Textos escogidos

Ignacio M. Altamirano · Capítulo 9 de 27

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Los caminos de antaño. De Toluca a México

LOS CAMINOS DE ANTAÑO. DE TOLUCA A

 

MÉXICO[*]

 

Hoy que la locomotora, elevando su penacho de humo (estilo de brindis

ferrocarrilero) sobre las alturas alpestres del camino de Toluca, conduce sentada

cómodamente en veinte vagones a la concurrencia distinguida y no distinguida,

oficial y privada, que ha ido a inaugurar la exposición de esa ciudad, y que la

conduce sin molimiento de huesos, ni miedo de ladrones, es oportuno recordar lo que

era, hace treinta años, el camino que conducía de la ciudad de los chorizos a la culta

capital de la república, y esto en tiempo de paz, que no en los revueltos días de

nuestras guerras civiles.

Con esto, los lectores pueden comparar y deducir las consecuencias que fueren de

su gusto, que ellas serán tales que se vendrán, solitas, a las mentes aun de los tontos

de capirote.

Era, pues, el año de gracia de 1851 y desempeñaba la presidencia de esta entonces

descontentadiza república el nunca bastante bien sentido general don Mariano Arista.

La nación estaba en paz, en esa paz relativa que nunca llegaba a ser, por entonces, ni

completa ni duradera, pero que en fin, daba motivo a los ditirambos de los periódicos

ministeriales, y a la acción de gracias que se dirigía siempre a la Divina Providencia

en los discursos de apertura de las cámaras.

Verdad es que había tres o cuatro pronunciamientos pendientes en los estados,

pero eran movimientos locales con objeto de introducir contrabando, disgustillo de

algún general de cincuenta años que deseaba la banda azul, probaditas que bacía el

cojo Santa Anna a sus antiguos adeptos para saber si la pera estaba madura. El

ilustre caudillo refugiado en Turbaco no dejaba de escribir por cada correo a los

antiguos compañeros de sus cuarenta revoluciones para excitarlos a una nueva contra

el güero Arista, que se había convertido en enemigo del ejército.

Pero todo eso se estrellaba contra el buen sentido de los pueblos.

Además, el inmenso desastre de 47 había enseñado al país a conocer a su costa

los peligros de la guerra civil y las ventajas de la paz y de la reparación interior.

Así, pues, siempre hablando relativamente, la república estaba tranquila; el

régimen federal de 24 funcionaba regularmente; el partido moderado, en cuyas sabias

manos se perdió la mitad más grande del territorio, como decía un general de la

época, se había apoderado de los destinos públicos; las cámaras de la Unión y los

congresillos de los estados, como las llamaba Alamán con su verba cáustica y

desdeñosa, hacían leyes para la felicidad del pueblo y los gobernadores velaban por la

tranquilidad pública y por la seguridad de sus gobernados.

En torno de la ciudad de México, fuerzas disciplinadas y regulares, recorrían los caminos siempre frecuentados, los más frecuentados de la república, por numerosos

viajeros.

El de Toluca a México es uno de ellos. Toluca, que era capital entonces de un

estado tres veces más grande que el actual, tenía un gran tráfico y comunicación

diaria con México. Los que traían ganado vacuno de Morelia, los conductores de

piaras de cerdos, los carreteros que transportaban maíz o trigo de aquel valle, los

arrieros que cruzaban con sus recuas, los indios vendedores de mantequillas, de loza,

de huevos, de morcillas o de ponteduros, los representantes, en fin, de la pobre

industria toluqueña, venían como les era posible:

 

A caballo con arnés

unos, o en asno pacífico,

 

como dice Rodríguez Galván, y los demás a pie y andando y cargando sus huacales,

como se usa hasta hoy.

Pero para los que no pertenecían a esta tribu de necesitados y cuidadores de

bestias, había un vehículo mejor para trasladarse a México, y este vehículo era la

diligencia.

¡Ah! ¡La diligencia! Cosa elegante entonces, introducción moderna y que había

dejado atrás los coches de bombé, pesados y lentos como litigio de testamentaría. La

diligencia era el hipogrifo, era el huracán, era la luz. Pintábanla en los anuncios sobre

nubes, como el carro de Faetonte y con alas, como al Pegaso. Caminar en diligencia

era el ideal de los provincianos y el recurso predilecto de la gente acomodada, como

que no había otro mejor.

¿Ferrocarriles? Apenas se hablaba de eso aquí entonces, entre la gente sabia,

como se habla hoy de la dirección de los globos, con escepticismo, y pensando que

esas cosas que hacían los extranjeros con ayuda del diablo, nunca se verían en nuestro

territorio erizado de montañas y puesto bajo la protección del rocinante de don

Quijote y el jumento de Sancho Panza.

Bastante daba qué decir ya y causaba admiración el síntoma de ferrocarrilillo que

acababa de construirse para comunicar la aduana de México con el palacio de

gobierno y que era de tracción animal, puesto que los cargadores empujaban los

carritos que rodaban por los rieles con gran sorpresa de los bobos y de los

muchachos.

Tornando a mi cuento, había dos diligencias que hacían el viaje diariamente de

Toluca a México y otras dos que lo hacían de México a Toluca. Con esto se hallaban

satisfechas las necesidades de comunicación entre la metrópoli federal y la capital de

provincia.

En una de las diligencias de Toluca, tomamos asiento una mañanita del mes de

diciembre de 1851, y con un frío de dos grados bajo cero, dos pobres estudiantes del

Instituto Literario, colegio del estado que dirigía entonces el difunto Sánchez Solís.

Con decir que éramos dos alumnos de municipalidad, está expresado todo lo que

significa miseria, desabrigo, flacura, rústica timidez y fealdad caricaturesca.

Yo era casi un adolescente, mi compañero tenía más edad; ambos hacíamos

nuestro primer viaje a México con una curiosidad voraz de conocer tamaña maravilla

que nos pintaban como una gloria los que habían tenido la fortuna de conocerla.

Pobres, infelices, desamparados, habíamos hecho increíbles economías,

condenándonos a espeluznantes privaciones a fin de realizar este viaje soñado, y fue

inmenso nuestro júbilo cuando pudimos cerciorarnos de que habíamos reunido ya

cuarenta pesos en nuestra alcancía. ¡Cuarenta pesos! Con eso había para pasear, nada

más para pasear, sin ir al teatro, sin comer en las fondas caras, sin andar en coche, sin

comprar nada, sin permitirnos el más insignificante desorden. Doce pesos de ida y

vuelta con la comida en Cuajimalpa y lo demás para hotel y para comer en una fonda

de tres al cuarto.

Trazado así nuestro plan, señalamos el día de la partida, hablamos de ella

enfáticamente en casa de nuestras amiguitas del callejón de Zaraperos y del callejón

de Jácome, causamos envidia por tres días a los infortunados alumnos más

desamparados que nosotros y compramos nuestros boletos, aquellos en que estaba

pintada la diligencia como el carro del rubicundo Febo.

Hecho lo cual, aseguramos nuestro tesoro compuesto de pesos duros y de

morralla, en una buena bolsa. Pero como los caminos estaban tan seguros como

pronto vamos a verlo, nos aconsejaron personas prudentes y previsoras que

sacáramos una libranza de la plaza de Toluca para la plaza de México con el objeto

de no exponer nuestros fondos si los llevábamos en moneda corriente.

Mi compañero arregló este asunto. Logró que un benévolo comerciante no sé si

de la familia de los Lechugas o de los Carrascos o de los Pliegos diera una ordencita

sobre México y eso en excelentes condiciones, pues al ver el triste plumaje que lo

envolvía, tuvo conmiseración y no le cargó nada por el cambio.

Henos aquí, pues, provistos de nuestra carta-orden, y llevando cada uno un peso

en el bolsillo, sólo para pagar la comida de Cuajimalpa. Por lo demás, nuestro

equipaje era más exiguo que el del sentimental Sterne y se componía de una maletilla

con camisas, medias, calzones y pañuelos. ¿Alhajas? Dios las dé. No teníamos ni un

mal relojillo de cobre, ni un pobre botonzuelo de venturina. Llevábamos puesto el

vestido negro de merino apañado que nos había mandado hacer Sánchez Solís para

los grandes días y hasta el sombrero alto, ya tornasolado, que nos poníamos en las

asistencias, pues carecíamos de fieltros para viajar. Con esto nuestra figura era

exótica en la diligencia y no volvimos a ver otro ejemplar de ella, sino cuando don

Benito Juárez hizo su correría en el interior, alejándose de los franceses.

Naturalmente nuestro aspecto encogido y triste, nuestras levitas negras de gran

solapa y nuestro sombrero alto hicieron reír furtivamente a todos los compañeros de

viaje, tan luego como nos vieron colocarnos humildemente en dos asientos de la parte

trasera del coche.

Nosotros comprendimos estas burlas y nos resignamos, sirviéndonos de lenitivo

en tamaña humillación la idea de que íbamos aunque con sombrero alto a conocer la

capital de la república.

Los tales compañeros de viaje eran: un español que vive aún para regocijo de las

musas castellanas y que entonces era joven, y como siempre, pelón, decidor,

epigramático, ingenioso, confianzudo, chistoso, hablando siempre muy alto y

conociendo a todo el mundo. Otro español que venía de Morelia muy charro, de

grandes y ásperas patillas negras, con magnífico jorongo saltillero sobre su chaqueta

de paño, chaleco de terciopelo rojo y corbata azul, gran cadena de oro y calzoneras

con espesa botonadura de plata, molestísimo con su sombrero blanco galoneado y

adornado de chapetones. El señor cura de Ixtlahuaca, robusto y gigantesco sacerdote,

de largo semblante, gran boca, cejas espesas y anteojos de oro, vestido de negro y

embozado en senda capa española de cuello de terciopelo. Una dama de cosa de

cuarenta años; buena moza, de lindo color apiñonado, ojos negros, de pestañas

rizadas y boca sonriente; matrona opulenta que olía a casa grande de a legua, y que

iba vestida de negro y envuelta en un mantón de lana oscura muy confortable.

Una joven sobrina de ésta, linda como un ángel, la muchacha más bonita de

Toluca entonces, blanca, de dieciocho años, ojos oscuros y tímidos con ojera azulada,

boquita de coral y hoyuelos en la barba y en los carrillos, vestida también de oscuro,

envuelta la cabeza en un pañuelo de seda color claro. El señor licenciado Palacios

Lanzacorta, ¡oh!, un gran abogado que acababa de ganar un pleito ruidoso en el

tribunal superior del estado en unión del famoso Agustín Franco y que regresaba a

México, lugar de su residencia y de su fama. Gordo, mofletudo, de ojos vivaces,

vestido como un gran señor, con traje de casimir francés hecho por Lamana,

prendedor de perla en la pechera, gran corbata sílfide abrigando un cuello de

canónigo, fieltro gris de cartera cubriendo su cabellera romántica, espesa y mezclada

de hilos blancos, esclavina de cuello de nutria con fiador de seda, leontina de oro con

sellos de ágata y guantes de paño oscuro. Este hombre era un espécimen del abogado

rico de México que se hacía pagar diez pesos por legua de camino y mil por cada

alegato de buena prueba.

Una dama de compañía de las señoras, medio vieja, amarillenta y flaca, vestida

pobremente y envuelta en un rebozo. Cerca de ella otra señora obesa colorada, con

grandes verrugas, también vestida modestamente. Un empleado de la tesorería del

estado que iba seguramente a México a curarse la nariz, una colosal remolacha que se

le caía a cada estornudo que le producía el frío de la mañana. Por último, un

comerciante de Toluca taciturno, flaco, rasurado y vestido como un sacristán.

Ésos eran nuestros compañeros. No había, pues, un asiento vacío, y aun iban

sobre el techo un cervecero francés y un mozo de hacienda.

Cuando una señorita que hacía las veces de administradora de la casa de

diligencia pasó revista, examinando su cartera de cuero, a los pasajeros que se había

embaulado en aquella caja colorada y llena de correas, llegó la cartera al cochero, sonaron las siete de la mañana y dio la orden de partir. Sonó el látigo, arrancaron las

mulas y la diligencia partió en efecto echando chispas en el empedrado y haciendo un

ruido de los mil demonios.

La mañana estaba brumosa y horriblemente fría. El vientecillo del Nevado

colándose por las portezuelas nos entumecía y paralizaba, pero salió el sol, avanzó la

hora, y pronto advertimos que habíamos salvado el espacio de llanura que media

entre Toluca y la aldea polvorosa y triste que llama todo el mundo ciudad de Lerma.

Después de cambiar mulas, entramos en el llano de Salazar. Los pasajeros que

habían venido soñolientos y taciturnos comenzaron a bostezar, a sonreírse y saludarse

de nuevo. Naturalmente mi español pelón y parlanchín comenzó la conversación.

—Se explica el frío, señor licenciado —dijo dirigiéndose a Lanzacorta que

acababa de asomar la cabeza entre el cuello de nutria de su esclavina.

—Efectivamente —respondió éste, sacando del bolsillo una cigarrera de carey

con cifra de oro, y ofreciendo a su interlocutor cigarros habanos de La Honradez,

entonces legítimos pero muy caros.

—Gracias, no fumo; aquí mi paisano es un gran fumador de cigarros. Hace

tiempo que… ¡no los fuma tan buenos como los de usted, señor licenciado!…

—¿El señor viene de muy lejos? —preguntó el abogado, ofreciendo cigarros al

otro español.

Sí —replicó el primero—, está administrando una hacienda en el sur de Morelia y

tengo el honor de presentárselo a usted… es el señor don Indalecio de la

Foncerrada… el señor licenciado Lanzacorta.

—Mucho gusto…

—Servidor…

—¿Y hace tiempo que no viene usted a México? —preguntó el licenciado.

—Cinco años, desde la guerra de los yankees. Desde entonces ando metido en la

hacienda.

—¿Y cómo están los caminos por allá?

—Así, así —respondió el español—, no andamos muy bien. Pero yo he traído a

mis mozos hasta Maravatío. Los de por aquí están más seguros, ¿eh?

—¡Oh! Sí, seguramente —replicó el licenciado—. Al menos desde que entró el

señor don Mariano al gobierno del estado.

—Se compusieron algo —interrumpió el pelón—, pero apenas pidió licencia y se

vino a México cuando hemos vuelto a las andadas.

—¿Cómo, a las andadas? —preguntó con inquietud Lanzacorta.

—Sí; se ha dicho en Toluca que ha vuelto a aparecer por aquí Roca.

—¿Quién es Roca? —dijo el abogado abriendo los ojos.

—¡Oh! ¡Roca! —dijo, haciendo un gesto expresivo el español y mirando en torno

suyo como sorprendido de que hubiese alguien que no conociera a Roca… Las

señoras bajaron los ojos como intimadas, el cura movió la cabeza, el empleado sonrió

maliciosamente debajo de su nariz de rábano, el comerciante pareció oír indiferente. Nosotros paramos la oreja.

—Roca —continuó el español—, es una celebridad; me admira que usted no haya

oído hablar de él, señor licenciado. Ya se ve; como vino usted de México hace tres

meses y con gran escolta; como ha permanecido usted en Toluca entregado a las

ocupaciones de su ruidoso pleito; como además, en todo este tiempo, Roca había

desaparecido completamente, su nombre se había olvidado. El de usted, el glorioso

nombre de usted como sabio jurisconsulto ha sido el único que ha resonado en

Toluca. Usted fue el hombre de moda.

—Hombre —dijo Lanzacorta algo picado—, siento haber sido el sustituto de un

bandido en los ecos de la fama…

—Roca —siguió diciendo imperturbable el español— ha sido el terror del Monte

de las Cruces. Con todo no crea usted, señor licenciado, que Roca sea un asesino ni

un ladrón vulgar. No. Roca es un bandido de novela, algo como Diego Corrientes, mi

compatriota; es altivo, generoso, valiente, enemigo de vilezas, galante con las damas,

caritativo con los menesterosos, feroz con los soberbios.

—Entonces, más bien don Quijote de la Mancha —dijo riendo el abogado.

—No tanto, por supuesto, no tanto. Roca desvalija a los pasajeros bonitamente,

pero les deja siquiera la ropa. Es enemigo de dejar desnudas a sus víctimas,

especialmente a las damas (las señoras se pusieron encarnadas como amapolas). No

maltrata, no apalea; sólo unas tres veces ha disparado su pistola sobre algún pasajero

que ha intentado defenderse, y lo ha hecho con tal acierto que el pasajero ha quedado

muerto en el acto. De modo que nadie se atreve a resistirle. Roba solamente dinero,

alhajas…

El licenciado dirigió una mirada instintiva a su mano izquierda en cuyos dedos

relampagueaban varios brillantes como en los dedos de un jugador de oficio.

—Seguramente, si nos saliera —dijo el español, observando la mirada del

ostentoso abogado—, esos anillos no se escaparían, así como ese prendedor, ni la

cadena, ni las calzoneras de mi paisano, ni nada de valor. Nos daría una buena

desplumada y apenas quedarían libres de ella estos señores colegiales que han hecho

bien en venir de sombrero alto, para hacerse sospechosos (risa general).

—¿Y qué señas tiene ese Roca?

—¡Ah! Es un guapo mozo, no se ha visto nunca ladrón tan bien parecido.

Figúrese usted un hombre como de treinta años, alto, delgado, de rostro ovalado,

pálido como el alabastro, ojos negros y grandes como los de un oriental, bigotes,

barba y cabellos largos y negros.

—¡Un romántico de camino real!

—Eso es; un romántico, y tan triste que no se le ha visto reír una sola vez. Gran

jinete, con las manos y los pies de una dama, elegante para vestir pero sin afectación,

monta siempre soberbios caballos y en ellos pasea una vez por semana en la alameda

de Toluca, los domingos generalmente.

—¡En Toluca! ¡Los domingos! —exclamó Lanzacorta pasmado—. No comprendo…

—Va usted a comprenderlo. En Toluca todos saben que él es quien asalta la

diligencia, pero como se cubre la cara, ninguno puede asegurar ciertamente que lo ha

visto. Además, como no maltrata a los pasajeros y sólo roba cosas de valor, más bien

es una providencia que todos procuran mantener aquí por temor de que alejado este

capitán venga otro, uno de esos bandidos feroces y sin entrañas que ultrajan a las

señoras, apalean a los hombres y desnudan a todos. Así es que autoridades y

particulares ven en Roca, como llevo dicho, más bien una providencia.

—Pues está linda la providencia…

—Pero usted reflexione, señor licenciado, en que por ejemplo, si no trajera usted

sus anillos, su reloj, su prendedor y algunas onzas en la bolsa, y si mi paisano, don

Indalecio, no viniera de calzoneras con montadura tan rica y de sombrero galoneado

de oro, sino que se hubiera resignado a traer el modesto equipaje de nosotros

(señalando al empleado y al comerciante que sonreía furtivamente) o al de esos

señores colegiales con su sombrero alto, nada tendrían ustedes que temer, sino la

pérdida de diez o doce pesos, que se echa uno al bolsillo sólo para pagar su

contribución a Roca…

—Bien —dijo el abogado frunciendo las cejas—, ya veo que es usted el

panegirista de ese bandido de novela, digno sin embargo de la horca, pero por ahora

no tenemos nada que temer de él. Traemos una escolta de quince dragones, que estoy

viendo allá abajo, y vamos como en un baúl.

—¡Hum! —gruñó el cura que no había chistado palabra hasta ahí—, señor

licenciado, aquí es tiempo de decir Cave ne credas.

—¿Le teme usted, señor cura?

—En lo más seguro hay riesgo —murmuró con espanto la vieja gorda de las

verrugas. El comerciante siguió riéndose debajo de su sombrero alemán aplomado

con cinta negra, según el uso de Toluca.

Mi compañero me daba de codo, como diciéndome:

—¡Qué bien hicimos en traer la libranza!

En esto, la diligencia comenzó a andar despacio; las ruedas chirriaban en las

escabrosidades; el sota se había bajado para azotar las mulas; el frío, a pesar del sol,

se hacía más intenso; penetraba por las portezuelas un olor balsámico de montaña; los

pinos proyectaban sus siluetas verde-oscuras en los costados del camino. ¡Íbamos

entrando en el monte famoso, en los dominios del pálido Roca!

Circuló entre los pasajeros como un estremecimiento de pavor. Hubo un momento

de silencio desagradable. El licenciado fumaba cigarros rabiatándolos con una

preocupación visible. Don Indalecio de la Foncerrada se mesaba las negras barbas,

pensativo. Hasta el español pelón se limitaba a tararear entre dientes la «Colasa»,

canción entonces muy en boga.

La escolta que había seguido de lejos la diligencia se acercó entonces hasta

marchar a su costado. Mandábala en jefe un sargento gordinflón y chaparrito, colorado como tomate, de bigote gris y con los ojos de borracho. Lo seguían como

trece o catorce dragones cubiertos con chacos de cuero negro, envueltos en

barraganes amarillos y montados en caballos flacos.

—¡Es el cojo! —dijeron todos.

—¿Quién es este cojo? —preguntó el licenciado.

—Es el encargado de cuidar el monte —respondió el español parlanchín—, muy

buen muchacho, muy puntual.

—¡Hola, sargentito!… —gritó el licenciado—, acérquese usted un momento.

El sargento se acercó.

—¿Qué tal está el camino?

—Muy bueno, señor, le tengo como una patena, no hay cuidado.

—Oiga usted, sargentito, yo soy el licenciado Palacios Lanzacorta y tengo mucha

amistad con el ministro de la Guerra. Cuídenos usted bien y yo me acordaré de usted

en México. Además, tendrá usted una excelente gratificación.

—Mil gracias, mi licenciado; no tenga usted cuidado, señor; el camino está que se

pueden traer por él talegas de onzas… ¡Bonito yo para dejar pícaros! ¡He dado una

colgada de ellos en estos ocotes! Tiemblan de oír mentar al sargento Mondragón.

—Magnífico; de modo que ese Roca…

—¿Roca?… —dijo con aire desdeñoso el sargento, parándose en los estribos…

Roca no existe, Roca no es más que el coco de las viejas… Ya iba a venir él por aquí

para que yo lo colgara… Les alza tamaño pelo a las facultades onimodas que yo

tengo.

—Bien, pues tenga usted un trago de buen coñac y confiamos en usted —dijo

Lanzacorta sacando una caramayola forrada con su vasito para dar de beber al

sargento.

Después de que éste apuró el trago se apartó para incorporarse a su tropa.

—Señor licenciado —dijo la vieja de las verrugas—, ruéguele usted que no

desampare la diligencia, porque onde la desampare, nos cayeron.

El comerciante se sacudía de risa, excusándose siempre de ser visto.

Entrábamos en una espesura. El sargento volvió a acercarse.

—Mi licenciado, voy por aquí a dar una campeada; no me tardo; quiero

sosprender a unos que me dicen que andan desbalagados por unos escondrijos.

—Bueno —respondió el abogado—, pero no se aparte mucho.

—No tenga usted cuidado, mi licenciado, voy a una vista… a una vista, un ojo al

gato y otro al garabato…

La escolta se perdió en las oscuridades del bosque por el lado izquierdo.

No bien habían transcurrido unos cinco minutos y la diligencia seguía caminando

lentamente, cuando se escuchó del lado derecho del bosque un agudo silbido y

salieron como flechas de entre los pinos y por una hondonada oscura en donde el

camino hacía recodo, hasta cinco bandidos jinetes en poderosos caballos, cubiertos

con sarapes, envuelta la cara en pañuelos negros y armados de mosquetes.

Y Colín, el cochero, no dijo más que esta palabra aterradora:

—¡Los compadres!

—¡Es Roca! —dijo el pelón. El licenciado se puso verde, don Indalecio inclinó la

cabeza, las señoras quisieron privarse, el comerciante abrió los ojos. Nosotros

palpitamos de curiosidad; íbamos a presenciar una escena de robo en el camino real.

Un jinete montado en arrogante caballo, con el ancho sombrero hasta los ojos y el

jorongo de colores metido por la bocamanga, dejando ver sólo dos ojos negros de

árabe y teniendo en una mano delgada y nervuda una pistola americana, se detuvo a

un costado de la diligencia. Otro se situó del lado opuesto, y dos se apearon de sus

caballos que tuvo un tercero, y se dirigieron mosquete en mano a cada una de las

portezuelas.

—Nadie se mueva —dijo sordamente uno dirigiendo miradas feroces, y

temblando, sin embargo—. ¡A ver! ¡Usted! —dijo al licenciado.

Éste no aguardó más órdenes; quitóse rápidamente los anillos, el prendedor, el

reloj, sacó diez onzas, dinero en plata, la cigarrera de carey.

—No tengo más… —dijo despavorido.

—La esclavina —refunfuñó el bandido arrebatándosela. Luego le obligaron a

quitarse las botas para mostrar que no llevaba nada en ellas.

Siguió el turno a don Indalecio.

—Pero hombre —dijo con aire suplicante—, yo no uso calzoncillos, me quedaría

en cueros.

—¡Pos quítese la botonadura, pronto! —don Indalecio, ayudado de su paisano y

del comerciante, arrancó los botones de plata, y entregó además el sombrero, el reloj,

dinero, la chaqueta, el chaleco rojo y se quedó procurando ocultar las piernas velludas

que se le descubrieron, abiertas ya las calzoneras. El pelón entregó sus diez pesos, el

empleado otros cinco, el comerciante nueve reales y unas tenacitas de plata, el señor

cura un reloj, la capa y veinte pesos. Mientras el otro ladrón había quitado los anillos

a las señoras, y se detenía porque la linda joven no podía sacar de su dedo una sortija

con un pequeño diamante.

—¿Qué sucede? —dijo Roca con voz airada.

—Capitán, esta señora no puede sacarse un anillo.

—Pues, ¡córtele el dedo! —respondió con terrible acento.

—¡Ay!, ¡no, señor! —dijo la niña—, espérese usted tantito, ya saldrá. Y se metió

el dedo en la boca e bizo tal esfuerzo que el anillo salió por fin.

Nosotros no fuimos olvidados. Un ladrón nos registró y no encontrándonos más

que un peso a cada uno, ¡se irritó!…

—¿Por qué no traen más que esto?

—Hombre —dijo el pelón—, son dos pobres colegiales que no tienen nada, ya

usted los ve, se han venido de sorbete.

—Pos, pa que otra vez no anden de catrines —nos dijo, y dando un manotazo

sobre la copa nos sumió el sombrero hasta el pescuezo, con lo cual estuvimos a punto de ahogarnos.

—¡Azorríllense! —gritó después.

Y todos, hasta el venerable cura, nos azorrillamos, operación que consistía en

ponerse boca abajo.

Mi compañero, pugnando por quitarse el sombrero, logró por fin alzarlo un poco,

pero se encontró con la mirada de uno de los bandidos que dándole un culatazo le

gritó:

—¡No me mire, jijo!… porque la lleva.

Abrieron las covachas, registraron los baúles, se llevaron lo mejor, registraron

papeles, carteras, devolviendo lo que no les servía, en lo que estaba nuestra libranza,

los expedientes del licenciado, y el breviario del cura, y cuando terminaron a su sabor

la operación, cargados con su botín, se internaron en el bosque, lentamente y al paso

de sus caballos, no sin que dijera Roca al cochero y al sota que estaban inclinados en

el pescante:

—¡Cuidadito!, ¿güeros, eh? ¡Cuidadito!

Esto no era más que una fórmula, porque los pobres cocheros en tratándose de

ladrones eran mudos como la tumba, y los conocían y aun los conocen a todos, al

palmo.

Allí se quedó la diligencia, despanzurrada, triste, como carona en medio del

camino desierto, los baúles abiertos, las camisas tiradas, los papeles regados, los

pasajeros pálidos, cenicientos, llenos de amargura y de fastidio, sin poder ni reírse de

su aspecto caricaturesco y abatido. Era el más violento ataque a la dignidad humana.

¡La humillación más impune y alevosa!

Por fin, todos ocuparon sus asientos, las señoras dieron hilo para compaginar las

calzoneras de don Indalecio, cuyas piernas hacían el efecto de chaparreras cubiertas

con un pingajo, y después de un rato de silencio pesado y triste, el cura lo

interrumpió, diciendo al licenciado.

—¿Qué le dije a usted?

—¡Miserable sargentito! ¡Canalla! ¡Ya me acordaré de él!

—Pero ya usted ve —dijo el pelón—, no ha habido al menos mal trato y si usted

no hubiese traído sus anillos, todo se habría reducido a diez pesos.

—Hombre, calle usted; me parece que todos ustedes tienen la culpa de que ande

aquí ese bandolero.

—No —replicó el español—, la culpa no es nuestra. ¿Qué quiere usted que

hagamos con semejantes escoltas? Diga usted si no es una fortuna encontrarnos con

un ladrón como éste.

Momentos después apareció el sargento con sus dragones, muy orondo y muy

satisfecho.

—¿Qué dice usted de nuevo, mi licenciado? —gritó acercándose a la diligencia.

—Digo —contestó Lanzacorta—, que ya sabrá el gobierno la clase de alhaja que

es usted.

—Pos ¿qué, han robado, amigo Colín? —preguntó al cochero.

—Sí, señor, hace diez minutos.

—¿Roca?

—No sé.

—Sí, sí; Roca, Roca —exclamó la de las verrugas—, para que vea usted que no

es el coco de las viejas.

—Hoy me las paga todas; hoy lo cuelgo —dijo el sargento poniéndose a galope

con sus dragones e internándose por el lado derecho en seguimiento de los bandidos.

Así, pues, el jefe de los carabineros, que tanto nos divierte en los Brigands de

Offenbach, ha sido siempre como el miles gloriosus de Plauto, un tipo inmortal,

común a todas las latitudes.

Desde aquel instante no volvimos a ver al sargentito. Probablemente había ido a

recibir su parte del botín, en la guarida del señor del Monte de las Cruces.

Llegamos a Cuajimalpa y allí el español nos costeó el almuerzo a todos sobre su

crédito, y continuamos nuestro camino hasta la hermosa capital de la república no sin

temer que en las garitas otros bandidos menos orgullosos que Roca nos quitaran hasta

las camisas.

Ahora, parecen leyendas estas historias de camino real y al sentir los pasajeros

que caminan en un vagón, estiman principalmente la rapidez y se olvidan de la

seguridad. ¡Ingratos!

 

Merlín