Stalingrado
2 - «Nada es imposible para el soldado alemán»
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«Nada es imposible para el soldado alemán»
Durante la noche del 21 de junio, los diplomáticos en Berlín y Moscú no podían sospechar lo que estaba pasando en la frontera que los separaba. Nunca habían sido tan superfluos los ministerios de Asuntos Exteriores. Unos 3.050.000 soldados alemanes, que junto con otros ejércitos partidarios del Eje sumaban un total de cuatro millones de hombres, esperaban, desde Finlandia hasta el Mar Negro, para invadir la Unión Soviética. «El mundo contendrá la respiración», había declarado Hitler en una sesión de planeamiento varios meses antes. El objetivo final era «establecer una línea defensiva contra la Rusia asiática que vaya desde el río Volga hasta Arcángel». La última área industrial que le quedara a Rusia en los Urales podría entonces ser destruida por la Luftwaffe.
Era la noche más corta del año. La radio se mantenía en silencio para los cientos de miles de soldados ocultos en los bosques de abetos y abedules de Prusia Oriental y de la Polonia ocupada. Los regimientos de artillería que habían llegado a las regiones del frente oriental semanas antes, con el propósito aparente de prepararse para realizar maniobras, estaban listos. En Prusia Oriental, los artilleros, vestidos con viejas ropas prestadas de los civiles del lugar, habían camuflado cerca de las
posiciones previamente elegidas para disparar. La mayoría de soldados creía en las historias de que se trataba de un gran movimiento de distracción para cubrir los preparativos de la invasión de Inglaterra.
Por la noche, cuando se dieron las órdenes, el ejército alemán no vaciló. Los cañones fueron despojados de su camuflaje, o sacados de sus escondrijos en los graneros. Los engancharon entonces a tiros de caballos, a semiorugas o a tractores de artillería con los faros cubiertos para remolcarlos hasta las posiciones de ataque. En la vanguardia los oficiales a cargo del reconocimiento se internaron con la infantería hasta unos cientos de metros más allá de los puestos fronterizos que ocupaban los guardias soviéticos.
Algunos oficiales de las divisiones brindaban por la inminente operación con champán y coñac añejo traídos de la Francia ocupada.
Unos cuantos echaban una ojeada a las memorias del general de Caulaincourt, a quien Napoleón había dicho en vísperas de la invasión de 1812: «Avant deux mois, la Russie me demandera la paix». Algunos, tratando de imaginar lo que se venía, hojeaban los ejemplares del libro de frases que la embajada de Dekanozov había enviado a Moscú con tan poco impacto. Otros leían la Biblia.
En sus campamentos camuflados los soldados habían encendido hogueras para espantar a los mosquitos. Los acordeonistas empezaron a tocar canciones sentimentales. Mientras unos cuantos cantaban, otros permanecían pensativos. Muchos sentían pavor de cruzar la frontera de
un país desconocido del cual sólo habían escuchado cosas terribles. Los oficiales les habían advertido de que si dormían en casas rusas, podían ser picados por insectos y coger enfermedades. Con todo, había quienes se reían de sus camaradas preocupados por cortarse todo el cabello como precaución contra los piojos. En cualquier caso, la mayoría creía a los oficiales cuando éstos decían que no había que preocuparse por el invierno. En la 24ª división blindada, por ejemplo, se aseguraba que el capitán Von Rosenbach-Lepinski había dicho al batallón de reconocimiento de motociclistas: «La guerra con Rusia sólo durará cuatro semanas».
En más de un sentido, esa confianza era comprensible. Incluso los servicios de inteligencia extranjeros daba por hecho que el Ejército Rojo se desintegraría. La Wehrmacht había mejorado su nivel de transporte motorizado con vehículos del ejército francés; por ejemplo, el 70 por 100
de los camiones de la 305ª división de infantería, que perecería en Stalingrado el siguiente año, provenía de Francia. Sin embargo, la Wehrmacht, aunque famosa por su Blitzkrieg, también dependía de 600.000 caballos para remolcar los cañones, las ambulancias y los carros con vituallas. Con la gran mayoría de las divisiones de infantería marchando a pie, era improbable que la velocidad total de avance fuera mucho más rápida que la de la Grande Armée en 1812.
Muchos oficiales experimentaban sensaciones ambiguas. «Nuestro optimismo era tremendo después de las victorias bastante fáciles en Polonia, Francia y los Balcanes», contaba el comandante de la primera
compañía blindada que llegó al Volga junto a Stalingrado catorce meses después. Pero, como tantos otros de los que acababan de leer a Caulaincourt, tenía un «mal presentimiento por el enorme territorio de Rusia». También parecía que el año había avanzado demasiado como para
«iniciar una campaña tan ambiciosa». Se había planeado que la operación Barbarroja comenzara el 15 de mayo. La demora de más de cinco semanas, con frecuencia atribuida a la campaña de Hitler en los Balcanes, estaba en realidad condicionada por muchos otros factores, incluidas las lluvias excepcionalmente fuertes de primavera, la incapacidad de la Luftwaffe de preparar campos de aviación a tiempo y la distribución del transporte motorizado entre las divisiones.
Esa noche se habló a los oficiales de los regimientos de ciertas «órdenes especiales» relacionadas con el inminente conflicto. Comprendían
«medidas de fuerza colectivas contra las aldeas» de las zonas donde había actividad partisana y la «orden de los comisarios». Los comisarios políticos soviéticos, los judíos y los partisanos debían ser entregados a las SS o a la policía secreta de campaña. A la mayoría de oficiales del cuerpo y, evidentemente, a todos los agentes de inteligencia se les informó de la orden del 29 de abril del mariscal de campo Von Brauchitsch, que establecía las reglas fundamentales entre los mandos del ejército y el Sonderkommando de las SS y la policía de seguridad que operaban en la retaguardia. Sus «tareas especiales» serían parte de «la batalla final entre dos sistemas políticos opuestos». Finalmente, una «orden sobre la jurisdicción de los tribunales de guerra» privaba a los ciudadanos rusos de
cualquier derecho a apelar, y efectivamente exoneraba a los soldados de los crímenes que pudieran cometer contra aquellos, fueran asesinato, violación o saqueo. La orden firmada por el mariscal de campo Keitel el 13 de mayo lo justificaba argumentando «que la derrota de 1918, el período de sufrimiento del pueblo alemán que siguió y la lucha contra el nacionalsocialismo –con los muchos sacrificios de sangre que soportó el movimiento- pueden remontarse a la influencia bolchevique. Ningún alemán debería olvidar esto».
Cuando al lugarteniente Alexander Stahlberg, Henning von Tresckow, su primo, le comunicó en privado esta «orden de los comisarios», aquél exclamó: «¡Eso sería un asesinato!».
«La orden es exactamente esa», añadió Tresckow. Stahlberg preguntó entonces de dónde había venido. «Del hombre a quien prestaste juramento», respondió Tresckow, agregando con una incisiva mirada: «Al igual que yo hice».
Algunos comandantes se negaron a reconocer y a transmitir dichas instrucciones. Eran generalmente aquellos que respetaban el tradicional ethos del ejército y aquellos que aborrecían a los nazis. Muchos, pero no todos, procedían de familias militares, en ese momento un sector en rápida disminución en el cuerpo de oficiales. Los generales eran los que tenían menos disculpa. Más de doscientos oficiales de alta graduación habían asistido a la arenga de Hitler que no había dejado dudas de la inminencia de la guerra. Se trataba de una «batalla entre dos
concepciones del mundo diferentes», de una «batalla de aniquilamiento»
contra los «comisarios bolcheviques y la intelectualidad comunista».
La idea de Rassenkampf, de «guerra racial», dio a la campaña rusa un carácter sin precedentes. Muchos historiadores sostienen ahora que la propaganda nazi había deshumanizado con tanta eficacia al enemigo soviético a los ojos de la Wehrmacht que ésta estaba moralmente anestesiada desde el inicio de la invasión. Quizá la medida más exacta del exitoso adoctrinamiento fue la escasísima oposición en la Wehrmacht a la ejecución en masa de los judíos, que fue deliberadamente confundida con la noción de medidas de seguridad en la retaguardia contra los partisanos. Muchos oficiales se sintieron afrentados porque la Wehrmacht abandonara la ley internacional en el Ostfront, pero sólo una minúscula minoría expresó su indignación ante las masacres, incluso cuando era patente que eran parte de un programa de exterminio racial.
El grado de ignorancia que muchos oficiales adujeron después de la guerra, especialmente aquellos del estado mayor, es bastante difícil de creer en vista de todas las pruebas que han aparecido ahora en sus propios archivos. El cuartel general del VI ejército, por ejemplo, cooperó con el Sonderkommando 42 de las SS, que lo siguió por casi todo el camino desde la frontera occidental de Ucrania hasta Stalingrado. No sólo estaban los oficiales al mando muy enterados de sus actividades, sino que incluso les proporcionaron la tropa para ayudarlos a juntar a los judíos de Kiev y trasladarlos al barranco de Babi Yar.
Lo que es particularmente difícil de evaluar retrospectivamente es el grado de ignorancia que había al principio en los regimientos del verdadero programa, en el cual quizá el hambre era el arma más cruel.
Pocos oficiales conocieron la directiva del 23 de mayo que exoneraba a los ejércitos alemanes a apropiarse de todo lo que necesitaran, así como a enviar al menos siete millones de toneladas de trigo cada año a Alemania; sin embargo, no debería ser difícil adivinar sus líneas principales, pues se dio junto con las órdenes de vivir a costa del país ocupado. Los jefes nazis no tenían ilusiones sobre las consecuencias que para los civiles tendría la privación de los recursos de Ucrania:
«Muchas decenas de millones morirán de hambre», predijo Martín Bormann. Goering voceaba que la población tendría que comerse las sillas de montar cosacas.
Cuando se prepararon las órdenes ilegales de la operación Barbarroja, en marzo de 1941, el general Franz Halder, jefe del estado mayor general, fue quien tuvo la principal responsabilidad de que el ejército aceptara las represalias colectivas contra los civiles. Ya en la primera semana de abril de 1941, el teniente Helmuth Groscurth, que moriría poco después en la rendición de Stalingrado, mostró copias de estas órdenes secretas a dos opositores al régimen: el ex embajador Ulrich von Hassell y el general Ludwig Beck. «Pone los pelos de punta –escribió Hassell en su diario- saber las medidas que han de aplicarse en Rusia, y la sistemática transformación de la ley militar concerniente a la población conquistada en un despotismo descontrolado, en verdad una caricatura
de toda ley. Este tipo de cosas transforma al alemán en un ser que sólo había existido en la propaganda enemiga.» «El ejército –observó después-debe asumir el peso de los asesinatos e incendios que hasta ahora estaban a cargo de las SS.»
El pesimismo de Hassell estaba justificado. Aunque unos cuantos comandantes del ejército eran reluctantes a difundir esas instrucciones, varios emitieron órdenes a sus tropas que bien podrían haber venido directamente de la oficina de Goebbels. La más notoria de estas órdenes la dictó el comandante del VI ejército, mariscal de campo Von Reichenau. El general Hermann Hoth, que estaba al mando del 4º
ejército blindado en la campaña de Stalingrado, declaró: «La aniquilación de esos mismos judíos que apoyan el bolchevismo y su organización para el asesinato, los partisanos, es una medida de autoprotección». El general Erica von Manstein, un oficial de los guardias prusianos admirado como el estratega más brillante de tola la segunda guerra mundial, y que admitió en privado tener una parte judía, poco después de asumir el mando del11º ejército emitió una orden que decía: «El sistema judeo-bolchevique debe ser erradicado de una vez por todas». Incluso llegó a justificar «la necesidad de drásticas medidas contra los judíos. Apenas si hay mención de esto en sus memorias de posguerra, Lost Victories.
La aceptación de símbolos nazis en el uniforme u el juramento personal de fidelidad a Hitler terminaron con cualquier pretensión de que el ejército permaneciera independiente de la política. «Los generales siguieron a Hitler en estas circunstancias», reconoció el mariscal de
campo Paulus muchos años después en su cautiverio soviético, y «como resultado se implicaron completamente en las consecuencias de su política u su dirección de la guerra».
Pese a los intentos nazis de reforma, el ejército alemán no era tan monolítico en el nivel del regimiento en junio de 1941 como algunos escritores han dado a entender. La diferencia de carácter entre una división bávara, una prusiana oriental, una sajona y sobre todo, una austriaca era advertida de inmediato. Incluso dentro de una división de una región en particular, podía haber fuertes diferencias. Por ejemplo, en la 60ª división de infantería motorizada, que más tarde quedó atrapada en Stalingrado, muchos jóvenes oficiales de los batallones de voluntarios provenían de la Technische Hoschschule de Danzig, y estuvieron inmersos en la vibrante atmósfera de la devolución de la ciudad al seno de la patria. «Para nosotros –escribía uno de ellos- el nacionalsocialismo no era un programa de partido, sino la misma esencia de ser alemán.» Por otra parte, los oficiales del batallón de reconocimiento de la división, 160ª Aufklärung-Abteilung, una suerte de caballería mecanizada de los pequeños terratenientes, procedían principalmente de familias propietarias de Prusia Oriental. Entre ellos estaba el príncipe zu Dohna-Schlobitten, que había servido en la Guardia de Corps del Káiser en Ucrania en 1918.
La 16ª división blindada pertenecía plenamente a la tradición del antiguo ejército prusiano. Su 2º regimiento blindado, que encabezó el ataque contra Stalingrado el verano siguiente, tenía su origen en el
regimiento más antiguo de la caballería prusiana, los coraceros de la guardia personal del Gran Elector. El regimiento tenía tantos miembros de la nobleza que pocos eran llamados por su rango militar. El tripulante de uno de sus tanques recordaba: «En vez de señor capitán o señor lugarteniente, se decía señor príncipe o señor conde». El regimiento había sufrido tan pocas pérdidas en las campañas polaca y francesa que su identidad de la época de paz permanecía virtualmente intacta.
Las tradiciones de una época más antigua ofrecían una ventaja.
«Dentro del regimiento –observaba un oficial de otra división de tanques- se hablaban con tranquilidad. Nadie en Berlín podía bromear como nosotros sobre Hitler.» Los oficiales conspiradores de la plana mayor podían hablar de derrocar a Hitler, incluso a generales no implicados, sin el riesgo de ser denunciados a la Gestapo. El doctor Alois Beck, el capellán católico de la 297ª división de infantería, estaba convencido de que «de las tres armas de la Wehrmacht, el ejército era la menos influenciada por la ideología nacional socialista». En la Luftwaffe, aquellos que estaban en desacuerdo con el régimen permanecían callados. «No podías confiar por completo en ningún alemán en esos días», decía un teniente en la 9ª división antiaérea que fue capturado en Stalingrado. Solamente se atrevió a hablar libremente con un colega oficial, que a su vez había admitido en privado que los nazis habían matado a un primo suyo enfermo mental.
Un historiador señala que aunque «la Wehrmacht no debería ser vista como una entidad homogénea», el grado en que sus diferentes elementos
estaban «dispuestos a participar en una guerra de exterminio contra la Unión Soviética, sea como una cruzada antirrusa, antibolchevique o antijudía, es un área de investigación que necesita ser ahondada». El príncipe Dohna, con la 60ª división de infantería mecanizada, manifestó sentirse «asombrado de mi propio encanallamiento», al releer su diario muchos años después. «Hoy parece imposible comprender cómo pude dejarme atrapar sin protestar en esta megalomanía, pero estábamos dominados por la sensación de ser parte de una tremenda máquina guerrera, que estaba avanzando irresistiblemente hacia el este contra el bolchevismo.»
El 22 de junio, a las 3.15 hora alemana, comenzaron los primeros cañonazos. Los puentes sobre los ríos fueron tomados antes de que reaccionaran los guardias fronterizos de la NKVD (Narodny Komissaryat Vnutrennikh Del // Comisariado Popular para asuntos internos). Las familias de los guardias que vivían en los puestos de frontera murieron con ellos. En algunos casos, las cargas de demolición habían sido trasladadas antes por silenciosos grupos de asalto. Los contingentes alemanes del comando del Sonderverband Brandenburg (llamado así por sus cuarteles junto a Berlín) estaban ya tras las unidades fronterizas rusas cortando líneas telefónicas. Y, desde fines de abril, pequeños equipos de voluntarios rusos y ucranianos anticomunistas se habían infiltrado con equipos de radio. Ya el 29 de abril, Beria había sido informado de tres grupos de espías capturados cuando cruzaban la frontera con aparatos de
radio. Los que fueron apresados vivos habían sido «entregados a la NKGB
para interrogarlos más a fondo».
La primera luz del amanecer del 22 de junio brilló ante la infantería en el horizonte oriental cuando las unidades de avanzada, esquivando los obstáculos del agua, trepaban a los botes de asalto. Muchos regimientos de infantería, mientras superaban los últimos escasos metros hasta las líneas de salida, podían escuchar las oleadas de bombarderos y cazas que se acercaban por detrás. Los Stukas con alas de gaviota, que volaban a baja altitud, habían despegado en busca de parques de tanques, cuarteles y centros de comunicación detrás de las líneas.
En el cuartel general del 4º ejército, el ruido de los motores aeronáuticos despertó a un oficial ingeniero del Ejército Rojo que reconoció el sonido porque había servido cono consejero en la guerra civil española. Escribió: «Las bombas caían con una penetrante estridencia. El edificio del cuartel general del ejército que acabábamos de dejar estaba envuelto en polvo y humo. Las potentes explosiones rasgaban el aire y silbaban en nuestros oídos. Apareció otra escuadrilla.
Los bombarderos alemanes bajaban seguros en picado sobre el indefenso centro militar. Cuando terminó el ataque, de muchos lugares se elevaban gruesas columnas de humo negro. Parte del cuartel general estaba en ruinas. En algún sitio una mujer lloraba con voz aguda e histérica».
El esfuerzo principal de la Luftwaffe estaba dirigido contra los regimientos de aviación del Ejército Rojo. Las incursiones preventivas
destruyeron 1.200 aviones soviéticos en las nueve horas siguientes, la mayoría de ellos en tierra. Los pilotos de los Messerschmitt apenas podían creer lo que veían sus ojos cuando, al ladearse sobre los aeródromos (a los que ubicaban mediante el reconocimiento fotográfico), avistaron nítidamente cientos de aeroplanos enemigos distribuidos en filas junto a las pistas de despegue. Aquellos que lograban despegar, o llegaban de aeropuertos del lejano este, resultaron blancos fáciles.
Algunos pilotos soviéticos que no habían aprendido nunca las técnicas del combate aéreo ni sabían que sus obsoletos aparatos no tenían ninguna oportunidad incluso trataron de embestir a los aviones alemanes. Un general de la Luftwaffe decía que estas batallas aéreas contra pilotos sin experiencia eran un infanticidio.
Las divisiones blindadas, con los motores de sus tanques y semiorugas en marcha, apenas si oían algo excepto por medio de sus auriculares.
Recibieron la orden de avanzar tan pronto la infantería hubiera asegurado los puentes y los pasos. La tarea de las formaciones acorazadas era penetrar y luego rodear al grueso del ejército enemigo, atrapándolo en un Kessel o caldera. Así planeaba la Wehrmacht destruir la capacidad de lucha del Ejército Rojo, y después avanzar virtualmente sin obstáculos hasta sus principales objetivos: Leningrado, Moscú y Ucrania.
El grupo alemán de ejércitos del norte bajo el mando del mariscal de campo Ritter von Leeb era responsable esencialmente del avance desde Prusia Oriental sobre los países bálticos para asegurar los puertos, y luego sobre Leningrado. El grupo de ejércitos del centro, bajo el mando del
mariscal de campo Fedor von Bock, debía seguir la ruta de Napoleón a Moscú una vez que hubiera rodeado las principales concentraciones del Ejército Rojo a su paso. Sin embargo, Brauchitsch y Halder se preocuparon mucho cuando Hitler decidió debilitar el empuje central, para fortalecer lo que veían como operaciones subsidiarias. El Führer creía que una vez en posesión de la riqueza agrícola de Ucrania y los campos petroleros del Cáucaso, la invencibilidad del Reich estaba garantizada. Se confió esta tarea al grupo de ejércitos del sur, bajo el mando del mariscal de campo Gerd von Rundstedt, que contó pronto con el apoyo en su flanco derecho de un pequeño ejército alemán y dos ejércitos rumanos. El dictador rumano, mariscal Ion Antonescu, estuvo encantado cuando se le habló de la operación Barbarroja diez días antes de su lanzamiento. «Por supuesto, estaré allí desde el inicio – había dicho-. Cuando es cuestión de actuar contra los eslavos, podéis siempre contar con Rumania.»
En el aniversario de la proclamación de Napoleón en el cuartel general imperial en Wilkowski, Hitler dio una larga justificación de la ruptura de relaciones con la Unión Soviética. Alteró la verdad, asegurando que Alemania estaba amenazada por «unas 160 divisiones rusas concentradas en nuestra frontera». Con una descarada mentira a su propio pueblo y a sus propios soldados dio inicio a «la cruzada europea contra el bolchevismo.»
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