Snap
Capítulo 2001
Catherine While se despertó con un sobresalto y la sensación (la certidumbre) de que había alguien en la casa.
—¿Adam?
Adam no estaba allí. Estaba en Chesterfield. Catherine lo sabía porque justo el día anterior le había enviado una postal de la estación de autobuses con un garabato irónico.
Y, sin embargo, repitió:
—¿Adam?
Nada. Solo aquella espeluznante sensación de que no estaba sola. La farola junto a la ventana parpadeó y se apagó, dejándola ciega por un instante.
Parecía… planeado.
—¿Adam? —susurró a la oscuridad.
—¡Prrrrp!
Catherine chilló cuando el gato aterrizó en sus piernas.
—¡Quita, Chips!
Se sentó con un gruñido y una serie de incómodos contoneos bajo el peso de su barriga habitada y echó al gato de la cama.
—No te asustes —le dijo con firmeza a su tripa—. No era más que el gato.
Adam había tenido un segundo gato, llamado Fish, al que atropelló un coche antes de que se conocieran. Cuando lo supo, Catherine puso cara de solidaridad, obviamente, pero se sintió secretamente aliviada. Con un gato que vigilar para que no se sentara en la cabeza del bebé tenía más que suficiente. Chips era como un muñeco de trapo blanco y peludo, con preciosos ojos azules, pero a Catherine no le gustaban los gatos. Tampoco los perros, ya puestos. Nunca había tenido animales de compañía de ninguna clase, ni siquiera un pez de colores, pero en los dos años que llevaban juntos Adam y ella había aprendido lo suficiente para saber que, definitivamente, los gatos no le caían bien.
A Adam sí. No se despegaba de su gato y ni su gato ni su pelo se despegaban de él. Catherine estaba convencida de que los gatos tenían su razón de ser dentro del universo, pero también de que esta no era cagar dentro de una caja en un rincón de la cocina.
O subirse de un salto a su cama.
Debía de haber dejado la puerta entreabierta la noche anterior y Chips vio la oportunidad de reafirmar su derecho gatuno a dormir en la almohada de su amo y mear con libertad en el cajón de los calcetines.
Catherine chistó furiosa y Chips salió altivo de la habitación con una mirada por encima del hombro que decía: «Esta te la guardo».
—Tú mismo —dijo Catherine desafiante y se recostó en la almohada.
Al menos Chips le había quitado el susto.
Catherine entrelazó las manos sobre el vientre, perpleja y divertida por lo diferente que era de la imagen que había tenido siempre de su cuerpo. Los primeros meses no había habido grandes cambios. Un poco de tripita, de esa que desaparece después de unas semanas de hacer bicicleta. Luego el bulto creció lo bastante para celebrarlo tumbándose boca arriba y dejar que sobresaliera, como cuando se mete en casa una maceta con una planta que estaba en el jardín. Ahora, que estaba de siete meses, levantarse de una silla era algo parecido a levantar un saco de fertilizante para meterlo en un carrito en B&Q.
Estaba ansiosa de que llegara el día en que le pusieran al bebé en su pecho, rojo, arrugado y berreando…
«¡Jamás dejaré que te hagan daño!».
Aquella promesa vehemente no era algo que Catherine hubiera formulado o decidido. Le venía al pensamiento de vez en cuando, directamente salida del corazón, del mismo modo que había imaginado que saldría el bebé de su útero, con un torrente de emociones que le producían al mismo tiempo ganas de llorar y de enfrentarse a todo.
Se secó los ojos con la base de la mano, suspiró y maldijo a Chips. Pronto necesitaría dormir todo lo que pudiera y perder aunque fuera un segundo la ponía de malhumor.
El doctor Samuels le había dicho que buscara la serenidad máxima para ella y para su hijo que iba a nacer.
«Serenidad máxima».
El médico había usado esas palabras concretas y Catherine se había reído de ellas. Pero a medida que avanzaba su embarazo, entendía mejor el valor de la serenidad máxima y había empezado a meditar, a encender velas y a leer novelas malas en la bañera. Se daba masajes de pies, tomaba batidos de kale y asistía a clases semanales de preparación al parto, donde se tumbaba de espaldas igual que un escarabajo dado la vuelta y Adam la ayudaba a respirar, a empujar y a reír como una tonta en supuesta preparación para lo que estaba por venir.
Catherine decidió leer hasta quedarse otra vez dormida. Tenía una pila de libros pendientes de lo más tentadora, pero sus hormonas la empujaban de manera compulsiva a El gran libro de nombres para niños. Menuda tontería; tanto Adam como ella preferían los nombres tradicionales y el libro incluía muchos de lo más ridículo. Además, habían decidido más o menos que si era niña, se llamaría Alice y si era niño, Frank, por la abuela de ella y el padre de él. Pero aunque sabía que jamás llamaría a su hijo Bunker o Crimpelene, Catherine sentía que era su deber considerar incluso la posibilidad más remota.
Se volvió para encender la lámpara de la mesilla, pero se detuvo a medio camino.
Oía un ruido.
No sabía muy bien qué era o de dónde venía, pero sonaba a alguien intentando no hacer ruido.
Alguien dentro de la casa.
Un miedo atávico le produjo un cosquilleo en la nuca.
Tenía treinta y un años y había vivido sola durante toda su vida adulta hasta que se mudó a casa de Adam casi dos años antes. Cuando vives sola y oyes un ruido por la noche, no te escondes bajo las mantas y esperas a que tu destino suba por las escaleras y se acerque por el pasillo. Cuando vives sola, te levantas de la cama, coges la linterna o el bate de béisbol o el bote de laca y bajas sigilosa al piso de abajo para enfrentarte a…
El lavavajillas.
Que era lo único que podía hacer un ruido lo bastante fuerte para despertarla.
Pero no había puesto el lavavajillas…
Catherine no estaba tan bien preparada como antes y además estaba mucho más embarazada. Pero no había allí nadie que pudiera ayudarla. Así que, con un gruñido ahogado, sacó las piernas de la cama y cogió impulso hasta ponerse de pie.
Salió sin hacer ruido al rellano y cogió un jarrón de la estantería. Era un mazacote sueco de cristal y nunca le había gustado. Tirárselo a un intruso mataría dos pájaros de un tiro.
Respiró hondo, dio la luz del pasillo y gritó:
—¡Quien esté ahí más le vale marcharse ahora mismo de esta casa! ¡He llamado a la policía y voy armada!
Empezó a bajar las escaleras con el jarrón a la altura del hombro, sintiéndose aterrada e idiota al mismo tiempo. Cuando llegó al piso de abajo, se detuvo y escuchó.
Nada.
¿Se había equivocado? No sería la primera vez. Estar sola en una casa magnificaba todos los sonidos. Los volvía más alarmantes. De haber estado segura, habría llamado a la policía y no lo había hecho, a pesar de que el teléfono estaba junto al lado de la cama en el que dormía Adam.
Sujetó mejor el jarrón con la mano derecha y comprobó despacio todas las habitaciones. Con cada umbral que cruzaba, se envalentonaba más. El recibidor, el comedor, la cocina.
Allí no había nadie.
Catherine dejó el jarrón sobre la mesa de la cocina cerca de la cámara y el teléfono y suspiró de alivio, feliz de haberse equivocado.
Entonces se fijó en su cámara de fotos y su teléfono. No recordaba haberlos dejado encima de la mesa. ¿Por qué iba a hacerlo? Y el portátil de Adam estaba junto a ellos, cuando siempre lo tenía en la mesa de su despacho.
«¡Hijo de puta!».
Catherine comprendió en un abrir y cerrar de ojos. ¡Los objetos estaban en la mesa cerca de la puerta trasera para que el ladrón pudiera cogerlos al salir!
Sin aliento por el pánico, comprobó la puerta. ¡No estaba cerrada con llave! La había cerrado, de eso estaba segura. El intruso debía de haber salido por ella cuando gritó, ¡sin detenerse siquiera a coger el botín!
Se apresuró a echar otra vez la llave y se pegó con desesperación al frío cristal, con las manos a ambos lados de la cara para ver en la oscuridad.
Contuvo el aliento cuando una sombra negra y líquida se separó de la casa y fluyó entre los arbustos y por encima de la valla igual que si fuera aceite.
—¡Te estoy viendo! —gritó—. ¡Te estoy viendo, cabrón!
Tenía el corazón desbocado, pero sus palabras le dieron valor.
Y enseguida todo hubo pasado.
El intruso había estado allí y se había marchado.
Ella estaba asustada y a salvo.
Todo había pasado y la mancha de vapor condensado que había dejado su grito en el cristal se encogió hasta desaparecer.
Catherine se separó de la puerta. Le temblaban las piernas. Se sentó y se llevó una mano trémula al vientre.
Su cabeza repasó lo ocurrido, saltando entre causa y consecuencia, entre lo que fue y lo que podía haber sido, hasta que por fin se apaciguó y empezó a funcionar a un ritmo más normal.
Estaba bien.
Estaban bien.
No había ocurrido ninguna desgracia. No se habían llevado nada.
Eso era lo más importante. Lo fundamental.
Pero había algo más. Tampoco se había dejado llevar por el pánico. No había chillado. No se había escondido debajo de la cama. No había tenido que venir un hombre a rescatarla. Había sido valiente y espabilada.
Catherine casi había olvidado lo que era ser independiente y cuando volvió al piso de arriba, la semilla del orgullo empezaba a brotarle en el pecho.
Entró en el dormitorio, cerró con firmeza la puerta y dejó escapar un fuerte suspiro de alivio. Entonces se volvió hacia la cama y el estómago se le encogió de tal manera que el bebé dio una patada.
La lámpara junto a la cama estaba encendida.
No la había encendido ella. Se había detenido a medio camino, ¿recuerdas?
Sabía que no la había encendido ella.
Y, en el pequeño charco de luz que proyectaba, había un cuchillo.
No era un cuchillo de cocina.
Era una navaja.
Catherine se movió sin caminar.
Miró la navaja.
Una hoja brillante, serrada en un extremo; en el otro, curva hasta terminar en una punta cruel. La empuñadura, con incrustaciones de nubes perladas que se reflejaban en un mar azul petróleo de…
Abulón.
La palabra emergió del profundo océano de su cerebro y supo que era la adecuada, aunque no estaba demasiado segura de cómo era un abulón. La pálida concha era tan serena, tan hermosa, que sin duda el filo no podía ser tan brutal como aparentaba. Como si no fuera suya, Catherine observó su mano acercarse y posar por un instante un dedo en la punta.
Dio un respingo cuando una descarga eléctrica le subió por el brazo y el cuello hasta la coronilla. Los ojos se le llenaron de lágrimas y una bola roja diminuta se le formó en la yema del dedo índice y se quedó allí, brillante como el rubí de un reloj suizo.
Se llevó el dedo a la boca con un escalofrío.
Entonces vio la tarjeta de cumpleaños.
Flores en un cubo. «Para mi hija, en su día». Su madre no sabía elegir tarjetas de felicitación. Una semana después de su cumpleaños, Catherine la había guardado con todas las demás en un cajón del cuarto de invitados.
Y sin embargo ahora estaba allí, junto a su cama…
Se sentía desorientada, como si aquello fuera un sueño o una curvatura del espacio-tiempo.
Abrió la tarjeta.
La firma garrapateada de su madre estaba toscamente tachada y en el espacio en blanco había un nuevo mensaje escrito:
Podría haberte matado.