Spinetta. Cronicas e iluminaciones

Eduardo Berti · Capítulo 1 de 11

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Spinetta. Cronicas e iluminaciones

Prólogo a la nueva edición

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Ese día, no sé por qué, llegué más temprano al diario. Corría 1988, yo trabajaba desde hacía un año en Página/12 y la redacción quedaba todavía en la calle Perú, casi esquina con la avenida Belgrano. Yo solía llegar temprano para encontrarme con el “viejo” Homero Alsina Thevenet, a la sazón jefe de la sección Espectáculos. Homero era uno de los pocos a los que no les quedaba holgado el título de maestro. En ocasiones íbamos al café de la esquina, yo le tiraba de la lengua para que hablase de cine o de Onetti (el cuento “Bienvenido Bob” está dedicado a él, o sea, “a H.A.T.”) y Homero solía pedir té, sólo que al desabrido saquito amarillo de Ceylán le sumaba otro que traía escondido en un bolsillo: un té ahumado (un lapsang souchong) de lo más distinguido.

Esa mañana, sin embargo, era tan temprano que Homero no había llegado aún y –cosa inhabitual– el “señor director” Jorge Lanata estaba en su despacho con la puerta abierta y con muchas ganas de hablar. Así que, me acuerdo bien, tomamos café y en un momento él pasó a explicarme que iban a armar (si no la habían armado ya) cierta Editora/12 consagrada a publicar crónicas y ensayos periodísticos. Los primeros títulos incluían algo de Osvaldo Soriano y hasta un libro del propio Lanata, pero se aceptaban propuestas y de ocurrírseme algo (“algo por el lado del rock”) no tenía más que decirlo.

Desde algún tiempo (desde el libro de Daniel Chirom sobre Charly García) yo pensaba que era hora de que Luis Alberto Spinetta tuviera un libro. Así que allí, frente a Lanata, la sugerencia brotó automáticamente: un larguísimo reportaje a la manera del célebre libro de Truffaut sobre Alfred Hitchcock. Lo curioso no fue mi veloz reacción (al fin y al cabo, tenía sólo veintitrés años y me sobraba vehemencia), lo curioso fue que Lanata (no mucho mayor tampoco) dijo en el acto: “Si Spinetta acepta, dalo por hecho”.

Una hora más tarde estaba hablando por teléfono con Spinetta, a quien ya había entrevistado por los menos cinco veces, pero cuyo teléfono personal no tenía en mi poder (siempre fui, en este sentido, un pésimo periodista). Me acuerdo que llamé primero a Rodolfo García y él me dio el teléfono de los padres de Luis, es decir, de la vieja casa de la calle Arribeños donde otrora ensayaba Almendra. Disqué en el acto (el verbo es justo, sí, todavía se “discaba”) y me atendió Luis Santiago, padre de Luis

Alberto. Con todo el candor del mundo, dije que buscaba a su hijo para hacer un libro acerca de él. Palabras más, palabras menos, me respondió que “un libro así hace falta”, pero que, conociendo a Luis como lo conocía, seguramente iba a ser arduo persuadirlo. “No te des por vencido enseguida, pibe”, fue el consejo de Luis Santiago antes de colgar. Y, pensándolo bien, no sé si alguna vez le conté esta anécdota a Luis Alberto. El caso es que cuando Spinetta me atendió, algunos minutos después (sí, el padre me dio el número, “pero no digas que te lo di”), no sólo no me ubicaba (“algo me dice tu nombre pero no recuerdo tu cara y así me cuesta hablar”), sino que la propuesta lo pescó desprevenido. “Te zarpaste”, fue cuanto atinó a contestar. Y después, como quien piensa en voz alta: “Yo quiero que hagan un libro sobre mí sólo cuando haya muerto”.

Pese a las dudas que le planteaba la idea, Spinetta me dio cita para tres días después, en una sala de ensayo del barrio de Flores que nunca más volví a ver, al punto que hoy me pregunto si la memoria no me engaña… El caso es que, contrarreloj, armé una “presentación” que resultara convincente. Tenía claro el formato: un recorrido cronológico, banda por banda, disco por disco, canción por canción, anteponiendo lo artístico al

“cholulaje biográfico”. A ese reportaje central (cuánto tiempo llevaría, ni yo podía calcularlo) le agregaría entrevistas a ex compañeros de ruta y un completo material de archivo.

La inmediatez con que Luis se entusiasmó me resultó (y me resulta todavía) completamente inexplicable. A veces la adjudico a mi inocencia de entonces, a mi entusiasmo. A veces a que en la famosa primera charla (primero en la sala de ensayo, más tarde viajando en auto) hablé de rastrear en sus letras las influencias de Castaneda, de Jung y de las cartas de Vincent van Gogh a su hermano Theo y él me miró como a un loco. A veces pienso que Luis, nada amigo de analizar o celebrar el pasado (su “mañana es mejor” es pura verdad) se hallaba en aquel tiempo confrontado como nunca antes a su obra previa porque a sus hijos, sobre todo a Dante que rondaba los doce años, se les daba por poner los discos y los cassettes del padre. En cualquier caso, más allá de toda conjetura, adjudico la realización del libro a la inmensa generosidad de Luis.

Trabajamos durante tres o cuatro meses. Trabajamos, la verdad, como animales. Yo iba a su casa de entonces (en plena avenida Elcano, esquina con la calle Conde) con un grabador portátil, una provisión de cassettes y una lista de preguntas que él espiaba, estirando el cuello, mitad

desconfiado, mitad benevolente. La primera y última charla fueron en el luminoso balcón terraza donde había una parrilla (sospecho que nunca usada) y unas pocas sillas de jardín. Para pasar a esa terraza debíamos atravesar la habitación de su hija Catarina, que todavía recuerda nuestras invasiones.

Hubo muchas otras charlas, la mayoría en el living, casi siempre por la tarde. También una en la calle, e incluso un par en la casa de Arribeños.

Conservo dos cajas llenas de casettes: “Luis 1”, “Luis 2”, “Luis 3”… la cuenta sigue hasta veintipico. Conservo cinco carpetas rebosantes de recortes. Y también un esbozo de prólogo de Litto Nebbia, que al final quedó fuera del libro.

A veces, mientras conversábamos, aparecía su mujer Patricia o alguno de los tres hijos (Vera no había nacido aún) o sonaba el teléfono y era

“Dylan” Martí o se oía el timbre y era Gustavo, el hermano menor. Al final de cada sesión (de unas dos horas, como mínimo, pero a veces de hasta cuatro o cinco) fijábamos una nueva cita que muchas veces coincidía con mi horario laboral en el diario; en tal sentido, mis colegas de entonces (Gabriela Borgna, Claudia Acuña, Paula Espel) me tuvieron una paciencia colosal.

Mientras charlábamos, Dante, Cata y Valentino veían una película en VHS (por culpa de ellos… o, más bien, gracias a ellos descubrí a Freddy Krueger), por la FM Rock & Pop sonaban a menudo dos canciones que a Luis y a mí nos gustaban muchísimo (“Goodbye Lucille Nº 1”, de Prefab Sprout y “Mary’s Prayer” de Danny Wilson), yo me peleaba y me volvía a amigar y me volvía a pelear con mi noviecita de turno (y Luis tenía la infinita paciencia de escucharme y de aconsejarme, incluso) y los sindicatos, con Ubaldini a la cabeza, le hacían huelga tras huelga a Alfonsín. Una tarde, como no había transporte público, fui caminando a la casa de Luis desde la casa de mis padres, en Vicente López. Creo que tardé dos o tres horas, pero estaba tan implicado en la aventura del libro que habría ido caminando hasta La Meca…

Los reportajes que trae el libro los hicimos en rigurosa cronología; o sea, el orden en el que se lee el libro es el mismo orden que tuvieron las charlas.

A lo sumo hubo “enroques” entre dos preguntas de un mismo capítulo, pero no mucho más que eso. Digamos que el trabajo de edición consistió en sumarle al largo reportaje, que fue la columna vertebral del libro, una serie de entrevistas de apoyo que hice con gente como Emilio del Guercio, David

Lebón o el padre de Luis. Dos entrevistados (Machi y Rodolfo García), que son dos músicos excelentes y dos tipos impresionantes, me dieron además mucho material de archivo.

Para mí era muy impensado y emocionante estar ahí, charlando con Luis Alberto, preguntándole esas cosas que mucha gente tantas veces había querido preguntarle. De hecho, hablaba a menudo con amigos tanto o más locos que yo por su música y les pedía que me transmitieran preguntas.

Mi sensación, desde hace mucho tiempo, es que “me gusta Spinetta” fue una especie de contraseña para más de una generación. Me hace acordar a una cosa que escribió Vlady Kociancich sobre Chejov. Dice ella que su obra era tan íntima, tan exclusiva de ciertos temperamentos y de ciertas sensibilidades que un sí a la pregunta “¿Te gusta Chéjov?” podía iniciar una amistad o un romance.

Frente a las peguntas (propias o fruto de ese “clan”), Luis tuvo una paciencia infinita y se fue generando una complicidad. Alguna vez terminé asistiendo a un ensayo. O acompañándolo a la casa de un amigo (creo que a la casa de Roberto Mouro, el que luego escribió algunas letras) o incluso a una entrevista que le hizo Mario Pergolini en la radio. Recuerdo que una vez, yendo en auto por avenida Libertador, escuchamos el disco Ey! , de Fito Páez, especialmente la “Canción de amor mientras tanto”, y me dijo que le encantaba la “bola de guitarras” que había en ese tema.

Lógicamente hubo un momento, en el medio, en que Spinetta pareció aburrirse o más bien cansarse. Dos veces fui hasta su casa y Patricia debió murmurar: “No… Luis no está. ¿Habían quedado para hoy?”. Tras el segundo plantón, Luis llamó para disculparse. Yo me dije que el encuentro siguiente sería decisivo. Ya habíamos terminado de hablar sobre Invisible, se venían los últimos once años (1977-1988) y este segundo tramo no tendría que decaer. Con esto en mente, toqué el timbre y me topé con Gustavo, serio, casi compungido. “No… Luis se acaba de ir… Lo siento”.

No alcancé a reaccionar cuando del dorso de la puerta llegó la risa contenida de Luis. Y su voz aguda: “Qué julepe, ¿eh?”.

No me atrevo a decir que nos hicimos amigos durante los meses del libro, pero existió una complicidad sin la cual el resultado habría sido otro.

Como un pilón de fotos desordenadas, se me vienen varios recuerdos: cuando le regalé La vida en los pliegues de Michaux (nunca pude saber si lo leyó), cuando viajando en taxi un chofer quiso saber qué era eso de “patas de mueble de bronce caminan ya”, cuando uno de los dos le contó al otro

que Federico Moura tenía sida, cuando me dijo que a veces le daba ganas de mandar todo al diablo en irse a vivir a un lugar “tipo Brasil”, cuando me contó que su sueño recurrente era que hacía música con John Lennon…

Releyendo hoy el libro (hace más de una década que no lo hacía) me da risa la insistencia de mis hipótesis sobre tal o cual letra y, más aún, su demoledora simpleza al desbaratarlas. Un periodista “de oficio” habría eliminado estas preguntas en teoría inconducentes. Me alegra que predominase mi impericia, ya que muchas de las teorías (que la “azafata del tren fantasma” es Isabel Perón, por citar una de las más delirantes) no son propias, sino que circulaban entre otros mitos del rock local, por ende Spinetta acabó entablando un diálogo con las “leyendas” que corrían acerca de él.

Si bien yo iba escribiendo el libro a la par que progresaban las entrevistas, no le mostré nada a Luis hasta la versión final. Su primera reacción fue decirme que debíamos “trabajar más”. Discutimos, no mucho.

Finalmente hizo un par de observaciones que tomé en cuenta. Una de las decisiones más difíciles fue el título. Yo no quería ponerle algo tipo “El libro de la buena memoria” porque era horriblemente obvio. Con el corrector de estilo (un lujo de corrector porque se trató de Jorge Warley) buscamos algo mejor que “vida y obra”. A Jorge, entonces copado con Rimbaud, se le antojó lo de “iluminaciones”, que condujo al trabalenguas de “Crónica e iluminaciones”.

Llegado el turno de publicar el libro, a fines de 1988, ni Luis ni yo sabíamos qué clase de acuerdo establecer. Era mi trabajo periodístico. Pero era su obra, él me había dedicado horas, hasta me obsequió unas letras inéditas a modo de “bonus track”. A la postre, Luis dijo que el libro era mío pero que yo debía pagarles (a él, a Patricia y al “Nono” Alejandro Rozitchner) una cena en un restaurante japonés a la vuelta del Viejo Almacén. El sushi no estaba aún de moda, así que compartimos un sukiyaki. Lo más increíble es que, llegado el turno de pagar, pareció arrepentirse o sentir pena y hasta amagó eximirme de la obligación. “De ningún modo”, dije. Pero el gesto lo pinta bien: un caballero.

Cuando el libro se convirtió en un best-seller (estuvo meses en los ránkings) nuestra sorpresa fue total. Ninguno lo imaginaba. Pasadas las cinco o seis primeras ediciones, Luis llamó para decirme que ya era

“suficiente”, que no debía reimprimirse más. Yo nunca entendí sus razones, pero tampoco necesitaba entenderlas para respetarlas. El problema, intenté

explicarle, era que el contrato firmado no fijaba un máximo de ediciones y los de la editora exigían que se cumpliese lo pactado.

En los años que siguieron, volvimos a vernos varias veces y el fantasma del libro siempre estuvo latente, como algo incómodo e imposible de soslayar. Yo descubría, por otra parte, lo complicado de ser “íntimo” de alguien que al mismo tiempo era objeto de mis crónicas periodísticas…

Recién al vencerse el contrato (en el año 1993) pudimos hablar del tema con claridad. Quedamos (y es justicia, pienso) en que el libro era de los dos, fifty-fifty, y que sólo podría reeditarse con la bendición de ambas partes.

Pero nunca lo reeditamos. Yo me fui a vivir al extranjero y me fui apartando del “mundillo” del rock. Él y yo perdimos algo de contacto (un par de veces lo llamé y hablamos por teléfono) y un día, muchos años después, viviendo en Madrid, leí la triste información de que Luis estaba enfermo.

La noticia de su muerte fue un mazazo. No hay palabra más exacta para lo que sentí y para lo que (me consta) sintió toda una legión. En su momento no hice más que balbucear un par de frases en mi blog:

“Tristeza… Murió Luis Alberto Spinetta y el vacío que deja es inmenso porque fue uno de esos artistas iluminados, inolvidables, irrepetibles. Ojalá alguna gente descubra su música en medio de todo este bochinche que arma la muerte de un famoso… Era un maestro en serio. Alguien de una sensibilidad fuera de lo común. Con un talento que hechizaba”.

En efecto, el vacío que deja Luis es enorme. Pero también, es innegable, deja un hermoso desafío para los próximos artistas: la medida de referencia que impone su obra en materia de calidad, seriedad y emoción.

Probablemente, el mejor homenaje consista en que “siga la melodía” y en actuar de manera que no muera en nosotros todo lo que nos enseñó con su arte.

Este libro se reedita, veintiséis años después de aquellas charlas (la cifra produce vértigo… en mi caso, por lo menos) porque, respetando aquel pacto, las dos partes estuvieron de acuerdo. La parte de Spinetta representada, en este caso, por sus cuatro hijos, a quienes agradezco su enorme confianza, su emocionante entusiasmo y, desde luego, las fotos con que ampliamos el archivo familiar y personal.

A la edición original se le añadieron asimismo varias fotos de Eduardo

“Dylan” Martí. En su momento, por diversas razones, esto no había sido posible pese al deseo de Spinetta. Nos pareció (a sus hijos y a mí) que era justo hacer el libro que él y yo habíamos querido hacer entonces.

Los otros añadidos a la edición original son un texto escrito por Luis alrededor de 1989 (mientras hacíamos este libro), publicado en su momento en la revista del Borda, y una entrevista que yo le hiciera en torno a su disco Pelusón of Milk, la que fue originalmente publicada (en versión más resumida) en el diario Página/12. Viene a actualizar un poco la cronología y ante todo propone un nuevo cierre: un cierre que no sólo incluye el nacimiento de Vera, sino también la salida del álbum que acaso sea su “obra mayor” de madurez.

La discografía también fue actualizada, gracias al cuidado de Marcelo Fernández Bitar, amigo y cómplice de décadas. Y otra mención especial va para Gustavo Saiegh, autor de la foto de tapa original y de un par de imágenes más, incluidas en la primera edición y rescatadas en esta oportunidad. Recuerdo como si fuera hoy el momento en que Luis agarró el viejo abanico y se puso a jugar con él. Gustavo y yo sentimos en el acto que allí estaba, muy probablemente, la foto de tapa.

Este libro no quiso ser “un silbido más en el viento”. Pero, en el fondo, si contiene algo realmente memorable son las palabras de Luis y la mirada que Luis arroja a su obra y al mundo, con esa sabia mezcla de remembranza y esperanza. Tal vez porque, como dijera en un viejo reportaje: “Tengo esperanza porque en ella están las únicas notas que interceptan el silencio.

Cada nota es una esperanza, mientras que el silencio no posee ninguna esperanza más que la de ser una nota”.

Eduardo Berti

Julio de 2014

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