Sombras de mariposa
Libro II
(580-582)
No es impío el que suprime a los dioses, sino el que los conforma a las
opiniones de los mortales.
EPICURO DE SAMOS
Tal vez fuera por el confesado miedo de Aberius a la oscuridad, o quizá para conservar el calor durante las todavía frescas noches a la intemperie, el caso es que los novicios solían dormir abrazados junto al fuego. Pero igualmente ceñidos viajaban a lomos de su mula sin aparente necesidad, como si el contacto de sus cuerpos les fuera tan imprescindible como el rezo de sus oraciones. Y a él, la contemplación de ese afectuoso vínculo le provocaba el retorno de ciertos recuerdos que hacían revivir una antigua ternura salpicada de zozobras, una visión del mundo ya extinta y enterrada. Y con esa memoria, como un viejo ensueño rescatado de las más profundas simas del olvido, llegaba también una sutil brisa de tristeza, una débil nostalgia por los tiempos pasados y los años adolescentes, por todo cuanto pudo haber sido y nunca fue, y por algunas de las cosas que en realidad sí sucedieron. Aunque aquello que antaño podría haberle desencadenado un insufrible lastre de melancolía quedaba ahora firmemente sometido a la experiencia por la certeza de que lo muerto nunca regresa, excepto para trocar en pesadillas los sueños de los débiles.
Cuando cruzaron las crecidas aguas del Durius por el añejo aunque sólido puente de Ocellum Durii, el temor que los novicios pudieran guardarle parecía haberse evaporado. Cierto que su hosco mutismo no debía de hacerles nada cómoda la compañía, y que su andrajoso y bárbaro aspecto levantaba no pocos recelos entre la gente cuando el hambre y el fracaso en la caza les obligaban a mendigar. Cierto que su presencia en tan grotesca expedición significaba a menudo un obstáculo más que una ayuda, pero con el transcurso de las jornadas se imponía en aquéllos esa irrefrenable naturaleza de la primera juventud que ni los más severos hábitos ni una drástica tonsura son capaces de domeñar. Y así, entre chanzas y comentarios, intentaban sin éxito rescatar algún monosílabo de sus labios sellados.
Por lo demás, la gradual seguridad de que no era el salvaje espectro que en principio imaginaron les había mutado en un par de parlanchines empeñados en ponerlo al día sobre mil y un pormenores por demás fútiles o molestos. Así, y ante su impasible silencio, el astur Aberius refería todo tipo de novedades y consideraciones eclesiásticas, como que el obispo que ahora ocupaba la sede romana era un tal Gregorius que antes había sido gobernador de la ciudad y a quien todos tenían por un hombre santo.
El godo, por el contrario, siempre más interesado en su historia personal, le asaeteaba a preguntas sobre su vida en palacio y sus relaciones con Leovigildo y sus hijos.
—¿Es cierto que conociste a Hermenegildo?
—Y cómo no habría de conocerlo —censuraba burlón su compañero—, si era su primo.
—Yo tengo primos a los que no conozco, y seguro que tú también.
Como de costumbre, dejaba que las preguntas se perdiesen en el viento, por si éste quería conceder a los novicios una respuesta que él no estaba dispuesto a ofrecerles, pero esta vez, al escuchar el nombre de Hermenegildo, dedicó a Gainas una mirada tan cortante que bien podría haber partido una roca. Porque aquel nombre le traía a la memoria lo más frío del invierno.