Secretum

Monaldi · Capítulo 11 de 22 · parte 1/3

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Secretum

Sexta Jornada

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

 

12 DE JULIO DE 1700

 

—¿Es que nunca cierras la puerta?

Abrí los ojos. Estaba en mi casa. La luz del día, que se arrojó sobre mí desde la

puerta abierta de la habitación, me encandiló. Reconocí la voz que me había

despertado de esa manera tan desagradable: el abate Melani había venido a visitarme.

—Tienes una casa muy bonita. Se nota el toque femenino —comentó.

Con lo rendido que había llegado por la noche, apenas había tenido fuerzas para

cerciorarme de que mis dos hijas dormían plácidamente en su camita —Cloridia

seguía pernoctando en los aposentos de la princesa de Forano— y enseguida había

caído en el negro sopor.

—Vamos, levántate. El tiempo apremia y tenemos cosas que hacer. Buvat no ha

encontrado nada en los libros de armas sobre el maldito Tetráchion. Hay que

interrogar a Romaúli.

—No, basta, perdonadme, don Atto, quiero dormir —repliqué con tono cortante.

—¿Te has vuelto loco? —exclamó la voz castrada del abate.

Antes de que pudiese pedirle que bajase la voz para no perturbar el sueño de mis

niñas, que dormían en el piso de arriba, ambas ya se habían asomado. Se quedaron

mirando estupefactas al curioso caballero con calzas rojas, peluca y cara empolvada,

todo él guarnecido de encajes y galones. La menor, que era la menos tímida, se

acercó a él con desparpajo, ansiosa de tocar las maravillas que trufaban el atuendo de

Melani.

—¡Padres! —exclamó Atto encantado, al tiempo que acogía a la pequeña en sus

brazos—. ¿Hay algo más dulce que volver a casa, afligido por los negocios, y

encontrar en la escalera a tu querida hijita, que te está esperando, y al verte se lanza a

ti feliz, te abraza y te besa y te cuenta tantas cosas que enseguida te quita de la cabeza

cualquier pensamiento sombrío, juega contigo y te alegra aunque no quieras?

Me levanté apresuradamente para pedir a mis hijas que no molestasen al abate,

pero éste me detuvo con la mano.

—¡Quieto! No creas que es impropio de un hombre serio entretenerse con los

niños —me espetó con un fingido aire de reproche, olvidando el motivo por el que

estaba allí—, pues te recuerdo que Hércules, como se lee en la obra de Eliano, se

recreaba jugando con niños tras el sudor de las batallas, y que a Sócrates lo

sorprendió Alcibíades en juegos así, y que Agesilao cabalgaba una caña para divertir

a sus hijos. Más vale que aproveches para vestirte, mientras yo hago de ayo de estos dos angelitos. Ya sabes lo que nos espera.

Dicho esto, dejó que mis niñas le manoseasen las borlas y las puntillas con una

serenidad de la que nunca lo habría creído capaz.

Sí, yo sabía qué nos esperaba: la búsqueda del Tetráchion. O, mejor dicho, del

plato que Capitor, la loca vidente, había regalado a Mazzarino y llamado

«Tetráchion», nombre que, según la moza de cámara amiga de Cloridia, designaba a

un impreciso «heredero» al trono del Rey Católico de España. Atto había oído

pronunciar ese mismo nombre a Tranquillo Romaúli, el maestro florista de la villa

Spada, lo que resultaba asaz llamativo, dado que el hombre parecía poco propenso a

hablar de nada que no fuesen pétalos y corolas. Como era viudo de una comadrona,

cabía sospechar que los chismes que se contaban las mujeres y que Cloridia había

estimulado habían llegado hasta nosotros a través del maestro florista. Así, inducido

por mí, Romaúli había dejado caer que El Escorial se estaba secando —tales fueron

sus palabras—, además de mencionar enigmáticamente Versalles, residencia del Rey

Cristianísimo, y la vienesa Schönbrunn. Al abate Melani se lo conté todo con pelos y

señales, y Buvat apuntó la posibilidad de que Tetráchion fuese un nombre de flor

presente en algún blasón nobiliario. Sin embargo, la búsqueda en los armoriales había

resultado infructuosa, como el abate acababa de informarme, por lo que éste no veía

la hora de conversar más profundamente con Romaúli.

Un plato, un heredero y un maestro florista: tres pistas que parecían conducirnos

por sendas distintas.

—Ya que todo indica que tu Romaúli es el único que sabe qué o quién es el

Tetráchion —dijo Atto, como si siguiese el hilo de mis reflexiones—, estimo que

debemos empezar por ahí.

Una vez en la villa Spada, hice dar a Atto un pequeño rodeo antes de

encontrarnos con Tranquillo Romaúli, que a esa hora tenía que estar preparando los

jardines para los festejos vespertinos, pues debía acompañar a mis niñas hasta el

casino, donde estaba Cloridia, para que ayudasen a mi esposa en su función de

partera con la puérpera y con la criatura recién nacida, y para que al tiempo

disfrutasen de los amorosos cuidados maternos.

Cuando llegamos, el maestro Romaúli estaba inclinado sobre un arriate, atareado

con un par de tijeras y una regadera. Al vernos se le iluminó el rostro. Tras los

saludos de rigor, Atto fue directamente al grano.

—Mi joven amigo me ha contado que os complacería continuar cierta

conversación —dijo Melani con calculada desenvoltura—, pero quizá ahora prefiráis

quedaros a solas conmigo y, por tanto… —De este modo indicó la conveniencia de

que me alejase.

—Oh, en absoluto —repuso el maestro florista—, para mí es como si me

escuchase mi propio hijo. Os lo ruego, permitid que se quede.

Así pues, Romaúli no tenía el menor reparo en hablar de temas delicados, como el

Tetráchion, en mi presencia. Mejor, me dije. Si no le molestaban los testigos,

significaba que estaba plenamente seguro de sus argumentos.

Como el maestro florista no había hecho ademán de moverse de donde estaba, es

más, permanecía inclinado, Atto tuvo que sentarse para facilitar la conversación. Por

suerte, justo al lado había un banquito de piedra. Yo eché una ojeada en derredor;

nadie nos observaba ni merodeaba por los aledaños. La situación era propicia para

sonsacar a Romaúli cuanto supiese.

—Pues bien, egregio maestro florista —dijo Atto—, ante todo debéis saber que

en el momento presente el destino de El Escorial me interesa casi más que el de

Versalles, al que tengo el honor de venerar muy fielmente. Por este motivo…

—Claro, claro, cuánta razón tenéis, señor abate —lo interrumpió Romaúli

trajinando con un rosal de tallo bajo—. ¿Podéis sujetar un instante las tijeras?

Atto obedeció, no sin una mueca de sorpresa y contrariedad, mientras Romaúli

manipulaba con las manos desnudas el tallo de la planta. Luego reanudó su

parlamento.

—Por este motivo, decía, estoy seguro de que también vos sabréis calibrar la

gravedad del momento y que, por consiguiente, es de sumo interés para todos los…

terrenos, por decirlo así, resolver de forma incruenta la crisis grave, gravísima, mejor

dicho, que podría…

—Aquí tenéis —lo interrumpió el otro tendiéndole una rosa que acababa de

arrancar—. Sé adónde queréis ir a parar: al Tetráchion.

El estupor dejó mudo al abate por unos segundos.

—El maestro florista es un hombre intuitivo y parco en palabras —comentó al

cabo con tono amable, mientras echaba una mirada rápida en derredor para

comprobar que no había nadie espiando.

—Oh, era obvio —repuso Romaúli—. Nuestro común amigo, aquí presente, me

había dicho que queríais volver sobre nuestra primera conversación, en la que aludí al

Tetráchion y también mencioné el junquillo de España y el jazmín de Cataluña. Y

ahora me habláis de El Escorial; no hace falta tener mucho seso para comprender

adónde queréis llegar.

—En efecto, así es. —Atto vaciló, un poco desconcertado por la rápida deducción

de su interlocutor—. Pues bien, el Tetráchion…

—Vayamos por partes, señor abate, vayamos por partes —le atajó de nuevo

Romaúli, y señaló la rosa que acababa de entregarle—. Tened la bondad de olerla.

Perplejo, Atto giró la rosácea corola entre sus manos, sin entender a qué obedecía

el extraño regalo; acto seguido se llevó los pétalos a la nariz y aspiró profundamente.

—¡Pero si huele a ajo! —exclamó con una mueca de asco.

Tranquillo Romaúli rió con ganas.

—Bien, vos mismo habéis demostrado que, si una flor huele mal, igual que una

boca con mal aliento, no hay belleza que valga. Por ello, dotar a las flores de buen

olor, cuando de él carecen o lo tienen malo, resulta tan beneficioso o milagroso como

darles la vida.

—Así será, pero a esta florecilla, ejem, impertinente —objetó Melani con un

pañuelo de encaje en la nariz, todavía aturdido por el desagradable olor—, no se le ha

dado la vida, sino la muerte.

—Exageráis ——dijo amablemente el maestro florista—. No es más que una flor

abonada.

—¿O sea?

—El abono se hace con estiércol de oveja macerado en vinagre al que se añaden

musgo, algalia y ámbar en polvo. Las semillas se dejan en ese líquido durante tres

días. La flor que nazca tendrá los aromas suaves y deliciosos del musgo y la algalia,

que tonifican y confortan las fosas nasales del gentil oledor.

—¡Pero esta rosa apesta a ajo!

—Por supuesto. Ha sido tratada de otro modo, para que sea resistente a los

parásitos. De todos modos, como enseñan Dídimo y Teofrasto, basta plantar ajo y

cebolla cerca de cualquier especie de flor de guirnalda, y massime cerca de las rosas,

para que éstas se impregnen irremediablemente del hedor aliáceo.

—Qué repugnante —susurró Atto—. De todos modos, ¿qué tiene que ver todo

esto con el Tetráchion?

—Esperad, esperad. Con el abono —prosiguió Romaúli impertérrito— se puede

incluso eliminar el mal olor de ciertas flores, como el de la calta africana, también

llamada clavel africano. Basta macerar las semillas en agua de rosas y ponerlas a

secar al sol antes de la siembra. Una vez nacida la flor, hay que sacar las semillas y

repetir la operación, y así sucesivamente.

—Ajá. ¿Y cuánto tiempo se precisa para conseguir ese resultado? —preguntó

Atto con cierta curiosidad.

—Oh, una nadería. No más de tres años.

—Claro, una nadería —repitió Atto sin que Romaúli percibiese su tono irónico.

—Y aún se necesita menos para estos pilluelos —dijo Romaúli avanzando de

puntillas e invitando a Melani a volverse a mirar hacia un húmedo y umbroso rincón

situado detrás del banco, entre el tronco de una palmera y un murete.

—¡Pero estas flores son… negras! —exclamó Atto.

Tenía razón: los pétalos de un grupo de claveles, ocultos en el rincón (donde a

menudo había visto trajinar al maestro florista en los últimos días), eran del negro

más intenso que había visto jamás.

—Los he plantado ahí para que no llamen la atención —explicó Romaúli.

—¿Cómo lo habéis conseguido? —pregunté—. En la naturaleza no existen flores negras.

—Oh, es una bagatela para quien conozca el secreto del arte. Se coge el fruto

escamoso del aliso, que previamente ha de haberse secado en el árbol, se reduce a un

polvo muy fino y se mezcla con un poco de buen estiércol de oveja diluido en

vinagre. Se añade sal para corregir la virtud astringente del vinagre y se ablanda todo.

Por último, se agregan las raíces del joven clavel. Así de sencillo.

Atto y yo, aunque tediados por las explicaciones del maestro florista, estábamos

estupefactos por la amable e ingeniosa perversión con que creaba tales milagros

florales. No había revelado a nadie, ni siquiera a mí, su fiel ayudante, la existencia de

los claveles negros. Me pregunté qué otras diabluras habría sembrado en los cuadros

de la villa Spada. Y, en efecto, nos confió que acababa de concluir un parterre entero

de lirios en cuyos pétalos figuraban los apellidos de los novios (Spada y Rocci)

teñidos en letras de oro y de plata; otro de rosas abonadas con rarísimas esencias

orientales; otro de tulipanes obtenidos con bulbos impregnados de colores (celeste,

azafrán, carmín), así como estriados de mil tonalidades, tal que un arco iris bajado a

la tierra, y otro de plantas monstruosas, nacidas de semillas heterogéneas juntadas en

la misma bola de estiércol, o de arbustos de perejil con las hojas enrolladas en forma

de cilindro, que había conseguido majando las semillas en un mortero y ahogando ahí

el meato, y mil prodigios más de su arte.

—No veo la hora —concluyó— de que el cardenal Spada se acerque con los

invitados a echar una ojeada a mis pequeñas obras.

—Me parece estupendo. Ahora bien, sigo sin entender por qué no queréis hablar

del Tetráchion y comienzo a temer que os estoy haciendo perder el tiempo —dijo

Atto, cuyo tono daba a entender que era él quien desaprovechaba el tiempo. Acto

seguido se levantó con decisión del banco.

Miré desalentado alrededor. ¿Había cambiado de parecer el maestro florista?

—Sin embargo, estoy a punto de abordarlo —aseguró Romaúli—. En El Escorial

los jardines se marchitan lastimosamente, como ya tuve ocasión de afirmar la vez

anterior.

—¿Los jardines, decís? —preguntó Atto con un ligero sobresalto.

—Muchos, falsamente informados, afirman que aquellos cármenes españoles,

antaño espléndidos, no tienen futuro debido al clima, hoy más frío en invierno y más

seco en verano. Espero, como ya expliqué a vuestro protegido aquí presente, que vos

no compartáis esa errónea opinión. Sabed que he leído mucho sobre aquellos

desventurados jardines. Un buen maestro florista los salvaría. Yo nunca he estado en

España, jamás me he movido de Roma. Con todo, me encanta hacer paralelismos con

los jardines de Versalles, que sé que son ubérrimos, pese al aire húmedo e insano de

la región, y con los variopintos prados de Schönbrunn, que, por lo que he leído,

recientemente han sido cultivados en el riguroso clima del bosque vienés.

El abate Melani se volvió hacia mí y me miró con encono, mientras el maestro

florista se aprestaba a efectuar una de sus operaciones de jardinería.

—Es que yo —intenté justificarme en un susurro—, cuando le dije que estabais

preocupado porque la muerte se cernía sobre El Escorial, no pensé que iba a

entender…

—¿Le dijiste eso? Qué metáfora tan refinada —murmuró Atto.

—Yo tengo la receta para salvar esos jardines —continuó Romaúli sin enterarse

de nada—. Es una suerte que vos estéis aquí, pues, como he sabido por vuestro

protegido, tenéis un enorme interés por el asunto.

—Sí, pero ¿qué hay del Tetráchion? —balbucí, aún con la esperanza de que el

maestro florista nos dijese algo útil.

—De eso se trata. Pero vayamos por partes. Es un tema delicado —sentenció

Tranquillo Romaúli—. Pensad en las anémonas. Para que salgan dobles, hay que

elegir la simiente de flores que no sean ni precoces ni tardías; no deben haber sufrido

frío ni calor, para que así engendren una semilla de absoluta perfección.

—¿Flores dobles, decís? —pregunté, pues comenzaba a imaginar, y a temer,

adónde iría a parar.

—Por supuesto. De un clavel simple saldrá uno doble si un brote de aquél se

planta en un tiesto de buena tierra en un plazo de treinta días a contar desde el quince

de agosto, fiesta de la Asunción de la Virgen Madre de Dios, y se mantiene en un

lugar templado, a resguardo de los rigores del invierno.

»De un clavel doble saldrá uno cuádruple si se cogen dos o tres semillas de la

especie doble, se introducen en un canuto de cera o en una pluma más ancha en la

base que en el extremo superior y luego se plantan en tierra. Eso es lo yo he hecho,

¿lo veis?

Señaló amorosamente unas flores de aspecto bastante singular: eran claveles muy

blancos, con cuatro flores en cada tallo, que el dulce y perfumado peso de aquéllas

doblaba casi como un arco.

—Ésta es mi receta para salvar El Escorial. Son flores muy resistentes a cualquier

cambio de temperatura y de clima. Las he inventado yo. Son mis claveles tetráchion.

—¿Queréis decir… que vuestro Tetráchion es… esta planta? —balbuceó Atto,

que había empalidecido y retrocedido ligeramente.

—En efecto, señor abate Melani —respondió Romaúli un tanto sorprendido por la

evidente desilusión de Atto—. Estas cuádruples inflorescencias son tan nobles que he

querido darles un nombre rebuscado: tetráchion, del griego antiguo tetra, que

precisamente significa «cuatro». Pero quizá no compartís mi opinión ni mis

esperanzas sobre El Escorial. Si es así, os ruego que me lo digáis ahora mismo, para

no aburriros más. Seguramente os habría complacido más visitar mi taller de esencias

de flores. Yo mismo puedo llevaros. Vendréis a verme uno de estos días, ¿verdad?

La charla con Tranquillo Romaúli nos había sumido en el humor más tétrico.

 

—¡Mal rayo os parta a ti y a tu mujer! —espetó el abate Melani tan pronto como

nos hubimos alejado—. Nos había prometido toda clase de información a través de su

supuesta red de mujeres, y aquí estamos, con las manos vacías.

Agaché la cabeza y callé; Atto tenía razón. En realidad, empezaba a creer que

Cloridia, tras el riesgo al que me había expuesto por servir a Melani, había cambiado

secretamente de idea sobre la ayuda ofrecida en un principio y había decidido no dar

más noticias, por temor a que éstas me llevasen a otras acciones peligrosas.

Lógicamente, no revelé al abate mis sospechas.

—Es indudable que el maestro florista —dije— no tiene nada que ver con el boca

a boca que circula entre las mujeres. De todos modos, al menos nos ha proporcionado

un dato: Tetráchion significa «cuádruple».

—¿Y puedes decirme qué diantres tiene que ver con el plato de Capitor? —

refunfuñó el abate con una risita nerviosa.

—Creo que nada, don Atto, pero, repito, al menos ahora sabemos qué significa la

palabra.

—Para saber que tetra significa «cuatro» en griego no necesitaba a tu maestro

florista —replicó, picado.

—Pero no sabíais que Tetráchion quiere decir simplemente «cuádruple» —me

atreví a observar.

—De eso ya no me acordaba… a mi edad. No soy bibliotecario, como Buvat.

—Tal vez en el plato de Capitor había algo cuádruple.

—Como te he dicho, representaba a Neptuno y Anfítrite conduciendo un carro

entre las olas.

—¿Estáis seguro de que no había nada más?

—Eso es todo lo que vi, a menos que me juzgues completamente chocho —

protestó Atto—. De todos modos, sólo lo sabremos con certeza cuando hayamos

encontrado los tres presentes de Capitor. Y sabes perfectamente dónde es menester

buscarlos.

 

Mientras con paso cansino y fúnebre nos dirigíamos por enésima vez hacia el arcano

Navío de Elpidio Benedetti, me acordé de que me apremiaba preguntar algo al abate

Melani: ¿quién era la condesa de Soissons, la mujer que había sembrado cizaña entre

Maria y el rey? Bien podía ser la misteriosa condesa de S., la envenenadora que la

condestablesa había mencionado de forma tan reticente.

Sentí una violenta punzada de resentimiento contra el abate. Seguía sin decirme

nada sobre la sucesión de España, mas sus cartas a la condestablesa no versaban sino

de eso. A mí me hablaba de otra España, de una España de unos cuarenta años atrás, la de don Juan el Bastardo, Capitor y sus enigmáticos regalos a Mazzarino. ¿Estarían

relacionadas esas dos Españas? Quizá existiese un nexo, guardado en la misteriosa

esencia del Tetráchion.

—Estás pensativo, chico —comentó Atto, que en realidad hasta ese momento lo

había estado más que yo.

Con cierta preocupación observaba mi rostro cogitabundo y ceñudo; como todos

los mentirosos de profesión, siempre temía que tarde o temprano sus interlocutores

anudasen los hilos rotos de sus medias verdades.

—Pensaba en el Tetráchion y también, ahora que nos acercamos al Navío, en

Maria Mancini —dije lanzando un gran suspiro.

A todas luces, era mentira. Sí pensaba en Maria, pero sólo porque se me seguían

escapando ciertos detalles de sus cartas a Atto, y eso que las había leído varias veces.

—Para ser exacto, me preguntaba por qué se ensañaron los cortesanos con esa

muchacha, como lo hizo, por ejemplo, la condesa de Soissons… A propósito, ¿quién

era? —pregunté con fingida ingenuidad.

—Veo que ni los intensos sucesos de las últimas horas ni el escaso reposo

nocturno han conseguido que te olvides de mis relatos —observó el abate satisfecho,

creyendo tal vez que me había embebido tanto en la narración de las vicisitudes

amorosas del joven Rey Cristianísimo que ahora le suplicaba más pormenores. Era lo

que Atto esperaba.

 

La condesa de Soissons, explicó el abate Melani, no era otra que la hermana mayor

de Maria. Se llamaba Olimpia Mancini y, según algunos, fue una de las iniciadoras

amorosas del joven rey.

En la primavera de 1654, cuando ella contaba diecisiete años y Luis quince,

bailan con frecuencia juntos en las fiestas. Y Olimpia alberga previsibles

esperanzas…

Sin embargo, su tío Mazzarino la promete muy pronto al conde de Soissons, un

Saboya emparentado con la familia real. Se casan en 1657.

—Olimpia tenía un temperamento muy envidioso —refunfuñó Atto ante ese

recuerdo palmariamente desagradable—. La cara larga y puntiaguda, sin otra belleza

que los hoyuelos en las mejillas y dos ojos vivaces pero demasiado pequeños. La

corte se preguntaba: «¿Ha sido la amante del rey?»

—¿Lo fue? —inquirí con la esperanza de que Melani revelase algún particular

útil para mis investigaciones.

—La pregunta está mal formulada. No se puede hablar de amantes en el caso de

un jovenzuelo de quince años. Se puede preguntar, a lo sumo: ¿cedieron al deseo? Y

la respuesta es: ¿eso qué importa?

Según Atto, se sabía con certeza que el pasatiempo con Olimpia, fuese o no platónico, no había tenido ninguna consecuencia para el joven rey; nada que le tocase

el alma. Y cuando los corazones de Luis y Maria empezaron a palpitar el uno por el

otro, Olimpia ya estaba preñada de su primer hijo.

—Pero el embarazo, ay, no puso freno a la terrible envidia que tenía de su

hermana, quien había conseguido, del modo más natural, lo que Olimpia había

intentado vana pero calculadamente antes que ella: ganarse el corazón del rey.

El rencor lleva a Olimpia a coquetear de nuevo con el soberano entre el primer y

el segundo embarazo. Sin embargo, una vez más fracasa en su propósito. Obtiene

entonces el secreto apoyo de la reina madre, reacia al amor entre Luis y Maria, y le

regocija turbar a su hermana mediante una carta en que le revela la oposición de la

madre de Luis.

—¡De modo que fue ella quien calumnió a Maria al oído del rey, cuando éste

volvió a París después de su matrimonio español! —proclamé sorprendido.

Como expósito, sin hermanos ni hermanas, siempre había soñado e imaginado

que tenía un montón. Y en mis sueños me los figuraba como los amigos más

verdaderos y dignos de confianza.

—¿Te asombra? Las cosas son así desde los tiempos de Caín y Abel —sentenció

Melani con aire de suficiencia, y a continuación recitó:

 

El veneno que en sí guardan la envidia

y el odio se ve mejor entre hermanos:

Caín, Esaú, Tieste, los hijos de Jacob,

y Etéocles, gran envidia albergaban,

como si no hubiesen sido hermanos,

pues la sangre emparentada se incendia tanto

que arde mucho más que la de fuera.

 

—Como has oído —explicó a continuación—, no es casual que Sebastián Brant,

tan apreciado por Albicastro, consagrase unos versos de su Nave de los necios al odio

fraterno. Pero por suerte no es una regla infalible —precisó el abate—. Maria se

mantuvo siempre muy unida a otra de sus hermanas, Ortensia.

Claro, pensé, ¿no era el propio Atto un ejemplo viviente de amor fraterno?

Durante toda su vida había estado unido a sus hermanos por un inquebrantable foedus

de ayuda recíproca. Lo sabía desde hacía muchos años, porque una vez, en la Posada

del Donzello, un huésped, en un cuchicheo censor, contó que los hermanos Melani

actuaban «siempre en grupo, como los lobos».

—Olimpia, pues, susurró malignamente al oído del rey que, mientras él se

desposaba en los Pirineos, Maria se había dejado cortejar por el joven Carlos de

Lorena y que incluso estaba dispuesta a casarse con él.

—¿Y qué otra cosa podía hacer la pobre? —comenté—. Si el rey ya estaba casado.

—Exacto. Maria quería enlazarse con un francés. No deseaba regresar a Italia,

donde las mujeres de abolengo se ven obligadas por sus maridos a marchitarse en

casa como adornos.

Una vez que hubo cumplido sus ponzoñosos oficios, Olimpia asistió con maligno

placer al fruto de sus maledicencias. Fue el día en que presentaron la lozana esposa

de Luis a Maria. Después de mucho tiempo —el de la separación, el de la violencia

de Mazzarino, el de las lágrimas de Luis en el castillo de Brouages—, Maria volvía a

ver al rey. El amor —y con él los celos— no había desaparecido; sólo estaba

encadenado.

Pues bien, cuando Maria se presentó ante Luis, éste, roído por los celos, le lanzó

una mirada tan fría y desdeñosa que ella apenas pudo hacer las tres reverencias de

rigor. La perfidia de Olimpia había triunfado.

Mazzarino, en su lecho de muerte, recompensó generosamente la acucia con que

Olimpia había separado a Luis y Maria: la nombró superintendente de la casa de la

reina, para gran contrariedad de la propia María Teresa, nada contenta de verla

rondar, siempre esperanzada, a su marido.

—Pobre María Teresa. Olimpia aprovechó su puesto junto a ella para tener el

placer cruel de ser la primera en contarle los adulterios del rey.

Empezó con la primera favorita oficial de Luis XIV Louise de La Valliére.

Disfrutando secretamente de que el hombre que no había sido suyo traicionara a su

esposa, Olimpia, que se entrometía en todo, se la propuso al rey como «tapadera»:

fingiría que la cortejaba para poder pasear de noche con su cuñada Enriqueta.

Sin embargo, el muro que divide el poder de los soberanos de su voluntad es

sumamente fino, y Louise acabó convertida en la verdadera amante del rey. Olimpia

la atacó entonces con un odio inefable, empujando al lecho del fogoso soberano a otra

damisela de la reina, Anne-Lucie de La Motte, tras lo cual informó mediante una

misiva anónima a la cándida Louise. Como no consiguió separar a los dos amantes,

Olimpia pidió una audiencia secreta a la reina María Teresa y se lo refirió todo: las

escapadas del rey y la relación estable con madame de La Valliére. Luego gozó del

espectáculo: torrentes de lágrimas, una memorable escena entre el rey y su madre y,

por último, la trifulca entre las damas de honor.

El propio rey puso remedio inmediato a la situación. Aunque exasperado,

aprovechó la ocasión para librarse del yugo materno e imponer a madame de La

Valliére a su esposa, a su madre y a toda la corte como su primera amante oficial.

—Sin querer, Olimpia había tirado piedras contra su propio tejado —dijo con

sorna el abate—. Ahí comenzó su caída, que aún tendría que haber sido más rápida,

habida cuenta de todo el mal que había causado.

—¡Fijaos! —exclamé interrumpiendo la narración.

Habíamos cruzado la puerta San Pancrazio y nos hallábamos en las inmediaciones

del Navío. Ante la entrada de la villa había tres magníficos carruajes.

—Uno es del cardenal Spada —observé.

De pronto los tres coches se pusieron en marcha y doblaron a la derecha. Mientras

se alejaban, vimos claramente que los habitáculos estaban vacíos. Los pasajeros

(Spada, Spinola y Albani) se habían quedado en el Navío, donde probablemente sus

lacayos los recogerían más tarde.

—Ánimo, chico, quizá esta vez tengamos suerte. Los tres están «a bordo» —

comentó Atto.

Los tres cardenales volvían, pues, a reunirse en la villa de Benedetti. En la

anterior ocasión habíamos intentado seguirles inútilmente la pista. Ahora los

habíamos encontrado por casualidad; podía ser una buena señal.

 

Como casi habíamos llegado a nuestro destino, Atto concluyó apresuradamente su

narración.

—Olimpia se perdió en su furia celosa. Acabó encargando conjuros y venenos

contra las amantes del Rey Cristianísimo, y pociones de amor para el propio Luis.

Sus intrigas fueron descubiertas cuando estalló el asunto de los venenos, y le costaron

una orden de arresto y una huida presurosa a Bruselas. Hoy sigue deambulando por

Europa, poseída por un odio incontenible contra Francia, haciendo todo lo posible por

perjudicar al reino del Rey Cristianísimo. Se sospecha, entro otras cosas, que

envenenó a su marido, y también a madame Enriqueta y a su hija.

—¿A madame Enriqueta y a su hija? —repetí con tono inseguro.

—Santo Dios, ya estamos otra vez. Siempre te lo tengo que repetir todo.

Enriqueta, acabo de decirlo, era la cuñada del rey. Además, hemos visto su retrato

aquí, en la planta baja. Era la madre de María Luisa de Orleáns, la primera esposa del

rey Carlos II de España. Pero ésta es otra historia —zanjó el abate, que curiosamente

siempre tenía mucha prisa cuando nuestra conversación abordaba las cosas que

atañían a la situación presente de España.

De todos modos, yo había descubierto por fin la identidad de la misteriosa

condesa de S.: madame Soissons era, pues, una hermana de Maria Mancini. La

condestablesa, en su carta, había efectivamente mencionado las sospechas de

envenenamiento que pendían sobre su cabeza tras la muerte de la reina de España, es

decir, María Luisa de Orleáns. La discreción con que hablaba de ello no se debía, ay,

a la participación de Olimpia en los asuntos presentes, sino sólo al hecho de que se

trataba de su hermana. Eso explicaba que la hubiese nombrado manifestando tanto

dolor por sus fechorías. En definitiva, yo había metido la pata (era mi segundo error

del día, después del cometido con el maestro florista): la misteriosa condesa de S. no

era en absoluto misteriosa ni tenía nada que ver con los peligros que al parecer flotaban sobre la cabeza del abate Melani.

Al terminar Atto su relato me sentía enojado, pero no quería que se me notase.

Desde hacía días leía a escondidas la correspondencia entre Atto y la condestablesa

acerca de la sucesión de España y no había sacado nada en limpio. Toda su atención

parecía concentrada en indagar, dada la proximidad del cónclave, los encuentros entre

mi amo, el cardenal Spada, el cardenal Albani y el cardenal Spinola di San Cesareo.

Encuentros que tenían lugar en el Navío, aunque esto no dejaba de ser una suposición

nuestra, pues todavía no habíamos confirmado nada después de todas las visitas que

habíamos hecho a aquella extraña villa hacia la que otra vez nos habíamos

encaminando. El Navío, eso sí, con sus inexplicables e inquietantes apariciones, había

traído al abate recuerdos lejanos: Maria Mancini, el joven Rey Cristianísimo e incluso

el superintendente Fouquet, hasta llegar a Capitor, la loca de don Juan el Bastardo

(otra vez volvíamos a España), quien cuarenta años atrás entregara tres presentes a

Mazzarino, entre ellos el plato que había llamado Tetráchion.

El Tetráchion. Como perdido en un laberinto circular, pensaba de nuevo en él. La

moza de cámara de la embajada de España, de cuyos labios este nombre de oscuro

significado había brotado por sorpresa, había sido interrogada hábilmente por

Cloridia para ayudarme a esclarecer los lazos entre la puñalada que había recibido el

abate en el brazo, la muerte del encuadernador Haver y el copioso intercambio

epistolar entre Atto y Maria sobre el tema de la sucesión de España, donde además se

nombraba al cardenal Fabrizio, mi amo. En efecto, las cartas referían que el cardenal

secretario de Estado Fabrizio Spada se había entrevistado con el embajador español

por la demanda de ayuda que el rey de éste, Carlos II, había formulado a Inocencio

XII y que, debido al pésimo estado de salud del Pontífice, Spada tenía poder para

ocuparse personalmente de los asuntos de aquél.

Regresaba, pues, al punto de partida: la sucesión de España, de la que el

Tetráchion, ente indefinible sin rostro ni forma, sería el legítimo heredero.

Desde que el abate y yo nos habíamos puesto en camino, no hacía más que dar

vueltas a lo mismo, sin resultado alguno. Intuía que todo estaba relacionado, pero

ignoraba de qué forma. Quizá la solución estuviese al alcance de la mano, pero yo era

incapaz de descubrirla. Aquella maraña de indicios recordaba la folía: un motivo

circular, penetrante aunque huidizo, una especie de serpiente marina, renuente e

insinuante, que al cabo ciñe al benévolo oyente en un híbrido abrazo y lo paraliza en

sus anillos.

La folía. Acabábamos de cruzar la verja de la villa y aquella música ya nos

recibía en el Leteo de su abrazo cálido y picante.

 

Volvimos a encontrar a Albicastro encaramado en la cornisa, extrayendo del mágico

carcaj de su violín los sonidos chispeantes de la folía.

—¿Éste ha de estar siempre en medio? —farfulló Atto—. ¿No tiene miedo al

ridículo?

Albicastro dejó de tocar y nos miró. Me estremecí, pues temía que el músico

hubiese oído el comentario poco respetuoso del abate Melani, pese a que lo había

hecho en voz muy baja.

—¿Sabíais, señor abate, que las cosas humanas, al igual que los silenos de

Alcibíades, tienen siempre dos aspectos opuestos entre sí? —dijo enigmáticamente el

holandés—. Así como esas estatuillas ridículas y grotescas guardaban imágenes

divinas, así lo que desde fuera parece muerte, examinado desde dentro, es vida, y

viceversa, lo que parece vida es muerte.

El músico, ay, había oído las mordaces palabras de Atto.

—En las cosas humanas —prosiguió—, lo que parece bello resulta deforme; el

rico, pobre; el infame, glorioso; el docto puede revelarse ignorante; el fuerte, débil; el

generoso, innoble; el alegre, triste; la prosperidad, adversidad; la amistad, odio; lo

provechoso, dañino. Dicho de otro modo, al abrir el sileno, todo se encuentra

repentinamente trocado en su contrario.

—¿Queréis decir que lo que me parece ridículo puede ser divino? —preguntó

Atto con tono burlón.

—Me asombráis, señor abate. Precisamente a vos, que venís de Francia, os cuesta

entender mis palabras. Sin embargo, tenéis un ejemplo delante de los ojos. ¿Qué

francés puede decir que su rey no es rico y dueño de todo? Ahora bien, si está a

merced de muchos vicios, ¿acaso no es igual al más innoble de los siervos? Y, sobre

todo, si su corazón está vacío de los bienes del alma y si muere sin haber podido

saciar la concupiscencia, ¿no hay que llamarlo pobrísimo? Sin duda conocéis lo que

dijo Solón a Creso, rey de Lidia: «El hombre muy rico no es más dichoso que otro

que viva al día, a no ser que la fortuna, en medio de su completa felicidad, lo

acompañe hasta llevar a buen fin su vida.»

Al oír estas últimas palabras Melani se sobresaltó y se alejó con desprecio sin

despedirse siquiera de su interlocutor.

Mientras lo seguía, me puse a pensar. Creso, rey de Lidia; el nombre de aquel

famoso monarca de la Grecia antigua me recordaba algo. La palidez que percibía en

el rostro de Atto, ahora que con el rabillo del ojo lo veía avanzar mudo, con el

semblante crispado, me hizo abrigar la sospecha de que el violinista holandés le había

tocado una fibra asaz sensible. Traté de estimular otra fibra en mí, la de la memoria, y

recordar dónde había oído la historia del sabio Solón y del lidio Creso; pero fue en

vano. Donde la memoria fracasa, me dije, ha de abrirse camino el razonamiento:

Albicastro había comparado a Creso con el Rey Cristianísimo…

Unos segundos bastaron, entonces, para que me acordase de aquel nombre, Lidio,

que se repetía de forma enigmática en las cartas de Atto y de la condestablesa. Si Creso era rey de Lidia, «lidio» tenía que ser él. Aquel misterioso personaje enviaba a

Maria mensajes a través de Atto, y ella le respondía por medio del mismo

intermediario. ¿Qué le decía la condestablesa? «Es menester considerar el resultado

final de toda situación, pues en realidad la divinidad ha permitido a muchos

contemplar la felicidad y, luego, los ha apartado radicalmente de ella.» Y además:

«No puedo responder todavía a la pregunta que me hacías, Lidio, sin saber antes que

has terminado felizmente tu existencia.» Pensándolo bien, sonaban a citas extraídas

de algún libro del mundo antiguo. Por otra parte, ¿esas frases no se parecían a las que

Solón dirige a Creso y que Albicastro había recordado? Me prometí examinar lo antes

posible la biblioteca de la villa Spada en busca del episodio de Creso y Solón para

confirmar mis sospechas.

 

Di alcance a Atto y echamos una ojeada alrededor. No había rastro de los tres

cardenales.

—No están aquí. Ya habríamos oído algún ruido o visto a algún secretario.

Era como si los tres purpurados se hubiesen esfumado en la nada.

—Hay algo que no encaja —dijo Atto pellizcándose meditabundo el hoyuelo del

mentón—. Pongámonos en movimiento. No sirve de nada que nos quedemos aquí

como estatuas. Tenemos mucho que hacer.

Nuestro objetivo era el plato. A juzgar por el cuadro en el que figuraban los tres

regalos de Capitor, que habíamos encontrado dos días antes en el Navío, y por los

recuerdos de Atto, se trataba de un objeto bastante voluminoso, de oro, de factura

exquisita y muy bello. Cumplía, pues, todos los requisitos para que Benedetti lo

tuviese expuesto en una sala; sin embargo, dado el estado de aparente abandono del

Navío, no era imposible que alguien lo hubiese puesto a buen recaudo de los

ladrones.

—Encontramos el cuadro en el segundo piso —dijo Atto—. Deberíamos empezar

por ahí.

Era la planta donde había cuatro apartamentos con baño y un pequeño salón

común. La búsqueda fue muy minuciosa. Revisamos camas, armarios, arcones y

cómodas, pero infructuosamente.

No pasamos por alto, en el registro que hicimos de todos los rincones, las

pequeñas bibliotecas que había en cada apartamento. Subido en una silla, hurgué

detrás de las hileras de libros, tragando una buena cantidad del polvo que a saber

desde hacía cuántos años los cubría. Tampoco esta fase de la búsqueda nos deparó

ningún fruto, salvo un detalle.

Cuando revisaba los volúmenes de la cuarta y última biblioteca, me llamó

poderosamente la atención algo que vi en la tercera fila, contando desde arriba. Era

una larga serie de tomos iguales, en cuyo lomo, grabado en oro, se leía:

Heródoto

 

 

HISTORIA

 

En el primer tomo leí, debajo del título:

 

Libro I

 

LIDIA Y PERSIA

 

Conocía, por supuesto, el nombre del célebre historiador griego y el título de su

obra, pero lo que me había desconcertado era el encabezamiento del libro: Lidia, el

país de Creso.

—Voy al primer piso, aquí no hay nada —exclamó Atto bajando por las escaleras.

—A mí aún me queda algo que hacer. En un momento me reuniré con vos —dije.

Pues sí, tenía algo que hacer. Bajé de la silla y me senté en un sillón. Abrí el libro

para buscar los pasajes que hablaban de la historia de Creso.

Mientras lo hojeaba, elevé un mudo agradecimiento a las paredes que me

cobijaban. Una vez más, el Navío había prestado oídos, por caminos oscuros e

inefables, a una petición de explicaciones, a un deseo de conocimiento. Sólo que en

esta ocasión no había respondido con sus inscripciones; para satisfacerme, me había

puesto un libro delante de los ojos.

Tuve mucha más suerte en esta búsqueda que en la del plato. El pasaje que lo

explicaba todo comenzaba en el capítulo vigésimo séptimo.

El rico Creso, rey de Lidia, recibió un día la visita de Solón, sabio ateniense.

Creso le dijo: «Amigo ateniense, hasta nosotros ha llegado sobre tu persona una gran

fama en razón de tu sabiduría y de tu espíritu viajero, ya que por tu afán de

conocimientos y de ver mundo has visitado muchos países; por ello me ha asaltado

ahora el deseo de preguntarte si ya has visto al hombre más dichoso del mundo.»

Creso, que era inmensamente rico, venerado y poderoso, estaba convencido de

que Solón iba a decirle que él, el gran soberano de los lidios, era el hombre más

dichoso.

En cambio, Solón citó como modelo de felicidad a un desconocido, un tal Telo de

Atenas, que había tenido vida próspera, muchos hijos y nietos, y que había muerto

combatiendo en batalla contra los enemigos de su ciudad. En segundo lugar Solón

situó a los hermanos argivos Cléobis y Bitón, los dos atletas que arrastraron más de

cuarenta estadios el carro sobre el que iba su anciana madre hasta el santuario donde

se celebraba una fiesta en honor de la diosa Hera. Llegados al templo, su madre rogó a Hera que concediese a sus hijos el don más preciado que puede alcanzar un hombre.

Una vez concluidas las ceremonias sagradas y el banquete, Cléobis y Bitón se

durmieron en el santuario y ya no despertaron; ése fue el fin que tuvieron. El pueblo

erigió estatuas con sus efigies y los honró como hombres excepcionales.

Al oírlo Creso se encolerizó. «¿En tan poco aprecias nuestra felicidad, amigo

ateniense, que ni siquiera nos consideras dignos de rivalizar con simples

particulares?» Solón respondió con sabias palabras:

 

Me parece que eres muy rico y rey de muchos hombres, pero no puedo responder aún a la

pregunta que me hacías sin saber antes que has terminado felizmente tu existencia. Porque una persona sumamente rica no es, desde luego, más dichosa que otra que viva al día, a no ser que la fortuna, en medio de su completa felicidad, lo acompañe hasta llevar a buen fin su vida.

…

Si lleva a buen fin su vida, ahí tienes a quien buscas, ése es el hombre digno de ser llamado

dichoso; pero, antes de que muera, hay que esperar y no llamarlo todavía feliz, sino afortunado.

…

Ningún ser humano, por sí mismo, posee todos los bienes, pues, si cuenta con unos, carece de

otros, y el que permanentemente cuenta con un mayor número y luego termina apaciblemente su vida, ése es quien, en mi opinión, debe recibir en justicia ese nombre. Ahora bien, es menester considerar el resultado final de toda situación, pues en realidad la divinidad ha permitido a muchos contemplar la felicidad y, luego, los ha apartado radicalmente de ella.

 

—Chico, ¿no piensas bajar? ¡Todavía nos queda todo por hacer!

La voz de Atto me devolvió bruscamente al presente. El volumen de Heródoto

tembló en mis manos.

Había leído suficiente, pensé. Ahora empezaba a entender.

Si mis razonamientos eran acertados, el Rey Sol en persona se ocultaba bajo el

nombre de Lidio, así como tras la metáfora de Creso contenida en el parlamento de

Albicastro. Por lo demás, ¿acaso el propio Atto no me había contado que Heródoto

era una de las lecturas preferidas de Luis y Maria?

Ése era el secreto que tan vanamente había indagado: la condestablesa y el Rey

Cristianísimo se escribían en secreto, y Atto oficiaba de intermediario.

Ciertamente, ya no eran Luis y Maria, la muchacha ebúrnea y el tímido joven de

las apariciones en el Navío; sus escritos ya no eran susurros de amor. Mas el rey de

Francia seguía teniendo en gran estima los consejos de Maria Mancini, hasta el punto

de aceptar el riesgo de mantener una correspondencia secreta con tal de disfrutar de

los beneficios de su inteligencia. Recordaba perfectamente, en efecto, que Atto, en

una apostilla, le había escrito:

 

Sabéis que a él le satisfacen sobremanera vuestro juicio y vuestra aprobación.

Lo cierto era que Atto, en la misma carta, había escrito asimismo que tenía que

entregar algo a la condestablesa. Algo que, aseveraba, le haría cambiar de opinión

sobre Lidio. ¿De qué podía tratarse?

Pasados los primeros momentos de entusiasmo, empero, surgieron las dudas. Era

evidente la referencia a Heródoto, pero no tanto que bajo el sobrenombre de Lidio se

ocultase el Rey Cristianísimo. No era casual, sin duda, que a Luis le gustase leer a

Heródoto con su enamorada. Mas, por otra parte, Albicastro había establecido un

símil demasiado fácil entre Creso y el rey de Francia. En suma, aún no podía

descartar del todo que quien aparecía con el nombre del rey de Lidia en las cartas de

Atto a Maria fuese otro. Y lo que sabía de la vida de Maria Mancini tras su marcha de

París era demasiado poco para poder indagar sobre la identidad de aquel misterioso

personaje.

Precisaba, pues, otra confirmación. Ya sabía cuál: Silvio.

En sus cartas Maria Mancini llamaba a veces Silvio a Atto y, en los pasajes en

que le daba ese nombre, le dirigía advertencias, recomendaciones y hasta reproches

cuyo significado se me escapaba por completo.

¿No serían también citas literarias, como las del Lidio de Heródoto? Dejé volar

mi imaginación, y ya veía a Silvio como un personaje de un libro, quizá un mensajero

de amor, tomado de la mitología.

Sólo necesitaba encontrar el origen del nombre de Silvio, me dije, para descubrir

una pista más sobre la identidad de Lidio e incluso —tal era al menos mi esperanza—

la prueba definitiva de que el Rey Cristianísimo y la condestablesa mantenían aún

amorosas conversaciones.

Sin embargo, no tardé en desanimarme. Sólo contaba con un nombre: Silvio. Era

como buscar una aguja en un pajar. ¿Por dónde comenzar mis pesquisas?

Una mano se posó de pronto en mi hombro y me apartó de mis reflexiones.

—¿Quieres dejar de meditar con ese libro en la mano, como san Ignacio?

Ayúdame.

El abate, sudado y cubierto de polvo, había venido a buscarme para que reanudase

la actividad.

—Hasta ahora no he encontrado nada. Quiero seguir registrando el primer piso.

Échame una mano.

—Enseguida, don Atto, enseguida —dije, y subí de nuevo a la silla para colocar

en su sitio el librito de Heródoto.

Dejé para más tarde mis cavilaciones.

 

Bajamos a la primera planta, donde estaban la galería de espejos de perspectiva falaz,

la capilla, el baño y los dos gabinetes, uno dedicado al papado y otro a Francia.

Al punto me encontré ante la magnífica imagen, bordada en un tapiz, de una hermosa ninfa ataviada con una piel de lobo y a la que un joven cazador ha herido en

un costado con una de sus flechas. El suave semblante de la ninfa, su ebúrnea tez y

sus delicados rizos de ébano contrastaban eficazmente con la vista de la sangre que

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