Textos escogidos

Ignacio M. Altamirano · Capítulo 20 de 27

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IV. Patriotismo de los maestros

convicción de que ella hará la felicidad de nuestra patria, que se acabarán las

revoluciones, y sobre todo, ¡imperará otra vez con toda su grandeza nuestra santa

religión!… Porque, convenga usted…, amigo mío, convenga en que ustedes los

liberales han atacado las tradiciones, han querido minar el edificio religioso, han

lastimado la piedad de los fieles, han herido a la santa iglesia católica, la han

despojado de sus sagrados bienes (que el emperador, estoy seguro, sabrá devolver) y,

en fin, han establecido la tolerancia de cultos en este país donde sólo había dominado

la fe católica, apostólica y romana. De modo que ustedes lucharán; pero en primer

lugar, nada podrán hacer contra los franceses, que son los primeros soldados del

mundo, los que no tienen rival y están acostumbrados a presentarse y vencer. En

segundo lugar, los Estados Unidos, que podían ayudar a ustedes, están acabando

también y ¡ojalá que se los lleve Satanás! Esa guerra civil que hoy los devora, va a

acabar con su mentida riqueza que no es más que mentira y farsa, como todo aquello

que no se funda en la verdadera religión. No tienen ustedes remedio; y si usted

quisiera escuchar un consejo porque me ha simpatizado usted, le diré que no se meta

en nada, que se vuelva para su tierra, y que no se exponga. Mire usted —continuó

sacando una cartera—, yo en nada me mezclo, y me limito a mis funciones de pastor

de las almas; pero tengo cartas de México, de prelados respetables y que no se

engañan nunca. Ellos me aseguran que dentro de un mes todo esto se hallará en poder

de los franceses, y esperan en la bondad divina que la paz se establecerá, cuando

menos, a mediados del año entrante, época en que llegará el monarca.

Yo no pude seguir escuchando con calma, y después de decir al cura que esos

prelados eran unos traidores infames, y que aquella manera de hablar no parecía

digna de un mexicano, manifesté al cura que había contenido mi cólera al estar

oyéndole, pero que sentía agotada mi paciencia y que me retiraba sintiendo sólo

haber estado algunos instantes en compañía de un hombre sin patriotismo y sin

virtudes.

El cura me contestó entre confuso y alarmado.

—Señor, yo no soy más que un cura, no debo mezclarme en cuestiones políticas,

sino sólo en el cuidado de las almas. Mi soberano está en Roma, y mi patria está en el

cielo, Así, pues, yo no hago más que echar una leve ojeada sobre este mundo de

miserias.

—Adiós, señor cura —le dije tomando mi sombrero—; no debo estar un

momento más aquí; salude usted a las señoritas, y guárdese usted de predicar a su

pueblo esas doctrinas criminales, porque no siempre ha de tener usted la fortuna de

ser escuchado pacientemente.

 

IV. PATRIOTISMO DE LOS MAESTROS

Me retiré a mi alojamiento profundamente disgustado. En el camino observé, a pesar

de la oscuridad, que un hombre me seguía.

Era el pobre maestro de escuela.

Lo esperé, y luego que estuvimos juntos me dijo:

—Señor diputado, comprendo la indignación de usted. No se puede oír hablar de

tal modo sin que el corazón se subleve. Pero así son todos los curas. Figúrese usted

cuánto tendré que sufrir aquí con un hombre semejante.

»Yo soy un pobre maestro de escuela; como usted supondrá, no soy de aquí; pero

la necesidad y el haber adoptado la profesión de mi bueno y pobre padre, que también

era preceptor, me han obligado a buscar mi subsistencia enseñando muchachos.

»No crea usted que sea yo bastante atrasado para merecer mi posición de hoy.

Tengo algunos conocimientos mayores de los que se necesitan para estar aquí; pero

en las ciudades, los destinos están ocupados, y además, cuando vi la convocatoria

para llenar la plaza de preceptor de este pueblo cuyo censo conocía ya, creí que era

un buen destino, que sería yo pagado regularmente, para poder mantener a mi madre,

a mi esposa y a mis hijos.

»Me equivoqué, y hace dos años que sufro aquí tormentos indecibles. Jamás me

pagan con puntualidad, me deben ya cuatro meses, y usted lo ve, me muero de

hambre, mi familia no puede salir a la calle porque está desnuda, mi madre se muere,

y mis hijos no tienen fuerzas ni para estudiar.

»Aquí todo lo que los pobres indígenas pueden dar, es para el cura y para las

funciones de la iglesia. Yo no culpo a los indígenas, cuya ignorancia no ha podido

remediarse. Yo culpo a los curas que los mantienen en ella para sacar provecho. Ya

usted ve qué vida pasa el cura con sus queridas e hijos. Vive en una casa amplia y

cómoda, mientras que la escuela es de paja y se está cayendo. Tiene una servidumbre

numerosa que el pueblo le da, turnándose en la cocina y en los quehaceres de la casa

las mozas más robustas y los mancebos más trabajadores, que los alcaldes envían por

semanas. No contento con eso es inflexible en el cobro de los derechos parroquiales,

de las misas, etcétera, etcétera, y el milagroso señor que tenemos en la iglesia, es una

casa de moneda para el insaciable sacerdote.

»He querido enseñar a los niños a leer por un sistema económico y que ahorra el

gasto de libros; pero él se opone, como usted ve, alegando la rudeza de los indios.

Los alcaldes lo respetan, le temen, y no se atreven a contrariarlo. Resultado: que

usted me ve humillado siempre, obligado a acompañar con la guitarra a las picaruelas

compañeras de sus alegrías y a sujetarme siempre a sus caprichos, so pena de morir

apedreado aquí por los indios azuzados por él. Y no lo dude usted, señor, así están

todos los pueblos.

»Pero ahora sí, no quiero sufrir más. Ya hace días que el cura está predicando

contra la república y su gobierno, y diciendo a los indios que el rey que va a venir, es

el enviado de Dios, que será el padre y el protector del pueblo, y que los liberales son

unos herejes, unos hijos del diablo, enemigos del Señor milagroso y tiranos de los indios. De este modo, no espere usted que la invasión sea rechazada aquí, ni que la