Stalingrado
25 - La espada de Stalingrado
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La espada de Stalingrado
En noviembre de 1943, un año después de la operación Urano, un avión de transporte Douglas voló sobre Stalingrado. Los diplomáticos soviéticos a bordo iban de Moscú rumbo a encontrarse con los dirigentes británicos y estadounidenses en Teherán. Uno de los pasajeros era Valentín Berezhkov, que había sido intérprete de Dekanozov en Berlín en vísperas de Barbarroja.
«Nos agolpamos en las ventanas en silencio –escribió después-.
Primero aparecieron las casas aisladas dispersas en la nieve, luego comenzó una especie de caos increíble: montones de muros, bloques de edificios semiderruidos, moles de escombros, chimeneas aisladas».
Pudieron, con todo, distinguir signos de vida. «Visibles contra la nieve había figuras negras de personas y por aquí y allá indicios de nuevos edificios». En plena espeta, otra vez, vieron armazones oxidados de tanques.
En la conferencia de Teherán, Churchill presentó la espada de Stalingrado al «pueblo soviético». La hoja tenía una dedicatoria grabada:
«A los ciudadanos de corazón de acero de Stalingrado, un obsequio del rey Jorge VI como prenda del homenaje del pueblo británico». Churchill hizo memorable la ceremonia con su elocuencia. Stalin, que aceptó la
espada con ambas manos, la llevó a sus labios para besar la vaina.
Entonces se la pasó al mariscal Voroshilov, quien torpemente dejó que la espada se deslizara de su vaina. Resonó con estrépito en el suelo.
Esa noche, Stalin alzó su copa después de la cena y dijo: «Propongo un brindis – dijo- por el modo más rápido de justicia para todos los criminales de guerra de Alemania. Brindo por nuestra unidad para despacharlos tan pronto los cojamos, a todos, y debe de haber unos cuantos de ellos». Algunas fuentes dicen que propuso la ejecución de 50.000 oficiales de la Wehrmacht para destruir el poder militar alemán para siempre. Churchill se puso de pie encolerizado y declaró que el pueblo británico jamás «apoyaría tal asesinato en masa». Nadie sería ejecutado sin un juicio justo, dijo, y acto seguido se marchó. Stalin, divertido por la reacción que había provocado, fue detrás de él.
Colocando ambas manos sobre sus hombros, aseguró que había estado bromeando y con sus zalamerías hizo que Churchill regresara.
La conferencia de Teherán determinó la estrategia aliada para el resto de la guerra. El plan de Churchill para invadir a través de los Balcanes fue vetado por razones militares fundamentadas. El esfuerzo principal de los Aliados occidentales se había dedicado al noroeste de Europa. Pero este esfuerzo estratégico lógico dejaba el destino de Europa central y oriental enteramente en manos de Stalin. Churchill, con una fuerte sospecha de las consecuencias, no podía hacer nada. Los sacrificios del Ejército Rojo y el terrible sufrimiento de los civiles rusos permitieron a Stalin manipular a los Aliados occidentales mediante una especie de
culpa por la sangre pues sus pérdidas habían sido mínimas en comparación. Varios historiadores que trazan un mapa o esquema del surgimiento de la Unión Soviética como superpotencia han señalado correctamente la victoria de Stalingrado como la base del éxito de Stalin en Teherán.
Stalin, aprovechando su nueva aura de gran estadista, y como una deliberada concesión a Roosevelt, había anunciado la abolición del Komintern el 15 de mayo de 1943. Era un peón fácil para fingir un sacrificio. Georgi Dimitrov se quedó en su lugar, dirigiendo un Komintern recortado con un diferente nombre: la Sección Internacional del Comité Central. Entretanto, la victoria soviética en Stalingrado había sido el impulso más grande imaginable para la propaganda comunista en todo el mundo. Era una inspiración aún para aquellos que habían perdido la fe después de la inquisición estalinista en la guerra civil española o el pacto nazi-soviético de 1939. La historia exaltó a escultores, pintores, novelistas y poetas de izquierda como Pablo Neruda, que en su Nuevo canto de amor a Stalingrado, escribió un poema de amor internacional a la ciudad cuyo nombre había traído esperanza al mundo.
Para los prisioneros alemanes capturados en Stalingrado, el futuro era proporcionalmente desolador. Algunos todavía soñaban con una gran contraofensiva que los liberaría, se convencían de noche de que podían escuchar los cañones de un ejército avanzando. Eran los que con menos probabilidad sobrevivían a los años en los campos de prisioneros de
guerra, construidos según las normas de la NKVD con un perímetro rodeado de vallas de diez filamentos horizontales de púas.
La cautividad era un destino tan inseguro como el combate. También compartía las ironías de la guerra. Dibold, el doctor austriaco de la 44ª
división de infantería, se sorprendió cuando tres nuevos pacientes ingresaron en el hospital cárcel. Este trío, que parecía compuesto de judíos, usaba uniformes alemanes con águilas y esvásticas. Uno de ellos sonrió ante su confusión. «Doctor, el milagro del siglo XX: un judío soldado de Adolf Hitler». Eran de un batallón de trabajo húngaro. Sus carceleros rusos los habían vestido con ropa de los almacenes capturados.
Aunque las raciones de los campos de prisioneros habían mejorado en el verano de 1943, eran todavía desiguales, variando según el campo. Las raciones eran con frecuencia robadas por los oficiales de intendencia corruptos que las cambiaban por vodka, o por los guardias cuyas familias recibían apenas más que los prisioneros alemanes. El maltrato provenía en su mayor parte de la falta de imaginación, la incompetencia monumental y, sobre todo, de la tolerancia rusa para el sufrimiento que la doctrina marxista-leninista había logrado explotar con tanto éxito.
Nada, sin embargo, era previsible. Los prisioneros daban testimonio de cómo los guardas, al ver una foto de sus hijos, se suavizaban. En el hospital cárcel en las afueras de Stalingrado, después de que los presos se habían habituado a la idea de que los hombres eran asesinados o dejados morir en la marcha, los guardas rusos inexplicablemente perdonaron a tres prisioneros recapturados después de un intento inútil de huir.
Incluso cuando las condiciones mejoraron en la primavera de 1943, la tasa de mortalidad en la mayoría de hospitales prisión era por los menos del 1 por 100 al día. Los problemas eran todavía enormes, especialmente en la región de Stalingrado, con la palabra, la tuberculosis, la hidropesía y el escorbuto sumados a otras enfermedades. Una doctora soviética dijo a sus colegas alemanes que los civiles en Stalingrado estaban sufriendo más de escorbuto que los prisioneros alemanes, pero dio permiso para que fueran enviados en cuadrillas a recolectar yerbas y otras plantas verdes de las cuales los doctores alemanes, en sus dispensarios, hicieron concentrados vitamínicos. La inventiva de los doctores de prisioneros de guerra produjo brillantes improvisaciones. Uno creó a partir de restos de metal un tensiómetro para medir la presión sanguínea. Los doctores manufacturaron su propia vacuna contra el tifus, que consistía en inyectar un extracto de piojos machacados. Se recogió cualquier artículo de seda para hacer hilo quirúrgico y se hicieron escalpelos con tapas de lata afiladas.
Los prisioneros, de pronto convertidos en una clase marginal, tenían que aprender rápidamente. Hurtaban y creaban un buen número de ingeniosos cacharros. También aprendieron a sacar todo el provecho posible de sus raciones, por ejemplo, tostaban las espinas de pescado de la sopa en una estufa, y luego las molían. Algunos cometieron terribles equivocaciones. En Ilmen, los prisioneros reducidos a comer juncos y cicuta de agua murieron rápidamente como consecuencia de ello. Y uno de los prisioneros que logró robar un poco de mantequilla en la cocina
murió con horribles dolores porque su estómago estaba desacostumbrado a las grasas.
La pobre dieta, añadida a las muchas semanas de inanición en el Kessel, era la razón principal por la que los pacientes de los hospitales de prisioneros no se recuperaban. Perdieron casi todo el cabello, y los músculos del cuello se les vovieron demasiado débiles para aguantar la cabeza. Aquellos que estaban muriendo rehuían la luz del día, como si se prepararan para una perpetua oscuridad.
La muerte podía con frecuencia ser una liberación, como el sueño para los exhaustos. Varios murieron de modo bastante repentino, precisamente cuando los doctores pensaban que había superado lo peor.
Los enfermos compartían las camas por el calor, aun cuando al despertar algunos se encontraron junto a un cadáver. Algunos habían sucumbido con rapidez. Helmuth Groscurth murió de tifus el 7 de abril de 1943 en el campo de oficiales de Frolovo, donde murieron 4.000 de 5.000
prisioneros. Pasaron tres años antes de que su familia recibiera la noticia de su muerte. Kurt Reuber murió el 20 de enero de 1944 en el campo de Yelabuga, sólo unas pocas semanas después de que hubiese dibujado otra Virgen para Navidad con las mismas palabras:
«Luz, vida, amor».
Unos pocos, habiendo sobrevivido a lo peor, de pronto se suicidaban inesperadamente. En un hospital de prisioneros, un oficial se despertó para encontrar a un amigo en la cama próxima sentado inmóvil. Había
conseguido matarse «clavándose una larga astilla de vidrio de una ventana rota en el corazón».
Incluso los comparativamente sanos tenían poca esperanza de sobrevivir. Sus raciones (tales como el mijo sin moler que pasaba directamente a través del estómago) les daban pocas fuerzas para el trabajo pesado que la NKVD intentaba extraer de ellos mediante los programas de trabajo estajanovista. El materialismo, tal como uno de ellos lo decía, significaba que «el hombre era sólo otro material» para ser utilizado y descartado. Los prisioneros eran utilizados como animales de tiro. Primero tenían que edificar sus propios campos en el bosque casi virgen. No se les permitía tener chozas sino sólo búnkeres de tierra que se inundaban en primavera y otoño. Una vez que el campo se establecía, llevaban una vida de duro trabajo, talaban y arrastraban troncos, y a veces cortaban turba para combustible de invierno. Aquellos que fueron retenidos en el área de Stalingrado, reconstruyeron la ciudad y recobrando los barcos hundidos en el Volga, fueron después puestos a trabajar, junto con otros prisioneros del Gulag, excavando para la joya estalinista, el canal del Volga-Don.
Poco después de su triunfo en Stalingrado, el estado soviético hizo planes para socavar el régimen nazi y reemplazarlo con un estado comunista títere. Los prisioneros de todos los rangos fueron divididos en
«antifascistas» y «fascistas».
En la primavera y el verano de 1943, los oficiales de alta graduación fueron trasladados de un campo en Krasnogorsk al monasterio de Suzdal, y entonces a lo que parecía su base semipermanente: el campo 48 en Voikovo, un viejo mesón y casa de salud, que era apodado «el castillo» a causa de su relativo lujo. La NKVD trasladó al implacable Schmidt lejos de Paulus, porque era visto como una mala influencia.
El departamento de la NKVD a cargo de los prisioneros de guerra organizó una organización aglutinante, el Comité Nacional por una Alemania Libre. Para dirigirla, los hombres de Beria utilizaron a sus dóciles comunistas alemanes. Dos meses después, otro grupo, la Liga de Oficiales Alemanes, fue establecido para atraer a los antinazis que deseaban apoyar al Comité Nacional.
El mayor general Melkinov, vicepresidente del departamento, controlaba estas actividades. Aunque también era parte del imperio de Beria, Melnikov también trabajó estrechamente con la Sección Internacional del Comité Central. Dimitri Manuilski, antiguo espía de Stalin en el Komintern con especial responsabilidad para los asuntos alemanes, había recibido otro informe de vigilancia, que puede explicar su curiosa visita a Stalingrado durante la última parte de la batalla, cuando Chuikov le negó el permiso para cruzar al margen occidental.
El 19 de agosto de 1943, tres generales de Stalingrado, Seydlitz, Lattmann y Korfes, que habían sido identificados por los interrogatorios como probables colaboradores, fueron llevados de Voikovo a un «centro
de reeducación» en Lunovo. Seydlitz parece haberse sentido emocionalmente abrumado por lo que consideraba era un cambio colectivo de opinión de muchos oficiales, todos deseando salvar a Alemania del Apocalipsis hitleriano. Se veía a sí mismo como su jefe natural.
A inicios de septiembre, Melnikov envió a Seydlitz, Korfes y Lattmann de regreso a Voikovo para atraer a otros generales de Stalingrado. Su llegada a una hora tardía de la noche sacó a los generales de sus habitaciones en pijama, intrigados por saber qué era todo aquel alboroto.
Pero cuando Seydlitz anunció dramáticamente que este era el día del
«nuevo Tauroggen», el general Strecker se apartó furioso. Y al día siguiente, cuando Seydlitz y Lattmann los animaron a unirse en un llamamiento a una revuelta contra el régimen de Hitler, Strecker, Sixt von Arnim, Rodenburg y Pfeffer los acusaron encolerizados de traición.
Seydlitz, sin embargo, consiguió atraer a los generales Edler von Daniels, Drebber y Schlömer.
Seydlitz en su indignación moral contra Hitler y la convicción de que tenían que unirse a la corriente de la historia para salvar Alemania, no logró percibir el peligro. Habían dejado ver su oposición al régimen nazi tan tarde que los Aliados nunca los escucharían ni les darían la palabra en el destino de su país. Entretanto, sus organizadores (Seydlitz no parece siquiera haberse dado cuenta de que Melnikov pertenecía a la NKVD) simplemente los explotarían en función de los intereses soviéticos.
Los documentos soviéticos muestran que el 17 de septiembre de 1943, Seydlitz, como presidente de la Liga de Oficiales Alemanes, presentó un plan al general Melnikov que proponía organizar un cuerpo de ejército de 30.000 hombres con aquellos capturados en Stalingrado. «Según la idea de Seydlitz –Melnikov informó a Beria-, este cuerpo daría la base para el nuevo gobierno después del derrocamiento de Hitler».
«Seydlitz –agregaba Melnikov- se considera un candidato para el puesto de comandante en jefe de las fuerzas armadas de la Alemania Libre en el futuro». Por lo visto también prometía preparar un plan para la campaña de prensa y de radio «enviando hombres a la retaguardia alemana para convencer a los comandantes de división de unirse a nuestro bando y organizar acciones conjuntas contra el régimen de Hitler». Seydlitz enviaría mensajes a «sus amigos personales, al comandante del frente central, Von Kluge, y al general Thomas, que es responsable del estado mayor del cuartel general de Hitler».
Seydlitz, acompañado por los generales Lattmann y Korfes, y el coronel Günter van Hooven, presentó su plan el 22 de septiembre.
Esperaba que las autoridades soviéticas lo ayudaran a formar «un pequeño ejército de prisioneros de guerra que podrían se utilizados por un nuevo gobierno alemán para tomar el poder». Pidió un estado mayor del ejército, dos estados mayores de cuerpos, cuatro divisiones completas, cuatro escuadrones de cazas y un grupo de reconocimiento aéreo: en total siete generales, 1.650 oficiales y 42.000 soldados. Seydlitz no parece
haber tenido la menor idea de la tasa de mortalidad de los prisioneros de Stalingrado después de la rendición.
En una reunión posterior, Seydlitz recomendó «que todos los contingentes deberían ser llevados por aire a Alemania, quizá a Berlín».
El oficial de la NKVD allí presente señaló «las dificultades técnicas de enviarlos por aire a Alemania, pero Von Seydlitz replicó que tocaba a los rusos arreglar los detalles«. El general Korfes, sin embargo, no ocultaba su exasperación con tales quimeras. «Es absolutamente utópico – dijo-pensar que tosas estas unidades pueden ser transportadas por aire».
Agregó: «Los comandantes de las fuerzas aéreas rusas consideran tal propuesta como una prueba de que los generales alemanes son unos fantaseadores». {30}
Seydlitz parece haber sido ajeno a la rabia y a los malos sentimientos que sus compañeros y él despertaban. Los oficiales que se oponían encarnizadamente a los antifascistas establecieron una corte de honor, sentenciando a aquellos que habían colaborado con los rusos a sufrir el vacío a perpetuidad. En un gesto de desafío, comenzaron a utilizar el saludo del brazo alzado. Esta polarización hacía la vida muy difícil para aquellos que no deseaban tener nada que ver ni con los «antifascistas» ni con los partidarios de Hitler. Un teniente se vio obligado a dormir en el suelo durante varias semanas porque los grupos rivales no le permitían usar una litera.
En febrero de 1944, la aviación rusa comenzó a lanzar octavillas sobre Alemania y las tropas de la línea del frente, firmadas por Seydlitz y sus colegas. La Gestapo proporcionó un informe urgente para Himmler verificando que la firma de Seydlitz era auténtica. El general Gille de las Waffen SS, cuyas tropas en el saliente de Cherkassi fueron inundadas por octavillas del Comité Nacional, envió copias a Alemania.
También pasó cartas personales dirigidas a él por los generales Seydlitz y Korfes, que habían sido enviadas a su sección del frente por Shcherbakov. La letra fue analizada por la Gestapo y confirmada otra vez como auténtica.
Las octavillas causaron pánico. Hitler convocó a Himmler a una reunión, después envió al general Schmundt con una declaración de lealtad para que la firmaran los mariscales de campo. Incluso esto no fue suficiente para tranquilizarlo. El 19 de marzo, Rundstedt, Rommel, Kleist, Busch, Weichs y Manstein fueron llamados de sus puestos al Berghof para pronunciar un mensaje condenando al general Von Seydlitz- Kurzbach, «el despreciable traidor a nuestra santa causa», y subrayar su apoyo a Hitler.
El departamento de Melnikov, por otra parte, comenzó a tener dudas.
El reclutamiento fue disminuyendo, mientras que los esfuerzos propagandísticos no habían convencido ni a una unidad importante, pese a que la Wehrmacht estaba sufriendo derrotas masivas. Seydlitz atribuyó
«la ausencia de éxito significativo» a «la falta de inclinación de los
alemanes a la revolución, a un sistema de violencia policial, a la completa supresión de la opinión, a la ausencia de cualquier organización de resistencia capaz, y al miedo absoluto a la derrota y a sus consecuencias, estimulado por mucho tiempo por el miedo al bolchevismo». Pese a estos fracasos, todavía deseaba que la Unión Soviética «reconociera oficialmente» al Comité Nacional como a un gobierno interino. Pero Dmitri Manuilski, en un giro típicamente estalinista, advirtió que el memorándum de Seydlitz, «redactado de un modo tortuoso» era un
«intento provocador» de «perjudicar nuestras relaciones con nuestros aliados». No hay duda – escribió- que la relación del Comité Nacional por el gobierno soviético provocaría en Gran Bretaña y Estados Unidos una campaña entera dirigida a mostrar que la posición de la Unión Soviética era pro alemana». El pacto Mólotov-Ribbentrop evidentemente proyectaba largas sombras en la memoria soviética. Manuilski sospechaba que Seydlitz estaba siendo manipulado por el general Rodenburg y el «antiguo jefe de inteligencia militar», coronel Van Hooven (que era de hecho un oficial de transmisiones).
La paranoia estalinista empeoró. En mayo de 1944, Weinert, el presidente del Comité Nacional, envió tres oficiales alemanes para realizar propaganda para el Ejército Rojo. Dos de ellos, el capitán Stolz y el teniente Willimzig, se negaron a hacer lo que les ordenaban. Fueron llevados de regreso a Moscú bajo estrecha vigilancia para ser interrogados por Weinert, Ulbricht, el general Von Seydlitz y el general Lattmann. Al cabo de cuatro días dijeron haber confesado ser «miembros de una
organización fascista dentro de la Liga de Oficiales Alemanes». Ambos fueron arrestados por la NKVD como agentes dobles que trabajaban para los nazis, y llevados para un nuevo interrogatorio. Otros oficiales alemanes, incluido el general Rodenburg, fueron arrestados y
«confesaron» a su vez. Manuilski, pretendiendo que sus anteriores sospechas
de
una
conspiración
estaban
justificadas
ahora,
inmediatamente dio la orden de que todos los oficiales alemanes fueran retirados del servicio de propaganda en el frente. Claramente Stalin había decidido que no valía la pena que sus esfuerzos fallidos le causaran problemas con los Aliados occidentales en este momento de la guerra, en que necesitaba toda su ayuda.
Seydlitz en este momento sufría una fuerte depresión. En un intento de reforzar su moral, los oficiales de la NKVD le hicieron una torta de cumpleaños con cuatro rosas de mazapán que representaban a sus cuatro hijas. Pero como todos los maniaco-depresivos, también experimentaba arranques irracionales de optimismo. El intento de asesinar a Hitler el 20
de julio pudo haber sido un fracaso, pero la consiguiente represión de la Gestapo reveló el nivel de oposición existente en el ejército alemán en la misma Alemania. Incluso Strecker, al oír de la ejecución del mariscal de campo Von Witzleben, fue convencido a firmar un llamamiento contra Hitler, pero todavía despreciaba a Seydlitz.
El 8 de agosto de 1944, Beria informó triunfante a Stalin de que Paulus había firmado por fin una declaración al pueblo alemán. El llamamiento de Paulus al grupo de ejércitos del norte a que se rindieran fue
enteramente redactado por la NKVD «según las instrucciones del camarada Shcherbakov» y firmado el 21 de agosto por Paulus y veintinueve generales prisioneros.
Las declaraciones de Paulus desataron de nuevo la furia de Hitler por haberlo ascendido a mariscal de campo. La sospecha del Führer de que cedería ante sus captores soviéticos parecía haberse confirmado. Sin embargo, es evidente que Paulus, después de casi un año y medio en prisión, no había tomado esta decisión de improviso. Su hijo Friedrich, un capitán, había muerto en Anzio en febrero de 1944, y sin duda había empezado a ver su deber de un modo diferente. Deseaba contribuir a acortar una guerra perdida y aminorar el número de muertes sin sentido.
Su otro hijo, Ernst Alexander, también capitán, fue arrestado siguiendo el decreto Sippenhaft. Ese otoño la Gestapo comunicó a su madre rumana, Elena Constante Paulus, que siempre había desconfiado de los nazis, que sería perdonada si renunciaba a su nombre. Se dice que les volvió la espalda desdeñosamente. Fue arrestada y retenida en un campo.
Paulus, aislado de noticias fiables, pidió reunirse con un miembro del Comité Central «que pudiera explicarles los principios de la política soviética hacia una Alemania conquistada». Él «y los demás generales prisioneros tenían una grave responsabilidad llamando al derrocamiento del gobierno de Hitler y por tanto tenían el derecho moral a conocer la posición del gobierno soviético respecto a Alemania».
Expresó su esperanza de que Alemania pudiera salvarse de la aniquilación durante una serie de entrevistas en febrero de 1945, con el teniente general Krevemko, el jefe del departamento de la NKVD para prisioneros de guerra, y Amiak Zajarovich Kobulov, que dirigía la tercera dirección del Ministerio de Seguridad del Estado. (Kobulov, el residente de la NKVD en Berlín antes del lanzamiento de la operación Barbarroja, había manejado la sala de tortura y ejecución de Dekanozov en la embajada soviética). «Debería mencionarse –escribieron Krivemko y Kobulov en su informe a Beria- que con las operaciones militares realizadas en el territorio alemán, los ánimos de los generales alemanes prisioneros de guerra están muy bajos. El general de artillería Von Seydlitz estaba sumamente perturbado con las noticias de la reunión de los jefes de las tres potencias [en Yalta]. Seydlitz declaró que parecía como si Alemania fuera a ser dividida entre EE.UU., Gran Bretaña, la URSS y Francia. Alemania quedaría hecha jirones y la mejor salida sería unirse a la URSS “como la decimoséptima república soviética”».
Cuando las noticias de la rendición incondicional de Alemania llegaron a Moscú el 9 de mayo de 1945, y una salva de mil cañonazos atronaba monótonamente desde el Kremlin, Strecker refirió que él y sus colegas sufrieron «una depresión espiritual … al escuchar los anuncios rusos de la victoria y las canciones de los soldados soviéticos borrachos».
Para los rusos, por otra parte, era el final estupendo pero triste de una pesadilla que había empezado cuatro años antes y costado al Ejército Rojo casi 9 millones de muertos y 18 millones de heridos. (Sólo 1,8
millones de prisioneros de guerra regresaron vivos de más de 4,5
millones hechos por la Wehrmacht). Las bajas civiles son más difíciles de calcular, pero se piensa que fueron cerca de 18 millones, con lo cual el total de muertos de la Unión Soviética supera los 26 millones, lo que sobrepasa más de cinco veces el total de los muertos alemanes en la guerra.
En 1946, Paulus apareció como testigo en el juicio de Núremberg. La prensa soviética se refería a él como «el fantasma de Stalingrado».
Después fue hospedado en una villa en Moscú, donde jugaba a los naipes y escribía su versión de los acontecimientos. Había envejecido rápidamente y su tic nervioso estaba peor que nunca. En 1947, su esposa murió en Baden-Baden, sin haber vuelto a ver a su esposo. Uno sólo puede especular sobre sus sentimientos sobre el desastre que la batalla de Stalingrado había significado para Rumanía, su país de origen, así como para su propia familia.
En noviembre de 1947, cuando la guerra fría se estaba intensificando rápidamente, las autoridades soviéticas decidieron que aquellos considerados culpables de crímenes de guerra bajo el ukase del 13 de abril de 1943, «sin tener en cuenta su estado físico», serían enviados a trabajos forzados a Voluta en el extremo norte de los Urales. Los antiguos miembros de las SA, las SS, guardas de campos, de la policía secreta de campaña y la Feldgendarmerie (en algunos casos incluso de las Juventudes Hitlerianas) fueron transferidos a campos de «régimen
especial». La definición de crímenes de guerra abarcaba desde atrocidades contra los civiles hasta el robo de pollos y forraje para los caballos.
Como la futura estructura de la República Democrática Alemana (DDR) comenzó a formarse en la zona de la Alemania ocupada por los soviéticos, se les asignó un papel a algunos altos oficiales, incluidos Lattmann, Korfes, Müller y Steidle, varios de los cuales se unieron a la Volkspolizei. La conversión del general Arno von Lenski al comunismo significó que fuera escogido como miembro del Politburó. El coronel Adam, todavía un compañero de viaje, fue nombrado para un puesto en el dócil Partido de la Unidad Social. El general Von Seydlitz, sin embargo, perdió en todos sentidos.
En 1949, otra oleada de purgas estalinistas asoló la Unión Soviética.
Los prisioneros de guerra alemanes de pronto se encontraron ante juicios fabricados por «crímenes de guerra». La guerra fría, después del sitio de Berlín Occidental, estaba en su momento más volátil. El as de los pilotos de guerra, Erich Hartmann, fue acusado de destruir aviones, propiedad del gobierno soviético. El general Strecker fue llevado de nuevo a Stalingrado, donde una corte marcial lo encontró culpable de destruir la fábrica de tractores, aun cuando su cuerpo no había estado en modo alguno cerca del lugar hasta el final de la batalla, cuando hacía mucho tiempo que estaba en ruinas. Como la mayoría de acusados durante esta oleada, fue sentenciado a muerte, pena que le fue conmutada por veinte años de prisión. El teniente Gottfried von Bismarck fue condenado a
veinte años de trabajos forzados porque los prisioneros de guerra rusos habían trabajado en su propiedad familiar en Pomerania. En julio de 1950, el general Von Seydlitz, completamente desengañado y amargado, fue arrestado y sentenciado a veinticinco años de prisión como criminal de guerra y «general reaccionario revanchista».
Los prisioneros menos controvertidos encontraron una cierta paz, con frecuencia gracias a la compasión de las mujeres rusas. En algunos casos, esto formaba parte de una vieja tradición. Por delante del campo de prisioneros de Kamshkovo, entre Moscú y Gorka, pasa el Vladimirskaia, antiguo camino por el cual los exiliados zaristas eran llevados a Liberia.
Los campesinos habían salido a darles agua o incluso a cargarles los bultos a lo largo del camino. Una humanidad parecida, no afectada por la ideología, todavía existía.
El doctor austriaco Hans Dibold se sintió hondamente conmovido por la simpatía de los rusos cuando uno de sus más respetados oficiales médicos, el doctor Richard Speiler, del hospital Weizsäcker en Heidelberg, cayó súbitamente enfermo a inicios de la primavera de 1946.
Había sobrevivido al tifus, y a la difteria en el campo de Ilmen. Al principio sus colegas estaban convencidos de que tenía malaria. En realidad era una infección de la sangre que había cogido en el trabajo.
Sus colegas se sentían atormentados por la idea de que su diagnóstico equivocado lo estaba llevando a la muerte. Le dieron sulfonamidas y lo último que les quedaba de penicilina. Los dos asistentes rusos del
dispensario también entregaron lo que les quedaba de la penicilina que había sido asignada a los pacientes rusos, pero murió a pesar de todo.
El cementerio del hospital estaba cerca de un camino de pinos chatos y arbustos de juníperos a cada lado. Detrás estaba el bosque. Los doctores rusos vinieron a darle el último adiós y el comandante permitió a los colegas de Speiler organizar el funeral en el cementerio del bosque tal como quisieron. Speiler había regresado a la fe cristiana en sus últimos días. Los doctores rusos, sin prestar atención a las posibles reacciones de un comisario, también asistieron al funeral, oficiado por un pastor alto y frágil. Para los supervivientes del VI ejército presentes ese día, el oficio
«era válido no sólo para el difunto aquí presente, sino para todos los que yacían más allá, y para aquellos otros más al sur, en Stalingrado y en la estepa entre el Don y el Volga, y a quienes ninguna palabra cristiana había acompañado en su último descanso».
Desde 1945, unos 3.000 prisioneros de Stalingrado habían sido liberados, fuera individualmente o en tandas, y se les había permitido volver a sus casas, generalmente porque eran considerados inútiles para el trabajo. En 1955, había todavía 9.626 prisioneros alemanes de guerra, o
«criminales de guerra convictos» como los definió Jruschov, de los cuales unos 2.000 eran supervivientes de Stalingrado. Estos prisioneros fueron finalmente liberados después de la visita del canciller Honrad Adenauer a Moscú en septiembre de 1955. Entre ellos estaban los generales Strecker, Seydlitz, Schmidt y Rodenburg, y el teniente Gottfried von Bismarck, que, casi trece años antes, había volado al Kessel para reunirse con su
unidad después de la cena con el mariscal de campo Von Manstein. Sólo el haber sobrevivido, escribió, era «razón suficiente para estar agradecido al destino».
Seydlitz, cuando concluyó su viaje de regreso en Friedland bei Göttingen, sabía que se enfrentaría a un futuro difícil en la atmósfera de la guerra fría. En abril de 1944, había sido condenado in absentia como traidor y todas sus propiedades habían sido confiscadas. Este dictamen fue revocado por un tribunal en 1956, pero el nuevo Bundeswehr rehusó devolverle el rango y la pensión. El hecho de que hubiera colaborado con el enemigo comunista lo ponía a los ojos de muchos en un grupo diferente al de aquellos que habían intentado asesinar a Hitler, aun cuando el general Achim Ester, uno de los pocos que sobrevivieron a la conspiración de julio, reconocía a Seydlitz como perteneciente a sus filas.
Como su antecesor de la caballería, murió siendo «un hombre muy infeliz».
Cuando en los años de posguerra se hurgó en los acontecimientos históricos, las recriminaciones mutuas por el sacrificio del VI ejército se hicieron cada vez más amargas. Schmidt, que en contra de las expectativas de Hitler se había negado siempre a colaborar con sus carceleros, se mantuvo ferozmente hostil a los oficiales del movimiento por la Alemania Libre. El coronel Adam, que lo había acusado de forzar a Paulus a luchar hasta el fin, fue tratado en cambio mordazmente como
«pensionista de la zona ocupada por los soviéticos».
Paulus, en Alemania del Este, trataba vanamente de defenderse de las acusaciones de haber sido servil con Hitler e indeciso. Después de su liberación de la prisión, en el otoño de 1953, vivió en la zona soviética, donde escribió página tras página explicando la situación en que se encontró. Una enfermedad larga y penosa lo llevó a la muerte en Dresde en 1957. Su cuerpo fue llevado al oeste, y enterrado junto al de su mujer, en Baden-Baden.
Su adversario en Stalingrado, el general Chuikov, cuyo 62º ejército había seguido el largo camino hasta Berlín como el 8º ejército de guardias, se convirtió en el comandante de las fuerzas de ocupación, mariscal de la Unión Soviética y ministro de Defensa bajo Jruschov, que lo había nombrado esa noche de septiembre de crisis junto al Volga. Los miles de soldados soviéticos ejecutados en Stalingrado por orden suya nunca recibieron una tumba señalada. Quedaron perdidos en la estadística entre las demás bajas de la batalla, lo que en cierto modo es un acto involuntario de justicia.
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