escrito de mis dos amigos no sólo
no fue obra de la Santa Sede, sino que os ha caído encima como un jarro de agua fría.
Y pensasteis que yo estaba detrás, que fui yo quien lo hizo imprimir. Por ese motivo
me desterrasteis aquí.
Pero os equivocáis. Al igual que vosotros, no tengo la más remota idea de cómo
ha llegado a publicarse él libro: el Señor, quem nullum latet secretum, que conoce
todos los secretos —como se dice en las iglesias ortodoxas de estos lares—, se vale
para sus fines también de quien actúa contra Él.
Si habéis echado una ojeada al paquete que os envío con ésta, ya sabréis qué
contiene: otro texto dactilografiado de Rita y Francesco. Tal vez se trate, como el
anterior, de un documento histórico o de una novela; quién sabe. Está en vuestra
mano descubrirlo cotejando las pruebas documentales que me han enviado en anexo y que también os remito.
Seguramente os preguntaréis cuándo recibí el texto, desde dónde me lo enviaron y
si he vuelto a ver a mis dos viejos amigos, pero esta vez todo eso he de guardarlo en
secreto. Sé muy bien que sabréis entenderme.
Por último, supongo que os preguntaréis por qué os lo envío. Ya imagino vuestro
asombro y vuestras dudas acerca de si el que suscribe peca de ingenuo, está loco o
sigue una lógica que no entendéis. Yo sólo puedo deciros que una de las tres opciones
es la válida.
Que una vez más Dios os inspire en la lectura que os disponéis a hacer. Y que de
nuevo os haga instrumento de Su voluntad.
Lorenzo dell'Agio,
pulvis et cinis
VERDADERA Y EJEMPLAR NARRACIÓN
de las Gloriosas Empresas
Que tuvieron lugar bajo el pontificado de
INOCENCIO XII
EN ROMA EL AÑO 1700
Dedicada al Excelentísimo
e Ilustrísimo Amo,
Abate Atto Melani
Con privilegio de los superiores
En Roma, por Michel'Ercole
MDCCII
Eminentísimo y reverendísimo Señor:
Estoy cada vez más convencido de que Vuestra Señoría recibirá con sumo
beneplácito una compendiosa crónica de los extraordinarios sucesos que acaecieron
en Roma en julio del año 1700, y que tuvieron como clarísimo e ilustrísimo
protagonista a un súbdito muy fiel de Su Majestad Cristianísima el rey Luis de
Francia, hechos sobre los que aquí se aportan abundantes descripciones y profusión
de paráfrasis.
Éste es el fruto de las fatigas de un simple labriego, pero tengo lo firme
esperanza de que el luminoso ingenio de Vuestra Ilustrísima no abominará de lo que
haya alumbrado gracias a mi silvestre Musa. Aunque el don sea pobre, la voluntad es
rica.
¿Sabréis perdonarme que en las páginas siguientes no haya puesto muchos
elogios? El Sol nunca dejará de ser el Sol, aunque nadie lo ensalce. Como
recompensa, no espero sino lo que ya me habíais prometido, que aquí no os recuerdo,
sabedor de que un alma tan generosa como la vuestra no puede desdecirse.
Hago votos para que Vuestra Excelencia tenga una larga vida, lo que es
desearme a mí mismo larga esperanza, y humildemente hago una profunda
reverencia.