Textos escogidos

Ignacio M. Altamirano · Capítulo 7 de 27

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Capítulo IV

Cuando se habían hecho abundantes libaciones, cuando más de un convidado,

deslizándose suavemente de su silla, yacía bajo de la mesa, trajeron un wiedorcomo

antiguo; era un vaso inmenso adornado de esmaltes de vivos colores, especie de copa

de Hércules que contenía la embriaguez de veinte hombres; se le llenó hasta el borde

de tokay real; y los dos padres brindaron primeramente por la dicha de sus hijos, ¡por

la dicha y el amor! Todos los convidados hicieron lo mismo y el wiedorcomo volvió a

los esposos cargado de votos.

Enrique lo ofreció a su joven esposa; pero apenas Lisbeth hubo tocado su borde

con su rosado labio, cuando la copa se vació como por un bebedor invisible. Ella se

volvió. —¿Qué vería?—. Yo no lo sé; pero puso un dedo sobre la boca, con ese gesto

que dice: «Silencio y cuidado».

—Y, ¿ni una gota para mí? —dijo el esposo con tono de dulce reproche: brindaré,

pues, por mi felicidad en una copa vacía.

—La desposada no tiene más que una flor en su ramillete —dijo una voz entre la

multitud.

La Verónica había desaparecido; la flor de la fidelidad.

 

IV

 

Llegó la noche: las mesas fueron quitadas; se derramaron perfumes; se encendió la

aromática cera sobre los candeleros de hierro dorado; heraldos de armas, grandes

como gigantes, inmóviles como rocas, se mantenían en las puertas elevando en sus

manos antorchas de resina. Ya las orquestas resuenan y los dulces preludios

conmoviendo las almas, invitan al placer.

Se baila.

Todos admiran la inefable gracia de Lisbeth, su talle flexible, sus movimientos

armoniosos, y su cuerpo todo obedeciendo a las dulces leyes de la medida y de la

cadencia.

Tiene el encanto del ave que vuela. Sus alas no se ven, pero se adivina que las

tiene.

Sobre el pavimento luciente dan vueltas sus pies ligeros. Nada puede hacerse sino

mirarla; se siente uno feliz. Pero de tiempo en tiempo, con mucha frecuencia quizá,

su mirada inquieta se vuelve hacia la puerta de entrada o consulta furtivamente la

aguja del reloj grande, cuyo péndulo de oro va y viene en su caja de madera negra.

El baile estaba en todo su brillo.

Jamás fiesta tan espléndida había animado el antiguo palacio de los Walder, y

nadie, excepto la joven desposada, y tal vez el esposo, pensaban en que ya era

medianoche.

Sin embargo, las violas y los oboes preludiaban un vals. Tres o cuatro caballeros

se adelantaron hacia Lisbeth.

—Ni a vos —dijo ella al primero—, ni a vos tampoco… a nadie; he prometido.

Y miró el reloj.

Nadie entró: los jóvenes se retiraron respetuosamente.

La primera de las doce campanadas se dejó oír en el timbre sonoro.

La mirada de Lisbeth brilló y la flor de la sonrisa se abrió en su boca. Pero no

eran ni la mirada, ni la sonrisa de los vivos. Se hubiera dicho que sonreía a los

ángeles y que miraba al cielo.

Adelantó una mano que ninguno de los convidados se atrevió a tomar, levantose

de la silla, e hizo dos pasos como para ensayar el compás.

La orquesta había comenzado el vals y, los danzantes en enlazadas parejas,

giraban en armonioso torbellino.

En medio de ellas, la novia se lanzó sola. Con el brazo izquierdo suspendido y

apoyado en la espalda de un caballero invisible, la cintura doblada ligeramente, la

mano derecha delante, extendida y como abandonada a la blanda presión de una

mano amiga.

Valsaba.

Los hombres la admiraban, las mujeres la envidiaban: nunca había estado más

bella que entonces. Un compás perfecto conducía todos sus movimientos; una

expresión celestial transfiguraba su semblante: habíase tomado etérea y diáfana,

como esas hijas del aire que caminan sobre los juncos de los lagos sin inclinarlos

siquiera. En lugar de fatigarse, como las otras, en el rápido círculo, parecía encontrar

en él nuevas fuerzas, y sentirse más ligera a cada vuelta que daba. Su talón tocaba de

tiempo en tiempo el suelo, que no abandonaba la punta de su pie. Las otras se habían

detenido para verla mejor.

Ella valsaba siempre.

Su vestido se levantaba en torno de ella y la seguía, flotando como blanco vapor,

dejando ver su menudo pie y sus hermosos tobillos; su cabeza volvíase a medias

sobre sus espaldas y sus ojos se adormecían en la vaguedad del éxtasis.

Nadie se atrevía a detenerla. El joven esposo hizo una señal a la orquesta, y en

lugar de volver a comenzar el tema del vals sin fin, fue amortiguando poco a poco su

compás; los oboes no hicieron oír más que una nota lánguida y entrecortada por los

suspiros, y las violas se extinguieron en un dulce estremecimiento.

Lisbeth volvió a su asiento, y antes de tomarlo hizo una gran reverencia.

Enrique se acercó a ella.

—¿Por qué —le dijo—, por qué amor mío, has bailado sola cuando tantos señores

te invitaban?

—¿Sola, amigo mío?… Yo he bailado con ese caballero del jubón negro, de la

negra rosa y de las plumas negras.

—¿En dónde está, que no lo veo?

—Allí cerca de la pared; ahora nos mira.

—¡Es extraño, yo no lo veo, ni nadie lo ha visto!; ¿cómo se llama?

—Se llama Ludwig —dijo Lisbeth ruborizándose.

—¿Ludwig?… corazón mío, pero Ludwig ha muerto.

—¡Muerto!, ¿y cuándo… en dónde?

—Ayer a medianoche los marineros han encontrado su cadáver entre las cañas,

cerca de la isla de los Cazadores.

Lisbeth inclinó la frente, y mirando su cintura percibió que había perdido su

tercera flor. La Inmortal, la flor de la constancia.

—¡Ah! —murmuró con una sonrisa extraviada: Ludwig ha muerto y yo…

también estoy muerta.

Y cayó en los brazos de Enrique.

 

(Traducido por Ignacio M. Altamirano)