Sombras de mariposa
Ingundis
Agali, comienzos de primavera de 579
Llegaron los días en que el blanco de las nieves se escondió poco a poco en la tierra hasta desaparecer, y otros copos de semejante color empezaron a brotar en las ramas desnudas de los almendros. Ese anuncio de la cercana primavera hizo nacer también en Wilya un deseo que sabía inalcanzable, aunque no por ello menos intenso, y era que el tiempo corriese tan aprisa que pudiera dormirse una noche y despertar después de muchos días, tantos como faltasen para dejar cumplida su promesa y regresar, ya para siempre, a Toletum.
Creció la luz y se alargaron las jornadas, no tanto por el ciclo natural del sol en los cielos como por esa ansiedad que le acompañaba, ese oler el campo perfumado y pensar en Orosia, y en Recaredo, y en Badwila. Y en Hilde, sobre todo en Hilde. Tampoco era mitigada esa impaciencia con novedades en su aprendizaje, salvo que Savinus desertaba a menudo de sus obligaciones por el mal singular de sus tripas, y eso muy a pesar de las infusiones recetadas por los físicos y que el clérigo ingería a regañadientes.
Asumía Isidoras, según costumbre, la sustitución ocasional del tutor, aunque nunca volvieron a comentar, ni uno ni otro, aquella polémica sobre las formas de la tierra que derivó en querella teológica, hasta tal punto que parecía no haber existido jamás semejante escaramuza. Tampoco, por sus otros comentarios, asomaba hostilidad alguna en el hispalense hacia su opositor, el anciano bibliotecario.
Recién nacido marzo, recibió orden de Koenraad para que acudiera a su cuarto. Al llegar allí, comprobó con sorpresa que el físico se había abrigado para salir y fue invitado por éste a acompañarlo. Cumplieron un breve recorrido bajo el solecillo por el exterior del monasterio durante el cual Wilya sirvió apenas de segundo cayado para un viejo huraño y más que silencioso. Le citó para la fecha siguiente, y en lo sucesivo tuvo que dedicar un tiempo de cada jornada a esa obligación siempre que el cielo no estuviera cubierto.
A medida que transcurrían los días se hicieron un poco más largas las caminatas y más locuaz el ostrogodo, igual que sucediera en la semana que llevó la curación de la pierna. Se sentaban a veces en la parte trasera del edificio principal, bien protegida de los vientos, para reposar observando las labores de la poda en la cercana viña, y era entonces cuando Koenraad parecía adquirir la fuerza suficiente como para que sus palabras se entendieran al salirle de la boca. Sólo así, al recobrar un poco el resuello, podía mantener el viejo una conversación.
Wilya aprovechaba aquellos ratos para hacerle partícipe de su vida cotidiana, hasta el punto de que la renovada familiaridad le animó por fin a confesar su experiencia en la ermita del cerro y expresarle sus dudas sobre si debería interceder por una nueva iglesia de fe romana.
—Así que es la primera vez que pasas voluntariamente tu crisma bajo el lábaro de Constantino —se admiró el ostrogodo—. Es chocante, lo de ese signo quiero decir. Desde mucho antes de que naciese aquel emperador, era el emblema de la caballería romana, imitada de una enseña de los antiguos cántabros. Constantino lo transformó en las iniciales griegas de Cristo, y ahora lo llaman crismón y figura en todas las iglesias del dogma hereje. Preside sus templos el mismo escudo que los soldados imperiales emplean en su guerra contra nosotros. ¿Qué amor podemos tener al estandarte que acabó con mi gente en Italia y tiraniza hoy a parte de nuestro reino?
—Ellos no están con los imperiales. Dice Isidorus…
—¿Isidorus? —Koenraad golpeó repetidamente el suelo con su vara—. El cachorrillo de una raza sumisa a los obispos de Roma y a Constantinopolis, una estirpe de traidores al reino.
—Pero, maestro, si Constantino escuchó la voz de Dios para anunciarle que estaba de su parte, no puede ser malo su signo —alegó—. Salvo en las armas de los imperiales, claro.
—Un trágico sarcasmo de la historia, muchacho. Aquel emperador fue un pagano, un impío hasta su muerte, un sanguinario que envenenó a su hijo e hizo morir a su esposa en agua hirviendo, entre otras fechorías.
Wilya escuchaba boquiabierto la inédita versión que Koenraad ofrecía acerca del insigne protector de la fe cristiana.
—Asesinó a media familia y se valió del cristianismo para lograr sus fines de dominio. Fue él quien obligó a aceptar la herejía de que Padre e Hijo son de igual sustancia, y lo hizo bajo amenaza de prisión o destierro a los obispos que se negasen a aceptarlo en un concilio convocado y presidido por él mismo. Cumplió sus advertencias contra los pocos que se opusieron a su blasfemia, y contra aquellos que, arrepentidos de haber apoyado semejante necedad, se retractaron después.
—¿Y qué más le daba a él que se creyese una cosa o la otra?
—Convenía a sus ambiciones un redil para mansos rebaños, y él lo creó a su gusto y medida. Con el beneplácito de sus obispos peleles, se declaró enviado del Señor y vicario de Cristo, con poder absoluto sobre la Iglesia. El pontífice máximo de la religión pagana pasaba a serlo también de la cristiana. Si hemos de admitir una gota de piedad en sus intenciones, ésta sólo se encuentra en su gesto final a las puertas de la tumba, al pedir el bautismo de manos de un obispo de la religión predicada por Arrio, y no de uno de esos trinitarios que bajo su protección conspiraban a todas horas en palacio.
Tosió Koenraad, y esta vez no era risa sino ahogo cierto. Pero se sobrepuso tras unos instantes de incertidumbre.
—¿Tú respiras bien? —inquirió de repente.
—Bien, como siempre, maestro.
—Es una buena noticia… Pues no, el emperador no eligió la herejía romana de los tres dioses para entrar en el reino celestial, sino el camino del Único, de Dios Padre. Ciertos obispos y cortesanos lo envenenaron todo tras su muerte, mintieron a las gentes y llevaron al Imperio por el camino del error, el odio y la sangre contra quienes no estuvieran de su parte. Por tanto, no hay contradicción en que sus templos compartan ese signo con los guerreros imperiales, pues tan hostiles nos son los unos como los otros.
Pensaba Wilya en Isidorus, y no creía ver en el hispalense asomo alguno de esa aversión que sostenía Koenraad. Tampoco en Savinus, ni mucho menos en su propia madre.
—Para nada quiero yo —aclaró el anciano, más calmado— que creas que hay rencor en mis palabras. No es el rencor lo que fructifica, sino un corazón limpio de odios; pero entiende mi rabia frente al engaño y el abuso que de él hacen muchos de quienes dicen hablar en nombre del Altísimo o de la razón.
—Así que no crees que deba comentar nada a mi tío sobre esa nueva iglesia.
—Qué importa lo que yo crea. Empieza a tomar decisiones según tu buen entender.
Nunca le fue sencillo hablar con Koenraad, y no tanto por su ocasional tono arisco o por las fatigosas palabras que usaba a veces para explicar sus peculiares pareceres. Si algo áspero había en esa relación cotidiana, si algo le desconcertaba durante aquellas breves caminatas, era el respeto que el viejo parecía mostrar por sus pasos en la vida al margen de cualquier opinión que el propio ostrogodo hubiera expresado previamente. No hubo prohibición alguna ni orden tajante que saliera de su boca en todo ese tiempo, y tal trato en libertad le obligaba a él mismo a responder con convicciones propias que aún no poseía, con el aplomo de un adulto. Tampoco era su actitud la de un preceptor como Savinus, ni la de un cómplice coetáneo como Isidorus, y eso, en ocasiones, le hacía sentir a su lado igual que una muleta en la que el anciano depositaba sus achaques y sus propias reflexiones. Aunque pensaba a veces que tal vez no fuera desinterés ese distanciamiento, sino un modo particular de mostrarle aprecio que su propia ingenuidad no le permitía distinguir bien de la indiferencia.
Con su obligación diaria, Wilya adquirió también el privilegio de visitar al físico en su aposento, costumbre vedada a la mayoría de los residentes del monasterio, para quienes aquel hombre era apenas una venerable sombra de difícil acceso. Y sustituían esas visitas a los paseos cuando el bosquecillo pregonaba en sus copas agitadas la presencia de cualquier cierzo inconveniente para una salud tan frágil como la del viejo.
Soplaba con fuerza ese viento la última mañana que pasó en Agali, poco antes de que, sin previo aviso, los sirvientes llegasen en su busca para devolverle a Toletum. Iba a llamar en la puerta de Koenraad para advertir de su visita, cuando le vino de allí dentro un sonido cálido y envolvente, un rasgueo que algo tenía de prodigioso. Entró sin permiso y vio al ostrogodo sentado al amor de la lumbre, tañendo un desconocido instrumento. Por no interrumpir, ni molestar siquiera con su llegada el embeleso del bibliotecario, tomó asiento sobre la gavilla de leña que cargaba.
El anciano le dedicó por fin su mirada de hurón, y él descifró en aquel rostro una mueca singular, como si la música hubiese cambiado sus facciones tornándolas algo más sonrosadas y menos agrias. Koenraad le mostró la causa de su metamorfosis.
—La cítara —dijo—, el mejor antídoto contra el desconsuelo y la senectud. Siempre deseé aprender a tocarla, pero mis maestros no tuvieron la paciencia necesaria para soportar mi falta de destreza. —Celebró con una risilla su propio comentario, pausa que Wilya aprovechó para dejar el combustible junto a la lumbre y acomodarse en la banqueta habitual.
—A mí me gusta como suena. —Fue sincero en su halago.
—Virtud de la propia música, no de mi gracia. No en vano dicen que el mundo fue creado según cierta armonía de los sonidos, y que hasta el mismo cielo gira de acuerdo a esa consonancia. Nuestras propias venas se vinculan a tal cualidad por las cadencias del ritmo. ¿Has escuchado alguna vez las tubas y los timbales antes de la batalla, y cómo las sienes se aceleran, y el pálpito y los gritos con ellas?
El ostrogodo pareció reflexionar de inmediato acerca de unas palabras que sin duda agraviaban las inalcanzables ansias guerreras de su contertulio, y modificó el rumbo de su glosa.
—Una obra de arte. —Le extendió la cítara para que lo comprobara—. Siete cuerdas de tripa sujetas a dos cuernos de carnero, y un caparazón de tortuga que recoge el sonido y nos lo devuelve convertido en sugestivo ensueño. Dicen que es un legado del fabuloso Hermes.
Wilya rasgó las cuerdas con medrosa torpeza mientras a duras penas sujetaba el ingenio sobre su regazo.
—Es griega —explicó Koenraad—. Tiene muchos años, bastantes más que yo si he de creer a quienes me la vendieron, y con ella se han apaciguado las penas del desamor durante generaciones.
—¿Es cierto que se amaban entre los hombres los antiguos griegos?
La música, los griegos y el amor. Sorprendente asociación de ideas, debió de pensar el bibliotecario. Pero no esquivó su obligación de maestro.
—Cierto es, en algunos casos.
—¿Y fornicaban como lo puedan hacer hombre y mujer?
—También, si salvamos las diferencias impuestas por la naturaleza.
—¿Lo hacía así Petronius?
—No lo sé. ¿De dónde has sacado tal idea?
Wilya le expuso las enseñanzas y comentarios de Savinus e Isidoras al respecto, y el anciano cambió de inmediato su talante afable.
—La sodomía es vieja como el mundo y se hizo costumbre entre algunos pueblos, los romanos entre ellos —dijo muy serio—. No voy a buscar absoluciones a ese pecado, pero hay una diferencia entre la podredumbre de ciertos hábitos y el espíritu de esos que llamas antiguos griegos, un espíritu que nació en la camaradería de la milicia.
—Los guerreros que yo conozco sólo piensan en yacer con mujeres —replicó, y Koenraad tuvo que reprimir una de sus insignificantes carcajadas mientras recuperaba para sí el instrumento.
—No hay que ser guerrero para tener esos gustos. —Tocó de nuevo y su voz pareció fundirse por un momento con aquel sonido que todo lo envolvía—. Pero aquellos jóvenes amantes tenían una vinculación más poderosa que la carne, un pacto espiritual que les hacía mirar más por su compañero que por sí mismo. No sé si me entiendes, una especie de fidelidad; pagana, por supuesto, pero no vacía de virtudes. Muchos de los grandes héroes tuvieron su amante entre los camaradas de armas, y cuentan los poetas que verlos combatir juntos, espalda contra espalda, era un ejemplo envidiado por los propios dioses.
Pensó en cómo habría de ser una cosa así, pero no lograba imaginar a ninguno de los guerreros conocidos prendado de la bronca rudeza de un compañero, del hedor sudoroso de su cuerpo, de sus cicatrices y de las permanentes maldiciones en su boca desdentada. Cuando regresó al presente, el viejo seguía envuelto en su artística pasión:
—La música atempera a los animales más bravíos, pues incluso serpientes, aves y peces caen bajo su influjo. Y son siete las cuerdas porque siete planetas hay. Algo de bendición divina ha de esconder eso de ser músico.
Tampoco él podría ser músico aunque lo deseara, reflexionaba Wilya mientras salía de sus confusas cavilaciones para abandonarse a las armonías suscitadas por los dedos de Koenraad. Y éste, intuyendo tal vez esa pesadumbre que llevaba por dentro, palpó su brazo inane dedicándole un instante de ternura, un sentimiento que nadie podría imaginar escondido entre los pliegues de un corazón que se sospechaba hecho de tan ruda corteza como su rostro, como sus palabras.
—Jamás renuncies de antemano a la esperanza, a cualquier bendición que pueda llegarte, Wilya.
La mañana en que abandonó Agali tenía el alma encogida y un pequeño nudo le atenazaba la garganta. Dejar atrás el recuerdo de los últimos meses y, en especial, la presencia diaria de algunas de aquellas gentes con sus talantes, sus manías, sus ideas sobre el mundo y sobre la vida, no fue un acontecimiento tan grato como Wilya había imaginado. Y sólo cuando divisó la línea oscura de Toletum pintada en la lejanía del horizonte, pudo apartar de sus pensamientos el acoso de esa repentina e inesperada nostalgia.
Se adivinaba extraño a sí mismo, nadando en aquel río de sensaciones contrarias que parecía recorrerle por dentro con sus torbellinos y meandros. Regresaba a casa con un amargo sabor a pérdida entre los dientes y, al tiempo, con el indefinible gozo de quien sabe que ha crecido. Porque ahora sabía, con la confusa nitidez que dejan ciertos sentimientos, que el mundo no acababa en el hogar, que la tierra toda guardaba secretos para quien quisiera hallarlos más allá de unas murallas, y que los hombres tenían al alcance una semilla divina llamada libertad.
La ciudad le recibió con una joven primavera en el atardecer, el Tagus reverberando de oro y verde, los colores de un sol ya agachado vivos aún en las esquinas, en las sendas, en los muros, en los rostros. Se sintió casi forastero al recorrer sus callejas, como quien hubiera pasado media vida lejos de allí y ya nada fuese igual a lo que dejó, o quizá como el que llega por vez primera y todo se le antoja nuevo y sorpresivo.
No esperaban precisamente a un extraño en su casa. Orosia, Recaredo, aquellos a quienes más amaba, el propio Lucius, Galmerico incluso, hacían guardia en la puerta como quienes reciben al señor del hogar, cada cual con lo mejor de sus deseos para ofrecerlo gratuitamente a quien regresaba, por fin, al cobijo de sus abrazos.
Entre tanto homenaje se sintió rey verdadero por un rato, protagonista único de una aventura cuya crónica no fue capaz de abordar con ilación ante la torrentera de preguntas y los comentarios admirativos o bromistas que sus respuestas generaban. Y una vez el ocaso aconsejó la retirada de los visitantes, expuso su voluntad de acompañar paseando hasta el baluarte a Galmerico y a Recaredo sin que nadie se atreviera a objetar la inconveniencia de un regreso solitario en horas tan tardías.
Durante la caminata se hicieron mil planes de futuro. Recaredo, con el entusiasmo de quien necesita contar novedades y restablecer los buenos momentos de una amistad aplazada; Galmerico, con la paciente curiosidad del que espera conocer los frutos recogidos por su pupilo en los sembrados de sabiduría de otros maestros. Charlaron largo rato a las puertas de la torre, hasta que el clérigo les recordó que su cuerpo no estaba hecho ya al relente de la noche.
Wilya tomó el camino de vuelta bajo una luna temprana que bruñía siluetas entre las sombras de un trayecto conocido. Aunque, empujado por un confuso deseo, por un intento tal vez de ampliar el alcance de su independencia, desvió sus pasos de la dirección correcta. Los cipreses parecían una horda de gigantes que elevaran sus picas plateadas hacia las estrellas al compás de la brisa. En medio de aquella danza temblaba un resplandor rojizo, intenso a veces, invisible otras por el capricho del follaje. Llegado a la altura de los árboles, confirmó la sospecha de que la fragua no estaba vacía y se fue aproximando con cuidado al edificio para garantizarse la sorpresa. Apenas podía aguantar las ganas de abrazar al herrero y contarle que nada habían podido contra él los espíritus de los monjes, y que sus piernas no se habían agarrotado sobre las losas de una iglesia sino que eran ahora más ágiles y resistentes, y su brazo bueno más fuerte que cuando se marchó.
Un rumor de voces llegado del interior del edificio le aconsejó cambiar de planes. No quería irrumpir de ese modo si Badwila estaba acompañado, trabajando quizá con sus aprendices. Encaramado a unas piedras, se asomó por uno de los ventanucos antes de decidirse. Había allí dentro cinco o seis hombres sentados, además de Badwila, guerreros todos por sus atavíos y envueltos en un espectral contraste de negrura y brasas. Hablaba uno de ellos, el que parecía más joven, aunque estaba de espaldas y aún tardó Wilya en distinguir en él la voz y la silueta de Argimundo. Imposible entender su discurso, que los otros escuchaban con respeto casi religioso. Una vez calló éste, Badwila se retiró hacia el horno en tanto los demás iniciaban una distendida charla, brindando y bebiendo de sus cálices como si celebrasen un acontecimiento extraordinario.
A pesar de la tozuda labor del frío de la noche, de aquella posición inestable y forzadamente rígida, cuanto se desarrollaba ante sus ojos tenía más fuerza que cualquier molestia y por nada del mundo estaba dispuesto a perdérselo. Aguantó hasta que por fin el herrero se unió de nuevo al grupo con lo que parecía ser el fruto de su trabajo, una pequeña figura al rojo vivo que sujetaba en el extremo de las tenazas. Argimundo se puso en pie para despojarse sucesivamente del peto y la camisa. Como una estela de fuego abriéndose paso en la oscuridad, Badwila avanzó con su reciente obra hasta tocar con ella el hombro del joven, y un chisporroteo saltó de su carne herida, acompañado por una pequeña humareda que desapareció devorada por la penumbra. Wilya no podía ver la cara de Argimundo, pero sí percibir el estremecimiento silencioso de su cuerpo y el repulsivo olor que se liberó en la crudeza de aquel contacto. En ese momento, algo dijeron los presentes, todos al unísono como si formase parte de un coro bien ensayado, y en una lengua tan familiar como ininteligible, la lengua goda. Argimundo respondió en igual lenguaje con una frase tan velada como las anteriores, y gritaron todos por tres veces una misma palabra que Wilya quiso memorizar.
Brikan, brikan, brikan se repetía tan quedo como los labios aceptaban para no ser descubierto por su voz, y en esa palabra ignota, cuya semilla sabía salida de la raíz misma de su pueblo, buscaba un motivo de comprensión, una síntesis de cuanto estaba sucediendo ante sus ojos furtivos. Entretanto, Badwila, tras sumergir las tenazas en el pilón de agua, extrajo la figura que había forjado, la ensartó en una tira de cuero y fue a anudarla al cuello de Argimundo. Besó después al joven en la frente y le abrazó repetidas veces, y tras él lo hicieron uno a uno los demás guerreros. Cumplido este saludo, Badwila dispuso un emplasto sobre el hombro abrasado de Argimundo y le ayudó a revestir su torso desnudo, tras lo cual regresaron todos al brindis y al jolgorio, igual que si se tratase de una gran fiesta. Cuando por fin callaron, el herrero se perdió en la oscuridad para regresar al cabo con la piel de un gran lobo negro que colocó sobre el joven, cubriéndole desde la cabeza hasta casi los tobillos.
Hubo un silencio denso y muy largo, tan prolongado que las desequilibradas rodillas de Wilya no pudieron soportarlo y una impertinente tiritona se apoderó de ellas. Muy a su pesar, y para no ser finalmente descubierto como un fisgón derrumbado con estrépito, abandonó su improvisada atalaya y se fue alejando poco a poco de la fragua sin poder apartar del pensamiento aquella confusa y fascinante ceremonia. Y de camino a casa, mientras avivaba el paso para recobrar un poco del calor perdido, creyó ver una sombra deslizándose entre las pétreas sombras de las callejas.
Despertar de nuevo en su lecho fue igual que una resurrección, como reconocerse a sí mismo tras un profundo sueño ocupado por recuerdos de Agali en el que irrumpían a veces, turbias y estridentes, algunas imágenes del ceremonial vivido desde la ventana de la herrería de Badwila. La disciplina aprendida en el monasterio le abrió los ojos antes del amanecer, pero, una vez consciente de que aquel era su dormitorio, de que su mundo volvía a ser nuevamente Toletum, se dejó llevar por el placer de tal descubrimiento para dormir hasta bien entrada la mañana.
Orosia le aguardaba sin otra preocupación que atenderlo, frente a una bandeja colmada de sus alimentos favoritos y con la satisfacción de disfrutar, por fin en privado, de su compañía. No hubo prisa alguna por parte de ella en averiguar el efecto que la estancia en el monasterio pudiera haber tenido en sus planes de futuro. Hablaron de anécdotas y asuntos triviales, y él agradeció, sin expresarlo, esa infinita paciencia de su madre. Todo el mundo parecía satisfecho con su regreso: le miraba Lucius con simpatía y cierto aire de complicidad, se le ofrecían los servidores con deferencia que le resultaba desmedida, la casa misma daba la impresión de haber sido arreglada con detalles nuevos para celebrar su vuelta. Pero él tenía necesidad de respirar cuanto antes la ciudad, de perseguir respuestas a ciertas preguntas que quedaron en el aire tras su marcha, de hallar el modo adecuado de poner orden en sentimientos que aquellos meses de ausencia no habían logrado extinguir.
Wilya deambuló sin prisas hacia el exterior de la muralla en dirección al río, con la imagen de Hilde en la cabeza, el hormigueo de su recuerdo en el estómago y la ilusión de que la luz del día pudiera ofrecerle la bienaventuranza de su encuentro. Esperar hallarla por allí era, simplemente, una corazonada, la consecuencia de saber que Badwila usaba la poterna cercana a ese suburbio para retirarse cada noche, pues nunca hasta entonces había sentido la menor curiosidad por aquella apartada zona de la ciudad. A los pies del desbaratado acueducto y entre ruinas de piedras colosales, paupérrimas chozas de madera, establos y zahúrdas conformaban una red de callejones semidesiertos que concluía casi en el mismo margen del Tagus, donde se advertían pequeñas huertas y algunas reses pastaban con indolencia.
Se detuvo antes de adentrarse en aquel territorio extraño. Repentinamente, se sintió incapaz de explicar su presencia en lugar tan impropio si es que tenía la ocasión de encontrarse frente a ella. Nada podía decirle sino una mentira, y pensó más en lo que ella habría de sentir ante la aparición de su cara horrible y su brazo colgante a la luz del día, sin sombras de fuego que disfrazasen su aspecto, que en saciar la urgencia de verla que hasta allí le había conducido.
Decepcionado consigo mismo por su cobardía, intentando engañarse con la ilusión de que habría de llegar oportunidad más propicia para sus planes, regresó hacia la barbacana. Caminaba cabizbajo, enredado en su juego interior de falacias y de excusas, cuando se abrieron las calles a una plazuela, cercana ya a la fortificación. En la misma esquina, y a punto de chocar con él, se topó con el rostro cavernoso de Aspidius, sus ojos evadidos, el cuerpo casi desnudo, mugriento y fétido. Frenaron ambos sin saber reaccionar, y Wilya vio crecer el miedo en la mirada del viejo rey loco. Por un instante, se contagió de esa abismal vacuidad en unas pupilas que parecían querer agarrarse a las suyas, pero de alguna parte sacó valor para resistir sin un pestañeo el desafío de aquellas cuencas lívidas. El aregense extendió la mano hacia su cara, y él hubo de hacer un esfuerzo para soportar la repugnancia que le provocaba su áspero y trémulo roce.
—¿Qué te han hecho, hijo mío? —murmuró el desgraciado en un latín confuso que se le escapaba entre encías expoliadas de dientes mientras él permanecía mudo de terror y de asco—. ¿Dónde está tu madre? Oigo su voz y no la veo. ¿También tú crees que he muerto, o acaso estoy ciego y sólo me imagino sombras?
Había en aquellos ojos un pozo tan sórdido y tan profundo que le recordó al suyo, y tembló al decidir si debía asomarse a él o correr tan lejos como sus piernas le permitieran. Pero ya venía masticando el sabor de una reciente cobardía y no habría sido perdonable añadir otra más a la historia de aquella jornada.
—No lo estás —musitó Wilya con desaliento—. Ni muerto, ni ciego. Pero no conoces a mi madre, ni yo soy tu hijo.
Aspidius parecía irritado por la respuesta, aunque el tono de sus palabras mostraba únicamente un vasto desconcierto:
—Te han torturado. Por eso dices esas cosas, porque no quieres sufrir más. Pero nunca olvides quién eres, ni dejes que te engañen con sus mentiras.
Una piedra se estrelló contra el cuello del desgraciado mientras expresaba su delirante consejo. Dejó escapar un aullido y, con rictus no menos salvaje, miró alrededor buscando el origen del peligro. Un grupo de muchachos llegaba gritando hacia ellos desde el lado opuesto de la plazuela, y Wilya se apartó a un lado para no sufrir también el impacto de sus cantazos. Aspidius corrió hacia una de las callejas en busca de protección, y tras él los agresores más atrevidos, entre quienes había algunas caras conocidas. No podía faltar Berulfo en aquel escarnio, y él le afeó esa conducta cuando llegó a su altura.
—No es más que un pobre hombre.
—¡Vaya con Manoseca! Acaba de llegar y ya se cree el amo de Toletum. — Rieron sus compañeros la burla de Berulfo.
—A nadie hace daño. Y apenas puede defenderse.
—Sí. Es casi tan inútil como tú, por eso lo proteges. —Berulfo se mostraba hiriente, como de costumbre—. Corre a esconderte bajo los faldones de tus monjes y déjanos vivir.
Le ofensa le nubló los ojos, y una quemazón rabiosa le empujó sin remedio contra su antagonista. En un movimiento rápido, proyectó su frente contra la cara de Berulfo, que se dobló sobre sí mismo entre apagadas maldiciones, aunque enseguida se enderezó, con un borbotón de sangre de la nariz a la boca, para emprenderla a golpes contra él entre el encendido aplauso de sus compinches. Wilya cayó bajo el superior peso del adversario, intentando cubrirse con el brazo hábil, maldiciéndose por su inferioridad y respondiendo a su vez con los pies, que pronto quedaron inmovilizados. Le llovían puñetazos de todas partes, y las escoceduras hacían crecer su indignación por no poder devolverlos. Un impacto en el pecho le provocó un ahogo, y el movimiento instintivo de su mano hacia allí dejó desprotegida la cara, donde se cebó Berulfo hasta llevarlo al borde de la inconsciencia.
Repentinamente, cesaron los golpes y escuchó lejanas voces alrededor. Unas manos le ayudaron a incorporarse. Con la cabeza tambaleante, la mirada opaca, sin saber sujetarse bien sobre las piernas, creyó ver entre la neblina la cara de Recaredo, y le pareció que su amigo discutía con el agresor. Y tras él, Argimundo y Hermenegildo, compañía suficiente para vencer las reticencias de cualquier rival de su edad. Por fin, pacificado el campo de batalla, le acompañaron los tres hasta un cercano regato a lavar sus heridas.
Entre los brazos amigos de Recaredo, bajo el tacto amable de aquellos húmedos dedos que le enjuagaban mataduras y moretones, Wilya se sabía protegido como en ningún otro lugar del mundo. Tan diferente su abrazo al de Orosia, tan otro el roce de su piel, pero igualmente dulce. Y pensó si no habría de ser su emoción muy parecida a la que Koenraad atribuía a los antiguos griegos, a ese pacto entre voluptuoso y espiritual que hacía de ellos envidiables guerreros. Sólo las preguntas de sus camaradas lograron rescatarle de tan turbadores pensamientos y a duras penas, dolorido en el cuerpo y en el orgullo, consiguió hacerles ver las circunstancias de la pelea. Hermenegildo se rió al escuchar su relato, y dijo que de nada le habían servido las enseñanzas del tuerto Egica, pues no se debía hacer frente a fuerzas tan superiores, y menos en defensa de una plaza sin valor, como lo era Aspidius.
—No es Aspidius el problema —objetó Argimundo—, sino Berulfo, que anda desquiciado.
Wilya agradeció íntimamente el apoyo del mayor, y al verle tan cerca recordó la noche previa en la fragua. Nada distinto había en él. Puede que sus ojos fuesen más bellos y más noble su porte, pero era el amigo de siempre y, aturdido como estaba, llegó a pensar si aquella ceremonia habría sido sólo fruto de sus ensueños.
—Motivos tiene para andar así —apuntó Recaredo—, de modo que habrá que disculparlo.
—¿Qué razón puede haber para tanta cólera? —logró balbucir él entre sus labios tumefactos.
—Ya conoces la historia de las hijas de Goswinta y Atanagildo.
—Las que casaron con los reyes francos —admitió.
—Eso es —intervino Argimundo—. Brunegilda, la menor, se casó con Sigibert de Austrasia, y el hermano de éste, Chilperic de Neustria, envidioso por ese pacto con nuestro reino, solicitó su enlace con Galsuinda, la primera hermana.
Era ése un drama de sobra conocido por la nación visigoda y que circulaba de boca en boca por todo el reino. Ambas renunciaron a la propia fe para abrazar la religión trinitaria como gesto de obediencia hacia sus esposos. Pero, mientras el matrimonio de Brunegilda y Sigibert fue dichoso, el de su hermana se convirtió en un suplicio por la humillante presencia de Fredegundis, concubina del rey. Desengañada, Galsuinda solicitó permiso para regresar a su tierra, renunciando a la cuantiosa dote que había llevado al matrimonio, y Chilperic, presionado por los requerimientos de su amante, la asesinó para, pocas fechas después, tomar a aquélla en matrimonio. Fue una afrenta que Goswinta, aun pasados ya doce años del crimen, guardaba en su corazón como herida sin cicatrizar. Bien sabía ella que no podía hacer pagar su maldad a Chilperic, porque la corte de Neustria quedaba demasiado alejada, y su segundo esposo, Leovigildo, nunca aceptaría exponer al reino a semejante aventura para vengar a su hija. Pero sí que lo hizo Brunegilda, reina de Austrasia. Cuando hubo oportunidad, exigió la devolución de la dote de su hermana, y al negarse a ello Chilperic, su hermano Sigibert le declaró la guerra y consiguió derrotar al ejército de Neustria. Mientras éste era alzado sobre el escudo para celebrar su triunfo ante los vencidos que le habían jurado fidelidad, dos asesinos pagados por Fredegundis le clavaron dagas emponzoñadas que pusieron rápido fin a su vida.
—Ya conozco todo eso por boca de Galmerico —protestó Wilya—. Pero ¿qué tiene que ver Berulfo con aquella guerra?
—Entre las víctimas de esa última traición —se sumó Hermenegildo— había un visigodo llamado Sigila que venía sirviendo a la reina Brunegilda desde su boda. Fue gravemente herido y Chilperic ordenó luego abrasarlo con hierros candentes y separar sus miembros del cuerpo hasta la muerte.
—También mató a su familia de forma parecida —añadió Argimundo—. Sólo uno de los hijos de Sigila pudo escapar gracias a la ayuda de unos mercaderes sirios que le trajeron hasta aquí, donde fue acogido por Goswinta en agradecimiento a la lealtad de su padre.
—El nombre de ese chico es Berulfo, como habrás podido imaginar —puntualizó Recaredo.
—Pero yo no soy franco —protestó él confuso—, y nada tengo que ver con su infortunio.
—El odio, cuando crece desatado, no distingue amigos de enemigos —lo dijo Argimundo con la autoridad que emplearía Galmerico, o el mismísimo Koenraad—. Y Berulfo se frena nada más que ante un brazo más fuerte que el suyo, de modo que no vuelvas a cruzarte en su camino mientras no estés seguro de vencerlo.
Así supo Wilya que el loco Chilperic no sólo asesinaba letras y libros tal y como le había contado Savinus. También morían bajo su voluntad esposas, hermanos, hombres dignos y familias enteras, y envenenaba espíritus infantiles con la pócima lenta del rencor. Y pensó que si alguien merecía quemarse para siempre en el fuego del infierno era ese perverso demonio apadrinado por los símbolos y clérigos del dogma trinitario.
Temía su reencuentro con Badwila. Lo deseaba con el ansia de quien sabe que alguien le espera con el corazón dispuesto. Pero no era fácil mirarle de nuevo a los ojos sin que escapase de los propios la pregunta que guardaba desde aquella primera noche tras su vuelta, y sin revelar, al tiempo, que se había portado como un mocoso fisgando desde su ventana los pormenores de un acontecimiento que ya suponía confidencial. Pospuso por ello su visita para centrarse exclusivamente en la actividad palaciega, donde la llegada de Recaredo a la edad de las armas había cambiado los hábitos y obligaciones del joven rey durante los meses que Wilya había pasado en Agali. La ausencia de su mejor amigo en el aula convertía las horas de la mañana en un deber insoportable, en tanto las tardes pasaban a ser una envidiosa contemplación de los entrenamientos de su primo con la milicia, a los que también se había sumado Berulfo. Verles enfrascados en las artes del combate y dotados de peto y muñequeras para enfrentarse a espada directamente con guerreros ya diestros, descubrir los progresos hechos por los mayores, como Hermenegildo y Argimundo, se le hacía a veces insufrible. Era aquella una meta tan distante para él, tan ilusoria, que a menudo desertaba irritado de la palestra para ir a buscar fuera de allí un consuelo que no existía.
Por fin se acercó a la fragua una de esas tardes de esperanzas naufragadas, una semana después de su regreso. Y lo hizo con su mala conciencia a cuestas, dispuesto a admitir su pecado de curiosidad y la penitencia que hubiera de afrontar por su causa. Entre ascuas y martillos, Badwila bregaba con varios ayudantes cuando Wilya asomó su rostro tímido por la puerta. Nadie le prestó atención de momento, y aprovechó la ventaja de su incógnito para repasar con la vista todos los rincones, muy especialmente aquel donde, en un tiempo que ya se le hada antiguo, había ayudado a templar la espada de Leovigildo junto a Hilde, su diosa de fuego adolescente. Ella era un recuerdo agridulce bien agarrado a las tripas que le revolvía por dentro, por encima del estómago, como un hambre rara e insaciable.
—¡Eh, gardingo! —le sorprendió el grito del herrero—. ¿Tienes que pedir permiso para entrar aquí?
Se le vino encima a grandes zancadas, como aquel primer día, para estrecharlo en un nuevo abrazo, ahora sin tanto apremio ni presión, que él se encargó de completar como pudo con su extremidad buena. Así ceñidos, abandonaron el edificio para ir a sentarse al exterior, a la explanada de sus ensayos, convertida ahora en verde y mullida praderilla por el efecto vivificador de la primavera. La sonrisa del herrero despejó de inmediato todas sus prevenciones y enseguida quedaron enzarzados en un diálogo dirigido siempre por el hombrón, deseoso de conocer sus experiencias. Wilya le explicó que nunca había dejado de practicar sus carreras ni el ejercicio con el martillo, y que las labores duras del monasterio habían mejorado su fuerza. Badwila le palpó las piernas, y luego el brazo, con un gesto que no quería decir nada.
—Todavía nos queda trabajo por delante —comentó—. Si es que los clérigos no te han hecho desistir.
Fingiendo ofensa, se alzó para enfrentarse con arrogancia al gigante.
—Te dije que ningún monje me separaría de lo que quiero. Además, jamás vi por Agali aquellos espíritus que tanto te preocupan.
Badwila soltó una carcajada llena de afecto.
—Porque llevas ese hierro colgado al cuello —puntualizó entre risas—, y los espíritus se cagan de miedo. Pero no te fíes, hijo, que el veneno de los clérigos no se nota, porque se te mete dentro y desde allí opera, como hacen los gusanos con la manzana. Cuando quieres darte cuenta, te ha comido.
—Estoy deseando correr entre las picas.
—Hay gente en la fragua. ¿No temes que te vean?
—Y que se rían —dudó—. Tienes razón, mejor vuelvo más tarde.
—No es necesario.
El forjador anduvo hasta el edificio, de donde salió al poco con un par de aprendices cargados con las viejas lanzas que dispusieron en fila bajo sus indicaciones. Una vez colocadas, invitó a ambos a correr, sucesivamente, en la forma que le hacía correr a Wilya, mientras batía sus palmas con igual ritmo que en los ejercicios del pasado otoño. Y al escuchar de nuevo esa olvidada cadencia, a éste le parecía un corazón que con su pálpito le diese fuerza e impulsara sus piernas en pos de una meta que no podía aguardar. Cumplidas las galopadas de los ayudantes, desiguales en agilidad y destreza, Badwila los despachó al trabajo con el aviso de que habrían de pagar cara cualquier distracción durante su ausencia, y que igual mensaje valía para los que estaban dentro.
—Veamos lo que has progresado —sugirió esta vez a Wilya, quien sacó a la luz el arnés de cuero que colgaba oculto entre las ropas y donde acomodó su brazo izquierdo a modo de cabestrillo—. ¿Y esos arreos?
—Para correr mejor. Venga, que se hace tarde.
Tenso como una liebre recelosa, aguardó frente a las picas la primera señal, y cuando Badwila batió sus manos se lanzó a una frenética carrera, sin atender a nada que no fuera su objetivo. Hizo el trayecto sin tropiezos, y al culminarlo, jadeante y agotado, se dejó caer boca arriba sobre la hierba. Vio entonces acercarse los pies del herrero, sus botas retumbando el suelo, aplastando margaritas, doblegando tallos crecidos y brotes tiernos bajo su peso enorme. Al alzar la vista y encontrarse con su cara allá arriba, parecía más seria de lo que él esperaba. Pero el gesto cambió una vez sus ojos ansiosos interrogaron al gigante.
—Trece. Bueno, casi doce —puntualizó éste.
—¿Lo has visto? —Wilya se levantó eufórico.
—Está muy bien, no esperaba esta mejora. Apenas te inclinas ya en la carrera y eso demuestra que vas ganando en confianza. Ya veo que no sólo has aprendido oraciones entre los monjes.
—No he aprendido oraciones allí, Badwila. He conocido otras cosas y a otras gentes, pero no oraciones. Y he aprendido que Tyz no es el único dios tullido.
Badwila arqueó las cejas.
—Nunca oí hablar de eso.
—Se llama Vulcano, es el dios de las fraguas, y está cojo.
El herrero soltó una risotada tan poderosa que hizo dudar a Wilya de los conocimientos transmitidos por Savinus. Algunos aprendices asomaron sus cabezas por la puerta del edificio, y Badwila les ordenó volver a sus quehaceres con un enérgico movimiento de brazos.
—¿A eso llamas un dios? —dijo, al fin—. Es un dios romano, Wilya. ¿De verdad sabes quién fue ese Vulcano?
—Claro —respondió éste, ofendido—. Hijo de Júpiter y Juno.
—Sólo de Juno. Júpiter nada tuvo que ver en su concepción.
—Pensé que no conocerías esa historia.
—Nuestro pueblo venció a Roma, no lo olvides. A una nación no la vences hasta que has dominado a sus dioses. Es preciso conocerlos bien para alcanzar la victoria. Y Vulcano nació del cuerpo de Juno sin intervención masculina.
—Y deforme —ilustró él.
—Por eso Júpiter lo repudió arrojándole lejos de sí, y de tal caída quedó cojo. Y a partir de su desgracia desarrolló la habilidad de trabajar el fuego y los metales para forjar las armas de famosos semidioses. Hasta que su padre, que no lo era, le aceptó finalmente, de tal forma que vino a ser el único dios que trabajaba. Sí, ya conozco esa historia, y comprenderás que no puedo aceptar un dios así como protector de mi oficio.
—¿Porque es tullido?
Mudó el herrero a un semblante muy serio, y le cogió con suavidad de los hombros. Se arrodilló después para tener sus caras lo más cercanas posible y, con una ternura impropia de su cuerpo feroz, apoyó una de las manazas sobre su cuello, tomando con la otra su mano inservible de tal modo que pareciera querer regalarle parte de su fuerza.
—Un dios es un dios —dejó hablar a su boca, lentamente—, sea tullido o no, como lo es Tyz, y como Guodan es tuerto. Nada importa cómo sea su forma ni cuáles sus atributos. Pero Vulcano no puede ser un dios como es debido porque se ocupa del trabajo que pertenece a los enanos. Son los enanos quienes hacen esa labor para los dioses: tejieron para ellos la cadena con que se sometió al lobo Fenris y forjaron la espada de Tyz. Roma creía en dioses falsos, y por eso cayó, Wilya. No hagas caso de las fábulas de esos sacerdotes, que sólo reparten alimento corrompido.
—No, si ellos también se ríen de él —balbució azorado.
—Seguro que por otras razones.
—Dicen que es grotesco.
—Ningún dios es grotesco. Ninguno, ni siquiera los dioses enemigos. Todos tienen su poder, y mofarse de ellos sin conocerlos conduce a la derrota.
—Quieres decir que tú te pareces más a los enanos que a Vulcano.
—Desde luego. —Rió el herrero al enderezarse—. Si he de elegir, no dudo entre los incansables enanos y un dios falso, idiota y cornudo.
—¿Por qué idiota?
—Y cornudo por idiota. ¿No sabes el regalo que le hizo Júpiter? Le dio como esposa a Venus, y ésta pidió a Vulcano que le forjase un cinturón mágico con la virtud de enamorar a cuantos la contemplasen con él puesto.
—¿Y lo hizo?
—Naturalmente. Hay hombres que por una mujer son capaces de cualquier cosa, incluso de entregarla a otros brazos, y parece que entre los dioses romanos también los había de igual necedad. Venus y Marte se entendieron mucho mejor a partir de entonces, según dicen, y Vulcano no hizo nada por impedirlo, aparte de gimotear ante Júpiter. No irás a pensar que puedo sentir simpatía por alguien así.
—Más pena que simpatía.
—Quizá un poco, sí.
—Nunca le habría sucedido eso de no ser deforme y cojo.
—¡Ya basta! —Badwila dejó escapar un resoplido de fastidio—. Deja de compadecerte. Cuando no lo haces por ti mismo, crees verte en otros. Toma como ejemplo a Tyz y no a vencidos como ese Vulcano. Si quieres ser guerrero, tienes que pelear primero contra ti mismo, contra tus miedos. No puedes derrotarte antes del primer combate. Y eres injusto contigo, porque estás avanzando deprisa. Acabas de cumplir la prueba en trece palmadas.
—Eso me servirá para correr mejor delante del enemigo.
—O detrás. Depende de tu valor.
Wilya calló. Lo que pasaba por su cabeza no era fácilmente traducible. Menos aún en palabras que serían refutadas con energía por su amigo apenas tomaran forma de frases en el aire. Tampoco poseía ideas seguras, convincentes, pues tan pronto oteaba el futuro con ojos de esperanza como tocado con enlutados lienzos, y en situaciones como ésta siempre caía en el fácil camino de la autocompasión en lugar de rebelarse ante un destino demasiado ingrato. Le dijo por fin que no podría conseguirlo, que su ayuda sería inútil, que todos sus amigos peleaban ya en la palestra y se medían contra guerreros con armas de combate.
—Porque no se comportan neciamente, como lo haces tú. —Badwila parecía muy enfadado—. Aún no alcanzas la edad de las armas, pero si tu deseo es la milicia, dedica a ello todos tus esfuerzos, todo tu corazón. No malgastes esas energías en otros pensamientos.
—¿Hablas acaso de los estudios? Se pueden hacer ambas cosas. Ellos asisten a sus lecciones y se preparan para la guerra.
—Y tú, entretanto, miras como un bobo, te llenas la barriga de envidia y te dejas vencer por las comparaciones. Llevas una semana perdiendo el tiempo. Sí, no vayas a pensar que no conocía tu vuelta, maldito chico, pero ya renuncié a esperarte.
No se atrevió a confesarle las razones de su retraso, el verdadero motivo de su miedo a un reencuentro que tanto deseaba, aunque la franca afectividad de Badwila le conmovió hasta el punto de estar muy cerca de delatarse. Inventó entonces una justificación que no era del todo falsa.
—Quería ver las prácticas y aprender cómo usan las armas.
—Sólo se aprende usándolas, como se aprende a correr corriendo. Pero antes debes asegurarte de que puedes mantener el equilibrio, mejorar después tu rapidez, y luego saber emplear tus cualidades en aquello que los demás no acostumbran a hacer. ¿O acaso esperas salir victorioso en un combate de esos que contemplas todas las tardes?
Él enmudeció de nuevo, sabedor de que el herrero decía la verdad, de que nunca podría ser igual que los otros. Y reconocer una cosa así equivalía a admitir su desventaja, a dejar de engañarse con ilusiones sin fundamento, tanto como aceptar definitivamente que el gardingo Wilya jamás habría de existir en la forma que siempre había cabalgado por las ilimitadas llanuras de su fantasía.
—Tú no puedes empezar como lo han hecho ellos —aconsejó Badwila—. La espada es una distancia demasiado peligrosa para ti. Quiero decir ahora mismo, mientras no tengas un brazo poderoso y una agilidad superior al oponente que te permita contrarrestar la mengua de no poder sujetar un escudo. Hasta entonces, debes aprender a combatir desde lejos o, en el peor de los casos, en un cuerpo a cuerpo muy estrecho donde la supervivencia depende del primer golpe y de la precisión con que lo asestes.
—¿Qué hacer entonces?
—Practicar en aquellas virtudes que los demás no dominan, y obtener así una superioridad sobre ellos. Y olvidarte de las armas que necesiten de ambos brazos, aunque sí debes aprender a defenderte de ellas. —El herrero extrajo un puñal de su cinto y se lo entregó—. Tienes que sentirlo como una prolongación de tu mano, acariciarlo, sopesarlo, conocer sus dimensiones igual que si se tratase de una parte más de tu palma. Una vez lo hayas conseguido, irá allá donde tú lo mandes para hacer cuanto le ordenes.
—De pequeño lanzaba el cuchillo con bastante habilidad.
—Todavía eres pequeño por mucho que te empeñes, y un cuchillo de cortar pan no es un puñal o una daga. Pero eso llevas adelantado. —Desclavó Badwila una de las picas que habían servido para la carrera—. Ésta es otra de tus ventajas —dijo, mostrándosela, al tiempo que extendía su brazo armado sobre la cabeza.
El hombrón correteó unos pasos antes de lanzar el venablo contra el tronco de un ciprés donde, tras breve vuelo, quedó incrustado con el crujido seco de la madera herida.
—Mantener la distancia, ése es el secreto. Forja tu superioridad en impedir que lleguen a ti.
—¿Y si llegan?
—Que lo hagan mermados. Y cuando suceda, que seas tú capaz de mantener la sangre fría y la cabeza lúcida.
—¿Sin miedo?
—O con él, Wilya. Lo único importante es que Tyz te preste su fuerza y tú se la aceptes sin vanidad.
Sin vanidades, como correspondía a la fecha, pasó la Pascua con los recientes colores ya arraigados sobre la ciudad, y entre los predios espesos de vida junto al río, y en las eufóricas acrobacias de las aves, dispuestas a aceptar el nuevo tiempo con la naturalidad propia de las cosas del cielo y de la tierra. Toletum parecía regenerarse, y con él, cuanto palpitaba dentro y fuera de la piel, tal y como exigía el aliento de una cíclica juventud. Toletum resucitaba, como Cristo se levantó de la muerte, del sueño eterno, tal y como predicaban las liturgias de la estación. Con parecido impulso se sentía crecer Wilya, incitado por cuanto le rodeaba, por la robustez de los verdores y el arranque novísimo de las bestias camino del abrevadero, por los ánimos en las voces de soldados y mercaderes a quienes la crecida primavera parecía desbastar nostalgias y empujaba a hablar más alto que de costumbre.
Llegaron así las esperadas jornadas de caza en compañía de los amigos, integrados, cuando era posible, en la partida de Leovigildo y, en su caso, por vez primera como jinete a lomos de una potranca dócil y fiable. Wilya se sabía séquito, inútil acompañante de aquel grupo de hombres experimentados, de mozos ávidos por cobrar un corzo, quién sabe si su primer jabalí. Mas cabalgar junto a ellos le hacía creer en la bondad de sus propósitos, confiar un poco más en el futuro, y cada galope cumplido en un acoso sin haber dado con sus huesos en la tierra era, cuando menos, toda una victoria achacable a su pericia.
Una de esas mañanas despabiladas en que los más jóvenes habían decidido batir el soto por su cuenta, les sorprendió la noticia de que un peculiar cortejo enfilaba el camino de las carrascas, aquel que conducía hacia la puerta grande de la ciudad a lo largo de varias millas sombreadas junto a la ribera. Olvidando las apuestas sobre el ganador de la primera pieza del día, en las que Wilya siempre participaba como uno más y perdía sin conmiseración incluso ante el pequeño y débil Nantila, galoparon en busca de lo novedoso.
Apostados junto a la calzada, aún a tramos revestida por las viejas lanchas con que la remataron las legiones, y sin descabalgar sus jadeantes monturas, los vieron venir de lejos. Enseguida rivalizaron especulando sobre la procedencia de aquella nutrida expedición integrada por hombres de armas, carretas y difusos estandartes. Fue finalmente Hermenegildo el más audaz en sus presentimientos, tal vez por ese distintivo palpitar que otorga la espera de la hembra, ese ritmo que acompaña y que torna tan inquietos a quienes saben que su tálamo será en breve compartido.
—Ha de ser Ingundis.
—Demasiado pronto —objetó Argimundo—. Hasta Pentecostés no son los esponsales, y tu padre te habría puesto al corriente.
Wilya pensó en Leovigildo, y en su extraño placer por regalar sorpresas a sus hijos. Había ocultado su regreso a Toletum tras una larguísima campaña hasta pocas horas antes de la llegada, y anunciado en público su asociación al trono, la edificación de Recopolis y la boda de Hermenegildo sin que ellos supieran previamente sobre tales decisiones. Nada tenía de extravagante la corazonada de su primo.
Piafó el caballo de éste, contagiado de la excitación de su amo y de la proximidad de yeguas nunca antes venteadas por su hocico sudoroso. Berulfo se removió inquieto, su mano crispada sobre el venablo con igual impaciencia que si tuviera a tiro una alimaña. Wilya y Recaredo cruzaron sus miradas, y éste se creyó obligado a prevenir cualquier incidente.
—Bien, por muy francos que fuesen, los de Austrasia son aliados y huéspedes de mi padre.
—Y a ellos fue leal el mío —repuso Berulfo de mala gana—. No son estos francos los que desearía echarme a la cara, aunque no dejan de ser todos ratas de la misma carnada.
Hermenegildo le dedicó una mirada torva, despectiva, antes de amenazarle:
—Ingundis tiene sangre goda. Y va a ser mi esposa. Espero que nunca lo olvides.
Eran, probablemente, francos. Extranjeros jamás vistos cuando menos, si bien ninguno de los muchachos había adquirido aún esa experiencia del contraste más allá de los embajadores que de tarde en tarde se acercaban a palacio. Al paso, desfilaron ante ellos los primeros jinetes de la comitiva, firmemente erguidos sobre los lomos de la montura, el hacha a mano, severos rostros ajados por el sol y los costurones, cabellos recogidos en trenzas y ceñidos con abalorios de colores tras el casco, receloso su ademán de forasteros, perdida la vista en un ignoto destino que, sin duda, presumían ya cercano.
Todos interrogaron a Berulfo con la mirada en busca de una confirmación. Y en su sudor anómalo, en la brasa escocida de sus ojos, en su convulsa respiración, leyeron bien claro que aquellos hombres pertenecían a la raza por él abominada, y que sólo el azar de que fuesen obedientes a una reina amiga, a una hija de Goswinta, le frenaba, no sin esfuerzo, de lanzarse contra ellos en busca de su sangre como lo haría una fiera peligrosamente herida.
Persuadido de la certeza de su intuición, Hermenegildo volvió grupas hacia la ciudad fustigando su montura, intentando ganar un tiempo que no tenía. Y tras él galoparon todos: Argimundo como la sombra amiga que era, Berulfo por sofocar su encono en los ijares del caballo, Nantila por cautela, y Recaredo por no hacer de menos a su hermano. Wilya, en cambio, quedó quieto, fascinado por aquel desfile de guerreros, en una inercia admirativa que se tornó interés al llegar a su altura los primeros carromatos. Nada de particular había en la mayoría de éstos sino atalajes, viandas y enseres de viajero, malamente embozados en badanas que se mecían al ritmo cansino de la recua. Uno, sin embargo, de mayor hechura que el resto, llamaba la atención por el meticuloso acabado de sus maderas y remaches, y sus portillas laterales cubiertas por cortinajes de un intenso índigo sugerían la presencia de un personaje notable en su interior.
Acompasó la marcha al de esta carreta sin apartar la vista del lino azulado que apenas entreabría la brisa. Y, de inmediato, una voz contundente, en un exótico aunque bien inteligible latín, le salió al paso.
—¡Aléjate!
La frase llegó unida a la presencia de uno de los guerreros que le cortaba el paso al tiempo que hacía gestos de rechazo con su brazo, la otra mano bien afirmada en la empuñadura del hacha. Dos jinetes más se le sumaron y él entendió al momento los beneficios de aceptar la orden y mantener las distancias.
Pero aquel grito de advertencia, como si de una llave destinada a desvelar misterios se tratase, se tornó para Wilya en imprevisto aliado, y así pudo ver cómo se descorrían brevemente las colgaduras del carruaje para dejar paso a la curiosidad de un perfil femenino. Si ese rostro ligero, pálido y delicadamente jovial pertenecía a Ingundis, Hermenegildo era un hombre afortunado, pues tenía su cabello el color de los trigales en verano, y sus ojos, como torcaces grises, se movían bajo el brillante esmalte de la mañana con la gracia que sólo regalan las mujeres hermosas.
Durante largo trecho escoltó a los carros en su marcha y, no obstante la distancia, pudo atisbar jóvenes miradas que surgían a intervalos, entre indiscretas y precavidas, junto a la primera. La propia Ingundis hizo honor finalmente a tan animado esparcimiento hasta convertirse en protagonista única de amaneceres y ocasos tras la cortina, en un juego de osadías y recatos que su guardia no mostraba interés alguno por apaciguar. Wilya cabalgó un tiempo incontable pendiente de cada aparición de su contorno entre las telas, lejos aún su párvulo pensamiento de imaginar la sangre y el odio que aquella carita habría de sembrar entre quienes con tanto aprecio iban a adoptarla.
Era inútil perseguir a Badwila. Siempre se deslizaba entre las últimas sombras de la noche, que se lo tragaban de repente con la misma voracidad con que engullían a los edificios más allá del parapeto. Por eso aguardó Wilya hasta una tarde en que la luna aparecía casi plena por el horizonte, y que entretuvo en larga conversación con Galmerico en la torre donde se custodiaban los libros y las leyes.
Desde esa atalaya, y al tiempo que intentaba mantener la atención hacia los comentarios del tutor, observó cuidadosamente las líneas trazadas por las hileras de cabañas, aquel suburbio desigual encaramado sobre una giba de roca parda que se desparramaba después sin formas definidas hacia la orilla del río. Recorrió con la mirada ese itinerario una vez tras otra, buscando memorizar sus recodos y algunos edificios singulares que le sirvieran de referencia en la aventura de su decidido viaje hacia Hilde. Imaginó a veces descubrirla allí, como una figurilla insignificante desplazándose muy despacio entre otras no menos diminutas bajo el vuelo raso de las cigüeñas. Pero sólo era un deseo, el ensueño generado por esa comezón que el simple recuerdo de su nombre le resucitaba en el estómago.
Regresar a casa en horas tan tardías era una reciente costumbre que Orosia le reprochaba con inquietud contenida. Nunca se lo dijo, pero bien sabía él que en su madre habitaba el temor de que cayese víctima de merodeadores, nada infrecuentes en los arrabales y de manera especial extramuros. Aunque no era ésta la preocupación que dominaba a Wilya, sino cómo afrontar su sorpresivo encuentro con Badwila, y de qué modo desplegar la habilidad necesaria para acompañarlo hasta el lugar donde vivía sin que aquél sospechase su verdadero interés.
Aguardó, como de costumbre, una vez rendido el sol, a la salida de la fragua, sentado a medio camino entre el edificio y el acceso que el forjador cruzaba a diario. Con habilidad sorteó la extrañeza inicial del herrero, argumentando que le debía una nueva revelación tras sus últimos progresos.
—¿A estas horas?
Wilya abrió camino hacia la poterna con un Badwila no poco confuso a su lado.
—¿Por qué no hablamos el godo? —preguntó de improviso, dispuesto a completar su maniobra envolvente—. Nadie lo habla ya, excepto en las iglesias. Y el significado de las preces es tan escondido que raramente se comprende.
—Los padres de nuestros padres tampoco lo hacían. Antes de que llegaran a estas tierras ya hablaban la lengua del Imperio.
—Pues tú sí que lo hablas. Te he oído. ¿Qué significa brikan?
Badwila se detuvo, como si hubiese topado con un muro invisible. Pero él siguió andando con toda naturalidad hasta que el herrero recuperó su altura en un par de trancos y lo frenó con su mano sobre el hombro.
—¿Cuándo has oído esa palabra en mi boca?
Seguro de que su amigo estaba tan cautivo de la sospecha como un insecto en la melaza, reanudó la marcha sin responder hasta alcanzar por fin el límite de la ciudadela con las pisadas de aquél a sus espaldas. Una vez fuera, contempló el barrio bañado por la luna, el Tagus de plata al fondo. Y sólo entonces le explicó cómo se había convertido en testigo involuntario de la extraña ceremonia. Con la turbación en el rostro del herrero bien visible a la luz nocturna, Wilya avanzó unos pasos en la confianza de que éste se le sumase y marcara el desconocido trayecto.
—Ya supongo —añadió con leve tonillo de excusa— que es algo tan proscrito como lo que hicimos con la espada de mi tío.
—Espero, por mi bien y el de otros, que no hayas revelado a nadie lo que viste.
—Eres mi amigo y no debes temer que por mi boca te pueda llegar ningún daño, pero quiero saber qué hacía allí Argimundo.
Badwila bajó la voz y acomodó la zancada a los pasos de su acompañante.
—Brikan significa lucha —dijo al fin—. Y esfuerzo. Esfuerzo y lucha, la palabra que da vida a la estirpe de Tyz. Argimundo pertenece a ella desde aquella noche.
—Nunca me hablaste de esa estirpe.
—Te hablé de los viejos tiempos, Wilya, cuando la religión del Imperio no nos había idiotizado aún con la torpe baba de sus dioses. Los grandes guerreros combatían entonces bajo las miradas de Tyz y Guodan. Tyz conduce al guerrero a la batalla, y quienes pertenecían a su estirpe eran un ejemplo para los camaradas, porque Guodan los transformaba en lobos, osos o perros durante la lucha. Multiplicado su valor, crecía el pánico entre sus enemigos, sabedores de que su sangre sería bebida por esas fieras tras la derrota. Guodan, señor de los muertos, es quien otorga tal poder a la estirpe.
—Le quemaste el brazo con un hierro al rojo.
—Ya dije que he marcado el caballo de Guodan en muchas ocasiones. Es así como llamamos a esa ceremonia.
—¿Y la piel de lobo?
—Cada cual ingresa en nuestra estirpe según su sueño.
—¿Cuál es el sueño de Argimundo?
—Solamente él te lo puede contar, si quiere. Aunque espero que no lo preguntes, que seas discreto y no descubras ante nadie que presenciaste el ritual.
—No lo haré —aseguró—. Pero yo también quiero ser de la estirpe de Tyz.
—Sólo los guerreros pueden pertenecer a ella, Wilya.
—¿En qué batalla ha estado Argimundo?
—Ya estará. Tiene el espíritu del guerrero, y pocos hay como él. A pesar de su juventud, nadie ha logrado derribarlo en el patio de armas o en la palestra.
—¿Y por qué tú? Eres un simple herrero.
Badwila le dedicó una sonrisa comprensiva.
—Combatí durante catorce años con Atanagildo —dijo con notorio orgullo—. Primero al insufrible Agila, después a los imperiales, y más tarde a los patricios traidores de Hispalis y Corduba.
Admirado, y por prolongar la conversación mientras avanzaban por las claroscuras callejas, Wilya le rogó que explicase aquella experiencia que había mantenido tan escondida.
—Agila fue un déspota con propios y extraños. Provocó sin necesidad a los ya de por sí insumisos notables de Corduba, quienes disponen de disciplinadas y bien nutridas milicias. Su arrogancia le llevó a la derrota, y allí perdió la mayor parte de su ejército, el tesoro real y a uno de sus hijos.
De aquellas cosas ya había oído hablar él durante sus correrías en palacio y por algunas explicaciones de Galmerico.
—¿Por qué le eligió la asamblea si no era un buen rey?
—Algunos cambian cuando se ven con tanto poder sobre los demás. Eso le pasó a Agila. Su elección fue un poco precipitada porque a su antecesor, Teodisclo, el último de los ostrogodos, lo mataron durante un banquete.
—¿También era un rey injusto?
—No, nada de eso. Teodisclo fue inteligente y capaz, como antes lo había sido Theudis, también de la nación ostrogoda. Pero tenía una flaqueza, y es que le perdía su gusto por la carne. Por todo tipo de carne, fuera de su propiedad o no. Los justicieros que acabaron con él padecían una afrenta común, y es que todas sus nobles mujeres habían sufrido la fornicación real.
Badwila explicó con todo lujo de detalles cómo, tras su humillante derrota, Agila se refugió en Emérita y un buen número de nobles reunidos en Hispalis eligieron rey a Atanagildo.
—Fueron tiempos de debilidad que algunos aprovecharon para mordisquear en las fronteras del reino: los suevos, los vascones, la república cántabra y algunos jefes astures. Agila mendigó el apoyo del emperador para recuperar el trono. Entonces aún no éramos un reino poderoso como ahora, sino federados del Imperio, y Justiniano envió un ejército que desembarcó en Carthagine y tomó la ciudad.
—Lo sé. El padre de Isidorus, un amigo que conocí en Agali, escapó de allí tras la llegada de los imperiales y marchó a Hispalis con su familia.
—Como otros muchos, supongo yo. Bien, el caso es que, después de ese pacto bastardo, los imperiales avanzaron por la Betica y la Carthaginense ocupando posiciones en la costa y sin dar la cara, mientras Agila salió de Emérita para tomarnos por dos frentes. Caímos sobre él antes de que pudiese alcanzar Hispalis y le obligamos a correr de nuevo hasta la Lusitania, donde sus partidarios, conocedores de la entrega de parte del territorio a Justiniano, acabaron con su vida y se acogieron a la autoridad de Atanagildo.
Wilya seguía con particular regusto la narración de los lances guerreros de su amigo, pero no podía entender por qué no habían alcanzado ya su residencia si llevaban caminado rato suficiente como para haber llegado hasta el mismo Tagus.
—¿Tú también eres de Hispalis?
—No, no. Nací aquí, pero hubo refuerzos de varias plazas para apoyar a Atanagildo. Tras aquella victoria, atacamos a los imperiales cerca de Malaca. Era la primera vez que yo veía aquel ejército de blancos estandartes, con el lábaro rojo de Constantino en las adargas y sus arqueros de fama temible. El campo parecía aullar cuando llegamos, porque hacían sonar a un tiempo escudos y gargantas, y su chillido de raposas recorría los valles como un insulto.
Surgidos de improviso tras una esquina, unos perros les salieron al paso con actitud hostil y gruñidos amenazadores. El, de momento, se detuvo confuso, pero Badwila prosiguió sin inmutarse tanto el paseo como la narración.
—Ruido es lo único que se atreven a mostrar los imperiales aparte de sus traseros. Les pusimos en fuga, y a partir de entonces viven encerrados tras las murallas de las ciudades que nos arrebataron por la cobardía de Agila.
—Hay quien dice —apuntó Wilya sin quitar ojo al gruñido de los canes— que fue Atanagildo, y no Agila, quien llamó en su ayuda a los soldados imperiales.
—Quien quiera decir, que diga. Yo he visto lo que he visto.
Dicho esto, Badwila se colocó a cuatro patas sobre la tierra y encaró a los perros, respondiendo a sus gruñidos con otros no menos feroces que les hicieron huir, quejumbrosos, en la negrura. Mientras su amigo se erguía entre risotadas, Wilya recordó las extraordinarias metamorfosis que Guodan operaba en quienes pertenecían a la estirpe de Tyz, y no pudo evitar imaginarse en qué fabulosa fiera habría de convertirse el enorme herrero en el instante decisivo de la batalla. Quizá Badwila había puesto en fuga a los imperiales con parecidas artes a las que acababa de emplear ante sus ojos.
—Pero no vayas a pensar que tras la victoria de Atanagildo quedaron cerradas las heridas —prosiguió éste con toda naturalidad tras el insólito episodio—, porque los dos bandos seguían enfrentados en la paz y sólo les unía su odio común al Imperio. Por eso, tras la muerte de Atanagildo, ambas facciones eligieron como solución de compromiso a un noble que predicó el olvido de toda rencilla. Ese hombre fue Liuva, tu padre.
Aquella referencia pronunciada con un respeto cierto, desde la sincera admiración, le transportó al mundo del recuerdo por un instante. Y en la cara casi circular de la señora de la noche quiso buscar el rostro de quien años atrás lo alzaba en sus brazos entre risas, de aquel padre apenas convertido ya en un nombre, tan borrosas sus facciones como las de la misma luna, velada ahora por una caprichosa cortina de delgadas nubes.
—Tardaron casi medio año en ponerse de acuerdo, aunque al menos la sangre goda dejó de correr entretanto. Ahora, esos odios se han apaciguado porque en tu tío quedan unidos todos los intereses. Ya no somos siervos. Acabaron los tiempos de sumisión porque Leovigildo ha hecho de nosotros un pueblo libre.
Badwila le tomó del hombro para, bordeando un establo, guiarlo hacia una calleja lateral.
—Así que, aunque lo mío es el yunque y el martillo, ya era guerrero a los quince años.
—Yo también lo seré. —Y ahora la voz de Wilya revelaba una singular firmeza, mientras el herrero le conducía hasta el rincón que formaba un portillo de madera con su pared de barro resquebrajado.
—Tal vez —comentó éste casi en susurros—, pero hasta entonces acostúmbrate a regresar a casa cuando caiga el sol. Y no olvides que cuanto viste aquella noche forma parte de nuestro secreto.
Al tiempo que decía esto, Badwila hizo una seña de silencio, y enseguida le mostró con el dedo una sombra que se deslizaba, cautelosa e insegura, sobre las irregulares pizarras del suelo. Dejó que ésta llegase a distancia conveniente y, con rapidez imprevista, el herrero se abalanzó sobre el intruso. Cuando Wilya salió de nuevo al albor opaco de la luna, la presa pataleaba entre sordos graznidos, agarrotado su cuello por la poderosa garra del captor.
—¡Lucius! —Se encendió de vergüenza al ver aquella cara congestionada por el ahogo.
—¿Conoces a este gazapo?
Quiso decir que era su mayordomo, pero la ira le trocó la frase.
—Es mayordomo de mi madre.
—En tal caso, mejor será que siga vivo para que te acompañe a casa.
Se engalanó por Pentecostés la iglesia de Santa María, con tan suntuario ornato que nadie, hasta esa fecha, habría sospechado que pudiera albergar tal grandeza. Festoneados para la ocasión de largas sedas, sus húmedos muros parecían haberse agigantado, y el alegre centelleo de cien blandones flameando en los candeleros regalaba a todo ojo un espectáculo prodigioso. Hasta la sonrisa de las gentes cobraba allí dentro una dimensión como de celestial beatitud. Magnífico Hermenegildo junto al altar, hermosa Ingundis frente al solio del obispo con su vestido de seda roja y una soberbia cruz de oro y turquesas sobre el pecho. Y en cada rostro de los presentes, un reflejo de ese manifiesto orgullo real, una brizna al menos de la complacencia de Leovigildo, del optimismo jovial de Recaredo, de la maternal presencia de Goswinta.
Goswinta, pensaba Wilya al contemplar su firme perfil, siempre reina pese a todo, sin permitir que un asomo de disgusto empañase la nobleza exigible en presencia de su pueblo. Porque tribulaciones familiares en familia deben quedar en tanto el Maligno no las enrede en demasía, debía de juzgar la reina. Y él la juzgaba a ella capaz de domeñar tanto a la corte como al mismísimo diablo.
Absorto en el humo prieto y serpenteante de los cirios, Wilya recordó de qué manera había cambiado Ingundis a aquella familia en tan breve tiempo. Ya la primera vez que se cruzó con la princesa franca en los corredores de palacio había vivido una desconcertante prueba, que comenzó por la natural turbación frente a su inesperada presencia para culminar en un inexplicable desasosiego. Regresaba él de una visita a su tío, encuentro en que le había hecho llegar aquella demanda de los clérigos trinitarios de Agali para que les permitiese levantar un templo más acogedor que el de la apartada colina. La opinión de Leovigildo resultó permisiva, pero él no sabía a ciencia cierta si había obrado correctamente o no con su mediación. Y en ésas estaba, dándole vueltas a lo dicho y escuchado, cuando apareció ella.
Caminaba Ingundis, vivaracha, junto a dos de sus sirvientas. La vio llegar de frente y el encuentro se hizo inevitable, y con él un incómodo rubor que luchaba por vencer la curiosidad, el deseo de contemplar de cerca aquel rostro que, a distancia y entre visillos, tan atractivo le pareció la primera vez. Pero no hubo ocasión para comparaciones, porque cuando ella llegó a su altura, y acercándosele como quien quiere hacer una confidencia, le dijo aquellas frases:
—Adora lo que has incendiado. Quema lo que has adorado.
Ella siguió su camino sin esperar reacción de su parte. Y él hubo de esperar a otras voces más expertas para comprender el significado de tan confusa sentencia. A decir del conde Egica y de Oppila, el embajador ante los francos de Neustria y Austrasia, y en conversación entre ambos que Wilya tuvo oportunidad de escuchar, Ingundis se negaba a dimitir de su fe trinitaria. Y tal actitud irritaba sobremanera a su abuela Goswinta, quien recibía esa testarudez como una gravísima falta de respeto al reino de los godos y a su futuro marido, y no dejaba de repetirle a la joven que tanto su madre Brunegilda como su tía Galsuinda aceptaron de buen grado la fe de sus consortes cuando se desposaron. No satisfecha con su jactanciosa negativa, la futura esposa de Hermenegildo provocaba a cuanto godo hallaba a su paso con frases a modo de la que Wilya había recibido. Una rebeldía estúpida e infantil que sacaba de quicio a la reina, quien, en opinión de los aludidos, más de una vez había confesado su deseo de cruzarle la cara a su nieta. Los había incluso que aseguraban que tal deseo se había hecho realidad.
Del propio Recaredo arrancó después la confirmación de tan incómodas querellas familiares. Citando al rey, su primo le había hablado de las malas artes que sobre Ingundis había ejercido un obispo de fe romana llamado Fronimius durante su tránsito por la provincia narbonense. No sin rabia, escuchó cómo el prelado, un galo a quien su padre Liuva había aceptado en sus tierras y concedido la silla episcopal, aprovechó el viaje de la joven para llenar su corazón de odio hacia la religión de los godos y de su futura familia.
—Un muerto de hambre —había maldecido Leovigildo al saberlo— que llegó sin un mísero tremís en la talega y ha engordado a costa de mi gente. Así me lo paga, envenenando el alma de esa pobre niña. No sería malo que alguien le hiciera llegar la noticia de mi cólera. Corred la voz de que envío a un hombre para que lo degüelle, y veremos si es capaz de mantener su rollizo mondongo sobre las piernas.
La idea del rey había provocado una carcajada en cuantos la escucharon, y el mismo Recaredo se la narró a Wilya con la risa en los labios. Pero bien sabía él que no era cosa de reírse, ya que la princesa franca había exigido también la presencia de un obispo de su fe hereje en la ceremonia de esponsales para sentirse acompañada por una bendición más cercana a sus creencias. Y tal gusto era fruto de la ignorancia de la propia joven tanto como de su orgullo desafiante, pues al casamiento estaban invitados también los jerarcas de la secta romana y no menos de media docena de trinitarios podían contarse ahora en lugar destacado del coro de Santa María.
Bebiendo en otras fuentes, Wilya pudo barruntar el alcance de tan tormentosa relación. Por Galmerico supo que aquella frase que ella le había dirigido de pasada en los corredores era la misma admonición recibida por su bisabuelo Clodwig de boca de un obispo para que el rey franco abandonase el paganismo y aceptara el bautismo trinitario. Clodwig, prosélito finalmente de la herejía bajo el sobrenombre latinizado de Clodovecus, era tenido, según el preceptor, como ejemplo de codicioso asesino, pues a través de engaños y traiciones eliminó a reyes aliados y a sus propios parientes para apoderarse de sus tierras y tesoros. Había muerto pocos años después de la batalla de Vogladum, aquella en que cayó Alarico el Joven, y tanta maldad guardaba en su alma que incluso en su lecho de muerte se mofaba de los cadáveres que había dejado a su paso:
—Desgraciado de mí, tan solo y como vagabundo entre extraños, sin deudos que me socorran en la adversidad —le había contado Galmerico que se lamentaba en tal trance, pero que lo decía para burlarse de sus víctimas, y por ver si aparecía algún familiar aún desconocido a quien poder llevarse por delante antes del último suspiro.
A Wilya no le cabía en la cabeza que el delicioso cuerpo de Ingundis albergase tan mala sangre como la atribuida por Galmerico a su bisabuelo paterno. Y de Goswinta nada sino bondades podía imaginar. Miraba a ambas, sucesivamente, espléndidas entre el oropel, y ningún muro infranqueable, ningún foso que les separase parecía existir. Y es que los corazones, se decía viéndolas en su apariencia de perfecta armonía, han de guardar sin duda invisibles parapetos que confinan más allá de las fronteras y de las normas, y que ni el más poderoso de los ejércitos puede llegar a rendir.
Tan invisibles al menos como el que últimamente se había alzado entre él y su propia madre, solemne también ella en su modestia, discreta su posición entre la multitud concurrente a Santa María, allí donde nadie pudiese decir que pretendía lugar más notable que el que le hubiera sido fijado por la suerte. Y la observaba Wilya con ambigua emoción, con ese afecto de siempre, si bien deslustrado ahora y teñido de pesadumbre por un insufrible desencuentro.