Sombras de mariposa
Libro IV
(585-589)
Inclina con respeto tu cabeza. Adora lo que incendiaste, quema lo que
adoraste.
REMEGIUS, OBISPO DE REIMS,
A CLODWIG, REY DE LOS FRANCOS
Algo parecido a la música intentaba crear el godo Gainas con cuantos objetos llegasen a sus manos, fueran cañas, huesos de fruta o meras ramas con las que golpear cualquier cosa hueca que pudiera producir un sonido distinto a los que gratuitamente ofrecía la sabia naturaleza.
Al contemplar semejante afición en el novicio, concluyó que más le habría valido a aquel arrapiezo sumarse a una de las partidas de cómicos y saltimbanquis que en los buenos tiempos recibía Leovigildo en su palacio que a una retirada comunidad de hombres en busca de severa mortificación. Y cuando elaboró esta última palabra en su pensamiento, no pudo por menos que evocar otra parecida para concluir lo llamativa que resultaba la similitud entre mortificación y muerte.
Tal vez Isidoras, con su extravagante gusto por reunir palabras y estudiarlas como si éstas fuesen seres vivos, podría dar una sesuda explicación a tanta semejanza, pero para él estaba muy claro que venían a representar una misma cosa, como el sol y la luna forman parte inseparable del firmamento. Mortificar el cuerpo era matarlo lentamente, y ése y no otro era el propósito de todo cenobita con sus disciplinas, negando primero los placeres, más tarde las necesidades y sometiendo por último sus pecadoras carnes al rigor de inhumanas penitencias.
Gainas, quizá sin saberlo o bien porque era del todo consciente de la drástica sumisión que le aguardaba una vez llegasen a su destino, parecía rebelarse a ese futuro con el disfrute de su primitiva música. Tan primitiva que en el mejor de los casos apenas tres matices podía conseguir de las pobres chirimías que con notable esfuerzo fabricaba. Y si la música, como decía Koenraad, atemperaba a los animales más bravíos, aquellas bestias que tuviesen la desgracia de escuchar al novicio godo en sus alardes debían de rondar las huellas de su mula más feroces que perros rabiosos. Si en verdad el mundo había sido creado según cierta armonía de los sonidos, aquel muchacho atentaba gravemente contra la obra del Creador, pues era capaz de destruirla con sus agudos silbos y reiterados porrazos.
A pesar de tan notoria ofensa a la creación y a sus dios trino, a Aberius parecía gustarle el rústico arte de su fraterno compañero, y ensayaba a veces torpes bailoteos al son de golpes y pitidos. Y él, a la vista de semejantes exhibiciones, pensaba si no lo harían por provocarle, por conseguir de su cerrada garganta al menos un grito de protesta, la enfurecida exigencia de que pusieran fin a tan insoportable murga. Pero en peores trances se había visto y no iban a ser aquellos barbilampiños majaderos quienes torciesen su firmeza para sacarle de sus reflexiones y enredarlo en su adolescente y atrevida curiosidad.
Música y muerte, en todo caso, eran una extraña mezcolanza, reflexionaba con las primeras cumbres de los Carpetanus ya a la vista. Una mezcla que él mismo había saboreado bajo la estrellada noche de la Narbonense, una suerte de embrujo sobrenatural que ni siquiera ahora, pasado tanto tiempo, podía explicarse. Aunque sin duda resultaba mucho más grata una muerte entre melodías que la mortificación, pues aquélla zanjaba para siempre todos los pesares, y ésta, por el contrario, los prolongaba a lo largo de una triste vida. Se preguntaba ahora si él mismo no llevaba años mortificándose; no como aquellos risibles monjes que ofrecían sus desdichas para complacencia de incomprensibles dioses, pero sí con parecida voluntad de destrucción.
Decía Gur que cada cual llevaba dentro de sí a su peor enemigo, a su destructor, y que la guerra contra semejante ser sólo terminaba con la muerte. Tal vez estaba en lo cierto el escoto, y él vivía con los ojos cerrados para no mirar de frente al verdadero autor de su tortura.