Snap
Agosto de 1998
Había pasado una semana.
Una semana en la que solo habían hablado en susurros, salvo Merry, que lloraba con la frecuencia y el volumen que se le antojaba hasta que una vecina a la que llamaban «tía», aunque no lo era, vino y se la llevó «solo hasta que vuelva Eileen a casa».
Cuando se fue, la casa se quedó tan silenciosa que el silencio en sí era casi un ruido.
Jack y Joy no iban al colegio. No era tan divertido como podía parecer. Jugaban a las cartas o veían dibujos animados con el volumen bajo, entre siluetas de agentes de policía que entraban y salían igual que fantasmas torpes. El que estaba al mando tenía un bigote tan espeso como el de un vaquero. «Llamadme Ralph», les dijo. Pero no le llamaban nada, se limitaban a verlo entrar y salir de la cocina con papeles y fotografías y decirle cosas secretas a su padre.
Cuando tenían hambre, comían cereales directamente de la caja. Cuando tenían sed, bebían del grifo. Cuando estaban cansados, se reclinaban el uno contra el otro en el sofá igual que pingüinos en una tormenta de nieve y se echaban siestas incómodas y nada reparadoras en las que soñaban con un asfalto recalentado y polvoriento y con que ningún coche paraba.
Nadie quería saber nada.
De vez en cuando, su padre levantaba la vista como si se acordara de ellos y decía: «¿Estáis bien?» y Jack y Joy asentían enérgicos, porque su padre estaba muy ocupado con la policía y con los periódicos. Y porque si decían que «no estaban bien», era posible que otra «tía» a la que ni siquiera conocían llegara y se los llevara, como a Merry.
Los periódicos llegaban cada mañana por debajo de la puerta con una serie de ruidos secos, igual que pájaros muertos que caen del cielo y se estrellan contra el felpudo.
Todos los periódicos, todos los días.
Su padre se sentaba a la mesa de la cocina a leer y releer obsesivamente cada cosa que se sabía, o se suponía, sobre la desaparición de su mujer; encorvado sobre las páginas para entresacar más significado, moviendo los labios y manchándose los dedos de tinta. No tiraba ningún periódico, por si había pasado algo por alto, y los acumulaba en un montón que crecía a una velocidad asombrosa.
Se suponía que Jack y Joy no debían leer los periódicos, pero de tanto en tanto, cuando su padre estaba en el piso de arriba, echaban una ojeada. Y por aquellos atisbos robados supieron que la búsqueda de su madre estaba aún en marcha y que la policía buscaba pistas, pero no encontraba ninguna.
El tío Billy llegó de Irlanda con su fea mujer, Una. Esta fingía que le gustaban los niños y él se sentaba en la cocina y miraba al padre trasladar gruesos montones de periódicos de un lado a otro de la habitación, señalar páginas y explicar las teorías de lo que podía haberle ocurrido a su mujer.
Teorías. En plural.
Tenía varias y Jack estaba harto de oírlas. Las exponía todas en trémulas ráfagas de palabras que no tenían nada que ver con la voz varonil de su padre. Y todas incluían un error, un malentendido o un fallo en la comunicación que se aclararía en cuanto Eileen volviera a casa y explicara dónde había estado todo aquel tiempo, y todo se arreglaría.
Jack tarareó en voz alta para no tener que oír a su padre decir cosas tan lamentables.
—Cállate —dijo Joy.
Jack tarareó más fuerte.
No podían salir debido a todos los periodistas que llamaban a la puerta y acechaban en las esquinas cerca del pub o dentro de los coches aparcados por toda la calle.
Esperando.
—¿Qué están esperando? —dijo Joy mientras jugaban a las cartas en la alfombra de su habitación.
—No lo sé —dijo Jack, aunque creía saberlo y pensaba que Joy también.
Pero esta se levantó de la alfombra, abrió la ventana y les gritó:
—¿Qué estáis esperando?
Nadie le contestó. Pero al día siguiente su fotografía salía en primera plana en todos los periódicos que llegaron por debajo de la puerta.
El titular era: «JOY ABANDONADA» [1].
Aquello hizo sufrir a Jack.
Quizá su madre los había abandonado en aquel arcén. Quizá él era demasiado ruidoso, Joy demasiado irritante y Merry demasiado coñazo para que pudiera soportarlo. Quizá ni siquiera había llegado a pedir ayuda por el teléfono naranja. Quizá se había hartado de que él y Joy se pelearan en el asiento trasero, había parado el coche, doblado la curva, hecho autostop y huido en un coche rumbo a una nueva vida. Con un marido más rico, un coche mejor y su nuevo hijo, quien recibiría todos los juguetes y los abrazos en lugar de Joy, Merry y él.
Si se esforzaba lo bastante y durante el tiempo suficiente, Jack podía enfadarse lo bastante para que no le importara que su madre no volviera nunca.
Pero incluso cuando lo conseguía, en su fuero interno deseaba que sí lo hiciera.