Sol naciente

Michael Crichton · Capítulo 3 de 10 · parte 3/3

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Sol naciente

Han Robado las Cintas.

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

–O sea, cinco de los grandes -dijo Connor-. ¿Y qué hay de malo en ello?

–Dice Graham que eso me influye. Que los japoneses me han comprado.

–Desde luego, es lo que intentan -dijo Connor-. Y son muy sutiles.

–¿Lo intentaron con usted?

–Oh, pues claro. – Hizo una pausa-. Y muchas veces he aceptado. Ofrecer regalos para asegurarte la buena voluntad de las personas es algo que los japoneses hacen instintivamente. Y no es muy distinto de lo que hacemos nosotros cuando invitamos a cenar al jefe. La buena voluntad es la buena voluntad. Claro que no invitamos a cenar al jefe cuando estamos propuestos para un ascenso. Lo correcto es invitarlo al principio de la relación, cuando no hay nada en juego. Entonces es, simplemente, un acto de buena voluntad. Lo mismo sucede con los japoneses. Ellos piensan que hay que hacer el regalo pronto, porque entonces no es un soborno. Es un regalo. Un medio para entablar una relación antes de que exista presión sobre esa relación.

–¿Y a usted le parece bien?

–A mí me parece que así funciona el mundo.

–¿No cree que sea corrupción?

–¿Lo cree usted? – dijo Connor mirándome.

Me llevó mucho tiempo contestar.

–Yo creo que tal vez sí.

Él se echó a reír.

–Vaya, es un alivio -dijo-. De lo contrario, los japoneses habrían malgastado su dinero en usted.

–¿Dónde está la gracia?

–En su confusión, kohai.

–Graham piensa que esto es una guerra.

–Y es la verdad -dijo Connor-. Estamos en guerra contra el Japón, indiscutiblemente. Ahora vamos a ver qué sorpresa nos tiene reservada Mr.

Ishigura en la última escaramuza.

La antesala de la quinta planta de la jefatura central estaba tan concurrida como de costumbre, a pesar de ser las dos de la madrugada. Los detectives andaban entre las prostitutas recogidas en las redadas y los drogadictos detenidos para ser interrogados. En un rincón, un hombre con americana a cuadros gritaba una y otra vez a una agente femenina que tenía una tablilla en la mano:

–¡Que se calle le digo, mierda!

Kasaguro Ishigura desentonaba en aquella barahúnda. Estaba sentado en un rincón con su traje azul con rayita diplomática, con la cabeza baja y las piernas juntas. Tenía una caja de cartón encima de las rodillas.

Al vernos, se levantó rápidamente e hizo una reverencia con las palmas de las manos en los muslos, señal de respeto aún mayor. Mantuvo la inclinación durante varios segundos. Luego volvió a inclinarse inmediatamente y esta vez se quedó esperando, con el cuerpo doblado y mirando al suelo, hasta que Connor le habló en japonés. La respuesta de Ishigura, también en japonés, fue dada en tono suave y respetuoso. No levantaba la mirada del suelo.

Tom Graham se me llevó hacia el depósito del agua.

–Carajo, esto tiene la pinta de una confesión en regla.

–Tal vez. – Yo no estaba convencido. Ya había visto a Ishigura cambiar de actitud con anterioridad.

Yo observaba a Connor hablar a Ishigura. El japonés seguía contrito, mirando al suelo.

–Nunca hubiera sospechado de él -dijo Graham-. Ni en un millón de años.

No, señor.

–¿Por qué?

–¿Y tienes que preguntarlo? Matar a una chica y luego quedarse allí y darnos órdenes a nosotros. Jodidos nervios de acero. Y míralo ahora: jo, si está casi llorando.

Era verdad: Ishigura tenía lágrimas en los ojos. Connor cogió la caja, dio media vuelta y cruzó la habitación en dirección a nosotros. Me dio la caja.

–Encárguese de esto. Yo voy a tomar declaración a Ishigura.

–Bien -dijo Graham-. ¿Ha confesado?

–¿El qué?

–El asesinato.

–¡Qué va! ¿Qué te hace pensar eso?

–Está ahí haciendo reverencias y frotando el suelo con las suelas de los zapatos…

–Eso no es más que sumimasen -dijo Connor-. Yo no lo tomaría muy en serio.

–Si está casi llorando -dijo Graham.

–Sólo porque cree que eso puede ayudarle.

–¿Entonces no ha confesado?

–No. Pero ha descubierto que las cintas habían sido retiradas, efectivamente. Ello significa que cometió una grave equivocación al fingir delante del alcalde. Ahora podría ser acusado de ocultar pruebas. Podrían expulsarlo de la abogacía. Sería un escándalo para su empresa. Ishigura tiene graves problemas y lo sabe.

–¿Y por eso está tan suave?

–Sí. En el Japón, cuando la cagas lo mejor que puedes hacer es presentarte a las autoridades y demostrar lo mucho que lo sientes, lo avergonzado que estás y tu firme propósito de no reincidir. Es pura fórmula, pero las autoridades comprenden que has aprendido la lección. Eso es sumimasen: contricción infinita. Es la versión japonesa de pedir clemencia al tribunal.

Se considera la mejor manera de conseguir indulgencia. Y eso es lo que hace Ishigura.

–O sea que es comedia -dijo Graham con la mirada dura.

–Sí y no. Es difícil de explicar. Tome. Vamos a pasar las cintas. Ishigura dice que ha traído uno de sus vídeos porque el formato de las cintas no es el corriente y temía que no pudiéramos visionarias. ¿Vamos?

Abrí la caja de cartón. Vi veinte cartuchos pequeños de ocho milímetros, como casetes de audio. Y vi también una cajita del tamaño de un

«Walkman»: el vídeo. Tenía cables para conexión a un televisor.

–Está bien -dije-. Echemos un vistazo.

La primera cinta contenía la toma de una de las cámaras instaladas en el techo del atrio de la planta cuarenta y seis. La imagen era en blanco y negro. Se veía a gente trabajando en la planta, en lo que parecía una jornada normal. Pasamos esa parte a gran velocidad. Las sombras proyectadas por el sol que entraba por las ventanas describieron arcos en el suelo y desaparecieron. Poco a poco, la luz reflejada en el suelo fue palideciendo a medida que se hacía de noche. Una a una, se encendieron las luces de los escritorios. Los empleados se movían ahora más despacio. Finalmente, empezaron a marcharse, uno tras otro. A medida que la planta se vaciaba, advertimos otra cosa. Ahora, de vez en cuando, la cámara se movía, siguiendo a la persona que pasara por debajo. Pero no siempre. Entonces comprendimos que la cámara debía de estar equipada para enfoque y seguimiento automáticos. Si había mucho movimiento en el fotograma, es decir, varias personas que se movieran en direcciones diferentes, la cámara permanecía fija. Pero, si el fotograma estaba vacío, la cámara seguía a la figura que pasara por su campo visual.

–Es curioso el sistema.

–Probablemente, es especial para cámaras de seguridad -dije-. Es lógico que les interesen más los movimientos de una sola persona que los de una multitud.

Se encendieron las luces de vigilancia. Ya no quedaba nadie en los escritorios. Ahora la cinta empezó a parpadear rápidamente, casi como un estroboscopio.

–¿Le pasa algo a la cinta? – preguntó Graham con suspicacia-. ¿Está amañada?

–No lo sé. No, espera. No es eso. Fíjate en el reloj.

En la pared del fondo se veía el reloj. El minutero se movía rápidamente de las siete y media hacia las ocho.

–La cámara tiene temporizador.

–¿Qué hace? ¿Toma instantáneas?

Yo asentí.

–Probablemente, cuando el sistema no detecta movimiento durante un rato, pasa a tomar un fotograma cada diez o veinte segundos, hasta…

–Eh, ¿qué pasa ahora?

El parpadeo había cesado. La cámara giraba hacia la izquierda, barriendo la planta desierta. Pero no había nadie en la imagen. Sólo escritorios vacíos y alguna que otra luz de vigilancia que velaba ligeramente el vídeo.

–Quizá tengan un sensor más amplio que el objetivo. Eso o alguien la mueve manualmente. Algún guardia. Quizá desde el puesto de seguridad.

La cámara se detuvo enfocando las puertas del ascensor. Las puertas estaban en el extremo de la derecha, en la sombra, bajo un dintel que nos estorbaba la vista.

–Jo, está oscuro ahí debajo. ¿Habrá alguien?

–No veo nada -dije.

El enfoque empezó a fluctuar.

–¿Y ahora qué pasa? – dijo Graham.

–Es el enfoque automático. Es como si no encontrara lo que tiene que enfocar. Ese dintel puede perturbar los circuitos. Mi videocámara hace lo mismo. Cuando no sabe lo que estoy grabando, se hace un lío.

–¿Así que la cámara trata de enfocar algo? Pues yo no veo nada. Ahí debajo todo está muy negro.

–Pues hay alguien. Se ve la silueta pálida de unas piernas. Muy tenue.

–¡Rayos! – dijo Graham-. Es la chica. Está al lado del ascensor. Ahora se mueve.

Al cabo de un momento, Cheryl Austin salió de debajo del dintel y pudimos verla claramente por primera vez.

Era hermosa y arrogante. Entró en la sala con paso firme. Tenía armonía en sus movimientos, no el andar desgarbado de muchos jóvenes.

–Qué hermosura -dijo Graham.

Cheryl Austin era alta y delgada. Su cabello, rubio y corto, la hacía parecer aún más alta. Tenía un porte erguido. Giró sobre sí misma lentamente, observando el lugar como si le perteneciera.

–Me parece imposible estar viendo esto -dijo Graham.

Comprendí a qué se refería. Era una muchacha que había sido asesinada hacía pocas horas. Y ahora la veíamos minutos antes de su muerte.

En el monitor, Cheryl cogió un pisapapeles de una mesa, le dio una vuelta y volvió a dejarlo. Abrió y cerró el bolso. Miró el reloj.

–Empieza a ponerse nerviosa -dije.

–No le gusta que la hagan esperar -dijo Graham-. Y apuesto a que no tiene mucha práctica en eso. Es natural, en una muchacha semejante.

La joven empezó a tamborilear en la mesa con los dedos, con un ritmo que me resultó familiar. Movía la cabeza al compás. Graham entornó los ojos.

–¿Habla? ¿Dice algo?

–Eso parece -dije. Apenas la veíamos mover los labios. Y entonces, de pronto, conseguí sincronizar el ritmo de sus dedos con el movimiento de sus labios.

–«Me muerdo las uñas y giro los pulgares, estoy nervioso pero me divierte.

Oh, nena, tú me enloqueces…»

–Canastos, tienes razón -dijo Graham-. ¿Cómo lo sabías?

Cheryl dejó de cantar. Se volvió hacia los ascensores.

–Ah. Ya viene.

Cheryl se acercó a los ascensores. Debajo del dintel, se abrazó al hombre que acababa de llegar. Se besaron apasionadamente. Pero el hombre permanecía oculto por el dintel. Veíamos los brazos con que rodeaba a Cheryl, pero no la cara.

–Mierda -dijo Graham.

–No te apures -dije-. Lo veremos dentro de un minuto. Si no por esta cámara, por otra. Pero creo que podemos estar seguros de que no es alguien al que acaba de conocer sino un antiguo conocido.

–Eso no podremos asegurarlo hasta ver si está cariñosa de verdad. Mira, el tío no pierde el tiempo.

Las manos del hombre levantaban la falda negra y oprimían las nalgas.

Cheryl Austin se apretaba contra él. Su abrazo era intenso, apasionado.

Juntos giraron lentamente, al tiempo que entraban en la planta. Ahora el hombre estaba de espaldas a nosotros. Ella tenía la falda subida hasta la cintura, bajó la mano para frotar al hombre. Tambaleándose, se acercaron a la mesa más próxima. El hombre la empujó hacia la mesa y, de pronto, ella protestó y lo apartó de un empujón.

–Ah, ah, no tan de prisa -dijo Graham-. Al fin y al cabo, la muchacha tiene sus principios.

Yo no pensaba que fuera eso. Parecía que Cheryl lo había incitado y luego había cambiado de idea. El cambio de actitud había sido casi instantáneo.

Eso me hizo pensar si no habría estado fingiendo todo el tiempo, si no sería falsa su pasión. Desde luego, el hombre no pareció muy sorprendido por aquel cambio repentino. Ella, sentada en la mesa, seguía empujándole, casi con rudeza. El hombre retrocedió. Todavía estaba de espaldas a nosotros.

No podíamos verle la cara. En cuanto él se apartó, ella volvió a cambiar: ahora sonreía, mimosa. Con movimientos lentos, se bajó de la mesa y se arregló la falda, contoneándose provocativamente y mirando en derredor.

Nosotros podíamos ver la oreja y una parte de la mandíbula del hombre, lo justo para deducir que estaba hablando. Él le hablaba. Ella le sonrió, se adelantó y le rodeó el cuello con los brazos. Entonces volvieron a besarse y acariciarse mientras iban hacia la sala de juntas.

–Entonces, ¿fue ella la que eligió la sala de juntas?

–Cualquiera sabe.

–Mierda, sigo sin verle la cara.

Pero ahora estaban cerca del centro de la planta y la cámara quedaba casi

perpendicular a ellos. No veíamos más que la cabeza del hombre.

–¿Te parece japonés? – pregunté.

–Vete tú a saber. ¿Cuántas cámaras había en la planta?

–Ésa y otras cuatro.

–Bien. En alguna se le ha de ver la cara. Lo agarraremos.

–Mira, Tom -dije-, ese hombre parece bastante grande. Más alto que ella. Y

ella era alta.

–¿Quién puede saberlo, con este ángulo? Yo no puedo decirte sino que lleva traje oscuro. Mira. Ahora van a la sala de juntas.

Cuando llegaban a la sala de juntas, ella empezó a forcejear.

–Ay, ay, ay… -hizo Graham-. Ya vuelve a resistirse. Es muy inconstante,

¿no?

El hombre la sujetaba con fuerza y ella se revolvía, tratando de liberarse. Él la llevaba hacia la sala, medio en volandas y medio a rastras. Ella se agarró al marco de la puerta, sin dejar de luchar.

–¿Ahí perdió el bolso?

–Probablemente. No se ve muy claro.

La sala de juntas estaba situada mismamente enfrente de la cámara, y se veía completa. Pero el interior estaba muy oscuro, de modo que sólo podíamos ver a la pareja silueteada contra las luces de los rascacielos que brillaban a través de los muros exteriores de vidrio. El hombre la tomó en brazos, la depositó en la mesa y le subió la falda. Ahora ella estaba sumisa, dúctil. Parecía disponerse a recibirle y entonces él hizo un movimiento brusco entre sus dos cuerpos y se vio volar algo.

–Las bragas.

Parecía que habían ido a caer al suelo. Pero era difícil estar seguro. Si eran bragas, eran negras u oscuras. El senador Rowe quedaba descartado.

–Cuando nosotros llegamos, las bragas habían desaparecido -dijo Graham mirando fijamente el monitor-. Esto es pura y simple ocultación de pruebas.

– Se frotó las manos-. Si tienes acciones de la «Nakamoto», colega, véndelas. Porque mañana por la tarde no valdrán una mierda.

En el monitor, ella seguía consintiendo y él se tiraba de la cremallera cuando, de pronto, ella trató de incorporarse y le dio una bofetada.

–Allá vamos -dijo Graham-. Un poquito de sal.

Él le agarró las manos y trató de besarla, pero ella se resistía, volviendo la cara. Él la apretó contra la mesa con el peso de su cuerpo. Ella movía las piernas frenéticamente.

Las dos siluetas se unían y separaban. Era difícil adivinar lo que ocurría exactamente. Parecía que Cheryl seguía tratando de incorporarse y él la empujaba. Él la mantenía echada, con una mano en la parte superior del pecho, mientras ella agitaba las piernas y se retorcía en la mesa. Él seguía aprisionándola, pero la escena era más extenuante que excitante. Yo no sabía qué pensar de lo que estaba viendo. ¿Era una violación? ¿O fingía la muchacha? Ella seguía pataleando y forcejeando, pero no conseguía sacárselo de encima. Quizás el hombre fuera más fuerte que ella, pero me daba la impresión de que, de haberlo querido realmente, ella hubiera podido liberarse. Y había momentos en los que parecía que le apretaba el cuello con los brazos en lugar de rechazarlo. Pero era difícil saber con seguridad lo que veíamos…

–Oooh. Problemas.

El hombre había cesado en sus rítmicos movimientos. Debajo de él, Cheryl

se había quedado inmóvil. Sus brazos resbalaron de los hombros de él y cayeron en la mesa. Las piernas colgaban inertes a cada lado de él.

–¿Ya? – dijo Graham-. ¿Ha sido ahora?

–No sé.

El hombre le daba palmadas en la mejilla, luego la sacudió con más fuerza.

Parecía hablarle. Se quedó quieto un rato, quizás unos treinta segundos, y luego se retiró. Ella siguió en la mesa. Él empezó a andar alrededor. Se movía despacio, como si no pudiera creer lo ocurrido.

Entonces el hombre miró hacia la izquierda, como si hubiera oído algo. Se quedó quieto un momento y pareció decidirse. Se puso en acción y empezó a moverse por la sala, registrándola metódicamente. Recogió algo del suelo.

–Las bragas.

–Se las llevó él -dijo Graham-. Mierda.

Luego, el hombre dio la vuelta a la mesa y se inclinó un momento sobre el cuerpo de la muchacha.

–¿Qué hace?

–No sé. No puedo verlo.

–Mierda.

El hombre se enderezó y salió de la sala de juntas al atrio. Ya no era una simple silueta. Existía la posibilidad de que pudiéramos identificarlo. Pero miraba atrás, hacia la sala de juntas. Hacia la muchacha muerta.

–Eh, amigo -dijo Graham a la imagen del monitor-. Míranos, hombre. Sólo un momento.

El hombre cruzaba el atrio sin dejar de mirar atrás. De pronto, torció hacia la izquierda.

–No vuelve a los ascensores -dije.

–No. Y sigo sin poder verle la cara.

–¿A dónde va?

–Hay una escalera al fondo -dijo Graham-. Salida de incendios.

–¿Y por qué se va por ahí en lugar de tomar el ascensor?

–Quién sabe. Yo no pido más que verle la cara. Un momento.

Pero ahora el hombre estaba en el ángulo izquierdo de la cámara y, aunque ya no tenía la cara vuelta en sentido contrario a la cámara, sólo podíamos verle la oreja y el pómulo izquierdos. Andaba de prisa. Pronto se perdería de vista, bajo el dintel del techo del fondo.

–Ah, mierda. El ángulo no es bueno. Miraremos otra cinta.

–Un momento -dije.

Nuestro hombre se dirigía hacia un oscuro pasillo que debía de conducir a la escalera. Pero pasó por delante de un espejo decorativo de marco dorado que estaba colgado de la pared, junto a la embocadura del pasillo. Fue en el instante en que su imagen iba a desaparecer bajo el dintel.

–¡Ahí!

–¿Cómo se para este chisme?

Yo oprimía botones frenéticamente. Por fin, acerté, hice retroceder la cinta y le di otra vez marcha adelante.

Nuevamente, el hombre caminaba con gesto decidido, a pasos largos y rápidos, hacia el oscuro pasillo. Cruzó junto al espejo y, durante un instante, un único fotograma del vídeo, pudimos ver su cara reflejada en el espejo, verla claramente. Yo oprimí el botón para detener la cinta.

–Bingo -dije.

–Un jodido japonés -dijo Graham-. Lo que yo te decía.

Congelada en el espejo estaba la cara del homicida. Y no tuve la menor dificultad en reconocer las tensas facciones de Eddie Sakamura.

–Esto es mío -dijo Graham-. El caso es mío. Yo traeré a ese hijo de puta.

–Está bien -dijo Connor.

–Quiero decir que prefiero ir solo -aclaró Graham.

–Desde luego -dijo Connor-. El caso es tuyo, Tom. Haz lo que creas más conveniente.

Connor escribió en un papel la dirección de Eddie Sakamura y se la dio.

–No es que no aprecie vuestra ayuda en lo que vale. Pero prefiero encargarme del caso yo solo. Ahora bien, a ver si nos aclaramos: ¿vosotros hablasteis esta noche con este individuo y no lo detuvisteis?

–Cierto.

–Bien, no tenéis que preocuparos -dijo Graham-. Procuraré que eso quede enterrado en el informe. No os perjudicará, os lo prometo. – Graham se sentía magnánimo, contento con la idea de arrestar a Sakamura. Miró su reloj-. Joder, menos de seis horas desde que se nos dio el aviso y ya tenemos al asesino. No está mal.

–Todavía no tenemos al asesino -dijo Connor-. Yo, en tu lugar, lo traería cuanto antes.

–Ahora mismo voy para allá -dijo Tom.

–Oh, y una cosa, Tom -dijo Connor cuando Graham ya iba hacia la puerta-, Eddie Sakamura es un tipo extraño, pero no se le considera violento. Dudo mucho que esté armado. Probablemente, ni tenga pistola. Lo dejamos en una fiesta con una pelirroja. Quizás ahora esté en la cama con ella. Creo que sería preferible que lo trajeras vivo.

–¡Eh! – dijo Graham-, ¿qué os pasa a vosotros dos?

–Era sólo una recomendación -dijo Connor.

–¿De verdad piensas que voy a matar a ese gilipollas?

–Tú te harás acompañar por un par de coches-patrulla, ¿no? – dijo Connor-.

Para mayor seguridad, claro. Y los chicos podrían ponerse nerviosos. Es sólo una advertencia.

–Mira, gracias por tu magnífica ayuda -dijo Graham al marcharse. Estaba tan gordo que tuvo que ladear el cuerpo para pasar por la puerta.

Yo lo seguí con la mirada.

–¿Por qué deja que lo haga él solo?

–Es su caso. – Connor se encogió de hombros.

–Pero usted se ha pasado la noche trabajando en ese asunto. ¿Por qué lo deja ahora?

–Que se lleve Graham toda la gloria. Al fin y al cabo, ¿qué tiene que ver con nosotros? Yo soy un poli en situación de excedencia. Y usted, un oficial de enlace corrupto. – Señaló la cinta-. ¿Le importaría pasarla para mí antes

de acompañarme a casa?

–No faltaba más. – Rebobiné la cinta.

–Estaba pensando que también podríamos tomar una taza de café -dijo Connor-. En los laboratorios de la DIC lo hacen muy bueno. O lo hacían.

–¿Quiere que vaya a buscar el café mientras mira la cinta?

–Sería un detalle, kohai.

–Desde luego.

Puse la cinta y, cuando iba a salir, Connor me dijo:

–Oh, kohai, una cosa más. De paso que baja, podría preguntar al oficial de guardia qué equipo tiene el Departamento para trabajar con las cintas de vídeo. Porque habrá que hacer duplicado de todas. Y quizá necesitemos fotos fijas de algunos fotogramas. Especialmente, si hay jaleo con el arresto de Sakamura y se acusa al Departamento de hostigar a los japoneses. Tal vez necesitemos publicar una fotografía. Para defendernos.

Tenía razón.

–De acuerdo -dije-. Preguntaré.

–Y, el mío, negro con un terrón. – Se volvió hacia el monitor.

La División de Investigación Científica, o DIC, estaba en los sótanos del centro de Parker. Eran más de las dos de la mañana y la mayoría de las secciones estaban cerradas. La DIC solía hacer horario de oficinas. Desde luego, los equipos encargados de recoger las pruebas en los escenarios del crimen trabajaban toda la noche, pero las pruebas se guardaban en armarios, en la central o en cualquiera de las divisiones, hasta la mañana siguiente.

Me acerqué a la máquina de la pequeña cafetería contigua a Huellas. En la sala había varios letreros en los que se leía: ¿TE HAS LAVADO LAS

MANOS? A TI TE DIGO y NO PONGAS EN PELIGRO A TUS

COMPAÑEROS; LÁVATE LAS MANOS. La razón era que el personal de la DIC utilizaba veneno, especialmente los de Criminal. Había tanto mercurio, arsénico y cromo en la división que se habían dado casos de personas que habían enfermado con sólo beber en un vaso de papel que hubiera tocado alguien con manos sucias.

Pero ahora la gente era más prudente. Saqué dos vasitos de café y fui a hablar con el oficial de guardia. Estaba de guardia Jackie Levine, con los pies encima de la mesa. Era una mujerona con pantalón torero y peluca naranja. A pesar de su estrafalario aspecto, estaba considerada la mejor especialista del departamento en recogida de huellas. Estaba leyendo un ejemplar de Modern Bride.

–¿Piensas casarte otra vez, Jackie?

–Canastos, no -dijo-. Mi hija…

–¿Con quién se casa?

–Hablemos de cosas más agradables. ¿Es para mí uno de esos cafés?

–Lo siento. Para ti tengo una pregunta. ¿Quién se encarga de las cintas de vídeo?

–¿Cintas de vídeo?

–Por ejemplo, las cintas de las cámaras de vigilancia. ¿Quién las analiza, hace fotos fijas, etcétera?

–No creas que hay mucha demanda de eso -dijo Jackie. Aquí solían hacerlo los de Electrónica, pero creo que lo dejaron. Y ahora los vídeos van a las oficinas de Valley o de Mediar Hall. – Bajó los pies de la mesa y hojeó una guía-. Si quieres, puedes preguntar por Bill Harrelson en Mediar. Pero, si se

trata de algo especial, creo que lo damos al JPL o al laboratorio de la Imagen de la Universidad. ¿Quieres los números o prefieres hablar con Harrelson?

Algo en su tono me indicó lo que tenía que hacer.

–Quizá los números.

–Sí, eso haría yo.

Anoté los números y subí a la división. Connor había pasado la cinta y ahora buscaba el punto en el que aparecía en el espejo la cara de Sakamura.

–¿Sí?

–Es Eddie, no cabe duda. – Parecía tranquilo, casi indiferente. Tomó el vasito de café y lo probó-. Terrible.

–Sí, ya lo sé.

–Antes era mejor. – Connor dejó el vasito a un lado, desconectó el vídeo y se desperezó-. Bien, yo diría que hemos trabajado bien. ¿Y si nos fuéramos a dormir? Yo tengo un importante partido de golf a las siete en Sunset Huí.

–De acuerdo -dije. Guardé las cintas en la caja, en la que también puse el vídeo con cuidado.

–¿Qué piensa hacer con esas cintas?

–Guardarlas en el armario de las pruebas.

–Son los originales -dijo Connor-. Y no tenemos duplicados.

–Ya lo sé. Pero no se pueden hacer duplicados hasta mañana por la mañana.

–Exactamente. ¿Por qué no se las lleva?

–¿A casa? – Estaba terminantemente prohibido llevarse pruebas a casa. Era contrario al reglamento. Connor se encogió de hombros.

–Yo no lo dejaría al azar. Llévese las cintas y mañana por la mañana usted mismo se encarga de pedir las copias.

Yo me puse la caja de las cintas debajo del brazo y dije:

–¿No le parece que alguien del Departamento podría…?

–Nada de eso -dijo Connor-. Y se trata de pruebas de importancia capital.

No podemos exponernos a que alguien pase junto al armario donde están las pruebas con un potente electroimán mientras nosotros dormimos,

¿verdad?

Finalmente, me llevé las cintas. Al salir encontramos a Ishigura, sentado en el mismo sitio y tan contrito como antes. Connor le dijo algo en rápido japonés. Ishigura se puso en pie, hizo una reverencia y se marchó precipitadamente.

–¿Tan asustado está?

–Sí -dijo Connor.

Ishigura andaba por el pasillo delante de nosotros, de prisa y con la cabeza baja. Parecía casi la caricatura del hombrecillo asustado.

–¿Por qué? – dije-. Ha vivido aquí el tiempo suficiente para saber que, en su caso, la acusación por ocultamiento de pruebas no puede prosperar. Y aún tenemos menos posibilidades de hacer algo contra la «Nakamoto».

–No es eso -dijo Connor-. A él no le preocupa la cuestión judicial. A él le preocupa el escándalo. Porque, si estuviéramos en el Japón, el escándalo sería sonado.

Doblamos la esquina. Ishigura estaba junto a la batería de ascensores, esperando. Nosotros también nos pusimos a esperar. Hubo un momento de tensión. Llegó el primer ascensor e Ishigura se hizo a un lado para dejarnos pasar. Cuando se cerraron las puertas, él estaba en el vestíbulo, haciéndonos una reverencia. El ascensor empezó a bajar.

–En el Japón, él y su compañía estarían acabados.

–¿Por qué?

–Porque en el Japón el escándalo es el arma más corriente para hacer un nuevo reparto de privilegios. Para librarse de un adversario poderoso. Allí es un procedimiento de rutina. Descubres un punto vulnerable y lo filtras a la Prensa o a los investigadores del Gobierno. Inevitablemente, estalla el escándalo y la persona o la organización queda hundida para siempre. Así es como el escándalo Recruit provocó la dimisión del primer ministro Takeshita. Y como los escándalos financieros hicieron caer al primer ministro Tanaka en los años setenta. Es el medio que utilizaron los japoneses hace un par de años para chinchar a la «General Electric».

–¿Chinchar a la «General Electric»?

–Con el escándalo Yokogawa. ¿No ha oído hablar de él? Bien. Es un clásico de la habilidad maniobrera de los japoneses. Hace años, la «General Electric» fabricaba los mejores aparatos de exploración médica del mundo.

La «GE» fundo una filial, la «Yokogawa Medical», para comercializar sus aparatos en el Japón. Y la «GE» trabajaba al modo japonés: reduciendo costes por debajo de la competencia para introducirse en el mercado, proporcionando un servicio técnico excelente, obsequiando a los clientes, regalando a posibles compradores pasajes de avión y cheques de viaje.

Nosotros lo llamaríamos soborno, pero en el Japón es el procedimiento comercial comente. «Yokogawa» no tardó en convertirse en líder del mercado, situándose por delante de empresas japonesas como «Toshiba». A las empresas japonesas no les gustaba aquello y se quejaban de competencia desleal. Y un día agentes del Gobierno irrumpieron en las oficinas de la

«Yokogawa» y encontraron pruebas de los sobornos. Arrestaron a varios

empleados de la «Yokogawa» y desprestigiaron a la compañía con el escándalo. Ello afectó a las ventas de la «GE» en el Japón. No importaba que las demás empresas japonesas también ofrecieran sobornos.

Casualmente, la empresa descubierta fue la que no era japonesa. Es asombroso cómo ocurren estas cosas.

–¿Tan grave es?

–Los japoneses pueden ser muy duros. Ellos dicen que «los negocios son la guerra» y lo dicen convencidos. Ya sabe usted que el Japón no pierde ocasión de decirnos que sus mercados están abiertos. Pues bien, hubo un tiempo en que el japonés que compraba un coche norteamericano recibía la visita de los inspectores de Hacienda. De modo que muy pronto nadie compró coches norteamericanos. Y los funcionarios se encogen de hombros: ¿qué pueden hacer ellos? Su mercado está abierto: ellos no pueden obligar a la gente a comprar coches americanos. La obstrucción es constante. Cada coche que se importa tiene que ser probado en el muelle, para comprobar que se ajusta a las disposiciones sobre emisión de gases.

Los medicamentos extranjeros sólo pueden ser probados en laboratorios japoneses y en ciudadanos japoneses. Antes los esquíes extranjeros estaban prohibidos porque se decía que la nieve japonesa era más húmeda que la europea y la americana. Ésta es la forma en que ellos tratan a otros países; no es de extrañar que les preocupe que puedan pagarles con la misma moneda.

–Entonces, ¿Ishigura espera que haya escándalo porque eso sería lo que ocurriría en el Japón?

–Sí. Él teme que la «Nakamoto» se hunda de la noche a la mañana. Pero dudo que ocurra eso. Lo más probable es que mañana, en Los Ángeles, la gente vaya a lo suyo, como de costumbre.

Llevé a Connor a su apartamento. Cuando se apeaba, le dije:

–Bien, ha sido interesante, capitán. Gracias por dedicarme su tiempo.

–No hay de qué darlas -dijo Connor-. Llámeme si alguna vez necesita ayuda.

–Espero que no tenga el partido de golf muy temprano.

–En realidad, es a las siete, pero a mi edad ya no se necesita dormir mucho.

Juego en Sunset Hills.

–¿No es un campo japonés? – La compra del Sunset Hills Country Club era uno de los más recientes agravios sufridos por Los Ángeles. El club de golf West Los Angeles fue adquirido en 1990 por una cifra astronómica: doscientos millones de dólares. En aquel entonces, los nuevos propietarios japoneses dijeron que nada cambiaría. Pero el número de socios norteamericanos iba disminuyendo paulatinamente por un sencillo procedimiento: cuando un norteamericano se daba de baja, su plaza era ofrecida a un japonés. Las plazas de socio del Sunset Hills se vendían por un millón de dólares en Tokyo, donde eran consideradas una ganga y había una larga lista de espera.

–Es que juego con japoneses -dijo Connor.

–¿Y juega a menudo?

–Los japoneses, como usted sabe, son unos apasionados del golf. Yo procuro jugar dos veces a la semana. A veces, se entera uno de cosas interesantes. Buenas noches, kohai.

–Buenas noches, capitán.

Me fui a casa.

Cuando entraba en la autopista de Santa Mónica, sonó el teléfono. Era la telefonista de la central.

–Teniente, tenemos una llamada para Servicios Especiales. Oficiales de

servicio solicitan la ayuda de un enlace.

–Está bien -suspiré. Ella me dio el número de la unidad móvil.

–Hola, colega.

Era Graham.

–Hola, Tom.

–¿Estás solo?

–Sí. Me voy a casa. ¿Por qué?

–Se me ha ocurrido que en este arresto quizá sea preferible tener a mano al oficial de enlace para casos relacionados con ciudadanos japoneses.

–Creí que querías hacerlo tú solo.

–Sí, pero quizá tú quieras venir a ayudarme. Para que se haga todo en regla.

–¿Es una operación CEL? – Quería decir «cubrirse el culo».

–Eh, ¿quieres ayudarme o no?

–Claro que sí, Tom. Voy para allá.

–Te esperamos.

Eddie Sakamura vivía en una casita situada en una de las calles estrechas y tortuosas de la parte alta de las colinas de Hollywood, encima de la autopista 101. Eran las tres menos cuarto de la madrugada cuando doblé un recodo y vi los dos coches patrulla con las luces apagadas y el sedán color arena de Graham aparcados a un lado. Graham estaba con los agentes, fumando un cigarrillo. Yo tuve que retroceder una docena de metros hasta

encontrar un hueco en el que dejar el coche. Luego me acerqué a ellos.

Fuimos hacia la casa de Eddie, construida encima de un garaje situado al nivel de la calle. Era una de esas casas de dos dormitorios, de estuco blanco, construidas en los años cuarenta. Las luces estaban encendidas y se oía cantar a Frank Sinatra.

–No está solo -dijo Graham-. Tiene por lo menos a un par de tías ahí arriba.

–¿Cómo piensas hacerlo? – pregunté.

–Dejaremos aquí a los chicos -respondió Graham-. Les he dicho que no disparen, no te apures. Tú y yo subimos y hacemos el arresto.

Una empinada escalera subía del garaje a la casa.

–De acuerdo. Tú ves por delante y yo iré por detrás.

–Nada de eso, te quiero a mi lado, colega. No es peligroso, ¿verdad?

Vi cruzar ante la ventana la silueta de una mujer. Parecía estar desnuda.

–Creo que no -respondí.

–De acuerdo, pues vamos allá.

Subimos las escaleras en fila india. Frank Sinatra cantaba My Way. Oímos risas de mujer. Parecía haber más de una.

–Joder, ojalá los pillemos con droga.

Pensé que era probable. Cuando llegamos a lo alto de la escalera, nos agachamos para no ser vistos a través de las ventanas. La puerta principal era de estilo español, muy robusta. Graham se paró y yo di unos pasos hacia la parte trasera de la casa donde se veía el resplandor verdoso de las luces de una piscina. Probablemente, había otra puerta que daba a la piscina.

Traté de ver dónde estaba.

Graham me dio una palmada en el hombro. Yo retrocedí. Él hizo girar suavemente el picaporte. La puerta no estaba cerrada con llave. Graham sacó su revólver y me miró. Yo saqué la pistola.

Él levantó tres dedos. A la de tres.

Graham abrió la puerta de un puntapié y entró agachándose y gritando:

–¡Quietos, policía! ¡No se muevan! – Antes de entrar en la habitación, oí gritar a las mujeres.

Eran dos, estaban completamente desnudas y corrían por la habitación dando chillidos.

–¡Eddie, Eddie!

Eddie no estaba.

–¿Dónde está Eddie Sakamura? – gritaba Graham-. ¿Dónde está?

La pelirroja se cubrió con un almohadón del sofá.

–¡Fuera de aquí, cerdo! – gritó y arrojó el almohadón a Graham. La otra, una rubia, corrió al dormitorio. Nosotros la seguirnos y la pelirroja nos tiró otro almohadón.

En el dormitorio, la rubia cayó al suelo y dio un alarido de dolor. Graham se inclinó sobre ella con el revólver.

–¡No me mate! – gritó la rubia-. ¡Yo no he hecho nada!

Graham la agarró del tobillo. El cuerpo desnudo se retorcía. La chica estaba histérica.

–¿Dónde ha ido Eddie? – dijo Graham-. ¿Dónde está?

– ¡En una reunión! -gritó la muchacha.

–¿Dónde?

– ¡En una reunión! -Y, agitando la otra pierna, dio a Graham un puntapié en las bolas.

–¡Oh, Dios! – dijo Graham soltándola. Se sentó pesadamente tosiendo. Yo volví a la sala. La pelirroja llevaba zapatos de tacón alto y nada más.

–¿Dónde está Eddie? – pregunté.

–Cerdos -dijo ella-. Sois unos cerdos de mierda.

Yo me dirigí a la puerta del otro extremo de la habitación. Estaba cerrada con llave. La pelirroja vino corriendo y empezó a darme puñetazos en la espalda.

–¡Déjalo en paz! ¡Déjalo en paz! – Yo trataba de abrir la puerta mientras ella me pegaba. Me pareció oír voces al otro lado.

Al momento, la mole de Graham se proyectó contra la puerta y la madera se astilló. La puerta se abrió. Vi una cocina, iluminada por la luz verde de la piscina. No había nadie. La puerta trasera estaba abierta.

Mierda. Ahora la pelirroja me había saltado a la espalda y me atenazaba la cintura con las piernas. Me tiraba del pelo y gritaba palabras obscenas. Yo giraba sobre mí mismo, tratando de sacudírmela. Era uno de aquellos momentos extraños en los que, en pleno caos, piensas con claridad. Ten cuidado. No le hagas daño, me decía, porque produciría muy mal efecto que una joven tan bonita acabara con una cuantas costillas o un brazo rotos; sería brutalidad policial, a pesar de que ella estaba arrancándome mechones de pelo. Sentí un agudo dolor en una oreja: me había mordido. Entonces me

arrojé de espaldas contra la pared y la oí gruñir al quedarse sin aliento. Me soltó.

Vi por la ventana una sombra que bajaba la escalera. Graham también la vio.

–Joder -dijo echando a correr. Yo también hubiera corrido, pero la mujer debió de ponerme la zancadilla porque caí pesadamente al suelo. Cuando me puse en pie oí las sirenas y los motores de los coches patrulla que arrancaban.

Al instante, me encontré bajando las escaleras. Graham me llevaba unos diez metros de ventaja cuando el «Ferrari» de Eddie salió del garaje marcha atrás, hizo chirriar el cambio y se alejó calle abajo zumbando.

Los coches patrulla iniciaron la persecución. Graham corrió hacia su sedán.

Ya había arrancado y salido cuando yo aún corría hacia mi coche, que había dejado más abajo. Cuando pasó por mi lado vi su cara, crispada y furiosa.

Yo subí a mi coche y le seguí.

No se puede circular por las colinas a toda velocidad y hablar por teléfono.

Ni siquiera lo intenté. Calculé que estaba a medio kilómetro de Graham y que los coches patrulla le llevaban cierta ventaja. Cuando llegué al pie de la colina, al paso elevado de la 101, vi las luces de los coches patrulla que bajaban por la autopista. Tuve que hacer marcha atrás para buscar la entrada situada debajo de Mulholland donde me uní al tráfico que se dirigía hacia el Sur.

Cuando el tráfico empezó a aminorar la marcha, puse la luz en el techo y avancé por el arcén.

Llegué a la pared de hormigón unos treinta segundos después de que el

«Ferrari» chocara contra ella a ciento sesenta kilómetros por hora. El depósito debió de explotar con el impacto y las llamas se elevaban a quince

metros. El calor era tremendo. Daba la impresión de que el fuego iba a prender en los árboles de la colina. Imposible acercarse al montón de hierros retorcidos.

Con el primer coche-bomba llegaron otros tres coches patrulla. Todo eran sirenas y luces destellantes. Yo aparté el coche para dejar paso a los bomberos y me acerqué a Graham. Estaba fumando. Los bomberos empezaron a rociar de espuma los restos del coche.

–¡Joder, vaya fregado!

–¿Por qué no lo detuvieron los agentes cuando estaba en el garaje?

–Porque yo les dije que no dispararan. Y nosotros no estábamos allí. Ellos estaban tratando de decidir lo que tenían que hacer cuando él se fue. –

Sacudió la cabeza-. Vamos a quedar como unos imbéciles en el informe.

–De todos modos, probablemente, sea mejor que no le hayas disparado.

–Probablemente. – Aplastó el cigarrillo.

Los bomberos habían apagado el fuego. El «Ferrari» era una carcasa humeante aplastada contra el hormigón. Se respiraba un olor acre.

–Bien -dijo Graham-. Aquí no hacemos nada. Yo me vuelvo a la casa. A ver si las chicas siguen allí.

–¿Me necesitas?

–No. Vete a casa. Mañana será otro día. Mierda, vamos a estar de papeleo hasta caernos a pedazos. – Me miró vacilando-. ¿Vamos al unísono en esto?

¿En todo lo ocurrido?

–Desde luego.

–No se puede llevar de otro modo -dijo él-. Que yo sepa.

–No -dije-. Son cosas que pasan.

–De acuerdo, colega. Hasta mañana.

–Buenas noches, Tom.

Subimos a los coches.

Yo me fui a casa.

Mrs. Ascanio roncaba ruidosamente en el sofá. Eran las cuatro menos cuarto de la mañana. Crucé de puntillas y me asomé a la habitación de Michelle. Mi hija estaba boca arriba, destapada, con los brazos por encima de la cabeza y los pies asomando por entre los barrotes de la cuna. La tapé y me fui a mi habitación.

El televisor seguía encendido. Lo apagué. Me quité la corbata y me senté en la cama para descalzarme. De pronto, me di cuenta de lo cansado que estaba. Tiré la americana y el pantalón encima del televisor. Me tumbé de espaldas, pensando en quitarme la camisa. La sentía húmeda y mugrienta.

Cerré los ojos un momento y apoyé la cabeza en la almohada. Entonces sentí pellizcos y tirones en los párpados. Oí un gorjeo y durante un momento de horror, pensé que los pájaros me picoteaban los ojos.

Entonces oí una voz que decía:

–Abre los ojos, papá. Abre los ojos. – Y comprendí que era mi hija que trataba de abrirme los ojos con sus deditos.

–Uuuuh -hice. Vislumbré luz de día, di media vuelta y hundí la cara en la almohada.

–¿Papá? Abre los ojos. Abre los ojos, papá.