Stalingrado

Graeme Simsion · Capítulo 23 de 29

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Stalingrado

22 - «Un mariscal de campo alemán no se suicida con un par de tijeras de uñas»

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«Un mariscal de campo alemán no se

suicida con un par de tijeras de uñas»

Cada vez que los aviones de la Luftwaffe los sobrevolaban, los hombres alzaban la vista con ansia y continuaban mirando fijamente el cielo después de que el punto minúsculo hubiera desaparecido. «Con pesadumbre –escribió un soldado- calvábamos la mirada en los aviones alemanes y pensábamos cuán maravilloso sería que pudiéramos volar lejos de este infierno en que nos habían abandonado». Después de la captura del aeródromo de Gumrak en las primeras horas de la mañana del 22 de enero, sólo una puñado de aviones habían conseguido aterrizar el la pequeña pista aérea de Stalingradski. El «puente aéreo», y con ello la última vía de escape, se había derrumbado.

El suministro ahora dependía de botes lanzados en paracaídas, «las bombas de vituallas», pero pese a que el VI ejército pidiera botes rojos, la Luftwaffe continuaba usando el blanco. El sistema de lanzamiento cada vez más se hacía a la buena de Dios porque a pocas unidades les quedaban tableros de reconocimiento y el VIII cuerpo aéreo perdió contacto radial con el cuartel general del VI ejército el 24 de enero. Hube hizo que se transmitiera el mensaje a los soldados en las ruinas de Stalingrado de que, al oír un motor de un avión, deberían echarse en el

suelo nevado en forma de cruz para indicar «soldados alemanes aquí».

Cuando la luz o la visibilidad eran deficientes, disparaban bengalas de aviso en el aire para guía de los aviones que se aproximaban, pero los rusos de los alrededores inmediatamente disparaban bengalas de color parecido al cielo para confundir a los pilotos. Los fuertes vientos también empujaban muchos cargamentos al otro lado de las líneas a manos enemigas. Algunos hombres estaban tan desesperados que se arriesgaban tratando de recuperarlos a campo abierto. Los francotiradores rusos los mataban de uno en uno con facilidad. En las ruinas de Stalingrado, soldados alemanes hambrientos intentaban emboscar a los soldados soviéticos sólo para conseguir su bolsa de pan.

La caída de Gumrak había significado aun otro terrible trayecto para los heridos, muchos de los cuales habían sido ya transferidos de Pitomnik, al no haber podido encontrar un lugar en un avión allí.

«Hombres heridos desfallecidos iban penosamente hacia las ruinas de la ciudad –relataba un superviviente- gateando como animales salvajes de cuatro patas, con la esperanza de encontrar algún auxilio».

Las condiciones en los hospitales improvisados en Stalingrado eran incluso más espantosas que en Gumrak, pues cerca de 20.000 heridos se apretujaban en sótanos bajo las ruinas de la ciudad, por no decir nada de los enfermos, de los que podía haber un total de 40.000. Unos 600

hombres muy malheridos llenaban los sótanos del teatro de Stalingrado sin luz ni servicios sanitarios. «Quejidos, gritos de auxilio y oraciones –

escribió un doctor de la 60ª división de infantería motorizada- se

mezclaban con el tronar del bombardeo. Un olor paralizante de humo, sangre y el hedor de las heridas llenaba el salón». No había más vendas, ni medicina ni agua limpia.

Una serie de doctores de las unidades de la línea del frente recibieron órdenes de ayudar en la red de túneles del barranco del Tsaritsa. Este complejo, como las galerías de una mina, ahora contenía más de 3.000

soldados heridos o enfermos graves. Cuando llegó a prestar sus servicios, al doctor Hermann Achleitner le vino a la mente el verso de Dante: «Al entrar aquí dejad toda esperanza». Los montones de cadáveres congelados le impresionaron mucho. Dentro, la imagen de infierno se acentuaba con las improvisadas lámparas de aceite que eran la única fuente de iluminación. Respirar el aire fétido, sin oxígeno, era desagradable. Fue recibido por gritos lastimosos de «Dadnos algo de comer». Los pacientes recibían sólo una fina rebanada de pan rancio al día. Los doctores lo convertían en una especie de sopa, que calentaban y hacían alcanzar un poco más. La falta de vendas era grave para los casos de congelamiento agudo. «Con frecuencia – anotó- los dedos de pies y manos se quedaban en las viejas y asquerosas vendas, cuando las cambiábamos». El despiojamiento era imposible. Los camilleros que cambiaban las vendas encontraban una masa gris trepando de las muñecas y brazos de los pacientes a las suyas. Cuando un hombre moría, se podía ver a los piojos dejando su cuerpo en masa en busca de carne fresca. Los doctores hacían lo que podían para aislar los casos de tifus tan pronto como eran diagnosticados, pero sabían que no pasaría mucho tiempo antes de que

tuvieran una epidemia entre las manos. A un joven soldados alemán que contemplaba la miseria a su alrededor, se le oyó murmurar: «No deben saber nunca en Alemania lo que está ocurriendo aquí».

La retirada de la estepa, mientras el Kessel era aplastado por los ejércitos de Rokossovski, hizo que el número de alemanes hacinados en la ciudad arruinada llegara a 100.000 hombres. Muchos, si no la mayoría, con los rostros teñidos de amarillo verdoso, sufrían de disentería, ictericia y otras enfermedades.

La reacciones de los civiles de Stalingrado no eran siempre hostiles, como los heridos de la 297ª división de infantería descubrieron. «Dos mujeres de Stalingrado frotaron mis piernas heladas durante una hora para contrarrestar los efectos del congelamiento agudo –escribió un oficial-. Una y otra vez decían: “Tan joven y sin embargo ya está muriéndose”». El mismo grupo de soldados se sorprendió de encontrar a varias mujeres rusas en una casa medio arruinada. Acababan de hornear un poco de pan, y aceptaron intercambiar una barra por un pedazo de carne de caballo helada.

Los regimientos y las divisiones no tenían en absoluto ningún significado. La 14ª división blindada tenía menos de ochenta hombres capaces de combatir. Apenas si quedaba un solo tanque o armamento pesado con municiones. En esa situación desesperada, la disciplina comenzaba a relajarse. La resistencia continuó en buena parte por miedo a la venganza rusa, después de que Paulus se negara a rendirse.

Sin la amenaza de cañones antitanque, los T-34 soviéticos aplastaron los fosos y los artilleros por igual bajo sus orugas. Los búnkeres y los edificios fortificados fueron destruidos con un cañón de campaña disparado casi a bocajarro. Los soldados alemanes padecían ahora de una terrible sensación de impotencia, imposibilitados de hacer algo por sus camaradas heridos o incluso por sí mismos. Su propio avance despiadado del anterior verano parecía pertenecer a un mundo completamente distinto. El 25 de enero, Paulus y el coronel Wilhelm Adam, uno de los altos oficiales de su estado mayor, recibieron heridas leves por la explosión de una bomba. El general Moritz von Drebber se rindió con parte de la 297ª división de infantería a 5 km al sudoeste de la desembocadura del Tsaritsa. Se dice que el coronel soviético que vino a recibir su rendición había preguntado: «¿Dónde están sus regimientos?»

Moritz von Drebber, según esta versión emitida por radio dos días después en una emisora soviética por el novelista Theodor Plievier, otro comunista alemán de la «emigración a Moscú», echó un vistazo al puñado de hombres a su alrededor, deshechos por la extenuación y el congelamiento, y repuso: «¿Tengo realmente que explicarle, coronel, dónde está mi regimiento?».

El oficial médico en jefe del VI ejército, el general Renoldi, fue uno de los primeros generales en entregarse. (La inteligencia del Ejército Rojo oyó primero como resultado del interrogatorio que Paulus estaba en un estado de colapso). Algunos generales, sin embargo, adoptaron un papel activo. El reemplazo de Hube, el general Schlömer, recibió un disparo en

el muslo, y el general Von Hartmann, de la 71ª división de infantería, fue muerto de un tiro en la cabeza. El general Stempel, comandante de la 357ª división de infantería, se mató de un tiro, como hicieron una serie de oficiales a medida que el enemigo tomaba el sur de Stalingrado hasta el río Tsaritsa.

El 26 de enero al amanecer, los tanques del 21º ejército se encontraron con la 13ª división de guardias fusileros de Rodimtsev en el norte del Mamaev Kurgan, cerca de los asentamientos de los trabajadores de Octubre Rojo. Como era de esperar la escena fue emotiva, especialmente para el 62º ejército de Chuikov, que había estado luchando por su cuenta casi cinco meses. «Los ojos de los curtidos soldados se llenaron de lágrimas de alegría al encontrarse», escribió Chuikov. Las botellas iban y venían en una intensa celebración. El Kessel de Stalingrado fue separado en dos, con Paulus y la mayoría de los altos oficiales aislados en la bolsa más pequeña al sur, y el XI cuerpo del general Strecker en la parte norte de la ciudad alrededor de la fábrica de tractores de Stalingrado. Su único vínculo con el mundo exterior era el aparato de radio de la 24ª división blindada.

En los dos días siguientes, los rezagados, los heridos y los afectados por la neurosis de guerra, así como los grupos de combate aún activos, alemanes y rumanos, retrocedieron a la bolsa cada vez más reducida del sur, donde Paulus y Schmidt habían establecido un nuevo cuartel general, bajo los grandes almacenes Univermag de la Plaza Roja. El último símbolo de la ocupación alemana era la bandera de la esvástica

que colgaba de un asta improvisada atada al balcón sobre la entrada principal. Los restos del 194º regimiento de granaderos del coronel Roske proporcionaban la fuerza defensora. Roske fue ascendido a general como nuevo comandante de la extinguida 71ª división de infantería.

El creciente número de altos oficiales que se rendían significaba que el 7º departamento del frente del Don, responsable de la «propaganda operativa», estaba más ocupado que nunca. Tantos prisioneros habían sido traídos para interrogarlos desde que comenzó la ofensiva que era difícil seleccionar a los «más interesantes».

El capitán Diatlenko recibió un mensaje que le ordenaba volver de inmediato al cuartel general del Don. Otro general alemán capturado había sido traído para ser interrogado. Diatlenko sabía que valía la pena dedicar tiempo al recién llegado, el general Edler von Daniels. La búsqueda en las valijas de correo del avión de transporte derribado a inicios del mes había tenido como hallazgo las cartas en forma de diario que Daniels había escrito a su esposa. Daniels, como la mayoría de prisioneros recién capturados, estaba en un estado vulnerable. Como interrogador experimentado, Diatlenko sabía que la mejor táctica era la más inesperada. Preguntó a su prisionero indirectamente sobre su «bebé del Kessel» entonces lo desconcertó mostrándole las cartas y papeles que Daniels pensaba estaban seguros en Alemania.

«Herr General –Diatlenko recuerda haberle dicho-, por favor, le devuelvo sus papeles. Son de su propiedad y puede guardarlos en su

archivo familiar cuando vuelva a casa después de la guerra». Al parecer Daniels se sintió vencido por la gratitud. Acepto el té, las galletas y los cigarrillos rusos, y luego «respondió nuestras preguntas». Diatlenko lo retuvo hasta la noche. Después de un pausa para cenar, continuó hasta medianoche.

En muchas ocasiones, un acercamiento tan refinado no era necesario.

La confusión psicológica y la rabia por la derrota producían docilidad, si no colaboración, de los oficiales que se sentían personalmente traicionados, y también culpables hacia sus hombres por haberles garantizado las promesas de salvación del Führer. Durante el interrogatorio, generalmente se preocupaban de hacer observaciones denigrantes sobre Hitler y el régimen. Llamaban a Goebbels «el pato cojo» y lamentaban amargamente que el obeso Goering no empezara una

«dieta de Stalingrado». Pero realmente les parecía a sus captores rusos que estos generales habían reconocido el carácter verdadero de su Führer sólo cuando habían experimentado la forma traicionera en que se había comportado con ellos y el VI ejército. Pocos entre ellos definían como criminales su persona o sus políticas cuando avanzaban en Rusia y se estaban cometiendo atrocidades tan cerca de las líneas del frente que debieron de haber sido ellas, si no eran en algunos casos directamente responsables.

A partir de estas entrevistas con oficiales capturados, el cuartel general del frente del Don se formó la firme impresión de que Paulus «estaba bajo una gran tensión, desempeñando un papel al que se le había

forzado». Cada vez estaban más convencidos de que Paulus era virtualmente un prisionero de guerra en su propio cuartel general, custodiado por el jefe de su estado mayor. Diatlenko no tenía dudas de que Schmidt era «los ojos y el brazo derecho del Partido Nazi» en el VI ejército, porque los oficiales capturados informaban de que «Schmidt mandaba el ejército e incluso al propio Paulus».

El coronel Adam, cuando fue interrogado después por Diatlenko, le dijo que Schmidt había sido quien dio la orden de que los emisarios de la tregua fueran enviados de regreso. (Diatlenko no reveló que él había sido uno de ellos). Los altos oficiales del VI ejército habían sido muy conscientes del contenido de la bolsa de hule. En la mañana del 9 de enero, cuando Diatlenko y Smislov esperaban en el búnker, habían leído durante el desayuno las octavillas lanzadas por los aviones rusos con el texto del ultimátum. Esa misma mañana, el general Hube había volado al Kessel después de visitar a Hitler, con la orden de que no debía haber rendición. Según Adam, esto había reforzado la posición intransigente del general Schmidt en el cuartel general del VI ejército.

El 29 de enero, la víspera del 10º aniversario de la ascensión de Hitler al poder, el cuartel general del VI ejército envió un mensaje de felicitación desde su ruinoso sótano:

«¡Al Führer! El VI ejército felicita al Führer en el aniversario de su ascensión al poder. La bandera de la esvástica todavía flamea en Stalingrado. Que nuestra lucha sea un ejemplo para las generaciones

presentes y futuras para que nunca se rindan en situaciones desesperadas de modo que Alemania logre la victoria al final. Heil mein Führer!

Paulus».

Este mensaje, grotesco en tales circunstancias, parece haber sido redactado y enviado más probablemente por el general Schmidt. Las palabras tienen su tono. Paulus, en ese momento, estaba enfermo de disentería, sacudido por los acontecimientos y desmoralizado, de modo que no es difícil imaginarlo asintiendo cuando le mostraron el mensaje.

Groscurth, por ejemplo, había informado en una carta no mucho antes:

«Paulus está en un estado de desintegración moral y física».

El 30 de enero, el día del aniversario, Goering emitió un mensaje radiofónico desde el Ministerio del Aire, comparando el VI ejército a los espartanos en las Termópilas. Este discurso no fue bien recibido en Stalingrado, donde fue escuchado por radio. El hecho de que fuera Goering, entre todos, quien estaba pronunciando «nuestro propio sermón fúnebre», añadía sal a la herida. Gottfried von Bismarck definió el efecto como «macabro». En los sótanos del teatro de Stalingrado, que estaba atestado de heridos, la voz de Goering fue reconocida de inmediato.

«Subid el volumen», gritó alguien. «¡Apagad!», gritaron otros maldiciéndolo. La transmisión finalizó con la 5ª sinfonía de Bruckner.

Algunos oficiales bromeaban amargamente que el «suicidio de los judíos»

en la cumbre de Masada podría haber sido una comparación más exacta

que la de las Termópilas. Hitler contaba en efecto con un suicidio masivo, sobre todo de los altos oficiales.

El discurso de Hitler fue pronunciado por Goebbels más tarde en el día del aniversario, habiendo sido retrasado por lo bombardeos de la RAF.

Sonaba con amargo desafío, pero la retahíla de autojustificaciones era demasiado gruesa para esconderla. Dedicó una sola frase a Stalingrado, el desastre que proyectaba una sombra sobre el día de celebración del régimen: «La lucha heroica de nuestros soldados en el Volga debería ser una exhortación a que todos hagan lo máximo en la lucha por la libertad de Alemania y el futuro de nuestra nación, y en un sentido más amplio por la preservación de toda Europa». Era la primera admisión de que a partir de entonces la Wehrmacht estaría luchando para evitar la derrota.

Al día siguiente, Hitler, como para compensar cualquier sensación de desastre, creó no menos de cuatro nuevos mariscales, incluido Paulus.

Era el grupo más grande de ascensos de alto nivel desde la victoria sobre Francia. Cuando llegó la noticia anunciando su ascenso a gran mariscal de campo, Paulus adivinó enseguida que se le había brindado una copa de cicuta. Exclamó ante el general Pfeffer en la última conferencia de generales: «No tengo ninguna intención de pegarme un tiro por este cabo bohemio». Otro general dijo al interrogador de la NKVD que Paulus había dicho:

«Parece una invitación al suicidio, pero no le haré ese favor». Paulus desaprobaba instintivamente el suicidio. Cuando escuchó que algunos de

sus hombres estaban optando por un «suicidio de soldado» (subirse sobre las trincheras esperando ser alcanzado por los disparos del enemigo), dio órdenes de prohibir dicha práctica.

Hitler no estaba, por supuesto, preocupado por salvar vidas, estaba interesado en crear poderosos mitos. Claramente suponía que los altos oficiales de su ejército seguirían el ejemplo del almirante Lütjens en el Bismarck, una fantasía sin duda alentada por las noticias de las muertes de los generales Von Hartmann y Stempel.

La reducción de la bolsa sur continuaba rápidamente. En enero, las tropas soviéticas habían penetrado directamente en el mismo centro de la ciudad. En los sótanos donde la masa principal de alemanes se refugiaba del frío y del fuego de la artillería, había un ánimo de desesperación y aterrorizada anticipación. En el antiguo cuartel general de la NKVD, se veía el cielo invernal a través de la cúpula rota. El suelo de piedra estaba cubierto de escombros y ruinas, y la estructura en forma de jaula de las escaleras y barandas estaba torcida. Una bandera de la Cruz Roja en la entrada encolerizó a un oficial alemán de infantería, que la veía como una señal de rendición. Fue al sótano, donde los doctores continuaban operando a la luz de una lámpara de gas del hospital de campaña, mientras esperaban que llegaran los rusos. Demacrado y con los ojos enloquecidos, el oficial los amenazaba con una metralleta: «¿Qué está pasando aquí?

¡No habrá rendición! ¡La guerra sigue!». Muchos hombres estaban desequilibrados por la tensión del combate y las alucinaciones debidas a una grave desnutrición. Los sótanos estaban llenos de hombres delirando.

El doctor Markstein, de Dantzig, sólo se encogió de hombros: «Este es un centro de socorro», dijo. El guerrero demente no les disparó, desapareció como un fantasma en la penumbra sin decir más».

Cuando el 25 de enero, el general Von Seydlitz, en el mismo edificio, dejó a sus comandantes de división en libertad para que decidieran si se rendían o no, Paulus lo relevó de su puesto de mando y puso todas las divisiones de Seydlitz bajo el mando del general Walter Heitz, comandante del VIII cuerpo. Heitz emitió una orden de que todo el que intentara rendirse fuera ejecutado. Como Seydlitz y más de una docena de otros oficiales se rindieron (incluidos los generales Pfeffer, Korfes y Sanne) les dispararon ráfagas de ametralladora desde las líneas alemanas cuado los rusos los llevaban. Seydlitz aseguró más tarde que dos oficiales alemanes fueron mortalmente heridos de resultas de la «orden apocalíptica» de Heitz.

El general Heitz, sin embargo, al dar la orden «Lucharemos hasta la penúltima bala», no parece haberse incluido a sí mismo ni a su cuartel general en este gesto retórico. Un oficial bajo su mando advirtió que su estado mayor, casi seguro con su consentimiento, había ya preparado banderas blancas.

El coronel Rosenfeld, comandante del 104º regimiento antiaéreo de la Luftwaffe, adoptó la retórica esperada por el régimen. «La bandera de la esvástica flamea sobre nuestras cabezas», señaló en la noche del 30 de enero. «La orden de nuestro supremo comandante en jefe será seguida hasta el final. ¡Viva el Führer!». Esa noche el cuartel general del VI ejército envió un aviso, advirtiendo que los comandantes individualmente se estaban rindiendo porque su tropas no tenían más municiones, pero también adoptaron gestos parecidos a los de Rosenfeld, asegurando que estaban «escuchando el himno nacional por última vez con el brazo en alto con el saludo alemán». Otra vez esto suena más como el estilo de Schmidt que como el de Paulus. Cualquiera que fuera la verdad, pocos soldados tenían ganas o la energía para compartir tales emociones. «Durante esa noche del 30 de enero –recordaba un sargento-cada hombre estaba preocupado por sus propios pensamientos, por la corrosiva incertidumbre, por las penosas heridas y el congelamiento, por la familia y por su destino». Especialmente, los oficiales suponían que serían ejecutados. Muchos se arrancaron las insignias de su rango.

Esa misma noche, el general Voronov, en su izba en el cuartel general del frente del Don, se despertó con el pánico de un inquieto sueño. La idea repentina de que Paulus podría escapar en un avión que aterrizara sobre el hielo del Volga. La reacción de Stalin a la pérdida de tal presa no era evidentemente difícil de imaginar. Saltó de la cama de inmediato y telefoneó para ordenar que cañones a lo largo del margen oriental de Stalingrado apuntaran al hielo como precaución.

A la mañana siguiente, el 31 de enero de 1943, el 64º ejército de Shumilov había asegurado prácticamente todo el centro de Stalingrado.

Los edificios y los sótanos arruinados habían sido despejados con granadas y lanzallamas. La Plaza Roja fue sometida a un intenso bombardeo de mortero y artillería, antes de que los soldados rusos avanzaran hacia los grandes almacenes de Univermag. Los granaderos restantes de Roske, que estaban sobre el cuartel general de Paulus, situado en el sótano, finalmente depusieron sus armas. A las 7.35 el capitán Behr del estado mayor de Milch recibió el aviso: «Rusos en la entrada. Nos preparamos para rendirnos». Diez minutos después, cuando el teniente Fiador Ilchenko bajó al atestado y apestoso sótano, llegó el mensaje:

«Nos rendimos». Behr entonces pasó el mensaje al cuartel general de Manstein en el grupo de ejércitos del Don. De regreso a Alemania, el comunicado oficial anunciaba:

«En Stalingrado la situación no ha cambiado. El ánimo de los defensores está intacto».

Los oficiales del estado mayor del cuartel general del general Shumilov llegaron a discutir los términos de la rendición con el general Schmidt en el sótano. Paulus estaba en el salón adyacente, mientras Adam lo mantenía informado de cada paso. No es claro si se trataba de un ardid para permitirle a Paulus distanciarse de la rendición, o un ejemplo más de Schmidt manejando los hechos porque Paulus estaba en un estado de

virtual colapso. Finalmente, dos horas después de la aparición del teniente Ilchenko, el general Laskin llegó para recibir la rendición formal de Paulus; antes él, Schmidt y Adam fueron llevados al cuartel general de Shumilov por un coche del estado mayor, tal como, al parecer, había insistido el general Roske. Como sus soldados, los tres hombres que salieron a la luz del sol tenían barbas incipientes, aunque sus rostros no estaban tan cadavéricos como los de aquéllos. El coronel Adam, notó Vasili Grossman, tenía las orejas de su ushanka [gorra de piel] bajadas

«como las orejas de un perro con pedigrí que acaba de salir del agua». Los camarógrafos de los noticiarios estaban esperando para registrar el acontecimiento.

Aquellos que estaban todavía en los sótanos del centro de la ciudad esperaban que los soldados del Ejército Rojo aparecieran.

Encañonándolos con su metralletas ordenaron a los alemanes que lanzaran sus armas en un rincón y salieran en fila. Los vencidos se preparaban para la cautividad envolviendo los andrajos de uniforme despedazados alrededor de sus botas. Algunos soldados alemanes decían

«Hitler kaputt!» en señal de rendición. Los soldados rusos podían contestar «Kamaraden, Krieg kaputt! Paulus kapituliert!», pero la mayoría de las veces gritaban: «Faschist!» o «Fritz! Komm! Komm!».

Cuando las tropas soviéticas entraron en los sótanos del teatro, dieron la orden:

«Quienes puedan caminar, que salgan para ser conducidos a un campo de prisioneros». Aquellos que se pusieron en camino supusieron que los heridos serían atendidos. Sólo después descubrirían que el Ejército Rojo operaba según el principio de que aquellos prisioneros que no podían caminar fueran liquidados donde yacían.

En uno o dos casos, la rabia y la desesperación produjo una mezcla explosiva. En el edificio de la NKVD, todos los alemanes suponían que serían ejecutados en represalia, después de que un oficial, que había escondido su pistola, repentinamente disparó contra un mayor ruso a quemarropa, y luego volvió el arma contra sí mismo. De algún modo, el momento de ira entre las tropas rusas pasó y los prisioneros fueron perdonados.

La rendición de Stalingrado generó una atmósfera volátil en la que el destino de un alemán era absolutamente imprevisible. Los soldados soviéticos, fuera deliberadamente o por accidente, incendiaron el hospital improvisado lleno de heridos en las barracas de zapadores cerca del aeródromo. Dos oficiales de las baterías antiaéreas de la Luftwaffe, que habían sido escoltados a una habitación en el piso superior por soldados rusos, que creían que los parches rojos del cuello de sus uniformes indicaban un alto rango, escaparon saltando por las ventanas destrozadas.

Cayeron en la letrina, y cuando los soldados aparecieron listos para matarlos, el teniente más joven salvó ambas vidas al pensar rápido con

aguda psicología. Le dijo a su compañero que se bajara los pantalones. Los rusos se rieron y los perdonaron. No podían matar a hombres con los pantalones bajados.

El departamento de la NKVD estaba buscando hiwis y también «perros fascistas», con los que querían decir «SS, Gestapo, tropas de blindados y Feldgendarmerie». Una serie de soldados alemanes, identificados erróneamente como SS, que se rieron de la sugerencia, fueron empujados a un lado y ejecutados con metralletas. Al parecer los soldados de una división siberiana del Ejército Rojo giraron el rostro con desagrado para no ver el espectáculo. El mismo relato, basado en el interrogatorio seis meses después de una oficial de la inteligencia soviética por la policía secreta de campaña, registra la ejecución de un grupo de veintitrés hiwis.

La búsqueda de hiwis por la NKVD era implacable. Cualquier hombre con uniforme alemán incompleto se arriesgaba a ser muerto en el acto, como descubrió un comandante de batallón de la 297ª división de infantería. «Los soldados soviéticos de pronto nos detuvieron, y debido a que carecía de uniforme y gorra, querían ejecutarme como un hiwi. Sólo me salvé gracias al conocimiento del ruso de un doctor».

Un considerable número de hiwis se mantuvieron leales a los alemanes hasta el fin. En las ruinas de Stalingrado justo antes de la rendición, unos soldados de la 305ª división de infantería estaban muriéndose de hambre.

Los hiwis que estaban con ellos desaparecieron, y pensaron que habían visto al último de ellos, pero los rusos volvieron después con comida para

ellos. Dónde la habían encontrado, no lo dirían. La lealtad de estos rusos no fue siempre correspondida, sin embargo. Poco antes de la rendición, un oficial fue preguntado por el suboficial: «¿Qué haremos con nuestros ocho hiwis? ¿Debo matarlos?». El teniente, pasmado ante tamaña sangre fría, rechazó la idea. Le dijo a los hiwis que se ocultaran o se escabulleran lo mejor que pudieran. Estaban librados a su suerte.

El destino de los hiwis capturados al final de la batalla de Stalingrado es todavía oscuro, en parte porque los archivos de la 10ª división de la NKVD permanecen estrictamente cerrados. No hay manera de saber cuántos murieron durante las diez semanas del cerco y las últimas tres semanas de intensa lucha. Algunos fueron ejecutados al ser capturados, un puñado fueron utilizados como intérpretes e informantes, luego casi con seguridad asesinados después, pero la mayoría fueron llevados por la NKVD. Incluso los miembros de la inteligencia del Ejército Rojo no sabía lo que había pasado después. Pudieron muy bien haber sido masacrados (existen relatos de hiwis capturados que fueron golpeados hasta la muerte, antes que ejecutados a tiros, para ahorrar municiones), pero a inicios de 1943 en régimen soviético deseaba aumentar la cantidad de trabajo esclavo, especialmente cuando estaba transfiriendo prisioneros del Gulag a las compañías shtraf. La solución de hacer trabajar a los hiwis hasta matarlos ofrecía con certeza una venganza más brutal ya que prolongaría su sufrimiento. Por otra parte, tanto Stalin como Beria estaban tan obsesionados con la traición que sólo una muerte inmediata podía satisfacerlos.

Durante los últimos días de la batalla, las autoridades militares soviéticas se sentían cada vez más ansiosas por impedir que pequeños grupos escaparan de la red. Tres oficiales alemanes con uniformes del Ejército Rojo, dirigidos por un teniente coronel, fueron capturados el 27

de enero. Un teniente ruso de un regimiento de tanques acorraló a otros dos oficiales, y fue herido cuando éstos le dispararon. De los nueve o diez grupos que se estimaba habían roto el cerco, ninguno parece haber escapado, pero entonces el grupo de ejércitos del Don había sido forzado a retroceder más allá del río Donets, a más de 320 km del Kessel. Hay, sin embargo, una historia no corroborada y poco convincente de un soldado que lo logró, pero que murió al día siguiente cuando una bomba cayó en el hospital de campaña donde los atendían a causa del agotamiento y el congelamiento. Se dice que otros trataron de escapar hacia el sur en plena estepa y buscaron refugio entre los kalmiks, que habían sido amistosos, pero los propios kalmiks, como otros numerosos pueblos de la regiones del sur de la Unión Soviética, pronto atrajeron la venganza de la NKVD de Beria.

Se dice que los soldados rusos de las unidades de la línea del frente, especialmente las divisiones de guardias, fueron más correctos en su trato que las unidades de segunda línea. Pero algunos soldados bebidos que celebraban la victoria mataron a prisioneros, pese a las órdenes contrarias. Incluso los miembros de las formaciones de elite rápidamente despojaron a sus prisioneros de relojes, anillos y cámaras, así como de las apreciadas latas de aluminio con rancho de la Wehrmacht. Muchos de

estos objetos serían luego intercambiados por vodka. En algunos casos, se le quitaban un par de botas buenas a un prisionero para darle un par de botas deterioradas. Un doctor perdió su apreciado ejemplar de Fausto, una edición de bolsillo encuadernada en cuero impresa en papel de biblia, que un soldado ruso deseaba para hacerse cigarrillos majorka. Las mantas también les fueron arrebatadas de la espalda, a veces sólo por la satisfacción de la venganza ya que los alemanes habían tomado las ropas de abrigo de tantos civiles rusos.

Cuando los demacrados prisioneros salían tambaleándose de los sótanos y búnkeres, con las manos en alto en señal de rendición, sus ojos buscaban una pieza de madera que pudiera servirles de muleta. Muchos sufrían de un congelamiento tan extremo que apenas podían caminar.

Casi todos habían perdido no sólo las uñas de los pies, sino los dedos también. Los oficiales soviéticos observaron que los soldados rumanos estaban en un peor estado que los alemanes. Al parecer sus raciones habían sido reducidas antes en un intento de mantener la fuerza alemana.

Los prisioneros se mantenían cabizbajos, sin atreverse a mirar a sus guardas ni a la ronda de demacrados civiles que habían salido de las ruinas en un número sorprendente. Por todas partes, disparos esporádicos rompían el silencio del antiguo campo de batalla. Los tiros dados en los búnkeres sonaban amortiguados. Nadie sabía si cada detonación significaba el fin de un soldado encontrado escondiéndose, de

uno que había ofrecido resistencia de alguna manera, o de un soldado gravemente herido que había recibido el tiro de gracia.

Estos soldados derrotados del VI ejército, sin armas ni cascos, encasquetándose gorros de lana o usando solamente harapos envueltos alrededor de la cabeza para evitar el congelamiento, temblando en sus abrigos inadecuados con cables que hacían las veces de cinturones, fueron conducidos en largas filas. Un grupo de supervivientes de la 297ª

división de infantería se encontró con un oficial ruso, que señalando alrededor les gritó: «¡Así se verá Berlín!».

El mariscal de campo Paulus, acompañado por el teniente Lev Beziminski, de la inteligencia del Ejército Rojo, era conducido desde el cuartel general del 64º ejército en el coche de su propio estado mayor al cuartel general del frente del Don fuera de Zavarikino, a unos 80 km de Stalingrado. Schmidt y Adam le seguían escoltados en otro coche. Les mostraron sus alojamientos, otra izba de planta pentagonal. Un destacamento permanente de guardas bajo el mando del teniente C. M.

Bogomolov los esperaba. Los otros «generales de Stalingrado» fueron traídos a otra izba cercana, donde eran vigilados por el teniente Spekto y un pelotón de hombres.

Bogomolov y sus hombres, agudamente conscientes del momento histórico, miraban a sus prisioneros con fascinación. Paulus por su alta estatura tuvo que agacharse para entrar. Siguiendo el ejemplo Adam, había dejado la gorra del uniforme por una ushanka. Todavía usaba el

uniforme de capitán general. Paulus fue seguido por el general Schmidt y el coronel Adam, quien impresionó a sus guardas con su «conocimiento bastante bueno del ruso». El soldado chófer de Paulus vino al final trayendo sus pesadas maletas. El mercedes del estado mayor pasó rápidamente a poder del general W. I. Kazakov, el comandante de la artillería del frente.

Paulus y Schmidt ocuparon la habitación interior de la izba, mientras que el coronel Adam y la escolta ocuparon el cuarto exterior. Se le unieron dos agentes de la NKVD enviados por Beria de Moscú. Después por la noche llegaron el general Malinin, el jefe del estado mayor del frente, y el coronel Yakimovich, un alto oficial del estado mayor.

Beziminski, actuando como intérprete, informó a Paulus y a Schmidt de que su tarea era buscar en su equipaje «artículos prohibidos», que incluían todos los objetos de metal afilados. Schmidt estalló: «Un mariscal de campo alemán no se suicida con un par de tijeras de uñas». Paulus, que estaba agotado, le hizo ademán con mano de que no se molestara, y les entregó sus adminículos de afeitar.

Poco antes de la medianoche, se le dijo a Paulus que los comandantes del Ejército Rojo estaban reunidos ahora y esperaban entrevistarlo. El teniente Yevgeni Tarabrin, el oficial que hablaba alemán de la NKVD

enviado para escoltarlo dondequiera que fuese, escucho a Paulus susurrarle a Schmidt, mientras éste le ayudaba a ponerse el abrigo: «¿Qué debo decir?».

«Recuerda que eres un gran mariscal de campo del ejército alemán», se dice que Schmidt le habría susurrado. Lo más sorprendente y más significativo para los oídos de la inteligencia del Ejército Rojo fue que el oficial ruso informó de que Schmidt tuteaba a su superior.{27}

Sólo una hora y media antes de que la reunión comenzara, el capitán Diatlenko de la NKVD recibió órdenes de presentarse en la izba utilizada por el mariscal Voronov, que acababa de ser ascendido por Stalin. «Bien, capitán –Voronov lo saludó afablemente-. Sin duda recuerda usted la vez en que el viejo no quiso recibirlo. Bueno, ahora nos visita él mismo. Y

usted va a recibirlo a él».

Voronov estaba sentado a la mesa con el general Rokossovski, el comandante del frente, y el general K. F. Telegin, el comisario del frente.

Un fotógrafo apareció usando una chaqueta de piloto forrada de piel.

Diatlenko estaba estupefacto de que éste tratara a Voronov con tranquila familiaridad. Resultó que era el cineasta de documentales Roman Karmen, que se había hecho amigo de Voronov durante la guerra civil española. Karmen enderezó la silla destinada a Paulus, para obtener las tomas correctas desde la puerta del dormitorio de Voronov. Sabía que el resultado sería utilizado para comunicar al mundo la gran victoria de la

Unión Soviética.{28}

La atmósfera era tensa en la izba de Voronov cuando llegó su

«huésped». El alto, delgado y encorvado Paulus presentaba una figura gris, con su uniforme «color ratón» y el rostro ceniciento por la tensión

nerviosa. Su cabello parecía estarse tornando de pimienta y sal, e incluso la barba le había crecido gris y blanca. Sólo cuando Paulus se acercó a la mesa, Voronov le indicó la silla vacía: «Siéntese, por favor», le dijo en ruso. Diatlenko se puso en pie y le tradujo. Paulus hizo una venia y se sentó. Diatlenko entonces le presentó a los dos comandantes soviéticos:

«¡El representante de la Stavka, mariscal de artillería Voronov; el comandante del frente del Don, el coronel-general Rokossovski!». Paulus se puso de pie bruscamente e hizo una ligera venia a cada hombre.

Voronov comenzó a hablar, haciendo pausas de modo que Diatlenko pudiera traducir. «Señor coronel general, es bastante tarde y usted debe de estar cansado. Nosotros también hemos estado trabajando mucho durante los últimos días. Por ello sólo hablaremos de un problema urgente».

«Perdone –interrumpió Paulus, desconcertando a Diatlenko-. Pero no soy coronel general. Anteayer , mi cuartel general recibió un aviso diciendo que había sido ascendido a gran mariscal de campo. Está también escrito en mis papeles de identidad militar». Tocó el bolsillo delantero de su guerrera. «No ha sido posible, sin embargo, cambiarme de uniforme dadas las circunstancias».

Voronov y Rokossovski se miraron con divertida ironía. El general Shumilov había ya informado al cuartel general del frente del Don del ascenso en el último minuto de Paulus.

-Bien, señor gran mariscal de campo –continuó Voronov-, le pedimos firmar una orden dirigida a la parte de su ejército que todavía resiste, diciéndoles que se rindan para evitar el inútil derramamiento de sangre.

-Sería indigno de un soldado –estalló Paulus antes de que Diatlenko hubiera terminado de traducir.

-¿Es posible decir –preguntó Voronov- que salvar las vidas de sus subordinados sea una conducta indigna de un soldado cuando el comandante mismo se ha rendido?-

-No me he rendido. Fui apresado por sorpresa.

Esta «ingenua» réplica no impresionó a los oficiales rusos, que sabían muy bien las circunstancias de la rendición. «Estamos hablando de un acto humanitario –siguió Voronov-. Nos bastarían sólo un par de días o incluso unas pocas horas para destruir el resto de sus tropas que continúa luchando. La resistencia es inútil. Sólo causaría la muerte innecesaria de miles de soldados. Su deber como comandante del ejército es salvar sus vidas, y con mayor razón porque usted ha salvado la propia al rendirse».

Paulus, que había estado jugando nerviosamente con el paquete de cigarrillos y el cenicero colocado en la mesa para su uso, eludió la pregunta apegándose a las fórmulas. «Aun cuando firmara esa orden, no obedecerían. Si me hubiera rendido, automáticamente habría dejado de ser su comandante».

-Pero hace unas horas usted era su comandante.

-Puesto que mis tropas se han dividido en dos grupos –insistió Paulus-, yo era comandante de la otra bolsa sólo en teoría. Las órdenes vienen separadas desde el cuartel general del Führer y cada grupo está comandado por un general diferente.

La discusión continuó «dando vueltas en círculos». El tic nervioso de Paulus era aún más pronunciado, y Voronov, sabiendo que Stalin estaba esperando oír los resultados en el Kremlin, también comenzó a mostrarse tenso. Su labio superior palpitaba, un legado del accidente automovilístico en Bielorrusia. Paulus, con sus tácticas de bloqueo, adujo que aun cuando firmara el papel, sería considerado como una falsificación. Voronov replicó que, en ese caso, traerían uno de sus propios generales para que fuera testigo de la firma, y éste sería enviado al Kessel del norte para garantizar su autenticidad. Pero Paulus, pese a lo poco convincente de sus argumentos, se aferró a su negativa a firmar.

Voronov finalmente tuvo que aceptar ya que seguir intentando persuadirlo era inútil.

«Debo informarle, señor gran mariscal de campo –tradujo Diatlenko-que al negarse a salvar las vidas de sus subordinados, está asumiendo una grave responsabilidad frente al pueblo alemán y al futuro de Alemania».

Paulus miró fíjamente la pared, deprimido y callado. En esta «actitud atormentada» sólo el tic en su rostro indicaba sus pensamientos.

Voronov finalizó entonces la entrevista preguntándolo a Paulus si su alojamiento era satisfactorio, y si necesitaba una dieta especial debido a su enfermedad. «La única cosa que me gustaría pedir –contestó Paulus- es que se alimente a los muchos prisioneros de guerra y que se les dé atención médica». Voronov explicó que «la situación en el frente dificultaba recibir a una masa tan grande de prisioneros y hacer frente a sus necesidades», pero que harían todo lo que pudieran. Paulus se lo agradeció, se puso de pie e hizo una ligera venia.

Hitler escuchó la noticia en el bien custodiado Wolfsschanze en lo profundo del bosque de Prusia Oriental, un lugar descrito una vez por el general Jodl como un cruce entre monasterio y campo de concentración.

No golpeó la mesa esta vez, miró fijamente en silencio su plato de sopa.

La voz y la ira le volvieron al día siguiente. El mariscal de campo Keitel y los generales Jeschonnek, Jodl y Zeitzler fueron todos convocados a una conferencia con el Führer al mediodía. «Se han rendido formal y absolutamente –dijo Hitler con airada incredulidad-.

De otro modo, habrían cerrado filas formando un erizo y se habrían pegado un tiro con el último cartucho. Cuando uno piensa que una mujer tiene el orgullo de irse, encerrarse y pegarse un tiro de inmediato sólo porque ha escuchado unos cuantos insultos, no puedo sentir ningún respeto por un soldados que teme esto y prefiere marchar al cautiverio».

«No puedo entenderlo yo tampoco –replicó Zeitzler, cuyo comportamiento en esta ocasión hace que uno se pregunte por las

garantías que dio a Manstein y otros de que había hecho todo cuanto había podido para convencer al Führer de la verdadera situación del VI ejército-. Soy de la opinión de que esto podría no ser cierto; quizá está tendido allá muy malherido».

Hitler seguía dando vueltas sobre el error de Paulus de no suicidarse.

Claramente esto había malogrado el mito de Stalingrado en su fantasía.

«Esto duelo mucho porque el heroísmo de tantos soldados queda anulado por un alfeñique sin carácter … ¿Qué es la vida? La vida es la nación. El individuo de cualquier modo debe morir … Lo que más me hiere personalmente, es que todavía lo ascendí a mariscal de campo. Deseaba darle esta última satisfacción. Podía haberse liberado de todo daño y ascendido a la eternidad y a la inmortalidad nacional, pero prefiere ir a Moscú».

El reducto septentrional, con los restos de las seis divisiones bajo el general Strecker, aguantó todavía. Strecker, con el cuartel general del XI cuerpo en la planta de tractores de Stalingrado, indicaba: «Las tropas están luchando sin armamento pesado y sin suministros. Los hombres se derrumban de cansancio. Muriéndose de congelamiento todavía sostienen sus armas. Strecker». Su mensaje era sólido, aunque evitaba notablemente los clichés nazis. Hitler, que lo recibió después de encontrarse con Zeitzler, respondió al caer la tarde: «Espero que el Kessel del norte resista hasta el fin». Para subrayar más este punto, emitió una directiva del Führer poco tiempo después: «El XI cuerpo del ejército debe

resistir hasta el fin para comprometer a cuantas fuerzas enemigas sea posible, con el objeto de facilitar las operaciones en otros frentes».

Los cuatro ejércitos soviéticos se habían trasladado rápidamente para aplastar el último reducto. Con una concentración de 300 cañones de campaña sobre 800 m, el distrito fabril fue aplastado otra vez. Todos los restantes búnkeres fueron destruidos a quemarropa, algunos con cañones de campaña, otros con lanzallamas, a veces con tanques que se dirigían y metían su cañón en una tronera.

Strecker creía que, sencillamente, para ayudar a Manstein, existía un propósito militar para el que era útil seguir luchando, pero rechazó expresamente cualquier idea de autodestrucción con fines de propaganda. En su opinión, no había duda dónde estaban los deberes de un oficial, como mostraba una conversación con un ayudante de regimiento poco antes del fin.

-Cuando llegue la hora –le tranquilizó el ayudante- nos suicidaremos.

-¿Suicidio? –exclamó Strecker.

-¡Sí, Herr General! Mi coronel se pegará un tiro. Creo que no deberíamos permitir que nos tomen prisioneros.

-Bueno, déjeme decirle algo. No se pegará un tiro, ni su coronel lo hará. Irá usted a prisión junto con sus hombres y hará todo lo que pueda para dar un buen ejemplo.

-¿Quiere usted decir … -los ojos del joven oficial se iluminaron- que no tengo que matarme?

Strecker pasó casi toda la noche del 1 de febrero en el cuartel general del regimiento de un antiguo amigo, el coronel Julios Müller. Un solo candil ardía en un rincón del búnker cuando el pequeño grupo presente hablaba del reciente combate, los antiguos amigos y la prisión que les aguardaba. «Nadie mencionaba todo el sufrimiento –Strecker anotó-, nadie hablaba con amargura». En las primeras horas de la mañana, Strecker se levantó. «Müller, tengo que irme –dijo-. Que Dios esté con usted y con sus hombres». Strecker se sentía muy entusiasmado con la definición de Dios como «el verdadero mariscal de campo» de Thomas Carlyle. Sin duda, su idea de cielo era un lugar de un orden militar perfecto.

«Cumpliremos nuestro deber, señor general», repuso Müller cuando se estrecharon la mano.

Strecker había ya rechazado las peticiones de sus comandantes de división de rendirse, pero a las cuatro de la madrugada del 2 de febrero, los generales Von Lenski y Lattmann pidieron a Strecker una vez más su autorización. Strecker se negó otra vez. Lenski entonces dijo que uno de sus oficiales había ya salido a negociar los términos con los rusos.

Strecker no veía razón para continuar. Groscurth y él redactaron su mensaje final. «El XI cuerpo del ejército con sus seis divisiones ha cumplido su deber hasta el último hombre en un duro combate. ¡Viva

Alemania!». Fue recibido por el grupo de ejércitos del Don. Strecker afirmó después que él y Groscurth habían omitido deliberadamente cualquier aclamación a Hitler, pero la versión registrada y después enviada a Prusia Oriental terminaba con «¡Viva el Führer!». Algunos debieron de haber pensado que era político hacer el mensaje más aceptable para la Wolfsschanze.

Cuando dos soldados rusos se asomaron titubeando a la entrada del búnker del comandante, Groscurth les gritó que llamaran a un general.

Strecker escribió después que muchos de sus propios soldados estaban

«apenas con vida».

Los periodistas extranjeros fueron llevados a una excursión por el distrito fabril unos pocos días después. «Nadie podía decir cuál había sido el relieve normal del terreno – escribió el corresponsal británico, Alexander Werth-. Se va arriba y abajo serpenteando una y otra vez.

Nadie podría decir si era una cuesta natural, o si era el flanco de una docena de cráteres hechos por las bombas que se habían fusionado en uno; en el fondo de las trincheras todavía yacían verdes, los alemanes, y grises, los rusos, además de otros fragmentos con forma humana, y había cascos de acero, alemanes y rusos, tirados entre las ruinas de ladrillo, y los cascos estaban medio llenos de nieve, Había alambradas con púas aquí, y minas medio ocultas, y casquetes de bombas, y más escombros, y restos de paredes, y tortuosas marañas de oxidadas vigas de acero. Cómo alguien pudo haber sobrevivido aquí era difícil de imaginar».

La mañana del 2 de febrero comenzó con una espesa niebla, que fue más tarde dispersada por el sol y un viento que batía la nieve polvo.

Cuando las noticias de rendición final se difundieron entre el 62º

ejército, bengalas de aviso fueron disparadas en el cielo en una demostración improvisada. Los marineros de la flotilla del Volga y los soldados del margen izquierdo cruzaron el hielo con barras de pan y latas de comida para los civiles que habían estado atrapados cinco meses en los huecos y sótanos.

Los grupos y los individuos que caminaban por allí abrazaban a aquellos con que se encontraban maravillados. Las voces quedaban amortiguadas en el aire helado. No escaseaban las figuras en el incoloro paisaje de ruinas, pero se sentía que la ciudad estaba abandonada y muerta. El final apenas si era inesperado, o incluso repentino, pero los defensores rusos encontraban difícil de creer que la batalla de Stalingrado hubiese terminado por fin. Cuando pensaban en ello, y recordaban a los muertos, su propia supervivencia los asombraba. De cada división enviada al Volga, sólo unos cuantos de cientos de hombres sobrevivieron. En toda la campaña de Stalingrado, el Ejército Rojo había sufrido 1.100.000 bajas, de las cuales 485.751 habían resultado mortales.

Grossman evocó los últimos cinco meses. «Pensé en el amplio camino polvoriento que llevaba al pueblo de pescadores en la orilla del Volga, un camino de gloria y muerte, y las columnas silenciosas que marcharon por él entre el asfixiante polvo de agosto, en las noches de luna de septiembre, entre las torrenciales lluvias de octubre, en medio de las

nieves de noviembre. Habían marchado con pasos pesados (los hombres de los antitanques, los ametralladores, los simples soldados rasos), habían marchado en un silencio lúgubre y solemne. El único ruido que venía de sus filas era el del metal de sus armas y de sus calculados pasos».

Lo que quedaba de la ciudad que había existido antes de que los bombardeos de Richthofen aparecieran en esa tarde de agosto era apenas reconocible. Stalingrado era ahora poco más que un esqueleto quemado y aporreado. Casi el único punto de referencia que quedaba en pie era la fuente con estatuas de niños y niñas danzando alrededor. Parecía un perturbador milagro después de que tantos miles de niños hubiesen perecido por doquier entre las ruinas.

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