Sueños de trenes
Capítulo 9
9
Durante el verano caluroso y sin lluvias de 1935, Grainier experimentó una breve temporada de lujuria sensual más intensa que ninguna que hubiera experimentado de joven.
En mitad de agosto pareció que la sequía de las últimas seis semanas estaba a punto de interrumpirse; se amasaron nubarrones de tormenta sobre todo el corredor septentrional y retuvieron el calor bajo su vientre mientras la atmósfera se humedecía y se preparaba; pero siguió sin llover. Grainier se sentía hecho de plomo, pesado y sin valor. Y solo. Ya hacía años que su perrilla de pelo rojizo no estaba con él; había envejecido y se había enfermado y se había internado en el bosque para morir sola, y él nunca la había reemplazado. Un domingo fue andando hasta Meadow Creek y se subió al tren que llevaba a Bonners Ferry. Los pasajeros del vagón bamboleante habían dejado abiertas las ventanillas, y todo aquel que tenía la suerte de estar sentado junto a una de ellas iba con la cara pegada a la brisa cargada de humedad. Los diversos pasajeros que se bajaron en Bonners se dispersaron sin decir palabra, como prisioneros apaleados. Grainier se dirigió al recinto de la feria del condado, donde unas cuantas personas ponían sus tenderetes los domingos y donde tal vez pudiera encontrar un perro.
En la calle Dos, la congregación metodista estaba cantando. No había más sonido en todo el pueblo de Bonners. Grainier seguía yendo a la iglesia muy esporádicamente, cuando le coincidía con un viaje al pueblo. Las veces que iba, la gente le hablaba con amabilidad y lo recordaba de la época en que había asistido de forma casi regular con Gladys, pero por lo general él siempre se arrepentía de ir. En la iglesia lloraba muy a menudo. Viviendo en el Moyea, con tantas pequeñas tareas para distraerse, se olvidaba de que era un hombre triste. Pero en cuanto arrancaban los himnos, se acordaba otra vez.
En la feria habló con un par de mujeres kootenai, una india de mediana edad y una muchacha a la que le faltaba poco para ser adulta. Iban vestidas para causar impresión, dos hechiceras mestizas con vestidos de ante azul con flecos y cintas para el pelo de las que colgaban plumas de cuervo, halcón y águila. Tenían una camada de cachorros muy lobunos en un saco de pienso y un lince en una jaula de mimbre. Estaban sacando a los cachorros uno por uno para exhibirlos. Un hombre se estaba alejando de ellas y diciéndoles:
—Ese perro hijo de lobo nunca se hará cristiano.
—¿Por qué es azul esa cosa? —les preguntó Grainier.
—¿Qué cosa?
—Esa jaula donde tenéis a ese viejo lince.
A una de ellas, la muchacha, se le veía bastante sangre blanca, y hasta pecas y el pelo de color pajizo. Cuando Grainier miró a aquellas dos mujeres, las constantes vitales se le cargaron de ansia y de miedo.
—No es más que pintura vieja para que no mordisquee la jaula. Al viejo lince le da asco —dijo la muchacha.
El animal tenía unas pezuñas enormes con matas de pelo que parecían plumas, como si llevara el mismo estilo de botas que sus captoras. La mujer mayor puso la pierna de tal forma que Grainier le pudiera ver la pantorrilla. Y se la rascó, dejando unas raspaduras largas y blancas sobre la piel.
La imagen le ofuscó tanto la mente a Grainier que antes de darse cuenta ya se había alejado trescientos metros de la feria, sin cachorro ni nada, y sin poder ver, durante largos minutos, nada que no fueran aquellas marcas blancas en la piel oscura de la mujer. Era consciente de que acababa de sucederle algo malo por dentro.
Como si sus vagos pensamientos lascivos hubieran hecho estallar el suelo bajo sus pies y lo hubieran arrojado a un foso de locura sexual universal, de pronto se dio cuenta de que el teatro Rex de la calle Mayor también había enloquecido. El escaparate delantero consistía en un largo cartel, impreso por el periódico local, que emitía lujuria a voz en grito:
Pase único jueves 22 de agosto
La película más atrevida del año
«Pecados de amor»
¡Nunca se ha visto nada parecido!
Vean: un parto natural
Un aborto
Una transfusión de sangre
Una operación de cesárea real
Si se desmayan con facilidad, ¡no entren!
En todos los pases hay enfermeras tituladas
En el escenario: modelos en directo, entre ellas
La señorita Galveston
Ganadora del famoso concurso de hermosura
De Galveston, Texas
Prohibida la entrada a menores de 16 años
Sesión matinal
Solo señoras
Sesión nocturna
Solo hombres
En persona
El profesor Howard Young
Dinámico conferenciante sobre sexo
Revelará datos atrevidos
La verdad sobre el amor
Información sin tapujos sobre pecados secretos
¡Nada de andarse con rodeos!
Grainier leyó varias veces el anuncio. Se le hizo un nudo en la garganta y las entrañas le empezaron a palpitar y a propagarle por los brazos y piernas un tembleque que, aunque ligero, lo convenció de que estaba provocando que la avenida entera se bamboleara como un bote de remo. Se preguntó si habría perdido el juicio y si debería empezar a visitar a un alienista.
¡Hermosura!
Avanzó a tientas hasta el andén cercano del ferrocarril, a través de una desorientadora bruma de deseo. Pecados de amor vendría al pueblo el jueves 22 de agosto. Junto a las puertas comunicantes del vagón de pasajeros que lo estaba llevando fuera del pueblo, colgaba un calendario que le indicaba que ese día era domingo, 11 de agosto.
En su casa del bosque lo estuvieron acosando los demonios más inmundos de su naturaleza. La señorita Galveston se dedicó a visitarlo en sueños. Se despertaba tocándose. No tenía calendario pero iba marcando con el bajo vientre el paso del tiempo que faltaba hasta el jueves 22 de agosto. De día se bañaba casi cada hora en el río helado, pero las noches lo volvían a llevar una y otra vez hasta Galveston.
La nube oscura que había en el cielo del noroeste, bullendo como si fuera un océano invertido, tapaba el sol, la luna y las estrellas. Hacía demasiado calor y humedad para dormir dentro de la cabaña. Se montó un camastro en el jardín y empezó a pasar las noches acostado en él, desnudo en medio de una oscuridad sin paliativos.
Después de muchas noches así, la nube se dispersó sin lluvia, el cielo se despejó y el sol salió por la mañana del 22 de agosto. Grainier se despertó cubierto de rocío en el jardín, calado de frío hasta el tuétano del hueso; sin embargo, en cuanto recordó qué día acababa de empezar, se le inflamó el tuétano como si fuera gelatina de queroseno, y se ruborizó con tanta intensidad que le afloraron lágrimas a los ojos y le empezó a moquear la nariz. Se puso a andar de inmediato en dirección al camino, pero enseguida dio media vuelta para ponerse a pasear frenéticamente por su parcela de tierra. No tenía agallas para presentarse aquel día en el pueblo, ni siquiera para coger el camino que llevaba al pueblo y dejarse ver así, derritiéndose de lujuria por la Reina de Galveston y deseoso de respirar su atmósfera, de inhalar sus vapores de sexo, pecado y hermosura. ¡Aquello lo mataría! ¡Lo mataría ver el espectáculo y lo mataría que lo vieran! En aquel teatro a oscuras lleno de voces sin cuerpo que daban información sin tapujos de los pecados secretos, él se moriría, se vería arrastrado al Infierno y torturado eternamente en sus partes íntimas ante el repulsivo y apestoso Presidente de toda la Hermosura. Y así se quedó: desnudo meciéndose de pie en el jardín.
Sus deseos debían de estar completamente fuera de lo natural; era el típico hombre capaz de aparearse con una bestia, o incluso —tal como lo había oído describir hacía mucho tiempo— de cepillarse a una vaca.
Tras doblar el recodo que llevaba detrás de su casa, se desplomó boca abajo y agarró la hierba parduzca. Perdió todo contacto con el mundo y no lo recuperó hasta que el sol bañó la casa y el calor le empezó a dar picores en el pelo. Se le ocurrió que tal vez un paseo le calmaría la sangre, de manera que echó a andar hacia el camino y luego por este hasta Placer Creek, a varios kilómetros de distancia, sin parar ni una vez. Subió hasta la cima del Deer Ridge, bajó por la ladera opuesta y volvió a subir hasta la cuenca del Canuck, se pasó horas enteras de caminata sin pausa, pensando únicamente: ¡Hermosura! ¡Hermosura! La hermosura será mi perdición, terminaré zampándomela igual que un perro se zampa un cadáver, revolcándome en ella igual que un perro, terminaré todo pringado y apestando a hermosura. ¡Oh, cómo puede Galveston permitir una exhibición de todo eso! ¡Cómo puede Galveston coger a una ramera de la hermosura y coronarla reina!
Al ponerse el sol, dejó de avanzar. Estaba de pie sobre un acantilado. Había encontrado el camino de vuelta hasta una especie de ruedo natural que rodeaba una masa de agua llamada lago Spruce, y ahora bajó la vista para ver el lago a docenas de metros más abajo, con la superficie plana igual de lisa y negra que la obsidiana, circundada de un anillo doble de árboles perennes y de sus reflejos. Más allá vio las Rocosas canadienses todavía iluminadas por el sol y coronadas de nieve, a un centenar de kilómetros de distancia, como si la tierra se encontrara todavía en plena creación y las montañas estuvieran extrayendo su sustancia de las nubes. Grainier nunca había visto un paisaje tan grandioso. Los bosques que llenaban su vida estaban tan densamente poblados y eran tan altos que por lo general le impedían ver lo lejos que abarcaba el mundo, pero ahora mismo le pareció claro que había las suficientes montañas como para que a todo el mundo le tocara la suya. La maldición lo había abandonado, y la infección de lujuria lo había abandonado para asentarse en uno de aquellos valles lejanos.
Avanzó con cuidado por entre las rocas del risco, llegó al lago ya en plena oscuridad y se echó a dormir allí, encogido bajo una manta que se había fabricado con ramas de píceas, sobre un lecho de píceas, agotado y cómodo. Aquella noche se perdió la exhibición de hermosura del Rex, y jamás supo si se había librado del desastre o si tenía que lamentar la pérdida.
Después de aquello Grainier se pasó dos semanas en casa, a continuación regresó al pueblo y se hizo con un perro, un macho de gran tamaño de los que se usaban en el lejano norte para tirar de los trineos, y que se convertiría en su amigo durante muchos años.
Grainier vivió más de ochenta años, hasta bien entrada la década de 1960. Durante su vida viajó en dirección oeste hasta quedarse a siete kilómetros del Pacífico, aunque jamás llegó a ver el océano, y en dirección este hasta la población de Libby, que ya estaba a sesenta kilómetros dentro de Montana. Tuvo una única amante —su mujer, Gladys—, fue propietario de media hectárea de tierra, dos yeguas y un carromato. Jamás se emborrachó. Jamás adquirió un arma de fuego ni habló por teléfono. Viajó habitualmente en tren, muchas veces en automóvil y una vez en avioneta. Durante la última década de su vida vio la televisión siempre que iba por el pueblo. Jamás averiguó quiénes eran sus padres y no dejó ningún heredero.
Casi todo el mundo de la región conocía a Robert Grainier, pero al fallecer mientras dormía, en algún momento de noviembre de 1968, se quedó muerto en su cabaña durante el resto del otoño, y todo el invierno, y nadie lo echó en falta para nada. Un par de excursionistas hallaron su cadáver en la primavera. Al día siguiente los dos regresaron con un médico, que extendió el certificado de defunción y, turnándose con una pala que encontraron apoyada en la cabaña, los tres cavaron un hoyo en el jardín, que es donde yace Robert Grainier.
El día en que compró el perro de trineo en Bonners Ferry, Grainier se quedó a pasar la noche en casa del doctor Sims, el veterinario, cuya mujer alquilaba habitaciones. El doctor había conseguido entradas para ir a ver el espectáculo que se estaba representando por entonces en el teatro Rex, una demostración de los talentos de Theodore el Caballo Prodigioso, gracias a que le había practicado un reconocimiento en calidad de veterinario a su estrella, es decir, a Theodore, el caballo. Theodore tenía sangre en las heces, según el vaquero al que pertenecía. Era mala señal.
—Más le vale a usted coger esta entrada e ir a maravillarse de sus talentos ahora —le dijo el veterinario a Grainier, insistiendo a su inquilino para que le aceptara una de las entradas—, porque dentro de medio año no me sorprenderá nada verlo convertido en comida para perros y reducido a mucílago.
Grainier se sentó aquella noche en la oscuridad del teatro Rex, en medio de un público compuesto de gente muy parecida a él: su gente, la gente encallecida de las montañas del noroeste, la mayoría bastante más impresionados por el atuendo resplandeciente del propietario de Theodore y por su lazo mágico que por el propio Theodore, que les enseñó que sabía sumar y restar golpeando el suelo del escenario con sus cascos e incorporarse sobre los cuartos traseros y girar sobre sí mismo y hacer otras cosas que cualquiera de ellos habría podido adiestrar a un caballo para que hiciera.
Aquella velada de 1935, el espectáculo del caballo prodigioso incluía a un niño-lobo. Llevaba puesta una máscara de pelo y un traje que parecía de pelo pero que en realidad era de otra cosa. Bajo el resplandor de la luz eléctrica, plateada y azul, el niño-lobo retozaba y brincaba por el escenario de tal forma que los espectadores no estaban seguros de si se suponía que tenían que reírse de él.
Ya estaban listos para reírse a fin de demostrar que no los habían engañado. Habían visto y se habían reído de cosas como el Niño Imán y el Niño Pollo y el Profesor de Tonterías, y de malabaristas que se dejaban caer en la cabeza bolos que en realidad no estaban hechos de madera. Les habían dado su dinero a predicadores que les habían elevado el ánimo y habían bautizado a veintenas de ellos y después se habían revolcado borrachos en la aldea kootenai y habían fornicado con las indias. Aquella noche, enfrentados al espectáculo de aquel monstruo falso, al principio se mostraron callados. Luego una pareja hizo un par de comentarios que sonaban a preguntas, un hombre se puso a graznar como un ganso en la oscuridad, y por fin la gente se permitió burlarse del niño-lobo.
Pero luego se callaron todos a la vez, y bastante de repente, cuando el niño se detuvo en el centro del escenario, con los brazos extendidos, se quedó rígido y se echó a temblar con una serie de movimientos interiores tremendos. Ninguno de los presentes había visto nunca a nadie quedarse tan quieto y sin embargo tan extrañamente móvil. Echó la cabeza hacia atrás hasta que el cuero cabelludo le tocó el espinazo, así de atrás, a continuación abrió la garganta y por el auditorio se elevó un sonido parecido al de un viento que viniera de todas direcciones, grave y aterrador, retumbando desde la tierra que había debajo del suelo del teatro, y el ruido se convirtió en un bramido que absorbió la audición misma, y se fundió en una voz que penetró en los senos y finalmente en las mentes mismas de quienes lo oían, elevándose más y más, volviéndose más y más espantoso y hermoso, el ideal originario de todos los sonidos que alguna vez habían existido, el sonido de la sirena de niebla y de la sirena de navío, del silbato solitario de la locomotora, de los cantantes de ópera y de la música de flautas y del gemido constante de las gaitas. Y de pronto todo se volvió negro. Y aquella época desapareció para siempre.
Terminaste Sueños de trenes
Denis Johnson
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