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Belinda Bauer · Capítulo 5 de 7

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Tres años después

 

Catherine estuvo despierta con el teléfono en la mano hasta el amanecer.

Había marcado dos veces el número de Adam y las dos veces había colgado antes de que sonara.

En una ocasión empezó a llamar a la policía, pero no pasó del segundo nueve.

Ahora se limitó a sentarse en el borde de la cama, con Chips pegado a su muslo en busca de calor.

Estaba desesperada por oír la voz de Adam. En las últimas horas había imaginado cien veces la conversación.

«¿Hola?», diría él con voz ronca y ella le contestaría con un «hola» susurrado y a continuación rompería a llorar.

Sabía que lo haría, por mucho que se esforzara por evitarlo. Solo de pensar en ello le entraban ganas. Entonces la voz de él se transformaría en esa otra dulce que tan bien conocía: «¿Catherine?», la misma que cuando le anunció que estaba embarazada. ¡Se había puesto tan contento! Enseguida la había obligado a tumbarse en el sofá, entre risas y protestas, con un té, una tostada y el mando a distancia, mientras él iba a toda prisa a comprar sopa de pollo, complejos vitamínicos y todas las cosas que un recién nacido podría necesitar de una tienda abierta veinticuatro horas. Estas habían incluido un paquete de pañales desechables para niños de entre 12 y 18 meses, seis botes de compota de plátano Heinz y un tren teledirigido que, en lugar de vapor, expulsaba pompas de jabón. Dos días más tarde se había apuntado a un curso de primeros auxilios a recién nacidos en la asociación benéfica St John Ambulance y cambiado su Golf por un repulsivo Volvo color verde guisante con sistema de protección contra impactos laterales y cierres de seguridad para niños…

No podía contárselo.

No podía decirle que mientras él hacía todo lo posible para protegerlos a ella y al bebé, ella había trastabillado por toda la casa profiriendo amenazas tontas con un jarrón como única arma con la que defenderse ella y a su hijo aún no nacido de un intruso con una navaja.

¡Un intruso al que ella había dejado entrar!

Había dejado abierta la ventana del cuarto de baño para que Chips no la molestara si quería salir, a pesar de que Adam le había dicho que no lo hiciera.

«¡Pero hace tanto calor!», se quejaba mentalmente siempre que Adam le decía aquello. «¡Además es un ventanuco y está muy alto! No podría entrar nadie por él».

Pero alguien había entrado. El ambientador estaba volcado y, si ladeaba la cabeza en un determinado ángulo, veía una huella borrosa en el alféizar de azulejo blanco. Después de una larga noche de atar cabos, Catherine concluyó que el ladrón había entrado por allí e ido derecho al piso de abajo, donde había cogido las cosas obvias y abierto la puerta trasera para asegurarse de que no se quedaba atrapado.

Luego había vuelto al piso de arriba.

Debía de haber estado justo detrás de ella cuando se detuvo en lo alto de las escaleras blandiendo el jarrón y gritando amenazas vanas.

Catherine se estremeció.

No había sido valiente, había sido una insensata. Ahora se daba cuenta.

¡Debía de ser la famosa torpeza de las embarazadas! Le habían dicho que el embarazo podía llevar a tomar decisiones irracionales, elecciones ilógicas, y Catherine había pensado que se trataba de tonterías misóginas.

Pero ahora se daba cuenta de que había sido tan tonta como esa rubia tonta de las películas de terror a la que no se le ocurre encender la luz.

Se había puesto a sí misma en peligro y, lo que era aún peor, había puesto a su hijo en peligro.

¿Cómo iba a contarle eso a Adam?

No podía. No quería. Se pondría furioso… y con razón. Adiós a la serenidad máxima, ahora todo sería preocupación, sentimiento de culpa y nuevas medidas de seguridad mientras Adam la envolvía en algodones hasta que se ahogara.

El pánico se adueñó de ella.

9-9-

Se detuvo de nuevo antes de terminar de marcar. Quería pensarlo una vez más.

¿Qué podía hacer la policía? El ladrón no se había llevado nada. No había roto nada. Ni siquiera lo había visto. Si llamaba a la policía, tendría que revivirlo todo, dejar que el mundo entero supiera lo estúpida que era y todo en vano. La policía rara vez cogía a los ladrones de casas. Eso lo sabía todo el mundo. El Gazette estaba lleno de casos que la policía no conseguía resolver. Había un ladrón que llevaba tanto tiempo suelto que hasta le habían puesto un apodo: Ricitos de Oro, porque dormía en las camas y se comía la comida de las casas en las que entraba. Y si la policía no lograba coger a aquel ladrón, Catherine dudaba de que hicieran horas extras para coger a un hombre que había volcado un ambientador.

Llamar a la policía no le traería nada más que humillación. Humillación y barullo.

Así es como lo llamaría su madre. «Barullo». Alboroto y sinsentido.

Catherine dejó a un lado el teléfono y se abrazó la barriga.

—No queremos barullo, ¿verdad, Crimpelene?

Suspiró por su mala suerte. ¡Ni siquiera tendría que estar allí! Adam y ella tendrían que estar pasando el fin de semana en Sidmouth celebrando su aniversario. Pero había que pagar el alquiler y estaban ahorrando mucho para el niño, así que cuando a Adam le llegó la oportunidad de hacer horas extra, cancelaron el viaje.

Incluso así, que la robaran y amenazaran cuando debería haber estado desayunando en la cama con vistas al mar era como echar sal en las heridas.

Miró por la ventana como si la vista pudiera sorprenderla con un milagro, pero solo encontró la casa del señor Kent al otro lado de la calle sin salida, bañada en el fulgor rosado del amanecer.

Aunque no era el mar, la vista le hizo sentirse mejor. Había pasado una mala noche. Pero la noche había terminado y el alba pintaba su temor de un color nuevo y menos aterrador.

Podría haberte matado.

«Sí», pensó, «pero no lo has hecho, ¿a que no?».

Aquella era la reconfortante verdad.

El intruso no la había matado. Ni siquiera cuando estaba en lo alto de la escalera, gorda y sin equilibrio, sujetando un jarrón con mano temblorosa. O cuando un ligero empujón la habría mandado escaleras abajo hasta el pasillo… En realidad, había hecho todo lo posible por evitarla antes de marcharse por donde había venido.

De hecho, ¡lo había ahuyentado ella!

Quizá solo había querido devolverle el susto…

Catherine parpadeó.

Aquello parecía plausible. El ladrón, al ver su plan frustrado por sus torpes gritos, había decidido vengarse. Había dejado la navaja y la amenaza convencido de que, si no objetos de valor, al menos le había robado la tranquilidad.

Tenía lógica.

Era probable…

Y así fue cómo empezó a pensar Catherine en ello. Cómo decidió pensar en ello. En una bravuconada sin importancia. Que no significaba nada. Y si no era nada, entonces nadie tenía por qué saberla. Nada tenía que cambiar. Sería lo mejor para ella y, lo que era más importante, para el bebé.

Serenidad máxima.

De manera que Catherine While no llamó a su marido para contarle lo del ladrón. Y tampoco a la policía.

En lugar de ello, envolvió la navaja reluciente en un pañuelo de papel y la cogió con cuidado, manteniéndola a cierta distancia, como si pudiera explotarle en la mano.

Luego la metió en el fondo del cajón de los sujetadores y quemó la tarjeta de felicitación en el fregadero de la cocina.