Sueños de trenes

Denis Johnson · Capítulo 7 de 9

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Sueños de trenes

Capítulo 7

7

Después de aquello Grainier vivió en la cabaña también en invierno. La mayoría de los años, por enero, cuando más alta era la capa de nieve, el valle parecía paralizado en un silencio perpetuo, aunque la realidad era que a menudo se llenaba del retumbar de los trenes y de los coros lejanos de lobos y del farfullar enloquecido y más próximo de los coyotes. También de los aullidos de Grainier, que había adoptado igual que otra gente practica un deporte.

El espíritu de su difunta mujer no se le volvió a aparecer nunca más. A veces soñaba con ella, y también con las poderosas llamas que se la habían llevado. A menudo se despertaba en medio de aquel sueño estruendoso para encontrarse a sí mismo rodeado del retumbar del tren de la Spokane International que subía de noche por el valle.

Pero no era un simple soltero excéntrico que vivía en el bosque y aullaba junto con los lobos. Gracias a sus propias luces, Grainier había hecho algo en la vida. Tenía una empresa de transporte.

Se alegraba de no haberse casado otra vez. Seguramente no le habría resultado fácil encontrar mujer, aunque tal vez alguna viuda kootenai se habría mostrado dispuesta. El hecho de haber adquirido media hectárea de tierra y una casa se lo debía a Gladys. Si se había sentido capaz de asumir las responsabilidades que conllevaban un tiro de caballos y un carromato, era porque Gladys se había quedado en su corazón y en sus pensamientos.

En invierno albergaba a las yeguas en el pueblo, dos ancianas bestias de carga que compartían forma y situación con él, pero hábiles con el carromato, y con fuerza de sobra. A fin de pagarse el tiro de caballos trabajó un último verano en los bosques de Washington, y se alegró mucho de que fuera el último. A principios de la temporada una rama silvestre le había desencajado la mandíbula, y nadie se la había vuelto a encajar correctamente por el lado izquierdo. Ahora le dolía masticar la comida, lo cual acabó siendo un factor crucial en lo flaco que ya era de por sí. Le habían quedado las articulaciones hechas polvo. Si estiraba el brazo hacia atrás según cómo, el hombro derecho se le quedaba trabado y más muerto que una puerta de sótano, hasta que alguien se lo destrababa apoyándole un pie en las costillas y dándole un tirón del brazo.

—Hay que tirar bien fuerte —le explicaba él a quien fuera que lo estuviera ayudando, cerrando los ojos y adentrándose en las tinieblas del tormento óseo—. Más todavía, más fuerte, hay que tirar muchísimo, más, más, hay que tirar…

Hasta que la enorme articulación se destrababa con un ruido a medio camino entre un chasquido y el ruido de tragar saliva. La rodilla derecha le empezó a bailar cada vez más de lado a lado; empezó a ser peligroso confiarle llevar una carga a medias.

—Estoy demasiado descoyuntado para aceptar paga —le dijo un día a su jefe.

Y dejó de trabajar, limitándose a partir de entonces a desmontar viejas barracas de trabajadores y a reciclar las mejores maderas que encontraba. Tras finalizar aquella tarea se volvió para Bonners Ferry. Su vida de leñador había terminado.

Cogió el tren de la Great Northern hasta Spokane. Con casi quinientos dólares en el bolsillo, más que suficientes para pagar su tiro de caballos y el carromato, se registró en una habitación del hotel Riverside y fue a visitar la feria del condado, una distracción que no le duró más que media hora, porque la primera decisión que tomó nada más llegar a la feria resultó ser errónea.

En mitad de un campo, dos hombres de Alberta habían aparcado una avioneta y estaban ofreciendo a la gente la posibilidad de dar una vuelta por el cielo, a cuatro dólares el pasajero; un precio bastante alto, y que no muchos aceptaron. Pero Grainier tenía que intentarlo. El joven piloto —que era un chaval, debía de tener veinte años como mucho, un chaval rubio que llevaba un sobretodo marrón con botones metálicos en la parte delantera— le dio unas gafas protectoras para que se las pusiera y lo animó a que subiera a bordo.

—Suba, suba. Ponga el trasero en algún lado —le dijo el chaval.

Grainier se sentó en un banco que había detrás del asiento del piloto. No estaba ni a dos metros del suelo y ya le parecía que estaba muy alto. Las dos alas que había a cada lado parecían fabricadas de un material tremendamente frágil. ¿Cómo volaba aquel aparato, si las alas permanecían quietas? Pues generando su propia ventisca, obviamente, removiendo el aire con la hélice, que ahora el otro tipo de Alberta, el adusto padre del chico, hizo girar con las manos para que arrancara a dar vueltas.

Grainier solo fue consciente de sentir un asombro enorme antes de encontrarse en las alturas, aunque su estómago estaba en otra parte. Y no llegó a reunirse con él. Bajó la vista para contemplar la feria, como si la estuviera viendo desde una nube. La superficie de la tierra giró de lado y él perdió toda noción de lo que era arriba y lo que era abajo. El aparato se enderezó e inició una subida lenta y traqueteante, trazando una curva ascendente como si fuera un carromato rodeando una montaña. Salvo por el nudo que se le había hecho en la tripa, Grainier tuvo la impresión de que podría acostumbrarse a aquello. En aquel momento el piloto se giró para mirarlo, con pinta de mapache por culpa del gorro y las gafas protectoras, se puso a gritarle y a enseñarle los dientes y por fin volvió a mirar al frente. La avioneta empezó a bajar en picado como si fuera un halcón, cada vez más abruptamente, con el motor casi en silencio, y Grainier notó que los órganos le presionaban contra el espinazo. Vio una noche de verano con su mujer y su hija mientras bebían zarzaparrilla Hood’s en su diminuta cabaña, luego vio otra cabaña que jamás había recordado antes, los lugares de su infancia oculta, un gigantesco campo de trigo dorado, el calor reverberando sobre una carretera, unos brazos que lo rodeaban y una voz de mujer que canturreaba, y todos los misterios de aquella vida recibieron respuesta. A continuación el mundo presente se volvió a materializar ante sus ojos mientras el motor rugía y la avioneta repuntaba, trazaba un círculo en torno a la feria y regresaba al suelo, aterrizando tan de golpe que a Grainier estuvo a punto de salírsele la garganta por la boca.

El joven piloto lo ayudó a bajarse del aparato. Grainier pasó por encima de la baranda y bajó deslizándose por el cuerpo del fuselaje. Intentó recuperar el equilibrio apoyando una mano en el ala, pero tampoco el ala estaba muy estable.

—¿Qué diantres me estaba usted gritando? —dijo.

—Le estaba diciendo: «¡Bajamos en barrena!».

Grainier le estrechó la mano al tipo, le dijo «Muchas gracias» y se marchó del campo.

Se pasó la tarde sentado en el enorme porche delantero del hotel Riverside, hasta que encontró una excusa para regresar al norte. Y esa excusa no fue otra que Eddie Sauer, a quien conocía desde que ambos eran niños en Bonners Ferry; Eddie acababa de perder todo el salario del verano en locales libidinosos y ahora le contó que había decidido volver a casa andando a modo de expiación.

—Me asaltó una puta —dijo Eddie.

—¡Te asaltó! ¡Yo pensaba que eso quería decir que te mató!

—No, no quiere decir que me matara ni nada parecido. No estoy muerto. Aunque me gustaría estarlo.

A Grainier le parecía que Eddie y él debían de tener la misma edad, pero la vida disipada le había puesto unos cuantos años de más a Eddie. Tenía las patillas blancas y los labios arrugados sobre unas encías que seguramente ya casi no debían de tener dientes. Grainier pagó el pasaje de ambos y juntos cogieron el tren hasta Meadow Creek, donde Eddie intentaría encontrar trabajo en alguna cuadrilla de jornaleros.

Después de un mes de poner vías y travesaños con una cuadrilla de Meadow Creek, Eddie le ofreció a Grainier veinticinco dólares por ayudar en la mudanza de Claire Thompson, a quien se le había muerto el marido el verano anterior, desde Noxon, Montana, hasta Sandpoint, Idaho. Claire no pagaría nada. No resultaba difícil deducir la motivación que tenía Eddie para ayudar a la viuda, aunque él no la declarara.

—Iremos por la Ruta 200 —le dijo a Grainier, como si hubiera alguna otra.

Grainier cogió sus yeguas y su carromato. Eddie tenía el Ford Modelo T del marido de su hermana. Su cuñado le había sacado el asiento trasero para dejar una plataforma de carga que se tenía que llenar con cautela para no volcar el vehículo entero. Grainier se reunió con Eddie a primera hora de la mañana en Troy, Montana, y puso rumbo al este por el camino de Bull Lake, que los llevaría en dirección sur hasta Noxon. Grainier iba casi un kilómetro por delante porque a sus caballos no les gustaba el automóvil y tampoco parecía que les cayera bien Eddie.

Un alemán bajito llamado Heinz tenía una gasolinera para automóviles en la colina que había al este de Troy, pero tampoco a él le caía bien Eddie, y se negó a venderle gasolina. Grainier no fue consciente de aquel problema hasta que Eddie se le vino encima con el motor rugiendo y haciendo sonar estrepitosamente la bocina, y a punto estuvo de hacer entrar en estampida a las yeguas.

—Escucha, estas mozas han visto toda clase de escándalos —le dijo a Eddie después de que pararan en el arcén del camino polvoriento y Grainier caminara hasta el Ford—. Están acostumbradas a todo, pero no les gustan las bocinas. No hagas resonar ese chisme cerca de mis yeguas.

—Vas a tener que volver atrás con el carromato y comprar dos o tres bidones de gasolina —dijo Eddie—. Ese viejo teutón cabeza cuadrada ni siquiera me habla.

—¿Qué le has hecho?

—¡Yo no le he hecho nada! ¡Lo juro! Simplemente el tipo elige a unas cuantas personas a quienes odiar y a mí me ha tocado estar en la lista.

El viejo también tenía un Ford T aparcado delante de su negocio. Le había levantado la cubierta del motor y estaba medio hundido en sus entrañas, o eso le pareció a Grainier, que nunca había tenido mucha relación con aquellas máquinas explosivas. Grainier le preguntó:

—¿De verdad sabe usted cómo funciona ese motor por dentro?

—Lo sé todo —espetó Heinz, echando humo casi como si él también fuera un automóvil, y añadió—: ¡Soy Dios!

Grainier intentó pensar en una respuesta. Parecía imposible seguir aquella conversación por ningún lado.

—Entonces debe de saber usted también lo que estoy a punto de decirle.

—Quiere usted gasolina para su amigo. Ese tipo es el Diablo. ¿Cree usted que yo le vendería gasolina al Diablo?

—Soy yo quien se la compra. Necesitaré cincuenta litros, y los bidones para llevarla.

—Pues ya me puede ir dando cinco dólares.

—No pienso hacerlo.

—Es usted un buen hombre —dijo el alemán. Era bastante bajito. Arrastró hasta allí un cajón bajo para ponerse de pie sobre él y así poder mirar a Grainier a los ojos —. Muy bien. Cuatro dólares.

—No te pierdes nada por que te odie ese tipo —le dijo Grainier a Eddie después de parar el carro junto al Ford, con la gasolina dentro de tres latas de combustible del ejército de color verde oliva.

—Me odia porque su hija hacía de puta en la barbería de Troy —le contó Eddie —, y yo era uno de sus clientes más felices. Ahora lleva una vida respetable en Seattle —añadió—. ¿Por qué su padre me guarda rencor, entonces?

Acamparon para pasar la noche en el bosque que había al norte de Noxon. Grainier se quedó durmiendo hasta tarde, cómodamente estirado en su carromato vacío, hasta que Eddie lo despertó con los chillidos de la bocina de su Ford T. Eddie venía de bañarse en el manantial. Iba sin sombrero por primera vez desde que Grainier lo conocía. Tenía el pelo despeinado y mayormente canoso, con algo de rubio. Se había afeitado y se había aplicado emplasto en varios cortes. No llevaba cuello en la camisa, pero sí que se había puesto una corbata roja y blanca que le colgaba casi hasta la entrepierna. Llevaba la misma camisa vieja comprada en el mercadillo del sábado o en la liquidación de la iglesia luterana, pero se había sacado brillo a las feas botas de trabajo y llevaba unos pantalones negros y limpios tan almidonados que parecían afectar a su modo de andar. Aquella atención repentina a un terreno tan abandonado constituía un trastorno del orden natural, casi como si el mismísimo Todopoderoso hubiera recibido un golpe en la cabeza, y Eddie era consciente de ello. Hacía gala de una histeria fría y contenida.

—Terrence Naples le ha hecho un pase a la viuda —le contó a Grainier, en posición de firmes por culpa de los pantalones almidonados y hablando de forma extraña para no deshacerse los emplastos que tenía en las heridas de la cara—. Pero yo le he dicho al viejo Terrence que esa señora es para mí, o si no me voy a dedicar a molerlo vivo a mamporros veinticuatro horas al día. Como lo oyes, le he tenido que amenazar. Pero no estoy yendo de farol. Lo atizaré hasta que le revienten las entrañas. Soy demasiado horroroso para las jóvenes, y ella es mi única candidata. A menos que me haga con una moza kootenai o emigre a Spokane, o bien me arrastre hasta Wallace. —Wallace, Idaho, era famoso por sus burdeles y sus putas, algunas de las cuales se podían llevar a vivir con uno a casa cuando se retiraban del oficio—. Y a la vieja Claire la conocí yo primero, antes que Terrence —dijo—. Sí, de adolescente tuve una breve y lamentable etapa religiosa y estuve dando las clases de catequesis para los niños, y ella era una de aquellos niños. O bueno, me lo parece. Creo que la recuerdo allí.

Grainier había conocido a Claire Thompson cuando era Claire Shook, que iba unos cuantos años por detrás de él en la escuela de Bonners Ferry. De jovencita había sido muy elegante, y su aspecto no se había resentido en absoluto de unos cuantos kilos de más ni del pelo canoso. Claire había hecho de enfermera en Europa durante la Gran Guerra. Se había casado bastante mayor y había enviudado al cabo de pocos años. Ahora se acababa de vender la casa y quería alquilar otra en Sandpoint, junto a la carretera que recorría de arriba abajo todo el corredor septentrional de Idaho.

El pueblo de Noxon estaba en la margen sur del río Clark Fork, y la casa de la viuda en la norte, de manera que no tuvieron ocasión ni de parar un momento en la tienda para comprar un refresco, sino que aparcaron en el jardín de Claire, vaciaron la casa y cargaron en el carromato tantas de sus posesiones terrenales como los caballos pudieran arrastrar, principalmente pesados baúles cerrados con llave, herramientas y utensilios de cocina; el resto lo amontonaron a bordo del Ford T, levantando un montón tan alto que apenas se podía tocar la cúspide con una azada, y en lo alto del todo iban dos colchones, dos niños y un perrito. Para cuando Grainier los vio, los niños ya estaban demasiado por encima de él como para distinguir su edad o sexo. El trabajo se hizo deprisa. A mediodía Claire les dio té helado y bocadillos de venado con queso, y a la una en punto ya estaban en la carretera. La viuda iba sentada al frente, al lado de Eddie y entrelazando el brazo con él, con la cabeza cubierta por un pañuelo blanco y un vestido negro que debía de haber comprado hacía un año para el luto, riendo y conversando mientras su acompañante intentaba conducir el coche con una sola mano. Aunque Grainier les había dado bastante ventaja, no paraba de alcanzarlos en la cúspide de cada cuesta, cada vez que el automóvil forzaba la máquina al máximo y se ponía a hervir y Eddie le tenía que dar agua de unos bidones de cuatro litros que los niños —los dos chicos, parecía— iban a llenar al río. La caravana avanzaba con suficiente lentitud como para que el cachorrillo de los niños pudiera saltar de su posición elevada en lo alto del cargamento para perseguir ardillas y meter el hocico en sus madrigueras y a continuación trepar por el terraplén de la carretera hasta un punto alto y volver a saltar entre los niños, que iban sentados sin sitio ni para mover los brazos, con los pies colgando por delante y agarrados a las cuerdas que tenían a los lados.

Al cabo de unas horas pararon en casa de un vecino para recoger un artículo más, una escopeta de cañón doble que el marido de Claire Thompson había dejado como garantía de un préstamo. Al parecer, Thompson no había devuelto el préstamo, pero por deferencia a su muerte la mujer del vecino había convencido a su marido de que devolviera aquella escopeta del calibre 12. De todo esto Grainier se enteró después de hacer parar a las yeguas a un lado del camino, donde las bestias tuvieron ocasión de mordisquear la hierba y beber del cajón de canalización del vecino.

Aunque Grainier estaba muy cerca de ellos, Eddie eligió aquel momento para sincerarse con la viuda. Ella estaba sentada a su lado en el automóvil, sacudiéndose el polvo gris del pañuelo de la cabeza y limpiándose la cara.

—Quería decirle… —empezó Eddie, pero debió de tener la sensación de que aquel principio no servía.

Abrió la portezuela bastante de golpe, salió con torpeza, tan nervioso como si el automóvil se estuviera hundiendo en una ciénaga, y fue corriendo al lado del pasajero para plantarse ante la viuda.

—El difunto señor Thompson era buen tipo —le dijo. Se pasó un momento tenso cogiendo fuelle y por fin continuó—: El difunto señor Thompson era buen tipo. Sí.

—¿Sí? —dijo Claire.

—Sí. Todos los que lo conocieron me cuentan que era un tipo excelente y también un… tipo de lo más excelente, se podría decir. Eso cuentan. Quienes lo conocieron.

—¿Y lo conoció usted, señor Sauer?

—Pues la verdad es que no. No. Me hizo una jugarreta una vez… Pero era buen tipo, le estaba diciendo.

—¿Una jugarreta, señor Sauer?

—Sí, pasó con el carromato por encima de la cabra que yo tenía atada a una estaca y le rompió el cuello. Era un hijo de puta que prefería robar a trabajar, ¿verdad? Pero ¡bueno, a lo que iba! ¿Quiere usted casarse?

—¿Casarme con quién?

Eddie no consiguió componer una respuesta. Mientras lo intentaba, Claire abrió la portezuela y lo apartó de un empujón para salir. Le dio la espalda y se quedó allí plantada, mirando pensativamente las yeguas de Grainier.

Eddie se acercó a Grainier y le dijo:

—¿Con quién se cree que le estoy diciendo? ¡Conmigo, narices!

Grainier solo pudo encogerse de hombros, reírse y negar con la cabeza.

Eddie se detuvo a un metro por detrás de la viuda y habló dirigiéndose a su espalda:

—¡Cuando le he dicho lo de casarse, y usted me ha preguntado con quién, yo me refería a casarse conmigo!

Ella se dio la vuelta, cogió a Eddie del brazo y lo llevó de vuelta al Ford.

—Creo que no —le dijo—. No es usted mi tipo.

Y ya no pareció enfadada.

Cuando reanudaron el viaje, ella iba sentada junto a Grainier en su carromato. Grainier estaba incómodo porque no quería estar demasiado cerca de la nariz de una mujer sensible como Claire Shook, ahora Claire Thompson: su ropa apestaba. Quería disculparse por ello, pero no fue capaz. La viuda guardaba silencio. Él se sintió obligado a conversar.

—Pues bueno —dijo.

—Pues bueno ¿qué?

—Pues bueno —dijo—. Ya conoce usted a Eddie.

—No, no conozco a Eddie —dijo ella.

—Supongo que no —dijo él.

—En la civilización, las viudas no pueden elegir con quién se casan. Hay demasiadas sin marido. Pero aquí en la frontera estamos muy cotizadas. Podemos elegir a quien queramos, aunque no es ninguna ganga. El problema es que los hombres envejecen muy pronto. ¿Va usted a casarse otra vez?

—No —dijo él.

—No. No quiere usted tener más trabajo del que ya tiene, ¿verdad?

—Pues no.

—Bueno pues, no se volverá usted a casar nunca.

—Ya estuve casado —dijo él, sintiendo casi la obligación de defenderse—, y estoy más que satisfecho con lo que me ha quedado. —Ciertamente tenía la sensación de estar defendiéndose. Pero ¿por qué tenía que hacerlo? ¿Por qué venía aquella mujer blandiendo ante él el tema del matrimonio como si fuera un palo?—. Si anda usted buscando marido —le dijo—, no se me ocurre equivocación más grande que acercarse a mí.

—Estoy de acuerdo con usted —dijo ella. Mostrarse de acuerdo no pareció ponerla especialmente contenta ni triste—. Solo quería ver si la impresión que tiene usted de sí mismo coincidía con la que tengo yo, Robert.

—Pues bueno.

—Dios necesita al ermitaño del bosque tanto como necesita al hombre del púlpito. ¿No lo ha pensado usted nunca?

—Yo no me considero un ermitaño —replicó Grainier, pero cuando concluía la jornada, se puso a preguntarse a sí mismo: ¿Acaso soy un ermitaño? ¿Acaso ser ermitaño es esto?

Eddie se hizo amigo de una mujer kootenai que llevaba el pelo recogido como una vampiresa de película y los labios pintados de rojo de cualquier manera. La primera vez que Grainier los vio juntos no pudo calcularle la edad a la mujer, pero tenía la piel marrón y arrugada. De alguna parte había sacado unas gafas de cristales hexagonales y tintados de un azul tan intenso que no se le veían los ojos, y no estaba nada claro que pudiera ver nada de nada, salvo en los lugares más luminosos. Debía de ser fácil tratar con ella porque no hablaba nunca. Sin embargo, cada vez que Eddie se ponía a hablar, ella no cesaba de murmurar para sí misma, suspirar y gruñir, y hasta silbar por lo bajo y desafinando. De haber sido blanca, Grainier la habría considerado loca.

—Lo más seguro es que ni siquiera hable inglés —dijo en voz alta, y se dio cuenta de que no había nadie presente.

Estaba completamente solo en su cabaña del bosque, hablando solo y sobresaltado por su propia voz. Hasta su perra se había largado a alguna parte y no había vuelto a pasar la noche con él. Se quedó mirando cómo el fuego parpadeaba en las ranuras de la estufa y el telón movedizo de oscuridad total que lo rodeaba.