Stalingrado

Graeme Simsion · Capítulo 10 de 29

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Stalingrado

Tercera parte: «La ciudad fatídica»

Tercera parte

«La ciudad fatídica»

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«El tiempo es sangre»: las batallas de

septiembre

La primera vez que el pueblo alemán oyó que la ciudad de Stalingrado era un objetivo militar fue en un comunicado del 20 de agosto. Poco más de dos semanas después, Hitler, que nunca había querido que sus tropas se vieran envueltas en una lucha en las calles en Moscú o Leningrado, tomó la determinación de capturar esta ciudad a cualquier precio.

Los acontecimientos en el frente del Cáucaso, supuestamente su mayor prioridad, desempeñaron un papel crucial en su nueva obsesión con Stalingrado. El 7 de septiembre, un día en que Halder por el fracaso del avance sobre el Cáucaso llegó al colmo. Rehusó aceptar que el mariscal de campo List no tuviera tropas suficientes para la tarea. El general Alfred Jodl, que acababa de regresar de una visita al cuartel general de List, comentó en la cena que List sólo había seguido las órdenes del Führer. «¡Eso es una mentira!», vociferó Hitler, saliendo furiosamente.

Como para probar que se le había citado mal, las instrucciones fueron enviadas de regreso por teletipo, ordenando que se enviaran estenógrafos del Reichstag a Vinnitsa para registrar palabra por palabra lo que dijera en la conferencia diaria sobre la situación.

Después de los triunfos en Polonia, Escandinavia y Francia, Hitler a menudo se mostraba propenso a despreciar las exigencias mundanas, tales como los suministros de combustible y la escasez de hombres, como si estuviera por encima de los límites materiales normales de la guerra.

Su estallido en esta ocasión parece haberlo llevado a una especie de barrera psicológica. El general Warlimont, que regresó después de una semana de ausencia, estaba tan sorprendido por la «larga mirada de ardiente odio» de Hitler que pensó: «Este hombre se ha desprestigiado, se ha dado cuenta de que su apuesta fatal ha terminado, que la Rusia soviética no será derrotada en esta segundo intento». Nicolaus von Below, el ayudante del Führer de la Luftwaffe, también encontró al volver «una situación completamente nueva». «Todo el séquito de Hitler producía una impresión unánimemente deprimente. Hitler de pronto estaba por completo ausente».

Es probable que Hitler percibiera la verdad (después de todo, había dicho a sus generales que fallar en la toma del Cáucaso significaría tener que poner fin a la guerra), pero todavía no podía aceptarla. El Volga estaba bloqueado y las industrias de armamento de Stalingrado igualmente destruidas –dos objetivos definidos por la operación Azul-pero ahora tenía que capturar la ciudad que llevaba el nombre de Stalin, como si esto en sí mismo pudiera conseguir la subyugación del enemigo por otros medios. El peligroso soñador buscaba la victoria simbólica como compensación.

Uno o dos éxitos espectaculares quedaban para sostener la ilusión de que Stalingrado sería el crisol en donde probar la superioridad del poderío alemán. En la constante lucha en el frente septentrional, el conde Von Strachwitz, el comandante estrella de la 16ª división blindada, había mostrado la cabeza fría, tener claro el objetivo y disparar con rapidez. Los rusos enviaban una oleada tras otra de T-34 y de tanques americanos conseguidos por la ley de Préstamos y Arriendo. Resultaba fácil inutilizar a los vehículos americanos, con su perfil sobresaliente y su protección más delgada. No agradaban a los soldados rusos. «Los tanques no eran buenos –dijo un conductor a sus captores-. Las válvulas se parten, el motor se sobrecalienta y la transmisión no sirve».

«Los rusos atacaron en una montaña –recordaba Freytag-Loringhoven-y nosotros estábamos en la otra ladera. Durante dos días estuvieron viniendo exactamente de la misma manera, exponiéndose contra el horizonte». Más de cien fueron destruidos.

«Hasta donde la vista podía alcanzar –escribió un cabo de zapadores a su familia- había innumerables tanques quemados y abatidos».

Strachwitz, a los cuarenta y nueve años, recibió las hojas de roble de la Cruz de Hierro, y fue destinado a Alemania poco después debido a su edad. Entregó el mando a Freytag-Loringhoven.

En este punto, los ataques rusos eran espantosamente inútiles e incompetentes, pero no dejaban duda de la determinación de defender Stalingrado costara lo que costase. Era una resolución igual o mayor que

la determinación del invasor. «La hora del valor ha sonado en el reloj …

», decía un poema de Anna Ajmatova en ese momento, cuando la propia existencia de Rusia parecía estar en peligro mortal.

Desde la caída de Rostov, cualquier medio para fomentar la resistencia se había vuelto permisible. El 8 de septiembre, una foto en el Stalinskoe znamia, el periódico del frente de Stalingrado, mostraba a una joven aterrorizada atada de pies y manos. «¿Qué pasa si los fascistas atan así a tu amada?», decía el pie. «Primero la violarán descaradamente, luego la tirarán bajo un tanque. Avanza guerrero. Dispara al enemigo. Tu deber es impedir que el violador viole a tu chica». Tal propaganda –casi una repetición del tema del poema «¡Mátalo!» de Konstantin Simonov- era sin duda tosca, pero su simbolismo reflejaba exactamente el ánimo de ese momento. El poema «Yo odio» de Alexei Surkov era igualmente feroz. La violación alemana de la patria sólo podía ser borrada con una sangrienta

venganza.{11} El 9 de septiembre una avanzadilla del 4º ejército alemán encontró ejemplares de Estrella Roja (Krasnaya Svezda) con un llamamiento de Ilia Ehrenburg a los soldados soviéticos que concluía:

«No contéis los días, no contéis los kilómetros. Contad sólo el número de alemanes que habéis matado. Matad al alemán, esta es la oración de vuestra madre. Matad al alemán, es el grito de la tierra rusa. No vaciléis.

No ceséis. Matad».

Para Yeremenko y Jruschov, la principal decisión en este momento de crisis era escoger un sucesor para comandante del 62º ejército, que evidentemente no creía que Stalingrado podía resistir. El 10 de

septiembre, el 62º ejército luchó para replegarse de nuevo en la ciudad.

Quedó separado del 64º ejército en el sur cuando la 29ª división de infantería motorizada irrumpió en el Volga en Kuporosnoe, en la punta meridional de Stalingrado. El 11 de septiembre, el cuartel general de Yeremenko en el cañón del Tsaritsa había recibido intensos disparos.

Konstantin Simonov llegó en ese momento.

Le sorprendió el «triste olor a hierro quemado» cuando cruzaba el Volga hacia la ciudad aún humeante. En el búnker sin ventilación, Jruschov, «que estaba taciturno y replicaba con monosílabos … tomó un paquete de cigarrillos y trató de encender uno una y otra vez, pero la llama se apagaba porque la ventilación del túnel era muy mala».

Simonov y su acompañante fueron a dormir con sus abrigos en una esquina del sistema de túneles próxima a la entrada del Tsaritsa. Cuando se despertaron al día siguiente, el lugar estaba vacío. «No había oficiales del estado mayor, ni máquinas de escribir, nadie». Al final encontraron un guardavía que enrollaba el último trozo de cable. El constante corte de las líneas terrestres durante los bombardeos habían forzado a Yeremenko y a Jruschov a buscar la autorización de Stalin para retirar su puesto de comando al otro lado del río. El único cuartel general que quedaba en el margen occidental era el del 62º ejército.

A la mañana siguiente, el general Chuikov recibió una convocatoria del nuevo cuartel general en Yami del consejo militar conjunto para Stalingrado y los frentes del sudoeste. Le llevó todo el día y casi toda la

noche cruzar el Volga y encontrar el lugar. El reflejo de los edificios ardiendo de Stalingrado era tan fuertes que, incluso en la rivera oriental del ancho Volga, no tenían necesidad de encender los faros de su jeep de Préstamos y Arriendo.

Cuando finalmente Chuikov vio a Jruschov y Yeremenko a la mañana siguiente, resumieron la situación. Los alemanes estaban listos para tomar la ciudad a cualquier precio. Rendirse era imposible. No había dónde retirarse. Chuikov había sido propuesto como el nuevo comandante del ejército en Stalingrado.

-Camarada Chuikov –preguntó Jruschov-, ¿cuál es el objetivo de su misión?

-Defender la ciudad o morir en el intento –replicó. Yeremenko y Jruschov lo miraron y dijeron que había entendido su misión correctamente.

Esa noche, Chuikov cruzó con un barco transbordador desde Krasnania Sloboda, junto con dos T-34, hasta el desembarcadero central justo encima del cañón del Tsaritsa. Cuando la nave se acercaba a la orilla, cientos de personas, principalmente civiles deseosos de escapar, salían silenciosamente de los cráteres dejados por las bombas.

Otros se preparaban para llevar a los heridos a bordo. Chuikov y sus acompañantes salieron a buscar el cuartel general.

Después de muchas indicaciones equivocadas, el comisario de una unidad de zapadores los llevó al Mamaev Turgan, el gran montículo funerario tártaro, también llamado la montaña 102, por su altura en metros. Allí, Chuikov encontró el cuartel general del 62º ejército y habló con el jefe del estado mayor, el general Nikolai Ivanovich Krilov. El tosco y áspero Chuikov era muy distinto de Krilov, un hombre preciso, con una mente analítica, aunque ambos se entendieron mutuamente y comprendieron la situación. Había sólo una manera de resistir. La tendrían que pagar con vidas. «El tiempo es sangre», como Chuikov lo expresó después, con simplicidad brutal.

Apoyado por Krilov y Kuzma Akimovich Gurov, el comisario del ejército de siniestro aspecto, con la cabeza al rape y gruesas cejas, Chuikov comenzó a infundir terror en todo comandante que siquiera considerara la idea de retirarse. Algunos altos oficiales habían comenzado a replegarse hacia el río, abandonando a sus hombres, la mayoría de los cuales, como Chuikov se percató, también deseaban «cruzar el Volga tan rápidamente como fuera posible, fuera de este infierno». Se aseguró de que las tropas de la NKVD controlaban todos los muelles y embarcaderos. Los desertores, cualquiera que fuera su rango, afrontaban una ejecución sumaria.

Hubo muchos otros informes alarmantes sobre la confiabilidad de las tropas. Antes de ese día, en la 6ª brigada de guardias de tanques, un antiguo sargento mató al comandante de su compañía, amenazó entonces al conductor y al operador de radio con su pistola. Tan pronto como

salieron del tanque, condujo hacia las líneas de la 76ª división de infantería. Debido a que el sargento tenía una bandera blanca puesta en la torreta, los investigadores concluyeron que este «experimentado traidor» había «planeado todos los detalles de su repugnante conspiración» previamente. Se consideró que los dos soldados sacados a la fuerza del tanque habían «mostrado cobardía». Ambos comparecieron ante el tribunal militar y fueron probablemente ejecutados.

En ese momento, el 62º ejército se reducía a 20.000 hombres. Le quedaban menos de sesenta tanques. Muchos eran buenos sólo para disparar sobre puntos inmóviles. Chuikov, sin embargo, tenía más de 700

morteros y cañones, y deseaba que toda la artillería más pesada fuera retirada a la orilla oriental. Su principal preocupación era aminorar el efecto de la abrumadora superioridad aérea. Había ya advertido la reluctancia de las tropas alemanas a entrar en combates cercanos, especialmente durante las horas de la oscuridad. Para desgastarlos, «debe hacerse sentir a todo alemán que está viviendo ante la boca de un cañón ruso».

Su preocupación más inmediata era controlar una mezcla de tropas que no conocía, en posiciones de las que no había hecho un reconocimiento, cuando los alemanes estaban a punto de lanzar su primer gran ataque.

Chuikov describió las defensas improvisadas que encontró como poco más que barricadas que el morro de un camión podía derribar. El cuartel general del VI ejército por otra parte exageraba en otro sentido los informes de «posiciones fuertes con profundos búnkeres y

emplazamientos de hormigón». El verdadero obstáculo para los atacantes, como pronto descubrirían, era el arruinado paisaje urbano.

Ese mismo día, 12 de septiembre, Paulus estaba en el cuartel general Werwolf de Hitler, en Vinnitsa, con el general Halder y el general Von Weichs, el comandante en jefe del grupo de ejércitos B. Los informes de esta reunión varían. Paulus asegura haber planteado la cuestión de un extenso flanco izquierdo a lo largo del Don hasta Voronezh, y la falta de un «corsé» que endureciera a los ejércitos italianos, húngaros y rumanos.

Según Paulus, los planes de Hitler se basaban en la suposición de que los rusos estaban a punto de agotar sus recursos, y de que el flanco del Don sería fortalecido con más formaciones aliadas. Hitler, que estaba interesado sólo en Stalingrado, deseaba conocer cuán pronto caería.

Paulus probablemente repitió la estimación que había dado a Halder el día anterior: diez días de lucha, «después catorce días para reagruparse».

La primera fase del ataque alemán comenzó la mañana siguiente a las 4.45 hora alemana, 6.45 hora rusa. (Hitler insistía aún en que la Wehrmacht en Rusia operara con la misma hora que el cuartel general Wolfsschanze en Prusia Oriental). En el flanco izquierdo del LI cuerpo del ejército, la 295ª división de infantería se dirigió al Mamaev Kurgan y a la derecha, las 76ª y 71ª divisiones de infantería atacaron la estación central de ferrocarril y el embarcadero central del Volga. Los oficiales de la 295ª habían lanzado a sus hombres con la idea de que lograrían llegar al Volga con una incursión.

El asalto aéreo y de la artillería contra las posiciones soviéticas durante el día anterior había sido intenso: «Una masa de Stukas caía sobre nosotros –escribió un cabo en la 398ª división de infantería-, y después de ese ataque, uno no podía creer que ni un ratón quedara con vida». El bombardeo continuó también el 13 de septiembre. Desde su puesto de mando en el Mamaev Kurgan, Chuikov observaba con sus binoculares periscópicos. Una cortina de polvo con fragmentos de mampostería puso el cielo de color marrón. El suelo temblaba continuamente. Dentro del búnker, la tierra fina, como de un reloj de arena, se escurría entre las vigas que formaron el techo. Los oficiales del estado mayor y los encargados de las señales estaban cubiertos de ella. Los obuses y las bombas también destruían los cables telefónicos del campo. Los técnicos enviados a descubrir averías y a hacer reparaciones en los cables tenían pocas posibilidades de trabajar a cielo abierto. Tan frecuentes eran los cortes que incluso las jóvenes telefonistas tenían que aventurarse afuera.

Chuikov logró ponerse en contacto con Yeremenko en la retaguardia sólo una vez en le curso del día, y al atardecer había perdido contacto con sus divisiones en el margen occidental. Se vio forzado a recurrir a mensajeros cuya esperanza de vida cruzando la ciudad bombardeada era incluso menor que la de los técnicos del tendido de cables.

Aunque los alemanes hicieron avances en el extremo occidental de la ciudad, capturando el pequeño campo de vuelo y las barracas, sus intentos de batir el promontorio norte resultaron infructuosos. La lucha

era más dura de lo esperado. Muchos se dieron cuenta en privado de que muy bien podían pasar el invierno en Stalingrado.

Chuikov decidió trasladarse durante esa noche al antiguo cuartel general en el túnel, que comenzaba en el cañón del Tsaritsa y tenía una salida en Pushkinskaia Ulitsa, una calle cerca de la orilla del Volga. La línea del desfiladero del Tsaritsa también había sido la elección evidente para Paulus y Hoth como límite entre los dos ejércitos. Mientras que las divisiones de Seydlitz, en el norte, embestían contra el Mamaev Kurgan y la estación central del ferrocarril, las divisiones blindadas 14ª

y 24ª y la 94ª división de infantería de Hoth, en el sur, avanzaban preparadas para atacar hacia el granero de hormigón que dominaba el horizonte de Stalingrado.

Las noticias del avance de la 71ª división de infantería en el centro de Stalingrado, precisamente al norte del Tsaritsa, fueron saludadas con intenso júbilo en el cuartel general del Führer. La misma información llegó al Kremlin esa noche. Stalin estaba debatiendo la posibilidad de un gran contragolpe estratégico en Stalingrado con Zhukov y Vasilevki, cuando Poskrebishev, el jefe de su secretario, entró para decir que Yeremenko estaba al teléfono. Después de hablar con él, Stalin les comunicó las novedades a los dos generales: «Yeremenko dice que el enemigo está trasladando tanques cerca de la ciudad. Espera un ataque mañana». Se volvió a Vasilevski: «Dé órdenes inmediatamente para que la 13ª división de guardias de Rodimtsev cruce el Volga y vea qué más

puede enviar allá». Una hora más tarde Zhukov estaba en un avión de vuelta a Stalingrado.

En las primeras horas del 14 de septiembre, Chuikov y su estado mayor se abrían paso rumbo al sur hacia el búnker de Tsaritsa en dos vehículos a través de la ciudad destruida. Las calles derruidas eran apenas transitables, y el corto trayecto se interrumpía muchas veces. Chuikov estaba impaciente, porque había ordenado un contraataque y necesitaba estar listo en el nuevo cuartel general. Sus tropas sorprendieron a los alemanes en varios lugares, pero fueron batidas tan pronto amaneció, pues los escuadrones de Stukas de la Luftwaffe comenzaron a operar. La única noticia alentadora que recibió esa mañana fue que la 13ª división de guardias fusileros cruzaría el río esa noche. Pero los avances del enemigo ese día eran tan fuertes y rápidos que muchos empezaron a dudar de si las tropas de Rodimtsev lograrían desembarcar en el margen occidental.

La división de la infantería alemana se abrió paso hasta la lejana ladera del Mamaev Kurgan, pero la amenaza más inmediata a la supervivencia de Stalingrado provenía precisamente del sur. «¡Ambas divisiones (la 71ª

y la 76ª) lograron avanzar – decía el informe sumamente optimista del VI ejército- con un ataque a la estación central al mediodía, y a las 15.15, habiendo capturado la depuradora de agua, llegaron a orillas del Volga».

La estación central de hecho cambió de manos tres veces en dos horas durante la mañana, y fue recapturada por un batallón de fusileros de la NKVD por la tarde.

Cuando llegó al cuartel general de Chuikov, a primera hora de la tarde, el general Alexandr Rodimtsev llevaba el uniforme mugriento. Desde que había puesto el pie en la orilla occidental del Volga, los constantes ataques aéreos lo habían obligado a meterse precipitadamente en los cráteres para refugiarse. Divertido, aunque con el intenso aire de un estudiante apasionado, Rodimtsev parecía más un intelectual moscovita que un general del Ejército Rojo y héroe de la Unión Soviética. El cabello prematuramente canoso, muy corto a los lados y alto en la frente, lo hacía parecer estirado. A los treinta y siete años de edad, Rodimtsev pertenecía a esa pequeñísima minoría de personas que pueden decir genuinamente que se ríen del peligro. En la guerra civil española, actuando bajo el nombre de «Pablito», había sido el asesor soviético clave en la batalla de Guadalajara de 1937, en la que los republicanos españoles hicieron huir a los cuerpos expedicionarios de Mussolini. Era un héroe para sus tropas, que afirmaban que su mayor temor era que, al ser herido, fuera transferido a otra formación por no estar en forma para el servicio.

Chuikov no dejó a Rodimtsev ninguna duda del peligro de la situación.

Acababa de desplegar su última reserva, los diecinueve tanques que quedaban de una brigada blindada. Aconsejó a Rodimtsev dejar todo el equipo pesado detrás. Sus hombres necesitaban sólo armas personales, ametralladoras y lanzagranadas, así como todas las granadas que pudieran cargar.

Chuikov convocó al corones A. A. Sarayev, el comandante de la 10ª

división de fusileros de la NKVD y también comandante de la guarnición

de Stalingrado. Sarayev, que había estado en Stalingrado desde julio con cinco regimientos de tropas de la NKVD (algo más de 7.500 hombres) había acrecentado mucho su imperio. Había creado un ejército privado de más de 15.000 hombres a ambos márgenes del Volga. También controlaba los pasos del río y el tráfico fluvial. Chuikov, que tenía poco que perder en ese momento, amenazó con telefonear al cuartel general del frente si Sarayev no obedecía sus órdenes. Aunque Beria había amenazado con «aniquilar» a un comandante en el Cáucaso por haberse atrevido a sugerir que las tropas de la NKVD deberían estar bajo el mando del ejército, Sarayev se dio cuenta de que en este caso era más sensato obedecer. El viento del Kremlin comenzaba a soplar a favor del ejército.

Se ordenó a los batallones de la milicia bajo su mando que ocuparan los edificios importantes y los defendieran hasta el fin. Un batallón regular de la NKVD fue enviado al Mamaev Kurgan, mientras que a dos regimientos de fusileros se les ordenó bloquear el avance enemigo sobre el río. A los guardias de Rodimtsev debería serles permitido desembarcar.

Las tropas de la NKVD lucharon valientemente, sufriendo fuertes bajas, y la división recibiría después la Orden de Lenin y el título de

«Stalingradski». Sarayev permaneció en su puesto durante el combate, pero pronto perdió su feudo. Su sucesor como comandante de las fuerzas de la NKVD, el mayor-general Rogatin, asumió el mando la segunda semana de octubre, con un nuevo cuartel general situado en el margen oriental.

Otro encuentro desagradable tuvo lugar por la noche. Al otro lado del Volga, el delegado civil de Stalin, Georgi Malenkov, había convocado a los altos oficiales del 8º ejército del aire al cuartel general del frente.

Pensaron, al llegar, que habían sido llamados allí para recibir medallas.

Yeremenko y Zhukov estaban en pie en el fondo. Malenkov, que en el primer día de la guerra había dudado del informe del almirante Kuznetsov del ataque aéreo alemán contra Sebastopol, ahora hacía sentir su desagrado a los oficiales de la aviación del Ejército Rojo. Exigió saber qué unidades habían estado activas cada día y después los acusó de insuficiente actividad. Dictó sentencias de corte marcial contra los comandantes. Para hacer sentir su poder llamó al frente a un oficial, un mayor bajito, de cabello negro peinado hacia atrás y con una cara bastante hinchada de engreimiento. «Mayor Stalin –dijo al hijo de José Vissarionovich-{12}, la actuación de sus aviadores en el combate es indignante. En la última batalla ninguno de sus veinticuatro pilotos ha derribado a un solo alemán. ¿Qué es esto? ¿Se ha olvidado de cómo combatir? ¿Cómo debemos entender esto?» Malenkov después humilló al general Jriukin, el comandante del 8º ejército del aire. Sólo la intervención de Zhukov acabó con estos actos. Les recordó que la división de Rodimtsev estaba a punto de cruzar el Volga. Era mejor que el regimiento de combatientes responsable de cubrirlos se asegurara de no permitir que cayera ninguna bomba alemana. Los oficiales de aviación salieron en fila, demasiado afectados para decir nada.

La Stavka había ordenado que la 13ª división de fusileros avanzara hacia Stalingrado tres días antes. Aunque tenía más de 10.000 hombres, una décima parte de ellos no tenía armas. La división se dispersó eludiendo un reconocimiento aéreo alemán entre los olmos, álamos ucranianos y sauces del margen oriental alrededor de Krasnaia Sloboda.

Les dieron poco tiempo para preparar el viaje hacia el sur de Kamishin.

Rodimtsev, conociendo la urgencia, había agobiado a sus camaradas todo el tiempo. Los radiadores de los camiones se habían recalentado, los camellos de carga se habían puesto nerviosos y el polvo levantado por los vehículos era tan espeso que «los milanos que posaban en los postes de telégrafo se habían vuelto grises». En varias ocasiones, las tropas se habían dispersado cuando los Messerschmitts de morro amarillo volaban a ras de suelo para bombardear las columnas.

En las cercanías del Volga, la estepa polvorienta terminaba y aparecían los arces anunciando la proximidad del agua. Un signo en forma de flecha clavado a un árbol llevaba una única palabra: «Transbordador». Los soldados avistaron el denso humo negro delante, y dieron codazos a sus compañeros de fila. Era el primer signo de la batalla que los esperaba en el otro lado del gran río.

En la orilla del río, fueron rápidamente enviados con municiones, granadas y raciones (pan, salchichas y azúcar para el té). Rodimtsev, después de su encuentro con Chuikov, decidió no aguardar a que oscureciera completamente. Hizo avanzar rápidamente a la primera oleada de guardias en el crepúsculo con una mezcla de cañoneras de la

flotilla del Volga y barcos civiles requisados (remolcadores, gabarras, barcos pesqueros e incluso botes de remo). Aquellos que se quedaron esperando turno en el margen oriental trataban de calcular cuánto tiempo pasaría antes de que lo barcos regresaran por ellos.

El cruce era posiblemente más misterioso para aquellos que iban en los barcos de remos, pues el agua golpeaba suavemente la proa y los toletes crujían al unísono. Las lejanas detonaciones de los disparos de fusil y el ruido sordo de la explosión de los obuses sonaban huecos en la amplitud del río. Así que la artillería alemana, con sus morteros y ametralladoras bastante cerca de la orilla, cambió de objetivo. Se alzaron columnas de agua en medio de la corriente que empaparon a los ocupantes de los barcos. Los vientres plateados de los peces pronto refulgieron en la superficie. Una cañonera de la flotilla del Volga recibió un impacto directo, y veinte miembros del destacamento de a bordo murieron.

Algunos hombres fijaban la vista en el agua que los rodeaba para evitar mirar la lejana orilla, del mismo modo que un escalador evita mirar hacia abajo. Otros, sin embargo, constantemente echaban una ojeada hacia delante a los edificios ardiendo en la orilla occidental, con la cabeza de un casco de acero instintivamente hundida entre los hombros. Los estaban enviando a una imagen del infierno. Cuando la oscuridad se intensificó,

las

enormes

llamas

dibujaban

la

silueta

de

los esqueletos de altos edificios en la orilla y proyectaban grotescas sombras. Las chispas volaban en el aire nocturno. El margen del río ante ellos era «un revoltijo de máquinas quemadas y gabarras rotas arrojadas a tierra». Cuando se aproximaban a la orilla, sintieron el olor de los edificios carbonizados y el hedor nauseabundo de los cadáveres pudriéndose bajo los escombros.

La primera oleada de guardias de Rodimtsev no preparó sus bayonetas.

Saltaron de los botes al agua baja de la orilla del río y cargaron directamente contra el margen empinado y arenoso. En ciertas partes los alemanes estaban a menos de cien metros de distancia. No era necesario que nadie dijera a los guardias que cuanto más se demoraran, más probable era la muerte. Afortunadamente para ellos, los alemanes no tuvieron tiempo de atacar ni de preparar sus posiciones. Un batallón del 42º regimiento de guardias a la izquierda se unió a las tropas de la NKVD, y lograron que los alemanes se replegasen a la estación central. El 39º

regimiento de guardias a la derecha cargó contra una gran fábrica de ladrillo rojo (acribillada a balazos y conservada hasta hoy como monumento), que liberaron en un reñido combate sin piedad. Cuando llegó la segunda oleada, el regimiento reforzado avanzó hasta la vía del ferrocarril que pasaba por la base del Mamaev Kurgan.

La 13ª división de guardias fusileros sufrió un 30 por 100 de bajas en las primeras veinticuatro horas, pero la orilla del río quedó a salvo. Los pocos supervivientes (sólo 320 hombres de los 10.000 iniciales sobrevivieron hasta el final de la batalla de Stalingrado) juraban que su

determinación «fluía de Rodimtsev». Siguiendo su ejemplo, hicieron también la promesa: «No hay tierra para nosotros más allá del Volga».

Los alemanes primero vieron el contraataque de Rodimtsev apenas como un revés temporal. Estaban convencidos de que su avance hacia el centro de la ciudad era irreversible. Un miembro de la 29ª división de infantería motorizada escribió: «Desde ayer la bandera del Tercer Reich flamea sobre el centro de la ciudad. El centro y la zona de la estación

[central] están en manos alemanas. No puedes imaginarte cómo hemos recibido las noticias». Pero los soldados, tiritando en el clima más frío,

«soñaban ya en cuarteles de invierno subterráneos, con estufas Hindenburg brillando, y muchas cartas de sus queridas familias».

Las compañías de la infantería alemana habían avanzado en el desfiladero del Tsaritsa. La entrada al cuartel general del 62º ejército quedó bajo fuego directo y el búnker de Tsaritsin repleto de heridos.

Pronto, el aire húmedo y caliente se hizo irrespirable. Los oficiales del estado mayor se desmayaban por falta de oxígeno.

Chuikov decidió cambiar la sede de su cuartel general una vez más, esta vez cruzando el río, yendo hacia el norte y después cruzando otra vez al margen occidental.

La lucha se intensificó en el Mamaev Kurgan. Si los alemanes lo tomaban, sus cañones podrían controlar el Volga. Uno de los regimientos de fusileros del NKVD logró retener una pequeña parte de la montaña hasta que fue reforzado por el resto del 42º regimiento de guardias

fusileros de Rodimtsev y parte de otra división justo antes de que amaneciera el 16 de septiembre. Los recién llegados atacaron la cumbre y las faldas del monte esa mañana temprano. Del parque donde los enamorados paseaban unas pocas semanas antes no quedaba nada y el Mamaev Kurgan estaba totalmente irreconocible. Ni una brizna de hierba quedaba en la tierra, ahora sembrada de fragmentos de obuses, bombas y granadas. Toda la ladera del monte estaba removida y agujereada de cráteres, que servían como trincheras instantáneas en la encarnizada lucha de ataque y contraataque. El guardia Kentia se hizo famoso por haber derribado y pisoteado la bandera alemana izada en la cumbre por los soldados de la 295ª división de infantería. Mucho menos se supo de los episodios no heroicos. Se decía que un comandante de una batería rusa en el Mamaev Kurgan desertó porque «temía ser responsable por su cobardía durante la batalla». Los artilleros habían sido presa del pánico y habían escapado cuando un grupo de la infantería alemana irrumpió y atacó la batería. El veterano teniente M. había mostrado

«indecisión» y no había matado alemanes, un crimen que merecía la pena de muerte en ese momento.

A las 11 de la noche del 16 de septiembre, el teniente K., un comandante de sección en la 112ª división de fusileros, a unos 8 km al norte, descubrió la ausencia de cuatro soldados y sus suboficiales. «En vez de tomar medidas para encontrarlos y detener este acto de traición, todo lo que hizo fue informar del hecho al comandante de su compañía».

Alrededor de la una de la madrugada el comisario Kolabanov fue a la

sección a investigar. Cuando se acercaba a las trincheras, escuchó una voz que, desde las posiciones alemanas, llamaba en ruso a los soldados de la sección por sus nombres, incitándolos a pasar la línea. «Deberíais todos desertar, te alimentan y te tratan bien. En el lado ruso, moriréis pase lo que pase». El comisario vio entonces varias figuras que cruzaban la tierra de nadie hacia el lado alemán. Con cólera observó que los demás miembros de la sección no les dispararon. Encontró que diez hombres, incluido el sargento, se habían marchado. El comandante de la sección fue arrestado y llevado ante una corte marcial. La sentencia, presumiblemente la ejecución o una compañía shtraf, no está registrada.

En la misma división, al parecer un capitán trató de convencer a otros dos oficiales de desertar con él, pero uno de ellos «no aceptó y ejecutó al traidor», aunque uno no puede estar seguro de que esta versión de los hechos no estuviera camuflando una disputa personal.

Los alemanes contraatacaron una y otra vez durante los días que siguieron, pero los guardias de Rodimtsev y los restos del regimiento de fusileros de la NKVD lograron resistir en el Mamaev Kurgan. Lucharon con la 295ª división de infantería hasta llegar a un punto muerto. Sus pérdidas fueron tantas que se fusionaron varias compañías. Las bajas de oficiales eran particularmente altas, debido a los francotiradores rusos.

Después de menos de dos semanas en la línea, una compañía en el regimiento del coronel Korfes de la 295ª división de infantería estaba a cargo de su tercer comandante, un joven teniente.

«Las escaramuzas a muerte» continuaron en el Mamaev Kurgan y la artillería pesada alemana continuó bombardeando las posiciones soviéticas durante los dos meses siguientes. El escritor Vasili Grossman observó que los obuses arrojaban tierra por los aires. «Estas nubes de tierra pasan entonces a través del tamiz de la gravedad, los trozos más pesados caen directamente al suelo, mientras el polvo sube hasta el cielo». Los cadáveres de la batalla en las ennegrecidas laderas eran desenterrados y luego enterrados otra vez en el incesante y revuelto fuego de los obuses. Años después de la guerra, se dice que se desenterraron un soldado alemán y un soldado ruso durante un trabajo de limpieza. Los dos cadáveres habían quedado enterrados por la explosión de un obús apenas se hubieron matado mutuamente con sus bayonetas.

En la deliberadamente comedida descripción de Zhukov, estos eran

«días muy difíciles para Stalingrado». En Moscú, los funcionarios de la embajada de Estados Unidos estaban seguros de que la ciudad estaba acabada, y el ánimo en el Kremlin era de extremo nerviosismo. En la noche del 16 de septiembre apenas acabada la cena, Poskrebishev vino silenciosamente y colocó en el escritorio de Stalin una transcripción del departamento de inteligencia del estado mayor general. Era el texto de un mensaje de radio de Berlín interceptado: «Stalingrado ha sido tomada por las brillantes fuerzas alemanas. Rusia ha sido dividida en dos partes, norte y sur, y pronto se derrumbará agonizante». Stalin leyó el mensaje

varias veces, después se puso de pie por unos momentos junto a la ventana. Le dijo a Poskrebishev que lo comunicara con la Stavka.

Por teléfono dictó un mensaje para Yeremenko y a Jruschov: «Denos una idea de lo que está pasando en Stalingrado. ¿Es verdad que los alemanes han tomado Stalingrado? Denos una respuesta directa y franca.

La espero de inmediato».

De hecho la crisis inmediata ya había pasado. La división de Rodimtsev había llegado en el momento preciso. Ya durante el día, los comandantes alemanes sabían de los refuerzos traídos del otro lado del río, tales como la 95ª división de fusileros de Gorishni y una brigada de la infantería de marina destinada a reforzar la muy debilitada 35ª división de fusileros al sur de Tsaritsa. La Luftwaffe también advirtió que el 8º ejército del aire había aumentado el número de naves preparadas para responderles, aunque los pilotos de combate soviéticos todavía sufrían de un miedo instintivo al enemigo. «En cuanto aparece un Me-109 –se quejaba un informe de un comisario- empieza un tiovivo, cada uno trata de proteger su propia cola».

El personal de la Luftwaffe observaba, ante todo, una intensificación del fuego antiaéreo. «Tan pronto aparecen los escuadrones de Stukas –

anotó un oficial de enlace de la 24ª división blindada- el cielo queda cubierto con innumerables nubes negras de fuego antiaéreo». Una exaltada ovación se elevaba de las posiciones rusas en tierra cuando uno de los odiados Stukas explosionaba en medio del aire en una bola de

humo, y sus restos caían envueltos en llamas. Incluso los pilotos de cazas, mucho más rápidos, sufrían los disparos cada vez más intensos del otro lado del Volga. El 16 de septiembre, un suboficial de la Luftwaffe, Jürgen Kalv, se vio forzado a lanzarse en paracaídas de su dañado Me-109 al Volga. Aterrizó en el río y nadó hasta la orilla, donde lo esperaban los soldados del Ejército Rojo.

Los tripulantes de los bombarderos de la Luftwaffe apenas si tenían un respiro. Cada aparato era necesario para el bombardeo en cadena. El 19

de septiembre, un piloto calculó que en los últimos tres meses había volado en 228 misiones: tantas como las realizadas en los tres años anteriores sobre «Polonia, Francia, Inglaterra y Rusia juntas». Él y su tripulación estaban volando seis horas al día.

Su vida en tierra, centrada el campos de aviación improvisados en la estepa, era una carrera de comidas apresuradas, teléfonos de campaña sonando y un estudio intensivo de los mapas y las fotografías de reconocimiento en la tienda de operaciones. De nuevo en el aire, la identificación de los blancos no era fácil cuando abajo se extendía un increíble caos de ruinas e incendios», y columnas cada vez más enormes de humo negro aceitoso salían de los tanques de petróleo envueltos en llamas, oscureciendo el sol hasta una altitud de 3 km.

El ejército enviaba constantemente peticiones de misiones: «Ataquen objetivo en área A 11, sector noroeste, el gran bloque de casas, dura resistencia enemiga allí». Los pilotos de la Luftwaffe, sin embargo, no

sentían que aportaran mucho al continuar pulverizando una tierra baldía de «naves industriales incendiadas, destrozadas, donde no quedaba ni una pared en pie».

Para el personal de tierra, «mecánicos (especialistas en armamento, bombas y radio)» que preparaban las naves para despegar «tres, cuatro, cinco veces al día» no había respiro. Para los tripulantes de los aviones, los únicos momentos de tranquilidad eran al amanecer y al anochecer, pero incluso entonces no se entretenían junto al campo de aviación, mirando el cielo encima de este «país inmenso»: ya hacía la tercera semana de septiembre, las heladas fueron fuertes. El 17 de septiembre, la temperatura bajó de repente. Los hombres se pusieron prendas de lana bajo sus chaquetas, que en la mayoría de los casos ya se estaban desintegrando. «La ropa de los soldados –apuntó un doctor- estaba tan usada que con frecuencia se veían obligados a utilizar prendas del uniforme ruso».

Mientras la enconada lucha por el Mamaev Kurgan continuaba, una batalla igualmente feroz se desarrollaba por el gran silo de cereales hecho de hormigón cerca del río. El rápido avance del XLVIII cuerpo blindado de Hoth había aislado virtualmente esta fortaleza natural. Los defensores de la 35ª división de guardias aplaudieron y bromearon cuando los refuerzos de una sección de la infantería de marina mandada por el teniente Andrei Jozianov llegó durante la noche del 17 de septiembre.

Tenían dos viejas ametralladoras Maxim y dos largos fusiles rusos antitanque, que utilizaron para disparar contra un tanque alemán cuando

un oficial y un intérprete aparecieron con la bandera de tregua a pedirles que se rindieran. La artillería alemana entonces recorrió la vasta estructura preparando el terreno para la 94ª división de infantería sajona, cuya insignia eran dos espadas cruzadas de porcelana de Meissen.

Los cincuenta y pico defensores rechazaron diez asaltos el 18 de septiembre. Sabiendo que no podían esperar nuevos suministros, conservaban cuidadosamente las municiones, las raciones y el agua. Las condiciones en que continuaron luchando en los dos días siguientes fueron terribles. Los asfixiaba el humo y el polvo, incluso el grano en el silo se había incendiado, y pronto no tuvieron nada que beber. También estaban escasos de agua para llenar el cañón de las ametralladoras Maxim. (Probablemente los marinos recurrieron a su propia orina con este propósito, una práctica frecuente en la primera guerra mundial, pero los relatos soviéticos evitan dar detalles).

Para cuando nuevos tanques alemanes llegaron a acabar con ellos, todas sus granadas y proyectiles antitanque se habían consumido. Las dos Maxims quedaron inutilizadas. Los defensores, incapaces de ver dentro del silo con el humo y el polvo, se comunicaban gritándose entre sí con sus resecas gargantas. Cuando los alemanes irrumpieron, dispararon contra sonidos, no contra objetos. Esa noche, con sólo un puñado de municiones, los supervivientes atacaron. Tuvieron que dejar atrás a los heridos. Aunque fue un combate encarnizado, difícilmente podía tratarse de una victoria admirable para los alemanes, y con todo Paulus eligió el enorme granero como el símbolo de Stalingrado en la insignia que estaba

haciendo diseñar en el cuartel general del ejército para conmemorar la victoria.

La defensa igualmente obstinada de los edificios semifortificados en el centro de la ciudad costó a los alemanes muchas vidas durante esos días.

Estas «guarniciones» de soldados del Ejército Rojo de diferentes divisiones resistían desafiantes, sufriendo también terriblemente por la sed y el hambre. Hubo una violenta batalla por la posesión del gran almacén Univermag en la Plaza Roja, que servía como cuartel general del 1er batallón del 42º regimiento de guardias fusileros. Un pequeño depósito llamado «la fábrica de clavos» formó otro reducto. Y en un edificio de tres pisos, no muy lejos, los guardias lucharon durante tres días, con la nariz y la garganta seca llena del polvo del ladrillo de las paredes demolidas. Los heridos morían en los sótanos, abandonados una vez que sus joven enfermera sucumbió al ser herida en el pecho. Seis hombres, de lo que originalmente había sido casi la mitad de un batallón, escaparon en el último momento cuando los tanques alemanes finalmente aplastaron las paredes.

De los logros alemanes en el centro de la ciudad, el más serio para el Ejército Rojo fue su avance hacia el embarcadero central. Esto les permitía golpear los principales puntos de paso nocturno con la artillería, compuesta de lanzadores Nebelwerfer y ametralladoras, disparando a la luz de bengalas paracaídas de magnesio. Estaban decididos a impedir que los refuerzos y las vituallas llegaran a los defensores.

La principal estación, que había cambiado de manos quince veces en cinco días, terminó con los alemanes como ocupantes de las ruinas.

Rodimtsev, de acuerdo con la política de Chuikov, ordenó que la línea del frente se trazara siempre a 45 m de los alemanes o menos, para dificultar la actividad de su artillería y aviación. Los hombres de su división se enorgullecían especialmente de su puntería. «Cada soldado de los guardias dispara como un francotirador» y así «fuerzan a los alemanes a gatear, no a caminar».

Los soldados alemanes, con los ojos rojos por el cansancio de la dura lucha, y lamentando la muerte de más camaradas de los que habían imaginado, habían perdido el ánimo triunfalista de apenas una semana antes. Todo parecía perturbadoramente diferente. Encontraron que el fuego de artillería era más temible en una ciudad. El estallido de las bombas no era el único peligro. Siempre que atacaban un edificio alto, la metralla y la mampostería caían desde lo alto. El Landser había ya comenzado a perder la noción del tiempo en este extraño mundo, con su paisaje destruido de ruinas y escombros. Incluso la luz del mediodía tenía una claridad rara y fantasmal a causa de la constante neblina de polvo.

En un área tan concentrada, un soldado tenía que hacerse más consciente de la guerra en tres dimensiones, con el peligro de los francotiradores en los edificios altos. También debía observar el cielo.

Cuando venían los ataques de la Luftwaffe, un Landser se abrazaba a la tierra exactamente del mismo modo que lo hacía un ruso.

Estaba siempre el miedo de que los Stukas no distinguieran las banderas rojas y blancas con la esvástica negra extendidas para identificar sus posiciones. Con frecuencia, disparaban bengalas de reconocimiento para marcar el punto. Los bombarderos rusos también volaban bajo, lo suficientemente bajo como para mostrar la estrella roja en la cola del avión. Mucho más alto en el cielo, los pilotos de combate centelleaban al sol. Un observador decía que se movían y gritaban más como peces en el agua que como aves en el aire.

Los ruidos atacaban los nervios sin cesar. «El aire está lleno –escribió un oficial de blindados- del aullido infernal de los Stukas, el estruendo de la artillería y el fuego antiaéreo, el rugido de los motores, el traqueteo de las orugas de los tanques, el chillido del lanzador y de los “órganos de Stalin”, el tableteo de las metralletas arriba y abajo, y todo el tiempo uno siente el calor de una ciudad quemándose por todos lados». Los gritos de los heridos afectaban mucho más a los hombres. «No es un sonido humano – escribió un alemán en su diario-, sólo es el sordo grito de sufrimiento de un animal salvaje».

En tales circunstancias, la añoranza de la familia se volvía más fuerte.

«El hogar está tan lejos; ¡oh, dulce hogar! –escribió uno melancólicamente-. Sólo ahora sabemos bien cuán maravilloso es». Los defensores rusos por otra parte consideraban la añoranza del hogar un lujo que no se podían permitir. «¡Hola, mi querida Palina! –escribió un soldado desconocido a su esposa el 17 de septiembre-. Estoy bien y con salud. Nadie sabe lo que va a pasar pero viviremos y veremos. La guerra

es dura. Tienes información de lo que está pasando en el frente por las noticias. La misión de cada soldado es sencilla: acabar con tantos fritzes como sea posible y luego expulsarlos hacia el oeste. Te extraño mucho pero no puedo hacer nada pues varios miles de kilómetros nos separan».

Y el 23 de septiembre, un soldado llamado Sergei escribió a su esposa Liolia, un simple mensaje: «Los alemanes no nos resistirán». No hay ninguna mención del hogar.

Un nuevo intento de tres ejércitos soviéticos en el frente septentrional para atacar el flanco izquierdo del VI ejército fracasó el 18 de septiembre.

El rápido traslado de los escuadrones de la Luftwaffe contra la amenaza, combinado con los contraataques del XIV cuerpo blindado resultó demasiado efectivo en la estepa a cielo abierto. Un segundo intento también falló al día siguiente. Todo lo que los tres ejércitos consiguieron, a un alto coste, fue ahorrarle al 62º ejército el ataque de la Luftwaffe durante menos de dos días.

Chuikov, que sabía que no habría una tregua, comenzó a traer la 284ª

división de fusileros del coronel Batiuk, principalmente siberianos, de la otra ribera del Volga. Los acantonó en reserva bajo el Mamaev Kurgan, en caso de que los alemanes se establecieran firmemente alrededor del embarcadero central, y después atacaran al norte por el margen del río en un intento de aislar a su ejército desde atrás. La mañana del 23 de septiembre, unas cuantas horas después de que los últimos siberianos de Batiuk hubieran alcanzado el margen occidental del Volga, la división fue lanzada al ataque en un intento de expulsar a los alemanes del

embarcadero central y conectar con las tropas soviéticas aisladas al sur del Tsaritsa. Pero las divisiones alemanas, aunque sufrieron grandes bajas, los forzaron a retroceder. Ese día, en que Paulus casualmente cumplía cincuenta y dos años, los alemanes finalmente aseguraron el amplio corredor que aislaba el ala izquierda del 62º ejército en la bolsa meridional del desfiladero del Tsaritsa.

Con previsible minuciosidad, los alemanes no cejaron en sus intentos de aplastar la resistencia en este sector meridional de Stalingrado. Dos días más tarde lograron un gran avance. Esto suscitó el pánico en dos brigadas de las milicias, que estaba ya virtualmente sin alimento ni municiones. El hundimiento, sin embargo, comenzó por arriba, como informó el cuartel general de Stalingrado a Shcherbakov en Moscú. El comandante de la 42ª brigada especial, «abandonó la línea de defensa, simulando que salía para consultar con el estado mayor del ejército». Lo mismo ocurrió con la 92ª brigada especial, pese a su refuerzo de la infantería de marina. El 26 de septiembre, el comandante y el comisario, seguidos por su plana mayor, abandonaron a sus hombres, también

«fingiendo que iban a hablar de la situación con el alto mando», pero en realidad se pusieron a salvo en la gran isla de Golodni en medio del Volga. A la mañana siguiente, «cuando los soldados supieron que sus comandantes habían desertado, la mayoría corrió a la orilla del Volga y comenzaron a preparar balsas para ellos mismos». Algunos trataron de impulsar con remos troncos y tablas halladas en la playa hasta la isla de Golodni, otros simplemente nadaron. El enemigo, al descubrir sus

desesperados intentos de escapar, abrieron fuego con morteros y la artillería, y mataron a muchos en el agua.

«Cuando el mayor Yakovlev, el comandante del batallón de ametralladores, para entonces el oficial de más alto rango de la brigada que quedó en el margen occidental, supo que el comandante de la brigada había desertado y sembrado el pánico entre las tropas, asumió el mando de la defensa». Pronto descubrió que se había quedado sin comunicaciones, pues los encargados de las señales estaban entre los que habían huido a la isla. Ayudado por el teniente Solutsev, Yakovlev reunió a las tropas que quedaban, y estableció una línea de defensa que, pese a la escasez de hombres y municiones, resistió siete ataques en las siguientes veinticuatro horas. Todo este tiempo, el comandante de la brigada permaneció en la isla. Ni siquiera trató de enviar más municiones a los defensores dejados atrás. En un intento de encubrir lo que estaba pasando, envió informes ficticios sobre el combate al cuartel general del 62º ejército. Esto le resultó poco beneficioso. El estado mayor de Chuikov comenzó a sospechar. Fue arrestado y acusado de «desobediencia criminal de la orden nº 227». Aunque no se dan detalles en el informe a Moscú de la sentencia pronunciada por el tribunal de la NKVD, es difícil creer que hubiera clemencia.

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