Stalingrado

Graeme Simsion · Capítulo 1 de 29

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Stalingrado

Sección 1

Stalingrado

Antony Beeveor

Índice de Contenidos

Primera parte: «El mundo contendrá la respiración»

1 - La espada de doble filo de Barbarroja

2 - «Nada es imposible para el soldado alemán»

3 - «Derribad la puerta y toda la estructura podrida se

vendrá abajo»

4 - La soberbia de Hitler: el retraso de la batalla por

Moscú

Segunda parte: El relanzamiento de Barbarroja

5 - La primera batalla del general Paulus

6 - ¿Cuánta tierra necesita un hombre?

7 - «Ni un paso atrás»

8 - «¡Llegamos al Volga!»

Tercera parte: «La ciudad fatídica»

9 - «El tiempo es sangre»: las batallas de septiembre

10 - Rattenkrieg

11 - Traidores y aliados

12 - Fortalezas de hierro y escombros

13 - El asalto final de Paulus

14 - «¡Todo para el frente!»

Cuarta parte: La trampa de Zhukov

15 - La operación Urano

16 - La obsesión de Hitler

17 - «La fortaleza sin techo»

18 - «Der Manstein Kommt!»

19 - Navidad a la manera alemana

Quinta parte: El sometimiento del VI ejército

20 - El puente aéreo

21 - «Rendirse es imposible»

22 - «Un mariscal de campo alemán no se suicida con

un par de tijeras de uñas»

23 - «¡Se terminó el baile! Ha caído Stalingrado»

24 - La ciudad de los muertos

25 - La espada de Stalingrado

Apendices

Apéndice A: Orden de la batalla de alemanes y

soviéticos, 19 de noviembre de 1942

Apéndice B: El debate estadístico: El número de

hombres del VI ejército en el Kessel

Prefacio

«Rusia –aseveraba el poeta Tiuchev- no puede ser comprendida con el intelecto». La batalla de Stalingrado no puede ser adecuadamente entendida con un examen convencional. La realidad sobre el terreno de esa lucha titánica se escaparía a un estudio puramente militar, del mismo modo que los mapas en la Wolfsschanze de Rastenburg posibilitaron a Hitler distanciarse del sufrimiento de sus soldados, aislándose en un mundo de fantasía.

La idea que impulsa este libro es mostrar, en el marco de una narración histórica convencional, la experiencia de las tropas de ambos bandos, utilizando una amplia gama de nuevos materiales, procedentes especialmente de los archivos de Rusia. La variedad de fuentes es importante para transmitir la naturaleza sin precedentes del combate y sus repercusiones en aquellos atrapados en él con pocas esperanzas de escapar.

Las fuentes comprenden diarios de guerra, informes de capellanes, relatos personales, cartas, interrogatorios de la NKVD (policía de seguridad) de prisioneros alemanes y no alemanes, diarios personales y entrevistas con participantes.

Una de las fuentes más ricas en el archivo central del Ministerio de Defensa ruso en Podolsk son los informes muy

detallados enviados diariamente desde el frente de Stalingrado a Alexandr Shcherbakov, director del departamento político del Ejército Rojo en Moscú. Éstos describen no sólo las acciones

heroicas,

sino

también

los

<incidentes

extraordinarios> (el eufemismo usado por los comisarios para referirse a la conducta desleal), tales como la deserción, el pasarse al enemigo, la cobardía, la incompetencia, las heridas auto inflingidas, la <agitación antisoviética> e incluso la embriaguez. Las autoridades soviéticas ejecutaron alrededor de 13.500 de sus propios soldados en Stalingrado, cifra equivalente a más de una división completa de tropas. Pronto advertí que el principal reto era tratar de equilibrar la genuina abnegación de tantos soldados del Ejército Rojo con la coerción absolutamente brutal utilizada contra los vacilantes por los departamentos especiales de la NKVD (que pronto se convirtieron en parte de SMERSH, el contraespionaje).

La crueldad casi increíble del sistema soviético explica amplia, aunque no totalmente, por qué tantos antiguos soldados del Ejército Rojo lucharon por el bando alemán. En Stalingrado, las divisiones de la línea del frente del VI ejército tenían 50.000 ciudadanos soviéticos con uniforme alemán. El hambre había obligado brutalmente a algunos a servir en los campos de prisioneros; otros eran meros voluntarios. Durante las batallas finales, muchos informes alemanes dan testimonio del valor y lealtad de estos <hiwis>, que lucharon contra sus

propios compatriotas. No es necesario decir que la desconfianza de la NKVD de Beria llegó al frenesí cuando descubrió la dimensión de la deslealtad.

El tema es todavía tabú en Rusia hoy en día. Un coronel de infantería con quien compartí casualmente un coche cama en el viaje a Volgogrado (la antigua

Stalingrado), al principio se negó a creer que algún ruso pudiera haber llevado el uniforme alemán. Finalmente se convenció cuando le hablé de los recibos de las raciones en los archivos alemanes. Su reacción, en un hombre que evidentemente aborrecía a Stalin por sus purgas en el Ejército Rojo, fue interesante. <No eran ya rusos>, dijo tranquilamente.

Su comentario repetía casi exactamente la fórmula utilizada más de cincuenta años antes cuando el frente de Stalingrado informó sobre los <ex rusos> a Shcherbakov en Moscú. Las emociones de la gran guerra patria permanecen casi tan implacables hoy como en esa época.

Toda esta historia de locura, crueldad y tragedia es reveladora de varias formas inesperadas. Por el lado alemán, el aspecto más sorprendente no reside tanto en la cuestión abierta de la implicación de la Wehrmacht en los crímenes de guerra, aún debatida apasionadamente en la Alemania actual; estriba en la confusión de causa y efecto, especialmente la confusión entre las creencias políticas y sus consecuencias. Las tropas alemanas en Rusia –como lo revelan tantas cartas

escritas desde Stalingrado- se encontraban en un completo desorden moral. Los objetivos de someter a los eslavos y defender a Europa del bolchevismo mediante un golpe anticipado resultaron contraproducentes. Hasta el día de hoy, muchos supervivientes alemanes ven la batalla de Stalingrado como una astuta trampa soviética a la que fueron atraídos mediante retrocesos deliberados. En consecuencia, tienden a verse a sí mismos como las víctimas antes que como los promotores de aquel desastre.

Un punto es, sin embargo, irrebatible. La batalla de Stalingrado sigue siendo un tema tan ideológicamente cargado y simbólicamente importante que la última palabra no se dirá hasta dentro de muchos años.

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