Sueños de trenes
Capítulo 3
3
De niño, a Grainier lo habían mandado a él solo a Idaho. No sabía exactamente desde dónde lo habían mandado, porque su prima mayor le decía una cosa y el segundo mayor le decía otra, y él no se acordaba. El segundo mayor de sus primos también le aseguraba que en realidad no eran primos, mientras que la mayor le decía que sí, que lo eran; que la madre de ellos, a quien Grainier consideraba también su propia madre, era en realidad su tía, la hermana de su padre. Sus tres primos se mostraban de acuerdo en que Grainier había llegado en tren. Pero ¿cómo había perdido a sus padres originales? Nadie se lo había explicado nunca.
Cuando desembarcó en el pueblo de Fry, Idaho, tenía seis años; o tal vez siete, porque le parecía que había pasado mucho tiempo desde su cumpleaños anterior y se le ocurrió que tal vez se le hubiera pasado la fecha, que de todas maneras no sabía en qué caía. De acuerdo con sus cálculos, había nacido en algún momento de 1886, o bien en Utah o bien en Canadá, y había encontrado la forma de llegar hasta su nueva familia gracias a la Great Northern Railroad, que se había terminado de construir en 1893. Había llegado después de pasar varios días a bordo del tren, con su destino escrito en el dorso de un recibo del banco que llevaba sujeto con un imperdible a la pechera. El primer día de su viaje ya se había comido toda la comida que llevaba, pero diversos cobradores del tren lo habían seguido alimentando por el camino. Toda aquella aventura le hizo olvidar cosas que acababan de suceder, y enseguida se quedó sin recuerdos de toda la parte anterior de su vida. Su prima mayor le contaba que había venido del nordeste de Canadá, que la primera vez que lo habían visto solo hablaba francés y que le habían tenido que sacar el francés a azotes para hacer sitio al inglés. Los otros dos primos, que eran chicos, le contaban que era un mormón de Utah. De tan pequeño no se le había ocurrido preguntarles a sus tíos quién era. Y para cuando se le ocurrió preguntárselo, los dos ya llevaban mucho tiempo muertos.
Su primer recuerdo era él de pie junto a su tío Robert Grainier sénior, tan pequeño que solo le llegaba al codo a aquel hombre con olor a humo al que se había acostumbrado enseguida a llamar Padre, los dos plantados en una calle enfangada de Fry, con el río Kootenai a la vista, observando cómo deportaban del pueblo a más de un centenar de familias chinas. Al final de la calle, en el patio de vías de la Compañía Maderera Bonner, había hombres armados con hachas, pistolas y escopetas, allí de pie sin apenas hablar, mientras aquella gente extraña se subía a tres vagones plataforma, parloteando como pájaros y cobijando a sus criaturas en el centro del grupo, lejos de los bordes de los vagones abiertos. Los hombres pequeños y de caras chatas iban sentados en el exterior de los tres grupos, con las rodillas recogidas y las manos entrelazadas en torno a las espinillas, mientras el tren se marchaba de Fry con rumbo a algún lugar por el que a Grainier no se le ocurrió preguntarse hasta varias décadas más tarde, ya de adulto y después de haber estado a punto de matar a un chino; después de haber querido matarlo. La mayoría de los chinos habían terminado a unos cuarenta y cinco kilómetros al oeste en Montana, entre los pueblos de Troy y Libby, en un lugar situado cerca del río Kootenai que pasaría a ser conocido como la Cuenca de China. Para cuando Grainier se puso a trabajar en los puentes, la comunidad ya se había dispersado, solo quedaba un puñado viviendo aquí y allí en la zona y ya nadie les tenía miedo.
El río Kootenai también pasaba por Fry. Grainier tenía recuerdos fragmentarios de una semana en que el río había desbordado sus márgenes y había inundado la parte baja del pueblo. Unas cuantas de las estructuras más frágiles se las había llevado el agua y se habían desintegrado en la corriente. La inundación arrancó del suelo la oficina de correos y se la llevó, y Grainier recordaba que alguien lo había levantado en brazos, tal vez su padre, y lo había hecho emerger por encima de las cabezas de una multitud de gente del pueblo para que viera cómo el edificio se alejaba navegando sobre las aguas. Más tarde unos canadienses se encontraron la oficina de correos embarrancada en unos bajíos, a ciento sesenta kilómetros río abajo, en la Columbia Británica.
Robert y su nueva familia vivían en el pueblo. A solo dos puertas de distancia un hombre calvo, que siempre vestía un peto de tela vaquera y nunca llevaba sombrero —un hombre corpulento, con las manos muy pequeñas y fuertes—, tenía un taller donde reparaba botas. A veces, cuando el hombre estaba fuera, a Robert o a alguno de sus primos les daba por entrar a hurtadillas en el taller y hurtar algún que otro pegote de cera de abeja del tarro que el hombre tenía en su mesa de trabajo. El reparador la usaba para encerar el hilo cuando estaba cosiendo cuero del duro, pero los niños la chupaban como si fuera caramelo.
El reparador, por su parte, mascaba tabaco, igual que muchos hombres. Un día pilló a los tres niños del vecino cuando pasaban frente a su puerta.
—Mirad —les dijo. Se inclinó hacia delante y expectoró un salivazo de gran tamaño en un frasco de cristal que tenía junto a la pata de su mesa. Levantó el recipiente del suelo y agitó los tres dedos de saliva oscura que contenía—. ¿Os apetece probar esto, niños?
Ellos no contestaron.
—¡Adelante, bebéoslo! Si os apetece, ¿eh? —les dijo.
Ellos no contestaron.
A continuación vertió el líquido espantoso dentro de su tarro de cera, lo removió todo bien con el dedo, levantó el dedo en dirección a las caras de los niños y les gritó:
—¡Coged un poco cuando queráis!
Y se rió sin parar. Se puso a mecerse en su silla, secándose los deditos en el regazo de tela vaquera. Una ligera decepción le relució en los ojos cuando miró a su alrededor y no encontró a nadie a quien contarle su hazaña.
En 1899 los pueblos de Fry y Eatonville fueron combinados bajo el nombre de Bonners Ferry. Fue en la escuela de Bonners Ferry donde Grainier aprendió a leer y a echar cuentas. Nunca fue precisamente un académico, pero sí que aprendió a descifrar la página escrita, y eso lo ayudó a moverse por el mundo. De adolescente vivió con su prima mayor Suzanne, y con su familia cuando ella se casó, ya muertos sus padres, la tía Helen y el tío Robert Grainier.
Dejó de asistir a la escuela a los doce o trece años y, como no tenía padres que lo agobiaran, se volvió un holgazán. Un día que estaba pescando en el Kootenai, a un kilómetro y medio más o menos río arriba del pueblo, se encontró con un vagabundo itinerante, o «trota», como se conocía a los de su clase, acampado de cualquier manera entre unos abedules que le servían de escondrijo, cuidándose una pierna herida.
—Ven aquí. Por favor, chaval —lo llamó el trota—. Por favor… ¡por favor! Me han cortado los tendones de la rodilla y te quiero contar unas cuantas cosas.
El joven Robert recogió el sedal y dejó la caña a un lado. Subió por la orilla y se detuvo a tres metros de donde estaba el hombre sentado con la espalda apoyada en un árbol, las piernas extendidas y rectas, descalzo, la pierna izquierda apoyada en un camastro hecho de ramas de hoja perenne. El hombre tenía los viejos zapatos tirados a un lado. Llevaba barba y estaba todo embadurnado de polvo y de cachitos de bosque pegados por todo el cuerpo.
—Mira bien a un hombre asesinado —le dijo.
»Ni siquiera te voy a pedir que me traigas un poco de agua —continuó el hombre —. Tengo tanta sed que me bebería el río entero, pero como me voy a morir, no creo que me hagan falta favores. —Robert estaba paralizado. Le parecía ver una boca en forma de agujero que se movía en medio de un montón de hojas, trapos y pelo castaño apelmazado—. Solo tengo un par de cosas que decir, para que no se vayan conmigo a la tumba…
»Muy bien —dijo—. Me ha cortado la parte de atrás de la rodilla un tipo al que llaman Orejudo Al. Y soy consciente de que me ha matado. Eso es lo primero. Llévale esa información a tu sheriff, hijo. William Coswell Haley, de Saint Louis, Missouri, ha sido robado, herido en la pierna y asesinado por el trota al que llaman Orejudo Al. Primero me robó mi fajo de catorce dólares mientras yo dormía y luego me cortó los tendones de la rodilla para que no lo pudiera perseguir. Y ahora la pierna me apesta —dijo—, porque llevo tanto tiempo aquí tirado que se ha empezado a podrir. Y la podredumbre se me extenderá hasta que me muera y me llegue a los ojos. Hasta que yo sea un cadáver capaz de ver cosas. Capaz de seguir pensando. Y luego, sobre el cuarto día, me moriré del todo. No sé qué nos pasa entonces a las personas, si seguimos pensando en la tumba, o bien si subimos volando al cielo, o si se nos lleva el Diablo. Pero esto es lo que tengo que confesar, por si acaso:
»Me llamo William Coswell Haley y tengo cuarenta y dos años. Era un buen hombre con trabajo y perspectivas de futuro en Saint Louis, Missouri, hasta hace poco más de cuatro años. Por entonces mi sobrina Susan Haley ya tenía unos doce años y, como yo estaba viviendo en casa de mi hermano, empecé a meterme en la cama de ella por las noches. Yo era incapaz de dormir, así tal cual, no conseguía que el corazón me parara de latir desbocado, hasta que me levantaba de mi camastro, entraba a hurtadillas en la habitación de la chica, me metía en su cama y me quedaba allí callado. Y ella no se despertaba nunca. Ni siquiera una noche en que le retiré las mantas. Otra noche le toqué la cara y ella tampoco se despertó, le agarré el pie y no se sobresaltó. Otra noche le tiré de las mantas y la vi allí como un tronco. La toqué, le levanté el camisón y le hice todo lo que quise. Y digo todo. Pero ella no se despertó para nada.
»Me acostumbré a hacerlo todo el tiempo. Noche tras noche. Le hacía lo que quería. Y ella no se despertaba.
»Hasta que un día llegué a casa de mi trabajo en la fábrica de velas, que era un trabajo fácil de conseguir a falta de otro. Sobre todo trabajaban allí señoras mayores, pero cogían a cualquiera. Llegué a casa y me encontré a mi cuñada, Alice Haley, sentada en el jardín en pleno día lluvioso de invierno, sentada en la hierba grasienta. Tirada allí. Berreando como un bebé.
»—¿Qué pasa, Alice?
»—¡Mi marido ha molido a palos a mi hijita Susan! ¡Mi marido la ha molido a palos! ¡A palos!
»—Dios bendito, ¿le ha hecho daño? —le dije—. ¿O solo ha herido en su pundonor?
»—¿Si le ha hecho daño? ¿Si le ha hecho daño? —me dijo entre lloros—. ¡Mi hijita está muerta!
»Ni siquiera entré en casa. Dejé todas mis posesiones dentro, fui andando a la estación del tren y me subí a un vagón de carga, y desde entonces ya no he vuelto a estar a más de cien metros de un tren. He viajado por todo el país. Y por Canadá. Y nunca me he alejado más de cien metros de esas vías y esos travesaños.
»La pequeña Susan estaba embarazada, me contó su madre. Y su padre le dio una paliza para sacarle de la panza a la criatura. La molió a palos hasta matarla.
El hombre agonizante se pasó unos minutos sin hablar. Respiró con dificultad, apoyó las manos en el suelo a sus costados y dio la impresión de que intentaba cambiar de postura, pero le fallaron las fuerzas. Parecía incapaz de coger el aire suficiente en los pulmones, jadeaba y resollaba.
—Ahora sí que te pido un poco de agua. —Cerró los ojos y dejó de intentar respirar. Cuando Robert se le acercó, convencido de que el hombre había muerto, William Haley le habló sin abrir los ojos—: Tráemela en ese zapato viejo.