Sueños de trenes
Capítulo 6
6
Menos de cuatro años después de casarse, y ya viudo, Grainier estaba viviendo en su entoldado a la orilla del río, justo debajo del lugar donde había tenido su casa. Dejaba una fogata encendida hasta tan avanzada la noche como podía y a menudo no dormía hasta el amanecer. Tenía miedo de sus sueños. Al principio soñaba con Gladys y Kate. Después solo con Gladys. Por fin, después de un par de meses viviendo en medio de aquel silencio y aquella soledad, ya únicamente soñaba con su fogata, con atenderla igual que la había atendido justo antes de irse a dormir —con la silueta de su mano y el palo chamuscado de pino que usaba como atizador—, y por la mañana le sorprendía encontrarla convertida en ceniza gris y puntas requemadas, puesto que se había pasado la noche entera viéndola arder en sueños.
Al cabo de otros tres años, estaba viviendo en su segunda cabaña, en el mismo sitio exactamente donde había estado la primera. Ahora dormía bien por las noches, y a menudo soñaba con trenes, y sobre todo con un tren en concreto: él iba a bordo; podía oler el humo de carbón; un mundo entero pasaba por las ventanillas. A continuación se veía a sí mismo de pie en aquel mundo mientras se apagaba el ruido del tren. La frágil familiaridad de aquellas escenas le sugería que procedían de su infancia. A veces se despertaba oyendo cómo el ruido del tren de la Spokane International se disipaba por el valle y se daba cuenta de que había estado oyendo aquella locomotora mientras soñaba.
Uno de aquellos sueños lo despertó una noche de diciembre del segundo invierno que pasaba en la cabaña nueva. El tren siguió su camino hacia el norte hasta que él dejó de oírlo. Volver a ser niño en aquel otro mundo lo había aterrado tanto que no consiguió dormirse otra vez. Examinó los recovecos de la cabaña a oscuras. A aquellas alturas ya le había puesto un tejado como era debido, le había abierto ventanas, la había equipado con dos bancos, una mesa y una estufa de barril. Él y la perra de color rojizo seguían durmiendo en un camastro en el suelo, pero en líneas generales ya había construido una casa que no tenía nada que envidiar a la que había tenido con Gladys y Kate. Tal vez fuera su noción de este hecho la que ahora, en la oscuridad posterior a su pesadilla, provocó que lo visitara el espíritu de Gladys. Antes de que el espíritu se manifestara, Grainier se pasó muchos minutos sintiéndolo ir y venir por la casa. Captaba su presencia de forma tan inconfundible como habría sentido la presencia de alguien que le tapara la luz de una ventana, por mucho que tuviera los ojos cerrados.
Le puso la mano encima a la perrilla que tenía tumbada al lado. La perra no ladró ni gruñó, pero él notó que se le erizaba el pelo del lomo y que se iba poniendo tensa a medida que la aparición empezaba a manifestarse de forma visible en la habitación, al principio solo en forma de luz temblorosa, como el resplandor de una vela macilenta, y luego con figura de mujer. La figura reverberó y su luz se estremeció. A su alrededor temblaban las sombras. Y por fin se convirtió en Gladys — inconfundiblemente—, una Gladys temblorosa y falsa, como la figura de una película.
Gladys no habló, pero sí que le transmitió lo que sentía: dolor por su hija, a la que no encontraba. Sin su bebé no podía irse a dormir con Jesucristo ni descansar en el regazo de Abraham. Su hija no había pasado al mundo de los espíritus, sino que seguía allí, en el mundo de los vivos, una criatura sola en el bosque en llamas. Es que el bosque ya no está en llamas, le dijo él. Pero Gladys no lo oía. Estaba volviendo a vivir sus últimos momentos ante los ojos de su marido: el bosque estaba en llamas y ella solo tenía un momento para recoger un puñado de cosas y a su bebé y salir corriendo de la cabaña, con el incendio humeando colina abajo. De todas las cosas que llevaba encima, cada vez había menos que le parecieran importantes, de manera que fue tirando ropa y objetos de valor a medida que el calor la empujaba hacia el río. Al llegar al borde del risco ya solo llevaba su Biblia y su caja roja de bombones, las dos sujetas con el codo contra el cuerpo, y al bebé abrazado contra el pecho con ambas manos. Se agachó y dejó en el suelo los bombones y el grueso libro mientras se ataba a la niña por dentro del delantal, para volver a recogerlos al cabo de un momento. Como necesitaba una mano para mantener el equilibrio sobre las rocas del risco mientras descendía, tiró la Biblia en lugar de los bombones. Aquel desvelamiento de su indiferencia hacia Dios, el Padre de Todas las Cosas, fue su perdición. A seis metros del agua pisó una piedra suelta y al cabo de una fracción de segundo ya se había roto la espalda contra las rocas de más abajo. Dejó de sentir y de poder mover las piernas. Lo único que pudo hacer fue deshacer el nudo que tenía atado sobre el corpiño para que la criatura pudiera salir gateando y se pusiera a salvo, aunque fuera de forma momentánea, en la orilla. El agua acarició a Gladys hasta que, a base de aquellos mismos movimientos suaves, o eso pareció, consiguió moverla del sitio y se la llevó, y así fue como se ahogó. La criatura se dedicó a recoger uno por uno los bombones desperdigados por los remansos de la corriente y entre las rocas. Píceas de veinticinco metros que se elevaban sobre las aguas se quemaron hasta la raíz y se desplomaron sobre la garganta, con los ramos de agujas verdes inflamados y dejando rastros de humo que parecían guirnaldas de fuegos artificiales, y las copas en llamas susurrando al impactar contra el río. Gladys se alejó flotando de todo aquello, ya no bajo el agua sino suspendida en lo alto, contemplando todo lo que había en el mundo. El musgo de las tejas de su casa se arrugó y empezó a humear un poco. Los troncos de las paredes se tensaron y crepitaron como cartuchos de calibre grande al dispararse. En la mesa de la cocina una revista se arrugó, se oscureció, prendió fuego, se elevó trazando una espiral y se alejó volando página a página, ardiendo y describiendo círculos. La única ventana de cristal de la cabaña se hizo añicos, las cortinas empezaron a ennegrecerse por las costuras y se derritió la cera de los frascos de tomates, de alubias y de cerezas del Canadá que había en el estante de encima del fregadero humeante de la cocina. De pronto todas las lámparas de la cabaña se encendieron. En la mesa estalló un salero de tapa metálica y finalmente la estructura entera se inflamó como si fuera el fósforo de una cerilla.
Gladys había visto todo aquello, y así se lo hizo saber ahora. La muerte le había arrebatado su futuro y la vida le había arrebatado a su hija. Kate había escapado del incendio.
¿Escapado? Grainier no entendía aquella noticia. ¿Acaso alguna familia de las que vivían río abajo había rescatado a su bebé?
—Pero no entiendo cómo la podrían haber rescatado sin que se enterara nadie. Un hallazgo tan extraño y afortunado habría hecho las delicias de la prensa, igual que la historia de lo que le pasó a Moisés hizo las delicias de la Biblia.
Estaba hablando en voz alta. Pero ¿dónde se había metido Gladys? Él ya no sentía su presencia. La cabaña estaba a oscuras. La perra ya no temblaba.