Sombras de mariposa
Libro III
(582-585)
Nueve noches colgué, herido de lanza, del árbol que azotan los vientos,
(…)
Del árbol colgué, de ese cuyas raíces nadie sabe dónde nacen.
HÁVAMÁL 138
En el corazón de los Campos Góticos los cereales asomaban de las entrañas de la tierra como glaucas y pacíficas lanzas, y la vista se perdía en un horizonte donde el verdor se entremezclaba cada atardecer con colores ocres y violáceos. La llanura hacía más llevadera la marcha, pero ni siquiera el abandono de las empinadas comarcas del noroeste y la colosal insignificancia humana que inspiraban tan vastas y hermosas planicies contribuyó a mudar su carácter áspero y su actitud ensimismada. Muy al contrario, a medida que se aproximaban al final de su viaje, el gravoso poder de los recuerdos se imponía en él con mayor pujanza que cualquier otro sentimiento o interés.
Del mismo modo que los sueños forjan a los seres humanos, reflexionaba ante la infinita campiña, la vida era una insaciable quimera, pues la máxima ambición de quien camina sobre dos pies es torcer los designios de la naturaleza y la voluntad de cuantos hombres tenga a la vista. Y junto a esa codicia, y ligada a ella como la sombra es inseparable del objeto que la provoca, anida siempre un escondido anhelo de eternidad, la ridícula esperanza de que al menos las obras permanezcan para siempre en la memoria de quienes han de venir detrás.
Por él habían pasado ya treinta y dos inviernos, edad en que cualquiera podría considerarse maduro una vez rebasada la mitad de una larga existencia, pero hacía mucho tiempo que se sabía viejo, tan viejo que sus sueños y ambiciones se limitaban a seguir vivo, y sin saber muy bien el porqué de semejante instinto.
Al contemplar el insulso jugueteo de los novicios, obstinados en llamar a todas horas su atención, se preguntaba qué les habría llevado a vestir los hábitos, si la fe en un dios trino que en su día guió los pasos de Nantila o más bien el hambre y la necesidad. Enlazados cada dos por tres como tórtolos en celo, su afición al compañero no sugería aquella honorable y celestial afinidad de los guerreros tebanos, sino un pobre intento de compartir las respectivas soledades a través del frecuente contacto de sus cuerpos. Triste destino les aguardaba si tal era el sueño que dirigía sus maleables espíritus, si pensaban que la piel está hecha para otra cosa que no sea defender la propia soledad del mundo hostil que la rodea.
Tal vez en sus cotidianas oraciones pedían que la vida les condujese dulcemente de la mano hasta cumplir sus anhelos como presbítero, abad, o quizá obispo. Quién sabe si en sus caletres rondaba incluso la ambiciosa idea de llegar a santo para que sus adictos levantaran templos bajo su advocación y se disputasen sus reliquias en los años venideros. San Aberius y San Gainas, dos nuevos nombres para agregar a los ya repletos altares trinitarios. Aunque puede que los juzgara con excesivo rigor y aquella pareja de candorosos neófitos tan sólo rezase por tener a diario un mendrugo de pan que llevarse a la boca y ser amados por quienes ellos amaban. Tal vez fueran de la misma madera que el humildísimo Erga y que, como él, considerasen los honores de este mundo como obstáculos en el breve camino hacia la nada, esa nada que ellos, asidos con arrebato a fábulas orientales, llamaban salvación eterna.
Aun sin conocerlos, estaba seguro de que los sueños de aquellos mozalbetes no eran muy distintos a los sueños los reyes, cumplidos unos, frustrados otros, pero siempre presentes en el devenir de las cosas, en la terca obsesión por hacer de la vida un lugar donde creerse algo más que fantasmas en la niebla.